Hubo un momento en el que todos los idiotas advirtieron que su voz, individual y numerosa, era realmente una única y sola voz. A esa conjunción ciertamente extraordinaria, por las circunstancias que luego desencadenaron y por la peculiar característica de sus protagonistas (todos idiotas de solemnidad, y los había en mucho mayor número de lo que jamás hubiese podido pensarse) se le llamó rebelión, si bien ha quedado sobradamente demostrado que en ningún momento hubo ánimo de protesta. Tampoco de aclamación, de ensalzamiento, de conjura, de conspiración. Fue, pura y lisamente, un hermanamiento que trascendió las fronteras conocidas de los países geográficos, que surcó los cielos y avanzó sin importar cordilleras, oceános, continentes, países, ríos y ciudades. Por primera vez, los idiotas del mundo se sintieron a sí mismos unidos, como una inmensa y gigantesca colmena planetaria de la que ellos eran obreros y peones que, con sus afirmaciones y actuaciones, bregaban en pos de una consciencia gobernante, sobre cuyos designios nada podía saberse aún.
Por supuesto, y como no podría ser menos habida cuenta del carácter gregario del ser humano, los demás pronto comenzaron a prestar atención, primero, y a preocuparse hondamente, después, de esta rebelión que nada tenía de silenciosa, si bien todavía no resultaba violenta u organizada. La clase política tendió puentes de confianza, de cooperación, de entendimiento y de ayuda. El dinero inventó mil estrategias y publicidades con la intención de atraer hacia su engrosada cartera cualquier resultado mercantil de la rebelión, que lo había, y era cuantioso. Los jóvenes la abrazaron con entusiasmo, y bailaron y bebieron abundante y perdurablemente por ella, y también gracias a ella. Los ancianos la vieron con melancólica resignación, aceptándola poco a poco, porque la idiotez atravesaba la impermeable membrana de la edad con lenta y parsimoniosa eficacia. La clase científica quiso comprender, estudiar, analizar y discernir acerca de la gloriosa eventualidad que se había producido, sin lograr alcanzar conclusión útil alguna. Y los demás, simplemente callaron.
Como resultado de todo ello, todos en cada una de las distintas clases y castas y colectivos se volvieron, o quisieron volverse, idiotas, pues en definitiva poco hay de diferencia entre una cosa y otra. Había quienes tenían apetencia del calor reconfortante que trae todo lo revolucionario, del cambio súbito, del paradigma destrozado. Y hubo quienes saludaron con alborozo el horizonte nuevo que se les abría por la distancia que imponía a sus vidas programáticas, sus clichés y su conocimiento aprehendido. Los más, simplemente porque estaban hartos. Y aunque no todos lograron alcanzar un grado de idiotez suficiente como para sentir muy adentro el verdadero sentimiento que supone el saberse idiota, o no supieron serlo en todos los actos de la vida cotidiana, solamente en los más representativos, la realidad es que ni los verdaderos idiotas tenían capacidad para discernir quién lo era por fingimiento y quién por naturaleza, ni los conversos quisieron ahondar en los entresijos de esta nueva religión, firmemente y masivamente abrazada en el mundo entero.
Cuando al fin la inmensa mayoría de los habitantes del planeta se volvieron idiotas, y la rebelión no tuvo más remedio que acabarse, surgió una voz de entre las montañas gritando en favor de la libertad.
Menos mal que se descubrieron idiotas, muchos pasan sin descubrirlo.
ResponderSuprimirBuen texto.
Saludos cordiales.
¿Quieres decir que unirse a una revolución es de idiotas? ¿Qué se supone que hace el listo?, ¿quedarse en su guarida mientras los idiotas intentan cambiar las cosas? No sé, me voy pensando, me has dejado desconcertada.
ResponderSuprimirHasta pronto.
Todos tenemos cierto grado de idiotez en
ResponderSuprimiralgún momento de nuestra vida.
¿ Quiénes són los tontos y quienes no?¿Quién
marca el baremo de dicha idiotez?
Tessa
Película. La Cena de los Idiotas.
ResponderSuprimirSátira sobre los superlativamente listos y exquisitos prohombres de vidas vacías, su moraleja, que no es baladí, es evidente, y se puede exponer con la frase hecha "el más tonto hace relojes", y, sobre todo, con el axioma "todo ser humano es digno de respeto, con independencia de lo memo que pueda ser". Conclusión: ¿Quién es realmente el idiota? Tal vez los idiotas de la rebelión, no lo eran tanto.
Una forma muy amena de resumir esta nuestra historia.
ResponderSuprimirDificil tarea es la de evaluar el grado de idiotez alcanzado y el daño ocasionado.
MNEIAE
Somos tan idiotas que jamás haremos ninguna rebelión.
ResponderSuprimirMuy bueno el texto
No me digas que los idiotas acabarán mandando en la tierra!!!
ResponderSuprimir¿ Por qué nos sorprendemos ?
ResponderSuprimirLo estamos permitiendo.
Hay que ser muy libre para no querer ser idiota.
ResponderSuprimirY entiendo como libre la capacidad de ser consecuente con nosotros mismos.
M