viernes, 29 de junio de 2018

Star Wars: Los últimos Jedi (o de la imposibilidad de la crítica)

Corren tiempos adversos para la galaxia muy lejana. George Lucas, tras fracasar en la coronación de la ansiada "Cota Disney" con su starwarsiana saga (por dos veces lo intentó: el primero, recordémoslo, fueron los Ewoks; el segundo, los gungans y JarJares y androides de la Federación; ambos fallidos), y posiblemente cansado de su propia creación (mal interpretada por los fanboys, ese espécimen de origen humano que ha desplazado al espectador de las salas de cine), decidió entregar el objeto de su nada frustrante riqueza a Disney a cambio de mayor riqueza. Disney: el monstruo de siete cabezas, el regente abrumador cuyo poder se sustenta en hacer del mundo y de los sueños una soplapollez inmensa. Disney, la todopoderosa empresa que llevaba décadas contemplando, absorta, cómo la genial ocurrencia de los Jedi, las espadas láser y los malos de negro ocupaban más espacio neuronal en niños y jóvenes y adultos que sus princesitas moñas y sus animalitos cantarines. Adquirir el invento al mayor genio ocurrente de los 70 conseguía por fin desequilibrar la batalla por incomparecencia (y absorción) del enemigo, excepción hecha del troll llamado Kathleen Kennedy, mano derecha de Lucas y erigida por el monstruo en todopoderosa señora de la guerra (de las galaxias).

Para la primera de las exhibiciones encargan a un solvente artesano (y pésimo elucubrador de ideas) una película con la estética original perdida a lo largo de las secuelas, sin naves lustrosas, con diálogos entre los pilotos buenos de los cazas (los pilotos malos nunca se dicen nada), con almirantes que se pasean por el puente de mando de los destructores espaciales como si fuesen barcos de la Segunda Guerra Mundial, con cantinas atiborradas de aliens musicales y humanoides deformes, con espías que informan a los malos mediante obsoletos intercomunicadores, con seres enanos y feos de amplia sabiduría, con un malo malísimo y un líder que lo manipula... Disney encarga a Abrams que rehaga la película original, en pocas palabras. Y Abrams, que se cree el chico más listo de Hollywood, engendra un espectáculo deplorable pintarrajeado de grandiosidad con el que satisfacer al fanboy (y horrorizar al espectador, quien ya no importa nada), al tiempo que preserva las nuevas tablas de la ley políticamente correcta: un personaje negro (sobreactuado), un protagonista femenino (superheroína estilo Marvel), un robot simpático (y esférico, para que Iniesta lo patee al travesaño), uno de ascendencia hispanojudía (que no muere ni aunque lo maten, que es lo que realmente pasaba en el guion original), etc. ¿El argumento? ¿Qué es eso? A lo mejor se parece a esto: al robotijo redondo lo persigue el Imperio/Primera Orden porque esconde un plano/mapa y, en la huida, llega a un planeta desértico llamado Tattoine/Jakku donde encuentra a Luke/Rey que tiene un don para la Fuerza que desconoce y sueña con aventuras galácticas. ¿Les suena? Pues eso.

Como no basta con esa línea argumental la rellenamos con los malos, liderados por un pelirrojo con cara de afectado porque su personaje es una versión rejuvenecida y estúpida del gobernador Tarkin, y un crío malcriado que usa máscara porque mola mazo parecerse al de negro de la película original y creerse el más chulo del barrio. Por encima de ellos, dirigiendo el cotarro, hay un ectoplasma con aspecto de Gollum que parece muy poderoso, si bien muy inteligente no es al haber delegado en estos dos mastuerzos los designios de la corporación Umbrella, experta en rediseñar estrellas de la muerte, pero a lo bestia, con nieve incluida (y terremotos tectónicos). Como las historias son para que conozcamos lo que les pasa a los buenos, pronto nos enteramos de que, a diferencia del Luke original, a quien llevó varios años llegar a manejar con alguna soltura los poderes de la Fuerza, la protagonista guay y guapa (más de uno habrá sacado brillo a su sable de pocas luces con las fotos que publica en Instagram) de nombre Rey creerá durante la mitad de la película que los Jedi son un mito (¡de hace solo 30 años!: vaya tela, las leyendas artúricas necesitaron siglos de maduración) y, pese a ello, con un abrir y cerrar de ojos, recurrirá a trucos mentales Jedi y duelos de espadas con el más que experimentado jovenzano refunfuñón y malcriado. Todo eso porque se lo cuenta Han Solo antes de morir a manos de su hijo, el mozalbete berrinchón que usa máscara para parecerse a su abuelo en maldad y capacidad de susto (olvidando, porque lo olvidan los guionistas, que Darth Vader antes de morir vuelve al bien). Y hablando de Han Solo, lo mismo el compañero de Chewie era Deckard o Indiana Jones, porque el actor que los interpreta hace mucho que no sabe sino destruir sus propios mitos en respuesta a su incapacidad por encontrar el anillo único con el que dominar a todos sus personajes... Y si mencionamos al resto del elenco original, Luke se ha reconvertido en un Yoda exiliado en un planeta remoto e ignoto y Leia en un esperpento que aún no sabemos muy bien qué hace ahí: está claro que ni acabando con el Imperio esta princesa sabe apoderarse del trono. Pero bueno, todo esto (referido a la anterior película, no a la de esta reseña) para decir que en el starwarsiano mundo de Disney no hay nada remotamente original. 

Y entonces llega Rian Johnson, el nuevo mercachifle contratado por Disney para imponer rigor y coherencia (qué chiste, ¡ja!) en la segunda entrega de este tremendo plagio.

No olvidemos que Rey llevaba desde 2015 con el brazo extendido tendiendo un sable de luz a Luke y a la actriz se le empezaba a cansar el tríceps. Rian Johnson solo tenía que finalizar la entrega del sable y, cuando lo hace, sucede que Luke lo manda a tomar vientos, que es justo lo que los espectadores deberíamos haber hecho con la saga desde hace mucho, mucho tiempo, en esta galaxia nada lejana de la Vía Láctea. En la era Disney, dominada por vengadores y superhéroes de toda clase y condición, los Jedi y su sabiduría lenta y paciente, están obsoletos. Tan obsoletos que incluso guardan sus libros de la tradición dentro de un árbol, en plan hobbit, llenos de polvo y moho, con las páginas amarillentas por el paso del tiempo, pues Luke, el último de ellos, no ha sabido nunca hackear la biblioteca de alta tecnología de Coruscan aunque sí robar, delante de las narices del funcionario de turno que se encargase del olvidado templo piramidal, los volúmenes vetustos de ridículo parecido a la Summa Theologica preconciliar... Todo muy coherente. Muy sagaz el Johnson este. Tan sagaz es el andoba que tiene el valor de convertir a Luke, de lejos el personaje más utópico y valeroso de la saga original, en el clásico viejo amargado, refunfuñón y cobarde que toda mala película como esta merece tener. Salvo al final, donde se demuestra aún más cobarde en forma de dualidad cuántica: ora es capaz de afectar al mundo físico entregando unos dados metálicos a su hermana Leia, ora no porque en realidad no es sino un holograma viniente de muy lejos, tan lejos que le da un infarto del esfuerzo... Con estas capacidades, y las que aún no han ideado para el personaje de Rey en la próxima entrega, ya les digo yo que los Jedi acabarán siendo los próximos combatientes de los Chitauri. Al tiempo.

En realidad, a lo largo de todo el metraje el director se cisca en la madre de todos los guionistas que por el universo starwarsiano han pasado y, en particular, con los de la película previa (donde repitió, con escasa gloria y grande infortunio nuestro, el señor Kasdan), a quienes lee la cartilla desconectando o negando con su narración casi todo lo anterior. Por el artículo 33. Es lo que sucede con el líder de los malos, Gollum Snoke, convertido en rebanada de mortadela siciliana no sin antes abroncar a su pupilo, el niñato enfadicas, por haber sido derrotado ante alguien que jamás había empuñado un sable láser (nótese la audacia: escribir un guion trasladando a la pantalla las críticas recibidas en la película anterior, convenientemente verbalizadas por un personaje con cierto impacto). Y es lo que sucede también con la Fuerza, a la que Disney ha reconvertido en los rayos gamma de Hulk o el Capitán América, capaz de transformar en cuestión de segundos a un mindundi en todo un portento. ¿Entrenamiento? ¿Sacrificio? Qué aburrimiento. Todo eso ya se ha abandonado hasta en las escuelas. La Fuerza ahora es poderosa: es incluso el Whatsapp de la galaxia como se demuestra en las conversaciones telepáticas entre Rey y el niñato, tan próximas a los susurros de Obi-Wan en el casco de Luke como el charlear de un sapo a un New Orleans Blues; es capaz de transformar a la ancianosa Leia en SuperGirl; de tantas cosas es capaz ahora la Fuerza que en la galaxia lejana ya nadie tiene problemas de estreñimiento... Y si estas trampas del guion les dejan boquiabiertos, esperen porque el resto es aburrimiento y desvergüenza. Y todo paritorio, digo paritario. Hay multitud de personajes femeninos tan inútiles como prescindibles salvo que uno padezca de insomnio, en cuyo caso es muy conveniente seguir de cerca las aventuras del negro con la chinita que le ama, bálsamo curativo de la agripnia patentado por Disney en no sé cuántos idiomas. Ya en la anterior había una capitana en el bando de los malos, medio inútil, que ahora, en este filme, por aquello de tratar de aparentar que sirve para alguna cosa aparte de darle lustre a la coraza, la devienen raccord al hacerla aparecer  liderando a sus huestes por la puerta izquierda del hangar donde segundos antes una explosión tremebunda se la había llevado a criar malvas. Y qué decir del personaje de Laura Dern, un vicealmirante que no aporta absolutamente nada y que tras verse humillada en un escandaloso motín, a punta de pistola láser, resuelve la situación dialogando con Leia en plan noche guay de mujeres. ¿Feminismo? ¿Qué feminismo es este? El feminismo busca la igualdad real entre hombres y mujeres. A Lucas se lo tildó en numerosas ocasiones de machista porque solo incluyó un personaje femenino en su trilogía (Leia), pero lo desarrolló de manera tan principal e igualitaria (como se evidenciaba en su relación con Han Solo) que el filme completo resultaba de un equilibrio ejemplar. En este episodio, como en el anterior, el feminismo se convierte en una búsqueda insensata de la supremacía del personaje de Rey sobre todos sus compañeros y enemigos masculinos al tiempo que se puebla la historia innecesariamente con personajes femeninos, llegando incluso a incluir subtramas igualmente innecesarias para proporcionarles un mayor empaque (caso de la chinita que acompaña a Finn, quien por cierto le impide al personaje negro un final heroico a su innecesario personaje).

Le echamos la culpa a Disney, pero en realidad el irresponsable de todo esto responde al nombre de Kathleen Kennedy: no les quepa duda. No le importa nada en absoluto ni los personajes clásicos ni su coherencia con la historia. Vive obsesionada en crear un legado mucho mayor y más extenso que el de George Lucas, y en su afán destroza todo lo que encuentra. Destruye el pasado. Mata a su progenitor. Olvida a los espectadores que crecieron con ella y se centra en la nueva generación de fanboys, adolescentes adictos a (en realidad, simbióticos con) la tecnología, para quienes todo ha de ser inmediato y dramático, nada puede durar más de cinco minutos o doscientos caracteres y el conocimiento se reduce a un acervo de creencias de origen desconocido que todos repiten como un mantra. Bajo estas premisas, psicológicas y educativas, los artificios revestidos de presunta profundidad se erigen en hitos imponentes del intelecto (véase las críticas superlativas de los fanboys  a la última entrega infinita de Los Vengadores, con expresiones ridículamente idiotas del tipo "no estábamos preparados para esto", o incluso las que genera el mastuerzo de película de la que hablo aquí). George Lucas desarrolló en dos películas la historia eterna del conflicto entre el bien y el mal cuando este afecta a tus propias raíces y genes (digo que lo hizo en dos películas porque en la primera aún no había pensado en nada de todo ello), y usó la filosofía taoísta en las secuelas para ahondar (con poco éxito) en el eterno equilibrio de los opuestos. Kathleen Kennedy desarrolla en unos minutos y dos secuencias la misma rácana tesis taoísta (y eso que deseaba resucitar el espíritu de la saga original) porque con ello le basta para mostrar que la historia contiene raíces profundas: en el Hollywood actual nadie está interesado en iluminar el entendimiento humano, solo en mostrar que más allá de nuestra comprensión subyacen conceptos arcanos de difícil acceso; somos así de superficiales, me temo. La escena del Yoda en esta película de Rian Johnson es clave para entender que los derroteros de la nueva saga viven y crecen sobre las cenizas de la saga original. Es quien provoca la ecpirosis de la sabiduría ancestral de los maestros Jedi, de los que él mismo es su principal manifestación. Johnson usa un personaje clásico para eliminar sin tapujos todo el legado y proporcionarle un orgasmo metagaláctico a le inefable jefa, Kathleen Kennedy. El mensaje es nítido: nada de lo visto hasta ahora es verdad, la verdad será lo que te mostremos a partir de este instante. Las múltiples declaraciones del estulto Johnson a posteriori, atacando con crudeza las críticas de millones de seguidores que le acusan de irreverente (cuando no de trivial) son consecuencia de la impostura del adoctrinamiento al que han querido someter a los espectadores (la mayoría de los fanboys han acogido con gozo los nuevos derroteros).

Para qué seguir. La película flota como el Halcón Milenario en "El Imperio Contraataca" para escabullirse de sus perseguidores: entre desperdicios, porque ella misma es el mayor de todos pese a su génesis copiona. El episodio de Abrams era un plagio y el de Johnson otro plagio idéntico, ambos orientados a destruir el legado de George Lucas. Para muchos este episodio aporta la originalidad que le faltó al de Abrams, pero en realidad lo que Rian Johnson ofrece es una mezcla aberrante de los Episodios V y VI, pese a su convencimiento de que ha parido un ratón... digo, un peliculón. Lo curioso es que uno puede borrar la película entera y encontrarse en la misma situación final del episodio anterior (con Luke convertido en fantasma, lo que es análogo a estar desaparecido, y un Líder Supremo que jamás ha trascendido su condición de proyección holográfica). Como Carrie Fisher ya no estará, la única bondad es que nadie podrá seguir destrozando su personaje. Ni Chewie ni los viejos R2D2 o C3PO importan un carajo.

Y con todo esto, díganme ahora cómo demonios se puede criticar un esperpento semejante...

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