sábado, 3 de junio de 2017

Alien:Covenant, una revisión

Hace cinco años escribí que "Prometheus" era una película fallida que encerraba dentro otra mucho mejor a la que los guionistas no dejaron nacer. En parte porque deseaban apuntalar el universo de Alien cuando realmente estaban elaborando un argumento distinto. En aquel filme, las tramas secundarias y las incorporaciones de elementos terroríficos sofocaron el guion y dejaron que una historia a priori interesante (el contacto de la humanidad con una civilización superior de la que desciende) se diluyese en una mala historia resuelta a golpe de serie B o incluso Z. Algo similar sucede en esta más meritoria "Alien: Covenant", de donde se deduce que, en efecto, hemos asistido a una secuela o continuación de "Prometheus", no solo en lo argumental, también en lo conceptual. 

En Prometheus la historia hacía aguas a causa de un horrible e inmaduro guion que mostraba, sobre todo, personas haciendo no se sabe bien qué cosas en una nave aterrizada en un planeta del que parecen ignorar incongruentemente que es hostil y, por tanto, entraña peligros. Dicho de otro modo, dejaban de ser personajes para convertirse en atrezzo de un terror asechante bastante gótico. O como tantos han escrito, estos personajes no se desarrollaban. Sin embargo, el filme apuntaba algunas ideas que, en otras manos, hubieran producido una película muy interesante (aunque seguramente alejada de las ideas de los miles de fanáticos que solo esperan bichos extraterrestres y costillas explotantes). Otras no tanto, por ejemplo, la súbita reconvención de los ingenieros en seres malvados que quieren acabar con la raza humana haciendo uso de armas biológicas de destrucción masiva. Para resumir, Prometheus se difuminaba en sí misma. 

El error de querernos contar el origen del monstruo que llamamos Alien sigue patente en "Covenant". Lo de que es un error es una percepción subjetiva, aunque compartida, fundamentada en la innecesariedad de semejante decisión. Una película ha de motivarnos por sus elementos cinematográficos, encomiables en la producción fílmica de Ridley Scott, y por la coherencia de sus desarrollos argumentales, pero no por su detallismo, especialmente si no son relevantes. En el Alien original, lo que se nos planteaba era que el espacio no es un paraíso, sino que está repleto de seres violentos desconocidos y riesgos superiores a la voluntad humana. Por eso nos desconcertaba. Alumbraba el ingenioso argumento algunos detalles sin esclarecer, que contribuían a ensanchar nuestra admiración y curiosidad: esos seres demoníacos ya habían logrado acabar con la nave de otros seres extraterrestres, más ancestrales que nosotros mismos, y nada ni nadie parecía poder acabar con ellos. Para colmo, la empresa propietaria de la expedición espacial conocía de la existencia de tales seres... ¿No suena intrigante? Todo esto contribuyó a hacer de Alien una película atemporalmente inquietante. Han pasado 40 años y nos sigue causando el mismo estupor y el mismo terror. La secuela filmada por James Cameron, Aliens, retomaba sin muchas explicaciones estos detalles para confeccionar un filme de aventuras espaciales en el que fuerzas militares humanas se miden, con poco éxito, con una horda descontrolada de tales monstruosidades. A partir de ese momento, las ideas quedaron suficientemente exhaustadas y las posteriores aportaciones se perdían en divagaciones sin ningún interés. La vuelta atrás de Scott para querer contarnos la cosmogonía de la génesis de dichos monstruos se ha topado, tanto en Prometheus como en Covenant, con una inteligencia deficiente de los guionistas y una demencial exposición narrativa. Un error, sí, pero un error embrutecido por la descripción de circunstancias totalmente desposeídas de interés o misterio. 

No obstante, Covenant parece querer rescatar elementos atractivos de su antecesora y reconvertirlos en material propio, aunque con escaso acierto. Por ejemplo, el androide enloquecido de Prometheus (debido al conflicto existente entre las órdenes de su creador y su desempeño favorecedor a los humanos), material original de la Alien de 1978, es en esta entrega reconvertido en una suerte de doctor Moreau, dotándole de una capacidad de pensamiento que, si bien pasmosa, parece insuficiente para poder soportar el grueso de la trama. una trama, por lo demás, exigua y reiterada de las fuentes en las que bebe. Hay cuestiones (muchas) criticables. Por ejemplo, la contraposición y duelo con el androide-hermano, más evolucionado y perfecto, es innecesaria y una de las que menos aportan al filme, cosa que no sucede con el destino de los extraterrestres-ingenieros de Prometheus a los que aquí se erradica en una solución bastante artificiosa e infantil, seguramente para librarse de problemas y tomar un atajo argumental que pretende hacer prevalecer la maldad del androide sobre la congruencia intelectual (los "ingenieros" pudieron haber sido barridos por los aliens, por ejemplo, miles de años antes de aterrizar el androide y la superviviente de la Prometheus). Otras son simplemente cansinas por repetir las ideas o elecciones con que se confeccionaron las películas anteriores (si la señal de socorro, aquí convertida en una melodía de John Denver, parece aceptable, no lo es la falta de respeto a la coherencia interna de la saga en cuanto a las bases biológicas de los aliens, sus periodos de gestación, el sistema de jerarquización de las criaturas alrededor de una reina que pone los huevos, la batalla final para expulsar al alien, etc.). Pero desde un punto de vista fílmico, todos estos defectos son menores. 

En realidad, hemos visto una propuesta que trata de superar las dificultades de continuidad con el resto de la saga hasta imbricarla en ella misma como epígono sobresaliente, corrigiendo (por eliminación, que no por superación) los despropósitos de Prometheus hasta orientarla hacia el lugar correcto: la memorable Alien. Muchas críticas de los fanáticos, con calificaciones absurdamente bajas, son transponibles a muchas otras películas actuales que, lejos de aportar originalidad alguna, tratan de continuar los benéficos efectos del éxito y magistralidad de sus inspiradoras. Y muchas otras críticas inmerecidamente altas parecen provenir de fanáticios a quienes basta un poco de acción y sangre y efectos especiales para resarcir sus ansias de alien. Y creo que Covenant, a trancas y barrancas, consigue enderezar el rumbo por más que se trate de un rumbo zozobrante y huero. Pero eso, por sí solo, no basta. Algo que a Hollywood le parece ya importar muy poco. 

Entiendo que eso es lo que, como espectadores, queremos. Todo el cúmulo de despropósitos como ir sin casco por planetas inexplorados, de no desconfiar de extraños, de torcer las órdenes colonizadoras, de creer que una civilización está contenida en el zoco de una ciudad, de... son disculpables (el cine ahora es así). Lo que no es disculpable es que hayan convertido una criatura fascinante como un alien en un invitado forzoso del festín que quiere darse.

lunes, 16 de enero de 2017

Rogue One: otra maldita" historia de Star Wars

Otra historia de "La guerra de las galaxias". Otra más... elevada a los altares por los seguidores.

Lo peor que uno puede ser en estos controvertidos tiempos modernos, tiempos oscuros y teñidos de un desinterés hercúleo por todo lo intelectual, lo peor (repito) que uno puede ser es fan (fanático) de algo. Por ejemplo de "La guerra de las galaxias" (o "Star Wars", que dicen ahora), pero sirve cualquier otra propuesta cinematográfica en forma de saga. Estas legiones ensoberbecidas por el asombro que les produce el ingenio de un tercero, creen estar no en el privilegio, sino en el derecho de apropiarse (adueñarse, tal vez) de la esencia y conceptos de aquello por lo que profesan una animosidad morbosa y excesiva, e inundan todo con su ruido y griterío.

El meollo Star Wars tiene su aquél. Cuando niño, a todos nos hechizó aquella película que llevábamos soñando desde siempre, con aventuras entre las estrellas, con malos malísimos y buenos heroicos y arrojados, aliados socarrones, heroínas principescas (¿para qué si no la dulcísima Leia necesitaba ser una princesa?)... Aquella película estaba repleta de imaginación, de láseres, de naves espaciales, de humor y de un guion que era una genialidad constante. Todo lo que no es Rogue One, y todo lo que no fue la ultrajante versión del Sr. Abrams. Porque, nunca me cansaré de repetirlo, el genio es George Lucas, no los fans, ni los seguidores, ni tampoco ninguno de los que colocan en Wikipedia algo tan aberrante como "Luke Skywalker procede de la colonia de asteroides de Polis Massa". George Lucas concibió aquella película de batallas en las estrellas y lo hizo entregando al séptimo arte una joya, una obra maestra, y una continuación tan adulta y firme que desde entonces el cine ya no es lo mismo (tampoco las precuelas fueron lo mismo, pero no estaban tan mal como los fans, esa masa amorfa dictadora, han querido y quieren proclamar).

Fui a ver Rogue One porque en mi fuero interno parece sacrílego no acudir al cine a ver cualquier cosa que provenga de "La guerra de las galaxias". Pero eso no significa que deba comulgar con las ruedas del molino embustero en que Disney ha querido convertir aquella genialidad de Lucas. Porque ni la propuesta de Adams, ni esta otra de los espías rebeldes que roban los planos de la Estrella de la Muerte, son otra cosa que enormes y muy decepcionantes errores. Errores de guion, claro, de intenciones, de concepto, aunque luego, cinematográficamente, haya que rendirse a la evidencia de lo bien rodadas que están.

Podían haber hecho algo distinto, algo más profundo, más sólido, más coherente, más original... y de momento ambas películas no son sino copias y remedos (cuando no mastuerzos) de las ideas que Lucas generó hace ya más de treinta años. La de Adams, una inverosímil historia copiada de la original y trufada de tantos engaños y puerilidades que uno se sorprende de que este señor haya alcanzado tanta prosapia en la Meca del cine. La que nos ocupa, una copia prácticamente literal de "El retorno del jedi".

Mal el planteamiento.

Y pésimo el guion. Una película aburrida, plomiza, incoherente, de personajes sin oportunidad para mostrarse, de innecesarios saltos continuos entre planetas (luego se quejaban de Lucas en las precuelas), de inconexiones con La guerra de las galaxias (luego se quejaban de que Lucas no unió bien las precuelas con el origen de su saga), de... ¡Tantas cosas!

Hay más cine fuera del cine, con estas películas de la Disney, que dentro. Las noticias filtradas a cuentagotas, los spoilers que juegan a serlo o no serlo, los trending topics en las redes... todo es tan excesivo, mareante, absurdo, que a ratos parece que uno no vaya a ver una película de aventuras en el espacio sino el lanzamiento de algún nuevo producto de los de Cupertino. Porque aquí el cine deja de ser un producto artístico con opciones de ser devorado por las masas, sino un negocio planificado que igualmente será devorado por las masas. Y por ello recurren al mismo guion una y otra vez (¿no se han dado cuenta de que Disney no está haciendo otra cosa que contar estas supuestamente nuevas historias tal y como las contó Lucas cuando creó las originales?).

En fin. Para qué seguir. Los fans ya tienen su alimento. Supongo que con eso basta.