domingo, 28 de diciembre de 2014

Exodus

No sé por dónde empezar. En alguna web donde se enjuicia este filme empieza con eso de "ojo, la siguiente crítica contiene spoilers", como si la historia del éxodo de pueblo judío fuese algo que nadie conociese antes de ver la película. 

Quizá sea relevante comenzar diciendo que “Exodus: dioses y reyes” es una astracanada tan proverbial como posiblemente lo sea el ego de su director, un Ridley Sctott que se ha olvidado de filmar cine, empeñado como está en construir una nueva forma de comedia del absurdo: ahí está la hilarante, cuando no esperpéntica, Prometheus para demostrarlo. 

Va vestida de superproducción, cuando realmente de lo que está repleta es de ese hiperrealismo cinematográfico sustentado en efectos visuales e innecesaria revisión psicológica de los personajes, algo que todo lo contamina en el cine actual, Exodus parece un chiste de mal gusto sobre un Gladiator hebreo de repente tocado (del ala) a causa del dedo de Yahvé, ese dios cruel y sanguinario que con sus solas decisiones consigue que odiemos a los hebreos no por lo que son sino por su fanatismo patético. Para colmo, en la película lo proyectan en la figura de un niño cuando, realmente, es un diablo malvado, por lo que tampoco se entiende muy bien qué diantres han querido pergeñar los guionistas con tan inaudita decisión: qué lejos están de la divertida Alanis Morissette en Dogma...

Ramsés es estúpido, su padre (ay, cielos, John Turturro, qué has hecho) es patético, por ahí está Sigourney Weaver aunque no sepamos bien para qué, e incluso me dijeron que dos de los actores en pantalla eran españoles. Da lo mismo. 

En todo el elenco no hay ni uno solo que haya leído el relato bíblico original. Posiblemente los guionistas hayan pretendido construir una historia alejada coma a coma de la epiquísima y majestuosa "Los diez mandamientos" de B. DeMille, pero yerran estrepitosamente en lo que tantos y tantos otros fallan: dejan el guion sin historia, no la saben construir, pican aquí y allá de propuestas anacrónicas o simplemente mimetizadas a la tierra de los faraones, y ya está. Las historias de Hollywood ahora se construyen pensando en los artificios que se van a exhibir, no en la lógica interna del drama y mucho menos en los debates internos de sus protagonistas. Y Moisés es una ganga para cualquier escritor, pero si comenzamos en despojarle de sentido, lo que queda es esto que ha filmado (y mal) Ridley Scott. De hecho, creo que lo único entretenido y salvable del filme son los primeros veinte minutos, cuando nada parece presagiar la historia del pueblo judío.

El cine actual se esculpe golpe a golpe (faraónico, eso sí) para inundar las pantallas con pirámides, cuádrigas, galopadas a caballo que lo mismo sirven para un Imperio Romano que para un último samurai o la siguiente oleada de aliens invasores, pero no le dedica ni diez minutos a la reflexión, a la construcción de los personajes y a las situaciones, por mucho que se trate de propuestas donde unos y otros vengan ya aportados por la historia, los libros de leyendas o los bestseller de Amazon.

Exodus es un tostón de colosales dimensiones, una colección hiriente de anacronismos (también lo era Gladiator), una horrible excusa para que Ridley Scott filmase un tsunami y un galimatías de pies a cabeza. Yo así lo entendí. Es tan mala, que ni siquiera merece que se escriba una línea más criticando lo absurda y aberrante que es.