Lamento mucho la demora con que estoy publicando esta crónica que tan pacientemente esperan algunos lectores semana tras semana. No había en mi ánimo intención alguna por exasperar los nervios de quienes, expectantes, siguen los acontecimientos y circunstancias aquí narrados por este su seguro servidor. Ciertas misivas que he recibido recientemente en mi buzón de correos confirman que, en efecto, la dilación de las entregas pudieran estar produciendo desinterés, cosa que en absoluto es de mi conveniencia y por ello apelo a la comprensión de quienes me siguen a través de estas páginas, porque en ellas seguiré desvelando, con mayor prontitud de la mantenida hasta ahora, cuantos enigmas se hayan alzado en este singular relato que no es sino un rumor laso de la Historia, cuyos olvidos en ocasiones esconden las mayores injusticias.
En concreto, y ya refiriéndome al caso que nos ocupa, que no es otro que la justificación de mis casi dos meses de aparente abandono, debo decir que las revelaciones por mí encontradas son de la suficiente magnitud como para pensar que la inmensa mayoría de mis lectores sabrá disculpar y entender la tardanza. Lo primero: necesitaba viajar a Londres y a Épernay con el fin de esclarecer algunos puntos oscuros surgidos en el transcurso de investigaciones pretéritas. Me hallaba en un punto muerto del que era obligado moverse, y puedo afirmar que la decisión tomada fue del todo positiva: fácilmente hubiera podido alongar las pesquisas gran parte del año en curso si me hubiese propuesto perseguir todos y cada uno de los cabos sueltos que surgieron durante el viaje. La mayor parte de estos cabos podrían considerarse más bien endebles y quebradizos hilos, atascados en nudos intrascendentes por no destacar en ellos cosa alguna de provecho para el interés de estas crónicas aunque bien pudieran contribuir en ciertas cuestiones históricas que no vienen a cuento. Lo que hice, por tanto, fue orientarme rápidamente hacia el objetivo último que tenía en mente: dícese, demostrar al mundo que Jacob Verner es el nombre del abominable asesino olvidado por la Historia, que sembró de sangre y miedo tanto la recoleta ciudad del champagne como las barriadas rivereñas de Hammersmith.
En concreto, y ya refiriéndome al caso que nos ocupa, que no es otro que la justificación de mis casi dos meses de aparente abandono, debo decir que las revelaciones por mí encontradas son de la suficiente magnitud como para pensar que la inmensa mayoría de mis lectores sabrá disculpar y entender la tardanza. Lo primero: necesitaba viajar a Londres y a Épernay con el fin de esclarecer algunos puntos oscuros surgidos en el transcurso de investigaciones pretéritas. Me hallaba en un punto muerto del que era obligado moverse, y puedo afirmar que la decisión tomada fue del todo positiva: fácilmente hubiera podido alongar las pesquisas gran parte del año en curso si me hubiese propuesto perseguir todos y cada uno de los cabos sueltos que surgieron durante el viaje. La mayor parte de estos cabos podrían considerarse más bien endebles y quebradizos hilos, atascados en nudos intrascendentes por no destacar en ellos cosa alguna de provecho para el interés de estas crónicas aunque bien pudieran contribuir en ciertas cuestiones históricas que no vienen a cuento. Lo que hice, por tanto, fue orientarme rápidamente hacia el objetivo último que tenía en mente: dícese, demostrar al mundo que Jacob Verner es el nombre del abominable asesino olvidado por la Historia, que sembró de sangre y miedo tanto la recoleta ciudad del champagne como las barriadas rivereñas de Hammersmith.
La consolidación de esta teoría vendría fundamentada en las averiguaciones que hemos ido reconstruyendo con las pruebas documentales indirectas halladas en libros y manuscritos referidos a Cécile Foly, Albert Sebas, Iwan Gruffudd o Hume Ross, por citar tan sólo unas pocas fuentes, así como en otros testimonios bibliográficos de lo más diverso. Mis lectores tienen sobrada información sobre ello. Nuestras pesquisas, y digo nuestras por cuanto estas labores no las efectúo en completa soledad, que no pocos de mis seguidores acostumbran a remitirme sus propias pistas y deducciones, obtenidas quién sabe cómo, algunas de las cuales no he dudado en hacer públicas aquí mismo, estas pesquisas -prosigo- fueron las causantes de que este relato, que no pretendía inicialmente sino biografiar al misterioso inspector Theodore Dawson (investigador principal de los crímenes de Hammersmith, cuyo asesinato muchos años más tarde jamás fue esclarecido), acabase convirtiéndose en una enrevesada trama detectivesca.
Tengo otra fundamentación que sustenta este ejercicio criminalista. A nadie puede extrañar a estas alturas de la historia la conjetura de que en ambas localidades (Hammersmith y Épernay) actuase el mismo asesino, y no sólo porque en algunos cajones de Scotland Yard se escondan informes donde se mencionan las similitudes encontradas por Dawson entre los crímenes que asolaron la barriada del Támesis con los otros perpetrados no muy lejos del Marne. También porque el propio inspector Dawson acabó conjeturando que su investigación sólo podría llevarse a buen fin destripando las invisibles pistas de los crímenes de Épernay, cuyo paralelismo con los de Hammersmith era más que evidente. De hecho, aunque finalmente no pudo probarse nada, es esta convicción la que se considera como el logro más notable de las investigaciones del malogrado inspector, fracasadas por la interrupción brutal que supuso la guerra entre la Gran Bretaña y la Alemania nazi. De este capítulo no he hablado aún, resistiéndome a hacerlo por tratarse de sucesos extensamente referidos en la prensa local de la época y en no pocos estudios posteriores (huelga decir que yo llegué a esta situación de detective anacrónico partiendo, justamente, de uno de tales estudios), pero no lo dejaré así como se encuentra, y volveré a él más pronto que tarde por mor de la completitud exigible a este relato, una vez que con el actual episodio se den por cerrados algunos eslabones de esta leontina champagnoise.
Pues bien, empecemos. Por apuntar una breve y fugaz recapituliación de todo lo hasta ahora aflorado, digamos que los rastros que se han venido destapando parecen señalar como autor de los asesinatos a Jacob Verner, hermano de Susan Verner -novia en la juventud de Theodore Dawson-, discípulo de Albert Sebas cuando el congreso de botánica de París, y enamorado de Catherine Gonon. Si atendemos la documentación existente, en concreto ciertas referencias del puño y letra de Georges Rouy halladas en los archivos de la Sorbona, podremos deducir que Jacob marcha desde París hacia Épernay en algún momento entre finales de 1905 y el otoño de 1907, regresando a Inglaterra tras el asesinato de Cécile Foly en vísperas del conflicto bélico que habría de arrasar (para su fortuna asesina) la hermosa localidad francesa. Por entonces, Jacob Verner es un joven desquiciado por las drogas y los excesos de su libertinaje parisino, quizá arrastrado a ello por una amargura interior sostenida y ponzoñosa a consecuencia de la muerte de su hermana, origen último del infierno que el asesino desató entre los habitantes de Épernay. Conjeturas son, cierto, pero repletas de aparente consistencia. Las razones por las que Jacob Verner elige acudir a esta ciudad no son conocidas fehacientemente por nadie, y posiblemente no las conozcamos jamás: la influencia de un conocido, los azares del sino humano, su propio capricho... Podemos aducir cualquier excusa plausible para ello.
En un momento de la investigación, este cronista suscribió que el asesino de Épernay debió haber entablado contacto en París con Alexandre Joules Mathurin, quien posteriormente fuese nombrado prefecto de Marne con residencia en la capital del champagne. Cierto es que en aquella crónica apunté, acaso prematuramente, que las razones de los asesinatos podían justificarse en el intento del asesino por confundir a la policía orquestando toda una serie de crímenes con el único fin de ocultar la verdadera razón habida en su mente: acabar con la vida de Mathurin. Pero es cierto que esta hipótesis (con la que ya trabajó en su día la propia Sureté, como ha quedado mencionado) apenas podía explicarse por sí misma: plantear que un asesino, por abyecto que fuese, puediese adivinar con años de antelación el destino político de Mathurin parece poco menos que una fabulación. Sin embargo, hemos hallado evidencias de que Jacob Verner y Alexander Mathurin coincidieron de manera nada fortuita en París. En 1900, aun siendo apenas un recién llegado de la London School of Economics and Political Science, Mathurin fue designado -en atención a su influyente padre- persona de enlace entre el Ministerio de Agricultura y el Congreso Internacional de Botánica. Huelga razonar las extraordinarias circunstancias que esta revelación tiene para el caso que nos ocupa. Y por si esta coincidencia pareciera poca en el ingenio de mis lectores, debemos añadir otra cuya excepcionalidad nos ha dejado estupefactos: Mathurin, que en Londres frecuentó las reuniones del movimiento llamado fabianismo, cursó estudios en la misma promoción y clase que el agente Theodore Dawson cuando éste fue llamado por Sctoland Yard para servir en la capital de Inglaterra. El resto son divagaciones y he de permitir que cada lector tenga las suyas propias y elucubre con los entresijos que de ellas se deriven, pero la confluencia de tres personajes tan distintos y dispares, con roles tan perfectamente antagónicos los unos de los otros (un policía, un asesino, una víctima), es humus suficientemente rico como para que germinen en él las conjeturas más audaces.
Fue la anterior averiguación la causante de que decidiese trasladarme a Londres, primero, y a Épernay, después. En el caso londinense, acudí a los vetustos registros sitos en la sede de The Fabian Society, en Dartsmouth Street, bastante lustrosos pese al tiempo transcurrido, y en excelente estado, algo que demuestra lo orgullosos que se sienten los laboristas británicos de sus orígenes. En ellos encontré caligrafiado el nombre de Alexander Mathurin. No tan sencillo resultó vislumbrar las improntas del prefecto o del inspector Dawson en los prácticamente irreconocibles archivos de la célebre LSE londinense: con el pretexto de su parcial destrucción durante la Segunda Guerra Mundial, el encargado de la escuela universitaria interpuso toda suerte de peregrinos y obtusos inconvenientes a mis solicitudes, cuestión absurda que se resolvía por sí misma en caso de que los registros estuviesen destruidos: no se puede consultar aquello que no existe. Finalmente, a fuerza de insistir tenazmente con educadísima afectación anglosajona, se me acabó permitiendo atisbar en los papelajos casi consumidos del libro de registros de 1897 de la egregia institución. Tardé un par de horas en descubrir en ellos los nombres de Alexander Mathurin y Theodore Dawson, como bien presentía. En realidad, las aspiraciones socialdemócratas del primero, único de los dos en involucrarse con el movimiento fabianista, me parecieron irrelevantes al efecto, aunque esta confirmación fehaciente del interés del prefecto por las tendencias políticas representadas en el laborismo británico permitió, con posterioridad, avalar la rápida ascensión de Mathurin en el entramado gubernamental francés de la época, que era socialdemócrata.
En Épernay tuve ocasión de visitar in situ la ciudad, reconstruida en numerosas ocasiones a consecuencia de las devastaciones de las guerras imperiales y, sobre todo, de la Gran Guerra, cuando los bombardeos de las fuerzas germanas la destruyeron prácticamente por completo. La localidad, desde esta perspectiva, honra la tenacidad de sus ciudadanos, empeñados en recuperar a ultranza el esplendor destrozado recurrentemente por la ambición humana y la ciega ira, como lo evidencian los pórticos aislados, los palacetes decimonónicos o las anacrónicas vidrieras de la iglesia de Nôtre-Dame. Del Hospital Auban-Moët se conservan una buena porción de los muros exteriores, habiéndose reconstruido y modernizado totalmente el interior . Allí pude rendir un privado y muy sentido homenaje a la pobre Cécile Foly, de cuyas deducciones tan en deuda me siento. Su cuerpo está enterrado en el cementerio viejo del hospital, junto a un impresionante abeto, en una zona soleada y envuelta de silencio de flores y viento. Compré un ramo de rosas muy rojas que deposité sobre la lápida cubierta por el olvido. Apenas pude distinguir las inserciones en el mármol, y descubrí que el destino pretendía jugar caprichosamente conmigo: lo único legible era ese "Cécile F" con que yo la nombrara en tantas ocasiones.
Hice otras comprobaciones en Épernay, acudiendo a estudiar tanto los archivos históricos de la policía como los registros del hospital, entre los cuales se hallaba el manuscrito original de Cécile, que se correspondía punto por punto con la copia que utilicé para realizar mis averiguaciones. También visité la hemeroteca de la biblioteca pública, cuyos fondos solo pude consultar tras esperar varios días una aprobación que parecía no llegar nunca: así de afanosos son las gentes de esa tierra calmosa y próspera. Para mi sorpresa, y evidente fortuna, descubrí que aún vivía el hijo de quien fuera director del hospital cuando se produjeron los asesinatos. Se trataba de un hombre anciano, de arrugas profundamente surcadas y voz antañona y quebrada. Conservaba una estupenda lucidez, empero, aunque hablaba con cierta parsimonia en un dialecto francés de difícil pronunciación para mí. Nuestra única conversación tuvo lugar en un patio umbrío en la residencia de ancianos de la localidad, donde aguardaba el final de sus días. La charla no pudo ser más reveladora: confirmó que todo aquel asunto de los crímenes dio inicio con la muerte a hachazos de un jornalero inmigrante que había sido contratado para cuidar los extensos viñedos de la maison Moët. Sin embargo, aquel anciano se acordaba perfectamente del nombre del jornalero que yo suponía anónimo, lo cual me produjo una enorme excitación, como si estuviese a punto de descubrir una de las maravillas de la Historia. Pero toda mi agitación inicial devino en estupor y asombro. Tuve que pedir al anciano que lo repitiese varias veces, hasta el punto de parecer impertinente: no daba crédito a mis oídos. Los cansados labios de aquel viejo no parecían titubear cuando pronunciaban, tantas veces como yo lo requería, el infausto nombre de Jacques (Jacob) Verner...
Tengo otra fundamentación que sustenta este ejercicio criminalista. A nadie puede extrañar a estas alturas de la historia la conjetura de que en ambas localidades (Hammersmith y Épernay) actuase el mismo asesino, y no sólo porque en algunos cajones de Scotland Yard se escondan informes donde se mencionan las similitudes encontradas por Dawson entre los crímenes que asolaron la barriada del Támesis con los otros perpetrados no muy lejos del Marne. También porque el propio inspector Dawson acabó conjeturando que su investigación sólo podría llevarse a buen fin destripando las invisibles pistas de los crímenes de Épernay, cuyo paralelismo con los de Hammersmith era más que evidente. De hecho, aunque finalmente no pudo probarse nada, es esta convicción la que se considera como el logro más notable de las investigaciones del malogrado inspector, fracasadas por la interrupción brutal que supuso la guerra entre la Gran Bretaña y la Alemania nazi. De este capítulo no he hablado aún, resistiéndome a hacerlo por tratarse de sucesos extensamente referidos en la prensa local de la época y en no pocos estudios posteriores (huelga decir que yo llegué a esta situación de detective anacrónico partiendo, justamente, de uno de tales estudios), pero no lo dejaré así como se encuentra, y volveré a él más pronto que tarde por mor de la completitud exigible a este relato, una vez que con el actual episodio se den por cerrados algunos eslabones de esta leontina champagnoise.
Pues bien, empecemos. Por apuntar una breve y fugaz recapituliación de todo lo hasta ahora aflorado, digamos que los rastros que se han venido destapando parecen señalar como autor de los asesinatos a Jacob Verner, hermano de Susan Verner -novia en la juventud de Theodore Dawson-, discípulo de Albert Sebas cuando el congreso de botánica de París, y enamorado de Catherine Gonon. Si atendemos la documentación existente, en concreto ciertas referencias del puño y letra de Georges Rouy halladas en los archivos de la Sorbona, podremos deducir que Jacob marcha desde París hacia Épernay en algún momento entre finales de 1905 y el otoño de 1907, regresando a Inglaterra tras el asesinato de Cécile Foly en vísperas del conflicto bélico que habría de arrasar (para su fortuna asesina) la hermosa localidad francesa. Por entonces, Jacob Verner es un joven desquiciado por las drogas y los excesos de su libertinaje parisino, quizá arrastrado a ello por una amargura interior sostenida y ponzoñosa a consecuencia de la muerte de su hermana, origen último del infierno que el asesino desató entre los habitantes de Épernay. Conjeturas son, cierto, pero repletas de aparente consistencia. Las razones por las que Jacob Verner elige acudir a esta ciudad no son conocidas fehacientemente por nadie, y posiblemente no las conozcamos jamás: la influencia de un conocido, los azares del sino humano, su propio capricho... Podemos aducir cualquier excusa plausible para ello.
En un momento de la investigación, este cronista suscribió que el asesino de Épernay debió haber entablado contacto en París con Alexandre Joules Mathurin, quien posteriormente fuese nombrado prefecto de Marne con residencia en la capital del champagne. Cierto es que en aquella crónica apunté, acaso prematuramente, que las razones de los asesinatos podían justificarse en el intento del asesino por confundir a la policía orquestando toda una serie de crímenes con el único fin de ocultar la verdadera razón habida en su mente: acabar con la vida de Mathurin. Pero es cierto que esta hipótesis (con la que ya trabajó en su día la propia Sureté, como ha quedado mencionado) apenas podía explicarse por sí misma: plantear que un asesino, por abyecto que fuese, puediese adivinar con años de antelación el destino político de Mathurin parece poco menos que una fabulación. Sin embargo, hemos hallado evidencias de que Jacob Verner y Alexander Mathurin coincidieron de manera nada fortuita en París. En 1900, aun siendo apenas un recién llegado de la London School of Economics and Political Science, Mathurin fue designado -en atención a su influyente padre- persona de enlace entre el Ministerio de Agricultura y el Congreso Internacional de Botánica. Huelga razonar las extraordinarias circunstancias que esta revelación tiene para el caso que nos ocupa. Y por si esta coincidencia pareciera poca en el ingenio de mis lectores, debemos añadir otra cuya excepcionalidad nos ha dejado estupefactos: Mathurin, que en Londres frecuentó las reuniones del movimiento llamado fabianismo, cursó estudios en la misma promoción y clase que el agente Theodore Dawson cuando éste fue llamado por Sctoland Yard para servir en la capital de Inglaterra. El resto son divagaciones y he de permitir que cada lector tenga las suyas propias y elucubre con los entresijos que de ellas se deriven, pero la confluencia de tres personajes tan distintos y dispares, con roles tan perfectamente antagónicos los unos de los otros (un policía, un asesino, una víctima), es humus suficientemente rico como para que germinen en él las conjeturas más audaces.
Fue la anterior averiguación la causante de que decidiese trasladarme a Londres, primero, y a Épernay, después. En el caso londinense, acudí a los vetustos registros sitos en la sede de The Fabian Society, en Dartsmouth Street, bastante lustrosos pese al tiempo transcurrido, y en excelente estado, algo que demuestra lo orgullosos que se sienten los laboristas británicos de sus orígenes. En ellos encontré caligrafiado el nombre de Alexander Mathurin. No tan sencillo resultó vislumbrar las improntas del prefecto o del inspector Dawson en los prácticamente irreconocibles archivos de la célebre LSE londinense: con el pretexto de su parcial destrucción durante la Segunda Guerra Mundial, el encargado de la escuela universitaria interpuso toda suerte de peregrinos y obtusos inconvenientes a mis solicitudes, cuestión absurda que se resolvía por sí misma en caso de que los registros estuviesen destruidos: no se puede consultar aquello que no existe. Finalmente, a fuerza de insistir tenazmente con educadísima afectación anglosajona, se me acabó permitiendo atisbar en los papelajos casi consumidos del libro de registros de 1897 de la egregia institución. Tardé un par de horas en descubrir en ellos los nombres de Alexander Mathurin y Theodore Dawson, como bien presentía. En realidad, las aspiraciones socialdemócratas del primero, único de los dos en involucrarse con el movimiento fabianista, me parecieron irrelevantes al efecto, aunque esta confirmación fehaciente del interés del prefecto por las tendencias políticas representadas en el laborismo británico permitió, con posterioridad, avalar la rápida ascensión de Mathurin en el entramado gubernamental francés de la época, que era socialdemócrata.
En Épernay tuve ocasión de visitar in situ la ciudad, reconstruida en numerosas ocasiones a consecuencia de las devastaciones de las guerras imperiales y, sobre todo, de la Gran Guerra, cuando los bombardeos de las fuerzas germanas la destruyeron prácticamente por completo. La localidad, desde esta perspectiva, honra la tenacidad de sus ciudadanos, empeñados en recuperar a ultranza el esplendor destrozado recurrentemente por la ambición humana y la ciega ira, como lo evidencian los pórticos aislados, los palacetes decimonónicos o las anacrónicas vidrieras de la iglesia de Nôtre-Dame. Del Hospital Auban-Moët se conservan una buena porción de los muros exteriores, habiéndose reconstruido y modernizado totalmente el interior . Allí pude rendir un privado y muy sentido homenaje a la pobre Cécile Foly, de cuyas deducciones tan en deuda me siento. Su cuerpo está enterrado en el cementerio viejo del hospital, junto a un impresionante abeto, en una zona soleada y envuelta de silencio de flores y viento. Compré un ramo de rosas muy rojas que deposité sobre la lápida cubierta por el olvido. Apenas pude distinguir las inserciones en el mármol, y descubrí que el destino pretendía jugar caprichosamente conmigo: lo único legible era ese "Cécile F" con que yo la nombrara en tantas ocasiones.
Hice otras comprobaciones en Épernay, acudiendo a estudiar tanto los archivos históricos de la policía como los registros del hospital, entre los cuales se hallaba el manuscrito original de Cécile, que se correspondía punto por punto con la copia que utilicé para realizar mis averiguaciones. También visité la hemeroteca de la biblioteca pública, cuyos fondos solo pude consultar tras esperar varios días una aprobación que parecía no llegar nunca: así de afanosos son las gentes de esa tierra calmosa y próspera. Para mi sorpresa, y evidente fortuna, descubrí que aún vivía el hijo de quien fuera director del hospital cuando se produjeron los asesinatos. Se trataba de un hombre anciano, de arrugas profundamente surcadas y voz antañona y quebrada. Conservaba una estupenda lucidez, empero, aunque hablaba con cierta parsimonia en un dialecto francés de difícil pronunciación para mí. Nuestra única conversación tuvo lugar en un patio umbrío en la residencia de ancianos de la localidad, donde aguardaba el final de sus días. La charla no pudo ser más reveladora: confirmó que todo aquel asunto de los crímenes dio inicio con la muerte a hachazos de un jornalero inmigrante que había sido contratado para cuidar los extensos viñedos de la maison Moët. Sin embargo, aquel anciano se acordaba perfectamente del nombre del jornalero que yo suponía anónimo, lo cual me produjo una enorme excitación, como si estuviese a punto de descubrir una de las maravillas de la Historia. Pero toda mi agitación inicial devino en estupor y asombro. Tuve que pedir al anciano que lo repitiese varias veces, hasta el punto de parecer impertinente: no daba crédito a mis oídos. Los cansados labios de aquel viejo no parecían titubear cuando pronunciaban, tantas veces como yo lo requería, el infausto nombre de Jacques (Jacob) Verner...
Habrá que ir digeriendo toda esta información
ResponderSuprimirpoquito a poco.
Menciona nervios y enfados ¿no cree que és un
tanto exagerado?
Sinceramente dandole un pequeño vistazo que
dura veo esta lectura pero se intentará,nos lo
pone dificil jajaja.
Saludos
Una sorprendente revelación en esta nueva entrega la cual hace más interesante el afán de ir desentrañando la trama de estas crónicas. Parece que no podemos dar por sentados algunos de los datos que parecían muy claros dirigidos hacia la resolución de los asesinatos. Observando que algunas fechas parece que han sido cambiadas respecto a mis anotaciones particulares y en vista de las palabras dichas por el hijo del antiguo director del Hospital Auban-Möet, descarto la idea de una posible suplantación de identidad de Jacob Verner por el asesino.
ResponderSuprimirCreo que se debería trabajar de forma contundente en la identificación del supuesto amante de muchas de las protagonistas de estas crónicas. No sabemos con certeza mucho de él aunque gran parte de la lectura apuntase al joven de vida libertina Jacob Verner.
Me quedo intentando atar algún cabo suelto volviendo a releer parte de lo escrito junto con mis anotaciones mientras espero ese pronto final esclarecedor.
Ya me parecía mucho tiempo
ResponderSuprimirFelicidades por su vuelta. Ya se le echaba de menos
ResponderSuprimirBien, fantastico. Que alegria volver a leerte!!!!!!!!!
ResponderSuprimirMe ha sorprendido descubrir que el asesino despiadado sea, Jacob Verner. Del cual se le describía como un hombre inteligente pero muy básico. También que acabará con la vida de Catherine Gonon, la cual estaba enamorada de él. Siempre me fije más en Georges Rouy, al estar enamorado de ella como su asesino por despecho. Creó que debo volver desde el principio de la novela, para buscar esos datos que he perdido al leerla.
ResponderSuprimirDebo corregir mi comentario a volver a leer la entrada. Me he llevado por el entusiasmo de la primera lectura después de tanto tiempo esperando. He mencionado a Jacob Verner, como el asesino, cuando al final del relato se demuestra gracias a las palabras del anciano que fue el primer asesinado.
ResponderSuprimirImagino que haya sido un viaje virtual pero esta complicada la ¿futura novela?
ResponderSuprimirHoy dia que esta tan de moda las series como CSI,mente criminales y demas me
sorprende leer la palabra criminalistica en su texto mas aun cuando usted dice no ver la cajita tonta.
Volvermos a empezar y coger de nuevo el hilo no queda mas remedio.
Para conocimiento del lector que critica el uso de la palabra "criminalista", remito al DRAE:
ResponderSuprimircriminalista
1. adj. Dicho de un abogado: Que preferentemente ejerce su profesión en asuntos relacionados con el derecho penal. U. t. c. s.
2. adj. Se dice de la persona especializada en el estudio del crimen y también de este mismo estudio. U. t. c. s.
3. adj. Se decía del escribano que actuaba en el enjuiciamiento criminal.
(En cursiva, mi predilección y causa de la frase a la que el lector alude)
Estoy deseando tenerla entera en mis manos y poderla leer del tirón, mientras tanto disfruto de tu buen hacer con las letras, sin preocuparme del argumento de fondo.
ResponderSuprimirUn abrazo.
leído todo del tirón, he tenido que releer varios pasajes, no me habían quedado claros .
ResponderSuprimirEspero más.
B.
No le he critacado en ningún momento,pero de todas formas aquí se busca al criminal,entonces será
ResponderSuprimircriminología? La criminología es una disciplina que aplica el método científico para examinar la naturaleza, causas y el control del comportamiento criminal (Siegel, 2005) Criminología es la ciencia del delito, sus causas y represión. (DRAE 1992) Esta disciplina es una especialidad de la sociología.
Lo de una especialidad de sociologia no es del todo cierta ya que es una carrera propia,en ambas pueden tocarse temas una de sociologia y al contrario.
Despues del crimen entraría la criminalistica.
Por supuesto no tienen que ser abogados ni unos ni los otros, y lo del escribano antiguo que decir...
ResponderSuprimirEs curioso que en todos los blogs que sigo las personas no son anónimas y precisamente en éste exceptuando dos dan la cara.. Muy curioso, ya que ahora le ha dado a usted por investigar lo mismo puede esclarecer éste suceso. Aún así escribe muy bien. ¡Suerte y Salud!
ResponderSuprimirEmpezando por ústed anónimo de las 09:13 AM
ResponderSuprimirEl anonimato refleja en parte miedo.
ResponderSuprimirMiedo, ¿a qué? Acostumbro a recibir tantísimas burradas reflejadas en estos anónimos (nunca en mi email), y me he adaptado de tal manera a ignorar quién está detrás de un comentario (lo apruebe o no), que ni siquiera puedo lamentar que sea tal la manera preferida por mis pocos lectores a la hora de comentarme. A mí me gustaría saber quién está al otro lado, pero ante la decisión de no permitirlo yo contrapongo mi absoluta indiferencia.
ResponderSuprimirAhora estoy mucho más intrigada con el final, espero que sea pronto ya que ando bastante perdida y con unos cuantos asesinos en mi mente. Me alegro que hayas vuelto y que nos dejes con está intriga.
ResponderSuprimirPd. Pongo mi nombre para la que tanto le molesta los anónimos.
La perfección tiene nombre Javier Sabadell. Gracias por está increible entrada.
ResponderSuprimirNo conozco en exceso al escritor, pero como va a ser la PERFECCIÓN si eso no existe.
ResponderSuprimirNo se porqué se enfada tanto Sr. Sabadell. Pero debe reconocer que tiene más anónimos que personas quieran poner su nombre.
ResponderSuprimirDecir que me enfado es mucho. He podido exagerar un tanto con eso de ignorar quién está detrás de un comentario. En realidad, sé reconocer a muchos de ellos, y para los que albergo dudas (y deseo saciar la curiosidad) puedo acudir a las estadísticas de acceso al blog que, aunque ya no se muestran en pantalla, siguen ahí. Pero no, no me enfado. Entretenido estoy discurriendo las múltiples puertas de esta historia de crímenes viejos, que si resulta más complicado de lo que en un principio pude sospechar, es por el intento descomunal que supone engarzar una historia fingida en la Historia real y hacer que los testimonios de personas tiempo ha fallecidas, hablen por última vez. Toda esta dificultad es la que me impide enfadarme por tonterías de anónimos, como el último de un veneciano que me califica de bizarro sin saber seguramente el significado de esa palabra.
ResponderSuprimirPor cierto, espero que nadie confunda estos relatos con una novela. No lo es, nunca pretendió serlo. En la novela los personajes se construyen, es decir, crecen y se desarrollan enganchados a la personalidad que el autor les atribuye. En un relato, los personajes ya vienen fabricados y lo único que se construye es la historia. Supongo que estoy diciendo una obviedad para la mayoría de mis lectores, pero justo es recordarla aquí y en este momento: alguien me escribió comentando que estaba siendo entretenida (aunque complicada) mi novela, y me pareció adecuado resaltar este apunte por consideraciones de coherencia interna. Lo próximo que escriba, cuando acabe estas crónicas o relatos (si alguna vez las acabo), sí será una novela, como lo fue "Sombras de Calabardina". Desde este punto de vista, y aunque esto que vaya a exponer no le interese realmente al lector, los presentes relatos son una alternativa hilada a "Tres ríos".
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