domingo 15 de mayo de 2011

En el límite de la locura

Avanzaba arrastrándose, como una serpiente, por entre la espesa vegetación que cubría la loma. Las balas silbaban sobre su cabeza. Le dolía el vientre y apenas podía contener el vómito, pero continuaba avanzando con las mandíbulas apretadas, rechinando los dientes hasta el límite de lo soportable. Hubiese dado lo que fuera por dejar de oír el llanto rabioso del muchacho que a su lado le acompañaba en el ascenso hacia los búnqueres. Le ponía nervioso, pero no podía culparle: el miedo se había apoderado de su sensatez por completo. Ambos sabían que, tarde o temprano, una de aquellas balas silbantes, que cruzaban el cielo perfecto a un palmo de sus cabezas a más de mil kilómetros por hora, se incrustaría en el casco destrozando cráneo, cerebro y alma. ¿Cómo poder mantenerse cuerdo, cómo resistirse a la locura? La certeza de una muerte incomprensible, horrible y antiestética, acechante lejos del hogar, disfrazaba completamente la realidad. Sabía que esos minutos que le restaban de vida estaban abastecidos con balas, con miasmas de putrefacción de otros soldados muertos, con explosiones y con el rugir lejano de las baterías navales. 

Qué hacemos, le preguntó el muchacho que plañía como las viejas en un funeral, no podemos avanzar por ahí, nos freirán si subimos por esas rocas. Y yo qué sé, respondió improvisando dureza, el sargento nos dijo que atacásemos de frente, ahí arriba. Pero eso es un suicidio, se quejó aquel. Esta guerra ya era un suicidio, chaval, nada tiene sentido, el que ordenó este ataque no se enfrentará a esas ametralladoras ni a esos búnqueres, ni sabe lo que sucederá cuando le digan que su mierda de estrategia ha fracasado. Pero no podemos atacar, no serviría de nada, es mejor flanquear hacia aquellas peñas, si vamos de frente nos tumbarán y todo habrá sido en vano. A mí qué me importa ya, chaval... y deja de llorar de una vez, que me pones nervioso. Yo no voy a subir ahí, no quiero morir para nada. El sargento ordenó... ¡A la mierda el sargento!, ¿entiendes?, no es él quien se la está jugando, yo pienso flanquear, tú haz lo que quieras.

El muchacho comenzó a reptar hacia su derecha, desapareciendo con prontitud entre las olas de hierba que mecía el viento. Él se quedó inmóvil, indeciso. Miró a un lado y al otro. Miró también colina abajo, donde descubrió el cadáver de un compañero: de su casco aún surtía un hilo caliente de sangre negruzca. Un poco más allá otros soldados, camuflados entre la vegetación, continuaban el mismo ascenso trémulo que le había llevado en avanzada a él hasta allí. Desde su posición podía contemplar el incesante fuego de balas de las ametralladoras, cada vez más preciso y mortífero. Sólo entonces se pudo percatar de que el monte estaba impregnado de ayes y lamentos, de gritos de angustia y de dolor, que la armoniosa melodía de la hierba brizada por el viento era inexistente. Todo había sido reemplazado por la violenta sucesión de disparos, de muerte, de explosiones, cuyo final él no se atrevía siquiera a imaginar. Aquella colina era un cementerio de cuerpos calientes y destrozados de soldados que, como él, habían avanzado sin saber para qué ni preguntárselo tampoco. Los planes transmitidos por el sargento se truncaron en algún momento de esa mañana, demasiado lejano ya. Lo único que podían hacer era huir... o continuar. De súbito comprendió que sólo la locura de la guerra, instalada en sus mentes, les impedía huir, como si el honor y la dignidad fuesen elementos mensurablemente superiores al estímulo de la propia vida y su salvaguarda. Avanzar para morir, se dijo, avanzar para que la deshonra no nos mancille cuando hayamos muerto.

Una súbita explosión, por encima de las rocas que divisaba al frente, le arrancó de su exorcismo paralizante. El soldado lastimero y lloroso había logrado situarse junto a los búnqueres socavados en la roca y los combatía lanzando granadas en su interior. Le pareció inconfundible el estallido ensordecedor que producían aquellas prisiones estáticas al ser bombardeadas. Inmediatamente la adrenalina anegó todas sus venas. Henchido de un valor que hasta ese momento había permanecido huido y oculto, se irguió con el fusil en las manos y dio cuatro o cinco zancadas rápidas, poderosas, en dirección al búnquer. Sin embargo, su arrebato fue súbitamente cercenado por una conjunción de balas que ametrallaron completamente su cuerpo, que se rompió con la misma mansedumbre con que se rompe un saco de trigo al que se hiende varias veces el puñal.

3 buscadores de belleza opinan:

  1. Como ésta debe haber millones de historias. ¿Por qué?
    Es duro, muy duro reconocer en nuestra especie estos incesantes episodios.

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  2. Las guerras, saca a la luz los aspectos más vergonzosos de las personas.
    Cuerpos disponibles, cuerpos desechables sin camino.
    Sangre derramada inunda la historia.

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  3. Es dificil valorar lo que es vergonzoso y lo que no en un soldado. El miedo siempre esta ahí y no todos afrontamos la misma situación de la misma manera. El llorica , encuentra el valor para continuar y el cobarde que no entiende que está hciendo ahí deja su vida por vaya usted a saber que causa.
    Por muy profesional que sea un ejercito, el miedo es libre y salvar la vida es un acto reflejo de instinto de supervivencia que no deberia de ser calificado de cobardia.




    MNEIAE

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