lunes, 16 de diciembre de 2013

La ensoñación de la vigilia

Mis manos buscan tus manos, asidas al lecho por encima de tu cabeza. Mis manos te han desnudado y ahora te visten de caricias. Mi boca busca tu rostro, para cubrirlo de besos, hasta su encuentro con tu boca. Mi lengua juega con la tuya, buscándola y escondiéndose de ella, tal es el lenguaje del deseo. Mi cuerpo se ha adherido a tu cuerpo y mi piel cubre tu piel envolviéndola en los jadeos anticipados del placer avistado.

Ahora son ya mis manos, mi boca, mi cuerpo, quienes ejercen su imperiosa necesidad de recorrer toda tu existencia física: por la espalda, tan infinita; por el vientre, tan suculento; por las piernas, tan nerviosas; por tus senos, tan rabiosos...

Estás aullando, de puro placer devenido éxtasis, y en el preciso instante en que tu boca gimiente pronostica el arqueo del cuerpo en pos de su permiso para adentrarme en él, surge a borbotones tu satisfacción amorosa, que crece y crece y sigue creciendo, hasta que en los cielos no hay más grito que el tuyo, hasta que en el infierno no fluye ningún otro calor que el de tu alma...



viernes, 11 de enero de 2013

Prometheus: una pésima película con muchas otras (buenas) películas dentro

Si se piensa detenidamente, la continua construcción de reboots, secuelas y precuelas de filmes de éxito (dejemos de momento las secuelas al margen, aunque podríamos incluirlas también) es una falta absoluta de respeto y una demostración de carencia creativa. Es más fácil ampliar un universo que inventarse otro nuevo, por lo que no deja de ser una praxis cómoda y conservadora de las grandes productoras, que intentan constantemente repetir allí donde saben que reside el éxito. No hacía ninguna falta ni esta película ni el resto de películas desde el octavo pasajero, acaso la excepcional secuela de James Cameron, que fue magistral, pero no por ello se necesitaba tampoco.

Los seguidores de la saga Alien (que debió ser concluida con las dos primeras películas), hartos de precuelas nefastas, han celebrado jubilosos la vuelta de Ridley Scott al universo que él contribuyó a crear. Y digo esto porque el cineasta británico fue el director, porque el guion fue escrito por Dan O'Bannon y Ronald Shusett, dos colosales creadores de ciencia ficción y terror para la gran pantalla. El inglés modificó alguno de los planteamientos del libreto original, convirtiendo a Ripley en una heroína, por ejemplo, y tomó numerosas decisiones de su competencia en cuanto al estilo visual y el ritmo, pero jamás fue idea suya ni el monstruo de la categoría del xenomorfo ni las cosmogonía implícita que formulaba dentro. 

Esta película, "Prometheus", debería convertirse en la sepultura creativa de Ridley Scott. Contiene tantos errores que debiera servir de ejemplo en todas las academias de cine sobre lo que no puede ni debe ser un guion. Amenazan con una trilogía, pero, después de haber visto este filme, espero que ni se les ocurra hacerlo.

El título del filme, entresacado de la mitología griega, responde al nombre de la nave de exploración que arriba a una luna vecina del planetoide donde desembarcaron los tripulantes de la Nostromo. Un matrimonio de arqueólogos descubre que todas las antiguas civilizaciones describen a unos extraños sujetos y representan la misma agrupación de seis estrellas del cielo. En la película se señala que ninguna de estas civilizaciones estuvo en contacto entre sí, pero cualquier estudiante de historia sabe que egipcios, sumerios y babilonios sí contactaron entre ellos y que se desarrollaron a lo largo de 3.000 años. El caso es que el descubrimiento de la agrupación en las pinturas arqueológicas ha permitido al matrimonio determinar con exactitud el sistema estelar al que pertenecen, y convencen al dueño de la Weyand Corporation para que envíe una nave de exploración. La Prometheus.

Se supone que tal agrupación no es visible para el ojo humano, por lo que la única deducción posible es que fueron los extraterrestres quienes mostraron a todas las civilizaciones de dónde provenían, aunque como ninguna civilización es reciente, queda la duda de por qué interrumpieron sus actividades misioneras en nuestro planeta. Un problema importante es que, en cuanto avanza la trama, se descubre que la tal agrupación no señala realmente el hogar de los alienígenas, sino a uno de sus centros de investigación. A nadie parece importar el hecho ridículo de suponer que unos tipos cruzan los espacios siderales repetidamente para indicar a los terrícolas cuál es el camino hasta sus bases militares... A estos tipos el matrimonio de arqueólogos los denomina ingenieros porque conciben que fueron los creadores del ser humano. Esta deducción es gratuita por parte de los arqueólogos, pero conecta bien con lo que el espectador ha visto en el prólogo de filme, cuando un tipejo musculoso y de aspecto cetrino bebe una extraña pócima que desintegra su ADN, permitiendo que pueda combinarse con la protovida de una Tierra geológicamente prehistórica. Los personajes, como en tantas otras películas, avanzan en su conocimiento de la trama a golpe de guion, no por coherencia con sus propios descubrimientos. De hecho, es capitán de la nave, hacia el final de la película, quien alerta a sus colegas y a los espectadores de que no se encuentran en el mundo de los ingenieros sino en una de sus bases donde experimentan con armas biológicas de destrucción masiva.  No es el personaje quien habla: es el guionista, que necesita esa explicación para sustentar la endeblez de toda la trama. Una porquería propia del guionista de Perdidos.

El caso es que la corporación Weyland logra dar con la extraña agrupación de planetas o estrellas, aunque en realidad no podría ser ni lo uno ni lo otro: ambos se mueven por el espacio y las constelaciones de hoy en día no se parecen a las de hace 30.000 años. Pero dejémoslo pasar. Unos carteles en la pantalla nos informan de que el objetivo de la misión se encuentra a 33 años luz de la Tierra y que la duración del viaje es de algo más de dos años.  Este detalle es interesante. En las primeras películas de la saga Alien no se sugiere que las naves se muevan por el hiperespacio, a velocidades superlumínicas, tan solo se induce que los viajes espaciales son muy largos y que la tripulación debe hibernar para sobrevivir. Dos años para recorrer 33 años luz resulta muy largo para cualquier viaje hiperespacial y muy corto para uno sublumínico. Pero no nos llevemos a confusión con este detalle porque, total, entre otras lindezas el ordenador de la nave informa como le da la gana del tiempo de vuelo: 2 años, 4 meses, 18 días, 36 horas, 15 minutos. Sí, han leído bien: 36 horas. 

Como en toda película de ficción fantasía, la nave cuenta con un sistema de gravedad artificial y la corporación es capaz de crear un robot indistinguible de un ser humano, además de cámaras de hibernación y demás parafernalia. La Prometheus, con capacidad para una veintena de personas, transporta una enormidad de material totalmente innecesario. Dispone de cancha de baloncesto y es tan grande que el robot circula por ella montado en bicicleta.  También cuenta con una mesa de billar y permiten que el capitán se lleve un árbol de navidad con luces y adornos. Además, la gran jefaza, el personaje de Charlize Theron, que posteriormente se comprobará que es totalmente prescindible, dispone de aposentos independientes con todos los lujos deseados: lámparas de cristal de roca, una enorme biblioteca llena de libros impresos, una cabina para operaciones quirúrgicas diseñado para pacientes de sexo masculino (qué distintos somos los hombres y las mujeres, ¿verdad?), un bar completo y hasta un piano de cola. Aunque nos informan de que este aposento puede convertirse en una nave de huida, llegado el momento la jefaza se olvidará de ello y optará por abandonar la nave en una pequeña cápsula. Y si no quedamos satisfechos con todo este nivel de despropósitos, asombrados quedaremos al comprobar que el equipo médico no es capaz de practicar una cesárea de urgencia y que los militares que acompañan a los científicos portan pistolas y escopetas. Como exclamaba Wesley Snipes en aquella parodia que era Demolition Man: “¡Ey! Esto es el futuro. ¿Dónde están los fáseres?

El filme continúa su hilarante recorrido y, tras despertar a la tripulación y proporcionarles la primera colación, la jefaza explica el motivo por el que han embarcado. Salvo los arqueólogos y alguno más, la mayor parte de los tripulantes no sabe a qué demonios se han apuntado. A alguno eso le da lo mismo: solo le interesa la paga. Esta tripulación tan despreocupada, zafia, interesada en el dinero, quiere parecer un calco ampliado de la tripulación de la Nostromo. Pero si en esta última nave, que era un carguero espacial, tiene sentido que fuese operada por rudos trabajadores, en la Prometheus, una avanzada nave de exploración e investigación, los tripulantes son profesionales bien entrenados en sus respectivas capacidades. Pero vaya porquería de profesionales. Los arqueólogos, sansiroleses como ellos solos y sin atisbo alguno de carisma, en realidad son seres que dudan mucho, que "prefieren creer" a toda la ciencia que ellos mismos trabajan: una combinación ganadora en todo científico que se precie. El geólogo y cartógrafo del equipo es un macarra de barrios bajos que lanza aullidos de lobo mientras traza el mapa de la base de los ingenieros con la ayuda de unas cuantas bolas voladoras, al estilo Google Maps, pero ni se interesa por la geología de un planeta remoto ni trata de averiguar nada de su composición. Eso sí, miedoso es un rato y, para más colmo, no sabe encontrar el camino de regreso y se pierde. También hay un biólogo pazguato que se salta los protocolos de precaución y descontaminación, y que por depresión se larga con el geólogo cuando están a punto de descubrir cosas interesantes para la misión que tienen encomendada. Otro que se pierde, claro (los demás, ninguno), y cuando encuentra una serpiente alienígena se pone a jugar con ella y a hacerle carantoñas como si estuviese ante un gatito.  

La Prometheus no se coloca en órbita para escanear el planeta. Comienza a planear tras entrar en la atmósfera y busca un lugar propicio para el aterrizaje. Qué casualidad, se topa de frente con una larga vereda de edificios parecidos a pirámides. Pese a ser una nave de exploración, ni cartografía la superficie del planeta, ni busca depósitos de minerales, ni efectúa estudios meteorológicos, ni investiga la presencia de agua, ni hace cosa alguna de interés e importancia. Nada. Es simplemente un transporte que nos han vendido como nave de exploración. Como en "Alien" la nave arribaba a un punto muy concreto del planeta, previamente determinado por la señal de socorro misteriosa, aquí también ha de hacerlo, pero por casualidad, porque sí, por suerte. 

Al salir a la superficie del planeta, aunque queden pocas horas de luz diurna por delante, todo el mundo se coloca sus trajes y sus cascos espaciales. Lo de los cascos y el traje tiene todo el sentido, por supuesto, pero no lo tiene que dentro de las ruinas uno de los arqueólogos compruebe que el aire es respirable y decida quitarse el casco, algo que todos los demás imitan porque conocido es que en las atmósferas del universo nunca hay rastro alguno de patógenos. Además, como en lugar de aproximar todo lo posible la nave a las ruinas el capitán decide mantenerla a cierta distancia como medida de precaución, hay que desplazarse con vehículos de superficie: una especie de transporte blindado y dos buggies ligeros sin más protección que unas barras antivuelco que se sitúan tras el blindado para tragarse todo el polvo y perder visibilidad. En este pequeño trayecto, los tripulantes no se ensucian y tanto el blindado como los vehículos ligeros llegan a las ruinas como recién salidos del túnel de lavado. 

El geólogo no analiza la composición del suelo y no hay científico alguno que se dedique a medir cosas importantes como los campos magnéticos o los niveles de radiación. La expedición es, si científica, sedicente. Descubren en el interior de las ruinas unos relieves en la pared, pero ni se molestan en tomar una simple fotografía: solo el androide hace un intento por descifrar, porque durante los dos años de viaje espacial ha estudiado todas las lenguas muertas que han existido en nuestro planeta y resulta que coinciden con el lenguaje de la civilización extraterrestre. Démosle un pase a que la expedición considere que tomar muestras es de pardillos, pero por coherencia interna con la saga, los de la corporación Weylan deberían haber mostrado algún interés por la tecnología que emplea esa civilización extraterrestre que nos aventaja en miles de años. El equipo solo se lleva una cosa: una cabeza decapitada de un ingeniero muerto eones ha, que se conserva mejor que las pechugas de pollo en mi frigorífico. 

Los expedicionarios han de regresar a la nave porque se les viene encima una "tormenta de electricidad y sílice": dicho en plata, es de arena, aunque no contiene granitos sino trozos bien gordos y peludos de sílice. Menuda potencia la del vientecito, un céfiro desde luego no es. La nave se ha percatado de ello con sus radares y escáneres atmosféricos por exigencias del guion, no por coherencia interna. En realidad, la tormenta es una excusa para que los dos rezagados que se habían perdido no puedan ser rescatados en ese momento y deban pasar la noche en las ruinas. También sirve para que la nefasta arqueóloga quede a merced de la tormenta cuando intenta entrar en la nave y deba salvada por el robot. Eso sí, ninguno de los dos recibe impacto alguno de pedruscos en el traje o el casco, quedan intactos y limpios, como salidos de fábrica. Ausencia total de roces o grietas.

Como la nave no parece disponer de ordenadores para hacer un mínimo análisis de datos, o resulta que los efectúa pero sin rendir cuentas a nadie, la acción pasa a un laboratorio médico donde se estudia la sustraída cabeza del ingeniero a la que deciden aplicar descargas eléctricas tras haber efectuado una prueba de confrontación de ADN donde se descubre que es humano, o sea, que el nuestro es alienígena, cosa que ya sabíamos por el estúpido prólogo que destripa desde el principio todo el argumento del filme. ¿Por quéle aplican descargas? Tal vez porque los guionistas han leído en alguna parte que la sinapsis se produce mediante corrientes eléctricas y porque saben de las películas de Frankenstein que así es como se confiere la vida a los muertos. Esta cabeza no tiene aporte alguno de riego sanguíneo ni está conectada a nada orgánico, y como no se conserva momificada sino fresquita como la lechuga, es normal que tenga que sufrir descargas cada vez más fuertes, porque sabido es desde que existen las series de urgencias y hospitales que si el paciente no reacciona con un cierto amperaje, la solución es aumentarlo gradualmente hasta que el interfecto decida a reanimarse o o fallezca en el intento. Una corriente de setenta miliamperios es suficiente para provocar fibrilación en el corazón y al pobre bicho decapitado le sacuden nada menos que treinta amperios, luego cuarenta y finalmente cincuenta amperios, que es cuando el pobre se estremece y hace como que despierta. El cuerpo humano tiene una resistencia de mil ohmios, arriba abajo. Y como la cabeza del ingeniero es similar, resulta que el pobre bicho ha absorbido por su cráneo desnudo nada menos que 2,5 megavatios de potencia y una tensión de 50.000 voltios. No me extraña que despierte. Cualquiera decide seguir durmiendo con algo así. Tampoco extraña que le explote la sesera aunque, para mí, que los guionistas le reventaron la cabeza por hacer la gracia. 

Las ruinas donde se han quedado perdidos el macarra y el pánfilo depresivo, pese al abandono de dos mil años, conservan gran parte de su energía. De hecho, en las grutas hay luz y se proyecta una especie de holograma cinemático que informa de lo que sucedió a los ingenieros allí destacados. El androide, que hace la guerra por su cuenta, descubre que todo allí funciona perfectamente, contraviniendo las leyes de la termodinámica, y se desplaza de una sala iluminada a otra sala iluminada, abriendo puertas y descubriendo todos los secretos de las ruinas. Él va a su asunto porque también el androide de "Alien" tenia una misión secreta y él no iba a ser menos. Los dos tipejos perdidos le tenían un miedo atroz a la cámara de los horrores donde fue decapitado el de la cabeza voladora y donde supuestamente murieron todos los demás extraterrestres, a los que se ve en el holograma corriendo con los cascos espaciales puestos (para que los espectadores comprobemos que son los Space Jockey de la película "Alien"). Ese miedo era la razón por la que los andobas decidieron no quedarse con el resto de la expedición, pero da lo mismo, porque en los laberintos siempre se vuelve al punto de partida y, para entonces, ya han perdido el miedo. En realidad, lo que se ha perdido es la vergüenza de los guionistas porque en esa cámara, que no sabemos si es mortuoria por los grabados y pinturas de las paredes o es un centro de incubación de envases milenarios, es donde aparece todo lo que de terror tiene la película: una serpiente malvada, que viola oralmente al biólogo (sin que volvamos a saber nunca nada más de él), y un mejunje negro con el que el geólogo se lleva su ración de justicia divina, el mismo mejunje negro que al ingeniero del prólogo tuvo el efecto de descomponer el ADN. Más tarde se comprobará que, en esta ocasión, lo que hace es convertir al macarra en un zombi de fuerza sobrehumana. Aquí la poción esa tiene más efectos secundarios que el ponche que hacía mi abuela en la alquitara... Es incluso capaz de preñar a la arqueóloga, que es estéril, porque el robot decide hacer experimentos con los vivos y deposita una gota en el bebercio que el alcoholizado marido de la arqueóloga se trasiega antes de yacer con ella y dejarla embarazada, pese a su esterilidad. Por cierto, de este embarazo nacerá, no sé bien si por aborto o por cesárea, en el artefacto médico para varones, un calamar monísimo.

Pasan más cosas increíbles en la película, como el descubrimiento de que el dueño de la Weyland, hecho ya un vejestorio, ha estado viajando infiltrado todo el tiempo sin que lo sepa la rubia jefaza, que es su nieta, porque como ansía hablar con los creadores de la especie humana no quiere que ella lo sepa, aunque me usted por dónde sí que lo sabían todos los seguratas de la nave. Y mira si tiene suerte, que el robot en sus expediciones solitarias descubre en las ruinas un ingeniero alienígena que lleva miles de años hibernando tan ricamente, tanto que cuando se despierta lo hace de muy mal humor y empieza a repartir estopa a nivel industrial, acabando con el dueño de Weyland y con todos los secundarios que no sabíamos para qué estaban allí. Y al robot lo descabeza, acaso en venganza de la cabeza electrocutada de su primo o porque al robot de Alien también lo decapitaban y en esta película había necesidad de calcarlo todo. El caso es que, tras la somanta de palos, el ingeniero de inmediato activa con una flauta el interior de las ruinas, porque resulta que la pirámide no es un activo inmobiliario sino una nave espacial idéntica a la del Space Jockey de "Alien", y que, incluso habiendo permanecido enterrada por miles de años, arranca mejor que mi coche tras unas vacaciones de verano. Ni puesta a punto ni gaitas: combustible a tutiplén y las baterías de energía a tope. Menuda tecnología tienen los ingenieros. A estas alturas uno ni siquiera se pregunta qué demonios hacía  el bicho ese hibernando. En el filme aluden a que es una especie de retén puesto en modo espera hasta que a nosotros nos diese por descubrirle, momento en el que se reactivaría para completar la tétrica misión de acabar con toda la humanidad. O sea, si lo he entendido bien: el plan de los ingenieros era esperar a que nosotros fuésemos por allí y que los despertásemos para que ellos se vinieran hasta la Tierra a ciscarse en todos los muertos de nuestra especie y mandarnos al camposanto. Queda claro que los ingenieros no tienen problema en dejar que se pudra en el olvido una base de armamento biológico avanzado durante 35.000 años, pero sí que tienen una prisa tremenda por destruir la Tierra cuando son despertados, no antes ni tampoco después. Un argumento muy lógico y sensato. Pero hace rato que me he tomado la película a chirigota, y eso que todavía falta lo mejor.

Para evitar que el ingeniero ataque la Tierra con su boomerang galáctico, la Prometheus se inmola contra ella a lo kamikaze. Ambas naves chocan en el aire, justo sobre la vertical de las dos únicas supervivientes de la expedición en ese momento: la rubia jefaza que no hace nada útil en toda la película salvo lucir palmito (pobre Charlize Theron) y la arqueóloga, que salta y corre que se la lleva el diablo pese a la pedazo de cesárea que le han practicado hace solo un momento. Llueven trozos de fuselaje de ambas naves como si fuese metralla y la enorme nave alienígena, en vez de explotar como la Prometheus se abate contra la superficie del planeta desde una altura suficiente para que el impacto libere una energía equivalente a la de un arma nuclear. Pero las dos féminas solo necesitan ir esquivando los cascotes. La nave ingenieril queda momentáneamente en pie y luego empieza a rodar, porque es como un donut al que le falta un trozo. La jefaza, que es tonta, sigue corriendo justo en la dirección en que la nave va rodando, hay que ser lerda, y obviamente termina aplastada. La arqueóloga, en cambio, es más lista y esquiva el donut.

Resulta que la la arqueóloga es un trasunto de la teniente Ripley, el personaje de Sigurney Waever. Pierde al marido, convertido en un asco por el mejunje negro; sobrevive a un embarazo extraterrestre relámpago; se somete ella misma a un aborto, cuando le abren el estómago para practicarle la cesárea, y le extraen un feto de Calamardo del tamaño de un balón de baloncesto; le cosen la herida con grapas de metal; hace todo tipo de esfuerzos sin que se le salten las grapas o le salgan las tripas; escapa por los pelos al despegue de la nave ingenieril, que casi le cae encima y… ¿saben qué hace al final? Decide recoger al psicópata del robot, pillar unas cuantas bombonas de oxígeno, asaltar otra nave ingenieril (hay un montón en fila india) y poner rumbo al planeta de origen de los bichos alienígenas para preguntarles por qué son tan malos con nosotros. Esa civilización es mala, cativa, pero allí está ella con preguntas que formular. Con un par...

Esta película es un despropósito. Contenía ideas interesantes, como para escribir varias películas distintas, pero ni el director ni los guionistas supieron cuál de todas querían filmar. Al final, el resultado no es de ciencia ficción, ni de terror, ni un drama metafísico sobre el origen del ser humano. Es un batiburrillo, una cazuela donde han cocinado todos los ingredientes a fuego rápido. Han usado las ideas de una película de terror espacial de 1979 y han decidido conectarlas con la premisa de que existe vida en el universo y que esa vida es la causa de nuestra propia existencia. Pero los guionistas han empleado tan poco la inteligencia y estaban tan empeñados en precualizar "Alien" que lo han malogrado todo. Una película como esta no puede ser tan pasota, cutre y poco ambiciosa. Ni tiene acción, ni tiene terror, ni tiene ciencia ficción meditativa. ¿Por qué no dejaron en paz al xenomorfo y a los Space Jockeys si deseaban argumentar otros asuntos? ¿Tanto miedo tenían de que nadie fuese a ver esa otra más sesuda película? Y, ¿por qué tuvieron que unir el terror ancestral de Alien con el origen de la vida en la Tierra? ¿No pudieron inventar una historia menos primordial y dedicarse al terror, respetando los protocolos y reglas de las películas originales? Nunca lo sabremos. 

P.S. Dicen, cuentan, que Ridley Scott quiso filmar este otro argumento:    

«Hace mucho, mucho tiempo, un ser supremo creó dos formas de vida: los Space Jokeys (también conocidos como Ingenieros, término preferido por el director), y los Predators. Dos razas enfrentadas por la conquista del universo. Los Ingenieros, en su afán de expansión, crearon los humanos; mientras que los Predators, mucho más salvajes, crearon los Aliens.

El plan de los Predator era enviar una nave cargada de semillas Alien —líquido negro que sale en la película— a la tierra, para infectar a los humanos y entretenerse con ellos, dándoles caza, y así, entrenarse de paso en la batalla para derrotar a los Space Jokeys, su eterno enemigo.

Sin embargo, la nave es interceptada y abordada por los Space Jokey, quienes se apoderan de ella, y ante la amenaza que allí descubren deciden llevarla al planeta LV-223, donde realizarían las investigaciones y trabajos que fuesen necesarios. Pero la amenaza que descubren los Space Jokeylos supera y todos, excepto dos —uno que permanece en estado de hibernación, y otro que en el último momento logró escapar en un módulo rumbo a La Tierra—, mueren. Todo esto sucedió hace muchos años, probablemente unos cuantos siglos después de que se hubiese creado al hombre en La Tierra. Y por aquel entonces, el superviviente que había escapado de aquella nave, se asentó entre los humanos —recordemos, creados por los suyos tiempo atrás—, y dejó un mensaje de todo lo sucedido mediante pinturas rupestres.

A mediados del siglo XXI, unos cuantos científicos eruditos descubren una serie de mensajes cifrados en las pinturas rupestres, información que les lleva al Planeta LV-223 a bordo de la Prometheus. Cuando esta expedición científica alcanza dicho planeta, se ve envuelta en una orgía de sangre y terror que no comprenden. Además, se entrecruzan varios intereses, como el caso del magnate de Weyland que busca el elixir de la eterna juventud y cree que se halla en el líquido negro, por lo que ordena a su robot que se lo dé a probar a otro para comprobar qué efectos secundarios tiene, junto con la imperiosa necesidad de hallar respuestas. Es ahí cuando deciden despertar al único Space Jokey superviviente. La reacción de éste, después de miles de años hibernado, y que tiene como última imagen el horror de ver a sus compañeros muertos por la sustancia Alien, es igualmente violenta. No entiende nada y cree que los humanos están infectados. Los ve como una amenaza, y trata de eliminarlos.

Finalmente, todos mueren, salvo el robot y la doctora arqueóloga, pero jamás salen del planeta, pereciendo poco después y quedando sepultados para siempre. La Prometheus desaparece, y tan solo una transmisión, antes de ser destruida, es enviada a la Tierra con información confusa. A su vez, una baliza de posición del módulo de escape, continúa emitiendo una señal de socorro.

Treinta años más tarde, el carguero Nostromo capta esa señal y se dirige al planeta, cuyas cartas de navegación había identificado como LV-426, que, por un error administrativo, se trata en realidad del planeta LV-223. Los tripulantes de la Nostromo encuentran en la nave los huevos de una nueva especie, fruto del híbrido entre el bastardo de la arqueóloga y el Space Jokey»