Razones para el ateísmo I. La historia de los dioses
Es muy probable que las claves sobre la definitiva irrupción del ateísmo (la secularización) en una sociedad cada vez más moderna, se fundamentase en el mayor conocimiento de la prehistoria y de la evolución animal. No conviene olvidar que el monoteísmo, la religión imperante en el planeta, en cualesquiera de sus tres vertientes, cristiana, islámica o judía, se apoya en la existencia de una única deidad capaz de abarcar cualesquier aspectos de la vida humana, tanto como creador, como benefactor.
LA ÉPOCA DORADA DEL INTELECTUALISMO ALEMÁN
En mayo de 1798 partió de Francia, una de las expediciones más extraordinarias de la historia. Dos centenares de químicos, ingenieros, biólogos, geólogos, arquitectos, pintores, poetas, músicos y médicos, acudieron al puerto de Toulon para acompañar a treinta y ocho mil soldados reunidos allí por Napoleón Bonaparte, quien había mantenido en secreto el destino de la expedición. El destino real era Egipto, y el lugar en el que desembarcó fue Alejandría, adonde Napoleón, aclamado por Victor Hugo como «el Mahoma de Occidente», arribó en una nao denominada L’Orient. Se trataba de una mezcla de colonialismo y aventura cultural e intelectual. El propósito de Bonaparte no era solo la conquista, sino sintetizar la sabiduría de los faraones con la piedad del islam. Los resultados de este trabajo fueron asombrosos. Se reunió material suficiente para publicar "La descripción de Egipto", una gigantesca obra en veintitrés volúmenes que se publicaría a lo largo de los siguientes veinticinco años. Napoleón consideraba a Egipto como un lugar de encuentro entre Asia, África y Europa, al igual que lo había sido Alejandría en épocas anteriores. En esta magna obra se esbozaba la fauna, la flora y las características geológicas del país, así como de las sustancias químicas que existían de forma natural. Con todo, lo que más llamó la atención fueron los tesoros arqueológicos del país, que eran de tales dimensiones y de tal abundancia que cautivaban por su esplendor, algo que ocurriría también en Francia cuando sus descubrimientos fueron revelados al gran público. Esta maravillosidad se acrecentó con el descubrimiento de un gran bloque de granito en Rosetta. La piedra contenía tres textos, uno en jeroglíficos, otro en caracteres demóticos (una forma de escritura cursiva egipcia) y otro más en griego, lo que permitía el desciframiento de los jeroglíficos.
Seguramente la arqueología occidental comienza con esta expedición, algo de lo que hay que agradecer a Napoleón. A su regreso de Egipto, Bonaparte organizó una campaña contra Alemania, una región que contaba con cerca de dos mil unidades territoriales autónomas de habla alemana sobrevivientes a la guerra de los Treinta Años, y que en tiempos de Napoleón se habían reducido a unas trescientas, que todavía podían considerarse muchísimas. En 1813, los alemanes, liderados por Prusia, derrotaron a Napoleón, en cuyo proceso aprendieron las virtudes del orden y el respeto que tan buenos resultados les daría desde entonces (a diferencia de España, donde siempre ha imperado la desorganización y el afán independentista local). La definitiva unificación alemana llegaría en 1871. El complicado caleidoscopio de estados alemanes del siglo XVIII había relegado el avance intelectual respecto de países como Holanda, Bélgica, Gran Bretaña o Francia. Con los rápidos progresos realizados por Napoleón antes de su derrota, el siglo XIX sería testigo del ascenso de Alemania en términos políticos y, sobre todo, intelectuales. Una lección que aprender en este país donde aún nos enorgullecemos de haber derrotado a Napoleón en la guerra de la independencia contra los franceses, prevaleciendo de ese modo un estilo de vida y de pensamiento totalmente nemésico a la ilustración y el emprendimiento que tan buenas consecuencias acarrearía en el resto de Europa.
Incitado a actuar según el ejemplo de Napoleón, el ministro prusiano Wilhelm von Humboldt (1767-1835), un francófilo que había pasado algún tiempo en París antes del ascenso de Napoleón, puso en marcha una serie de reformas administrativas que tendrían un profundo impacto en la vida intelectual alemana. Humboldt concibió la idea de la universidad moderna, dejando de ser una mera colección de colegios para la formación de clérigos, médicos y abogados (el formato tradicional) para convertirse en instituciones donde la investigación era la principal actividad (igual que en España, ¿verdad?). Además, Humboldt impulsó la idea de que todos los profesores de instituto del país debían contar con un grado para poder enseñar, lo que vinculó las universidades con la escuela de forma mucho más directa, algo que contribuyó a difundir el ideal del estudio fundado en la investigación original en toda la sociedad de habla alemana. Se introdujeron los doctorados, el grado más alto basado en una investigación original. Y fue así como la vida intelectual alemana se transformó y sus efectos no tardaron en dejarse sentir en toda Europa y en Norteamérica. Éste fue el comienzo de una era dorada de la influencia intelectual alemana, que sólo acabaría con los estragos provocados por Adolf Hitler a partir de 1933.
Los desarrollos impulsados por Humboldt se advirtieron por primera vez en la Universidad de Berlín, institución que adoptaría el nombre de Universidad Humboldt. Entre los notables pensadores que se dieron cita allí destaca Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770-1831). El surgimiento de la historia como disciplina se debe en parte a Hegel. En Lecciones sobre la filosofía de la historia universal propuso la idea de que la voluntad divina se revelaba en el tiempo, a medida que el universo mismo lo hacía, lo que le llevaba a concluir que la historia era una descripción de la voluntad divina. Para Hegel, esto implicaba que la historia debía sustituir a la teología como modo de conocer las verdades últimas. Desde esta perspectiva, el hombre no era una criatura pasiva, observadora de la historia, sino un sujeto partícipe que co-creaba la historia junto a la divinidad. La célebre teoría de Hegel de que la historia avanza mediante tesis, antítesis y síntesis, y su creencia en que, en determinados momentos críticos, aparecen figuras históricas mundiales (como Napoleón), fueron consideradas por muchos la explicación más satisfactoria del pasado y de cómo éste conducía al presente.
En el sistema universitario alemán de Humboldt, la investigación histórico-filológica más polémica e influyente fue la crítica textual de la Biblia. A medida que el mundo se abría gracias a las incursiones de Napoleón en Egipto, se iban descubriendo cada vez más manuscritos que no sólo permitieron conocer el desarrollo de ideas antiguas, sino que resultaron de gran utilidad para perfeccionar técnicas de datación. Filólogos convertidos en historiadores, como Leopold von Ranke (1795-1886), fueron pioneros en la datación e inspección crítica de fuentes primarias. En particular, el Nuevo Testamento se convirtió en el centro de atención de los eruditos. La exégesis, la interpretación del significado de un texto, no era una actividad nueva, pero los nuevos filólogos alemanes tenían un proyecto mucho más ambicioso: aprovechando las nuevas técnicas que tenían a su disposición, su primer logro fue conseguir datar con bastante exactitud los evangelios, algo que arrojó nueva luz sobre las inconsistencias detectadas en las diferentes versiones sobre la vida de Jesús, cuya fiabilidad en términos generales empezó a ser cuestionada. Obviamente, esto no ocurrió de un día para otro, y tampoco fue una consecuencia deliberada de la investigación. La más polémica de las bombas textuales alemanas fue La vida de Jesús, examen crítico, publicado en 1835 por David Strauss (1808-1874). Debe su celebridad a la audacia con que el autor introduce el concepto de "mito" en la interpretación del Evangelio. Situándose en contraste con la exégesis ortodoxa, que admitía una intervención sobrenatural en la historia, o con la interpretación racionalista de su tiempo, que negaba lo sobrenatural pero se esforzaba por mantener un núcleo histórico en cada episodio evangélico, Strauss afirmaba que el problema planteado por los relatos evangélicos no estriba en su valor histórico, sino en la idea que quieren expresar. La tradición evangélica trataba manifiestamente de presentar a Jesús como el Mesías anunciado por las profecías. Pero del Mesías se tenía, en los tiempos de Jesús, una idea bastante precisa: se sabía, por ejemplo, que su vida debería desenvolverse de acuerdo con el ejemplo de los grandes personajes del Viejo Testamento, porque éstos, inversamente, eran considerados como su prefiguración. Por consiguiente, cuando los episodios de la vida de Jesús coinciden con los del Viejo Testamento, se debía deducir, según Strauss, que el episodio evangélico ha sido plasmado sobre el modelo antiguo. El mito judaico del Mesías no sólo se superpone a los recuerdos de la vida de Jesús haciéndolos irreconocibles, sino que en la mayor parte de los episodios debe considerarse como la sustancia misma de la narración. El contenido histórico de la vida de Jesús se desvanece por completo. Strauss pretendía que su crítica dejase intacto el contenido ideal del cristianismo, al que hacía consistir, hegelianamente, en la perenne encarnación de lo divino en la humanidad; pero la fuerza de sus premisas le arrastró, más tarde, a una abierta negación del cristianismo en la obra La antigua y la nueva Fe, publicada en 1872.
El término arqueología se empleó por primera vez en la década de 1860. Amplió y profundizó el trabajo de la filología, al ir más allá de los textos y confirmar que los hombres tenían un pasado distante anterior a la escritura, es decir, una prehistoria. Ya en la década de 1820, Champollion había descifrado los jeroglíficos egipcios mediante el estudio de la piedra Rosetta, y en 1847 sir Austen Layard excavó Nínive y Nimrud, en lo que hoy es Irak, descubriendo los maravillosos palacios de Assurnasirpal II, rey de Asiria (885-859 a. C.), y Sennacherib (704-681 a. C.). Los enormes guardianes de las puertas encontrados allí, semitoros y leones de dimensiones mucho más grandes que las reales, causaron sensación en Europa y contribuyeron en buena medida a popularizar la arqueología. Estas excavaciones conducirían finalmente al descubrimiento de una tablilla en cuneiforme en la que estaba escrita la epopeya de Gilgamesh, notable por dos razones: en primer lugar, era mucho más antigua que los poemas homéricos y que la Biblia; en segundo lugar, diversos episodios del relato, como el de la gran inundación, eran similares a los que recogía el Antiguo Testamento.
Cada uno de estos descubrimientos aumentaba la edad de la humanidad y arrojaba nueva luz sobre las Sagradas Escrituras. Sin embargo, con excepción de la epopeya de Gilgamesh, ninguno de ellos aportaba nada radicalmente nuevo en términos de datación, en el sentido de que no contradecían de forma significativa la cronología bíblica. Todo empezó a cambiar en 1856 cuando se empezó a limpiar a fondo una pequeña cueva en un costado del valle Neander (Neander Thal, en alemán), a través del cual el río Düssel desemboca en el Rin. En ella se encontró un cráneo, enterrado bajo más de un metro de barro, así como otros huesos. Los trabajadores que hallaron los huesos se los entregaron a un amigo local que, pensaron, era lo bastante culto como para saber qué hacer con ellos, y éste a su vez se los entregó a Hermann Schaaffhausen, profesor de anatomía de la Universidad de Bonn. Schaaffhausen identificó la parte superior de un cráneo, dos fémures, partes de un brazo izquierdo, parte de una pelvis, y algunos otros vestigios de menor tamaño. En un artículo sobre este descubrimiento, Schaaffhausen llamó la atención sobre el grosor de los huesos y el gran tamaño de las marcas de los músculos unidos a ellos, así como el pronunciamiento de los arcos supraorbitales y la frente pequeña y estrecha. Schaaffhausen concluyó que el aspecto de los huesos no era consecuencia de una deformación debida al lugar en el que se habían conservado todos estos años y que había indicios de «que el hombre coexistió con los animales descubiertos en el diluvio; y muchas razas bárbaras quizá hayan desaparecido antes de todo el tiempo histórico, junto a los animales del mundo antiguo, mientras que las razas cuya organización mejoró continuaron el género».
Cuando los filólogos de finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX empezaron a cuestionar los fundamentos básicos del cristianismo, la mayoría de los hombres de ciencia no se apresuró a apoyarlos. Por lo general, biólogos, químicos y fisiólogos eran todavía hombres religiosos y devotos. El caso de Linneo es en este sentido ejemplar, pese a ser una de las principales figuras de la Ilustración y uno de los padres de la biología moderna, cuyos aportes forman parte de los antecedentes de la teoría de la evolución. El naturalista John Ray (1627-1705) ya había advertido que no todas las especies (miles de las cuales se habían encontrado en el Nuevo Mundo y África) podían ordenarse en una jerarquía significativa, y que las formas de la vida variaban de muchas maneras diferentes. Linneo aprovechó el descubrimiento de la sexualidad de las plantas realizado por R. J. Camerarius en 1694 para considerar los órganos reproductivos como la característica clave en la que podía basar su sistema. Por otro lado, la nomenclatura doble propuesta por Linneo en Species plantarum (1753), Genera plantarum (1754) y Systema naturae (1758) llamó a atención sobre las similitudes sistemáticas entre las especies, géneros, familias, etc. Resultaba obvio, a partir de todo esto, que el plan del Creador no era lineal y ello llevó a Buffon a proponer, en su crítica de Linneo, su teoría de la degeneración, según la cual, por ejemplo, las doscientas especies de mamíferos por él conocidas derivaban de treinta y ocho formas originales (una primitiva versión de la idea de evolución).
No obstante, otra disciplina en proceso de formación proporcionaría a la historia y a la prehistoria una base diferente, contribuyendo a preparar el camino para las ideas de Darwin: la geología. La geología se diferenciaba radicalmente de todas las demás ciencias y de la filosofía. Se trataba de la primera ciencia que se ocupaba con la historia de la naturaleza más que con su orden.
LOS ANTECEDENTES DE DARWIN
En el siglo XVII Descartes había sido el primer pensador en combinar la nueva astronomía y la nueva física en una visión coherente del universo, en la que incluso el sol (por no hablar de la tierra) no era más que una estrella entre muchas. Descartes había especulado que era posible que el planeta se hubiera formado a partir del enfriamiento de una bola de cenizas atrapada en el "vórtice" del sol. La idea de que la física funcionaba de acuerdo con los mismos principios en todo el universo fue un cambio intelectual de gran trascendencia que no habría podido darse en el pensamiento medieval, ya que entonces las ideas básicas acerca de los cielos y de la tierra, al menos como se los entendía en Occidente, eran de origen aristotélico y afirmaban que se trataba de dos ámbitos fundamentalmente diferentes: el uno no podía dar origen al otro. En su momento, la física de Descartes sería reemplazada por la de Newton, y el "vórtice" por la gravedad, pero ello no alteró las teorías geológicas vigentes. En 1691, Thomas Burnet publicó su Teoría sagrada de la tierra, en la que argumentaba que materiales diversos se habían unido para formar el planeta, cuyo centro estaría formado por roca densa, a la que se sumaba una capa menos densa de agua y, por último, una corteza ligera que era sobre la que vivíamos. Esta concepción tenía la virtud de explicar el Diluvio universal: justo bajo la delgada corteza en que los hombres vivían había enormes cantidades de agua. Un lustro después, en 1696, William Whiston, sucesor de Newton en la Universidad de Cambridge, propuso que la tierra podría haberse formado a partir de una nube de polvo dejada por un cometa, que se habría fusionado para dar origen a un cuerpo sólido que luego se habría inundado con el agua procedente de un segundo cometa. Esta idea de que la tierra estuvo alguna vez cubierta por un vasto océano se mostró resistente al paso del tiempo. Leibniz acabaría añadiendo su idea de que la tierra había sido en otra época mucho más caliente que en la actualidad, y que, por tanto, en el pasado los terremotos eran mucho más violentos.
En el siglo XVIII, Kant propuso su "hipótesis nebular", según la cual todo el sistema solar se habría formado a partir de la condensación de una nube de gas, una concepción que respaldaron las observaciones de William Herschel, cuyos telescopios mostraban (o parecían mostrar) que algunas de las nebulosas o manchas difusas que se veían en el cielo nocturno eran gases o nubes de polvo que aparentemente se condensaban en una estrella central. Buffon desarrolló estas ideas, no obstante, al igual que había ocurrido con Descartes antes que él, buscó conciliarlas con las de la Iglesia y, así, propuso que la tierra había empezado siendo muy caliente, pero que progresivamente se había enfriado en siete etapas (equivalentes a los siete días de la creación del relato bíblico), la última de las cuales había sido testigo de la aparición del hombre.
Lentamente, la idea de que la Tierra misma cambiaba con el paso del tiempo fue afianzándose. El principal problema era explicar cómo podía haber en tierra firme rocas sedimentarias, que son el resultado de la deposición de materiales transportados por el agua. Había sólo dos repuestas posibles: o bien el nivel de los mares había descendido, o bien la tierra era la que había subido. La hipótesis de que todas las rocas sedimentarias se habían formado en el suelo de un vasto océano que luego había desaparecido recibió el nombre de neptunismo, en alusión al dios romanos del mar. La teoría alternativa se conocería como vulcanismo, en alusión al dios del fuego. El geólogo más influyente del siglo XVIII, Abraham Gottlob Werner, el padre del neptunismo. Werner propuso que la formación de las rocas podía explicarse partiendo del supuesto de que la tierra, al enfriarse, tenía una superficie desigual y que las aguas se retiraron a diferentes ritmos en diferentes áreas. Las rocas primarias serían las que primero quedaron expuestas. Luego, dando por sentado que el descenso de las aguas había sido lo suficientemente lento, estas rocas primarias se habrían erosionado, sus sedimentos habrían llegado al gran océano y más tarde habrían quedado expuestos en forma de rocas secundarias al darse un nuevo retroceso de las aguas, en un proceso que se habría repetido varias veces. De esta manera, se habrían formado los distintos tipos de rocas en una sucesión que abarcaba cinco etapas. La primera habría producido rocas primitivas (granito, gneis, pórfido), que se habrían cristalizado durante el Diluvio; las últimas rocas, las cuales no se formaron hasta que las aguas del Diluvio retrocedieron por completo, se habían producido debido a la actividad volcánica como, por ejemplo, las lavas y la toba volcánica. El hecho de que esta teoría de Werner encajara tan bien con el relato del Diluvio del Antiguo Testamento contribuyó a popularizarla en toda Europa, dando origen a la "geología bíblica". La coherencia de esta teoría era innegable, pero contenía varios inconvenientes: no conseguía explicar por qué algunos tipos de roca se encontraban con frecuencia situados bajo otras rocas más antiguas, y tampoco explicaba qué había pasado con la ingente magnitud del agua necesaria para diluir toda la corteza terrestre: ¿a dónde había ido tras el Diluvio, cuando retrocedió?
El neptunismo experimentaría un giro significativo en 1811 con la publicación de Recherches sur les ossements fossiles (Investigaciones sobre los huesos fósiles) del naturalista francés Georges Cuvier. La obra proponía un neptunismo renovado y actualizado que fue del gusto del público. Cuvier sostenía que a lo largo de la historia del planeta no había ocurrido uno sino varios cataclismos, incluidos los diluvios. Observando a su alrededor, a la manera de Hutton, Cuvier había llegado a la conclusión de que, para que los mamuts y otros vertebrados de tamaño considerable hubieran quedado por completo encerrados en hielo en las regiones montañosas, los cataclismos a los que había estado sometido el planeta tenían que haber sido en realidad bastante repentinos. Respaldaba esta idea el que, en su opinión, para que las montañas se hubieran alzado del lecho oceánico se requería, por definición, de cataclismos de una violencia inimaginable, una violencia que, precisamente, era capaz de exterminar especies enteras y, quizá, formas primitivas de la humanidad. Sin embargo, las indagaciones de Cuvier no eran del todo coherentes con el relato bíblico. Él también observó (y esto también fue importante) que, en las rocas, los fósiles encontrados a mayor profundidad eran más diferentes de las formas de vida actuales que aquellos situados en capas menos profundas y, además, que los fósiles aparecían en un orden coherente en todo el mundo. Este orden era: peces, anfibios, reptiles y mamíferos. Esto llevó a Cuvier a sostener que cuanto más antiguo era un estrato de roca mayor sería la proporción de especies extintas que contenía. Dado que en esa época no se habían hallado aún fósiles humanos, el estudioso francés concluyó que la humanidad debe haber sido creada en algún momento entre la última y la penúltima catástrofe. El hombre había sido creado antes del Diluvio, pero los animales eran aún más viejos.
LA EVOLUCIÓN NO LA INVENTÓ DARWIN
Pero estamos adelantándonos a los hechos. Los descubrimientos de Cuvier o Buckland provocaron un cambio de mentalidad decisivo en Charles Lyell, quien en 1830 publicó el primero de los tres volúmenes de sus Principles of Geology. El argumento de Lyell quedaba expuesto en el subtítulo de la obra: «Un intento de explicar los cambios experimentados por la superficie terrestre en el pasado de acuerdo con causas todavía operantes».
Las ideas de Lyell se inspiraban en los estudios de Georges Scrope, un geólogo francés que había demostrado, a partir de su trabajo en el macizo Central en Francia, que los ríos creaban sus propios valles en un lapso de incontables siglos. Los Principles fueron una obra de síntesis, antes que una investigación original. Lyell aclaraba e interpretaba materiales ya publicados que respaldaban dos conclusiones. La primera, que las principales características geológicas de la tierra podían explicarse como resultado de procesos exactamente iguales a los que podían observarse en el presente (en una reseña del libro alguien empleó el término uniformismo, que terminaría imponiéndose). El segundo, refutar la idea de que un gran diluvio era el causante de las características de la tierra que observamos a nuestro alrededor. Lyell daba mucho valor a los trabajos de Scrope, y respaldó su idea de que los ríos creaban sus propios valles y que la delicada sinuosidad de los lechos fluviales no podía ser el resultado de acontecimientos violentos y, todavía menos, de catástrofes. En el terreno religioso, Lyell adoptó una postura de sentido común al sostener que era improbable que Dios actuara en contra de las leyes de la naturaleza para provocar una serie de grandes cataclismos. En lugar de ello, Lyell proponía que si se asumía que el tiempo se extendía lo suficientemente lejos hacia el pasado. No faltaban pruebas de que los volcanes habían estado erupcionando de forma regular a lo largo de la historia y esto no tenía ninguna relación con diluvios o grandes cataclismos. Y mediante el estudio comparado de los hallazgos de la estratigrafía, la paleontología y la geografía física, identificó tres épocas diferentes, cada una con sus formas de vida características. Éstas recibirían luego el nombre de plioceno, mioceno y eoceno, la última de las cuales se remontaba a hace aproximadamente cincuenta y cinco millones de años, muy lejos del marco temporal que ofrecía el Antiguo Testamento.
No obstante todo lo anterior, hubo varios intentos desesperados por conciliar el relato bíblico con la avalancha de descubrimientos científicos. Todos ellos culminaron en una serie de trabajos conocidos como los tratados de Bridgewater. Esta extraña serie de obras (para el lector moderno, aburridísima) fue encargada por el testamento del reverendo Francis Henry Egerton, octavo conde Bridgewater, un clérigo noble que siempre descuidó su parroquia y que murió en 1829. Lord Bridgewater dejó a sus albaceas, el arzobispo de Canterbury, el obispo de Londres y el presidente de la Royal Society, la tarea de seleccionar a ocho autores científicos, cada uno perteneciente a una de las principales ramas de las ciencias naturales, que estuvieran en condiciones de demostrar "el Poder, la Sabiduría y la Bondad de Dios, tal y como se manifestaban en la Creación; e ilustrar su obra con toda clase de argumentos razonables, como, por ejemplo, la variedad y formación de las criaturas de Dios en los reinos animal, vegetal y mineral". Entre los ocho autores elegidos se encontraban clérigos, físicos y geólogos. Ninguno de ellos aportó nada al debate, pero la existencia misma de sus obras demuestra lo lejos que estaban dispuestos a llegar algunos para mantener a la ciencia en su lugar.
La definitiva respuesta a los tratados de Bridgewater provino del descubrimiento de la gran Edad de Hielo por Louis Agassiz, un geólogo suizo que, más tarde, en 1847, sería invitado a Harvard por su trabajo sobre la glaciación. La idea original de una gran Edad de Hielo no era suya: en 1795 James Hutton, en uno de sus inusuales momentos de especulación, había propuesto la posibilidad de que algunas extrañas rocas «erráticas» cerca de Ginebra hubieran sido transportadas y dejadas allí por glaciares que luego habían retrocedido. Fue Agassiz quien reunió y recopiló la inmensa masa de datos que permitió resolver la cuestión más allá de toda duda. Agassiz hizo por la Edad de Hielo lo que Lyell había hecho por la antigüedad de la tierra. A través del estudio de los glaciares actuales (que no escaseaban en los Alpes suizos), Agassiz llegó a la conclusión de que buena parte de Europa septentrional había estado sepultada bajo una gran capa de hielo, en ciertos lugares de hasta tres kilómetros de grosor. Esta conclusión se fundaba principalmente en tres tipos de pruebas que pueden apreciarse en los bordes de los glaciares incluso hoy: los «erráticos», la morrena y el till. Los «erráticos» son enormes rocas, como las que Hutton había observado cerca de Ginebra, cuya constitución es muy diferente de todas las demás rocas del paisaje que las rodea. A medida que el hielo avanzaba, empujaba estas piedras y, cuando la tierra volvía a calentarse y el hielo retrocedía, los «erráticos» quedaban en un entorno «extranjero». Por ello los geólogos podían encontrarse de repente con una gigantesca roca de, por ejemplo, granito, en un área compuesta fundamentalmente de piedra caliza. Ahora bien, mientras los primeros geólogos pensaban que lo que explicaba este tipo de fenómenos era el Diluvio, Agassiz mostró que éstos eran un efecto del hielo. El till es una forma de acarreo formada por el hielo a medida que éste se expande por la superficie de la tierra actuando como una gigantesca hoja de papel de lija. El till, de hecho, proporciona gran cantidad de grava para la industria de la construcción moderna. La morrena son montículos de till que se desarrollan en los límites de los glaciares y pueden llegar a ser bastante grandes: la mayor parte de Long Island, en el estado de Nueva York, es una morrena que tiene más de ciento setenta kilómetros de un extremo a otro. Agassiz y otros investigadores concluyeron que la Edad de Hielo más reciente había empezado hace ciento treinta mil años, había alcanzado su punto álgido hace veinte mil y había terminado con rapidez hace doce mil o diez mil años. Con el tiempo estos cálculos resultarían ser extremadamente significativos, ya que coincidieron con las primeras pruebas sobre los comienzos de la agricultura. Esto resultaba coherente tanto en términos cronológicos como de evolución cultural.
Originalmente, el término «evolución» se empleaba en biología para designar el crecimiento del embrión. La palabra latina original significaba desenrollar, desplegar. Más allá de este uso, se empleaban términos como desarrollo para referirse a la idea de que organismos más simples daban origen a organismos más complejos (cómo ocurría esto, era algo que estaba aún por aclararse). La cuestión de si esta progresión incluía o no al hombre dividía a los expertos. También se usaba la palabra evolución en un sentido cultural, de desarrollo de sociedades humanas desde un estado primitivo a formas de civilización más avanzadas. Jean- Baptiste de Monet, chevalier de Lamarck (1744-1829) fue uno de los más destacados defensores del progresionismo. Muchas veces se la ha calificado como cretino y bellaco. Pero fue él quien advirtió que algunas especies fósiles eran similares a criaturas todavía existentes, y así fue cómo concibió la idea de que algunos linajes fósiles podían no haberse extinguido sino cambiado, en respuesta a modificaciones en las condiciones de vida en la tierra, y por tanto seguían viviendo en una forma corregida que no se podía reconocer. Ésta es una noción predarwiniana de adaptación al medio. Lamarck estaba convencido de la gran antigüedad del planeta y de que las formas de vida habían cambiado continuamente a lo largo de amplios períodos de tiempo. Además, consideraba al hombre como el producto final de esta progresión. La idea de evolución de Lamarck era doble: creía que la naturaleza obedecía a un principio de complejidad creciente y pensaba que los órganos de una criatura se desarrollan mejor cuanto más se los utilizaba y que estas características fortalecidas (o adquiridas) pasaban a posteriores generaciones.
Por todos estos factores, y algunos más, suele sostenerse que a mediados del siglo XIX había algo en el aire que contribuyó al surgimiento de lo que Darwin denominaría selección natural. La idea de una lucha por la existencia ya había sido planteada en 1797 por Malthus, quien había afirmado que cada tribu de la historia habría competido por los recursos y que las menos exitosas se habían extinguido. Hoy sabemos que, además de Malthus, Darwin supo aprovechar la lectura de las obras de Adam Smith y de otros economistas políticos. En el siglo XIX, por tanto, la idea del conflicto y la competencia desempeñaban un papel importante. Para entonces ya era difícil contradecir las pruebas proporcionadas por los registros fósiles y geológicos. Las rocas más antiguas [de hace seiscientos millones de años] sólo ofrecían restos de invertebrados, mientras que los primeros peces no aparecían hasta el período silúrico [hace 440-410 millones de años]. El mesozoico [hace 250-265 millones de años] estuvo dominado por los reptiles, incluidos los dinosaurios. Aunque presentes ya en el mesozoico en pequeñas cantidades, los mamíferos no se volverían dominantes hasta el cenozoico [desde hace sesenta y cinco millones de años hasta nuestros días], cuando gradualmente fueron progresando hasta convertirse en las criaturas más avanzadas de la actualidad, incluida la especie humana (las fechas anotadas entre corchetes no corresponden a las aceptadas en el siglo XIX). A los hombres de esa época les resultaba difícil no ver en esta progresión una especie de finalidad, e identificaban en ella un desarrollo que conducía, a través de distintas etapas, a los humanos, lo que revelaba un plan divino.
Un último elemento de ese "algo en el aire" lo constituye la obra de Alfred Russel Wallace. Durante muchos años se aceptó que el artículo que envió a Darwin en 1858, "Sobre la tendencia de las variedades a alejarse indefinidamente del tipo original", contenía una clara exposición de la selección natural, por lo que éste se vio forzado a apresurar la publicación de su propio libro, El origen de las especies. Por ese motivo algunos académicos han sostenido que a Wallace nunca se le dio el reconocimiento que merecía e incluso han insinuado que Darwin y sus seguidores de forma deliberada procuraron mantenerlo apartado del primer plano. Sin embargo, estudios más recientes han mostrado que una lectura atenta del trabajo de Wallace revela que su idea de selección natural no era exactamente igual que la de Darwin, y que como recurso explicativo tenía mucha menos fuerza. En particular, Wallace no subrayaba la competencia entre individuos sino entre los individuos y el entorno. Para Wallace, los individuos menos aptos, esto es, aquéllos menos adaptados a su entorno, eran eliminados, en especial cuando ese entorno experimentaba grandes cambios. Desde este punto de vista, cada individuo compite contra el entorno y el destino de cada individuo es independiente del de los demás. Esta diferencia es fundamental y explica por qué Wallace no pareció haberse resentido por el hecho de que Darwin hubiera publicado su libro al año siguiente de haberle enviado su ensayo.
El origen de las especies apareció en 1859 y explicaba, como ninguna otra lo había hecho hasta entonces, un nuevo mecanismo de cambio en el mundo biológico. Explicaba cómo una especie daba lugar a otra. Suponía no solo el reemplazo de una teoría científica (la de las especies inmutables) por una nueva, sino por una que obligaba a repensar por completo el concepto que el hombre tenía del mundo y de sí mismo, rechazando algunas de las creencias más difundidas y más queridas del hombre occidental. La idea más destacada y brillante de Darwin fue su teoría de la selección natural (no la de la evolución, que ya existía), que constituía la columna vertebral de su libro (el título completo de la obra era Sobre el origen de las especies por medio de la selección natural, o la preservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida). Todos los individuos de cualquier especie son diferentes entre sí y aquéllos más aptos tienen mayores probabilidades de reproducirse y convertirse en los padres de la nueva generación. De este modo, resultan favorecidas aquellas variaciones accidentales que contribuyen a hacer a los individuos más aptos. Esta teoría no tenía necesidad de ningún plan divino: describía un proceso muy parsimonioso y que podía observarse en todos lados.
Las ideas de Darwin fueron madurando desde finales de la década de 1830, tras su famoso viaje a bordo del Beagle. El tiempo pasado en Suramérica, en particular en las islas Galápagos, le había enseñado a pensar en términos de poblaciones más que de individuos, a medida que estudiaba las variaciones de una isla a otra. Se había familiarizado con el ñandú, un ave corredora, en su viaje por las amplias pampas de la Patagonia, y había comido la carne de distintas variedades de este animal durante su recorrido. Darwin advirtió que, en los límites del territorio ocupado por dos poblaciones había una lucha por la supremacía. Y empezó a preguntarse por qué había especies emparentadas en continentes e islas diferentes: ¿era posible que el Creador hubiera visitado cada lugar para realizar estos finos ajustes? El estudio de los percebes le permitió conocer la enorme variedad que podía haber dentro de una especie, y todas estas observaciones e inferencias poco a poco fueron encajando unas con otras.
Las teorías de Darwin conllevaban implicaciones filosóficas de gran relieve: reemplazaban la idea de un mundo estático por la de un mundo en evolución; demostraban lo inverosímil que era el creacionismo; refutaban la teología cósmica, esto es, la idea de que el universo tenía un propósito; acababan con cualquier justificación de antropocentrismo absoluto; explicaban el "diseño" del mundo en términos de procesos materiales; y reemplazaban el esencialismo (individuos) por el pensamiento poblacional.
El mismo Darwin era consciente de que su teoría de la selección natural era el aspecto más polémico de su exposición. A finales del siglo XIX la teoría de la evolución ya gozaba de una amplia aceptación, pero en cambio la idea de la selección natural tendía a ignorarse, y esto era significativo, pues permitía a la gente dar por sentado que la evolución tenía algún propósito. Desde esta perspectiva, la evolución no era la amenaza a la religión que muchas veces se nos ha hecho creer. Mucha gente pensaba simplemente que las implicaciones de El origen de las especies eran inmorales, sin más, y continuaron creyendo que era evidente que el mundo estaba bien ordenado (una prueba de la existencia de Dios) y que la evolución accidental ("sin orden ni concierto") defendida por Darwin no podía producir semejante armonía. Además. ¿Cuál era el propósito darwiniano de la habilidad musical o de la facultad de realizar cálculos matemáticos abstractos? conviene decir que Darwin nunca se sintió del todo contento con la palabra "selección", que debía interpretarse en el sentido de "más apto". La teoría de Darwin ciertamente tenía un punto débil muy importante: no daba cuenta de los mecanismos mediante los cuales las características hereditarias pasaban de una generación a otra. Esos mecanismos fueron descubiertos por el monje Gregor Mendel en Moravia en 1865, pero nadie en tiempos de Darwin advirtió su importancia y, por ese motivo, las ideas de Mendel no serían redescubiertas y puestas nuevamente en circulación hasta 1900. El profundo significado de la genética mendeliana para la idea darwinista de la selección natural no se reconocería hasta la década de 1920.
LA PÉRDIDA DE LA FE EN EL SIGLO XIX
En 1842, Mary Ann Evans —más conocida por su seudónimo masculino, George Eliot— dejó de asistir a la iglesia. No fue un gesto aislado ni repentino, sino una etapa más en un largo proceso de escepticismo que se venía gestando desde su juventud. La lectura de La vida de Jesús, de David Friedrich Strauss, obra que ella misma traduciría al inglés, fue clave. Strauss planteaba con contundencia que los milagros de la fe cristiana probablemente nunca ocurrieron. Poco antes, el poeta Tennyson había experimentado una crisis similar tras leer Principios de geología, de Charles Lyell, al enfrentarse a una visión naturalista de un mundo en constante transformación, donde incluso las especies enteras desaparecían sin intervención divina.
A lo largo del siglo XIX, la pérdida de la fe, o la muerte de Dios, no supuso sólo un cambio emocional sino igualmente una conversión emocional. Ciertos libros y discusiones marcaron la diferencia, pero hubo asimismo un cambio en el clima de opinión general debida a una sucesión de hechos con frecuencia bastante diferentes entre sí. En 1874, Francis Galton, primo de Darwin, hizo circular entre los casi doscientos miembros de la Royal Society un cuestionario en el que se indagaba sobre su filiación religiosa. Las respuestas le parecieron sorprendentes. El 70 por 100 se describían a sí mismos como miembros de iglesias establecidas, y aunque algunos habían anotado que no tenían filiación religiosa, muchos otros eran no conformistas de uno y otro tipo: wesleyanos, católicos o pertenecientes a alguna otra forma de iglesia organizada. En el mismo cuestionario se preguntaba si creían que su educación religiosa había tenido algún efecto disuasorio sobre sus carreras científicas, una cuestión a la que casi el 90 por 100 de los encuestados respondió que "no, en absoluto"». Entre quienes para una fecha tan avanzada como 1874 todavía creían en Dios, se encontraban Michael Faraday, James Joule, James Clerk Maxwell o William Thomson (lord Kelvin). Luego había tantas razones para perder la fe como personas que perdían la fe. Y aunque algunos estaban más convencidos que otros de la muerte de Dios, hubo quienes consiguieron estar al mismo tiempo contra Dios y contra la ciencia.
En el siglo XIX los creyentes tenían que lidiar con cuestiones más arduas que, por ejemplo, las dudas sobre la verdad literal de la Biblia o la inverosimilitud de los milagros. El ateísmo de los filósofos ilustrados franceses fue un factor importante, pero en Gran Bretaña, dos libros minaron más que cualquier otro los cimientos de la fe cristiana. Uno fue la Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano de Edward Gibbon, publicada entre 1776 y 1788. El otro, los Diálogos sobre la religión natural de David Hume, publicados en 1779, tres años después de su muerte. La obra de Gibbon no ofrecía ningún argumento metafísico o teológico destacado, pero resultó fue demoledor con la fe al desvelar, página tras página, lo despreciables que eran no sólo los héroes cristianos, sino también sus ideales más elevados. Gibbon no identifica de forma repetida casos individuales de maldad cristiana, solo su actitud general. Lo que impactó profundamente a sus lectores fue el constante contraste que Gibbon proponía entre la sabiduría evidente de las culturas precristianas y las supersticiones, anacronismos irracionales y barbarie del cristianismo primitivo.
Si para Kant, conceptos como el de Dios o el de Inmortalidad eran imposibles de probar, algo que puede considerarse como el transfondo profundo de la pérdida de la fe que se manifestaría de forma generalizada en el siglo XIX, el historiador Owen Chadwick (1916-2015) señala factores específicos de tipo social e intelectual como el liberalismo, el marxismo, el anticlericalismo y la mentalidad de la clase trabajadora, como baluartes sobre los que se sustenta la pérdida de la fe en dicho periodo. El liberalismo dominó el siglo XIX. Se trataba de un término proteico que, en principio, sólo significaba libre en el sentido de libre de impedimentos. Durante la última etapa de la Reforma, la misma palabra vendría a denotar demasiada libertad y a designar comportamientos licenciosos o anárquicos. Sin embargo, el liberalismo debía mucho al cristianismo. Al dividir a Europa por razones religiosas, la Reforma, llegado el momento, constituyó una invitación a la tolerancia, pero desde cierta perspectiva el cristianismo siempre había defendido la idea de una religión interior por encima de la mera celebración de ritos, y fue esta reverencia por la conciencia individual la que al final resultaría fatal, al debilitar el deseo de la pura conformidad. Lo que había empezado siendo libertad de tolerancia se convirtió en amor de la libertad por sí misma, y en la idea de la libertad como derecho (ésta fue una contribución de John Locke, y una de las razones manifiestas que animaron la Revolución Francesa). Todo ello no se consolidó en Europa occidental hasta el período comprendido entre 1860 y 1890. Chadwick aduce que su desarrollo se debió, principalmente, a John Stuart Mill, que publicó su ensayo Sobre la libertad en 1859, el mismo año en que apareció El origen de las especies de Darwin. La reflexión de Mill sobre la libertad, sin embargo, planteaba un nuevo problema: la tiranía de la mayoría sobre el individuo o la minoría, y la coerción intelectual que implicaba. Mill advertía a su alrededor que el pueblo (la chusma) estaba llegando al poder y que podría negar a otros el derecho a mantener una opinión diferente a la suya. Según Mill, la única razón por la que es posible ejercer legítimamente el poder sobre cualquier miembro de una comunidad civilizada en contra de su voluntad es impedir que éste dañe a otros. Su propio bien no es motivo suficiente para ello. Este matiz era muy importante porque implicaba que un hombre libre tiene el derecho de ser persuadido y convencido.
Chadwick anota que la sociedad inglesa se volvió secular entre 1860 y 1880. Esto se refleja en las novelas escritas en la época, que reflejan hábitos de lecturas y conversaciones del individuo medio, y en las que se aprecia una creciente disposición de las personas devotas a relacionarse y forjar amistades con personas que no lo eran, pero a las que se valora por su sinceridad en lugar de condenarlas por su falta de fe. La prensa contribuyó a avivar y polarizar las batallas intelectuales dotándolas de mayor pasión, consiguiendo que muchos ciudadanos se convirtieran en sujetos políticos al estar mejor informados. Fue, por tanto, una fuerza secularizadora, y reemplazó a la religión por la política como principal preocupación intelectual de la gente común. El periodismo como profesión quedó establecido más o menos por la misma época en la que los maestros empezaron a formar un cuerpo independiente del clero.
A medida que el nivel de alfabetización aumentaba y el periodismo respondía en consecuencia, las ideas acerca de la libertad experimentaron un nuevo giro. Se descubrió que la libertad individual, en el sentido que se le daba en economía o en cuestiones relativas a la conciencia o la opinión, no era lo mismo que libertad política o psicológica. A través de los periódicos, la gente empezó a comprender mejor que nunca que el desarrollo industrial, por sí solo, únicamente había ayudado a ampliar la brecha que separaba a ricos y pobres. Esto provocó un profundo cambio en las mentes liberales y, de hecho, empezó a modificar el significado mismo del liberalismo, lo que, según Chadwick, marcó el comienzo de lo que podríamos denominar pensamiento colectivista, cuando la gente empezó a sostener cada vez con más fuerza que el gobierno debía intervenir para mejorar el bienestar general. Fue esta nueva forma de pensar lo que hizo que el marxismo resultase más atractivo, y también su idea fundamental de que la religión era básicamente falsa, que se convirtió en otro factor más del proceso de secularización.
EL SIGLO DE LA SECULARIZACIÓN DEFINITIVA
Para Marx, la popularidad de la religión se justificaba en que resultaba un síntoma más de la enfermedad de la vida social. Ayuda a los pacientes a soportar lo que de otro modo resultaría insoportable, dejó escrito. La sociedad capitalista necesitaba la religión para mantener a las masas en su lugar, ya que al ofrecerles algo en la otra vida, conseguía que aceptaran con mayor facilidad la suerte que les había correspondido en ésta. El cristianismo (como la mayoría de las religiones) aceptaba las divisiones existentes en la sociedad, consolaba a los desposeídos con la idea de que sus desgracias eran o bien el justo castigo por sus pecados o una especie de prueba que ennoblecería y elevaría sus espíritus en el más allá. Al ofrecer una vida secular alternativa, el marxismo dio origen a la vinculación definitiva entre socialismo y ateísmo, politizando la religión.
Pero Marx, por supuesto, no estaba solo. En La condición de las clases trabajadoras en Inglaterra en 1844, Engels informaba de una indiferencia total hacia la religión casi universal, a lo sumo algún rastro de deísmo poco desarrollado para ser algo más que meras palabras. Los ateos absolutos nunca habían sido muy comunes pero, hacia mediados de la década de 1850, se fundaron a lo largo de Gran Bretaña las primeras sociedades seculares. Paradójicamente, estos grupos tenían una vena puritana y muchos de ellos estaban ligados al movimiento en contra del consumo de alcohol. Este proceso tuvo su punto culminante hacia 1883-1885, cuando se permitió que los ateos ocuparan escaños en el Parlamento. Otro factor de carácter general que contribuyó a crear un mundo más secular fue la urbanización de Europa. Las estadísticas de Alemania y Francia muestran un descenso constante de la asistencia a las iglesias, más pronunciado en las grandes ciudades, y en paralelo al descenso en el número de sacerdotes ordenados. Por ejemplo, la población de París aumentaría en un un 100% entre los años 1861 y 1905, mientras el número de parroquias sólo lo hizo en un 33% y, el de sacerdotes, en un 30%.
Las creencias de George Eliot, como hemos visto, se vieron afectadas por el libro de David Strauss sobre La vida de Jesús, pero su caso no fue típico. Una reacción común fue la de los suizos, cuyas amenazas de disturbios provocaron que Strauss fuera liberado de su cátedra antes incluso de haberla ocupado. La mayoría de los libros del siglo XIX que hoy consideramos importantes por haber contribuido al declive de las creencias religiosas, no ejercieron una influencia directa sobre las masas de personas. El público no leía a Lyell, Strauss o Darwin. Pero sí leían a los divulgadores de sus teorías, como Karl Vogt (Darwin), Jakob Moleschott (Strauss) o Ludwig Büchner (Lyell). Tenían lectores porque eran autores dispuestos a ir más allá de Darwin o Lyell. El origen de las especies o los Principios de geología no atacaban la religión por sí mismos. Las ideas problemáticas estaban en ellos, pero fueron los divulgadores quienes interpretaron estas obras y explicaron con detalle sus implicaciones a una audiencia más amplia. Fueron, por tanto, los popularizadores quienes alertaron a las clases medias victorianas de que había formas alternativas de explicar por qué el mundo era como era. No afirmaban que toda la religión estuviera equivocada, pero planteaban serias dudas sobre la exactitud, veracidad y verosimilitud de los hechos narrados en la Biblia, por ejemplo.
El más destacado de todos ellos fue, sin duda, el alemán Ernst Haeckel, quien en 1862, sólo tres años después de la aparición de El origen de las especies, publicó una Historia natural de la creación. Él fue quien acuñó el término ecología para referirse al estudio de la interacción entre los organismos vivos -animales y plantas- y su ambiente -los seres inorgánicos-. La obra mencionada, una interesante polémica en favor de Darwin que explicaba con gran claridad sus implicaciones, tuvo nueve ediciones y fue traducida a doce lenguas. En su época, Haeckel llegó a ser igual de famoso que Darwin, pero mucho más leído: la gente acudía en tropel a escuchar sus conferencias. Otro popularizador notable fue Ernest Renan, que hizo por Strauss lo que Haeckel por Darwin. Destinado al sacerdocio, Renan perdió la fe y dedicó varios libros a manifestar sus nuevas convicciones, siendo el más influyente su Vida de Jesús (1863). Aunque sostuvo diferentes cosas en diferentes momentos, al parecer lo que acabó con la fe de Renan fueron sus estudios de historia. Su libro sobre Jesús causó un efecto similar en muchos otros autores y su influencia se debió, muy probablemente, tanto al exquisito francés de su autor como al hecho de que se ocupaba de Jesús en tanto figura histórica. La obra negaba que realizase actos sobrenaturales y presentaba de forma clara las investigaciones académicas que planteaban dudas sobre su divinidad, mostrando a Jesús desde una perspectiva amable como una cumbre de la humanidad, cuyo espíritu y enseñanzas morales habían cambiado el mundo. Es muy probable que la evidente simpatía que Renan sentía por la figura de Jesús hiciera más aceptables los defectos que la obra identificaba en el relato bíblico. Pero además, el libro acababa con la necesidad de las iglesias, los credos, los sacramentos y los dogmas. Al igual que Comte, Renan pensaba que el positivismo podía servir de base a una nueva fe. Uno de sus argumentos centrales era que Jesús fue un líder moral, un gran hombre, pero en ningún sentido un ser divino: la religión tal y como existía en el siglo XIX no tenía ninguna relación con él. La forma de religión propuesta por Renan era una especie de humanismo ético que resultaba aceptable para muchas personas educadas.
Otro elemento de la secularización del siglo XIX se relaciona con la revisión del dogma como afirmación de creencias o doctrinas, es decir, con un sentido positivo. Si bien la jerarquía católica tenía mucha experiencia enfrentándose a dogmas heréticos, se vio sobrepasada por los ataques directos a la noción misma de dogma. Los métodos de las ciencias positivas se convertían en una alternativa válida a las verdades reveladas de la religión. No resultó difícil que la jerarquía católica reaccionase con mala gana y formas poco generosas. En Gran Bretaña, en mayo de 1864, un editorial del Saturday Review criticó la terquedad e incapacidad de la Curia romana para aceptar los avances de la ciencia moderna, en particular los descubrimientos de Galileo, que para entonces tenían ya centenares de años. De esta forma, clericalismo se convirtió en sinónimo de oscurantismo y obstruccionismo, y la acusación fue más allá de la Iglesia católica romana y se amplió a todas las iglesias que se oponían al pensamiento moderno, incluido el político.
En 1848, el año de la revolución en toda Europa, los italianos emprendieron su guerra de liberación contra Austria, lo que puso al papa Pío IX en una posición poco envidiable: ¿de parte de quién se pondría el Vaticano dado que tanto Italia como Austria eran hijos de la Iglesia? A finales de abril de ese mismo año, Pío IX declaró que, como pastor supremo de la Iglesia, no podía declarar la guerra a ningún correligionario. Para muchos nacionalistas italianos esto fue demasiado y se volvieron contra el Vaticano: era la primera vez que el anticlericalismo se manifestaba en Italia. En Francia el anticlericalismo puso patas arriba la religión establecida. Además de los ataques intelectuales a la autoridad de la Iglesia —Strauss, Darwin, Renan, Haeckel—, en Francia los clérigos católicos fueron expulsados sistemáticamente de todas las instituciones de educación superior, lo que implicó que, con el paso del tiempo, el acceso de la Iglesia a las mentes de los jóvenes fuese cada vez menor. La Iglesia francesa estaba pagando el hecho de que, en el siglo XVIII, una enorme mayoría de los obispos del país proviniesen de la aristocracia. Diezmada por la Revolución, el Papa se vio forzado a anatematizar a toda la jerarquía galicana y se negó a consagrar a nuevos obispos. La Iglesia francesa cortó sus lazos con Roma durante un tiempo, pero esto sirvió muy poco para reducir el sentimiento anticlerical en el país, dado que para gran parte de la gente común Roma estaba más lejos de lo que había estado nunca.
Pío IX era liberal (fue elegido a los cincuenta y cinco años, una edad relativamente joven para un Papa), pero los acontecimientos de 1848 lo cambiaron, al igual que al resto de italianos. Pío dio carta blanca a un triunvirato de cardenales para que restaurara el gobierno absoluto en Roma. Sin embargo, como esta decisión se tomaba en un contexto político en el que los poderes tradicionales estaban perdiendo autoridad (ejemplos de ello eran la guerra de independencia italiana contra Austria y la unificación de Alemania), solo consiguió suscitar nuevas oleadas de anticlericalismo. En 1857, Gustave Flaubert retrató en Madame Bovary a un pueblo que la mayor parte del tiempo era anticlerical, aunque se bautizara a los niños y los sacerdotes continuaran aplicando la extremaunción a los moribundos. Estaba claro que, en Francia, la indiferencia hacia la religión había estado creciendo entre la gente común: el mismo fenómeno que Engels había advertido en Inglaterra una década antes. El anticlericalismo llegó a su apogeo en Francia en las últimas décadas del siglo con la secularización de las escuelas. Perder las escuelas fue, para el Vaticano, el golpe definitivo a su influencia en el país y la razón por la que, hacia mediados de la década de 1870, se crearon por toda Europa universidades católicas, en un desesperado intento de recuperar el terreno perdido. Pero esto sólo creó un nuevo campo de batalla en el que sacerdotes y maestros de escuela se enfrentaban entre sí. Los maestros, liderados por el ministro de Educación de la Tercera República, Jules Ferry, resultaron vencedores. Al igual que Comte, Ferry estaba convencido de que las eras teológica y metafísica eran cosa del pasado y que las ciencias positivas debían ser la base del nuevo orden. Despidió a más de cien mil docentes religiosos de sus puestos y el Vaticano respondió fundando institutos católicos en París, Lyón, Lille, Angers y Toulouse. Cada uno de ellos disponía de una facultad de teología, independiente de las universidades estatales, cuya tarea era desarrollar sus propias investigaciones para contrarrestar lo que estaba ocurriendo en los ámbitos de la ciencia y de la historiografía bíblica. Con ello, el Vaticano definió la ortodoxia católica dentro de los límites de la teología escolástica, con lo que proporcionaba una respuesta lógica y sistemática a las cuestiones planteadas por los estudios modernos. Asimismo, elaboró las doctrinas de la autoridad papal y del magisterium (la autoridad de la Iglesia en materia de dogma y moral) y afirmó que únicamente la Iglesia y sus líderes eran los herederos de la autoridad de los apóstoles de Jesús en cuestiones religiosas. De forma gradual, la Iglesia empezó a referirse a una nueva era de herejía, cuya identificación corrió a cargo principalmente de la prensa católica conservadora. Con este enfoque, el Vaticano cometió un error fatal, el de caracterizar a sus críticos como un grupo de conspiradores que pretendían minar a la jerarquía eclesiástica. Sin embargo, el verdadero enemigo del Vaticano era la naturaleza misma de su autoridad en aquel nuevo clima intelectual. El papado insistió una y otra vez en que detentaba una autoridad tradicional e histórica debido a la sucesión apostólica, idea que se llevó al extremo con la doctrina de la infalibilidad papal, expuesta por primera vez en el concilio Vaticano Primero en 1870. En una época en la que estaban surgiendo democracias y repúblicas por todo el mundo, el Vaticano pretendió resucitar las medievales teorías de gobierno monárquicas, tanto dentro como fuera de la Iglesia. De hecho, en su encíclica Quanto conficiamur, Pío IX se remontó a Unam sanctam, la bula papal emitida por Bonifacio VIII en 1302, con la que buscaba resucitar la noción medieval de la supremacía absoluta del papado. En Testem benevolentiae, por su parte, León XIII descartó cualquier posibilidad de democratizar la Iglesia con el argumento de que la autoridad absoluta era la única salvaguardia eficaz contra la herejía.
Fue en estas circunstancias como el anticlericalismo ganó fuerza en Italia y define el contexto en el qe Pío IX convocó el primer concilio general celebrado en el Vaticano, que dio lugar a dos declaraciones famosas: la primera, que la Iglesia de Cristo no es una comunidad de iguales en la que todos los fieles tienen los mismos derechos porque, a algunos, se les había otorgado el poder de Dios para santificar, enseñar y gobernar; la segunda, la más conocida, decía que "es dogma revelado por Dios que el Romano Pontífice, cuando habla ex cathedra (...) posee (...) infalibilidad". Estas son las circunstancias en que la infalibilidad del Papa se convirtió en artículo de fe para todos los católicos. Explica también por qué, en 1879, León XIII sumó a la infalibilidad papal la idea de que santo Tomás de Aquino había de ser el guía dominante del pensamiento católico moderno (encíclica Aeterni Patris), lo que suponía retroceder al pensamiento propio de la Edad Media, anterior a la Ilustración, la Reforma y el Renacimiento. La teología escolástica había sido un ejercicio especulativo precientífico, puramente intelectual, y aunque destacaba como intento de conciliar el cristianismo con otras formas de pensamiento, sus conclusiones eran notables más por su ingenio que por su veracidad. El resultado de este retorno al pasado fue que el pensamiento católico volvió a ser un sistema circular, cerrado y autorreferencial, a cargo principalmente de los teólogos jesuitas. Los más influyentes fueron los tomistas (entre los que destacaba Perugia Gioachino Pecci, quien se convertiría en León XIII) que se oponían de manera implacable a los desarrollos del pensamiento moderno. Las ideas modernas, insistían, debían rechazarse sin excepción.
La principal característica del neotomismo era su oposición a cualquier idea de evolución y cambio. Dirigió su mirada al pasado, más allá del siglo XII, a Aristóteles, para afirmar la idea de verdades intemporales defendida por el escolasticismo. Después de Aeterni Patris se ordenó a los obispos nombrar como maestros y sacerdotes sólo a quienes se hubieran formado en "la sabiduría de santo Tomás". De ese modo se mostraba que, cuando las nuevas ciencias entraban en conflicto con la fe, eran ellas las que se equivocaban. Más aún. En 1893, León XIII dio a conocer la encíclica Providentissimus Deus con el propósito de contener las nuevas investigaciones relativas a la Biblia. Más de treinta años después de la publicación de El origen de las especies y casi sesenta desde la aparición de las obras de Strauss y Lyell, el papa declaraba en ella que era imposible alcanzar una comprensión provechosa de las Sagradas Escrituras por medio de la ciencia terrenal. La sabiduría, decía el texto, venía de lo alto y -por supuesto- el papa era infalible. Una forma de acallar el debate sobre la veracidad de la Biblia fue la Comisión Bíblica, nombrada por León XIII en 1902. En una carta apostólica titulada Vigilantiae, el papa anunció que la tarea de la comisión de estudiosos sería la de interpretar el texto divino de acuerdo con "las exigencias de nuestra época". El dilema al que se enfrentaba el Vaticano a finales del siglo XIX — el siglo de Lyell, Darwin, Strauss, Comte, Marx, Spencer, Quetelet, Maxwell y tantos otros pensadores y científicos— era que la estrategia destinada a mantener en la Iglesia a quienes todavía conservaban la fe nunca resultaría aceptable para aquellos que ya habían dejado el rebaño y que la única alternativa posible era la contención. En 1903 Pío X se convirtió en papa convencido de que el número de los enemigos de la cruz de Cristo se había multiplicado excesivamente en tiempos recientes, y se impuso la tarea de continuar la lucha de su predecesor contra el modernismo.
Para 1907, las ciencias estaban realizando descubrimientos a gran velocidad: el electrón, el cuanto, el inconsciente y, quizá el más destacado de todos en ese momento, el gen, que permitía explicar por fin cómo operaba la selección natural propuesta por Darwin. Sin embargo, más allá de la Iglesia católica, eran pocos los que prestaban atención a las palabras del papa. Mientras el Vaticano peleaba con su propia crisis moderna, los movimientos artísticos vanguardistas, conocidos como modernismo, marcaban la llegada de una sensibilidad nueva. Como Nietzsche había predicho, la muerte de Dios desencadenó fuerzas nuevas: "El cristianismo resolvió que el mundo era malo y feo, y lo hizo malo y feo". Algunas de estas fuerzas serían el socialismo de corte marxista y una psicología supuestamente científica que tenía su propia versión del alma: el freudismo.
EL HUMANISMO MUSULMÁN EN EL SIGLO XIX
La guerra de Crimea en la década de 1850 fue un conflicto crucial porque, por primera vez en la historia, se produjo una alianza entre fuerzas cristianas e islámicas, cuando Turquía se unió con Francia e Inglaterra en contra de Rusia. Como resultado, los musulmanes descubrieron que eran muchísimas las cosas que podían aprender de los europeos, no sólo en lo relativo al armamento, tácticas de combate y medicina, sino también en otras esferas de la vida.
Una figura similar a ambos fue la del tunecino Khayr al-din al- Tunisi (1822-1890), que también estudió en París y quien, como ya hiciera Aristóteles en la Grecia clásica, realizó un estudio comparativo de veintiún estados europeos y sus respectivos sistemas políticos. En su opinión, los musulmanes se equivocaban al rechazar los logros de otras culturas simplemente por el hecho de no ser musulmanas y recomendaba que el mundo islámico se apropiara de lo mejor que Europa tenía que ofrecer.
En total, en este período surgieron más de cincuenta pensadores de primer orden en el mundo islámico partidarios de la modernización del islam, con figuras eminentes -aparte de los ya mencionados- como Qasim Amin en Egipto, Mahmud Tarzi en Afganistán, Sayyid Khan en la India, Achmad Dachlan en Java y Wang Jingshai en China. No obstante, los tres modernistas islámicos de más influencia fueron: el iraní Sayyid Jamal al-Din al-Afghani (1838-1897), el egipcio Muhammad Abduh (1849-1905), y Muhammad Rashid Rida (1865-1935), quien nació en el Líbano, pero pasó la mayor parte de su vida adulta en Egipto; todos ellos merecerían ser mejor conocidos en Occidente.
El principal mensaje de Al-Afghani era que el éxito de Europa se debía básicamente a dos cosas, su ciencia y sus leyes, y sostenía que ambas tenían su origen en la Grecia y la India antiguas. "La ciencia no conoce fin o límite", decía en 1882, "la ciencia gobierna el mundo. No hubo, hay ni habrá gobernante en el mundo sin ayuda de la ciencia". También dijo: "Los ingleses han llegado a Afganistán, los franceses se han apoderado de Túnez. Pero en realidad esta usurpación, agresión y conquista no han sido logradas por los franceses o los ingleses, sino que es la ciencia la que en todas partes manifiesta su grandeza y poderío". AlAfghani quería que todo el islam reconsiderara su posición. Creía que la mente es el motor del cambio histórico, y afirmaba que el islam necesitaba reformarse. Se burlaba de los ulemas de su época que estudiaban los textos antiguos pero desconocían las causas de la electricidad o los principios de la máquina de vapor. ¿Cómo, se preguntaba, pueden esta clase de personas autodenominarse sabios? Los comparaba a una vela con una mecha muy pequeña incapaz de alumbrar a su alrededor ni de dar luz a otros. Al-Afghani estudió en Francia y Rusia y durante su estancia en París trabó amistad con Ernest Renan. Al-Afghani sostuvo específicamente que la persona religiosa era como el buey sujeto al arado, "sujeto al dogma del que es esclavo", cuyo destino era caminar siempre en el surco que se le había trazado por adelantado. Culpaba al islam de haber puesto fin a la era dorada de Bagdad, consideraba que las escuelas de teología reprimían el avance de la ciencia, y abogaba por una filosofía no dogmática que promoviera la indagación científica.
Muhammad Abduh también estudió en París, donde publicó un famoso diario llamado El vínculo más fuerte, en el que hacía campaña contra el imperialismo pero también a favor de la reforma religiosa. Al regresar a Egipto, se convirtió en un destacado juez y participó en el cuerpo directivo del colegio-mezquita de al-Azhar, uno de los centros de estudio más influyentes del mundo árabe. Era partidario de que las niñas recibieran educación y también de las leyes seculares, más allá de la sharia. El derecho y la política le interesaron especialmente. Defendió la necesidad de una reforma jurídica en Egipto y de disponer leyes más claras y simples, que evitaran lo que consideraba las ambigüedades del Corán. Pensaba que Egipto debía imitar a Francia, que tras la Revolución había conseguido pasar de una monarquía absoluta, luego a una monarquía restringida y finalmente a una república libre. Su deseo era que el derecho civil, acordado por todos de forma lógica, dirigiera la mayor parte de la vida del país. En su sistema jurídico no se menciona al profeta, el islam, las mezquitas o la religión.
Muhammad Rashid Rida asistió en el Líbano a una escuela que combinaba la educación moderna con la religiosa. Hablaba varias lenguas europeas y tenía amplios estudios de ciencias. Tuvo una estrecha relación con Abduh, de quien escribió una biografía. También él tuvo su propio diario, al-Manar (La almenara), en el que difundió sus ideas acerca de la reforma hasta su muerte.
Rida opinaba que estaba en marcha una renovación social, política, cívica y religiosa muy necesaria, que permitiría a la sociedad "ascender por los caminos de la ciencia y el conocimiento".
Advirtió que, aunque los británicos, franceses y alemanes preferían la mayor parte de las veces sus propias formas de pensar y de hacer las cosas, todos ellos también estaban abiertos a influencias extranjeras. Reconocía que había hombres a los que consideraba heréticos pero de quienes le gustaba su forma de pensar y que le habían sido de gran ayuda. Rida -en cierto modo- se parecía un poco a Erasmo. Importante fue el hecho de que Rida sostuviera que la sharia tenía muy poco o nada que decir a propósito de la agricultura, la industria y el comercio, que debían dejarse a la experiencia del pueblo. El estado, sostuvo, consistía precisamente en ello: las ciencias, las artes y las industrias, los sistemas financieros, administrativos y militares. En el islam esto era un deber colectivo y pecado era desatenderlo. La única regla que había siempre que tener en mente era "la necesidad permite lo no permitido".
El logro colectivo del modernismo en el mundo islámico puede resumirse en cinco aspectos.
- El renacimiento cultural. Ésta fue una tentativa de revivir la cultura y las artes islámicas, principalmente teniendo como referencia lo ocurrido en la Ilustración europea. Por ejemplo: la práctica de la hagiografía cambió para convertirse en algo muy parecido a la biografía moderna; se desarrolló una tradición de relatos de viajes en el mundo árabe, que abiertamente manifestaban su maravilla ante la prosperidad de Europa y Norteamérica: las lámparas de gas, los ferrocarriles, los barcos de vapor. En el Líbano empezaron a presentarse las primeras obras de teatro en 1847, con una adaptación de un drama francés; en India se representó una primera pieza en urdu en 1853; y en 1859 se presentó la primera obra en turco. Con el desarrollo de la prensa rotativa, surgió una nueva prensa periódica en el mundo árabe (como ocurrió también en Europa). Los títulos de estas publicaciones son significativos: Libertad, Advertencia, El intérprete. Argelia incluso tuvo un periódico reformista, El crítico.
- El constitucionalismo. En este contexto constitucionalismo significa un gobierno limitado por la ley, lo que hoy denominaríamos separación de poderes, y compuesto por parlamentarios elegidos en lugar de reyes, jeques o líderes tribales. Los constitucionalistas decidieron específicamente despreocuparse de la idea de paraíso, y sostuvieron que lo que importaba en realidad era la equidad aquí en la tierra, en esta vida. Las propuestas constitucionalistas se produjeron, o aprobaron, en Egipto en 1866, en Túnez en 1861, en el Imperio otomano en 1876 y en 1908, en Irán en 1906 y de nuevo en 1909. En Afganistán se suprimió un movimiento de carácter modernista en 1909.
- La ciencia y la educación. En los países musulmanes las ideas de Darwin despertaban gran preocupación debido a que muchos estudios islámicos, convencidos por el darwinismo social de Herbert Spencer, pensaban que, dado que sus sociedades eran anticuadas, éstas estaban condenadas a desaparecer. Por tanto, consideraban que era urgente apropiarse de los conocimientos de las ciencias occidentales, en particular, que se los enseñara en las nuevas escuelas. Entre los modernistas islámicos la sociología se convirtió en una disciplina muy popular; en especial se seguía a Comte, cuya idea de que las sociedades podían dividirse en tres etapas progresivas era muy apreciada. Afghani opinó que el hombre no era diferente a los demás animales y que, por tanto, podía estudiarse de la misma forma que ellos, y sostuvo que los más aptos serían los que sobrevivirían. Al igual que Marx y Nietzsche, pensaba que, al final, la vida era una cuestión de poder. Abduh visitó a Herbert Spencer, cuya obra tradujo. Más importante aún fue que los modernistas sostuvieron que las leyes eran consecuencia de la naturaleza humana, del estudio de las regularidades de la naturaleza, y que era de esta forma y no a través del Corán como Dios se revelaba al mundo.
- El Corán. Al igual que estaba ocurriendo en Occidente con la Biblia, en el siglo XIX los textos del Corán y los hadith se convirtieron en objeto de importantes estudios críticos. Rida fue un crítico implacable de los hadith, un conjunto de textos introducidos por figuras posteriores al profeta, a los que consideraba uno de los principales culpables del atraso del islam. En lo que respecta al Corán mismo, la opinión de Rida era que el texto era sólo una guía, no un mandato. Al-Saykh Tartawi Jawhari (1870-1940) realizó una exégesis del Corán en veintiséis volúmenes, basada en la ciencia moderna.
- Las mujeres. El siglo XIX fue testigo del surgimiento de la escolaridad femenina en varios países islámicos, aunque no en todos. También vio la aparición de organizaciones de mujeres en Bengala y Rusia, y el fin de la poligamia en la India. El sufragio femenino apareció en Azerbaiyán en 1918 (antes incluso que en Francia, donde las mujeres tendrían que esperar hasta 1947 para poder votar, y en Suiza, donde su aprobación fue todavía más tardía). En 1896, en el Líbano, y en 1920, en Túnez, se realizaron campañas a favor de que las mujeres tuvieran libre acceso a las profesiones.
Quizá mis caros lectores se pregunten qué pasó con este movimiento modernista en los países islámicos. Una respuesta breve es que floreció hasta la primera guerra mundial y luego se fragmentó. La cuestión es que, a finales del XIX, tanto el cristianismo como el islam fueron objeto de una avalancha de ataques constantes. ¿Quién puede decir, en la actualidad, qué fe consiguió resistir con más éxito esas críticas?








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