lunes 6 de junio de 2011

El amor de un boticario galés

Según relata en sus memorias, publicadas póstumamente por su sobrina Agatha Worwick, la conducta recoleta de Albert Sebas se vio agravada por una desdichada historia de amor. No podría ser de otra manera. 

Albert Sebas nació y creció en Pembroke, la capital del condado de Pembrokeshire, al oeste de Gales. Su padre fue un humilde zapatero que murió de manera temprana por unas fiebres, y su madre una lavandera en una posada del puerto que, tras desposar con un viajante, se desentendió de su hijo, abandonándolo en la calle. Albert fue acogido por un matrimonio mayor, que se apiadó de sus inmensos ojos tristes. Albert siempre les trató con respeto y cariño. A los 19 años fue aceptado como aprendiz por el boticario que dispensaba fármacos a la anciana pareja. Fue allí donde Albert desarrolló un gran amor por las plantas, los animales y los minerales. Al cabo del tiempo, tras fallecer sus padres adoptivos, se trasladó a Ámsterdam, para ayudar en la inspección de los grandes buques provenientes de África y Asia, siempre cargados de especímenes y cuantiosas rarezas naturales. Prueba de sus nutridos conocimientos es que, a la temprana edad de 25 años, publicó un catálogo ilustrado de Ciencias Naturales que cobraría fama por todo el continente. Aunque fue requerido por varias universidades, desechó la idea de una carrera académica y decidió abandonar Holanda y regresar a Gales, donde su viejo amigo el boticario de Pembroke logró encontrar para él una anticuada pero bien provista botica en Pentyrch, localidad próxima a Cardiff.

En Pentyrch adoptó una vida cenobita acorde con la tranquilidad y el descanso que esta población ofrece secularmente a sus visitantes y ciudadanos. En la rebotica se entregó a la destilación de variados compuestos químicos de gran utilidad. Con ello logró hacer mucho dinero. Al ciudadano actual quizá le sorprenda averiguar que algunas de las formulaciones más conocidas para la limpieza de sanitarios no son sino derivaciones modernas de la extracción de ácido oxálico ideada por Albert Sebas en aquellos años postreros del siglo XIX. Hoy día es habitual la síntesis de este compuesto a partir de formiato sódico, compuesto que, por cierto, Sebas empleó en una patente de su propiedad para comercializar un excelente conservante de alimentos. Pero puede concluirse, sin faltar mucho a la verdad, que muchos de los modernos productos químicos que se emplean a diario derivan de procedimientos desarrollados y publicados por Albert Sebas a lo largo de su vida.

Nunca se casó, si bien narra concluyentemente en sus memorias un episodio trágico que, en el contexto de su existencia, habría de tenerse como anecdótico si no fuese por las implicaciones que posteriormente tuvo. 

En el otoño de 1892 comenzó a frecuentar los ensayos semanales del coro de Pentyrch Parish. Allí conoció a una joven de la que hubo de enamorarse en silencio. La muchacha estudiaba en la propia parroquia para convertirse un día en maestra. Siendo ella locuaz y vivaracha, tanto que en no pocas ocasiones dio que hablar a las gentes de Pentyrch por su exceso de confianza y espontaneidad, algo no bien visto entre los clanes galeses más conservadores, no tardó en solicitar la ayuda de Sebas para profundizar en un tema que le fascinaba sobremanera: los misterios de las ciencias naturales. Sorprendentemente, éste la aceptó de buen grado por su amistad con el párroco y también por la jovialidad y frescura de la joven. El caso es que, con el paso de los meses y el aumento progresivo de los conocimientos de la muchacha en tales materias, la amistad entre ambos llegó a consolidarse, encendiéndose en él una llama con algo que más que neutra simpatía. Los padres de la joven, ambos agricultores, no vieron con malos ojos la amistad creciente entre el boticario y su hija, acaso por la sospecha de que se trataba de un hombre muy conveniente en caso de que algo más surgiese entre ambos.

Albert no se sentía ajeno a las costumbres  galesas, pero prefirió confiar en su paciencia antes de anunciar a la joven sus intenciones, siquiera por asegurarse de que ella le correspondía. En sus memorias el boticario refleja con cierta prudencia no exenta de júbilo las intensas sensaciones que le perturbaban ante la presencia de la muchacha, y en muchos casos se permite digresiones poéticas perfectamente reveladoras, como cuando escribe -por ejemplo- que su sonrisa es "fuente clara de la que brota un agua fresca y saciadora". Todo parece indicar que en la familiaridad con que juntos coinciden en los ensayos de la coral, en sus paseos habituales por Garth Hill, o en la creciente intimidad con que ambos se trataban durante las clases, así como en otros momentos que apenas se detallan, afloran unos sentimientos amorosos y eróticos que posteriormente habrán de mortificarle, especialmente en sus momentos postreros más señeros. Y aunque las memorias están redactadas de tal modo que no podamos conjeturar que la joven le correspondiese, es evidente que lo hacía. A fin de cuentas, pese al relativo aislamiento que se vivía por aquel entonces en Pentyrch, la joven pudo haber elegido otros pretendientes o dedicar su tiempo a varones más favorecedores por edad y estatus. Del amor que ambos se profesaban, por tanto, no queda duda alguna.

Este momento de la vida del célebre boticario se tuerce, definitivamente, con el interés que suscitan en la joven los experimentos químicos que él realiza en su laboratorio. Sebas, alentado por el ímpetu de la muchacha y su amor hacia ella, permite que la muchacha sintetice formulaciones orgánicas muy básicas con los alambiques, las romanas, los vasos de precipitación, las pipetas y, en general, todo el aparataje que había recopilado para su profesión. Posteriormente, conforme la joven fue ganando en destreza y en sabiduría, la hizo ayudante suyo, de modo que tuvo acceso a todos los trabajos químicos por los que era retribuido. 

Justo en este momento se produce una discontinuidad en las memorias del boticario. Su exposición se torna aturullada, confusa y un tanto farragosa. Albert Sebas entremezcla sentimientos de una honda culpabilidad con desoladoras reflexiones. Abundan las referencias a su inconsciencia, en las que asume que ciertos peciolos y rizomas que la joven traía a la botica para "probar a extraer alguna esencia nueva" deberían haberle alertado. No debemos olvidar que fue el propio Albert quien la hallaría muerta semanas más tarde entre las suaves lomas de Garth Hill. Hay una evidente retroactividad moral en sus palabras. En las memorias obvia decir que el estudio forense dictaminó que la causa de la muerte de la joven se debió a la ingesta de extracto de cierta rosa venenosa proveniente de África, así como tampoco menciona que la investigación policial no encontró jamás muestra alguna de dicho veneno en el laboratorio de Albert. Pero, continuando con la ilación de sus memorias, éste debió quedar signado a perpetuidad por su memoria, y nada pudo hacer el carácter conciliador de sus vecinos, las gentes de Pentyrch. 

A partir de este instante, el boticario pasa a narrar el comienzo de su vida en Dumfries, al norte de Inglaterra, donde Albert Sebas residiría hasta su fallecimiento, solo y amargado. En lo restante de su libro no advertimos una sola evocación más de la señorita Susan Verner, cuya muerte jamás dejó de martirizar su alma.

10 buscadores de belleza opinan:

  1. Crónicas? ... no se le resiste ningún género.

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  2. Oh!! fascinante el relato, sublime.Qué metrica, qué vocabulario más extenso..Se nota que usted lee y se cultiva mucho.


    Enhorabuena, es un deleite el leerle.


    Carlos

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  3. De este texto no podemos extraer la afirmación que tú apuntas: "el homicidio que en realidad allí se perpetró". ¿Quieres decir que Sebas mató a su amante y ayudante? Pero, ¿por qué?
    Me voy pensando.
    Hasta la próxima.

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  4. Un crimen... un sospechoso que encuentra el cuerpo sin vida de la chica y que ha tenido relación con ella ... un detective que estaba investigando y le asesian sin haber resuelto el caso.
    Aparentemente ninguno de los tres crimenes tienen conexión... quien será el personaje clave? el mayordomo no creo
    Aquí se esta cociendo algo gordo...

    Independientemente de lo bien escrito, blablablabla... resulta muy entretenido .


    MNEIAE

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  5. Y el Coronell Ross? él es el poseedor de la semilla de tan extraña flor



    Petrus

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  6. Móvil? la semilla

    Eleanor (proselitista), puediera ser la madre del teniente (actual Coronel Ross) la conviertieron al cristianismo a Catherine?

    El ahogado (tendero) un daño colateral? quizá fué testigo y vio quien asesino a martillazos a Eleanor... era el supuesto novio de la joven que cuidaba de Eleanor y si esta joven era Susan?


    Ainss... qué enredo!



    Isabel

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  7. Tiene un estilo sencillamente adorable. Bien construido. Y que bien enarbolado en los miles de kilómetros: oeste de Gales, Norte de Inglaterra, África, Amsterdam, Asia. . . Y la sitios que quedarán por ver en su compañía

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  8. Es cierto Angelica, sus descripciones son de lo mejorcito que he leido y de como habla de esos paises, pareciera que los conoce como la palma de su mano. ENHORABUENA



    CARLOS

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  9. Buenas narraciones, llenas de intriga y suspense

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  10. Un género de mis favoritos. Misterio y suspense, intriga,... a quien no le despierta cierto interés estos relatos?
    Por favor que, la chica protagonista si la hubiera en algún momento, no tropiece y acabe en el suelo cuando el malo la persiga.


    Expediente X

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