viernes, 29 de junio de 2018

Star Wars: Los últimos Jedi (o de la imposibilidad de la crítica)

Corren tiempos adversos para la galaxia muy lejana. George Lucas, tras fracasar en la coronación de la ansiada "Cota Disney" con su starwarsiana saga (por dos veces lo intentó: el primero, recordémoslo, fueron los Ewoks; el segundo, los gungans y JarJares y androides de la Federación; ambos fallidos), y posiblemente cansado de su propia creación (mal interpretada por los fanboys, ese espécimen de origen humano que ha desplazado al espectador de las salas de cine), decidió entregar el objeto de su nada frustrante riqueza a Disney a cambio de mayor riqueza. Disney: el monstruo de siete cabezas, el regente abrumador cuyo poder se sustenta en hacer del mundo y de los sueños una soplapollez inmensa. Disney, la todopoderosa empresa que llevaba décadas contemplando, absorta, cómo la genial ocurrencia de los Jedi, las espadas láser y los malos de negro ocupaban más espacio neuronal en niños y jóvenes y adultos que sus princesitas moñas y sus animalitos cantarines. Adquirir el invento al mayor genio ocurrente de los 70 conseguía por fin desequilibrar la batalla por incomparecencia (y absorción) del enemigo, excepción hecha del troll llamado Kathleen Kennedy, mano derecha de Lucas y erigida por el monstruo en todopoderosa señora de la guerra (de las galaxias).

Para la primera de las exhibiciones encargan a un solvente artesano (y pésimo elucubrador de ideas) una película con la estética original perdida a lo largo de las secuelas, sin naves lustrosas, con diálogos entre los pilotos buenos de los cazas (los pilotos malos nunca se dicen nada), con almirantes que se pasean por el puente de mando de los destructores espaciales como si fuesen barcos de la Segunda Guerra Mundial, con cantinas atiborradas de aliens musicales y humanoides deformes, con espías que informan a los malos mediante obsoletos intercomunicadores, con seres enanos y feos de amplia sabiduría, con un malo malísimo y un líder que lo manipula... Disney encarga a Abrams que rehaga la película original, en pocas palabras. Y Abrams, que se cree el chico más listo de Hollywood, engendra un espectáculo deplorable pintarrajeado de grandiosidad con el que satisfacer al fanboy (y horrorizar al espectador, quien ya no importa nada), al tiempo que preserva las nuevas tablas de la ley políticamente correcta: un personaje negro (sobreactuado), un protagonista femenino (superheroína estilo Marvel), un robot simpático (y esférico, para que Iniesta lo patee al travesaño), uno de ascendencia hispanojudía (que no muere ni aunque lo maten, que es lo que realmente pasaba en el guion original), etc. ¿El argumento? ¿Qué es eso? A lo mejor se parece a esto: al robotijo redondo lo persigue el Imperio/Primera Orden porque esconde un plano/mapa y, en la huida, llega a un planeta desértico llamado Tattoine/Jakku donde encuentra a Luke/Rey que tiene un don para la Fuerza que desconoce y sueña con aventuras galácticas. ¿Les suena? Pues eso.

Como no basta con esa línea argumental la rellenamos con los malos, liderados por un pelirrojo con cara de afectado porque su personaje es una versión rejuvenecida y estúpida del gobernador Tarkin, y un crío malcriado que usa máscara porque mola mazo parecerse al de negro de la película original y creerse el más chulo del barrio. Por encima de ellos, dirigiendo el cotarro, hay un ectoplasma con aspecto de Gollum que parece muy poderoso, si bien muy inteligente no es al haber delegado en estos dos mastuerzos los designios de la corporación Umbrella, experta en rediseñar estrellas de la muerte, pero a lo bestia, con nieve incluida (y terremotos tectónicos). Como las historias son para que conozcamos lo que les pasa a los buenos, pronto nos enteramos de que, a diferencia del Luke original, a quien llevó varios años llegar a manejar con alguna soltura los poderes de la Fuerza, la protagonista guay y guapa (más de uno habrá sacado brillo a su sable de pocas luces con las fotos que publica en Instagram) de nombre Rey creerá durante la mitad de la película que los Jedi son un mito (¡de hace solo 30 años!: vaya tela, las leyendas artúricas necesitaron siglos de maduración) y, pese a ello, con un abrir y cerrar de ojos, recurrirá a trucos mentales Jedi y duelos de espadas con el más que experimentado jovenzano refunfuñón y malcriado. Todo eso porque se lo cuenta Han Solo antes de morir a manos de su hijo, el mozalbete berrinchón que usa máscara para parecerse a su abuelo en maldad y capacidad de susto (olvidando, porque lo olvidan los guionistas, que Darth Vader antes de morir vuelve al bien). Y hablando de Han Solo, lo mismo el compañero de Chewie era Deckard o Indiana Jones, porque el actor que los interpreta hace mucho que no sabe sino destruir sus propios mitos en respuesta a su incapacidad por encontrar el anillo único con el que dominar a todos sus personajes... Y si mencionamos al resto del elenco original, Luke se ha reconvertido en un Yoda exiliado en un planeta remoto e ignoto y Leia en un esperpento que aún no sabemos muy bien qué hace ahí: está claro que ni acabando con el Imperio esta princesa sabe apoderarse del trono. Pero bueno, todo esto (referido a la anterior película, no a la de esta reseña) para decir que en el starwarsiano mundo de Disney no hay nada remotamente original. 

Y entonces llega Rian Johnson, el nuevo mercachifle contratado por Disney para imponer rigor y coherencia (qué chiste, ¡ja!) en la segunda entrega de este tremendo plagio.

No olvidemos que Rey llevaba desde 2015 con el brazo extendido tendiendo un sable de luz a Luke y a la actriz se le empezaba a cansar el tríceps. Rian Johnson solo tenía que finalizar la entrega del sable y, cuando lo hace, sucede que Luke lo manda a tomar vientos, que es justo lo que los espectadores deberíamos haber hecho con la saga desde hace mucho, mucho tiempo, en esta galaxia nada lejana de la Vía Láctea. En la era Disney, dominada por vengadores y superhéroes de toda clase y condición, los Jedi y su sabiduría lenta y paciente, están obsoletos. Tan obsoletos que incluso guardan sus libros de la tradición dentro de un árbol, en plan hobbit, llenos de polvo y moho, con las páginas amarillentas por el paso del tiempo, pues Luke, el último de ellos, no ha sabido nunca hackear la biblioteca de alta tecnología de Coruscan aunque sí robar, delante de las narices del funcionario de turno que se encargase del olvidado templo piramidal, los volúmenes vetustos de ridículo parecido a la Summa Theologica preconciliar... Todo muy coherente. Muy sagaz el Johnson este. Tan sagaz es el andoba que tiene el valor de convertir a Luke, de lejos el personaje más utópico y valeroso de la saga original, en el clásico viejo amargado, refunfuñón y cobarde que toda mala película como esta merece tener. Salvo al final, donde se demuestra aún más cobarde en forma de dualidad cuántica: ora es capaz de afectar al mundo físico entregando unos dados metálicos a su hermana Leia, ora no porque en realidad no es sino un holograma viniente de muy lejos, tan lejos que le da un infarto del esfuerzo... Con estas capacidades, y las que aún no han ideado para el personaje de Rey en la próxima entrega, ya les digo yo que los Jedi acabarán siendo los próximos combatientes de los Chitauri. Al tiempo.

En realidad, a lo largo de todo el metraje el director se cisca en la madre de todos los guionistas que por el universo starwarsiano han pasado y, en particular, con los de la película previa (donde repitió, con escasa gloria y grande infortunio nuestro, el señor Kasdan), a quienes lee la cartilla desconectando o negando con su narración casi todo lo anterior. Por el artículo 33. Es lo que sucede con el líder de los malos, Gollum Snoke, convertido en rebanada de mortadela siciliana no sin antes abroncar a su pupilo, el niñato enfadicas, por haber sido derrotado ante alguien que jamás había empuñado un sable láser (nótese la audacia: escribir un guion trasladando a la pantalla las críticas recibidas en la película anterior, convenientemente verbalizadas por un personaje con cierto impacto). Y es lo que sucede también con la Fuerza, a la que Disney ha reconvertido en los rayos gamma de Hulk o el Capitán América, capaz de transformar en cuestión de segundos a un mindundi en todo un portento. ¿Entrenamiento? ¿Sacrificio? Qué aburrimiento. Todo eso ya se ha abandonado hasta en las escuelas. La Fuerza ahora es poderosa: es incluso el Whatsapp de la galaxia como se demuestra en las conversaciones telepáticas entre Rey y el niñato, tan próximas a los susurros de Obi-Wan en el casco de Luke como el charlear de un sapo a un New Orleans Blues; es capaz de transformar a la ancianosa Leia en SuperGirl; de tantas cosas es capaz ahora la Fuerza que en la galaxia lejana ya nadie tiene problemas de estreñimiento... Y si estas trampas del guion les dejan boquiabiertos, esperen porque el resto es aburrimiento y desvergüenza. Y todo paritorio, digo paritario. Hay multitud de personajes femeninos tan inútiles como prescindibles salvo que uno padezca de insomnio, en cuyo caso es muy conveniente seguir de cerca las aventuras del negro con la chinita que le ama, bálsamo curativo de la agripnia patentado por Disney en no sé cuántos idiomas. Ya en la anterior había una capitana en el bando de los malos, medio inútil, que ahora, en este filme, por aquello de tratar de aparentar que sirve para alguna cosa aparte de darle lustre a la coraza, la devienen raccord al hacerla aparecer  liderando a sus huestes por la puerta izquierda del hangar donde segundos antes una explosión tremebunda se la había llevado a criar malvas. Y qué decir del personaje de Laura Dern, un vicealmirante que no aporta absolutamente nada y que tras verse humillada en un escandaloso motín, a punta de pistola láser, resuelve la situación dialogando con Leia en plan noche guay de mujeres. ¿Feminismo? ¿Qué feminismo es este? El feminismo busca la igualdad real entre hombres y mujeres. A Lucas se lo tildó en numerosas ocasiones de machista porque solo incluyó un personaje femenino en su trilogía (Leia), pero lo desarrolló de manera tan principal e igualitaria (como se evidenciaba en su relación con Han Solo) que el filme completo resultaba de un equilibrio ejemplar. En este episodio, como en el anterior, el feminismo se convierte en una búsqueda insensata de la supremacía del personaje de Rey sobre todos sus compañeros y enemigos masculinos al tiempo que se puebla la historia innecesariamente con personajes femeninos, llegando incluso a incluir subtramas igualmente innecesarias para proporcionarles un mayor empaque (caso de la chinita que acompaña a Finn, quien por cierto le impide al personaje negro un final heroico a su innecesario personaje).

Le echamos la culpa a Disney, pero en realidad el irresponsable de todo esto responde al nombre de Kathleen Kennedy: no les quepa duda. No le importa nada en absoluto ni los personajes clásicos ni su coherencia con la historia. Vive obsesionada en crear un legado mucho mayor y más extenso que el de George Lucas, y en su afán destroza todo lo que encuentra. Destruye el pasado. Mata a su progenitor. Olvida a los espectadores que crecieron con ella y se centra en la nueva generación de fanboys, adolescentes adictos a (en realidad, simbióticos con) la tecnología, para quienes todo ha de ser inmediato y dramático, nada puede durar más de cinco minutos o doscientos caracteres y el conocimiento se reduce a un acervo de creencias de origen desconocido que todos repiten como un mantra. Bajo estas premisas, psicológicas y educativas, los artificios revestidos de presunta profundidad se erigen en hitos imponentes del intelecto (véase las críticas superlativas de los fanboys  a la última entrega infinita de Los Vengadores, con expresiones ridículamente idiotas del tipo "no estábamos preparados para esto", o incluso las que genera el mastuerzo de película de la que hablo aquí). George Lucas desarrolló en dos películas la historia eterna del conflicto entre el bien y el mal cuando este afecta a tus propias raíces y genes (digo que lo hizo en dos películas porque en la primera aún no había pensado en nada de todo ello), y usó la filosofía taoísta en las secuelas para ahondar (con poco éxito) en el eterno equilibrio de los opuestos. Kathleen Kennedy desarrolla en unos minutos y dos secuencias la misma rácana tesis taoísta (y eso que deseaba resucitar el espíritu de la saga original) porque con ello le basta para mostrar que la historia contiene raíces profundas: en el Hollywood actual nadie está interesado en iluminar el entendimiento humano, solo en mostrar que más allá de nuestra comprensión subyacen conceptos arcanos de difícil acceso; somos así de superficiales, me temo. La escena del Yoda en esta película de Rian Johnson es clave para entender que los derroteros de la nueva saga viven y crecen sobre las cenizas de la saga original. Es quien provoca la ecpirosis de la sabiduría ancestral de los maestros Jedi, de los que él mismo es su principal manifestación. Johnson usa un personaje clásico para eliminar sin tapujos todo el legado y proporcionarle un orgasmo metagaláctico a le inefable jefa, Kathleen Kennedy. El mensaje es nítido: nada de lo visto hasta ahora es verdad, la verdad será lo que te mostremos a partir de este instante. Las múltiples declaraciones del estulto Johnson a posteriori, atacando con crudeza las críticas de millones de seguidores que le acusan de irreverente (cuando no de trivial) son consecuencia de la impostura del adoctrinamiento al que han querido someter a los espectadores (la mayoría de los fanboys han acogido con gozo los nuevos derroteros).

Para qué seguir. La película flota como el Halcón Milenario en "El Imperio Contraataca" para escabullirse de sus perseguidores: entre desperdicios, porque ella misma es el mayor de todos pese a su génesis copiona. El episodio de Abrams era un plagio y el de Johnson otro plagio idéntico, ambos orientados a destruir el legado de George Lucas. Para muchos este episodio aporta la originalidad que le faltó al de Abrams, pero en realidad lo que Rian Johnson ofrece es una mezcla aberrante de los Episodios V y VI, pese a su convencimiento de que ha parido un ratón... digo, un peliculón. Lo curioso es que uno puede borrar la película entera y encontrarse en la misma situación final del episodio anterior (con Luke convertido en fantasma, lo que es análogo a estar desaparecido, y un Líder Supremo que jamás ha trascendido su condición de proyección holográfica). Como Carrie Fisher ya no estará, la única bondad es que nadie podrá seguir destrozando su personaje. Ni Chewie ni los viejos R2D2 o C3PO importan un carajo.

Y con todo esto, díganme ahora cómo demonios se puede criticar un esperpento semejante...

sábado, 3 de junio de 2017

Alien:Covenant, una revisión

Hace cinco años escribí que "Prometheus" era una película fallida que encerraba dentro otra mucho mejor a la que los guionistas no dejaron nacer. En parte porque deseaban apuntalar el universo de Alien cuando realmente estaban elaborando un argumento distinto. En aquel filme, las tramas secundarias y las incorporaciones de elementos terroríficos sofocaron el guion y dejaron que una historia a priori interesante (el contacto de la humanidad con una civilización superior de la que desciende) se diluyese en una mala historia resuelta a golpe de serie B o incluso Z. Algo similar sucede en esta más meritoria "Alien: Covenant", de donde se deduce que, en efecto, hemos asistido a una secuela o continuación de "Prometheus", no solo en lo argumental, también en lo conceptual. 

En Prometheus la historia hacía aguas a causa de un horrible e inmaduro guion que mostraba, sobre todo, personas haciendo no se sabe bien qué cosas en una nave aterrizada en un planeta del que parecen ignorar incongruentemente que es hostil y, por tanto, entraña peligros. Dicho de otro modo, dejaban de ser personajes para convertirse en atrezzo de un terror asechante bastante gótico. O como tantos han escrito, estos personajes no se desarrollaban. Sin embargo, el filme apuntaba algunas ideas que, en otras manos, hubieran producido una película muy interesante (aunque seguramente alejada de las ideas de los miles de fanáticos que solo esperan bichos extraterrestres y costillas explotantes). Otras no tanto, por ejemplo, la súbita reconvención de los ingenieros en seres malvados que quieren acabar con la raza humana haciendo uso de armas biológicas de destrucción masiva. Para resumir, Prometheus se difuminaba en sí misma. 

El error de querernos contar el origen del monstruo que llamamos Alien sigue patente en "Covenant". Lo de que es un error es una percepción subjetiva, aunque compartida, fundamentada en la innecesariedad de semejante decisión. Una película ha de motivarnos por sus elementos cinematográficos, encomiables en la producción fílmica de Ridley Scott, y por la coherencia de sus desarrollos argumentales, pero no por su detallismo, especialmente si no son relevantes. En el Alien original, lo que se nos planteaba era que el espacio no es un paraíso, sino que está repleto de seres violentos desconocidos y riesgos superiores a la voluntad humana. Por eso nos desconcertaba. Alumbraba el ingenioso argumento algunos detalles sin esclarecer, que contribuían a ensanchar nuestra admiración y curiosidad: esos seres demoníacos ya habían logrado acabar con la nave de otros seres extraterrestres, más ancestrales que nosotros mismos, y nada ni nadie parecía poder acabar con ellos. Para colmo, la empresa propietaria de la expedición espacial conocía de la existencia de tales seres... ¿No suena intrigante? Todo esto contribuyó a hacer de Alien una película atemporalmente inquietante. Han pasado 40 años y nos sigue causando el mismo estupor y el mismo terror. La secuela filmada por James Cameron, Aliens, retomaba sin muchas explicaciones estos detalles para confeccionar un filme de aventuras espaciales en el que fuerzas militares humanas se miden, con poco éxito, con una horda descontrolada de tales monstruosidades. A partir de ese momento, las ideas quedaron suficientemente exhaustadas y las posteriores aportaciones se perdían en divagaciones sin ningún interés. La vuelta atrás de Scott para querer contarnos la cosmogonía de la génesis de dichos monstruos se ha topado, tanto en Prometheus como en Covenant, con una inteligencia deficiente de los guionistas y una demencial exposición narrativa. Un error, sí, pero un error embrutecido por la descripción de circunstancias totalmente desposeídas de interés o misterio. 

No obstante, Covenant parece querer rescatar elementos atractivos de su antecesora y reconvertirlos en material propio, aunque con escaso acierto. Por ejemplo, el androide enloquecido de Prometheus (debido al conflicto existente entre las órdenes de su creador y su desempeño favorecedor a los humanos), material original de la Alien de 1978, es en esta entrega reconvertido en una suerte de doctor Moreau, dotándole de una capacidad de pensamiento que, si bien pasmosa, parece insuficiente para poder soportar el grueso de la trama. una trama, por lo demás, exigua y reiterada de las fuentes en las que bebe. Hay cuestiones (muchas) criticables. Por ejemplo, la contraposición y duelo con el androide-hermano, más evolucionado y perfecto, es innecesaria y una de las que menos aportan al filme, cosa que no sucede con el destino de los extraterrestres-ingenieros de Prometheus a los que aquí se erradica en una solución bastante artificiosa e infantil, seguramente para librarse de problemas y tomar un atajo argumental que pretende hacer prevalecer la maldad del androide sobre la congruencia intelectual (los "ingenieros" pudieron haber sido barridos por los aliens, por ejemplo, miles de años antes de aterrizar el androide y la superviviente de la Prometheus). Otras son simplemente cansinas por repetir las ideas o elecciones con que se confeccionaron las películas anteriores (si la señal de socorro, aquí convertida en una melodía de John Denver, parece aceptable, no lo es la falta de respeto a la coherencia interna de la saga en cuanto a las bases biológicas de los aliens, sus periodos de gestación, el sistema de jerarquización de las criaturas alrededor de una reina que pone los huevos, la batalla final para expulsar al alien, etc.). Pero desde un punto de vista fílmico, todos estos defectos son menores. 

En realidad, hemos visto una propuesta que trata de superar las dificultades de continuidad con el resto de la saga hasta imbricarla en ella misma como epígono sobresaliente, corrigiendo (por eliminación, que no por superación) los despropósitos de Prometheus hasta orientarla hacia el lugar correcto: la memorable Alien. Muchas críticas de los fanáticos, con calificaciones absurdamente bajas, son transponibles a muchas otras películas actuales que, lejos de aportar originalidad alguna, tratan de continuar los benéficos efectos del éxito y magistralidad de sus inspiradoras. Y muchas otras críticas inmerecidamente altas parecen provenir de fanáticios a quienes basta un poco de acción y sangre y efectos especiales para resarcir sus ansias de alien. Y creo que Covenant, a trancas y barrancas, consigue enderezar el rumbo por más que se trate de un rumbo zozobrante y huero. Pero eso, por sí solo, no basta. Algo que a Hollywood le parece ya importar muy poco. 

Entiendo que eso es lo que, como espectadores, queremos. Todo el cúmulo de despropósitos como ir sin casco por planetas inexplorados, de no desconfiar de extraños, de torcer las órdenes colonizadoras, de creer que una civilización está contenida en el zoco de una ciudad, de... son disculpables (el cine ahora es así). Lo que no es disculpable es que hayan convertido una criatura fascinante como un alien en un invitado forzoso del festín que quiere darse.

lunes, 16 de enero de 2017

Rogue One: otra "maldita" historia de Star Wars

Otra historia de "La guerra de las galaxias". Otra más... elevada a los altares por los seguidores.

Lo peor que uno puede ser en estos controvertidos tiempos modernos, tiempos oscuros y teñidos de un desinterés hercúleo por todo lo intelectual, lo peor (repito) que uno puede ser es fan (fanático) de algo. Por ejemplo de "La guerra de las galaxias" (o "Star Wars", que dicen ahora), pero sirve cualquier otra propuesta cinematográfica en forma de saga. Estas legiones ensoberbecidas por el asombro que les produce el ingenio de un tercero, creen estar no en el privilegio, sino en el derecho de apropiarse (adueñarse, tal vez) de la esencia y conceptos de aquello por lo que profesan una animosidad morbosa y excesiva, e inundan todo con su ruido y griterío.

El meollo Star Wars tiene su aquél. Cuando niño, a todos nos hechizó aquella película que llevábamos soñando desde siempre, con aventuras entre las estrellas, con malos malísimos y buenos heroicos y arrojados, aliados socarrones, heroínas principescas (¿para qué si no la dulcísima Leia necesitaba ser una princesa?)... Aquella película estaba repleta de imaginación, de láseres, de naves espaciales, de humor y de un guion que era una genialidad constante. Todo lo que no es Rogue One, y todo lo que no fue la ultrajante versión del Sr. Abrams. Porque, nunca me cansaré de repetirlo, el genio es George Lucas, no los fans, ni los seguidores, ni tampoco ninguno de los que colocan en Wikipedia algo tan aberrante como "Luke Skywalker procede de la colonia de asteroides de Polis Massa". George Lucas concibió aquella película de batallas en las estrellas y lo hizo entregando al séptimo arte una joya, una obra maestra, y una continuación tan adulta y firme que desde entonces el cine ya no es lo mismo (tampoco las precuelas fueron lo mismo, pero no estaban tan mal como los fans, esa masa amorfa dictadora, han querido y quieren proclamar).

Fui a ver Rogue One porque en mi fuero interno parece sacrílego no acudir al cine a ver cualquier cosa que provenga de "La guerra de las galaxias". Pero eso no significa que deba comulgar con las ruedas del molino embustero en que Disney ha querido convertir aquella genialidad de Lucas. Porque ni la propuesta de Adams, ni esta otra de los espías rebeldes que roban los planos de la Estrella de la Muerte, son otra cosa que enormes y muy decepcionantes errores. Errores de guion, claro, de intenciones, de concepto, aunque luego, cinematográficamente, haya que rendirse a la evidencia de lo bien rodadas que están.

Podían haber hecho algo distinto, algo más profundo, más sólido, más coherente, más original... y de momento ambas películas no son sino copias y remedos (cuando no mastuerzos) de las ideas que Lucas generó hace ya más de treinta años. La de Adams, una inverosímil historia copiada de la original y trufada de tantos engaños y puerilidades que uno se sorprende de que este señor haya alcanzado tanta prosapia en la Meca del cine. La que nos ocupa, una copia prácticamente literal de "El retorno del jedi".

Mal el planteamiento.

Y pésimo el guion. Una película aburrida, plomiza, incoherente, de personajes sin oportunidad para mostrarse, de innecesarios saltos continuos entre planetas (luego se quejaban de Lucas en las precuelas), de inconexiones con La guerra de las galaxias (luego se quejaban de que Lucas no unió bien las precuelas con el origen de su saga), de... ¡Tantas cosas!

Hay más cine fuera del cine, con estas películas de la Disney, que dentro. Las noticias filtradas a cuentagotas, los spoilers que juegan a serlo o no serlo, los trending topics en las redes... todo es tan excesivo, mareante, absurdo, que a ratos parece que uno no vaya a ver una película de aventuras en el espacio sino el lanzamiento de algún nuevo producto de los de Cupertino. Porque aquí el cine deja de ser un producto artístico con opciones de ser devorado por las masas para convertirse en un negocio planificado que igualmente será devorado por la masa. Y por ello recurren al mismo guion una y otra vez (¿no se han dado cuenta de que Disney no está haciendo otra cosa que contar estas supuestamente nuevas historias tal y como las contó Lucas cuando creó las originales?).

En fin. Para qué seguir. Los fans ya tienen su alimento. Supongo que con eso basta.

jueves, 31 de marzo de 2016

Bone Tomahawk: culto sacrílego

Vivimos tiempos impetuosos en los que pueriles propuestas, como la presente, son capaces de ascender rápidamente de liturgia. 

La película que nos ocupa ha sido masiva y precipitadamente proclamada "de culto". Realmente uno a veces se absorta por lo fácilmente que drenan unos arrumbamientos y otros en esto de la crítica cinematográfica. Para quien esto suscribe, el filme no es sino una demasiado simple historia de búsqueda y rescate, sin mayor profundidad ni tampoco hondura cinematográfica. ¿O sí? Posiblemente sí, dada la pretenciosidad de su desarrollo. Pero muy fallida. 

¿Por qué?

El conjunto entero parece haber sido engendrado desde la siguiente premisa:

  1. Vamos a mostrar en pantalla la truculencia que supone cortarle la cabellera a un rostro pálido.
  2. Y aprovechando la premisa, ¿por qué no hacemos un western en el que los indios, además, sean antropófagos y filmamos cómo se abre en canal un cuerpo humano, haciendo que caigan al suelo las chichas sanguinolientas?
  3. Qué estupenda idea. Planteemos esta violencia explícita en una película del oeste, pero lenta y morosa, crepuscular que diría el otro, sin apenas disparos, con violencia contenida, con diálogos beckettianos, sin desarrollo argumental, con personajes apenas construidos. Es decir, que el conjunto parezca antes una propuesta filosófica que una película de entretenimiento.
  4. Genial. Así, de paso, como no tenemos medios, nada parecerá una chapuza, del guion a la edición, y nos concederán premios y se nos clasificará junto a Blade Runner.
No conviene olvidar que muchos han aplaudido esta lamentable obra fílmica, a veces con argumentaciones contundentes. La mistificación del enemigo, la introducción de elementos de terror, el minimalismo visual (debido a su exiguo presupuesto), la casi total ausencia de música, la sobriedad estética, los personajes arquetípicos (algunos a esto lo llaman bien construidos), el ritmo parsimonioso...

Pero, ¡ay!, el guion... ¿Volvemos a la puerilidad del cine actual?
  • En el pueblo donde viven los héroes hay muchos personajes, pero, salvo un nativo civilizado, ninguno ha oído hablar jamás de unos indios trogloditas imbatibles capaces de internarse en sus calles y casas sin que nadie lo advierta. Y por supuesto, es la primera vez en décadas que lo hacen (pueril)
  • Parece una road movie. Casi todo el tiempo los personajes se dedican a cabalgar o caminar. Incluso los atacan los forajidos (unos mejicanos que corretean por el desierto sin tampoco prestar atención a los trogloditas), pero ellos siguen caminando (porque les han robado los caballos) como si fuera su karma hacerlo (pueril)
  • Además, los cuatro héroes hablan mucho y, pese a ello, no dicen nada sustancioso. A veces incluso hablan frívolamente (¿circos de pulgas?) cuando la tensión por la muerte en ciernes debería procurar otro tipo de perfil psicológico (los personajes no siguen la trama, están por encima de ella aunque la sufran: pueril).
  • A uno le operan de una pierna, allá en medio de la nada, y le abandonan (prima el salvamento incierto). En realidad, mera excusa para dejar a un héroe atrás, el que luego resolverá todo con su inesperada y tullida aparición, merendándose a toda una tribu de fornidos caníbales (pueril).
  • Los caníbales atacan exitosamente a tres hombres sanos, pero son incapaces de acabar con el tullido (pueril).
  • Los caníbales ni siquiera han intentado violar a la mujer (esposa del cojo). En realidad, este personaje se presentó como el más interesante (el único poblador capaz de curar a un enfermo), aunque finalmente sirve solo de vehículo para la única pizca de erotismo del filme (innecesario) y como macguffin narrativo (pueril)
En fin. Que si usted quiere ver cómo abren en canal a un individuo colgado boca abajo, vea esta película. Sáltese hora y media y vaya derechito al final. Porque no hay nada más. Y no solo por la falta de presupuesto...


martes, 22 de marzo de 2016

El genio olvidado


Según Kant, en su "Crítica del juicio", un genio posee talento para producir algo que, no viniendo descrito en regla o norma alguna, de inmediato se convierte en ejemplar y hermoso. El genio posee la facultad de expresar lo inefable en una representación universalmente valorada. Y este es el sentido de nuestra siguiente afirmación:

Gene Clark fue un genio

Algunos le consideraron un genio maldito. Un músico de enorme y universal talento que malogró, una tras otra, con decisiones equivocadas, todas las oportunidades que tuvo para consagrarse en el Olimpo de la fama, ese sedicente empíreo donde campan por sus respetos estrellas sin talento y famosos de relumbrón que apenas han aportado nada a la Música (acaso a las cuentas bancarias de discográficas, televisiones y a las suyas propias). Para nosotros es muy conveniente que este genio olvidado no se mezcle con la morralla, pero hay que entender que Gene Clark siempre quiso brillar en el firmamento musical al que todos miran. Y no brilló, nunca lo hizo.


Para quien no le conozca, hablamos del chico de Missouri que estuvo al frente de The Byrds entre 1964 y 1966, famoso grupo folk-rock que comenzó versionando canciones de Bob Dylan como "Mr. Tambourine Man", o de Pete Seeger como "Turn! Turn! Turn!".



Pero The Byrds fue mucho más que un grupo musical al uso. En la década de los sesenta, cuando las estrellas británicas parecían adueñarse de las clasificaciones de éxitos estadounidenses, The Byrds contuvo la invasión y llegó a dominar la escena musical de la nación norteamericana. Musicalmente talentoso, el grupo experimentó con fórmulas musicales entonces novedosas (por ejemplo, el country-rock) y técnicas de producción musical inéditas en la época. El artífice de esta explosión de innovación y talento no era otro que un jovencísimo Gene Clark, quien compuso los más significativos temas propios de este conjunto. Baste citar, por ejemplo, "Eight Miles High" entre muchos otros: Feel a Whole Lot Better; Here Without You; You Won’t Have to Cry; Set You Free This Time...



Nada que ver con Bob Dylan, por supuesto. Sin embargo, tan genial músico acabaría apartándose voluntariamente del grupo debido, según cuentan las biografías, a su aversión a volar, pero también a importantes diferencias conceptuales y económicas, debido a su prolífica faceta de compositor, con el resto de integrantes. Así, en 1966, con 21 años recién cumplidos, Gene Clark da inicio a una muy controvertida carrera mientras The Byrds apuesta sin remilgos por buscar su propia historia.

Gene Clark fue en todo momento un compositor sentimental, lírico, acústico, de una clarividencia inopinable. Publica su primer disco en solitario un año después de su marcha de The Byrds, en 1967: "Gene Clark and The Gosdin Brothers" (The Gosdin Brothers era el nombre del grupo que le acompañaba). Pasó sin pena ni gloria. El público no conocía a Gene Clark, conocía a The Byrds, quien además compitió en las listas con la exitosa "Younger than Yesterday". Sin embargo, era el de Clark un álbum excepcional, donde mezclaba rock con pop orquestal, country o bluegrass, que mereció mejor fortuna. Como todos sus trabajos posteriores.



Como consecuencia de este fracaso se sumió en una desazón inquietante que le perseguiría toda su vida. En 1968 forma el estupendo dúo Dillard & Clark. Estupendo es decir poco. Su primer álbum, "The Fantastic Expedition of Dillard & Clark" contiene algunas de las mejores canciones compuestas por Gene. Por ejemplo, este "Train Leaves Here This Mornin'":


No satisfecho con el escaso éxito cosechado con el dúo (la obsesión por el éxito marca toda la trayectoria vital de este atormentado músico), Gene Clark parte hacia un nuevo camino en solitario en cuyo transcurso dará forma a su mejor trabajo y uno de los mejores discos de todos los tiempos: "White Light"


"White Light" es un disco de cantautor, un rumbo nuevo respecto a obras anteriores: austero, acústico, sentido, emocional, melodioso, nostálgico, introspectivo, el álbum que Gene Clark publica en 1971 (dos años más tarde de su producción, por problemas legales) es una maravilla de principio a fin. ¿Alguien puede opinar lo contrario después de escuchar "With tomorrow"? Para los impacientes que no hayan deseado sumergirse en el álbum completo arriba incluido, dejo esta magnífica joya por sí sola en el vídeo siguiente:



Por supuesto, fue un completo fiasco comercial. Unánimemente aclamado por la crítica, pasó prácticamente desapercibido para el gran público.

Tras un breve paréntesis, durante el cual Clark aceptó reunirse con la formación original de The Byrds, que, como no podía ser de otro modo, atravesaban cotas muy bajas, en 1973 recibe la interesada ayuda del magnate David Geffen, quien, avispado como pocos, cree poder aprovechar el enorme talento de Gene para hacer caja en plena explosión de rock californianoCon un espectacular presupuesto (más de 100.000 dólares), Clark y el productor Thomas Jefferson Kaye se embarcan en un ambicioso proyecto musical para el que contratan a un plantel de excelentes músicos y cantantes de apoyo. El título: "No Other", posiblemente la obra maestra de Gene Clark y uno de los discos más importantes de la música contemporánea, cuando no de todos los tiempos.

Donde en "White Light” había austeridad y sobriedad, en “No Other” hay una transparencia y una belleza inigualables rebosante de barroquismo, de presencia instrumental realmente incomparable. "No Other" suena a fusión de country-rock con rock-sinfónico, soul, funk y jazz. Una obra maestra extraña y atípica, una gozosa locura de sentimiento íntimo y reflexivo dominada por la voz nítida de Clark. Subyugante en su belleza, insospechada en sus melodías, agradecida en su instrumentación y sus coros, es un disco, en definitiva, kantiano, que traspasa, eleva, congracia a quien lo escucha con el universo y la naturaleza.



Pero no quiero dejarlo aquí, en un enlace al álbum completo, y por este motivo paso a destripar uno a uno los temas de esta maravilla olvidada por la crítica y el público (bah, a quién le importa lo que deba decir ninguno de ellos).


  • El disco inicia su magistral recorrido con “Life’s Greatest Fool”, un precioso tema de country-rock con irrupción de coros góspel.
  •  Le sigue "Silver raven", una joya preciosista de country ecológico, y uno de los temas más conocidos de Clark.
  • A partir de este momento, el disco traza rumbo hacia algo diferente, atípico, inusual, magnífico: "No Other", pieza que da título al álbum, y un despegue de jazz eléctrico que anticipa lo que está por venir.
  • Porque lo que está por venir no es sino la pieza de música más arrolladora, magistral y hermosa que jamás se haya escuchado: la enorme "Strength Of Strings", una brutalidad musical de enorme complejidad técnica y acabados perfectos.
  • Desciende entonces el disco hacia una de las melodías más hermosas jamás compuestas por Gene: "From A Siver Phial",  una conmovedora pieza de luminosidad lírica y emocional.
  • Tras tan deslumbrante joya acaece un momento adimensional y sublime titulado: "Some Misunderstandig", donde late el mismo desencanto generacional y amarga epifanía que autores más renombrados como Neil Young o Bob Dylan publicaron en el mismo periodo de tiempo.
  • Exhaustos de gozo, respiramos satisfechos mientras suena un tema melódico de country-rock, elegante y refinado: "True One".
  • Pero no nos descuidemos, porque se trata de una pieza interconectada con la etapa de Gene Clark con The Byrds.  Lo mismo que la inmortal pieza que cierra el disco: "Lady Of The North", la historia de un amor perfecto malogrado. El indiscutible broche que echa el cierre a un disco absolutamente maravilloso.

Cómo no, fue un fiasco más en la carrera de Gene Clark, un completo fracaso de crítica y de ventas que fue descatalogado dos años después de publicarse.

Gene jamás se repondría de este golpe. Mantuvo alguna colaboración con Roger McGuinn y publicó un gran disco a dúo con la cantante country Carla Olson, pero nunca volvió a ser el mismo. A finales de los 80, y principios de los 90, grupos como The Long Ryders, R.E.M, o Teenage Fanclub comienzan a reivindicar su enormidad musical. Pero ya es tarde. Gene Clark muere de un ataque al corazón fulminante en 1991, meses después de que The Byrds accediese al Rock and Roll Hall of Fame. Tenía sólo 46 años y una larga trayectoria de alcohol y drogas a sus espaldas.

"No Other" fue durante mucho tiempo considerado un disco maldito, un extraño ejercicio de producción musical contaminado con excesos financieros. Inopinadamente, año y medio después de su lanzamiento, cuando el disco se encuentra prácticamente hundido en las listas, Fleetwood Mac lanza su álbum homónimo que, como el siguiente ("Rumours"), emplea técnicas de interpretación y de producción similares a las exploradas en "No Other". Los Fleetwood Mac fueron de inmediato alabados por crítica y público, récord de ventas y acabaron por convertirse en pilares culturales de la música de los 70. Gene Clark siguió, simplemente, olvidado.