domingo, 28 de diciembre de 2014

Exodus

No sé por dónde empezar. En alguna web donde se enjuicia este filme empieza con eso de "ojo, la siguiente crítica contiene spoilers", como si la historia del éxodo de pueblo judío fuese algo que nadie conociese antes de ver la película. 

Quizá sea relevante comenzar diciendo que “Exodus: dioses y reyes” es una astracanada tan proverbial como posiblemente lo sea el ego de su director, un Ridley Sctott que se ha olvidado de filmar cine, empeñado como está en construir una nueva forma de comedia del absurdo: ahí está la hilarante, cuando no esperpéntica, Prometheus para demostrarlo. 

Va vestida de superproducción, cuando realmente de lo que está repleta es de ese hiperrealismo cinematográfico sustentado en efectos visuales e innecesaria revisión psicológica de los personajes, algo que todo lo contamina en el cine actual, Exodus parece un chiste de mal gusto sobre un Gladiator hebreo de repente tocado (del ala) a causa del dedo de Yahvé, ese dios cruel y sanguinario que con sus solas decisiones consigue que odiemos a los hebreos no por lo que son sino por su fanatismo patético. Para colmo, en la película lo proyectan en la figura de un niño cuando, realmente, es un diablo malvado, por lo que tampoco se entiende muy bien qué diantres han querido pergeñar los guionistas con tan inaudita decisión: qué lejos están de la divertida Alanis Morissette en Dogma...

Ramsés es estúpido, su padre (ay, cielos, John Turturro, qué has hecho) es patético, por ahí está Sigourney Weaver aunque no sepamos bien para qué, e incluso me dijeron que dos de los actores en pantalla eran españoles. Da lo mismo. 

En todo el elenco no hay ni uno solo que haya leído el relato bíblico original. Posiblemente los guionistas hayan pretendido construir una historia alejada coma a coma de la epiquísima y majestuosa "Los diez mandamientos" de B. DeMille, pero yerran estrepitosamente en lo que tantos y tantos otros fallan: dejan el guion sin historia, no la saben construir, pican aquí y allá de propuestas anacrónicas o simplemente mimetizadas a la tierra de los faraones, y ya está. Las historias de Hollywood ahora se construyen pensando en los artificios que se van a exhibir, no en la lógica interna del drama y mucho menos en los debates internos de sus protagonistas. Y Moisés es una ganga para cualquier escritor, pero si comenzamos en despojarle de sentido, lo que queda es esto que ha filmado (y mal) Ridley Scott. De hecho, creo que lo único entretenido y salvable del filme son los primeros veinte minutos, cuando nada parece presagiar la historia del pueblo judío.

El cine actual se esculpe golpe a golpe (faraónico, eso sí) para inundar las pantallas con pirámides, cuádrigas, galopadas a caballo que lo mismo sirven para un Imperio Romano que para un último samurai o la siguiente oleada de aliens invasores, pero no le dedica ni diez minutos a la reflexión, a la construcción de los personajes y a las situaciones, por mucho que se trate de propuestas donde unos y otros vengan ya aportados por la historia, los libros de leyendas o los bestseller de Amazon.

Exodus es un tostón de colosales dimensiones, una colección hiriente de anacronismos (también lo era Gladiator), una horrible excusa para que Ridley Scott filmase un tsunami y un galimatías de pies a cabeza. Yo así lo entendí. Es tan mala, que ni siquiera merece que se escriba una línea más criticando lo absurda y aberrante que es. 

martes, 11 de noviembre de 2014

Interstellar: una revisión crítica

No lea usted el siguiente artículo si no ha visto la película que reviso y desea dejarse sorprender por el enorme y magnífico espectáculo visual confeccionado por Christopher Nolan, en lugar de las destripaciones argumentales que pienso llevar a cabo en lo sucesivo.

Para empezar. "Interstellar" (o mejor, Interestelar, que pocas razones hay para no traducir el título cuando el filme se emite, mayoritariamente, doblado) es una película épica con una grandiosidad técnica y visual difícilmente rechazable. Y para continuar. "Interstellar" fracasa en su intento de desplegar la que podría haber sido la película definitiva sobre la conquista del espacio. Casi mejor dicho, no logra escapar al horizonte de sucesos del gigantesco vacío en el que se sustenta.

Evidentemente, un guionista puede situar la acción de su película en aquellos elementos que mejor le apetezcan o en aquellos que más poderosamente sugieran en su imaginación. Eso sí, cualquier incorrecta elección forzosamente ha de empañar, cuando no entorpecer, el desarrollo de todo el filme. Algo así sucede en la propuesta de Nolan, y sucede además con tanta evidencia que la frustración escuece aún más.

Quienes esperábamos de Nolan la proverbial nueva buena película de ciencia-ficción, no podemos sino sentirnos abofeteados en el corazón de todas nuestras expectativas. Porque, en puridad, debimos haberlo previsto. A Nolan lo que le gusta, y divierte, y realiza muy bien además, son las películas con aventuras. En algunos casos, como en la trilogía de Batman, está justificadísimo y por pura lógica ha de ser el núcleo de todo el artefacto. Pero en otros casos, y me remito aquí a la descomunal "Inception (Origen)", las peleas y batallas y disparos y explosiones, aun articulados en un guion muy inteligente, desnortan el compromiso de la película con la idea que pretende reflejar.

Nolan, en su apabullante "Interstellar", vuelve a pecar de lo mismo: le aburre la trascendencia de los conceptos de ciencia-ficción, que no entiende y acaso tampoco disfrute, y hace girar la totalidad del filme en una mezcla de melodrama familiar, aventuras espaciales, aventuras de las otras (sin disparos, pero con puñetazos), un poco de suspense y un final feliz para que a la platea se le emocionen las entretelas. Al hacerlo pierde la oportunidad de crear una muy brillante ciencia ficción.

Empecemos...

La historia comienza en el futuro, en una Tierra moribunda, desnortada, sin tiempo para la exploración espacial, y en plena lucha contra el hambre por la ausencia de oxígeno a consecuencia de cambios climáticos planetarios. La NASA se ha convertido en algo similar a la resistencia francesa: una organización de rebeldes que operan en secreto aunque, en realidad, disponen de dinero y recursos suficientes como para construir cohetes y lanzarlos fuera del sistema Tierra-Luna. A mí me resultó hilarante comprobar que la sociedad pergeñada por Nolan negaba la existencia de las misiones Apolo: una manera más bien infantil (y un tanto estúpida) de justificar el capricho de un guion que no necesitaba de estos matices negacionistas para seguir siendo sólido, a menos que realmente se tratase en toda regla de una crítica social hacia las políticas espaciales de los EEUU en la actualidad. Pero, oiga, no es la película el lugar más adecuado para hacerlo.

A partir de este momento, momento en el que igualmente se suceden una serie de (demasiado obvios) incidentes gravitatorios que suceden ante las narices de los perspicaces protagonistas (y si digo que son obvios es porque su tratamiento es tan trivial y el modo en que son interpuestos en el guion permite aventurar sin ninguna dificultad el final de la película), la cosa comienza a plantearse en sus términos más precisos y épicos: alguien (¿extraterrestres?) ha colocado un agujero de gusano en la órbita de Saturno (donde inicialmente iba a haberse ubicado el misterioso monolito de "2001", por cierto) para que nosotros lo usemos y podamos explorar una galaxia lejana, muy lejana, donde conviven una serie de sistemas planetarios con capacidad de albergar la vida humana.

Y aquí es donde el guion empieza a flojear. Principalmente, por las ganas que tiene Nolan de avanzar rápidamente hacia ese estupendo final feliz que ya tiene en la cabeza y de cuyo trayecto ya ha bosquejado las escenas de acción imprescindibles que él necesita para no aburrirse con el resultado. Pero también porque la historia avanza sobre argumentaciones pueriles.

Primera flojera. El personaje de Matthew McConaughey, un piloto de la NASA reconvertido en granjero, se ve llamado por el destino (con solo una frase dicha por el personaje de Michael Caine), deja en la Tierra a su familia (unos llorando, otros preocupados por el uso que pueda darse a la furgoneta agrícola) y se largará a lomos de un cohete espacial en busca de la salvación de toda la especie humana. Así, sin más: sin ningún entrenamiento o preparación para el vuelo espacial (incluso los divertidos perforadores de la enloquecida "Armaggedon" dispusieron de unas semanas de entrenamiento).

Tarkovsky necesitó 50 minutos para convencer a la audiencia de los barruntos internos de Kris Kelvin ante la compleja decisión de abandonar su vida y dirigirse a Solaris: a Nolan le han bastado diez minutos y unas cuantas lágrimas para hacernos ver que ese tipo de decisiones son mucho más sencillas de tomar. En cierto sentido, Nolan copia a Tarkovsky a la hora de otorgar preámbulo a su filme. En ambos casos observamos una casa de campo en la Tierra y un protagonista que ha de considerar si acudir o no a una misión espacial de la que no regresará en muchos años, dejando atrás a una chica joven y un hombre viejo (la sobrina y el padre en el caso de Tarkovsky, la hija y el suegro en el caso de Nolan). Ambas películas, además, se rigen por una transición abrupta entre la despedida y el vuelo espacial por el que se ha decidido el protagonista, e incluso la música es establecida de forma análoga (Bach en la de Andrei Tarkovsky, un peculiar Hans Zimmer en la de Nolan). Sin embargo, por muy virtuoso que sea el afamado director británico, no es ni tan sólido ni tan reflexivo como Tarkovsky, aunque sinceramente dudo que haya alguien en este planeta que esperase tal cosa.

Y no deja de tener su gracia que la NASA, con todo su potencial "underground" y su secretismo al margen de la sociedad, y sin fórmulas apenas de financiación por parte del Gobierno, haya sido capaz previamente de enviar a una docena de científicos a sacrificarse mediante misiones de solo ida, en lo que parece ser un programa espacial surgido cincuenta años antes (cuando apareció el agujero en Saturno), y que sólo necesite diez tristes minutos para lograr que el protagonista (quien reconoce que nunca ha pilotado fuera de la estratosfera y a quien reclutan como si en todos los años necesitados para construir la nave no se haya adiestrado a ningún piloto capaz de llevarla) se embarque en la mayor aventura espacial jamás imaginada, de la que regresará (si regresa) siendo aún muy joven cuando todos los demás sean muy viejos o, directamente, no existan (luego veremos que en la película se explica hasta en cinco testarudas ocasiones los entresijos relativistas del tiempo).

Segunda flojera (y algo que viene siendo habitual en las películas con vuelos espaciales, léase "Prometheus"). Aparece la criogenia o hibernación espacial. Por cierto: impresionante, de verdad. Los tripulantes se duermen apaciblemente en sus bañeras criogénicas (yo pensaba en ese momento en sistemas inerciales y desproporcionadas aceleraciones, pero no, no se dice nada al respecto) y, de repente, llegan a Saturno. ¿Por qué Saturno? ¿Por hacerle un guiño a 2001 (libro)? Esa civilización supuestamente tan avanzada debería estar bien informada de las dificultades tecnológicas que asolan el planeta y, en consecuencia, ubicar el agujero de gusano no en la órbita de un planeta que se encuentra más allá de lo alcanzable por el ser humano, sino, por ejemplo, junto a la Luna, que facilitar las cosas nunca está de más.

El filme no explica si el protagonista ha tomado el sueño espacial o no, porque todo lo que sabemos es que se encuentra observando los mensajes que le llegan desde su casa y tampoco sabemos quién le ha despertado (presumiblemente nadie, o TARS, o qué sé yo). Nolan es experto en este tipo de incoherencias y discontinuidades. El director es un estilista visual obsesionado con los formatos del celuloide (la película fue rodada en 35mm anamórfico, IMAX, y VistaVision), pero es incapaz de estructurar bien lo que ocurre en pantalla. (por ejemplo, ¿alguien es capaz de advertir en un solo vistazo la forma y dimensiones del robot TARS?). Ya lo hizo en la tercera entrega de su Batman, donde resultaba imposible averiguar cómo Bruce Wayne era capaz de regresar a Gotham en cinco minutos tras escapar de una prisión hundida en un desierto muy, muy lejano. En "Interstellar" estas indeterminaciones existen, aunque el lío relativístico del guion haga pensar que se trata de genialidades de su director. Pero admito que se trata de un detalle menor que, claramente, a muchísimos espectadores ni siquiera les habrá incomodado advertir. Pero... no es el único. El filme está plagado de ellos.

¿Primera fortaleza?. La película se forma, dramáticamente hablando, en el dolor de un padre que abandona a los suyos en busca de prosperidad (no para él mismo, sino para toda la raza humana, aunque su personaje podría fácilmente parangonarse con el Tom Joad de la novela de Steinbeck "Las uvas de la ira"). Nolan acierta al transmitir la ansiedad del padre que sabe cómo su hija envejece rápidamente mientras él permanece joven a causa de los efectos relativistas gravitatorios para los que no tiene capacidad alguna de influencia. Sin embargo, el guion resulta pueril en lo referente al papel de la hija, a quien parece durarle toda su existencia la rabieta infantil de ver a su padre marchar para siempre (uno entiende el drama que puede representar para un niño, pero no que se extienda durante veinte años).

Tercera flojera. El filme está plagado de literatura barata, y no hay necesidad de atender a los diálogos de los personajes para afirmarlo. El personaje de Michael Caine (quien convence al protagonista a meterse en el agujero de gusano por el que otros doce ya se metieron tiempo atrás), espeta cosas como "este mundo nunca fue suficiente para ti", y en el transcurso de la narración se recita unas cuarenta veces la célebre elegía  "no entres dócilmente en esa buena noche" que Dylan Thomas a la muerte de su padre. Por supuesto, las grandilocuentes parrafadas a medio camino entre la filosofía y la ciencia dan que pensar. No ya porque observemos en primer plano a una científica y astronauta de pelo corto (ingenioso Nolan, de este modo evita que le muerdan las pantorrillas los perros de la ciencia dura, como le sucedió a Cuarón en la infinitamente mejor "Gravity" por culpa del peinado de la Bullock)·recitar textos dignos de un bachiller que acaba de descubrir a Erich Fromm, sino porque proclamar en voz alta, en mitad de la película, que el amor es la única fuerza capaz de traspasar las dimensiones del espacio, del tiempo, la gravedad y la consciencia en el universo, y que los demás personajes (y casi todos los espectadores) asientan perplejos pero convencidos de ello, es un ejercicio de tanta banalidad y de tan deplorable romanticismo, que hunde definitivamente todas las premisas del filme de un plumazo. Desde ese instante, nada en la película es lo mismo. Aunque olvidemos que realmente haya sucedido. Es obvio que esa escena, con los ojos de Anne Hathaway anegados de lágrimas mientras pronuncia un discurso corin-telladístico sobre el poder del amor interestelar, es material de muchos (falsos) quilates para quienes no entiendan la trascendencia científica y antropológica de la colonización del universo y sólo deseen fervientemente refrendar que el corazón es mucho más listo que la ciencia.

Segunda fortaleza. El poder de computación empleado para esta película es poderoso como se aprecia en los efectos visuales de toda la película, especialmente en las escenas que atañen al agujero de gusano y al agujero negro. No importa que la ciencia se tome un descanso (aquí lógicamente ha de primar la fluidez cinematográfica) o que sea aburrido ver cómo le imparten al protagonista una breve lección sobre cómo trabajan los agujeros de gusano (como si no hubiera habido tiempo en aquellos quince ridículos minutos que se tomó Michael Caine en convencerle de la importancia de tan colosal hazaña: total, uno se lanza primero a la aventura de salvar a la especie humana y luego se pregunta por los puentes de Einstein-Rosen, ¿verdad?).


Cuarta flojera. No acabo de entender el por qué de la tan cacareada participación de eminentes astrofísicos en una película cuyos fundamentos científicos se pueden leer de manera divertida en uno cualquier de los artículos afines que firma mi hermano en Muy Interesante. O por qué súbitamente se decide dar carpetazo al rigor y se adoptan licencias diametralmente opuestas a todo lo urdido hasta el momento. Porque, no teniendo bastante con el agujero de gusano, al otro lado del espacio aparece un magnífico agujero negro, al que en la película denominan Gargantúa y del que en la propaganda han proclamado que se trata del "agujero negro más exacto en la historia del cine". Tan exacto y preciso es el dichoso agujero negro, que Nolan le pega cien patadas a toda la física planetaria básica y toda la dinámica orbital de la que es capaz. Y también al guion, como se demuestra al comprobar que nuestro curtido protagonista ignoraba que al otro lado de la puerta espacial hubiese semejante bicho ahí colocado. Todo esto, eso sí, contrasta con las ecuaciones que el físico teórico Kip Thorne le ha escrito en la pizarra a Jessica Chastain (la hija adulta del piloto). Realmente, ¿a quién le importa tanto lo uno como lo otro? Se puede realizar una buena película sin tanta alharaca.

Tercera fortaleza. En realidad, todo lo concerniente a esta parte de la película es puro espectáculo. Y punto. Por este motivo Nolan obvia la física y la química y se limita a jugar con los elementos, extrayendo los conceptos que sí necesita (la dilatación del espacio y la contracción del tiempo como efectos relativistas) y desechando los que no necesita, apuntalando las cosas un poco con los conocimientos del deslumbrante productor ejecutivo que ha contratado (por ejemplo, que un agujero negro que gira rápidamente permite órbitas planetarias estables en las proximidades de su horizonte de sucesos, si bien los efectos relativistas no sean los descritos en el filme, aunque ayuden en lo dramático de la acción).

Personalmente, la decisión de ubicar uno de los mundos a explorar en un inmenso océano de aguas poco profundas creo que es una referencia más a "Solaris", pero no se entiende la congruencia intelectual de los protagonistas: ¿está la humanidad feneciendo de hambre, la NASA realiza un último esfuerzo ingente por contactar con un misterioso agujero dispuesto en el espacio por una raza superior, todo en el planeta se está derrumbando a consecuencia del hambre y las plagas, y los protagonistas eligen posar la nave en el único planeta donde el menor descuido u error te impulsa cincuenta años terrestres hacia adelante en solo unos minutos, condenando así a toda esa humanidad a la que supuestamente van a salvar? Si obviamos este detalle, incluir la paradoja de Einstein de los dos gemelos, con el reloj relativista yendo mucho más despacio que el terrestre, y convertir este elemento en el origen del drama del padre que lamenta perderse la vida de sus hijos a consecuencia de la ubicación desafortunada del planeta acuoso (no importa que la cizalladura producida por el agujero negro sobre el planeta debiera haber arrancado a jirones toda su estructura), es un acierto en toda regla. Lo mismo que observar las gélidas nubes congeladas de la atmósfera del siguiente planeta (no importa que ignoremos cómo se pueden sustentar tales nubes). Esta parte del filme versa sobre fantasía y las licencias están permitidas.

Quinta flojera. El personaje de Matt Damon es introducido en la película, en mi opinión, por la obsesión de Nolan en dotar a todas sus películas de una componente aventurera de corte clásica. El tiparraco cobarde, artero... parece estar ahí simplemente para que, durante unos minutos, contemplemos una pelea a puñetazo limpio entre el protagonista y el tan listo como malvado Dr. Mann. A Nolan no debieron parecerle lo suficientemente dramáticas las vicisitudes que orbitaban alrededor de la película (que si la exploración de mundos al otro lado de los agujeros de gusano, que si la teoría multidimensional, que si el apocalipsis cernido sobre el planeta, que si el dolor del padre por su hija...) y por este motivo debió decidir echar más leña en el carburador de la acción, haciendo que apareciese del frío un Matt Damon empeñado en crear ciertos estragos a causa de su (entendible) egoísmo y su (poco creíble) maldad congénita, y que en su torpeza diabólica desencadenase una sucesión de eventos más propia de una película de coches que de un filme de ciencia-ficción.

Simplemente agotador. Hubiese sido mucho más interesante vislumbrar la demencia de un científico (al que todos vanaglorian, varias veces, en la película) abandonado junto a otros compañeros en otros tantos parajes inhóspitos, en los confines del universo, en espera de una resurrección que seguramente nunca vaya a producirse. Y que conste que el hecho de enviar a una muerte segura a una docena de egregios científicos y astronautas me parece una excusa argumental de lo más inconcebible, a lo que se añade la difícil relación sentimental del personaje de Hathaway con uno de los sacrificados (enlace que anticipa el desenlace final de la película).

Sexta flojera. Kubrick cedió al espectador el razonamiento de cuanto sucedió a Dave Bowman una vez atravesada la superficie del monolito. Nolan juega descaradamente con las uniones no resueltas entre la física cuántica y la gravedad, obligando al protagonista a adentrarse en el agujero negro para descubrir que los seres quintadimensionales son los propios humanos, evolucionados hacia un futuro desconocido, y obligando al espectador a unir la trama inicial con lo derivado de esta incursión a través del disco de acreción y el horizonte de sucesos. Y lógicamente, si el piloto y astronauta ha de sobrevivir (aunque la pregunta más interesante de ese momento es: "¿cómo va a conseguir seguir vivo?"), el filme ha de obviar convertir al personaje de McConaughey en un churro debido a la extrusión ocasionada por las fuerzas de marea del agujero negro. Por eso Nolan se limita a efectuar un mal remake del delirio psicodélico perpetrado por Stanley Kubrick en "2001", con la salvedad de que en el film de Kubrick el espectador observa cómo el módulo espacial de Bowman aparece aparcado en una esquina de la suite de hotel a la que ha accedido el personaje, mientras en la propuesta de Nolan no queda otra cosa que un mediocre intento de visualizar la naturaleza multidimensional de lo que en el horizonte de sucesos del agujero negro ha construido esa humanidad (nosotros mismos) tan avanzada.

Porque seamos claros: Nolan se empeña en explicarlo todo: no una, sino varias o muchas veces. Y, por tanto, explica que ellos somos nosotros, y que el amor todo lo trasciende, y ya puestos explica igualmente lo que desde un principio conocíamos: que el famoso fantasma de la hija es el propio padre comunicándose mediante anomalías gravitatorias. Y todo, ¿para qué? ¿Para entregar unos registros observados por el robot TARS, obligado a adentrarse también en el agujero negro? ¿Para demostrar que el amor todo lo puede? ¿Para cerrar el círculo y no dejar pregunta alguna sin respuesta?

Séptima flojera. De pronto el filme acaba. Y retoma las ideas de "3001: odisea final" expuestas por Arthur C. Clarke.

El protagonista es recogido del espacio (cual Ripley abandonada a su suerte tras toparse con un xenomorfo) cerca de Saturno aunque no se explique bien cómo abandonó el agujero negro y se volvió a adentrar en el agujero de gusano para acabar saliendo recostado en los anillos del planeta (pero, ¿no dice que Nolan todo lo explica?) ciento y pico años después de que la humanidad le despidiese en el puerto espacial de aquella NASA clandestina, que enviaba tanto artefactos espaciales como sacrificios humanos desde la trastienda y sin enterarse nadie.

Y el padre se reencuentra con su hija, ya en provecta edad y convertida en una especie de Zefram Cochrane. Es curioso que el astronauta, quien realmente arriesgó la vida en pos de una salvación para toda la humanidad, no sea recibido por el mundo del futuro como si se tratase del mesías, y que los guionistas nos quieran hacer comulgar con la rueda de molino de que fue la hija la verdadera estrella salvífica del planeta. Pero bueno, a estas alturas del filme, todo resulta tan absurdo que una incongruencia más no afecta ya para nada al espectador. Por cierto, el astronauta y padre se encuentra cada vez más solo, cual apestado, pese a haber salvado a todo el planeta, y, aconsejado por la hija superstar, recoge los trastos, ¡¡roba una nave!!, y se lanza a la búsqueda de la astronauta del pelo corto, que ha quedado varada al otro lado del agujero de gusano con decenas de miles de embriones para reproducir la especie humana.

Nolan pudo haber tomado distancia y firmeza a la hora de resolver la película, pero opta por la estrategia más sentimental y emocional posible, haciéndonos entender que realmente no quiso apostar nunca por una proverbial buena película de ciencia-ficción, sino por un maravilloso espectáculo visual y técnico donde la especulación científica fuese una mera excusa y donde las transcendentales preguntas y respuestas que afligen al ser humano son molestas balizas que impiden la navegación lúdica desde la butaca del cine.

Un cine del que, tres horas más tarde, las que precisamente ocupa la proyección de "Interstellar", uno sale pensando que quizá en el exterior también han transcurrido ciento y pico años, porque en su primera mitad el filme es rápido, ágil, convincente, pero luego todo se viene abajo (espectacularmente, porque el impresionante despliegue de medios y talento fílmico de Nolan son enormes) al tratar la película de emular "2001" y unas cuantas películas más mediante lanzamientos espaciales, permutaciones temporales y toda esa zafia complejidad del amor multidimensional.

Por cierto: ¿nadie recuerda en el robot TARS a los simpáticos robotijos de "Naves silenciosas"?


viernes, 27 de junio de 2014

Reseña de tres libros difíciles de leer

Peñas Arriba, de José María de Pereda

Donde muchos, muchísimos lectores, naufragan, otros encuentran un placer inenarrable que solamente puede calificarse de amor. Amor por la literatura. Posiblemente sea éste el caso de la inmortal obra del escritor cántabro al que rindo homenaje en esta breve reseña.

Se trata de una obra controvertida, que en la inmensa mayoría de las mentes suena a cosa olvidada, por tratarse de una novela montaraz, de entre lo más enriscado de la cordillera Cantábrica; pesada en su lentitud narrativa, de argumento muy simple y tensión dramática apenas perceptible en pocas trazas; obsoleta por la tesis patriarcal que sostiene, alejada del sentir y parecer del lector contemporáneo. Y, sin embargo, en cada hoja de este libro, en cada párrafo y en cada línea, hay una experiencia extática implícita, que solamente el asombro ante el intrincado deleite narrativo, ante el complejo deambular de este cántico hecho novela, puede ayudar a entender.



El juego de los abalorios, de Herman Hesse

Extraordinaria y difícil parábola construida por Hesse, donde las artes y la música se entrelazan y unifican en las reglas de un misterioso juego, parangón de las elites intelectuales de un mundo en decadencia.

Esta novela es una experiencia lectora intensa, turbadora, imponente. Por lo que dice, cómo lo dice, y lo que omite. Hesse la escribió hacia 1940, en plena decadencia moral y social del mundo occidental en que vivía. Pero la transposición de su tesis es perfectamente plausible al día de hoy, en que nuestro mundo tecnológico, digital y global es insensible al pensamiento crítico y a la profundidad intelectual.

La vida interior de Joseph Knecht, su protagonista, maestro del juego secreto, se nos revela en este libro para conformar la armonía del saber complejo, adusto, pero siempre asombroso, de su autor.



Centuria, de Giorgio Manganelli

Manganelli, quien solía decir que comenzó a escribir por no saberse atar los cordones de los zapatos, agudiza en este libro la riqueza, imaginación e inteligencia de su prosa. “Centuria” consta de cien (brevísimas) partes. Parece un libro ideal para quienes no tienen tiempo de leer novelas, pero no es cierto: cada capítulo es un laberinto de significados, en el que resulta fácil perderse si nos adentramos en él con una idea muy simple de lo que es la narrativa y la realidad. Por eso se trata de un libro intenso, agudo, sutil, irónico, cínico, impredecible, con cien perspectivas, todas diferentes: un fantasma triste y solitario en su castillo esperando quién sabe qué, los hombres solos en una ciudad desierta, asesinos, caballeros y dragones, hadas, sueños y pesadillas…










martes, 15 de abril de 2014

Nubes volando sobre carreteras de zinc

Uno

Las carreteras viejas recorren paisajes abandonados, como sueños de aventureros y errabundos. Siempre tuercen en algún momento para evitar intenciones, pese a que en ellas ya no hay atascos o accidentes y ninguna dirección es prohibida. Las carreteras viejas son respetuosas con un paisaje al que han ido poco a poco asimilándose, metamorfoseando los trazos de negro asfalto que desprenden vapores de calor durante los veranos. Duermen sigilosas a la vera de las arboledas, suben tranquilas por la montaña y bajan cantando hacia los valles. Viven rodeadas de nostalgia y les abruma el sonido roturador de los vehículos modernos, que no tienen tiempo de detenerse en las fuentes de agua clara para saciar la sed ni de descansar en los recodos para escuchar las historias de los abuelos. Algunas carreteras viejas se han olvidado de los detalles y duermen sigilosas en la memoria de los hechos.

Algunas de estas carreteras viejas se desplegaron antaño para que los hombres pudieran  abordar tranquilamente empresas mayores. Yo he visto muchas de estas carreteras ocultas en distintas partes del planeta. Las recuerdo unas veces flanqueadas de árboles, arrojando sombras arabescas sobre el asfalto envejecido. Otras, trazando contornos vertiginosos junto al acantilado. La única característica común a todas ellas es que conducen siempre a destinos distintos, todos diferentes, ninguno repetido porque el viajero nunca es el mismo.  Antes las carreteras eran así, antañonas y sabias, tranquilas y ensimismadas en su durmiente complacencia. La imagen de una carretera vieja es indolente, pesarosa, calmosa, sin ganas de despertar, arrullada por los postes de telégrafos que la observan y las trazas blancas pintadas en ella que la impregnan de una lasa vagarosidad.


Dos

Luego llegaron las carreteras nuevas. Anchas. Rápidas. Agresivas. Intolerantes. Roturadoras de un paisaje acostumbrado a pasar la tarde merendando con mansedumbre ante el ir y devenir de los autos por las carreteras viejas. Se construyeron las vías nuevas con decisión de modernidad y progreso, sin atender el discurso de la naturaleza y rompiendo asimétricamente con el silencio de campo o monte o costa. Perpetuamente despiertas, pues nunca duermen, tampoco tienen recuerdos. Su memoria es exigua porque se mantiene siempre ocupada.

Estas carreteras nuevas han adoptado nombres tan enigmáticos como indescifrables son sus propósitos. Son carreteras de una letra y varios números que no necesitan ni quieren permanecer ocultas porque la arrogancia es su único destino. Las pergeñan rectas, inequívocas, como trazadas por un rayo de luz súbitamente emergido. Son juveniles y ruidosas, no divierten porque tampoco se saben divertidas. Llevan a otra parte y punto. Su imagen es la de un señor con traje y maletín que va deprisa adonde habría de haber llegado horas antes.

Estas carreteras contienen negro asfalto, también, pero de un negro sucio y prematuramente envejecido. También hormigón, sempiterno afeador del paisaje, y acero, mucho acero. Están hechas para durar, una duración que exige continuos repasos.

Tres

De repente pasaron nubes negras sobra las carreteras viejas y las carreteras nuevas. Las nubes siempre llegan sin mediar aviso. En ciertos parajes del mundo, como por ejemplo en el delicioso infinito que se extiende entre Iquique y Antofagasta, en Chile, las carreteras son viejas y apenan saben de ellas. En otros parajes, en cambio, como por ejemplo en el exuberante verde de los montes del estado de Nayarit, en México, que es cortado por carreteras nuevas, éstas no saben vivir sin nubes encima de sus cabezas. Pero tanto en un caso como en el otro, las nubes todo lo cambian. Los pequeños vehículos aprenden a desplazarse raudos llevando sus almas desencantadas dentro, sobre caminos negros que aprenden a transitar desde muy niños, sabedores de que estos han de devolverles el blanco de una línea interminable, lisa, llana, zigzagueante o entrecortada. El sol siempre se despide de ellos con promesa de volver, aunque hay días que transcurren sin que el sol vuelva como prometió. 

Las carreteras viejas no se inmutan demasiado si llega sobrevenida la lluvia o la tormenta. La tela de asfalto tan negro se moja y eso es todo lo que ocurre. Son carreteras durmientes, apenas las despereza el viento o el agua, ya volverá el haz de luz de la gran estrella refulgente del cielo para secarlas complacidamente. En cambio, las carreteras nuevas tienen en cada gota de agua un enemigo certero. Son tan rápidas, y ágiles, y ruidosas, que verídico es el temor que sienten al sentir cómo los autos se deslizan sobre las películas que se forman sobre ellas tras la lluvia o la tormenta o el granizo. Por eso las carreteras nuevas acostumbran a desplegarse flanqueadas por un ejército continuo de hormigón y acero, sobre todo de acero, que este metal repara las inexactitudes sin destrozar los cuerpos de quienes orientan a los pequeños vehículos que transitan sobre el asfalto.

Cuatro

En sesenta años el mundo ha sido testigo de todos estos cambios y lo seguirá siendo en los sesenta años venideros. Las lentas carreteras viejas van desapareciendo conforme las máquinas y su determinación implacable las van convirtiendo, una a una, en rápidas carreteras nuevas. Por aquellas, con su mutismo adormecido, transitaba una estirpe de viajeros que no necesitan sino de voluntad y experiencia para transponer los montes y valles y alcanzar su destino sin que señal alguna les orientase en el camino.

Por las carreteras nuevas circulan automóviles y transportes atolondrados y estresados, que precisan de todo tipo de ayuda para llevar a buen puerto su designio, el que les hizo emprender la marcha. El viajero ya solamente se detiene donde le dicen que se detenga y solamente gira a la derecha al fondo si una señal irrumpe en el alcance de su mirada indicándole dónde y cómo hacerlo. Estas carreteras nuevas están bien pensadas para los muchos, las carreteras viejas se concibieron para los pocos. Mas bien sabido es que las masas precisan de guía que les lleve, no así  los individuos, que suelen ser dueños de su propia fortuna.

Y zinc-o

El negro del asfalto, veteado de trazas blancas discontinuas, sigue predominando con su transgresora coloración del entorno. Poco a poco se le observa encariñándose con el gris macilento, reverberante y lloroso del zinc que cubre y reviste el acero galvanizado, destinado a proteger, a señalar, a acompañar, a calmar… Porque el zinc ya nunca abandonará los caminos trenzados por las carreteras nuevas que conducen, de entre todos los destinos posibles, a un futuro desconocido, así sigan pasando otros sesenta años, que pasarán.