Los habitantes de Somalia no temen a la guerra. Llevan tanto tiempo sumidos en ella que han acabado por perderle el miedo. La paradisíaca playa de Lido, en Mogadiscio, la capital, sigue siendo un lugar de recreo y felicidad, al menos mientras los milicianos islamistas de Al Shabaab, la franquicia de Al Qaeda en el cuerno de África, no perpetren alguna de sus habituales matanzas terroristas. La playa de Lido es uno de los sitios de ocio más populares de Mogadiscio y es frecuentada por políticos y extranjeros por su buena comida y vida nocturna, además de servir de lugar de reunión para los jóvenes somalíes.
Una buena parte de la población somalí nació en mitad de la guerra: alrededor del 70% no ha cumplido los 35 años y para ellos la vida es y siempre ha sido una sucesión de atentados, bombardeos extranjeros y jueves en la playa de Lido. Lejos queda la caída del dictador Siad Barre, en 1991,momento en que Somalia se desmoronó a través de la violencia. Los distintos clanes, comandados por señores de la guerra, perpetúan la batalla por el control territorial. La nación está fragmentada y la autoridad de su presidente termina en los confines de la capital y las zonas controladas por la AMISOM.
Al norte, en el antiguo protectorado británico, en la costa del golfo de Adán, Somaliland es un Estado independiente de facto. Pese a la falta de reconocimiento internacional, ha desarrollado sus propias instituciones y fuerzas de seguridad y, para muchos medios, es la democracia más fuerte del este de África. Disputan con la vecina Puntland las regiones de Sool y Sanag. La ONU solicita el cese de hostilidades y que se abran canales de comunicación. Pero el clan Daarood, que domina Puntland, no quiere la independencia sino formar una Somalia federal. El territorio es tan vasto que resulta imposible de controlar, algo que ha sido aprovechado por el ISIS para impulsar su propia milicia. Y mientras Puntland lucha contra Al Shabab y contra el ISIS, los ataques de Somaliland ofrecen refugio y apoyo a los grupos terroristas.
Es un todos contra todos. Los escenarios bélicos se superponen. La misión internacional combate a Al Shabaab al sur y al ISIS al norte, y entre ellas pelean por el control de la yihad en el cuerno de África. El ISIS lleva años tratando de penetrar en Somalia. En octubre de 2016 se presentó ante el mundo en Somalia con la toma, durante 40 días, de la ciudad costera de Qandala, centro histórico del comercio entre África, Oriente Medio y Asia. Más de 20.000 personas huyeron durante las cinco semanas en las que, con apenas medio centenar de soldados, el ISIS convirtió Qandala en la capital del efímero califato islámico en Somalia. Las fuerzas somalíes, apoyadas por el ejército norteamericano, liberaron la ciudad en diciembre de 2016, pero la reputación estaba conseguida y, con ella, su capacidad para reclutar hombres y financiación.
Desde entonces, las fuerzas del ISIS se han multiplicado. Según un informe de la ONU, cuenta con más de 200 combatientes. Y no obstante, Al Shabaab sigue siendo la principal amenaza terrorista desde hace más de una década. Cuando la AMISOM se retire, Al Shabaab volverá a intentar tomar el control de Mogadiscio. La vuelta de tropas norteamericanas a suelo somalí, catorce años después del "Black Hawk Down", no ha logrado detenerlos. Permanecen agazapados en el valle del Shabelle, a 30 kilómetros de la capital, esperando el momento propicio. Pese a la manera en que se ensañan con los civiles en sus atentados, Al Shabaab continúa gozando del respaldo de la población: les prefieren a ellos antes que a los extranjeros.
La intervención militar no ha aliviado la situación humanitaria de las miles de personas desplazadas del valle del Shabelle. La cifra de civiles en los campos de refugiados, casi improvisados, no deja de aumentar. En 2017 se desplazaron más de un millón de personas, según Acnur. La suma de violencias solapadas se encuentra detrás de este éxodo, pero el principal percutor sigue siendo la prolongada sequía que infierna al país. Sin lluvias en Deyr (octubre-diciembre) ni en Gu (abril-junio), la agricultura de subsistencia ha desaparecido, el precio de los cereales y el maíz se ha duplicado, el kilo de arroz ronda los cuatro dólares y los rebaños mengua hasta desaparecer. El resultado es pavoroso: 6,2 millones de personas, casi la mitad de la población, necesita asistencia humanitaria y 2,7 millones se encuentran en riesgo de hambruna.
En los entornos rurales del valle del Shabelle, los radicales han prohibido la asistencia humanitaria internacional, pero han creado su propio sistema de ayudas porque son conscientes de que no pueden perder el apoyo de la población ni consentir que sean otros clanes quienes canalicen el descontento social. En Hoybo, al norte de Mogadiscio, bastión bucanero para las oleadas de piratas que han vuelto a apoderarse de las aguas del golfo de Adén, se ha vuelto a imponer el secuestro como negocio frente al hambre, e incluso los yihadistas han logrado diversificar sus actividades: tráfico de armas, de combustible e incluso de personas. En 2011 hubo constancia de un pacto entre Al Shabaab y varios líderes piratas para que los primeros se quedasen con el 20% de los rescates de los piratas a cambio de fondear los barcos secuestrados en Hoybo. Este entente permitiría a Al Shabaab salir victorioso de las mil batallas contenidas en Somalia.
Tras Jazeera, el último pueblo costero bajo control somalí, el reino de los shabaabs es el reino del terror: impuesto revolucionario, ejecuciones públicas, lapidaciones (de mujeres adúlteras) y tribunales islámicos en defensa de la sharía. Cerca del mercado de Bakara se encuentra una gigantesca encrucijada, el "kilómetro 4", donde los atentados con coches bomba son la tónica habitual. Los conducen hombres y mujeres de la diáspora a quienes, tras un tiempo estudiando en Londres o en París, lavan el cerebro describiendo la vida en Somalia como el paraíso donde les han de esperar sus seres queridos, ya difuntos. Pero, al final, la vida en Somalia sigue. Mogadiscio es un caníbal que se come a muertos y vivos, tras el cual la vida vuelve, como si pasara nada. Un caos de locos donde solo pasea la AMISON y una fuerza militar formada por los turcos.
Los tiempos en que se pasearon los árabes ya periclitó: se cansaron de las confiscaciones continuas de los funcionarios de aduanas. Estados Unidos se limita a ataques aéreos. La Unión Europea, con un masivo programa de ayuda, no aparece sobre el terreno. China no tiene ningún interés en el país. Solo se quedan los turcos, felices de estar solos en una posición tan estratégica como Yemen, con una flamante embajada permanente, una colosal base militar de la que no salen nunca y el nombre de Erdogan rotulado en caracteres latinos y árabes en las calles principales. Oficialmente fingen apoyar al presidente Farmajo, pero en realidad son complacientes con Al Shabaab, se niegan a unirse a las operaciones europeas contra la piratería y venden armas y munición de la ayuda internacional a los yihadistas.

