Estimado cronista:
Aunque mi pulso no sea firme y no alcance sino a garabatear las palabras de esta carta mientras cae el crepúsculo sobre Pentyrch, sí dispongo de voluntad suficiente en las venas como para redactar unas cuantas consideraciones pertinentes sobre lo que usted se afana en despertar de su mansedumbre de olvido.
Ya soy anciana. Tengo 85 años bien cumplidos. Como tantas otras viejas que menudean por esta campiña galesa, la perspectiva de la vida me ha hecho portadora de una memoria repleta de asuntos pequeños que jamás han llegado a trascender más allá de las colinas suaves y dóciles que me rodean. Nunca he abandonado mi pequeño pueblo, salvo en contadas ocasiones, y cuando lo he hecho, me he asegurado de regresar a él tan pronto como me lo permitieran las razones que me ausentaban de casa. Pentyrch, como bien sabrá, es una pequeña comunidad situada a las afueras de Cardiff, hacia el noroeste. Su emplazamiento es privilegiado. Nuestro pueblo germina en la ladera de una colina, Garth Hill, famosa no solamente por el luctuoso suceso del hallazgo del cadáver de Susan Verner, sino porque en época más reciente protagonizó con total merecimiento una de esas hermosas historias que el cine gusta de regalar para regocijo de nuestro corazón. Todo cuanto rodea a nuestras casas son pequeños y laberínticos caminos, antes arenosos y hoy de asfalto duro y maloliente, vegetación de una exuberancia fértil que lo puebla todo con sombras y frescura, y extensiones bastantes de terreno campestre que la proximidad de la gran urbe todavía no ha alcanzado a perturbar. Mi hogar, por ejemplo, se encuentra en Mountain Rd., el más estrecho y pendiente de todos los caminos que parten de Pentyrch, desde donde puedo gozar de un paisaje maravilloso y tranquilizador tanto de Garth Hill como del pueblo entero.
Siendo niña, crecí en el vecino barrio de Gwaelod-y-Garth, adonde se trasladó desde Newport mi abuelo paterno cuando la empresa Blackmoor Booker decidió reabrir la mina de hierro, trayendo prosperidad suficiente a los habitantes de esta pequeña región durante muchos lustros. Mi abuelo trabajó en la mina hasta su muerte, y desposó ya mayor con Catrin Finch, el ama de llaves del pastor de Pentyrch. Tuvieron dos hijos: mi padre y un segundo retoño que murió siendo aún niño a consecuencia de un desafortunado accidente con una carreta tirada por caballos. De esta fatalidad se obró la posterior rectitud de temperamento de mi abuela Catrin, a quien recuerdo siempre como una mujer hipersensible en sus sentimientos, y de una religiosidad manifiestamente severa. Mi padre hubo de crecer en un hogar donde imperaba una disciplina atroz, tanto a consecuencia de los excesivos fervores de mi abuela Catrin como de la despreocupación de mi abuelo Arthur, más interesado en la mina y en las tabernas que en el fomento del cariño hacia su único hijo. No se puede decir que mi padre tuviese una infancia triste. Él acostumbraba a contarme sus recuerdos con inusitada felicidad interior. Se convirtió, sencillamente, en un hombre feliz por sometimiento voluntario a su destino ramplón y solitario. Desposó a los 19 años con mi madre, Elinor Bennett, una hacendosa mujercita de 17 años que para mayor desgracia suya, y también para la mía, murió durante el parto en el que me dio a luz. Mi padre, resignado como siempre y encogido de hombros como nunca, se desentendió por completo de mí, y fue mi abuela, por tanto, quien me educó a lo largo de su vida con la acostumbrada rigidez con que manifestaba sus actos. Sin embargo, jamás actuó conmigo como lo hiciera con mi padre, quién sabe si porque el rol de las abuelas es blandir ternura en lugar de severidad. El caso es que, conforme me hacía mujer, fue adoptando conmigo una confidencialidad algo difícilmente imaginable en un principio. Supongo que, con el tiempo, según su temperamento galés se veía relegado a la venerabilidad de los años, mi abuela comenzó a necesitar de alguien en quien sincerar su intimidad más profunda y velada. Yo la amaba como madre, y eso a mi abuela le abría hasta los más oclusos caminos del corazón.
Con esta nueva relación, así establecida entre mi abuela y yo, hasta su muerte, fui obteniendo una visión profunda y veraz de Pentyrch y sus alrededores. Y también de Susan Verner, la hija mayor de los Verner, unos hacendosos labriegos que acabaron emigrando a alguna otra parte, a quien mi abuela conoció bien siendo el ama de llaves del pastor Iwan Gruffudd.
Por lo que me contó mi abuela, Susan debió ser un ángel: la muchacha más jovial y alegre de todo Pentyrch. Su carácter animado y vivaz iluminaba hasta los rostros más pesarosos de los labriegos. Todos la querían mucho, ayudaba a la gente en aquello que podía e incluso en lo que no podía, y en todas las labores se desenvolvía con resolución y encanto, hasta tal punto de que muchos la consideraban enviada por el cielo para ayudar a sobrellevar la pesarosa carga que Dios puso sobre los hombres antes de alcanzar el paraíso. No ha de ser muy difícil deducir que poco hubo de tardar en reclutarla el pastor Iwan Gruffudd una vez que Susan abandonó la niñez. No solamente la quiso cerca de sí para los menesteres de la parroquia, además la instruyó en el canto y en principios de teología. A resultas de sus frecuentes visitas a casa de los Gruffudd, Susan acabó trabando una muy estrecha amistad con la mujer del pastor, y por ende también con mi abuela Catrin. Ambas mujeres velaron por la formación y la educación de Susan, y especial empeño puso en ello mi abuela, quien convenció a la muchacha para que cursase el preparatorio a la escuela de magisterio de Cardiff. Este proyecto entusiasmó a la señora Gruffudd, quien no dudó un instante en hacer copartícipe a su marido. El pastor no solamente atendió la petición de su esposa, sino que ejerció toda su influencia en asegurar tutores más que adecuados para la formación de la joven. Es aquí donde surge la figura de Albert Sebas, con quien Iwan Gruffudd disfrutaba de una muy estrecha amistad, como no podría ser de otro modo tratándose de dos mentes tan conspicuas como las suyas, llamadas a entenderse por encima de cualquier mundano asunto.
Es cierta la posibilidad de que el boticario y eminente biólogo se enamorase perdidamente de su pupila. Pero ha de saber que muchos pretendieron a Susan Verner sin que ella diese jamás muestras de querer abrir las puertas de su corazón a nadie, salvo en una ocasión, y no para la felicidad del boticario. Dice usted, tras analizar las memorias que publicó Agatha Worwick sobre su tío Sebas, que del amor correspondido entre tutor y discípula no le cabe la menor duda. Yo, en cambio, a tenor de lo que mi abuela me confesó, tengo muchas acerca de ese sentimiento, y tiendo a pensar que los recuerdos de Albert Sebas estaban sesgados por la conveniencia y el paso del tiempo, que todo lo idealiza. No pondré reparo alguno al resto de sus conjeturas. Es evidente que Susan Verner pasó mucho tiempo al lado del boticario y que en éste bien pudo establecerse un fuego de amor y pasión, fundamentado en la graciosa juventud de Susan, su gracejo y belleza. Pero de ahí a que ella accediese convencida a los favores y pretensiones de matrimonio de Albert Sebas, media un trecho. Y en todo caso, tanto si fue así como de cualquier otra manera, no justifica la acusación de asesinato que usted formuló hace algunas semanas, culpando al boticario de ello. En este punto coincido con la sucinta opinión que expuso el señor Belarmino Marsó en su misiva, y me declaro en total desacuerdo al parecer de usted. Pero no solamente por convicción propia o inferida, sino porque Susan Verner, en la época en que aprendía los misterios de la farmacología con Albert Sebas, estaba completamente enamorada de un joven que había arribado por aquel entonces a Pentyrch: el agente Theodore J. Dawson, como así se lo confesó a mi abuela Catrin.
¿Se suicidó Susan Verner? Yo así lo creo. ¿Por qué se suicidó? No lo sé, pero es posible que el agente Dawson dejase algún atisbo de esta verdad en su cuaderno de investigación, por mucho que le abatiese el sufrimiento de hallar muerta a su amada. A lo mejor, y no quiero arriesgarme a formular acusaciones infundadas sino a apuntar ciertas sospechas, Susan reveló en su casa que su corazón pertenecía al joven agente de policía y no al próspero boticario, favorito de sus progenitores, revelación a la que debió seguir una desgraciadísima y horrenda disputa entre ella y sus padres, a quienes respeto debía. Su conocimiento de la botánica, su destreza a la hora de confeccionar fármacos bajo las enseñanzas de Albert Sebas, y sobre todo, su enorme desazón, capaz de revocar toda benignidad y frescura y alegría de su alma, para entregarle la irrupción de una desgracia casi infinita, hizo el resto. En todo caso, creo que debería usted acudir de nuevo a las anotaciones del inspector Dawson.
¿Se suicidó Susan Verner? Yo así lo creo. ¿Por qué se suicidó? No lo sé, pero es posible que el agente Dawson dejase algún atisbo de esta verdad en su cuaderno de investigación, por mucho que le abatiese el sufrimiento de hallar muerta a su amada. A lo mejor, y no quiero arriesgarme a formular acusaciones infundadas sino a apuntar ciertas sospechas, Susan reveló en su casa que su corazón pertenecía al joven agente de policía y no al próspero boticario, favorito de sus progenitores, revelación a la que debió seguir una desgraciadísima y horrenda disputa entre ella y sus padres, a quienes respeto debía. Su conocimiento de la botánica, su destreza a la hora de confeccionar fármacos bajo las enseñanzas de Albert Sebas, y sobre todo, su enorme desazón, capaz de revocar toda benignidad y frescura y alegría de su alma, para entregarle la irrupción de una desgracia casi infinita, hizo el resto. En todo caso, creo que debería usted acudir de nuevo a las anotaciones del inspector Dawson.
Reciba un cordial saludo,
Sophie Holmes
Otro cordial saludo para ústed mi admirada Sophie Holmes.
ResponderSuprimirAnda como Sherlock Holmes!! No será Sophie descendiente de sherlock? Hay mucha intriga...
ResponderSuprimirSensacional.
Miranda
Ozu mi arma pero que rebueno es!!!
ResponderSuprimirLo suyo es la novela de suspense.
felicitaciones.
Cai
Como quiera que me he prometido a mí misma decir en todo momento lo que siento después de leído un texto, aun corriendo el riesgo de parecer “cortita” —lo que no me afecta en demasía, porque en tal caso habríamos de suponer que al menos el ochenta por ciento de la población lo es—, tengo que decir que sigo perdida, que el único hilo que he seguido desde el principio sin perderme es el del boticario y su pupila Susan, y creo que en gran parte es debido a la cantidad de nombres de personajes y de lugares que, además se ser difíciles de memorizar para alguien que solo domina una lengua, al estar tan desmesuradamente descritos han perdido, a mi entender, repito, la estructura básica, máxime cuando en cada entrega se nos presenta al menos un nuevo protagonista, que forma parte o no de la trama central. No dudo que, de tener tiempo, suficiente terminaría desentrañando la historia en cada uno de sus puntos, como tampoco desconfío, en absoluto, que el autor tiene todos los cabos bien atados; pero no lo tengo, así de simple. De manera que disfruto del texto, de su extraordinaria redacción (aunque hoy he encontrado alguna reiteración) y de su acertado rico vocabulario.
ResponderSuprimirTal vez de una manera no muy ortodoxa, pero sigo disfrutando y aprendiendo.
Un abrazo.
Mira que guay, otra entrega, con lo que me gusta como escribe!!!
ResponderSuprimirHa sido fantástico quiero más...
Libertad
He de reconocer que tengo debilidad por las historias del Sr. Sabadell y esta no me está defraudando en absoluto. Aunque las entregas son extensas no se me hacen largas y disfruto como un enano. Sigue sorprendiéndome la capacidad de crear ambientes del Sr. Sabadell, ya que reproduce de una manera pasmosa parte de la Europa de la primera mitad del siglo XX (guerra mundial, crímenes, etc.). Tampoco se queda atrás la descripción de ambientes y personajes.
ResponderSuprimirLa redacción excelente.
Siga así Sr. Sabadell.
Alberich
Es increible su capacidad de letras que nos sumergen a internarnos en sus textos
ResponderSuprimirPorqué siempre nos deja ese sabor a poco cuando leemos
ResponderSuprimirVaya turraada nos mete, no hay quién lo pueda seguir, por favor no nos lie tanto con tanto nombre y tanto lugar, hágalo más entendible.
ResponderSuprimirAlma
Mucho peloteo veo por aquí, pero menos que en su anterior blog.Espero se fijen más en las letras y no en el escritor.
ResponderSuprimirGoitibera
A penas hace unos meses me he iniciado en el mundo de los blog.
ResponderSuprimirSuponía que comentar en un blog era redactar lo que se entendía en dicho escrito.
Cuando mi trabajo me lo permite ,desayuno delante de este blog y juego a detectives. Saco mi bloc de notas y busco las pistas.
Si no me gusta como redacta el escritor, simplemente, no vuelvo a entrar.
A parte de lo que me divierto leyendo; viajo por el mundo y por la historia con las descripciones del autor.
Una pregunta para todos ustedes, lectores: El cronista está manipulando la información o realmente es torpe en sus investigaciones??
Nane
Apreciada Nane:
ResponderSuprimirTodo lo que se escribe en el blog es del cronista, de torpe no tiene nada, sencillamente tenemos que pensar, son reflexiones que nos apunta para que saquemos nuestras conclusiones.
Saludos y bienvenida.
El autor es el cronista, Shofine Holmes,Belarmino Marsó,.....Y tal vez algún personaje más que aún no ha aparecido.
ResponderSuprimirPero ninguno de ellos por separado es el autor.
Gracias por tu bienvenida.
Nane
Basandose en personajes reales.
ResponderSuprimirTessa.
Fantastico!!!! Sabes como mantener la intriga.
ResponderSuprimirMaria
Eres un fenómeno! Cada día me gusta más como escribes.
ResponderSuprimirSi bien sabéis que es un rollo patatero, porque no hay quién enlace un escrito con otro.Describir lo hace bien y conocimiento de lugares y sitios increibles los tiene. Ea!!!, queda dicho.
ResponderSuprimirPintamonas
Tengo que decir que el argumento parece sacado de unas de las novelas supuestamente escritas por Angela fletcher en: Se ha escrito un crimen .
ResponderSuprimirChavela
Apreciado cronista:
ResponderSuprimirHe tenido conocimiento de sus pesquisas y de los mensajes y datos que Vd. habitualmente recibe, así como de la carta a Vd. remitida por la Sra. Sophie Holmes sobre la malograda Susan Verner.
Actualmente disfruto de una vida sosegada y tranquila en una casa de estilo victoriano con vistas al Canal de Bristol en Penarth que como Vd. sabrá es una ciudad situada en el Valle de Glamorgan al suroeste del centro de Cardiff y recostada sobre el margen norte del estuario del Severn en el extremo sur de la Bahía de Cardiff.
Pero no siempre fue así, en el pasado mi vida profesional se desarrolló en el campo de la abogacía, profesión que ejercí hasta el día de mi jubilación y con no pocas aventuras, desventuras y vicisitudes que con el paso del tiempo se van difuminando en la memoria y la existencia se vuelve apacible. Pues bien, hace unos años recibí una carta que me recordó las sensaciones vividas y ya olvidadas que produce mi profesión cuando ocurre un hecho delictivo. La mencionada carta la firmaba la Sra. Dorothy Dunne y en ella relataba con todo lujo de detalles las circunstancias de la muerte de Susan Verner.
He recapacitado mucho antes de tomar la decisión de escribirle, pero creo que el tiempo transcurrido así como la muerte acaecida de Dorothy permiten que pueda facilitarle los datos que se encuentran en mi poder y de esta manera contribuir a la difícil tarea que Vd. se ha impuesto de esclarecer tan desafortunado suceso.
Quizá cuando lea la carta de Dorothy entienda algunas situaciones producidas, como por ejemplo el llanto desconsolado de Albert Sebas a causa de la visita del coronel Hume Ross. Asimismo le adelanto que Susan Verner no se suicidó como afirma la Sra. Sophie Holmes. Susan fue asesinada, pero no por Albert Sebas como Vd. se ha aventurado a manifestar. Los hechos ocurrieron de una manera muy distinta.
Sin más dilación y confiando completamente en su capacidad para discernir la verdad, le saluda cordialmente,
Jane Galahad
Apreciada Sra. Galahad:
ResponderSuprimirLe escribo desde el Whitchurch Hospital situado al norte de Cardiff, un hospital psiquiátrico muy reconocido que fue fundado en 1904 y se inauguró el 18 de abril de 1908 con el nombre de Cardiff City Asylum. Actualmente las instalaciones están anticuadas y son inadecuadas, aunque existe un programa en curso para sustituir este edificio por uno más moderno, pero describir el lugar donde ésta anciana reside, no es el propósito de mi misiva.
Aunque me hallo en una institución mental mis capacidades intelectuales todavía no se han degradado, el hecho de que me encuentre recluida aquí no tiene que ver con mi salud mental, sino más bien con el castigo que un hombre, Dios o quizá la vida, me ha querido imponer, por ese mismo motivo creo que todavía vivo; por ese motivo, y porque mi familia siempre fue longeva, la longevidad ha sido algo natural en mi estirpe. No obstante tengo la completa seguridad de que mi fallecimiento se producirá en breve y siento la necesidad de revelar la verdad sobre el caso del fallecimiento de Susan Verner.
Debo confesarle que Susan no se suicidó. Fue asesinada. El hecho podría clasificarse de crimen pasional.
Le diré que Susan Verner fue mi amiga, y después de tantos años me encuentro en situación de afirmar que yo fui su única amiga, mantuvimos una amistad que acaso no todos tienen la fortuna de conocer en su paso por esta vida, yo era su confidente, ella confiaba en mí y durante toda su existencia nuestra hermandad permaneció incólume. Para no faltar a la verdad también tengo que decir que era muy hermosa , alegre, optimista, buena y una ingente cantidad de calificativos más, pero ante todo era una mujer independiente y celosa de su vida privada por este motivo reconozco que me siento privilegiada, pues tuve acceso a todos sus secretos y sentimientos más íntimos.
(continuación)
ResponderSuprimirEs fácil adivinar que pretendientes no le faltaban, Albert Sebas, el inspector Dawson, mi propio hermano y tantos otros.
Según me contó la propia Susan, Albert Sebas estaba profundamente enamorado de ella, pero no era correspondido y él lo sabía y lo aceptaba, tanto era su amor que accedió a ser su amigo, aunque siempre estuvo enamorado de ella.
Tampoco estaba enamorada del inspector Dawson, no sentía ningún interés por él, pues de sus confidencias así se desprendía, aunque él, sí le había confesado su amor.
En los meses anteriores a su muerte supe de la existencia de un pretendiente que me sorprendió y al mismo tiempo me enojó y entristeció. Se trataba de un hombre por el que yo sentía una intensa fascinación, aunque tengo que reconocer que él no sentía por mi ningún tipo de atracción. Nunca tuvimos relación alguna, esta se limitaba a los saludos obligados y de cortesía que se acostumbra en los pueblos. Pero ella empezó a confiarme los intentos de seducción de aquel hombre, los detalles, el acercamiento buscado una y otra vez, incluso las cartas que llegó a enviarle. Cartas cargadas de romanticismo y buenos deseos. Cartas que conservo en mi poder y que si Vd. decide visitarme podría mostrárselas como prueba de lo que afirmo. Poco a poco mi corazón se fue envenenando y empecé a aborrecerla, envidiarla, odiarla a pesar de que ella no le correspondía y por motivos obvios la incomodaba.
A Susan Verner la maté yo, yo la maté.
La mañana en la que ella salió a pasear, desayunamos juntas. El día anterior visité a Albert Sebas y robé el jarabe de apostasiaceae abyssiniae en cantidad suficiente para mezclarlo con el té de la mañana de Susan Verner. Sí, desayunamos juntas y en cuanto tuve la ocasión mezclé el veneno con su té, fue mucho más sencillo de lo que había imaginado.
Cuando encontraron su cadáver pensaron en un suicidio, así lo confirmó la policía, pero Albert Sebas advirtió días después que faltaba jarabe en uno de los recipientes en los que lo guardaba. Él tenía la seguridad de que la habían asesinado pero en aquellos momentos no sabía quién, ya que por aquel entonces lo visitaban muchos estudiosos de la botánica.
Yo me dispuse a finalizar la tarea iniciada, ahora era el turno del enamorado. Él tenía que sufrir, tenía que saber, y yo quería que lo supiera, quería que supiera quien le había arrebatado su gran amor.
Dos semanas después del entierro de Susan Verner, al que no acudí, por supuesto, me dirigí a casa del pastor Iwan Gruffud y le confesé mi terrible crimen. Lloró, lloró desconsolado. ¿Sorprendida Sra. Galahad? Seguro que no más que yo cuando Susan me lo comentó por primera vez. Del pastor Gruffud podría contarle muchas habladurías que se comentaban en el pueblo pero no es el motivo de esta extensa carta. Solo le diré para terminar que el pastor Gruffud no me denunció y la policía nunca supo que Susan había sido asesinada, dictaminaron suicidio. Sin embargo supo esperar hasta el año 1908 en que se inauguró este hospital para utilizar sus influencias y encerrarme aquí donde todavía me encuentro, creo que pensando que era más cruel enclaustrarme en este lugar de por vida que denunciarme, y ante la posibilidad de no poder demostrar la verdad se cercioró de castigarme, y le aseguro que con buen criterio, pues desde entonces mi vida ha sido un infierno, deseo desesperadamente el momento de mi óbito. Albert Sebas supo la verdad por su amigo el pastor. Poco después de mi ingreso en ésta institución Albert me visitó, no lo había vuelto a ver desde la muerte de Susan , y me preguntó:
-¿Por qué?
- Porque la odiaba. Le respondí.
Dorothy Dunne
AH MIRE!! YO HACE UNOS DÍAS PIDIÉNDOLE SI PODÍAMOS ESCRIBIR ALGO Y NO ME CONTESTA Y AHORA VEO QUE LA GENTE ESCRIBE.
ResponderSuprimirINDIGNADA
para no perder detalles los lectores, los comentarios de Romy deberian pasar a formar parte de la continuación de los textos del autor, son parte de la investigacion y de todo lo que el lector deberia cuidar y contrastar en su lectura, de esta manera podemos perder parte de la continuidad. sugerencia.
ResponderSuprimirfelicidades Romy por tu capacidad investigadora creoativa y escritora.
Gracias por tus felicitaciones Anónimo, me alegra mucho que mis textos te hayan gustado.
ResponderSuprimirUn saludo
Uis, qué revuelo!
ResponderSuprimirSí no estoy muerta estoy de parranda...
Susan
Verdaderamente Romy Rodriguez parece una buena
ResponderSuprimiralumna de ústed.
Muy bueno Romy.
Como siempre, Sr. Sabadell, increiblemente bueno.
ResponderSuprimir(Anilla)
Apreciada lectora del 5 de septiembre de 00:11.
ResponderSuprimirSiento el retraso de mi respuesta pero no me ha sido posible contestar antes por motivos muy personales. Gracias por tu comentario. Desde muy pequeña ya escribía y contaba historias increible a mis hermanas, pero cuando descubrí a Javier fue cuando aprendí a escribir de verdad. Él me enseñó. Me agrada mucho que se me considere alumna suya además es normal que se aprecie su influencia en mis escritos, aunque no siempre escribo igual, pero sigo y seguiré aprendiendo. Lo admiro mucho como escritor y compositor. Un saludo y muchas gracias.