lunes, 11 de julio de 2022

Einstein, Mileva, su prima Ilsa y su otra prima Elsa

Como se sabe bien, porque ha sido repetido hasta la saciedad en todas partes, en 1905 Einstein contaba con 27 primaveras y, siendo padre de familia, ganaba su sustento y el de su familia evaluando solicitudes de patentes con métodos para sincronizar relojes. Es tan aburrido como suena. Tiene su puntito de ironía que aquel penoso trabajo de lunes a sábado como perito técnico de tercera clase en la Oficina Federal de la Propiedad Intelectual de Suiza, situada en Berna, le proporcionase "ocho horas para perder el tiempo" y preparar cinco revolucionarios trabajos científicos, destacando el de la relatividad (especial), por el que llegaría a ser el científico más famoso de toda la historia. Toda una rock-star, vamos.

Personalmente, pienso que el gran año de Einstein fue 1916, cuando sale a la luz su teoría de la Relatividad General. Pero para todos los demás el gran año es 1905 y, ¿quién soy para contradecir a todo el mundo? ¡Pues yo mismo! De modo que el Annus Mirabilis del siglo XX fue, según este seguro servidor de ustedes, 1916. Los trabajos de 1905 los hubiera sacado algún otro adelante, antes o después, incluida la relatividad restringida, que venía bien trillada por Lorentz y Maxwell: el golpe de timón, y la mayor genialidad de todas, fue la Relatividad General que apenas nadie explica bien desde entonces, salvo el propio Einstein. 

Einstein estaba casado con Mileva Maric y, en 1905, ya había nacido su primer hijo, Hans Albert. Sabemos, de su correspondencia con Mileva, que discutía con ella los temas que abordaba en sus estudios, tal y como se desprende de una carta fechada el 27 de marzo de 1901, donde escribió "cuando juntos hayamos culminado con éxito nuestro trabajo sobre el movimiento relativo", sin que ello signifique, aunque lo parezca, que Mileva fuese coautora de la física y las matemáticas incluidas en los artículos. 

Hay un debate bastante espurio, desde mi punto de vista, sobre este tema, y que no conduce a nada, basado en el casi medio centenar de cartas intercambiadas por Einstein y Mileva cuando eran novios, e incluso estando ya casados. En ellas, ambos hablan constantemente de “nuestro trabajo”, “nuestro artículo” o “nuestro punto de vista” al hacer referencia a las investigaciones que Einstein publicaría después. En 1901, el propio físico se refirió a “nuestra teoría del movimiento relativo” y, en otra, Mileva le confesaba a una amiga “hace poco hemos terminado un trabajo que hará mundialmente famoso a mi marido”. Algunos anotan en su haber la verdadera y nunca revelada autoría de la explicación del efecto fotoeléctrico porque, tiempo atrás, había pasado un semestre en la Universidad de Heidelberg (Alemania), donde recibió clases de Phillip Lenard, pionero en el estudio del efecto fotoeléctrico y Nobel de Física en 1905. Esto es, simplemente, falaz. Si por recibir formación específica una persona inmediatemente estuviese en disposición de dar con la idea que resuelve un enigma que se ha resistido a las mejores y más penetrantes mentes, entonces cualquier estudiante de doctorado sería un premio Nobel, al igual que su mentor. Y tal cosa no sucede todos los jueves. Todo lo cual no explica que Mileva concibiese por sí misma las conclusiones del trabajo escrito por Albert Einstein tiempo después explicando el efecto fotoeléctrico. Una cosa es ser inteligente y brillante, y otra es ser un genio. Lo cierto es que no hay pruebas que puedan confirmar la participación activa de Mileva en ninguna de las obras de Albert Einstein, como tampoco para negarla. Se trata de una discusión bizantina no aclarada en vida por ninguno de los dos o, lo que es similar, que jamás adoptó una perspectiva distinta a la vigente. En referencia a las cartas que se han mencionado, varios especialistas defienden que, cuando Einstein hablaba de “nuestra teoría del movimiento relativo”, no se refería a la teoría de la relatividad sino a otro estudio que pretendía comprobar el movimiento relativo del éter. Además, de entre todas las contribuciones de Einstein, la única que podría clasificarse como “fuera de su tiempo” y que hizo que alcanzara la cumbre como científico fue la teoría general de la relatividad, publicada en 1915 cuando ya hacía tiempo que Einstein y Mileva se habían separado y cesado su relación, tanto personal como científica, por lo que Mileva Maric no pudo haber participado en la creación de la teoría.

Mileva era una inteligente y brillante física y matemática. Casi todo el mundo pasa por alto que las matemáticas exhibidas en dichos trabajos son entendibles por un estudiante avezado de bachillerato (el menos del bachillerato que yo estudié, porque lo de hoy en día da cierta grima calificarlo), no así las publicaciones posteriores sobre Relatividad General, donde Einstein se vio obligado a utilizar el cálculo tensorial de la mano de su amigo y compañero de estudios Marcel Grossman, no de Mileva. Sea como fuere, es habitual describir a Mileva como una entregada y ambiciosa estudiante de Física en la Universidad Politécnica de Zurich, capaz de atraer la atención de un extrovertido Albert Einstein, cuatro años más joven que ella, bajo quien viviría siempre eclipsada pese a tratarse de una científica de gran talento que lucha por dejar de lado las convenciones de la época y a quien el amor acaba derrotando. Menudo novelón lacrimógeno, oiga. La realidad fue mucho más prosaica, cosa inaceptable en este mundo presente que lucha por zafarse, retrospectivamente, de los heteropatriarcados existentes desde la época mesopotámica.

IncisoEn los famosos cinco artículos de Einstein no se encuentra referencia alguna a colaboradores o ayudantes, con la sola excepción de M.A. Besso, amigo en Berna, íntimo desde los días de estudiantes en Zurich, y colega en la Oficina de Patentes desde 1904. Al final de su trabajo sobre la electrodinámica de los cuerpos en movimiento, escribe Einstein: "Para concluir, permítaseme señalar que mi amigo y colega M. Besso me apoyó incondicionalmente en mi trabajo sobre el problema aquí discutido, y que estoy en deuda con él por varias sugerencias valiosas".

Ya hemos dicho que Mileva era muy inteligente. También era muy feminista y muy radical. Einstein se enamoró de ella por considerarla su alma gemela, de quien llegó a decir: "Es una persona que es mi igual y tan fuerte e independiente como yo". 

En 1902 Albert y Mileva tuvieron una hija siendo aún novios. Por miedo a la desaprobación social y que se viesen truncadas sus carreras profesionales, ambos decidieron que Mileva la tuviese en secreto en su Serbia natal. De esta hija, Lieserl, nunca volvió Einstein a saber nada; al parecer, fue dada en adopción. Einstein se casó con Mileva en 1903, un año antes de comenzar a trabajar en la famosa oficina de patentes. Además de Hans Albert (1904), tuvieron otro hijo más, Eduard (1910), a quienes Einstein apenas prestó nunca atención, de absorto como se encontraba en sus trabajos científicos. El desapego de Einstein por sus labores paternales. así como sus múltiples infidelidades hacia Mileva (que, al parecer, no le restaban tanto tiempo a sus teorías como sí sus hijos), desembocaron en divorcio el 14 de febrero de 1919 (día de San Valentín para quienes tontamente señalan esta fecha en el calendario anual). 

Einstein volvería a casarse ese mismo 1919 con una prima carnal suya, Elsa Loewenthal, que le había estado cuidando ya en 1912 (es decir, siendo todavía Einstein marido de Mileva) durante un período de fuerte agotamiento debido a su intenso ritmo de trabajo. Elsa era totalmente diferente a Mileva: era dócil y complaciente, no molestaba a Einstein mientras trabajaba y sobrellevaba bastante bien las infidelidades. Era prima por partida doble, porque la madre de Elsa era hermana de la madre de Albert, y sus padres eran primos entre sí. El apellido Loewenthal se lo dio su primer marido, el empresario textil Max Lowenthal con quien contrajo matrimonio en 1896 y de quien se divorció en 1908. El verdadero apellido de Elsa era Einstein, que ella siguió usando tras el divorcio y que no tuvo necesidad de cambiar al casarse con Albert porque ambos eran Einstein. 

Así era el buenazo de Albert Einstein, pacifista y entrañable modelo patrón de profesores siesta y científicos bonachones. Un individuo muy capaz: 

  • capaz de abandonar la escuela por estar en desacuerdo con los métodos educativos; 
  • capaz de abandonar su país por esquivar el servicio militar; 
  • capaz de romper el corazón de su madre al enamorarse de una mujer extranjera mayor que él y engendrar con ella una hija ilegítima, Lieserl, de quien nunca más se supo al cederla en adopción por miedo a arruinar su carrera profesional; 
  • capaz de trabajar como un funcionario público menor mientras publica una serie de artículos que desafían las nociones convencionales del espacio y del tiempo; 
  • capaz de alejarse de su inteligente y muy capacitada esposa en cuanto se abre camino por las sendas académicas y las sendas de las faldas de otras mujeres; 
  • capaz de llevar una doble vida en otra ciudad con su prima Elsa Einstein; 
  • capaz de meditar durante un tiempo si debía romper su reciente compromiso con Elsa y, en su lugar, casarse con su hija (la de su prometida), una jovencita de 20 años llamada Ilse, que se desempeñaba como secretaria suya (de Albert).

Por todo ello, mucho mejor dejar en paz al hombre y fijarnos solamente en el genio científico. Quien quiera chismes, que acuda a los programas de Tele5 donde absolutamente todo es relativo. Además, los hay a montones y a todas horas, y no les afecta ni el espacio ni el tiempo.


martes, 7 de junio de 2022

No oyes ladrar los perros

Un cuento de Juan Rulfo (México, 1918-1986)
 

–Tú que vas allá arriba, Ignacio, dime si no oyes alguna señal de algo o si ves alguna luz en alguna parte.

–No se ve nada.

–Ya debemos estar cerca.

–Sí, pero no se oye nada.

–Mira bien.

–No se ve nada.

–Pobre de ti, Ignacio.

La sombra larga y negra de los hombres siguió moviéndose de arriba abajo, trepándose a las piedras, disminuyendo y creciendo según avanzaba por la orilla del arroyo. Era una sola sombra, tambaleante.

La luna venía saliendo de la tierra, como una llamarada redonda.

-Ya debemos estar llegando a ese pueblo, Ignacio. Tú que llevas las orejas de fuera, fíjate a ver si no oyes ladrar los perros. Acuérdate que nos dijeron que Tonaya estaba detrasito del monte. Y desde qué horas que hemos dejado el monte. Acuérdate, Ignacio.

-Sí, pero no veo rastro de nada.

-Me estoy cansando.

-Bájame.

El viejo se fue reculando hasta encontrarse con el paredón y se recargó allí, sin soltar la carga de sus hombros. Aunque se le doblaban las piernas, no quería sentarse, porque después no hubiera podido levantar el cuerpo de su hijo, al que allá atrás, horas antes, le habían ayudado a echárselo a la espalda. Y así lo había traído desde entonces.

-¿Cómo te sientes?

-Mal.

Hablaba poco. Cada vez menos. En ratos parecía dormir. En ratos parecía tener frío. Temblaba. Sabía cuándo le agarraba a su hijo el temblor por las sacudidas que le daba, y porque los pies se le encajaban en los ijares como espuelas. Luego las manos del hijo, que traía trabadas en su pescuezo, le zarandeaban la cabeza como si fuera una sonaja.

Él apretaba los dientes para no morderse la lengua y cuando acababa aquello le preguntaba:

-¿Te duele mucho?

-Algo -contestaba él.

Primero le había dicho: “Apéame aquí… Déjame aquí… Vete tú solo. Yo te alcanzaré mañana o en cuanto me reponga un poco.” Se lo había dicho como cincuenta veces. Ahora ni siquiera eso decía. Allí estaba la luna. Enfrente de ellos. Una luna grande y colorada que les llenaba de luz los ojos y que estiraba y oscurecía más su sombra sobre la tierra.

-No veo ya por dónde voy -decía él.

Pero nadie le contestaba.

El otro iba allá arriba, todo iluminado por la luna, con su cara descolorida, sin sangre, reflejando una luz opaca. Y él acá abajo.

-¿Me oíste, Ignacio? Te digo que no veo bien.

Y el otro se quedaba callado.

Siguió caminando, a tropezones. Encogía el cuerpo y luego se enderezaba para volver a tropezar de nuevo.

-Éste no es ningún camino. Nos dijeron que detrás del cerro estaba Tonaya. Ya hemos pasado el cerro. Y Tonaya no se ve, ni se oye ningún ruido que nos diga que está cerca. ¿Por qué no quieres decirme qué ves, tú que vas allá arriba, Ignacio?

-Bájame, padre.

-¿Te sientes mal?

-Sí.

-Te llevaré a Tonaya a como dé lugar. Allí encontraré quien te cuide. Dicen que allí hay un doctor. Yo te llevaré con él. Te he traído cargando desde hace horas y no te dejaré tirado aquí para que acaben contigo quienes sean.

Se tambaleó un poco. Dio dos o tres pasos de lado y volvió a enderezarse.

-Te llevaré a Tonaya.

-Bájame.

Su voz se hizo quedita, apenas murmuraba:

-Quiero acostarme un rato.

-Duérmete allí arriba. Al cabo te llevo bien agarrado.

La luna iba subiendo, casi azul, sobre un cielo claro. La cara del viejo, mojada en sudor, se llenó de luz. Escondió los ojos para no mirar de frente, ya que no podía agachar la cabeza agarrotada entre las manos de su hijo.

-Todo esto que hago, no lo hago por usted. Lo hago por su difunta madre. Porque usted fue su hijo. Por eso lo hago. Ella me reconvendría si yo lo hubiera dejado tirado allí, donde lo encontré, y no lo hubiera recogido para llevarlo a que lo curen, como estoy haciéndolo. Es ella la que me da ánimos, no usted. Comenzando porque a usted no le debo más que puras dificultades, puras mortificaciones, puras vergüenzas.

Sudaba al hablar. Pero el viento de la noche le secaba el sudor. Y sobre el sudor seco, volvía a sudar.

-Me derrengaré, pero llegaré con usted a Tonaya, para que le alivien esas heridas que le han hecho. Y estoy seguro de que, en cuanto se sienta usted bien, volverá a sus malos pasos. Eso ya no me importa. Con tal que se vaya lejos, donde yo no vuelva a saber de usted. Con tal de eso… Porque para mí usted ya no es mi hijo. He maldecido la sangre que usted tiene de mí. La parte que a mí me tocaba la he maldecido. He dicho: “¡Que se le pudra en los riñones la sangre que yo le di!” Lo dije desde que supe que usted andaba trajinando por los caminos, viviendo del robo y matando gente… Y gente buena. Y si no, allí está mi compadre Tranquilino. El que lo bautizó a usted. El que le dio su nombre. A él también le tocó la mala suerte de encontrarse con usted. Desde entonces dije: “Ése no puede ser mi hijo.”

-Mira a ver si ya ves algo. O si oyes algo. Tú que puedes hacerlo desde allá arriba, porque yo me siento sordo.

-No veo nada.

-Peor para ti, Ignacio.

-Tengo sed.

-¡Aguántate! Ya debemos estar cerca. Lo que pasa es que ya es muy noche y han de haber apagado la luz en el pueblo. Pero al menos debías de oír si ladran los perros. Haz por oír.

-Dame agua.

-Aquí no hay agua. No hay más que piedras. Aguántate. Y aunque la hubiera, no te bajaría a tomar agua. Nadie me ayudaría a subirte otra vez y yo solo no puedo.

-Tengo mucha sed y mucho sueño.

-Me acuerdo cuando naciste. Así eras entonces. Despertabas con hambre y comías para volver a dormirte. Y tu madre te daba agua, porque ya te habías acabado la leche de ella. No tenías llenadero. Y eras muy rabioso. Nunca pensé que con el tiempo se te fuera a subir aquella rabia a la cabeza… Pero así fue. Tu madre, que descanse en paz, quería que te criaras fuerte. Creía que cuando tú crecieras irías a ser su sostén. No te tuvo más que a ti. El otro hijo que iba a tener la mató. Y tú la hubieras matado otra vez si ella estuviera viva a estas alturas.

Sintió que el hombre aquel que llevaba sobre sus hombros dejó de apretar las rodillas y comenzó a soltar los pies, balanceándolos de un lado para otro. Y le pareció que la cabeza, allá arriba, se sacudía como si sollozara.

Sobre su cabello sintió que caían gruesas gotas, como de lágrimas.

-¿Lloras, Ignacio? Lo hace llorar a usted el recuerdo de su madre, ¿verdad? Pero nunca hizo usted nada por ella. Nos pagó siempre mal. Parece que, en lugar de cariño, le hubiéramos retacado el cuerpo de maldad. ¿Y ya ve? Ahora lo han herido. ¿Qué pasó con sus amigos? Los mataron a todos.

Pero ellos no tenían a nadie. Ellos bien hubieran podido decir: “No tenemos a quién darle nuestra lástima.” ¿Pero usted, Ignacio?

Allí estaba ya el pueblo. Vio brillar los tejados bajo la luz de la luna. Tuvo la impresión de que lo aplastaba el peso de su hijo al sentir que las corvas se le doblaban en el último esfuerzo. Al llegar al primer tejaván se recostó sobre el pretil de la acera y soltó el cuerpo, flojo, como si lo hubieran descoyuntado.

Destrabó difícilmente los dedos con que su hijo había venido sosteniéndose de su cuello y, al quedar libre, oyó cómo por todas partes ladraban los perros.

-¿Y tú no los oías, Ignacio? -dijo-. No me ayudaste ni siquiera con esta esperanza.

 
El llano en llamas, 1953.

lunes, 14 de marzo de 2022

Chimpancés asesinos, gorilas mansos

En los años ochenta fue muy célebre la imagen de Michael Jackson portando una cría de chimpancé en brazos. El simpático simio, llamado Bubbles, causaba sensación en sus apariciones públicas y se convirtió en una estrella por derecho propio. Su relación con el cantante era obviamente muy estrecha. Bubbles era dependiente, dócil y afectuoso como es propio de todas las crías de chimpancé, que, en estado silvestre y mientras están en la infancia, jamás se separan de sus madres. las crías de chimpancé, sin embargo, crecen. Entre los seis y ocho años alcanzan la pubertad, época en que empiezan a despertar sus instintos selváticos. Bubbles empezó a dar muestras de estar volviéndose incontrolable, hasta el punto en que Michael Jackson se vio obligado a dejar su famosa mascota en un centro de acogida. El albergue estaba repleto de chimpancés adolescentes y adultos procedentes del mundo del espectáculo o de los hogares de humanos caprichosos que, desde la ignorancia, habían pretendido adoptar un animal que, por decirlo en pocas palabras, no puede ser domesticado.

El concepto de que los chimpancés no sean domesticables puede resultar confuso para muchas personas, dado que estos simios parecen muchísimo más «humanos» que otros animales que sí son fáciles de domesticar, como los perros. En un amplio abanico de situaciones, pueden relacionarse con nosotros casi de tú a tú y con relativa normalidad, siempre que estén habituados al contacto con humanos. Los chimpancés no solo son nuestros parientes más cercanos (aunque, cabe aclarar, no son antecesores nuestros: más bien son primos hermanos); además su especie es la más inteligente del reino animal después de la especie humana. Se estima que, al menos en cierto rango de tareas, un chimpancé adulto posee una inteligencia similar a la de un niño humano de tres o cuatro años de edad. Por supuesto, la inteligencia de un niño es muchísimo más flexible y polivalente. Aun así, para un animal no humano, ese nivel de inteligencia es excepcional. Los chimpancés pueden aprender tareas sorprendentemente complejas, incluyendo la comunicación mediante signos. En comparación, los perros son intelectualmente muy limitados. 

Los chimpancés albergan una rica vida interior y poseen una psique complicada que incluye una muy elaborada percepción de sí mismos y de los otros. Se ha demostrado que poseen capacidad para reflexionar sobre el estado mental del prójimo, capacidad que hasta hace no tanto se pensaba exclusiva de los seres humanos. Estos simios se nos parecen tanto que es fácil cometer el error de creer que, por lógica, deberían ser más aptos para la convivencia con humanos que otros animales. ¿Por qué no iban a ser los chimpancés perfectos compañeros de convivencia? Sin embargo, el que sean o no domesticables no depende de su gran inteligencia o de su estrecho parentesco con los humanos. Lo realmente decisivo es que provienen de un tipo de sociedad muy distinta a la humana. La testaruda realidad demuestra que los perros, aunque no se nos parezcan, están hechos para convivir con nosotros, pero los chimpancés no.

En cautividad, los chimpancés pueden vivir hasta los sesenta años. Los seis o siete primeros corresponden a la infancia, que es cuando ingenuamente podríamos llegar a creer que resulta fácil domesticarlos. En algunos países es legal poseer chimpancés como mascotas. Hay personas que tienen crías en sus casas y les ponen pañales, les enseñan una rutina o los someten a cierta disciplina. Los pequeños chimpancés, genéticamente dispuestos a depender por completo de sus madres durante años, no cuestionan nada de esto. Son incondicionalmente cariñosos y sumisos. Muchos dueños creen que sus chimpancés mantendrán ese adorable comportamiento cuando crezcan, pero están ignorando la verdadera naturaleza del animal. Tan pronto alcanzan la pubertad, los chimpancés sufren una metamorfosis psicológica y conductual motivada por su herencia genética. Su instinto los empuja a prepararse para una vida adulta que comenzará entre los diez y los trece años de edad. La intensidad del cambio de la adolescencia se manifiesta de manera especialmente severa en los machos. En la naturaleza, los chimpancés necesitan de altos niveles de agresividad para sobrevivir y para abrirse camino en una sociedad muy competitiva y violenta. Por ello, un chimpancé que de pequeño fue dócil e inofensivo puede empezar a mostrarse agresivo por motivos que los humanos no siempre encontramos evidentes. Las manifestaciones de agresividad varían de unos individuos a otros, pues son animales muy complejos que, al igual que los humanos, poseen personalidades muy distintivas. En ocasiones, sus conductas agresivas ni siquiera responden a resentimientos o enfados, sino que son simples intentos de demostrar su estatus social.

Incluso en individuos no muy agresivos, la adolescencia suele estar marcada por la desobediencia. Y la insumisión de un chimpancé es un problema mucho más serio que la insumisión de un perro. Si ya es difícil controlar a un perro de tamaño grande, pensemos que un chimpancé adulto posee una potencia física literalmente sobrehumana: sus brazos, por ejemplo, son entre tres y seis veces más fuertes que los de un humano adulto. Sin armas, ni Mike Tyson ni cualquier otra leyenda del boxeo tiene posibilidad alguna de ganar una pelea a un chimpancé. Incluso sus juegos dentro de casa pueden destrozar muebles y enseres (y, por supuesto, podrá llegar el día en que se niegue a llevar pañales, lo cual solo empeora el cuadro). Esta naturaleza insumisa y agresiva no es producto de un carácter malevolente. Al hablar de chimpancés y de animales en general, cabe deshacerse de reduccionismos antropomórficos. Por ejemplo, con frecuencia se dice que los perros son «mejores» o «más nobles» que los humanos, cuando lo cierto es que les es difícil comportarse de otra manera porque han evolucionado para mostrar respeto y fidelidad a la jerarquía. Del mismo modo, los chimpancés pueden ser agresivos no por decisión propia, sino por buenos motivos evolutivos. Para entenderlo, es útil compararlos con los gorilas.

En algunas películas de la saga "El planeta de los simios" vemos una sociedad tecnológica donde los gorilas ejercen como soldados y los chimpancés son los más pacíficos civiles. Esta fantasía cinematográfica responde al aspecto mucho más temible de los gorilas, que son más grandes, más fuertes y más intimidantes que los chimpancés. No obstante, si existiese esa civilización formada por grandes simios, los papeles estarían invertidos: los gorilas serían los civiles pacíficos y los chimpancés ejercerían como soldados.

Los gorilas, también muy cercanos parientes nuestros, siempre tuvieron mala fama por culpa de sus rostros severos, su imponente tamaño, sus aparatosos gestos y sus impactantes rugidos. Los gorilas dan miedo incluso cuando realizan un gesto tan trivial como bostezar dejando asomar sus imponentes colmillos. Fue la primatóloga Jane Goodall quien demostró que los gorilas, en realidad, no son particularmente violentos. Son animales fundamentalmente vegetarianos. No cazan, y las proteínas animales que consumen provienen sobre todo de insectos. Son casi tan inteligentes como los chimpancés, pero su psicología es muy distinta porque también es muy distinto su modo de vida.

Los gorilas suelen conformar pequeños grupos dominados por un patriarca que protege y comanda una familia de hembras y jóvenes. En esa sociedad gorila, los enfrentamientos violentos son poco habituales y se producen, sobre todo, cuando un macho intenta disputarle el territorio o las hembras al patriarca reinante. Incluso en ese caso, el enfrentamiento físico suele estar precedido por una serie de avisos. Los gorilas son conscientes del poder de sus semejantes y no les gusta pelear hasta las últimas consecuencias porque supone arriesgarse a recibir heridas graves. Así que, cuando es posible, prefieren recurrir a la intimidación y solo llegan a la violencia directa cuando esa intimidación no ha funcionado. A los patriarcas tampoco les gusta ver peleas entre los suyos, y a veces intervienen para detener conflictos entre otros miembros de su manada.

Es infrecuente que los gorilas ataquen a los humanos. Aunque no es imposible, y sucede. Como con cualquier animal grande, existe un peligro intrínseco y siempre hay que tener cuidado. Quienes trabajan con gorilas silvestres señalan que, para que tenga lugar ese ataque, deben producirse unas circunstancias específicas. Por ejemplo, la mala suerte. Si un humano se encuentra se repente con un gorila que no lo ha oído venir, será atacado sin advertencia, porque a los gorilas no les gusta verse sorprendidos. Algo parecido sucede cuando se sienten acorralados, o, de manera especial, cuando sienten que sus crías están siendo amenazadas: los furtivos que pretenden robar crías para venderlas son las principales víctimas humanas de los gorilas. En otros casos, y salvando el mencionado encuentro fortuito e indeseado por ambas partes, los gorilas tienen la costumbre de avisar antes de atacar.

Cuando un humano desconocido entra en el territorio de una manada, lo habitual es que el macho dominante salga al encuentro para desplegar un espectacular repertorio de advertencias: rugir, ponerse sobre dos patas, darse con los puños en el pecho, golpear el suelo para hacer ruido, arrancar ramas y lanzarlas por el aire, correr levantando polvareda, etc. Estas advertencias son muy evidentes y van de menos a más. Solamente si el humano es lo bastante insensato como para ignorarlas, el gorila se decidirá a lanzar un ataque que normalmente será rápido y no necesariamente tendrá la intención de matar. Eso sí, dada su fuerza, uno solo de sus golpes puede provocar heridas muy graves (lo que menos se puede esperar son varias roturas de costillas y otros huesos). Algunas personas han sobrevivido a estos ataques; teniendo en cuenta que un gorila es diez veces más fuerte que un varón humano adulto, esa supervivencia demuestra que el gorila pretendía ahuyentar al invasor y no matarlo, cosa que podría haber hecho en un par de segundos.

Goodall enseñó al mundo que, si se respetan los protocolos sociales de los gorilas y se les permite acostumbrarse a la presencia humana, son animales que no ejercerán la agresión sin motivo aparente. Los gorilas son peligrosos por su fuerza, pero previsibles. Quienes trabajan con gorilas o los estudian en su hábitat conocen los signos que para un humano no significan nada, pero que un gorila a la defensiva puede interpretar como amenazas (por ejemplo, es mala idea mirarlos fijamente a los ojos, o mostrar los dientes). Estos profesionales también saben que un gorila nervioso reducirá su agresividad si el humano adopta la correcta postura de sumisión. El sentido común, unido al conocimiento de la psicología del gorila, sirve para prevenir eventos desagradables.

Los gorilas pueden mostrarse incluso protectores con ciertos seres humanos. Es famoso el caso de un niño que cayó en el foso de los gorilas de un zoológico estadounidense en el año 2016. Un macho adulto llamado Harambe, alarmado por los gritos de la gente, decidió proteger al niño. Su conducta era de aparente brusquedad a ojos humanos, sobre todo cuando corría arrastrando al niño tras de sí, cosa que hacía porque un gorila no puede correr a dos patas llevando al niño en brazos. Lo cierto es que Harambe no trató al niño como a un invasor, sino como a una cría necesitada de ayuda, y no pretendía más que poner a salvo al pequeño humano. Si hubiese querido matar al niño, lo hubiese hecho. El asunto terminó cuando la policía mató a disparos a Harembe porque, aun a sabiendas de que su conducta era protectora, un niño no es tan resistente a los movimientos bruscos como lo es una cría de gorila (por suerte, el niño salió del incidente solo con algunas heridas menores). No se trata de «humanizar» la conducta de Harambe, sino sencillamente de juzgarlo por su propia psicología; el pobre gorila trató al niño como hubiese tratado a una de sus propias crías, pero desconocía que una cría humana es mucho más frágil que una de las suyas propias. Este incidente ilustra que, incluso cuando las cosas acaban mal, la conducta de los gorilas suele seguir unos patrones previsibles. Hablábamos de quienes trabajan con simios salvajes; pues bien, todos ellos prefieren un encuentro con gorilas, esos gigantes vegetarianos y contemplativos, que con chimpancés. Vean aquí a un gorila macho que nunca ha visto un espejo y confunde su propio reflejo con un macho invasor: sus amenazas son terroríficas, no cabe duda, pero no es menos cierto que el animal está ofreciendo la oportunidad de que el rival se humille o se retire:

Casi nada de lo aquí dicho sobre los gorilas se aplica a los chimpancés. Para empezar, los chimpancés son omnívoros. Consumen gran cantidad de hojas que son la base de su dieta, pero también les gusta la carne y, al igual que los humanos, han evolucionado para cazar en grupo. Sus presas predilectas son monos arborícolas a los que atrapan mediante complejas estrategias colectivas ejecutadas por los machos de la manada: unos chimpancés asustan a los monos para dirigirlos en una dirección concreta donde esperan otros chimpancés que han organizado una emboscada. Es un fascinante ejemplo de trabajo en equipo, unido a la capacidad de estos simios para comunicarse entre sí mediante gestos. Sin embargo, la sociedad chimpancé es mucho más competitiva y caótica que la de los gorilas. Los chimpancés salvajes son cariñosos, tienen una rica vida afectiva y ciertamente poseen empatía, pero viven bajo el efecto de un constante estrés social. Son, como los humanos, propensos a las neurosis y las frustraciones. Entre los gorilas, un patriarca puede ser desafiado por otro macho y ahí acaba el tumulto porque, resuelto el conflicto, la manada se dedicará a la vida contemplativa. Pero los chimpancés viven en manadas más numerosas y sienten la constante necesidad de mantener o mejorar su estatus; por ello, y con frecuencia diaria, recurren a amenazas, agresiones e incluso actos de crueldad deliberada.

La agresión de los gorilas es previsible y proporcional, siguiendo patrones relativamente comprensibles para nuestra mirada humana, porque es una agresión cuyo propósito es la autodefensa y la defensa del territorio, de las hembras y de las crías. Por el contrario, la agresión de los chimpancés responde a complicados resortes sociales no siempre obvios para el observador humano. La agresión del chimpancé puede parecer caprichosa y desproporcionada. Y esto no es todo. Los chimpancés no solo matan, sino que se ensañan con sus víctimas: atacan los ojos, los genitales, etc. Esto, cabe insistir, no significa que los chimpancés sean «malvados», pero se aleja de su idealización pueril como «personitas». Sí, se parecen mucho a nosotros, más que ninguna otra criatura de nuestro planeta. Y sí, son encantadores: ¿a quién no le enternece ver vídeos de chimpancés? Pero tenemos que recordar que ellos no son como nosotros.

Es verdad que existen algunos humanos capaces de cometer actos tan sanguinarios como los de un chimpancé, pero a estos humanos los consideramos una excepción, una aberración dentro de los parámetros de nuestra sociedad. Salvando esas excepciones, los humanos no somos tan violentos. Por el contrario, los chimpancés que se comportan de manera sanguinaria no constituyen una aberración entre los suyos. Su conducta es producto de la evolución, sumada a la influencia de sus propias biografías. Pero si los chimpancés son distintos a nosotros incluso en el uso de la violencia, están en su derecho de serlo. Somos nosotros quienes hemos ido a buscarlos a su hábitat, no a la inversa. De hecho, los chimpancés salvajes suelen evitar a los humanos. El problema con el que se encuentran los mal informados adoptantes de chimpancés consiste en descubrir que no los podrán domesticar porque lo que tienen en sus casas es, básicamente, un pedazo de la selva.

El que los chimpancés no sean domesticables no los convierte en una rareza. Muy pocas especies animales son domesticables. A lo largo de nuestra existencia como humanos hemos domesticado a un muy reducido número de criaturas, mientras que la mayoría se han resistido. Las especies domesticables deben cumplir una serie de condiciones. Deben ser sociales en origen, pero no cualquier sociedad animal predispone a la domesticación: es importante que en sus manadas primen la obediencia y el respeto a la jerarquía. El perro, que proviene del lobo, ha sido fácil de domesticar porque los lobos tienen una tendencia natural a respetar al líder de la manada, grupo social mucho más estable que el de los chimpancés. Los actos violentos del perro, como los del gorila, suelen seguir una lógica que los humanos encontramos comprensible. Un perro ve al humano como líder de su «manada» y esto hace que, por su historia evolutiva, le resulte muy difícil comportarse de otra manera. Es extremadamente raro, aunque en ningún modo imposible, que un perro ataque a quienes considera de su familia, y para que eso suceda suele precisarse la intervención de un factor anómalo, como una enfermedad que afecte a su conducta. Además, a los millones de años de selección natural del lobo hay que sumar los miles de años de selección artificial del perro: los humanos hemos favorecido la reproducción de los perros más obedientes y dóciles frente a la de aquellos más violentos e indómitos. Una consecuencia de esto es que los perros domésticos parecen ser menos inteligentes que los lobos, pero son más capaces de prestar atención a lo que hacemos los humanos. Los lobos no nos  conocen ni nos comprenden, pero a los perros los hemos adaptado a nosotros y nuestras necesidades.

No todas las especies sociales y jerárquicas son domesticables. Pese a lo que parece indicar el sentido común, la semejanza entre dos animales no indica que sean igualmente aptos para ser nuestros obedientes compañeros. Por ejemplo, hemos domesticado con mucho éxito los caballos y los burros, pero no hemos podido hacerlo con las cebras, demasiado indómitas y agresivas. ¿Por qué unas especies sí son domesticables y otras muy parecidas no lo son? Además del funcionamiento de sus respectivas jerarquías naturales, hay otros factores que entran en juego: cómo manejan las situaciones de miedo y estrés, para qué usan su agresividad, etc. Hasta existe un caso particular de animal no muy social que se ha adaptado perfectamente a nosotros: el gato. Se cree que los gatos se domesticaron a sí mismos integrándose por voluntad propia en comunidades humanas de África, donde buscaban alimento y refugio. El pequeño tamaño de los gatos no los convertía en una amenaza, así que los humanos toleraron su presencia y pronto descubrieron las ventajas de aquella espontánea compañía felina. En especial, era beneficiosa la habilidad de los gatos para cazar alimañas, cosa muy apreciada en comunidades agrícolas. Los gatos ni se parecen a nosotros ni proceden de una sociedad jerárquica como la de los perros; eso hace que, como sabe cualquier propietario de gatos, no sean muy obedientes ni estén dispuestos a trabajar para nosotros. Pero su conducta hacia los humanos es muy tranquila. Los gatos, entre otras cosas, nos temen por nuestro mayor tamaño y saben que no sería buena idea hacernos enfadar.

Los chimpancés domésticos no nos temen. Y con razón. Si se lo proponen, pueden matar con facilidad a cualquier persona. Los únicos chimpancés que nos tienen miedo son los silvestres que no tienen experiencia tratando con nosotros. Los chimpancés silvestres ven que los humanos somos más altos que ellos, así que también nos imaginan más fuertes y evitan toparse con nosotros del mismo modo que evitan toparse con leones o leopardos. Lo peor que puede pasar es que ejemplares salvajes descubran que, pese a nuestra estatura, no somos rivales para ellos. Esta circunstancia solo se produce cuando se ven forzados a vivir cerca de los humanos, situación que, de ser por ellos, nunca se produciría. En muchas regiones de África, los pobladores humanos apenas tienen problemas con los chimpancés porque estos animales evitan activamente el contacto. Por desgracia, cuando la deforestación deja a los chimpancés sin hogar, estos empiezan a dejarse ver y terminan deduciendo que los humanos no son tan temibles como sugiere su estatura. El mejor ejemplo es lo que está sucediendo en zonas rurales de Uganda. La población humana se ha instalado en territorios que hasta hace muy poco eran selva, pero que ahora son tierras de cultivo. Los chimpancés han perdido sus zonas de caza y se ven obligados a subsistir en diminutos parches de bosque que aún quedan junto a las nuevas plantaciones y poblados. Esta cercanía a los humanos ha ayudado a que los chimpancés descubran que sus nuevos vecinos son vulnerables y, por lo tanto, potenciales presas. Y esta es una muy mala noticia para los agricultores: el chimpancé es un simio cazador de monos, así que un humano vulnerable se convierte, a sus ojos, en un mono comestible más. En su ansia cazadora, los chimpancés de estas zonas deforestadas han llegado a atacar a niños. Los aterrorizados agricultores, que se habían instalado en esas regiones buscando una vida mejor, construyeron vallas que se terminaron demostrando inútiles ante la fuerza y agilidad de estos simios. Muchos colonos han terminado huyendo porque, aunque eso los devuelve a una situación económica precaria, se han dado cuenta de que los chimpancés cazadores son imposibles de controlar. Y no solo los humanos pueden ser víctimas; se han documentado ataques colectivos de chimpancés contra gorilas. Los chimpancés saben que, cara a cara, un gorila adulto los puede matar en un segundo, pero una vez aprenden qué individuos (crías, jóvenes, enfermos) son vulnerables a los ataques en grupo, no desaprovecha la oportunidad de cazarlos. 

Los chimpancés que viven con humanos tienen una psicología sumamente compleja repleta de resortes que escapan a nuestra teoría de la mente. Es decir, nos es muy difícil interpretar lo que pasa por sus cabezas. Los chimpancés se comunican profusamente entre ellos; normalmente, y salvo en caso de alarma, lo hacen en silencio, mediante gestos que han desarrollado de manera natural. Pero no son capaces de hablar con nosotros y su estado mental es fuente de posibles sorpresas que, en ocasiones, son muy desagradables. En Estados Unidos se hizo célebre el caso de Travis, un chimpancé macho de trece años —esto es, recién empezada su vida como adulto joven— que vivía como mascota en casa de una mujer llamada Sandra Herold. Travis había crecido entre humanos desde su nacimiento y parecía totalmente adaptado a la vida en una casa. Dormía con Sandra, comía en la mesa y se divertía realizando diversas tareas domésticas, desde regar las plantas hasta dar de comer a unos caballos. Veía partidos de béisbol en televisión y había llegado a aprender intuitivamente el horario del camión que llegaba al barrio para repartir su postre favorito, el helado. Había ejercido como «actor» en anuncios y como invitado en programas televisivos. Su relación con la gente de la localidad era, por lo general, afectuosa. Sandra Herold conducía una grúa para retirar vehículos; cuando iba acompañada de Travis, los lugareños saludaban al chimpancé y contemplaban divertidos cómo este devolvía el saludo. Así, la mayor parte del tiempo, Travis parecía una «personita» más.

Travis, sin embargo, no era tan feliz como aparentaba. Los chimpancés necesitan constante estimulación intelectual y física. Genéticamente preparados para altos niveles de estrés, se aburren con facilidad en torno a los humanos, y no siempre consiguen gestionar las emociones negativas que se derivan de sus carencias y frustraciones. A esto hay que sumar que sus necesidades dietéticas son difíciles de satisfacer (las verduras de consumo humano no son suficientes), y que cualquier enfermedad puede empeorar su estado anímico. Travis padecía problemas psicológicos desde el comienzo de su adolescencia: al despertar de su naturaleza selvática se había sumado la enfermedad de Lyme, causada por una pulga, que cuenta entre sus síntomas la confusión mental y elevados niveles de ansiedad. Travis, de hecho, estaba siendo tratado con benzodiacepinas. Con la pubertad llegó el primer incidente. En una ocasión, viajando en el coche de Sandra, un desaprensivo tiró un objeto hacia la ventanilla semiabierta junto a la que se sentaba Travis. El objeto pasó por la ventanilla y le golpeó. Los chimpancés son extremadamente inteligentes y no solamente reconocen una intención agresiva, sino que, dado su instintiva tendencia a defender el estatus social, se la toman como algo personal. Siempre se dice que los elefantes nunca olvidan a la persona que los ha maltratado; esto es muy cierto en el caso de los chimpancés, capaces de guardar rencor —y también un profundo cariño— a personas a las que no han visto durante años. Para vengarse del lanzamiento del objeto, Travis se quitó el cinturón de seguridad, abrió la puerta y salió en persecución del agresor, aunque no consiguió alcanzarlo porque este había tenido la buena idea de huir al instante. Así que Travis quedó en mitad de la calle, alterado y buscando venganza, cuando se presentó la policía. Aunque desde bebé conocía a los policías del pueblo, hizo conato de atacarlos. Su dueña lo pudo tranquilizar, pero los policías le aconsejaron que se deshiciera del chimpancé llevándolo a algún centro de conservación. Por desgracia, la mujer hizo caso omiso. Varios años después se demostró que los policías habían aconsejado sensatamente. La causa visible del nuevo incidente fue un juguete, aunque es seguro que los problemas psicológicos de Travis empeoraron su reacción.


Los chimpancés, como los niños, tienen sus juguetes favoritos y pueden volverse posesivos con ellos. El juguete favorito de Travis era un peluche de Elmo, el personaje de los Muppets. Una amiga de Sandra Herold y visitante habitual de la casa, Charla Nash, tuvo la ocurrencia de agarrar el muñeco. Sin mediar aviso, Travis se abalanzó sobre ella. Lo que siguió fue verdaderamente escalofriante. En la sanguinaria tradición de las peleas a muerte entre chimpancés, Travis arrancó los ojos y la mandíbula de la mujer, además de destrozarle las manos. Su dueña, Sandra, intentó detener el ataque apuñalando al chimpancé por la espalda con un cuchillo de cocina. Travis «se giró y me miró como diciendo: mamá, ¿qué has hecho?». 
El acuchillamiento incrementó su furia; no atacó a su «madre», pero siguió ensañándose con Charla. Sandra llamó a emergencias diciendo «¡El chimpancé ha matado a mi amiga! ¡Se la está comiendo! ¡Le ha arrancado la cara!» mientras, en segundo plano, se oía al chimpancé gritando. Aun así, al operador de emergencias le costó casi un minuto creer que la histérica mujer no estaba intentando tomarle el pelo. Por fin, la policía se presentó y mató al animal a tiros. 

Increíblemente, Charla Nash sobrevivió al violento ataque de Travis, aunque quedó ciega y muy desfigurada. Los médicos de emergencia que la atendieron nunca habían visto algo parecido y calificaron sus heridas como «horrendas». El oficial de policía que disparó y mató a Travis, llamado Frank Chiafari, conocía al chimpancé desde cría y el suceso lo conmocionó tanto que padeció una depresión como consecuencia. Sandra Herold dijo después que, pese a los hechos, seguía pensando que «Travis es como mi hijo y no podría serlo más aunque le hubiese dado a luz yo misma», e insistió en que el ataque había sido «una anomalía». 

Es verdad que Travis era un chimpancé adulto sometido al estrés de una enfermedad y a los efectos de varias medicaciones, pero no es menos cierto que este tipo de ataque hiperviolento se observa también entre chimpancés salvajes. El de Travis fue quizá un caso extremo, pero no único. Es peligroso acercarse a un chimpancé que está en una jaula y no son pocas las personas que, confiadas, han sido atacadas en zoológicos o centros de investigación, donde los chimpancés llegan a arrancar dedos a través de los barrotes. Como decíamos antes, lo preocupante es cuando aprenden que son mucho más fuertes que los humanos: dada su inteligencia, ni siquiera necesitan pelear con nosotros para aprenderlo. Les basta con observarnos.

El chimpancé es, pues, el más violento de los grandes simios, mucho más agresivo que los seres humanos. Si tenemos en cuenta nuestra historia cazadora similar a la del chimpancé, somos muy poco agresivos, quizá porque nuestras sociedades han sido mucho más estables. Pero los chimpancés no son así porque lo han decidido. Es su naturaleza y difícilmente podremos cambiarlos. Una selección artificial que los haga más dóciles parece inviable: viven demasiado tiempo y se reproducen demasiado poco como para planificar, mediante el apareamiento de individuos escogidos, cambios generacionales que se manifiesten a medio plazo. Intentar hacer con ellos lo mismo que hicimos con los lobos es nadar contra la corriente. El primer problema es que los humanos hemos sido intrusos en el hábitat de los chimpancés, los hemos extraído de él, y hemos intentado adaptarlos a nuestros caprichos. El segundo problema es que esperamos que se comporten como lo que no son. Y el tercer problema es que durante sus primeros años sí se comportan como nosotros deseamos, mostrándose dóciles y dependientes, y además siendo encantadores. Las redes sociales —Instagram, etc.—, unidas al evidente encanto e inteligencia de estos fascinantes parientes nuestros, han promovido las adopciones de chimpancés como mascotas allá donde esta práctica todavía es legal. Pero cabe reflexionar sobre si un hogar humano puede cubrir las verdaderas necesidades de estos complejos simios, y sobre la irresponsabilidad de hacerlos crecer en un entorno que quizá los rechace en cuanto abandonen la infancia. Pero los chimpancés criados entre humanos no pueden retornar a la selva, pues no han podido aprender a relacionarse con sus parientes salvajes que los matarían en minutos, y terminan —en el mejor de los casos— en instituciones dedicadas a recoger a aquellos individuos que ya no son manejables y cuyos «dueños» han descubierto que no son realmente domesticables. Individuos que, no lo olvidemos, han sido abandonados por humanos a quienes amaban como su familia. Los chimpancés pueden ser indómitos y agresivos, pero no son malvados o insensibles, y parecen sufrir la pérdida y la separación de manera no muy distinta a como los sufrimos nosotros. Qué mejor manera de respetarlos que dejarlos vivir en su hábitat y bajo sus propias reglas.

sábado, 26 de febrero de 2022

La insumisión a la tiranía disfrazada de poética en Anacreonte

No es la filosofía quien primero acuña la conciencia del yo. Es la poesía. 

Anacreonte, o Anacreón, fue llamado Sabio por Platón. Poeta Dulcísimo, por los clásicos. Escribió de amores y de vino en dialecto jónico, uno de los más antiguos lenguajes de Grecia, eligiendo las palabras más hermosas, a juicio de los traductores, que no es otra cosa que emplear las más dulces y expresivas; su versificación es elegante y delicada, y el ritmo de sus poemas armonioso. Por desgracia, quien esto suscribe no sabe leer griego antiguo (ni moderno) y lamenta lo mucho que ha perdido con ello.

Píndaro, a quien Horacio comparó con un águila, no tuvo imitadores en la Antigüedad. Durante el Renacimiento, o durante el periodo barroco, algunos trataron de replicar su poesía, sin pasar de lo oratorio o la complejidad de las estrofas. En cambio, Anacreonte tuvo centenares de imitadores en la Antigüedad, en los orígenes del Cristianismo, en la época bizantina, en el Renacimiento, en el Barroquismo e incluso en el periodo denominado arcádico del siglo XVIII. Lamentablemente fue imitado en lo más convencional, superficial y retórico. Y si los imitadores cantaron al vino y la buena mesa, a la danza y las conversaciones ligeras no exentas de gracia, a la senectud alegre y el desprecio por las riquezas, a las travesuras de Eros y la belleza de las flores y de la primavera, o el odio a la guerra y la tendencia a la templanza, no replicaron igualmente la fuerza de los sentimientos y emociones del original. Pese a ser tan poco fidedignos, sus lastimosas composiciones fueron atribuidas a Anacreonte en aquellos otros tiempos, menos críticos y de menor penetración filológica, dando lugar a un universo de poética anacreóntica de ínfima calidad, que degradaba al propio Anacreonte y privaba de su verdadera dimensión, infinitamente más grande.  

De sus obras auténticas (tres libros de odas, uno de elegías y otro de yambos) solo han llegado a nosotros fragmentos. Las sesenta y dos odas de la "Antología Palatina", que recibió también el nombre de Anacreontea (Anacreónticas), fueron publicadas en París en 1554 como originales por el impresor Henricus Stephanus, siendo en su mayor parte apócrifas. Las versiones más importantes al castellano que encontramos de los poemas anacreónticos con anterioridad al siglo XIX son: 

  • Las Eróticas ó amatorias, en versión de Estevan Manuel de Villegas de 1618, donde se traducen 46 odas con poca fidelidad al original griego, en versos prosaicos y duros, pero llenos de gracia y con una versificación y un estilo muy cuidados, que son recopiladas por Espasa-Calpe; 
  • Poesías varias, heroicas, satíricas y amorosas, la versión de Francisco Trillo y Figueroa de 1652; 
  • El Parnaso Español, Libro IV, pp. 166-167, de 1737, donde se publica la traducción de dos odas de Ignacio de Luzán; 
  • Anacreón castellano con paraphrasis y comentarios, la célebre traducción de Francisco de Quevedo de 1794; y 
  • Obras de Anacreonte traducidas del griego en verso castellano, por Joseph y Bernabé Canga-Argüelles, de 1795, que traduce de forma bastante fiel setenta y cinco odas en verso.

"Los fragmentos (que se conservan) componen una fuente deslumbrante de placer y de conocimiento, de conciencia, de dignidad, de estímulos del orgullo humano; sus temas fundamentales: la ciudad, el combate, el amor, la embriaguez del vino y el canto, acaso sean poderosos a explicar el terrible viento de juventud que la recorre y la anima. (...) El poeta pretende las alegrías del amor; disfruta del vino y la poesía como bienes comunitarios" (Antología de la lírica griega. Bonifaz Nuño, Rubén. UNAM, 1988)

Los líricos de Grecia compusieron en sus poemas no solo antiguos cantos, también formas desconocidas de sintaxis, de ritmo y morfología, derivando todo ello en una musicalidad muy diferente a la que genera en oyente los épicos hexámetros de la Odisea y la Ilíada. 

En Occidente, la poética sistemática se sitúa en Aristóteles (en quién, si no). En sus obras, el estagirita dejó establecida una fórmula que incluía el texto y su contexto: "Para ver si está bien o no lo que uno ha dicho o hecho, no sólo se ha de atender a lo dicho o hecho, mirando si es elevado o ruin, sino también al que lo hace o dice, a quién, cuándo, cómo y por qué motivo, por ejemplo, para conseguir un mayor bien o evitar un mal mayor" (Poética, Aristóteles). El contexto es la atmósfera dentro de la cual el texto se produce, una burbuja que contiene los datos culturales incidentes en la escritura. En la conciencia de cada escritor, épico o lírico, trágico, filósofo o historiador, existe una intención que guía el discurso y ha de ser tomada en cuenta porque una parte significativa del propósito comunicativo se transmite mediante las estructuras internas del texto, elegidas a propósito, "pues no basta el tener las cosas que hay que decir, sino que es necesidad también cómo hay que decirlas; y muchas cosas contribuyen a que el discurso aparezca de cierto modo" (Ibid.)

El contexto de la poesía lírica arcaica es la tiranía. Muchos poetas líricos de Grecia vivieron bajo regímenes tiránicos. No obstante, los tiranos griegos (gobernantes en solitario) promovieron la cultura en general y la poesía en particular entre los siglos VII y IV a.C. 

"Así como los atenienses de las últimas décadas anteriores a Maratón se adornaban con perfumados vestidos jonios y prendían cigarras de oro en sus magníficas cabelleras, así adornaban la ciudad de Atenas las esculturas y las armoniosas poesías de los jonios y los peloponesios en la corte de los tiranos. Llenó el aire con todos los gérmenes artísticos y con la riqueza de pensamiento de todas las estirpes griegas y creó así la atmósfera en que pudieron desarrollarse los grandes poetas áticos para orientar el genio de su pueblo en la hora de su destino" (Paideia, Jaeger, 1967)

Anacreonte estuvo al servicio de tres de ellos (Polícrates de Samos, Pisístrato e Hiparco de Atenas). Produjo su poesía en el simposio, un espacio particular donde se comía, se bebía y se escuchaba a los poetas cantar sus composiciones. Siguiendo a Aristóteles, debió desarrollar una poética imbuida de la atmósfera del simposio y fue allí donde creó una poética para el paso de la tiranía a la democracia, de la borrachera sin límite a la moderación, del héroe guerrero al poeta que vive para el amor. Se suele asociar el nombre de Anacreonte al de la fiesta, la ebriedad del vino, la alegría y el amor. Pero esta imagen solo representa una parte de su poética, las Anacreónticas, de tono juguetón, erótico e inclusive picante (en los simposios no entraban mujeres de alto rango social, solo hetairas y flautistas y danzarinas).

La simbiosis que solía establecerse entre un poeta lírico y su tirano obligaba al primero a buscar estrategias en la forma de dar a entender, sin decir, los mensajes contrarios al segundo. Por este motivo los temas dominantes de la lírica de Anacreonte (el amor y el vino, la guerra y la vejez) se prestaban a innúmeros matices para insinuar la realidad, haciendo perífrasis de cosas y personas. El poeta se valía de recursos como el énfasis, tropo que consiste en expresar indirectamente lo deseado, con lo que no se ponía en riesgo ni el ambiente del simposio ni el sentido del poema, ni la integridad del propio poeta. El énfasis se emplea cuando el orador quiere expresar algo determinado, pero no puede o no quiere en vista de las circunstancias, y por ello se limita a una alusión tras de la que el público debe buscar y encontrar el verdadero significado. El juego es arriesgado: decir sin ser descubierto, permitir al oyente interpretar las palabras y otorgar el significado conveniente. Anacreonte se sirve de todos los recursos posibles, en particular del énfasis, para establecer una serie de valores que impactarán en la axiología y la estética del siglo V a. C. La verdad se afirma mediante el simulacro (un texto dentro de otro texto) y el pensamiento se disfraza con el lenguaje (un lacerante aguijón envuelto en una amable ofrenda).

Anacreonte sabía que su poesía debía situarse en el centro del banquete y hacer que la atmósfera simposíaca fuese placentera y no tensa. Aun así, como miembro temporal de la corte del tirano, algunos fragmentos guardan relación con el ejercicio del poder y con la confrontación bélica, aunque en la mayoría de los casos de forma indirecta:

"Me lamento por ti, Aristoclides, de mis bravos amigos el primero: 
pues tu juventud aniquilaste, guardando a la patria de la esclavitud".

El lamento del poeta por la muerte de Aristoclides, el más bravo entre sus amigos, es la expresión de un dolor viril y una profunda emoción, que no balbuciente desgarro, pues se trata de un reconocimiento, una alabanza por quien ha muerto en batalla. Para el hombre griego nada existía peor que la esclavitud. En el poema se destaca también el sufrimiento por la pérdida insoportable de la juventud. En la mayor parte de la lírica griega arcaica se refiere el horror hacia la vejez y, de ahí, la pasión del amor, la alegría del vino y aun el valor en la guerra, cuestiones que merecen vivirse sólo en la juventud, pues, al llegar la vejez todas las cosas se vuelven intolerables.

Otro fragmento es el siguiente:

"Muerto por Abdera, al fortísimo Agatón,
ya al pie de la pira, plañió la ciudad entera:
a ningún joven semejante segó Ares, amante
de sangre, en el remolino de la batalla abominable"

De nuevo, un joven muerto en la flor de la vida. La postura del poeta ante la guerra surge de una conciencia política que incluye la relación con los tiranos, las cualidades del soldado, de los pueblos y sentimientos tan dispares como el dolor, la admiración, la melancolía y el destino. 

El poeta lucha por cierta independencia en su canto:

"yo ni de Amaltíe
querría el cuerno, ni años
ciento cincuenta
sobre Tartesos reinar."

El cuerno de Amaltea, nodriza de Zeus, representa la prosperidad y la abundancia, pero también la esclavitud del dinero. El rechazo del cuerno indica desprecio hacia las riquezas, que se une al desprecio hacia el poder. Aparece también el miedo a la senectud: conocida era la mítica longevidad de Argantonio, rey de Tartesos, y el poeta establece de manera indirecta una diferencia entre su persona y la del tirano.

La forma en que disfraza su pensamiento aparece con nitidez en el siguiente fragmento:

"también la cabellera que su delicado
cuello cubría.
pero ahora tú estás calvo
mientras ella, luego de caer en manos
miserables, toda entera
al negro polvo descendió,
infortunadamente por el golpe del hierro
habiendo caído; y yo por los dolores
estoy atormentado. ¿Pues qué haría uno
que nada ha logrado en favor de Tracia?
"

El poema parece cantar que Polícrates, en un feroz rapto de celos, ordena que se le corte a Esmerdíes (su amado efebo) la cabellera, símbolo y atributo de belleza en los muchachos griegos. Pero también aduce que la ciudad se encuentra en manos miserables y desciende al negro polvo de la opresión y la impotencia mediante la fuerza, por el golpe del hierro, que puede referirse tanto a las armas que derrumbaron la muralla de la ciudad como a la navaja que cortó la cabellera al muchacho. El poeta, otrora un joven de hermosos cabellos, es ya un hombre calvo que no puede tomar una acción significativa en defensa de su ciudad, por lo cual se debate atormentado por el dolor. El poema termina con la ironía característica de Anacreonte; la lectura política admite una referencia autobiográfica y la necesidad del énfasis, del disfraz, debido a que, si bien la ciudad del poeta había caído en manos de los persas, las ciudades griegas cayeron en manos de los tiranos.

En el siguiente fragmento, donde aparentemente no hay alusión política alguna, se pueden encontrar, mediante un atento análisis, ciertas consideraciones políticas:

"De rodillas te imploro, flechadora de ciervos,
rubia hija de Zeus, Ártemis,
señora de agrestes animales,
la que ahora, en alguna parte, sobre los remolinos del Leteo miras
la ciudad de hombres de corazón intrépido,
gozosa, pues no pastoreas ciudadanos indómitos"

La lectura inicial es que la diosa Artemisa, caracterizada como cazadora y señora de fieras, se transforma en protectora de la polis de los hombres de corazón intrépido y en pastora de ciudadanos indómitos, a consecuencia de haber bebido de las aguas del Leteo, célebre río del inframundo que borra toda memoria, aunque el poeta no hace mención explícita de ese acto, y por tanto la diosa ha olvidado su destino. Pero hay otra lectura que hace referencia a Artemisa Leucofronia, quien era venerada cerca de Magnesia, ciudad bajo el dominio del persa Oretes; el adjetivo indómito, es decir, no domesticados, salvajes, y referido a los ciudadanos, destaca el hecho de que los magnesios, aun sin ser griegos, no se consideraban bárbaros, pues tenían tradiciones civiles y religiosas griegas. Parece ser que Polícrates de Samos y el tirano de Magnesia pensaban aliarse y es posible que Anacreonte, sabiéndolo, aluda a ello al decir simplemente que la diosa "mira [...] gozosa" como si diese su visto bueno a la alianza entre los déspotas. 

Hay un pequeño fragmento que levantó cierta polémica debido a que su interpretación es sumamente disímil: 

"y lejos de ella escapo yo, como el cuco".

Se da la circunstancia de que el cuco es un pájaro primaveral y un ave muy cobarde. Unos autores interpretan el "lejos de ella" en referencia a una mujer; otros a una batalla; finalmente, otros apuntan a la ciudad de Teos, donde nació el poeta. Pero lo más interesante es subrayar que Anacreonte pasó largos años en las cortes de los tiranos y que no importa que el fragmento se refiera a una mujer, a una batalla o a una ciudad: en todos los casos el contexto en que el poeta compone es la tiranía: un ambiente poco flexible, en ocasiones opresivo. Si se trata de una mujer, será de una tirana (seguramente "Calicrita la de Cianes, caminando altivamente, gorjeante golondrina"). Si el poeta se aleja de la batalla, se aleja de una atmósfera pavorosa. Si alude a su ciudad, significa que suspira por ella y con tristeza huye de ella.

"La metáfora de la tiranía erótica (el amor como tirano o tiranía, o el amante como un tirano) aparece, antes de este fragmento, una vez en la literatura griega que nos ha quedado, y más tarde aumenta la frecuencia de esa imagen. En esta lectura, el fr. 449 representa, en Anacreonte, un ejemplo más de amor y deseo descritos en términos de opresión o dominación y servidumbre. Consecuentemente, Calicrita fue retratada por Anacreonte como tirana" (Two Observations on the Anacreon CommentaryMark Joyal, 1990)

Por su sujeción al tirano, el poeta no gozaba de libertad para hablar de según qué temas, en particular los asuntos políticos. De ahí la hipótesis de una poética configurada por estrategias retóricas que le permitieran decir sin decir y alcanzar, tal vez, cierta serenidad de espíritu al cumplir con su tarea como maestro de la palabra. En parte escondido, velado entre palabras, su rostro se revela al que lo escucha con atención. Finalmente, todo rostro es una máscara: toda máscara, un disfraz.


jueves, 3 de febrero de 2022

El café literario de la red

La vida que ahora se denomina virtual (o digital, o redística) se reduce a una comunicación casi sin límites de uno mismo consigo mismo. Una consecuencia poco deseable, pero completamente inevitable, es la transparencia que se le otorga a ese yo: primero, deseable; después, misterioso; más tarde, criticado; finalmente, aburridísimo.

Escribir no es algo consustancial a este yo moderno de internet. Se escribe desde hace milenios. Y se continuará haciendo. Pero las redes permiten escribir de forma egocéntrica, fingiendo originalidad, y con narcisista adoración de uno mismo. incluso permiten escribir no con palabras impresas sino con fotografías, vídeos, dibujos o cualquier cosa que uno sienta como genuina herramienta de expresión. Pero la cosmética virtual que se usa sigue siendo la de un yo que comunica su experiencia creyendo que interesa a alguien, cuando sabido es que la experiencia ajena (que suele ser la misma en todos) es lo más aburrido que existe. Eso no quita que mucha gente viva rodeada de miles de fanáticos, seguidores o influidos (y, en algunos casos, por esotéricas derivaciones de la economía, con suculentos ingresos).

El aristocrático salón literario antecedió al café literario, y este a las redes actuales. Es el lazo histórico entre el escritor moderno y lo virtual. El café literario, ya casi extinto, proveyó durante casi dos siglos un nombre literario a quien pusiese suficiente empeño en ser escritor. Se trataba de un espacio público, de libre intercambio de ideas sin necesidad de compromisos ulteriores. La red, como el café, no obliga a exhibir obra acabada alguna, lo cual garantiza poder convertirse en escritor sin necesidad de escribir siquiera un par de cosas exigentes. Basta con tener un aspecto extraño en algún sentido y ser capaz de emplear la voz —o el baile o lo que sea. De aquellos cafés de antaño surgieron en Francia figuras como Rimbaud o Baudelaire, pero también Tristan Corbière, Gustave Kahn, Jules Laforgue, Jean Moréas o Albert Samain. De las redes de hoy se desprenden infinidad de nombres, algunos de ellos recogidos por las editoriales, pero todos acabarán justamente olvidados en el tiempo.