martes, 15 de abril de 2014

Nubes volando sobre carreteras de zinc

Uno

Las carreteras viejas recorren paisajes abandonados, como sueños de aventureros y errabundos. Siempre tuercen en algún momento para evitar intenciones, pese a que en ellas ya no hay atascos o accidentes y ninguna dirección es prohibida. Las carreteras viejas son respetuosas con un paisaje al que han ido poco a poco asimilándose, metamorfoseando los trazos de negro asfalto que desprenden vapores de calor durante los veranos. Duermen sigilosas a la vera de las arboledas, suben tranquilas por la montaña y bajan cantando hacia los valles. Viven rodeadas de nostalgia y les abruma el sonido roturador de los vehículos modernos, que no tienen tiempo de detenerse en las fuentes de agua clara para saciar la sed ni de descansar en los recodos para escuchar las historias de los abuelos. Algunas carreteras viejas se han olvidado de los detalles y duermen sigilosas en la memoria de los hechos.

Algunas de estas carreteras viejas se desplegaron antaño para que los hombres pudieran  abordar tranquilamente empresas mayores. Yo he visto muchas de estas carreteras ocultas en distintas partes del planeta. Las recuerdo unas veces flanqueadas de árboles, arrojando sombras arabescas sobre el asfalto envejecido. Otras, trazando contornos vertiginosos junto al acantilado. La única característica común a todas ellas es que conducen siempre a destinos distintos, todos diferentes, ninguno repetido porque el viajero nunca es el mismo.  Antes las carreteras eran así, antañonas y sabias, tranquilas y ensimismadas en su durmiente complacencia. La imagen de una carretera vieja es indolente, pesarosa, calmosa, sin ganas de despertar, arrullada por los postes de telégrafos que la observan y las trazas blancas pintadas en ella que la impregnan de una lasa vagarosidad.


Dos

Luego llegaron las carreteras nuevas. Anchas. Rápidas. Agresivas. Intolerantes. Roturadoras de un paisaje acostumbrado a pasar la tarde merendando con mansedumbre ante el ir y devenir de los autos por las carreteras viejas. Se construyeron las vías nuevas con decisión de modernidad y progreso, sin atender el discurso de la naturaleza y rompiendo asimétricamente con el silencio de campo o monte o costa. Perpetuamente despiertas, pues nunca duermen, tampoco tienen recuerdos. Su memoria es exigua porque se mantiene siempre ocupada.

Estas carreteras nuevas han adoptado nombres tan enigmáticos como indescifrables son sus propósitos. Son carreteras de una letra y varios números que no necesitan ni quieren permanecer ocultas porque la arrogancia es su único destino. Las pergeñan rectas, inequívocas, como trazadas por un rayo de luz súbitamente emergido. Son juveniles y ruidosas, no divierten porque tampoco se saben divertidas. Llevan a otra parte y punto. Su imagen es la de un señor con traje y maletín que va deprisa adonde habría de haber llegado horas antes.

Estas carreteras contienen negro asfalto, también, pero de un negro sucio y prematuramente envejecido. También hormigón, sempiterno afeador del paisaje, y acero, mucho acero. Están hechas para durar, una duración que exige continuos repasos.

Tres

De repente pasaron nubes negras sobra las carreteras viejas y las carreteras nuevas. Las nubes siempre llegan sin mediar aviso. En ciertos parajes del mundo, como por ejemplo en el delicioso infinito que se extiende entre Iquique y Antofagasta, en Chile, las carreteras son viejas y apenan saben de ellas. En otros parajes, en cambio, como por ejemplo en el exuberante verde de los montes del estado de Nayarit, en México, que es cortado por carreteras nuevas, éstas no saben vivir sin nubes encima de sus cabezas. Pero tanto en un caso como en el otro, las nubes todo lo cambian. Los pequeños vehículos aprenden a desplazarse raudos llevando sus almas desencantadas dentro, sobre caminos negros que aprenden a transitar desde muy niños, sabedores de que estos han de devolverles el blanco de una línea interminable, lisa, llana, zigzagueante o entrecortada. El sol siempre se despide de ellos con promesa de volver, aunque hay días que transcurren sin que el sol vuelva como prometió. 

Las carreteras viejas no se inmutan demasiado si llega sobrevenida la lluvia o la tormenta. La tela de asfalto tan negro se moja y eso es todo lo que ocurre. Son carreteras durmientes, apenas las despereza el viento o el agua, ya volverá el haz de luz de la gran estrella refulgente del cielo para secarlas complacidamente. En cambio, las carreteras nuevas tienen en cada gota de agua un enemigo certero. Son tan rápidas, y ágiles, y ruidosas, que verídico es el temor que sienten al sentir cómo los autos se deslizan sobre las películas que se forman sobre ellas tras la lluvia o la tormenta o el granizo. Por eso las carreteras nuevas acostumbran a desplegarse flanqueadas por un ejército continuo de hormigón y acero, sobre todo de acero, que este metal repara las inexactitudes sin destrozar los cuerpos de quienes orientan a los pequeños vehículos que transitan sobre el asfalto.

Cuatro

En sesenta años el mundo ha sido testigo de todos estos cambios y lo seguirá siendo en los sesenta años venideros. Las lentas carreteras viejas van desapareciendo conforme las máquinas y su determinación implacable las van convirtiendo, una a una, en rápidas carreteras nuevas. Por aquellas, con su mutismo adormecido, transitaba una estirpe de viajeros que no necesitan sino de voluntad y experiencia para transponer los montes y valles y alcanzar su destino sin que señal alguna les orientase en el camino.

Por las carreteras nuevas circulan automóviles y transportes atolondrados y estresados, que precisan de todo tipo de ayuda para llevar a buen puerto su designio, el que les hizo emprender la marcha. El viajero ya solamente se detiene donde le dicen que se detenga y solamente gira a la derecha al fondo si una señal irrumpe en el alcance de su mirada indicándole dónde y cómo hacerlo. Estas carreteras nuevas están bien pensadas para los muchos, las carreteras viejas se concibieron para los pocos. Mas bien sabido es que las masas precisan de guía que les lleve, no así  los individuos, que suelen ser dueños de su propia fortuna.

Y zinc-o

El negro del asfalto, veteado de trazas blancas discontinuas, sigue predominando con su transgresora coloración del entorno. Poco a poco se le observa encariñándose con el gris macilento, reverberante y lloroso del zinc que cubre y reviste el acero galvanizado, destinado a proteger, a señalar, a acompañar, a calmar… Porque el zinc ya nunca abandonará los caminos trenzados por las carreteras nuevas que conducen, de entre todos los destinos posibles, a un futuro desconocido, así sigan pasando otros sesenta años, que pasarán.

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