LOS PRIMEROS DIOSES VERDADEROS
La cultura natufiense (del 11.000-8.000 a.C.) construyó casas agrupadas formando aldeas. Estaban edificadas en fosos poco profundos y circulares, reforzadas con muros de contención hechos en piedra, y uno o dos hogares. Además de las herramientas líticas empleadas para cazar, disponían de utensilios para moler y machacar, y contaban con muchos útiles fabricados con hueso. Realizaban entierros bajo las casas o agrupados en lo que serían los primeros cementerios. Es posible que algunos enterramientos, incluidos los de los perros, fueran ceremoniales, porque aparecen decorados con conchas y piedras pulidas. En estas aldeas se han hallado piezas artísticas realizadas en hueso con motivos animales. En Abu Hureya (valle del Éufrates, en un territorio correspondiente a Siria), entre 11.000 y 10.000 a.C. los natufienses cosecharon de forma intensiva cereales silvestres. Sin embargo, hacia el final del período, los cereales se volvieron cada vez más raros (el mundo se estaba secando, coincidiendo con el final del Dryas Reciente) y los natufienses se pasaron a la arveja (guisante) y la centinodia (corrihuela). En Khiam, al oeste del mar Muerto, las casas se erigen por primera vez en la superficie, no en fosos, y el arte, hasta ese momento zoomórfico, comienza a crear figuras femeninas humanas cada vez más realistas. Hacia el año 10.000 a.C., aparecen bucráneos de uro enterrados en las casas (el uro es una forma extinta de buey salvaje o bisonte) con los cuernos incrustados en las paredes, lo que sugiere una función simbólica.
Alrededor de 9.500 a.C., en un contexto de caza y recolección, se desarrollan dos figuras simbólicas dominantes: la Mujer y el Toro. La Mujer era la figura suprema y con frecuencia se la representa dando a luz un Toro. Para muchos, este es el origen de la religión. Por primera vez se representa a los humanos como dioses, tanto en su vertiente femenina como en la masculina. La forma femenina es un símbolo de fertilidad, que , en una época de alta mortalidad infantil, era muy apreciada. Su culto garantizaba el bienestar de la tribu o de la unidad familiar. Todo esto tuvo lugar después de que comenzase el cultivo de las tierras y, con ello, el sedentarismo, pero antes de la domesticación de animales y plantas y, por ende, y de la agricultura. En Mureybet, cerca del Éufrates, en la actual Siria, las casas son más complejas, con áreas para dormir, hogares elevados y separados y zonas de almacenamiento. Poseen un techo plano de barro sostenido por vigas. Entre ellas, a cielo abierto, se aprecian "fosos-hoguera" de gran tamaño, una versión antigua del horno polinesio en el que los guijarros conservan el calor producido por el fuego.
Los fosos-hoguera de Mureybet están rodeados de huesos de animales carbonizados. En Mureybet, además, hacia el 9.000 a.C. surgen las primeras construcciones rectangulares del mundo, que permiten un mayor número de agrupamientos, por lo que acaso la razón para ello fuese defensiva. Otra innovación de Mureybet fue el uso de arcilla cocida para fabricar estatuillas femeninas. La acción del fuego sobre arcilla era conocida y utilizada de forma intencional por sus habitantes.
Con todo ello podemos deducir que, en lugares como Mureybet, el desarrollo de la agricultura no fue un acontecimiento súbito provocado por la miseria o alguna otra amenaza, como se ha razonado hasta no hace mucho en los libros de Historia. El sedentarismo precedió durante largo tiempo a la domesticación, las casas habían pasado de las primitivas estructuras redondas y semi-subterráneas a edificaciones rectangulares por encima de la superficie, y fabricaban ladrillos y objetos simbólicos. Luego hace aproximadamente 12.000 o 10.000 años, el hombre primitivo experimentó un profundo cambio psicológico. Este cambio fue, básicamente, una revolución religiosa, anterior a la domesticación de las plantas y los animales. Se pasó del culto a los animales o a los espíritus a un culto de algo que sí reconocemos hoy en día: la diosa femenina, flanqueada por su compañero masculino (el toro), es adorada como ser supremo. Hay grabados de este período en los que aparecen fieles con sus brazos en alto, como si oraran o suplicaran. Por primera vez aparece una relación de subordinación nueva entre dios y el hombre. Desde este momento existe una fuerza divina, con los dioses "arriba" y la humanidad "abajo".
El toro simboliza no sólo el principio masculino sino la naturaleza indomable, como por ejemplo las fuerzas desatadas durante las tormentas. Los bucráneos de Mureybet no eran visibles para sus ocupantes, pero su función era garantizar la resistencia de la construcción, no ser adorados. Hacia el 8.000 a.C., en Anatolia, aparecen las primeras alusiones a la confrontación con el toro, en las que el hombre mismo aparece. En ellas se celebra la virilidad masculina y es este interés por la virilidad lo que vincula la revolución agrícola y la revolución religiosa: ambas fueron intentos de satisfacer el deseo de dominar al reino animal.
La Mujer y el Toro, que muchos consideran los primeros dioses verdaderos, en tanto que son entidades abstractas y no espíritus animales, tuvieron gran eco por toda Europa durante el Neolítico. Aparecen en diferentes contextos y culturas, vinculados a símbolos que difieren de un lugar a otro. Estas pruebas confirman que el sedentarismo y el descubrimiento de la agricultura alteraron la forma en que el hombre primitivo pensaba la religión. Con el desarrollo de las primeras grandes civilizaciones en diversas partes del mundo, como Sumeria, Egipto y la India, el simbolismo de la Gran Diosa, el Toro y las piedras sagradas se propagó y evolucionó adoptando muchas formas diferentes:
- Entre los dioses indios antiguos, por ejemplo, aparece Indra, a quién constantemente se compara con un toro.
- En Irán el sacrificio de toros era frecuente.
- En varios lugares de África y Asia también se veneraban distintos dioses toro.
- En la religión acadia de la antigua Mesopotamia el toro era un símbolo del poder.
- En Tel Khafaje (cerca de la actual Bagdad) se descubrió la imagen de un toro junto a la de la Diosa Madre.
- Al principal dios de la antigua religión fenicia se le conocía como Shor ("toro") y como El ("toro misericordioso").
- Entre las tribus dravídicas del centro de la India, se desarrolló la costumbre de que el heredero de un hombre que acababa de morir debía, en un lapso de cuatro días, colocar junto a su tumba una enorme piedra de alrededor de tres metros de alto. La piedra, se creía, retendría en la tierra el alma del muerto.
- En muchas culturas del Pacífico, las piedras representan dioses, héroes o los espíritus petrificados de los ancestros.
- Los khasis de Assam creían que los alineamientos circulares o cromlechs eran piedras "mujer" que representaban a la Gran Diosa del clan, mientras que los menhires eran la variedad "masculina".
La siguiente adición al núcleo de creencias básicas fue el concepto de "dios de los cielos". No es de extrañar. De día, el movimiento del sol es claramente visible: de forma constante muere y renace. Su papel en las estaciones y en el crecimiento de las cosas tuvo que haber sido tan obvio como misterioso . De noche, la multitud de estrellas y el aún más curioso comportamiento de la luna (crece y mengua, desaparece y reaparece, establece las mareas y el ciclo de la mujer) la hizo, si cabe, aún más misteriosa.
- En Mesopotamia (donde había tres mil trescientos nombres de dioses), la palabra sumeria para divinidad, dingir, significaba «brillante, reluciente», y lo mismo ocurría en el acadio.
- Dieus, dios del cielo luminoso, era una divinidad común a todas las tribus arias.
- El dios indio Dyaus, el romano Júpiter y el griego Zeus evolucionaron todos a partir de una primitiva divinidad celeste, y en varias lenguas la palabra que designa la luz es también la que designa la divinidad.
- En la India, en tiempos védicos, el dios del cielo más importante era Varuna.
- En Grecia, Urano era el cielo, cuyo lugar sería finalmente ocupado por Zeus, que es probablemente la misma palabra que Dieus y Dyaus, que significan «brillo», «resplandor» y «día».
La existencia de dioses celestiales es la responsable del concepto de «ascensión». En distintas lenguas antiguas el verbo «morir» estaba asociado a escalar montañas o a irse a las colinas. Por todo el mundo, el cielo, en tanto que morada de los dioses, era un lugar que queda «arriba» y al que se llega mediante una cuerda, un árbol o una escalera. Se han encontrado muchos ritos de ascensión en las antiguas religiones védicas, mitraicas y tracias. El concepto de ascensión desempeña un papel central en el cristianismo.
El simbolismo lunar parecer estar asociado con nociones primitivas acerca del tiempo (véase Génesis 1, 14-19: "Y dijo Dios: «¡Que haya luces en el firmamento / que separen el día de la noche; / que sirvan como señales de las estaciones, / de los días y de los años, / y que brillen en el firmamento / para iluminar la tierra!. Y sucedió así. Dios hizo los dos grandes astros: / el astro mayor para gobernar el día, / y el menor para gobernar la noche. / También hizo las estrellas. / Dios colocó en el firmamento / los astros para alumbrar la tierra. / Los hizo para gobernar el día y la noche, / y para separar la luz de las tinieblas. / Y Dios consideró que esto era bueno. / Y vino la noche, y llegó la mañana: / ese fue el cuarto día.").
La forma que la luna adopta en cuarto creciente indujo a los pueblos antiguos a ver en ella un eco de los cuernos del toro. La muerte y renacimiento constantes de la luna hizo que, como el sol, se la asociara con la fertilidad. La existencia del ciclo menstrual convenció a algunos pueblos primitivos de que la luna era "la patrona de las mujeres" y, en ciertos casos, "la primera hembra".
Los dioses del cielo también desempeñaban una importante función en otra idea central, la de una vida después de la muerte. Sabemos que, ya en tiempos paleolíticos, el hombre primitivo tenía una cierta noción de "la otra vida" porque algunas personas eran enterradas junto a las cosas que, imaginaban, podría necesitar en el otro mundo. Al observar lo que le rodeaba, el hombre primitivo debió de encontrar muchísimos hechos que demostraban la existencia de esa otra vida, del morir y el renacer: la luna y el sol continuamente estaban apareciendo y desapareciendo; y muchos árboles perdían sus hojas cada año, pero luego éstas volvían a crecer con la llegada de la primavera.
En Mesopotamia, los habitantes creían que los dioses habían negado la inmortalidad a los humanos. A diferencia de los egipcios, creían en una entidad psíquica de nombre napitsu, un principio vital que animaba a los organismos vivos. No es claro lo que pensaban que sucedía después de la muerte. No creían en la inmortalidad, pero sí en alguna forma de supervivencia tras la muerte, circunstancia que transformaba a las personas en etimmus, los espíritus de los muertos, entidad a la que debían alimentar en ofrendas fúnebres y que atormentaba a los vivos si se descuidaban. Este es posiblemente el origen del demonio.
De la creencia en la existencia de las almas, es fácil pasar a la creencia en un lugar al que éstas puedan ir después de la muerte. Lo que nos lleva a preguntarnos dónde surgió toda una constelación de ideas asociadas: la otra vida, la resurrección, el cielo y el infierno. Estas fueron ideas tardías en el mundo antiguo. El concepto moderno de alma inmortal es una idea griega que debe mucho a Pitágoras. La mayoría de las civilizaciones más antiguas pensaban que el hombre tenía dos tipos de alma: un alma libre, la personalidad individual, y un alma corpórea, la dadora de vida y consciencia. Para los antiguos griegos, la naturaleza humana se componía de cuerpo, psyque (localizada en la cabeza) y thymos o conciencia (localizada en los pulmones). En vida, el thymos era la más importante, pero no sobrevivía a la muerte. La psyque, por su parte, se convertía en el eidolon, una forma fantasmal del cuerpo.
Esta distinción no sobrevivió más allá del siglo VI a. C., cuando la psyque empezó a ser considerada el yo esencial, la sede de la conciencia y también del principio vital. Al desarrollo de la idea del alma inmortal de Pitágoras contribuyeron Parménides y Empédocles (filósofos griegos de la Italia meridional y de Sicilia). Pitágoras, Empédocles y Platón creían en la reencarnación y en la metempsicosis (la idea de que las almas pueden volver al mundo dentro de otros animales o plantas). Tanto Sócrates como Platón sostenían la idea del origen divino del alma y fue en este período cuando se consolidó la idea de que el alma era más valiosa que el cuerpo. Sin embargo, muchos griegos no creían que hubiera una vida después de la muerte. Para los que sí lo creían, los muertos iban al inframundo, que en la Ilíada custodia el perro Cerbero, cruzando el río Estigia. El inframundo recibía el nombre de Hades, palabra que significa invisible, no visto. La muerte se consideraba inevitable, pero en la Odisea Proteo le dice a Menelao que será enviado «a los Campos Elíseos en los confines de la tierra». Elíseo es un nombre anterior a los griegos, luego es un concepto que nació en otro lugar. En el siglo V a.C. empezó la costumbre griega de enterrar a los muertos con un óbolo, una moneda para que el fallecido pagara a Caronte. En Platón y en muchas tragedias griegas descubrimos que los atenienses no parecen haber creído en la existencia de recompensas y castigos después de la muerte. «De hecho, no parecen haber esperado gran cosa en realidad. En Fedón, Simmias revela su temor de que al morir su alma se disperse «y éste sea su fin».
Detengámonos un momento en el hecho de por qué los dioses cambiaron de sexo, por qué se relegó a la Gran Diosa y dioses con atributos masculinos tomaron su lugar. Las sociedades agrícolas, agrupadas alrededor del hogar, eran probablemente matriarcales, con la madre como centro de muchas actividades. La vida en las ciudades estaba más dominada por los hombres. La necesidad de disponer de ejércitos favoreció a los hombres, porque podían dejar el hogar, así como el desarrollo de oficios especializados. Las mujeres se quedaban en casa para cuidar de la prole, y los hombres se convertían en alfareros, herreros, soldados, escribas y, muy especialmente, sacerdotes. Estas distintas funciones hizo que el varón ampliase sus intereses de una manera distinta a los de las amas de casa, lo que les impulsó también a participar en política. Era natural que los líderes fueran hombres y que los reyes pasaran a tener más relieve que las reinas. Este cambio ha tenido efectos incalculables en la historia de la humanidad (la primera vez que se llamó la atención sobre este cambio fue en el siglo XIX, en la obra de Johann Jakob Bachofen, "Derecho materno", una de las más importantes contribuciones a la antropología moderna).
EL DIOS DE ISRAEL
El peculiar logro de Israel es haber desarrollado a Dios.
Hasta un período tardío de la historia judía, los israelitas tuvieron un número considerable de divinidades. "Pues cuantas son tus ciudades, otros tantos son tus dioses, Judá", dice el profeta Jeremías en el siglo VI a.C. Cuando la religión israelita aparece por primera vez, en las escrituras hebreas, encontramos tres formas principales de culto: el culto de los terafín o dioses familiares, el culto de las piedras sagradas y el culto de ciertos grandes dioses. Algunos de estos dioses tienen forma de animales, otros son celestiales: el sol en particular. En la Biblia hay muchas referencias a estos dioses. Cuando Jacob huye de Labán, Raquel roba los terafín (ídolos) de su padre, Laban. Los terafín eran conservados en cada hogar con reverencia y las familias les ofrecían sacrificios cada cierto tiempo y les consultaban cualquier duda o dificultad mediante un sacerdote doméstico vestido con efod (vestidura sacerdotal de judíos y griegos). Los israelitas, por tanto, se diferenciaban muy poco de los pueblos que los rodeaban.
El culto de las piedras también desempeñó un papel importante en la primitiva religión semítica. Para los hebreos una piedra sagrada era un lugar donde moraban los dioses. La leyenda del sueño de Jacob nos proporciona un ejemplo en el que la piedra sagrada es ungida (Génesis 28, 11-19). En el Deuteronomio y en el segundo libro de Samuel hay referencias a Yahveh como roca. Los nombres de Baal y Moloch se emplean en la Biblia referidos a dioses locales de la región semítica y, en ocasiones, a piedras sagradas. En Dan y Bethel se adoraba a un dios con forma de toro en la época en que los israelitas levantaron un becerro de oro en el desierto durante el Éxodo. Es decir, la religión israelita fue politeísta durante siglos y la adoración de Baal, Moloch, el toro y la serpiente se desarrolló de forma paralela al culto de Yahveh sin que existiera una rivalidad consciente. Luego todo cambió.
Yahveh, originalmente, era el dios de la prosperidad, la fecundidad y la fertilidad. En la Biblia, Yahveh promete a Abraham "Te haré fecundo en gran manera, y de ti haré naciones, y de ti saldrán reyes". Lo mismo le dice a Isaac. Una de las costumbres judías más famosas, la circuncisión, es un rito de fertilidad relativo al principio masculino y una confirmación del predominio de los dioses masculinos sobre los femeninos. El Yahveh primitivo era también un dios de la luz y el fuego. La historia de la zarza ardiente es muy conocida. Además, Isaías describe que "la luz de Israel vendrá a ser fuego, y su Santo, llama… Sus labios llenos están de furor, su lengua es como fuego que devora". La idea un Dios "celoso" queda, por tanto, al acecho. El judaísmo primitivo incorporó además diversos aspectos del culto a la luna. Por ejemplo, el sábado (shabbatum, "día de luna llena" en Babilonia) estaba originalmente dedicado al maligno dios Kewan (nombre persa de Saturno), y nadie deseaba realizar trabajos de ningún tipo. Las implicaciones de la división del mes lunar en cuatro semanas de siete días, cada uno dedicado a uno de los dioses de los siete planetas, son evidentes.
Lejos de ser una presencia etérea, omnipotente y omnisciente, Yahvé vivía en un arca. Así se explica que fuese sacralizada y que los filisteos desesperasen por capturarla. Pero, además, se convirtió en un dios único y celoso, intolerante con las demás deidades. Hay que tener en cuenta que los israelitas eran una tribu pequeña en Palestina (la tierra de los filisteos), siempre rodeados de enemigos poderosos. Estaban constantemente luchando. El arca de Yahveh (un altar portátil) parece haber servido como punto de encuentro del patriotismo hebreo. Con el becerro de oro (el toro) en su interior, el arca iba siempre delante del ejército hebreo. Por tanto, había un solo dios en el arca, y aunque Salomón (siglo X a.C.) construyó templos para otros dioses hebreos, Yahveh se convirtió en la deidad principal. Durante generaciones los dos reinos israelitas fueron independientes frente a los grandes imperios de Egipto y Mesopotamia. Sin embargo, en el siglo VIII a.C., este equilibrio se rompió y los judíos fueron derrotados en batalla: primero por los asirios y luego por los babilonios. La existencia misma de Israel estaba en juego y, como respuesta, hubo un estallido de entusiasmo por Yahveh. Así surgieron los profetas, a quienes se deben las primeras obras maestras de la literatura hebrea, obras concebidas para mover a los pecadores israelitas a actuar según los deseos de Yahveh, que hacia el final de este período se había convertido en supremo.
La principal preocupación de los profetas consistía en alejar el culto a Yahveh de la idolatría (el ídolo en el arca) de modo que los fieles meditaran mejor sobre su propia conducta, sentimientos y defectos. Este énfasis en la vida interior sugiere que los profetas tenían en mente una religión urbana y se enfrentaban a los problemas de una vida en común más rural y estrecha. Esto explica que, en un esfuerzo por conmover a los israelitas y elevar su moral, los profetas forjaran la idea de la revelación. Moisés no sólo hablaba con Dios y obraba milagros, sino que ejecutaba actos de magia (convertía varas en serpientes, por ejemplo). Según 1 Reyes, 18,19 y ss., la profecía era común entre los cananitas. Lo que otorga a la profecía israelita su tono moral, carácter que distingue su religión, es la naturaleza moral del Dios que se había revelado por sí mismo. Si existía un poder sobrenatural, ¿por qué iba a manifestarse solo en ciertas rocas, ríos o animales sagrados? Dios no sólo era el más grande, sino el infinitamente más grande y, por tanto, la idea de representarlo era absurda, y la de intentar crear una imagen suya, insultante. Esta iconoclastia la adoptaría posteriormente el islamismo, religión nacida del judaísmo.
Elías, a quien Dios hablaba "en el susurro de una brisa suave" (1 Reyes 19:12), criticaba a los reyes por corruptos y veneradores de Baal. Amós (uno de los profetas menores) desarrolló la idea de que Israel había sido escogida por Yahveh para ser su pueblo elegido y que les protegería y proveería si respetaban su alianza con él y le veneraban a él y sólo a él. Para Amós, Israel había traicionado su sagrado matrimonio con Yahveh, y éste intervendría en la historia para hacer justicia. Oseas refinó aún más esta idea de la alianza, se oponía también a una realeza corrupta y al culto del templo, y califica de idolatría la veneración de toros sagrados que ha sido instituida en los santuarios reales (1 Reyes, 12: 25-39) y concibió la idea de un mesías que redimiría a Israel. Considerado el profeta del amor, Oseas la religión del corazón, separada del templo, algo que se vería reforzado cuando Jerusalén sobrevivió al asedio del rey asirio Sennacherib en 701 a.C. Los israelitas triunfaron gracias a la peste bubónica, transmitida por los ratones, pero para ellos esto sólo confirmaba que su destino estaba vinculado a Yahveh y su conducta moral.
Isaías, el escritor más hábil y conmovedor de todos los profetas y de todo el canon hebreo, empezó su misión profética el año en que falleció el rey Ozías, hacia el 740 a.C. Sobrino del rey Amasías de Judá y bien relacionado con los políticos de su época, Isaías se apartó de la realeza para estar con la gente. Tuvo un buen número de seguidores y gran popularidad, como se muestra en los textos descubiertos en Qumran tras la segunda guerra mundial, concretamente en un rollo de piel de siete metros de largo con todo el texto hebreo de Isaías escrito en cincuenta columnas. Debido a la presión de Isaías sobre el rey Ezequías, el Templo de Jerusalén regresó al culto a Yahveh. Isaías acusó a Judá de ser una tierra de desenfreno y lujo, una sociedad sensual sin preocupación alguna por el espíritu divino o humano. Isaías orientó la religión de los israelitas hacia una nueva espiritualidad. Según el mensaje de Isaías, hombres y mujeres debían abandonar la búsqueda de la riqueza y dejar de considerarla el principal objetivo de su vida: "¡Ay, los que juntáis casa con casa, y campo a campo anexionáis, hasta ocupar todo el sitio y quedaros solos en medio del país!" (Isaías 5:8). Pese a esta feroz crítica, Isaías incluye un elemento importante: el arrepentimiento. Dios es indulgente y, si Israel se arrepiente, Isaías prevé una época de paz, en la que los hombres y las mujeres «forjarán sus espadas en rejas de arado y sus lanzas en podaderas. No levantará espada nación contra nación, ni se ejercitarán más en la guerra» (Isaías 2-4). Asimismo, lanza un mensaje aún más radical: "He aquí que una doncella está encinta y va a dar a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel" (Isaías, 714). Este hijo especial traería consigo una era de paz ("Serán vecinos el lobo y el cordero, y el leopardo se echará con el cabrito, el novillo y el cachorro pacerán juntos, y un niño pequeño los conducirá", Isaías 11:6) y será un gran gobernante ("Porque una criatura nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Estará el señorío sobre su hombre y se llamará su nombre “Maravilla de Consejero”, “Dios Fuerte”, “Siempre Padre”, “Príncipe de Paz”, Isaías 9, 5-6). Los cristianos dan más valor a este pasaje que los judíos. Mateo (Mateo 4, 13-16) veía en él una profecía que anunciaba la llegada de Jesús. Sin embargo, los judíos no interpretan a Isaías en términos mesiánicos. Según Isaías, cada uno de nosotros tiene "el susurro de una brisa suave" en la conciencia: hecho fundamental que distingue al judaísmo.
Como los judíos no creían en la otra vida, el concepto más cercano a la idea del alma para ellos era la conciencia.
ASÍ HABLÓ ZARATUSTRA
La importancia y misterio del zoroastrismo reside en que emplea conceptos abstractos que hallan eco en el budismo y el confucianismo, y que parecen haber contribuido al judaísmo y, por tanto, al cristianismo y al islam. Según Nietzsche, Zaratustra fue el origen "del error más profundo de la historia humana, a saber, la invención de la moralidad". Zaratustra imaginó tres tipos de alma: el urvany, la parte del individuo que sobrevive a la muerte corporal; el fravashi, que vive en la tierra desde el momento de su muerte; y el daena, la conciencia. Conviene buscar en el zoroastrismo el conjunto de ideas fundamentales a partir del cual tomaron forma las principales religiones del mundo hoy conocidas.
EL PROBLEMA DEL ORIGEN DEL JUDAÍSMO
Tras los asedios de los babilonios a Jerusalén y la deportación de sus habitantes, hubo más judíos viviendo fuera de Palestina que dentro de sus fronteras. Fue un verdadero cataclismo para este pueblo. Se constataba que su Yahvé era mucho menos poderoso que los dioses de sus vecinos. Pero ocurrió justo todo lo contrario. Para los judíos, su tragedia confirmaba la predicción de los profetas: Israel se había apartado de su alianza con Dios y merecía ser castigado por ello. Los judíos necesitaban modificar su comportamiento y el exilio les proporcionaba un espacio especialmente adecuado para ello.
A medida que este libro se iba convirtiendo en un elemento central para la fe, el estatus de los escribas aumentó considerablemente. Adquirieron más importancia que los sacerdotes al contar con el patrocinio de mercaderes ricos que les financiaban para que pusieran por escrito las tradiciones judías y crearan así el material que mantendría unido al pueblo. Los escribas también sabían leer. En Mesopotamia se toparon con textos redactados por sumerios, asirios y babilonios. Llegado el momento, los tradujeron. De esta forma entraron en contacto con otras culturas y otras creencias religiosas.
Pero no solo las tradiciones escritas se consolidaron durante el exilio. Fue en este período cuando se introdujeron leyes relativas a la dieta y la circuncisión como modos de distinguir a los judíos de los paganos (otros pueblos de la antigüedad, como los egipcios, practicaban la circuncisión, y los sirios se abstenían de comer pescado). También aprovecharon el contacto con los babilonios, que poseían una astronomía muchísimo más desarrollada, para actualizar el año litúrgico judío y diseñar su ciclo de festividades: la Pascua (que significa "paso" y conmemora la llegada del Ángel del Señor que ayudó a los israelitas a cruzar el mar Rojo para alcanzar la Tierra Prometida); Pentecostés (la entrega de las leyes, la fundación de la religión); y el Día de la Expiación, anticipación del Día del Juicio. También fue en esta época cuando definieron el Sabbath, prestado de la costumbre babilónica antes mencionada.
El exilio no alcanzó a durar medio siglo, pero su influencia en las ideas judías fue muy profunda. Según los libros de Jeremías y Ezequiel, la mayoría de los exiliados fueron llevados cerca de la misma Babilonia. Se les permitió construir casas y granjas, y practicar libremente su religión (aunque no se ha hallado ningún templo judío en Babilonia). Muchos judíos tuvieron éxito como mercaderes. En las tablillas comerciales de la época, escritas en cuneiforme, se observa un aumento del número de nombres judíos. Su situación mejoró mucho con la llegada de Ciro II el Grande, y en 538 a.C. fueron liberados. Muchos se negaron a salir: Babilonia continuó siendo el centro de cultura judía durante 1.500 años.
Lo que los cristianos denominan Antiguo Testamento es, para los judíos, el Tanaj, un acrónimo derivado de los tres tipos de sagradas escrituras reunidas en el libro: Torá (la ley), Neviim (los profetas) y Ketuvim (los escritos). En las primeras versiones griegas de la Biblia los cinco libros de la Torá eran conocidos como Pentateuco. La división de los textos en capítulos y versículos no fue una ocurrencia de los autores originales, sino una innovación muy posterior. El orden de los libros de la Biblia hebrea es diferente del que presenta el Antiguo Testamento cristiano; el Antiguo Testamento católico, a su vez, incluye los llamados libros deuterocanónicos, ausentes del Antiguo Testamento protestante. En la actualidad, el Tanaj consta de 24 textos, el Antiguo Testamento protestante contiene 39, el católico 46, y el ortodoxo 51 libros. Lo expertos creen que la Torá se compone de cuatro capas, reunidas hacia finales del siglo IV a.C. (es decir, tras el exilio en Babilonia). Esto se comprueba en el Génesis que, pese a ir en primer lugar en el esquema bíblico de la historia, no era conocido por los primeros profetas, cuyos libros, ambientados entre mediados y finales del siglo VIII a.C., no mencionan la Creación, Adán, Eva o (para los cristianos) la Caída.
La Teogonía de Hesíodo (c. 730-700 a. C.) contiene ideas que se solapan con las del Génesis. En ella, Pandora, la primera mujer, es creada a partir del hombre, como ocurre con Eva en la Biblia. Sabemos también que en 620 a.C. se elabora en Atenas el primer código jurídico, escrito por Dracón, que quizá sirviera de inspiración para la Torá israelita. El Éxodo que dirigió Moisés debió de tener lugar entre 1.400 y 1.280 a.C., una época en la que se conocen con certeza los nombres de los reyes de Babilonia y Egipto y muchas de sus acciones, de las que se han hallado restos identificables. Sin embargo, la primera figura bíblica cuya existencia podemos corroborar en fuentes independientes es el rey Ajab, que se enfrentó al rey asirio Salmanasar III en el año 853 a.C. No hay pruebas arqueológicas de la existencia de los patriarcas (Abraham, Noé, Moisés o Josué) ni del exilio judío en Egipto, el Éxodo heroico y la conquista (violenta) de Canaán. Quizá la cuestión no sea si personajes como Abraham existieron realmente, sino si las costumbres e instituciones que aparecen en las narraciones bíblicas son históricas. Aún más importante, Yahveh, el Dios de los Judíos, no fue ser sobrenatural totalmente distinto, como aseguran los israelitas, sino uno entre una gran variedad de deidades de Oriente Próximo, y que, hasta mediados del siglo VII a.C., tenía esposa. No conviene olvidar que el judaísmo no siempre fue una religión monoteísta. Hay dudas razonables incluso de la existencia de David y Salomón, la época dorada de la historia judía en la que, según la Biblia, las doce tribus vivieron bajo un mismo rey, una era que habría comenzado hacia el siglo XII a.C., con ciudades tan grandes como Meguiddó (Armagedón), Jasor y Yizreel. Es posible que David y Salomón, de haber sido reyes, fuesen gobernantes menores, no los grandes constructores de palacios que dominaron la región que actualmente ocupa el estado de Israel y de los que tanto se habla en la Biblia.
Lo que socava de manera contundente la autoridad de la Biblia es que, gracias a la arqueología, sabemos que relatos ambientados en la Edad del Bronce (hacia 1.800 a.C.) describen en realidad el mundo de la Edad del Hierro, posterior a 1.200 a.C. Los topónimos bíblicos son nombres de la Edad del Hierro, los filisteos (palestinos) no aparecen mencionados hasta 1.200 a.C. y, pese a que la Biblia los menciona en Génesis 24 - 10:12, los camellos no fueron domesticados hasta finales del segundo milenio a.C. Tradicionalmente, de acuerdo con la Biblia, los israelitas llegaron a Canaán desde el extranjero y, ayudados por Yahveh, vencieron a los filisteos (o palestinos) entre los siglos XIII y XII a.C., tras lo cual se estableció el glorioso imperio de David y Salomón en los siglos XII y XI a.C. Esta unión de los reinos de Samaria, al norte, y de Judea, al sur, se habría prolongado hasta el siglo VI a. C., cuando los babilonios conquistaron Israel y se llevaron a los judíos a Mesopotamia como esclavos, en el segundo exilio. En la actualidad no hay ninguna prueba arqueológica que respalde esta concepción. No hay vestigios de la campaña militar dirigida por Josué ni de ciudades saqueadas o incendiadas. Hoy sabemos que muchas de las ciudades que, según la Biblia, fueron conquistadas por Josué —Arad, Ay y Gabaón— no existían en aquella época, sino más tarde. Los arqueólogos sostienen que la aparición de cierto tipo de cerámica (jarrones con un cuello distintivo) y de la casa de cuatro habitaciones, indicios de que la región había experimentado la llegada de los israelitas, son desarrollos que maduraron a lo largo de ciento cincuenta años en distintos lugares y, en muchos casos, antes de la fecha propuesta para la llegada de los israelitas. Si esta perspectiva es correcta, significaría que la Biblia está equivocada por completo en un asunto de primer orden: los judíos no habrían llegado a Canaán desde fuera ni habrían sometido a la población indígena, como cuenta la Biblia, sino que eran una tribu local con sus propios dioses (en plural).
Esto respalda la idea de que la Biblia fue obra de judíos que habían regresado tras el segundo exilio en Babilonia (el primero habría tenido lugar en Egipto). Habrían compilado una narración con dos objetivos en mente: uno, dar a entender que en la historia antigua ya había un precedente de judíos que llegaban del exterior y se apoderaban de la tierra; y segundo, justificar su reclamación de la tierra mediante la Alianza con Dios, un invento que implicaba que los israelitas necesitaban un Dios especial, muy diferente de cualquier otra deidad venerada en la región. El doctor Raz Kletter, investigador de los servicios arqueológicos israelíes, ha examinado cuidadosamente no menos de ochocientas cincuenta figurillas, desenterradas durante las últimas décadas. Estas figurillas, pequeñas, hechas de madera o en arcilla, tienen pechos exagerados y, por lo general, fueron concebidas para ser vistas sólo de frente. Fueron creadas entre los siglos VIII y VI a.C. Nadie sabe por qué estas figurillas se encontraban donde fueron halladas o por qué tienen la forma que tienen. Hay también una serie de figuras masculinas —cabezas o cuerpos completos—, sentadas sobre caballos. Según Ephraim Stern (en su Archaeology of the Land of the Bible, las figurillas representan a Yahveh y su consorte, Astarté. Nadie se asuste: la personificación femenina de la Sabiduría es presentada como consorte del Dios bíblico en Proverbios, 8. El profesor Stern sostiene que estas figurillas israelitas no son muy diferentes de las halladas en países vecinos y concluye que representan un estadio intermedio en el desarrollo del judaísmo, entre el paganismo y el monoteísmo. Son estas figurillas las que parecen respaldar la idea de que el judaísmo completamente desarrollado no surgió hasta el exilio babilonio. Por supuesto, hay quienes se oponen a esta hipótesis, con argumentos igualmente sólidos. Lo que nadie discute es el hecho de que el monoteísmo fue una creación única de los israelitas en Oriente Próximo.
LAS SAGRADAS ESCRITURAS
La Torá, primera parte del Tanaj hebreo, se compone de cinco libros (por ello también se conoce como Pentateuco): Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio. Los cuatro primeros recrean el período que va de la Creación a la llegada de los hebreos a la Tierra Prometida. El Deutronomio sería el discurso con el que Moisés se despidió de su pueblo en los llanos de Moab, Según los historiadores, esta sección tuvo cuatro fuentes distintas, refundidas en una quinta a cargo de un editor que intentó imponer entre los años 520 y 400 a. C. cierta unidad al conjunto. Hasta el Segundo Libro de los Reyes se expone la preocupación de los profetas de ver al pueblo judío expulsado de la tierra, por lo que es lógico pensar que estos libros se escribieron una vez que tal acontecimiento hubo tenido lugar, es decir, estando el pueblo judío en el exilio a mediados del siglo VI a.C.
La antigua literatura babilónica cuenta con historias similares a algunos relatos bíblicos, siendo los más singulares el niño entre los juncos, y un diluvio en el que dos elegidos construyen un barco para reunir en él a una pareja de cada especie del reino animal.
Uno de los hechos más sorprendentes de las Escrituras hebreas es que ofrecen dos relatos contradictorios sobre la Creación. En los primeros capítulos del Génesis, Dios crea el mundo en seis días y descansa el séptimo. Separa la luz de la oscuridad, los cielos de la tierra, ordena que brillen el sol y las estrellas y luego crea los árboles y la hierba y, después, las aves, las criaturas marinas y los animales terrestres. A continuación, crea a los humanos a su imagen, los divide en hombres y mujeres y les encomienda reinar sobre los animales y comer frutas y verduras (una primera creación vegetariana). Más adelante, sin embargo, el Génesis narra un segundo relato de la creación en el que Dios crea al hombre a partir del polvo del suelo (en hebreo, ’adamah). Este relato es específicamente masculino y, en él, el hombre existe antes que las demás criaturas vivientes, incluidas las plantas. Cuando Dios advierte que el hombre está solo es cuando crea a los animales y se los presenta para que les dé nombre. Luego crea a la mujer a partir de una de las costillas del hombre. Las dos versiones son muy diferentes y siempre han producido desconcierto. En el siglo XVII, el teólogo francés Isaac La Peyrère sugirió que la primera creación se refería a los pueblos no judíos (gentiles, pre-adamitas) y la segunda, posterior, a la raza de Adán en particular, esto es, el pueblo judío. Para justificar la existencia de los pre-adamitas, La Peyrère argumentó que tras del asesinato de Abel, que el Génesis narra, Caín tomó como esposa a una mujer que no era de la descendencia de Adán e inició la construcción de una ciudad. De esta forma se explicaba, por ejemplo, que hubiera seres humanos en el Ártico y en las Américas, lugares que la Biblia no menciona y de los que el Viejo Mundo no tuvo noticia hasta finales del siglo XV. El pastor alemán H. B. Witter apuntó que los dos relatos de la creación en el Génesis habían sido escritos por personas distintas en momentos diferentes, y que de esta doble (o múltiple) autoría provendrían los distintos nombres de Dios en la Biblia: tras el exilio babilónico, y especialmente del siglo 3 a.C. en adelante, los judíos dejaron de usar el nombre Yahvé y, a medida que el judaísmo se convirtió en una religión universal y no simplemente local, el sustantivo hebreo Elohim (plural en forma, pero entendido en singular), que significa "Dios" en lenguaje común, tendió a reemplazar a Yahvé para demostrar la soberanía universal del Dios de Israel sobre todos los demás. Como, cada vez más, el nombre divino de Yahvé se consideraba demasiado sagrado para ser pronunciado, fue reemplazado en el ritual de la sinagoga por la palabra hebrea Adonai ("Mi Señor"), traducida como Kýrios ("Señor") en la Septuaginta, la versión griega de las Escrituras Hebreas. Existe también una contradicción similar en la llegada de los antiguos hebreos a la tierra prometida. En una primera versión, la del Génesis, los descendientes de Abraham son llevados a Egipto y luego, liderados por Moisés, atraviesan el desierto para llegar a Canaán. En la segunda narración, la del Deuteronomio, la tierra es colonizada desde el oriente sin que se mencione a Egipto. Estas y otras inconsistencias se explican por la existencia de dos fuentes principales para los primeros libros de la Biblia, que según el nombre que atribuyen a Dios se denominan E o Elohísta (Elohim), y J o Yavista (Yahvé), y en parte por la intervención de un editor posterior, P, que habría intentado limar las diferencias.
- E es considerado la fuente primaria, aunque el material que aporta sea menor que el procedente de J. Presenta un dios poderoso, menos antropomórfico que Yahvé. Esta tradición elohísta fue redactada en el norte de Israel (región de Efraín) hacia el 850 a.C., y junto con la tradición J, ambas fueron incorporadas en la Torá hacia el 400 a.C. La tradición E promueve más a Israel que a Judá, y más a los sacerdotes levitas que a los sacerdotes aaronitas de Judá. Incluye a Abraham y la misión de sacrificar a Isaac, a Moisés y las plagas de Egipto, a Aarón y el becerro de oro, el Pacto de la Alianza, y a José como un intérprete de sueños.
- J, en cambio, siente fascinación por las tradiciones relativas a Judá, el cuarto hijo de Jacob, incluida su relación con Edom, y apoya la causa del reino de Judá contra el de Israel. Trata al dios judío como un ser humano, capaz de pensar, y de ser disuadido, un dios que se presenta como a punto de emprender alguna terrible venganza sobre la humanidad (como en Sodoma), pero que finalmente es disuadido. Durante el éxodo, J presenta las quejas de los israelitas y su negativa a obedecer las leyes en sentido estricto: dios está a punto de destruir a todos ellos, pero se arrepiente cuando le disuade Moisés (Éxodo 32:14). El documento yahvista es notable por su elegancia y la riqueza de las emociones descritas. En ocasiones, J parece estar respondiendo a E. J es la fuente que refiere la existencia de una relación especial entre Dios y los judíos, aunque no menciona ninguna alianza, razón por la que se considera que la Alianza es una invención surgida en el siglo VI a.C., cuando, durante el exilio en Babilonia, los judíos conocieron las creencias zoroástricas.
- El tercer autor de la Torá, P o Sacerdote (del alemán "Priester"), habría refundido E y J y añadido su propio material, relativo, principalmente a las leyes para los rituales y los diezmos. P también se refiere a Dios como Elohim, no como Yahveh.
Tras el exilio, la responsabilidad de conservar la Tanaj recayó en los masoretas, familias de eruditos y escribas encargados de copiar fielmente los textos antiguos. Éste es el motivo por el que las Escrituras canónicas recibirían el nombre de Texto Masorético. Después del descubrimiento de los Rollos del mar Muerto en Qumran se conoce cómo variaron las Escrituras durante la antigüedad, pues de los ochocientos rollos, unos doscientos son bíblicos. Se conoce, por ejemplo, que la versión de la Torá que usaban los samaritanos (una tribu del norte que no había ido al exilio) difiere del Texto Masorético en seis mil puntos y comparte unos mil novecientos con la versión Septuaginta.
Los Rollos del mar Muerto, descubiertos en Qumran, conforman un conjunto de textos muy variado y sugiere que en la época había un amplio abanico de escrituras, algunas muy distintas del Texto Masorético. La Septuaginta, o versión de los Setenta, la traducción griega de la Tanaj, es un ejemplo relevante. En el siglo III a.C., el faraón Ptolomeo Filadelfo de Alejandría (285-247 a. C.) tenía la mejor biblioteca del mundo. Alejandría, fundada por Alejandro Magno en el 331 a.C., e inspirada en los principios aristotélicos de la ciudad ideal, se construyó en una franja de tierra entre el Mediterráneo y un lago natural cerca de la desembocadura occidental del Nilo. Siendo una ciudad griega en Egipto, se llenó de templos y palacios y de una gran biblioteca, que pronto la convirtió en la capital intelectual y cultural del mundo. El bibliotecario informó al faraón de que la biblioteca carecía de cinco libros importantísimos: la Torá. En consecuencia, Ptolomeo Filadelfo acudió a Esdras, sumo sacerdote de Jerusalén, quien encomendó a setenta eruditos la traducción de los libros hebreos al griego. Sin ser conscientes de ello, estos setenta estudiosos produjeron traducciones idénticas. Durante el exilio, el hebreo empezó a desaparecer como lengua hablada, siendo reemplazada por el arameo (la lengua de Jesús). De esta manera, de forma gradual, el hebreo se habría convertido en un idioma literario (como el latín medieval) y es probable que entre los judíos helenizados de Alejandría surgiera la necesidad de una Biblia en griego. La Torá habría sido traducida al griego en el siglo V o IV a.C. La Septuaginta comprende todos los libros del Antiguo Testamento actual (aunque en un orden diferente) y los llamados textos deuterocanónicos, que los cristianos católicos, pero no los protestantes, aceptan dentro del canon, así como otros textos considerados apócrifos.
Entre libros deuterocanónicos se incluyen el Eclesiástico, Judit, el primero y segundo libros de los Macabeos, Tobías y Sabiduría. En Jerusalén no se los consideraba libros de inspiración divina. En Alejandría fueron aceptados como parte del canon, aunque allí también se los consideraba menos importantes que los demás (deuterocanónico significa "canónico en segundo lugar"). A algunos de estos libros se los califica de pseudepigrapha debido a la costumbre de atribuir a personajes famosos del pasado escritos que en realidad eran anónimos: por ejemplo, la Sabiduría de Salomón fue compuesto mucho después de la muerte de Salomón. Entre los libros apócrifos de la Septuaginta no aceptados como canónicos por los hebreos ni por ninguna de las confesiones cristianas se encuentra, entre otros, el libro de los Jubileos, o Leptogénesis, que describe la historia del mundo desde la Creación hasta el paso de los judíos por el Sinaí y añade detalles como el nombre de los hijos de Adán después de Caín, Abel y Set. Otros textos apócrifos ofrecen detalles adicionales sobre el Éxodo. Todos ellos muestran el desarrollo de las ideas dentro del judaísmo antes del nacimiento de Jesús. Surge la idea de Satán, se diferencia entre la resurrección del cuerpo y la resurrección del alma, y aparecen los conceptos de recompensa y castigo más allá de la tumba. El «Sheol», el inframundo en el que moran los muertos, aparece dividido en dos compartimentos: por un lado, una especie de cielo para los justos y, por otro, un infierno auténtico para quienes no lo son. Es posible que estas ideas hayan surgido entre los israelitas debido a su contacto con los las creencias de Zoroastro durante su exilio en Babilonia.
Tras el exilio, la preocupación judaica por el canon convirtió a los israelitas en un pueblo relativamente estrecho de miras (con excepciones como Josefo), inflexibles y poco dispuestos a adaptarse. Pero, por otra parte, una religión preocupada por su libro promueve la alfabetización y el respeto por la erudición. Este respeto por la palabra escrita, por la ley, fue un elemento que proporcionó a los judíos un sentimiento colectivo de propósito. El estudio de las Escrituras condujo al surgimiento de la sinagoga, el lugar en el que el libro se enseñaba y se estudiaba con detenimiento. Sinagoga es una palabra de origen griego. Designa un lugar en el que la gente se reúne, lo que sugiere que el concepto se desarrolló igualmente durante el exilio. En Babilonia, los judíos se habrían reunido en casas de otros judíos, durante el recién establecido Sabbath, para leer partes de la Torá. Esta práctica era común en la época de Esdras y Nehemías, aunque las primeras sinagogas de las que hay noticias estaban en Alejandría, donde se han encontrado vestigios de la época de Ptolomeo III (246-221 a.C.).
Los judíos, por tanto, era un pueblo pequeño, religioso hasta la intransigencia, siempre rodeado por grandes potencias. Desde la época de Alejandro Magno en adelante, Palestina y Oriente Próximo estuvieron bajo el dominio de los macedonios, los ptolomeos egipcios y los seléucidas sirios. La perspectiva de todos ellos era helenista, lo cual fue crucial: Israel quedó rodeada de ciudades (polis) donde las principales instituciones culturales eran el gimnasio, el teatro, el liceo, el ágora y el odeón, no la sinagoga o el Templo, como ocurría en Jerusalén. Esto hizo que los judíos más ortodoxos se volvieran aún más introvertidos. Muchos se retiraron al desierto en busca de pureza. Otros, en cambio, veían la cultura helenística más variada y equilibrada que la propia. La helenización fue para los judíos una enorme fuerza espiritualmente desestabilizadora, secularizadora y materialista. En 175 a.C., el seléucida Antíoco Epífanes adoptó medidas destinadas a promover las reformas y la helenización de los hebreos en Israel. Despidió al sumo sacerdote ortodoxo y lo sustituyó por uno reformista, cambió el nombre de la ciudad por el de Antioquía, construyó un gimnasio cerca del Templo y patrocinó actividades helenizantes, como las competencias atléticas (que eran en sí mismas algo parecido a una ceremonia religiosa). En 167 a.C. abolió la ley mosaica, reemplazándola por la ley secular griega, y rebajó el Templo a mero lugar de culto ecuménico. Los hasidim (piadosos) no solo rechazaron los cambios, sino que se opusieron a Antíoco con la táctica del martirio religioso. Este enfrentamiento religioso se saldó con la victoria de los hasidim. Los judíos recobraron su independencia, incluida la religiosa, y cualquier idea de reforma quedó desprestigiada. Se impulsó el estricto cumplimiento de la Torá y el judaísmo se volvió sobre sí mismo, alejándose del mundo griego. La turba se convirtió en una parte importante de la vida en Jerusalén, lo que hizo que la ciudad, y Judea en su conjunto, resultasen extremadamente difíciles de gobernar. La libertad intelectual del mundo griego fue algo desconocido en Palestina, donde las escuelas locales enseñaban solo a los niños única y exclusivamente la Torá. Todas las demás formas de conocimiento fueron rechazadas. Esto se cuenta en el Libro I de los Macabeos.
Pese al poder de los hasidim, tras la derrota de Antíoco Epífanes adoptó cuatro formas principales:
- Los saduceos, la aristocracia de la sociedad judía, sacerdotes abiertos a las influencias extranjeras. Eran partidarios de cooperar pacíficamente con cualquier potencia que gobernara el país y se caracterizaban por realizar una interpretación literal de la Torá, lo que los llevó a oponerse a la extensión de la Torá a ámbitos no especificados en las Escrituras. De ahí que no fuesen conservadores. Dado que su Biblia estaba reducida al Pentateuco, no creían en el Mesías y tampoco en la resurrección. Es posible que la idea de la resurrección apareciese por primera vez hacia el 160 a.C., durante el período de martirio religioso. Su primera mención la encontramos en el libro de Daniel. La resurrección es otra idea zoroástrica. La apremiante situación en que vivían los judíos, rodeados de vecinos poderosos, era un terreno fértil para la idea zoroástrica de una gran batalla en la que las potencias del mal serían destruidas y los buenos y justos resucitarían. Fue también en este escenario donde surgió la noción de un Mesías que conduciría a los justos a la victoria.
- Los fariseos eran diametralmente opuestos a los saduceos. Se trataba de un movimiento laico, muy conservador, que extendía la Torá a todos los ámbitos de la vida, incluso cuando las Escrituras no tenían nada que decir al respecto. Les obsesionaba la pureza ritual y creían profundamente en el Mesías y en la resurrección. Para ellos la sinagoga, y no el Templo, era el lugar privilegiado para difundir sus creencias.
- Los zelotes eran un movimiento extremo, fanático. Su meta principal era, en oposición a los saduceos, purgar a Israel de la corrupción extranjera. Estaban dispuestos a ir a la guerra si era necesario. Vivían convencidos del triunfo del pueblo de Dios.
- Los esenios tenían sus propiedades en común y comían y vivían juntos. Es probable que en Qumran viviese comunidad esenia. Se trataba de un grupo piadoso, hostil hacia otros judíos. Dedicaban su vida a prepararse para la llegada de Dios. Creían en la llegada del Mesías que los conduciría al paraíso (algunos incluso creían en dos Mesías, uno religioso y otro militar, com en las antiguas ideas mesopotámicas). Se encontraron escritos esenios en Masada, donde la secta fue destruida.
JESÚS DE NAZARET
La idea del Mesías ("el ungido") es propia del judaísmo y habla de una nueva era de paz y justicia tras un cataclismo de colosales proporciones universales. La historia del mundo vendría predeterminada de la Creación al Escatón (fin de los tiempos, última y definitiva intervención de Dios en la historia). De ahí el nombre de escatología (del griego éschatos + logos: estudio de las cosas finales, del destino de la humanidad). A ese periodo de catástrofe, le seguiría la revelación de todo aquello que ha permanecido oculto durante la historia. De hecho, apocalipsis es lo que significa: revelación. El Mesías (mashiah) era un rol importante factor en la escatología apocalíptica. Hay treinta y nueve referencias en el Antiguo Testamento, donde se le asigna la condición regia: un descendiente de David que surgirá al final de los tiempos para dirigir al pueblo de Israel. No se trataba de una figura sobrenatural, pero finalmente, y debido al deterioro de la situación política de los judíos, entendieron que solo un acto sobrenatural podría rescatarlos.
En la época de Cristo los judíos tuvieron que vérselas con Roma, la mayor potencia de ocupación conocida hasta entonces. A un pueblo tan fundamentalista como el judío, para quien la ocupación política y la ocupación religiosa eran lo mismo, el mundo debió ser aún más deprimente que en las sombrías épocas de los profetas. Para entonces el judaísmo ya había incorporado a su credo las principales ideas zoroástricas, y la escatología apocalíptica desempeñó un papel central. Este fue el mundo en que nació Jesús. En griego, el término Mesías se traduce como Khristós, palabra que con el tiempo se convertiría en nombre. Fue así como las profecías generales sobre el Mesías terminarían siendo aplicadas a Jesucristo.
El Templo era un lugar impresionante. Pero bajo Herodes los judíos no se sentían más felices: Palestina seguía siendo un estado cliente y el judaísmo ortodoxo continuaba igual de intransigente, si no más. En el año 66 d.C., setenta años después de la muerte de Herodes, los judíos volvieron a rebelarse y, en esa ocasión, se los aplastó con tal vehemencia que su magnifico Templo fue destruido por completo y se los expulsó de Palestina durante casi dos mil años. Entre la muerte de Herodes y la destrucción del Templo ocurrió uno de los acontecimientos más decisivos de la Historia: el advenimiento de Jesús.
El escepticismo en torno a la existencia de Jesús está actualmente decayendo, pero es imposible eludir el hecho de que los evangelios son inconsistentes y contradictorios, o que los textos de Pablo, anteriores a los evangelios, no mencionan ninguno de los episodios más sorprendentes y llamativos de la vida de Jesús. Por ejemplo, Pablo nunca dice que Jesús haya nacido de una virgen, nunca se refiere a él como «de Nazaret» y tampoco especifica que la crucifixión haya tenido lugar en Jerusalén, aunque insinúa que ocurrió en Judea (Tesalonicenses I, 2:14-15). Pablo nunca emplea la expresión "Hijo del Hombre" ni menciona sus supuestos milagros. El escepticismo se alimenta también del hecho de que la idea de Jesús no fuera completamente nueva. En la época había por lo menos cuatro dioses —Atis, Tammuz, Adonis y Osiris— venerados en Oriente Próximo como víctimas de una muerte prematura. Si bien no eran salvadores sino dioses de la vegetación, la cuestión es que debían revivir por el bien de la comunidad. En hebreo, el nombre mismo de Jesús (Ieshouah) significa salvación, un hecho que ha llevado a algunos a sugerir que Jesucristo era más un título ritual que el nombre de un personaje histórico (recordemos que Khristós significa Mesías en el sentido de rey y redentor).
Los primeros escritos cristianos no constituyen una fuente fiable y su relación con el desarrollo de las ideas cristianas es incierta. Los primeros evangelios fueron escritos por lo menos cuarenta años después de la muerte de Jesús. En total, se conservan ochenta y cinco fragmentos de pasajes del Nuevo Testamento anteriores al año 300 d.C. Los cuatro evangelios canónicos ya habían sido escritos hacia el año 100 d.C. y existen al menos otros diez más, los apócrifos, como el evangelio de Tomás, el de Pedro, el de los Hebreos y el de la Verdad. El evangelio de Pedro, por ejemplo, se ocupa, como los cuatro evangelios canónicos, de la Pasión, entierro y resurrección de Jesús, ofreciendo una versión mucho más espectacular. El evangelio de Tomás, escrito a mediados del siglo II d.C., constituye una colección de dichos de Jesús que pone patas arriba algunos de sus dichos más famosos. En 1935 se descubrieron en un papiro egipcio cuatro fragmentos de un evangelio desconocido que contiene numerosos episodios recogidos en el Nuevo Testamento, pero en un orden distinto. Muchos evangelios apócrifos fueron excluidos del canon por su carácter docético o gnóstico.
Pablo escribió la primera de sus cartas (Epístola a los Gálatas, 48-50 d.C.) muy poco después de la muerte de Jesús. Si Pablo no menciona los episodios más destacados de su vida, es legítimo preguntar si ocurrieron realmente. Los primeros cristianos tenían ideas contradictorias acerca de los evangelios. Hacia el año 140, Marción, un heresiarca gnóstico que creía que el Dios del Nuevo Testamento era superior al del Antiguo Testamento, pensaba que con el evangelio de Lucas era suficiente para la fe. Hacia la década del 170, Taciano, un discípulo de san Justino, el escritor cristiano romano, los unió en una única versión. Los cuatro evangelios fueron escritos en griego, pero se conocen traducciones muy tempranas al latín, al sirio y al egipcio. Algunas de esas traducciones se remontan al año 200 y tuvieron como consecuencia muchas variaciones. Hacia 383, Jerónimo revisó las versiones latinas empleando textos griegos para corregir los errores que se habían introducido. La Biblia de Jerónimo se convirtió en la Vulgata, la edición latina que reemplazó la recopilación de traducciones anteriores, la llamada Vetus Latina. Con todo, el canon del Nuevo Testamento no quedó establecido hasta el Concilio de Cartago del siglo IV, cuando los obispos cristianos aprobaron la selección que hoy conocemos. Los textos de Mateo, Marcos y Lucas reciben el nombre de sinópticos porque son, en esencia, relatos de la historia de Jesús, como fotografías del mismo hecho tomadas desde ángulos diferentes. En los evangelios sinópticos Jesús apenas se refiere a sí mismo y aún menos a la misión que Dios le habría encomendado. Pero en el Evangelio de Juan el relato de la vida de Jesús es menos relevante que su significado en tanto emisario del Padre. Incluso la forma de hablar de Jesús es diferente, afirmando constantemente que es el "Hijo de Dios". Es posible que Juan sea una obra concebida como reflexión sobre los acontecimientos narrados en los otros tres evangelios, pero en ningún momento trata de aclarar las inconsistencias más significativas.
El nacimiento de Jesús
Ni Marcos ni Juan mencionan la Natividad. Mateo sitúa el nacimiento de Jesús en Belén en los últimos años del reinado de Herodes. Lucas vincula la Anunciación con el reinado de Herodes y asocia la Natividad, en Belén, con un edicto de César Augusto ordenando el padrón. Este empadronamiento ocurrió por primera vez siendo Cirino gobernador de Siria, en el año 6 d. C., después de que Herodes hubiera muerto. Por tanto, el nacimiento de Jesús ocurre con diez años de diferencia entre Mateo y Lucas.
Los detalles sobre la concepción virginal de Jesús son aún menos satisfactorios. Pese a su naturaleza singular, no aparece mencionada ni en Marcos ni en Juan y en ninguna de las epístolas de Pablo. En Mateo y Lucas el nacimiento virginal sólo figura como prefacio a la historia principal y en ninguno de ellos, ni en el resto del Nuevo Testamento, se vuelve a aludir a este asunto, por lo que seguramente se trate de una adición posterior.
La palabra virgen se usaba con cierta flexibilidad tanto en griego como en hebreo. Se aplicaba a la gente que contraía matrimonio por primera vez. Inscripciones en latín y griego encontradas en catacumbas romanas evidencian que la palabra virgen podía seguir designando tanto a la esposa como al marido después de años de matrimonio. Por tanto, un esposo virgen significaba un hombre casado que no había estado casado antes. Otro significado era el de la mujer que no puede concebir, es decir, que no ha menstruado. En Mateo, el ángel visita a José para anunciarle el nacimiento, pero no a María. En Lucas, visita a María, pero no a José. En Lucas, la divinidad de Cristo se anuncia a los pastores. En Mateo, la proclama una estrella en Oriente. En Lucas, son los pastores quienes realizan la primera adoración. En Mateo, son los magos. El episodio mencionado en Mateo del infanticidio ordenado por Herodes no aparece en los escritos de Josefo, que recoge con detalle otras brutalidades de Herodes.
Hay que poner en perspectiva genealógica la concepción virginal de Jesús. Según la tradición mesiánica judía, Jesús debería ser descendiente de David. Pero esto descarta a María porque se nos dice que pertenece a la tribu de Leví, no a la de Judá, como David. Además, de acuerdo con los evangelios, Jesús no es hijo de José, sino del Espíritu Santo. Por tanto, nada lo vincula a David. Según el Palimpsesto Sinaítico, traducción del Nuevo Testamento al siríaco hecha en el siglo IV, Jacob engendró a José; José, desposó a María, la virgen, quien engendró a Jesús, llamado el Cristo. En Lucas, a los doce años Jesús deja estupefactos a los doctores de la ley en el Templo por su inteligencia y reprocha a sus padres la preocupación por hallarle: "¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?". El evangelio dice que José y María no comprendieron esta respuesta. es decir, ambos desconocían su misión divina pese a la concepción milagrosa de María. Que este hecho sea una adición posterior no impide preguntar cómo pudo surgir una idea tal cuando nada hay en la tradición judía que la sugiera. En la Biblia hebrea varias esposas de patriarcas eran estériles y sus úteros, "cerrados por Dios", habían sido "abiertos", pero esta intervención divina nunca se tradujo en fecundación divina. Una posibilidad se encuentra en la profecía de Isaías (7,14), que dice: "He aquí que una doncella está encinta y va a dar a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel" (Emmanuel significa "Dios con nosotros"). Pero Isaías emplea la palabra hebrea almah, mujer joven, que puede o no ser virgen. Cuando el libro de Isaías se tradujo al griego en la Septuaginta, la palabra empleada fue parqûnoj, que sí significa virgen, y el pasaje pasó a decir: "la virgen concebirá un hijo y tú [el marido] le pondrás por nombre Emmanuel".
El mundo pagano sí ofrece historias de figuras destacadas que nacen de una virgen. En Asia Menor, Nana, la madre de Atis, era una virgen que concibió al ponerse una almendra madura en su seno. También existe Hera, que se alejó de Zeus y de los hombres para concebir y dar a luz a Tifón. Hay leyendas parecidas en China, pero la más similar es la del dios azteca Quetzalcoatl, que nació de una virgen pura (Venus) a la que se llamó Reina del Cielo. Hay historiadores que sostienen que este tipo de historias sobre vírgenes que engendran eran muy primitivas y que su fuerza provenía de una época en la que la humanidad no había comprendido bien el papel del hombre en la concepción. Los escritos de Filón de Alejandría (nacido hacia el año 20 a.C., contemporáneo de Jesús y de los primeros evangelios) muestran que la idea de la concepción virginal era común en el mundo pagano en la época en que Cristo vivió. Por supuesto, la Navidad se estableció finalmente en una fecha en la que muchas religiones paganas celebran el nacimiento del dios sol, el día del solsticio de invierno, cuando los días empiezan a alargarse de nuevo. En Siria y en Egipto los paganos representaban al sol recién nacido con la imagen de un niño que durante el solsticio de invierno se exhibía a los devotos, quienes creían que la virgen lo había traído al mundo.
El juicio y la crucifixión de Jesús
Jesús nació en Galilea, un territorio problemático muy diferente de Judea. Galilea era una región rural, poblada por campesinos, rica gracias a la exportación de aceite de oliva. Las ciudades estaban helenizadas y se habían vuelto judías en épocas recientes. Galilea era el hogar de muchos terroristas como Ezequías, ejecutado hacia el 47 a.C., y su hijo Judas, quien junto a Sadoq fundó los zelotes, el famoso grupo político-religioso que invitaba a no pagar impuestos y a expulsar a los dominadores extranjeros. Fueron los descendientes de Judas quienes lideraron la revuelta de Masada, una fortaleza en la cima de un peñón de roca a unos cuatrocientos metros de altura, en los límites del desierto de Judea, en la que novecientos sesenta insurgentes fueron asesinados o prefirieron cometer suicidio colectivo. Como menciona la Biblia, los habitantes de Galilea tenían un marcado acento rural, motivo por el que Jesús pudo haber sido considerado un revolucionario, lo fuese realmente o no. Además, en arameo la palabra que designa al carpintero (naggar) significa también "estudioso", algo que podría explicar el respeto que se tiene a Jesús desde un principio.
Jesús fue crucificado por los romanos, pero es difícil saber por qué o para qué, y por qué no fue castigado por los judíos. Esto plantea dudas sobre la naturaleza de su crimen: si fue político, si fue religioso, o si fue político y religioso al mismo tiempo dado que en la Palestina de la época con frecuencia era difícil distinguir uno de otro. Jesús se había manifestado contrario a la violencia, por lo que no se le puede identificar con los zelotes, pero proclama que el reino de Dios está cerca, lo que se pudo interpretar como una declaración política en toda regla.
El recibimiento de Jesús en Jerusalén es origen de controversia. Sabemos que fue recibido triunfalmente por la multitud y que los sacerdotes fueron unánimes en su acogida. Sin embargo, al cabo de unos pocos días, Jesús es llevado a juicio y los sacerdotes piden su muerte. Todos los evangelios canónicos sostienen que Jesús fue interrogado primero por los líderes religiosos judíos antes de ser entregado a Pilatos, el gobernador de Judea. La primera vista tiene lugar en casa del sumo sacerdote, Caifás, por la noche. Frente a todos los escribas y ancianos, Caifás pregunta a Jesús si es verdad que afirma ser el Mesías y Jesús responde con palabras que el sumo sacerdote considera blasfemas. Bajo la ley judía, la blasfemia era un crimen capital, pero sostener que se es el Mesías no era blasfemar: cien años más tarde Simón bar Cochba aseguró ser el Mesías y fue aceptado como tal por algunos judíos eminentes. Tras entrevistarse con Caifás, Jesús fue entregado a Pilatos pese a que la ley judía impedía las condenas a la pena capital y las ejecuciones durante el Sabbath, y otras leyes impedían que se realizaran juicios y ejecuciones en el mismo día o en la noche. Por último, la blasfemia se castigaba con la lapidación, no con la crucifixión. Nada tiene sentido en el contexto de la época si el delito o los delitos de Jesús fueron religiosos. Pero Pilatos dice: "ningún delito encuentro en este hombre", por lo que tampoco parece que fuesen políticos. Pilatos estaba constantemente alerta ante la posibilidad de una invasión o un levantamiento y, ante él, los judíos acusan a Jesús de fomentar la revolución. Pese a ello, ninguno de los seguidores de Jesús fue detenido con él, lo que con seguridad habría pasado si hubiera sido el líder de un grupo político, y Pilatos vuelve a entregarlo a los judíos para que cumplan con una forma de ejecución romana. En algunos de los evangelios no hay juicio formal ante Pilatos ni tampoco sentencia: Pilatos, simplemente, deja que los judíos hagan lo que quieran. No se ha encontrado ningún otro caso en el que un gobernador romano libere a un prisionero por solicitud popular, como ocurre con Barrabás, un zelote, que supone un caso intrigante: Barrabás significa en arameo "hijo del padre" (Bar Abba) y en algunas copias antiguas de Mateo el nombre que se da a Barrabás es Jesús Barrabás. Por último, durante la crucifixión misma se dice que el sol se oscureció y la tierra tembló. No hay una fuente independiente que corrobore este hecho: Plinio el Viejo (23-79 d.C.) dedica un capítulo completo de su Naturalis Historia a los eclipses y no menciona ninguno que coincida con la crucifixión.
La resurrección
Las inconsistencias en torno a la resurrección son aún más patentes. Conviene recordar que no hay testimonio de testigos presenciales del singular acontecimiento pese a que Pablo, en su Primera Epístola a los Corintios (Corintios I, 15, 5:8), escrita a mediados de la década del 50, narra que hubo testigos. En relación al descubrimiento de la tumba vacía, Mateo dice que las mujeres fueron a ver el sepulcro, mientras que en Marcos las mujeres han ido antes y regresan luego con aromas para embalsamar el cuerpo. Juan también ofrece una versión diferente: antes de la resurrección, Nicodemo ha embalsamado el cuerpo. En tres de los evangelios la piedra ha sido quitada del sepulcro, pero en Mateo un ángel la hace rodar en presencia de las mujeres. En Mateo, el Jesús resucitado se aparece a los discípulos en Galilea, mientras que en Lucas este episodio tiene lugar en Jerusalén.
Hemos citado que en la Primera Epístola a los Corintios, Pablo ofrece una lista de los testigos de la resurrección. Sin embargo, Pablo no menciona el sepulcro vacío. Describe la aparición del Cristo resucitado a los discípulos con la palabra ophthe, la misma que utiliza para describir su propia visión en el camino hacia Damasco. Por tanto, que para Pablo la resurrección no era un fenómeno físico, sino una transformación espiritual, una forma diferente de conocimiento. No obstante lo anterior, conviene reflejar que todos los testigos que ven el sepulcro vacío son mujeres y, aunque había mujeres ricas en Judea, y pese a que en la literatura contemporánea encontramos heroínas femeninas, en general las mujeres tenían un estatus tan bajo en la época que si alguien hubiera querido inventar testimonios con toda seguridad no habría elegido a mujeres. En este mismo sentido, todas las conversaciones que el Jesús resucitado mantiene con quienes se encuentra son comunes y corrientes y en nada se diferencian de las conversaciones que han mantenido antes de la crucifixión. Dada la singularidad del fenómeno, si la gente hubiera inventado estos encuentros, es muy probable que los hubiera adornado y embellecido para hacerlos parecer más significativos.
Las fuentes testamentales
El consenso actual entre los expertos es que las similitudes entre Mateo, Marcos y Lucas se explican porque tanto Mateo como Lucas emplearon una copia de Marcos cuando compusieron sus evangelios. Más aún: dejando a Marcos a un lado, Mateo y Lucas siguen teniendo mucho material en común, incluidas secciones prácticamente idénticas palabra a palabra. En el siglo XIX, investigadores alemanes llamaron a este material Q, del alemán Quelle (fuente). A principios del XX, B. H. Streeter la desarrollaría al incluir otras dos fuentes perdidas a la fuente Q (de origen antioco): la fuente judaica M y la fuente cesárea L. Con el hallazgo, en 1945, en Nag Hammadi, en el Alto Egipto, del Evangelio de Tomás, hasta entonces considerado perdido, se arrojó más luz sobre el Nuevo Testamento.
Burton Mack sostuvo que Jesús fue una nota a pie de página de la historia, una personalidad marginal que, tras una serie de accidentes, se convirtió en dios. Para este teólogo, los Evangelios serían una narración de un mito y no de un momento de la Historia, documentos válidos para los primeros movimientos cristianos, y no relatos confiables de la vida de Jesús. Para ello, interpretó el documento Q, el "Evangelio Perdido", como un primer escrito sobre Jesús desarrollado durante décadas a través de tres capas superpuestas que coincidirían con las distintas etapas atravesadas por la comunidad de los primeros cristianos: una primera capa, Q1, con dichos atribuidos a Jesús, en su mayoría indicaciones sobre cómo comportarse (vivir en la pobreza, dar sin recibir nada a cambio, amar a los enemigos, etc.); un segundo desarrollo importante, Q2, en el que se introduce la figura de Juan (a quien no se designa como bautista) y la escatología del final de los tiempos, junto con críticas a fariseos y escribas; por último, una capa Q3 muy escasa, escrita tras la guerra romano-judía de 66-73 d.C., con las tentaciones de Jesús y el lamento por Jerusalén, junto con la primera referencia a Gehenna (el infierno). No obstante, la versión sostenida por Paula Fredriksen es aún más radical: Jesús no sería sino un profeta apocalíptico judío que esperaba que Dios interviniera en la historia provocando un cataclismo, y que estaba totalmente equivocado. El cristianismo, por tanto, se podría asociar a una serie de intentos de lidiar con este asombroso error, siendo el más notable la doctrina de la Parusía, la segunda y definitiva segunda venida de Cristo a la tierra.
En 1892, el alemán Johannes Weiss sostuvo que la proclamación del Reino de Dios por Jesús se componía de cuatro elementos: que los tiempos mesiánicos eran inminentes; que, una vez Dios hubiera establecido el reino, el juicio y el gobierno se traspasarían a Jesús; que Jesús esperaba vivir para ver el reino establecido, aunque luego comprendió que su muerte sería necesaria; y que, sin embargo, incluso entonces Jesús siguió creyendo que el reino sería establecido en vida de la generación que le había rechazado y la tierra de Palestina se convertiría en centro del nuevo reino. Según el exegeta alemán, Jesús hablaba de renovación espiritual, sino que preveía un cambio fundamental en la realidad del mundo, y esperaba que ocurriera pronto. Bajo esta idea dominante, Jesús adoptó una actitud menos rígida hacia los detalles de la ley judía (cumplimiento del Sabbath, restricciones alimenticias) que sus contemporáneos, subrayando la misericordia de Dios más que la justicia punitiva, e insistiendo más en la convicción interior que en la estricta observancia de los rituales. Su mensaje, a fin de cuentas, estaba dirigido a los judíos. Jesús nunca imaginó un sistema religioso completamente nuevo: "No he sido enviado más que a las ovejas perdidas de la casa de Israel" (Mateo 15:24). Esta simple idea, tan trascendental, se perdió en la historia.
Tras la resurrección de Jesús, sus seguidores continuaron rezando en el Templo y esperando en todo momento su regreso y, con ello, la redención. Instaron a sus correligionarios judíos a vivir como Jesús había propuesto, algo que los enfrentó a la autoridad tradicional representada por los sacerdotes y escribas. A medida que sus ideas se fueron difundiendo más lejos de Jerusalén, las diferencias con quienes no habían tenido contacto directo con Jesús se agrandaron. Esto provocó una transformación trascendental del cristianismo: los gentiles se mostraban menos renuentes a aceptar el mensaje de los apóstoles, ya que sus creencias tradicionales se veían menos amenazadas que las de los judíos. A finales del siglo I d.C., las primeras iglesias (que no sinagogas) estaban mucho más distanciadas del judaísmo de lo que lo habían estado tras la crucifixión. Rechazaron la Torá, interpretaron con satisfacción la destrucción del Templo por los romanos en el año 66 d.C., y trasladaron a sí mismos las promesas del Nuevo Testamento, que originalmente estaban destinadas a los israelitas. Así empezó el cristianismo que todos conocemos: en un inicio como una forma de judaísmo para, a continuación, separarse del todo a medida que se alejaba de Jerusalén. La causa tenía un nombre: Pablo.
EL CRISTIANISMO DESPUÉS DE PABLO
Edward Gibbon identificaba dos debilidades, una interna y otra externa, como causas del declive del imperio romano de Occidente: la interna era el cristianismo (la externa eran los bárbaros). A finales del siglo IV, Teodosio I gobernaba un imperio mayor que el del gran Augusto. Ochenta años más tarde, el imperio fue borrado en el oeste. La civilización romana no murió de muerte natural. Fue asesinada. En Europa, el principal cambio entre el mundo de la antigüedad y el de la Edad Media está caracterizado por la difusión del cristianismo. Constituye uno de los cambios intelectuales más trascendentales que contribuirían a dar forma al mundo que hoy conocemos.
Pablo, "casi" contemporáneo de Jesús, esperaba que la Parusía ocurriera durante su vida. Marcos consideraba la destrucción del Templo como el comienzo del fin. Para Lucas y Mateo, la Segunda Venida empieza a ser considerada algo lejano. Pese a ello, los primeros cristianos siguieron la tradición judía de suponer que ocupaban un lugar especial en términos teológicos: rechazaron la idea helenística del politeísmo y la multiplicidad de formas de entender el mundo, e insistieron en su particularidad histórica: lo divino se había manifestado de una forma única a través de un individuo específico en un momento específico.
En el Nuevo Testamento, Judea se describe como el hogar de la nueva fe, con una iglesia madre localizada en Jerusalén. No hay ninguna referencia a sucesos políticos contemporáneos ni se menciona la revuelta judía contra los romanos o el asedio y destrucción de Jerusalén. Tradicionalmente este silencio se ha atribuido al hecho de que la revuelta carecía de significado para la Iglesia, debido a que para entonces los primeros cristianos habían abandonado la ciudad perdida y migrado a Pella, al noroeste del Jordán. Durante siglos nadie cuestionó esta explicación porque se adecuaba a la idea de Jesús como un ser divino que no se involucraba en política. Además, en La guerra de los judíos (hacia el año 70 d.C.), Flavio Josefo había mostrado que la revuelta fue organizada principalmente por un grupo de zelotes fanáticos que "incitaron a la nefasta revuelta a una gente pacífica". Pella nunca aparece en las Escrituras como un centro del cristianismo. Tanto las epístolas de Pablo como los Hechos de los Apóstoles confirman que la iglesia madre de Jerusalén fue la fuente aceptada de la fe y la autoridad a la que habían de someterse. El silencio sobre esta iglesia madre después del año 70 d. C. tiene explicación. El punto de partida es el evangelio de Marcos, que ha sido objeto de muchas reinterpretaciones, en particular de dos pasajes ambiguos. En el primero, los fariseos tratan de acorralar a Jesús preguntándole si es lícito pagar tributos. Es cuando pronuncia su conocida respuesta: "Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios". Esta replica es una hábil maniobra para aprobar el pago de impuestos por parte de los judíos. En el evangelio de Marcos este texto no es muy largo, por lo que debió parecerle importante al autor. Dado que fue escrito en griego, en Roma, entre los años 65 y 75 d.C., se cree que este pasaje fue redactado de tal manera que satisficiera las necesidades de los gentiles cristianos de Roma. Se trataba de un período muy temprano del cristianismo y que Jesús manifestara una actitud favorable al pago de tributos en Roma era crucial para su propio bienestar. Una de las principales causas de la presión romana que conduciría a la revuelta del año 66 era, precisamente, el impago de los tributos. El fundador de los zelotes, Judas, era, al igual que Jesús, un judío de Galilea. Algunos teólogos sospechan que Jesús realmente pensaba todo lo contrario de lo que Marcos le hace decir: que no había que pagar tributos. La idea original fue cambiada para impedir que la situación del cristianismo primitivo en Roma fuese insostenible. Este hecho arroja una luz muy interesante sobre una segunda frase de Marcos: su referencia a uno de los doce apóstoles como "Simón el Cananeo". En Roma, los gentiles del siglo I no hubieran sabido lo que esto significaba si no les era explicado. En Judea, a Simón se le conocía como "Simón el Zelote". Con este cambio, Marcos habría intentado esconder el hecho de que uno de los apóstoles, uno de los doce elegidos por Jesús, era un terrorista que se oponía a Roma. Era demasiado peligroso para admitirlo. Otros investigadores sostienen que los cristianos eran en Roma un grupo demasiado reducido como para haber modificado de semejante forma el evangelio, y que hay innumerables partes del Nuevo Testamento que tampoco resultaban claras para los gentiles (como la circuncisión), pero que no fueron modificadas.
Estos episodios son vitales para una adecuada comprensión del cristianismo primitivo. Cuando se examina los Hechos de los Apóstoles, vemos que explican "la infancia judía del cristianismo". No hay que olvidar que los discípulos de Jesús eran todos judíos y que pensaban que Jesús era el Mesías de Israel. Aunque su muerte supuso un golpe tremendo, aún pensaban que regresaría para redimir a su pueblo. Por tanto, su principal tarea era convencer a sus compañeros judíos de que Jesús era en verdad el Mesías y de que habían de prepararse para su Segunda Venida. Por eso continuaron viviendo como judíos, respetando la Ley y orando en el Templo de Jerusalén. Su líder era Santiago, hermano de Jesús, quien consiguió captar a muchos conversos por tener fama de ser un fervoroso practicante del judaísmo (lo llamaban El Justo por ese motivo). Tan fervoroso fue que acabó ejecutado por mandato del sumo sacerdote, preocupado por el control de los elementos revolucionarios en Israel. Posiblemente lo martirizaron por las continuas transgresiones de Pablo a la Ley judía.
Mientras estos sucesos tienen lugar en Jerusalén entre la crucifixión y la revuelta, Pablo se ha vuelto muy activo fuera de Israel. Pablo, un fabricante de tiendas originario de Tarso, al oeste de Adana, en la moderna Turquía, tuvo su se convirtió lugar hacia el año 33 d.C. en el camino de Damasco. Padecía una enfermedad crónica, posiblemente epilepsia. Pablo había concebido su propia versión del cristianismo y consideraba su deber difundir estas ideas fuera de Israel, en el mundo grecorromano. La conversión se ha sobrevalorado muchísimo: Pablo era fariseo y, por tanto, creía fervientemente en la resurrección. Realmente estaba pasando de una secta judía a otra. Para esa época había ya varias versiones rivales del cristianismo. En su Segunda Epístola a los Corintios (2 Corintios 11:4), Pablo dice "A cualquiera que se presenta predicando otro Jesús del que os prediqué, y os proponga recibir un Espíritu diferente del que recibisteis, y un evangelio diferente del que abrazasteis ¡lo toleráis tan bien!". Entre los "otros" se encuentran, por él mencionados, Santiago, Cefas (Pedro) y Juan. Algunas de las ideas de Pablo ponían en peligro la credibilidad y autoridad de los discípulos cristianojudíos en Israel. Fue denunciado y, en el año 59, se le arrestó y envió a Roma, porque era ciudadano romano. Si la revuelta de los años 66-70 nunca hubiera ocurrido, es posible que no hubiésemos vuelto a oír jamás de Pablo. Pero ocurrió y Jerusalén y el Templo fueron destruidos y, debido a ello, el cristianismo judío, pese a persistir durante casi un siglo, no recobró la pujanza y desapareció por completo. La versión mistérica de Pablo sobrevivió y cambió de forma decisiva el carácter de la nueva religión. Lo que había empezado siendo una secta mesiánica judía se había transformado en una religión de salvación universal que se propagó en el mundo helénico del Mediterráneo, entre los gentiles.
Muchos cristianos no son conscientes de las importantes innovaciones introducidas por Pablo con respecto a las creencias de los primeros judeocristianos. La primera, Pablo estaba convencido de que debía predicar entre los gentiles (la clase media del Imperio Romano), que simpatizaban con la tradición israelita, pero que se negaban a circuncidarse. La segunda, la creencia de Pablo de que Jesús no era sólo un mártir, sino que su naturaleza era de origen divina y, por ello, su muerte tenía un profundo significado para quienes no pertenecían a Israel y también en términos históricos (piedra angular de la iglesia mistérica que fundó por todo el Imperio). Este objetivo de Pablo no puede ser entendido plenamente sin tener en cuenta el trasfondo helenístico, en particular, la idea de un dios salvador y la del hombre como un ser caído, herencia del culto a la deidad egipcia Osiris. Los seguidores de este dios creían que había muerto y resucitado de entre los muertos y que, a través del ritual, ellos podían emular su destino. También hay que examinar las ideas de Pablo en el contexto de las sectas gnósticas que habían adoptado las ideas platónicas y enseñaban que el hombre se componía de un alma inmortal prisionera en un cuerpo físico y mortal (muchos cristianos de hoy en día mantienen esta creencia). Los gnósticos afirmaban originalmente que el alma había descendido al mundo material desde el mundo místico y espiritual, quedando atrapada por las fuerzas demoníacas de la tierra, y cuya liberación solo podía producirse a través de un conocimiento apropiado de su intrínseca naturaleza, la gnosis. El cristianismo paulino era una amalgama entre el cristianismo judío (la creencia de Jesús en un dios salvador y en el Mesías salvador), los dioses salvadores paganos y las ideas gnósticas sobre la condición del hombre como ser caído. Las dos últimas ideas eran anatema para los cristianos de Jerusalén, lo mismo que la opinión defendida por Pablo de que la Ley de Moisés había sido superada por la llegada de Jesús. Cuando Pablo viaja a Jerusalén para discutir sus ideas con los judeocristianos es atacado por una turba y rescatado por los soldados romanos, tras lo cual Pablo apela a su derecho, como ciudadano romano, a ser juzgado ante el tribunal imperial, porque en Jerusalén lo habrían linchado. El juicio al parecer ocurrió en el año 59, pero se desconoce el veredicto.
Las ideas de Pablo se hicieron populares porque explicaban bien todo lo ocurrido. En la tradición judía, un cataclismo debía preceder a la llegada del reino. Ese cataclismo resultó ser la caída de Jerusalén y la destrucción del Templo, acontecimientos interpretados como precursores del regreso del Mesías y del fin del mundo. Acaso por esta razón Pablo jamás se molestó en poner fecha a sus epístolas, como si el tiempo no le importara. Por supuesto, el Mesías no reapareció y el mundo no se acabó, por lo que al no materializarse la Segunda Venida los cristianos tuvieron que adaptarse y estas ideas fueron gradualmente perdiendo importancia dentro de su sistema de creencias. Hasta Pablo, el cristianismo judío había aceptado la versión judía de la historia, según la cual la llegada del Mesías tendría lugar al final de los tiempos. Para los cristianos, sin embargo, Jesús ya había venido. Si su encarnación formaba parte del plan de Dios para la humanidad, entonces había que considerar la historia como dividida en dos etapas: una que iba desde la Creación hasta el nacimiento de Jesús (en la que Israel se preparaba para la llegada de Cristo); y una segunda desde el nacimiento de Jesús en adelante. Pablo califica las Escrituras de los judíos como una Antigua Alianza (Testamento) y afirma que Jesús trajo consigo una nueva alianza. Pablo, de esta manera, veía a Jesús como un salvador, un camino que la gente debía seguir para poder alcanzar la vida eterna. Fue de esta forma como el cristianismo se convirtió en una religión de gentiles, que buscaba conversos de forma activa y que se proclamaba como el único camino verdadero hacia la salvación.
Pablo aportó al cristianismo primitivo buena parte de sus características más vistosas (y farisaicas). Condenó la adoración de ídolos, condenó la sexualidad y la filosofía. En Roma, en los primeros años del cristianismo, los creyentes alardeaban de su ignorancia y falta de estudios, y vinculaban el pensamiento filosófico con el pecado del orgullo. Esta forma de cristianismo, el cristianismo paulino, emergió en un mundo romano, con leyes romanas y rodeado de dioses romanos (paganos: paganus significa aldeano). La lealtad a Roma, importante en un contexto imperial, significaba la aceptación de la divinidad del emperador y de los dioses del estado, mucho más antiguos que el cristianismo. Por ese motivo, para el gran historiador romano Tácito (55-116) el cristianismo no pasaba de ser una nueva superstición.
En Roma la vida secular y la religiosa estaban entrelazadas. Cada ciudad se hallaba "protegida" por sus propios dioses y los edificios de la antigua Roma, desde los baños hasta los circos, estaban adornados con estatuas de los dioses y contaban con altares y santuarios. Augusto se interesó por la vida religiosa y durante su reinado restauró ochenta y dos templos que se encontraban en mal estado y autorizó la construcción de otros treinta. Pero nadie esperaba que la religión proporcionara una respuesta al significado de la vida. Era la filosofía la que conducía a un conocimiento de ese tipo. Los romanos veneraban a los dioses paganos para que les ayudaran durante las crisis. El dios cristiano resultaba primitivo. Era lógico que un gran emperador o un gran líder, como Alejandro Magno, fueran dioses o hijos de dioses, pero venerar como dios a un pobre judío condenado a morir como los criminales en un remoto rincón del imperio era absurdo. En Roma los tres cultos más importantes el culto al emperador, a Isis y a Mitra. Julio César había sido deificado tras su muerte en el año 44 a.C. (primer emperador en recibir tal reconocimiento). Emparentado con César, Augusto se refirió a sí mismo como el "hijo de [el] dios" y también fue deificado tras su muerte, lo mismo que su sucesor, Tiberio. Calígula, tas Tiberio, se divinizó a sí mismo en vida.
Isis era la señora de la magia y la encargada de traer la civilización al mundo. Era una diosa salvadora y recuerda a las grandes diosas de anteriores épocas. El mitraísmo era una rama del zoroastrismo en Persia. Cómodo (180-192) veneró a Mitra y el emperador estoico Marco Aurelio fundó un templo en su honor en la colina vaticana. Este culto empezó en Siria hacia el año 60 d.C. y fueron los soldados romanos quienes lo llevaron a Roma, donde continuó siendo una religión de soldados, en cuyos ritos no había lugar para las mujeres. A los seguidores se les denominaba sacrati, "consagrados", y entre las prácticas se incluía una comida en comunión. Muchos cristianos consideraban el culto de Mitra como una versión degradada y blasfema de su propia fe. Una de las ideas centrales del mitraísmo era la noción dualista de que el mundo es una batalla perenne entre el bien y el mal, una creencia común al cristianismo. Las demás concepciones paganas pensaban que el mundo natural era neutral. La festividad de Mitra se celebraba el 25 de diciembre (en un mundo sin fines de semana, los únicos días libres eran las festividades).
Muchas de las ideas más básicas del cristianismo eran anatema en Roma. Por ejemplo, la idea del valor espiritual de los pobres. La noción de herejía les resultaba ajena: en Roma la gente era libre de pertenecer a tantos cultos como quisiera, si bien el ateísmo no estaba bien visto (ateísmo era la negación de la providencia divina, porque no se discutía la existencia de los dioses). El hecho de que las mujeres desempeñaran un ostensible papel en las primeras congregaciones cristianas también se enfrentaba a las costumbres romanas. Con todo, la diferencia más importante era su actitud ante la muerte. Paganos y judíos morían y no esperaban resucitar en cuerpo en la tierra aunque creyeran en alguna especie de "otra vida", como la Isla de los Bienaventurados. Los cristianos estaban convencidos de que un día tendría lugar la Parusía y que, entonces, resucitarían de forma completa.
Dado que los cristianos no estaban dispuestos a aceptar las prácticas tradicionales de Roma, terminaron bajo sospecha. La Iglesia primitiva no fue perseguida y suprimida de forma sistemática. En 211 había obispos por todo el Mediterráneo, pero es cierto que hubo emperadores crueles que crearon un gran número de mártires. Dada la concepción apocalíptica de los primeros cristianos, y que si los vírgenes tendían en el cielo sesenta veces las recompensas de los cristianos comunes y los mártires cien veces, el dramatismo estaba servido. Cuando Constantino se convirtió en emperador en el año 312 d.C. y la suerte del cristianismo cambió al dejar de ser perseguidos para empezar a ser favorecidos, el sentimiento de triunfo fue inmenso. Para esa época el canon de las Escrituras había surgido, lo que confirmó a los fieles que el plan divino para la humanidad tenía dos fases, y que el triunfo lento pero firme de la doctrina cristiana formaba parte de ese propósito. Tradicionalmente, el tiempo se entendía como un movimiento cíclico: las estrellas y planetas (y el sol, y la luna) tenían su propio ciclo, por ejemplo. Pero esta concepción cíclica del tiempo hace que la historia carezca de sentido, ya que lo único que hace es repetirse a sí misma. Los cristianos empezaron a ver el tiempo como un proceso lineal desarrollado de acuerdo a la voluntad de Dios: la historia avanzaba hacia un fin definido (Telos). El nacimiento de Cristo era el momento central de ese proceso lineal y, a causa de ello, Julio Africano (160-240) sostuvo que el mundo duraría seis mil años porque, según sus cálculos, Cristo había nacido cinco mil quinientos años después de la Creación. Fue de este modo como el cristianismo se diferenció de otras creencias. Los mitos de creación de las demás religiones eran vagas referencias a acontecimientos remotos; el cristianismo era específico porque Dios había intervenido en la historia para demostrar que esta tenía un propósito y que él era el dios verdadero. Estas ideas eran muy atractivas para los esclavos y los trabajadores más pobres del imperio romano. El cristianismo prometía un mundo futuro mejor. Por ese motivo la prédica tuvo éxito entre las masas urbanas y no tanto entre la aristocracia romana o los rangos más altos del ejército.
Como la Segunda Venida parecía eternizarse, los cristianos adoptaron otras estratagemas. La persecución les brindó una. Hay que recordar que los romanos eran bastante tolerantes y solo exigían que se reconocieran los dioses romanos. Tras el culto al emperador, se volvieron menos tolerantes. Como muchos pueblos de la antigüedad, creían que la prosperidad del estado dependía de que los dioses siguieran siendo favorables. Los cristianos no solo se negaron a venerar a los dioses y al emperador: proclamaban la Segunda Venida, que implicaba derrocar al emperador y acabar con el estado. Además se negaron a aceptar cargos públicos y a cumplir con el servicio militar. Y, para más inri, sus servicios religiosos no distinguían entre amos y esclavos. Todo ello constituía un grave problema desde el punto de vista social. Poco a poco, la política imperial se volvió contra ellos. Trajano convirtió en delito el negarse a rendir homenaje al emperador. Cuando en 248 los cristianos se negaron a participar en las celebraciones del mil aniversario de la fundación de Roma, Decio decretó que debían ofrecer sacrificio a los dioses romanos. Como para entonces los cristianos representaban un 10 por 100 de la población, el número de mártires fue particularmente alto. Los cristianos contra-argumentaron que la obvia decadencia del imperio, que entonces evidente para todos, era que los romanos veneraban a los dioses equivocados. Esto obligó a Valeriano y a Diocleciano a intentar extirpar el cristianismo por completo: amenazaron a los senadores con la pérdida de su cargo si se convertían, purgaron el ejército, destruyeron iglesias y quemaron libros.
Hacia el siglo III el deseo de martirio estaba casi fuera de control. Para entonces los cristianos despreciaban deliberadamente las costumbres romanas. Por su querencia a emular el sufrimiento de Jesús, querían que se los persiguiera. Con la tortura en la tierra, el mártir ganaba inmortalidad y la felicidad eterna. Según cierto punto de vista, esto constituía unos sentimientos magníficos. Lo que permitió que una religión de perseguidos se convirtiera en la fe oficial del imperio, no fue consecuencia de ninguna transformación de la filosofía en Roma, sino de las decisiones de un emperador, Constantino (306-337) descubrió que el cristianismo era útil. Cuando en el año 312, en la batalla del puente Milvio, en las afueras de Roma, Constantino se enfrentó al usurpador Majencio, los cristianos que le apoyaban le aconsejaron que si buscaba el apoyo de su Dios, con seguridad vencería. Constantino accedió a esta petición y obtuvo la victoria. A consecuencia de ello, permitió que todas las religiones del imperio veneraran a sus propios dioses y, aún más importante, retiró todas las restricciones legales impuestas a los cristianos. Desde entonces y hasta su conversión en el lecho de muerte, Constantino creyó que Cristo le guiaba. En los frescos se le representa con la cabeza rodeada por la aureola de los santos o portando una cruz en la corona.
EL ASCENSO DEL CLERO
Constantino obligó a observar el domingo e impulsó la colección de reliquias para instalarlas en santuarios. Trasladó la capital del imperio a Constantinopla, fundada en 330 en el antiguo lugar de Bizancio. La ciudad había estado bajo la protección de la diosa Hécate, pero Constantino saqueó los santuarios paganos del Egeo y construyó una gigantesca estatua de sí mismo con un orbe en su mano, símbolo de la dominación mundial, en el que incrustó un fragmento de la Vera Cruz, descubierta por su madre. Para entonces el cristianismo estaba muy difundido: en Grecia, Turquía (conocida como Asia Menor), Egipto y Edesa (cerca de Armenia). Por lo menos la mitad de la población era cristiana. La fe se extendía a Abisinia, España, la Galia y Persia, Mauritania, África y Britania, en el norte de Europa. Contribuyó a su éxito que absorbiese costumbres y prácticas paganas donde creyó que favorecía sus intereses. Además de la adopción de la festividad de Mitra, el 25 de diciembre, como día de la Natividad, asimiló conceptos paganos como la epifanía, usado cuando los dioses se revelaban en sueños a quienes los veneraban. Los términos vicario y diócesis proceden de las reformas administrativas de Constantino. Respecto al domingo, originalmente estaba dedicado al sol, no a Jesús. En 326 Constantino entregó a los cristianos el santuario dedicado a Helios Apolo en el circo de Nerón para que fundaran la nueva iglesia de San Pedro. Las cabezas tonsuradas de los sacerdotes cristianos proceden de las costumbres de los sacerdotes paganos egipcios y cuando María fue celebrada por primera vez como Madre de Dios, en Éfeso en el año 431, la iglesia construida en su honor se alzó sobre el templo de Diana. El incienso usado en la ceremonia de consagración era el mismo empleado en el culto de Diana.
Había una última razón para el éxito del cristianismo. El ascenso del clero. En sus primeros días, el sustento de la Iglesia residía en el Espíritu Santo. Se creía que los apóstoles lo habían recibido, razón por la que Pedro hablaba en diversas lenguas y Pablo tenía visiones. A su vez, los apóstoles pasaban el espíritu a los primeros líderes de la Iglesia romana, los presbíteros, que se diferenciaban del resto de la congregación en que ellos se sentaban a la mesa mientras los demás permanecían de pie. El definitivo auge del clero sucede con surgimiento de los obispos, término que significaba en griego "supervisor". En la Iglesia primitiva, las distintas congregaciones se agrupaban en colegios, cada colegio se componía de siete congregaciones, y el obispo era el jefe de los siete presbíteros. A partir de esta jerarquización y de la idea del Espíritu Santo surge la idea de que solo los obispos podían mediar entre los cristianos y Dios, y que sólo ellos podían interpretar las Escrituras.
En un comienzo había obispos en todas las ciudades importantes del Mediterráneo —Antioquía, Éfeso, Alejandría, Cartago y Roma—, todos con el mismo poder e influencia. Se reunían ocasionalmente en concilios o sínodos para resolver cuestiones doctrinales: por ejemplo, si tenían potestad para perdonar los pecados. Como consecuencia, los obispos se convirtieron en una clase separada del resto de la Iglesia. El celibato todavía no se había establecido, pero se volvió costumbre que los sacerdotes llevasen una vida retirada, dedicada a la meditación, el estudio y la lectura. La decisión de Constantino de otorgar a los sacerdotes cristianos el beneficio que antes era concedido a los sacerdotes paganos (exención del pago de impuestos y de la obligación de servir en el ejército), consolidó el auge del clero. Graciano (375-383) liberó a los sacerdotes de la jurisdicción de los tribunales civiles y determinó que, salvo actuaciones criminales, solo debían responder ante tribunales eclesiásticos. Además, se permitió a a los obispos recibir legados. Todo ello coadyuvó a que en el siglo V el clero ya se hubiera convertido en una clase privilegiada: eran ricos, controlaban la doctrina de la Iglesia y habían adquirido privilegios políticos, económicos e intelectuales. Todo ello determinó que durante mil años constituyeran un factor dominante de la sociedad occidental.
La autoridad de Roma nunca fue aceptada del todo en Oriente, pero un buen número de papas emprendedores convirtieron progresivamente a Roma en un centro neurálgico de la fe durante la decadencia del imperio, cuando el poder empezaba a escapar de las manos de los emperadores. Recordemos una vez más que la palabra Papa es el equivalente latino de patriarca, padre. Dámaso I (366-384) desecó la colina en la que se alzaba su residencia (el actual Vaticano) y retomó el coleccionismo de reliquias de los mártires en el punto en que lo había dejado Constantino. También renovó las tumbas de los primeros cristianos. De esta manera Roma fue convirtiéndose en un lugar de peregrinación espectacular, como nunca lo fueron Antioquía o Cartago. El papa León I (440-461) inventó la doctrina de la sucesión apostólica citando a Mateo 16,18: "Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificare mi Iglesia". El Espíritu Santo también resultó de utilidad, porque León convenció a Valentiniano III para que promulgase la suprema autoridad de Roma en todo el imperio, algo que consiguió gracias a dos espectaculares victorias diplomáticas: en 451 convenció a Atila (rey de los hunos) para que se retiraran de Roma a cambo del pago de un tributo, y en 455 salvó a la ciudad de los vándalos de Genserico.
Aparte de su desarrollo jerárquico, el cristianismo primitivo introdujo otra idea dominante durante sus primeros años: el monacato, la idea de que la mejor forma de conquistar una espiritualidad plena es renunciar al mundo y a todas sus tentaciones. Aunque no fue una noción exclusivamente occidental, nació en una depresión conocida como Wadi an-Natrun, o valle de Sal, a un día en camello al oeste del delta del Nilo. Los ermitaños empezaron a reunirse allí en una fecha tan temprana como mediados del siglo II. Para el siglo siguiente, hombres y mujeres de todos los rincones de la cristiandad acudían al valle, liderado por un ermitaño conocido como Amoun. Cada eremita construía una celda en la roca divida en dos compartimientos. Esto solía requerir un año de trabajo. Vivían tejiendo alfombras que los mercaderes vendían en los mercados de Alejandría. A finales del siglo IV, el valle de Sal acogía a cinco mil eremitas. Eremita y ermitaño son dos palabras que derivan de la palabra griega ἐρημίτης que significa "del desierto". A diferencia de los ermitaños del desierto, las primeras comunidades de monjes no aparecen hasta el siglo IV, en Tabennesi, a más de novecientos kilómetros subiendo por el Nilo. Allí, Pacomio (c. 292-346) crea la primera regla para llevar una vida alejada del mundo, dedicados a aprender de memoria el Nuevo Testamento y a desempeñar la ocupación que le hubiera sido asignada.. Por ello en Roma se conocía a los primeros monjes como "egipcios". La idea del retiro se hizo cada vez más popular y para comienzos del siglo V empezaron a fundarse monasterios en Europa. El más influyente fue el fundado por Benito de Nursia (480 - 547) que concibió una forma de vida comunal con enorme repercusión en la vida intelectual europea. De ahí que el período comprendido entre el año 550 y el 1150 recibiese el nombre de "los siglos benedictinos". Su monasterio fue construido en Montecasino, una colina a unos ciento cincuenta kilómetros al sur de Roma. Intentó la soledad del anacoreta, pero descubrió que podía ser psicológicamente peligrosa. Concibió su comunidad como un todo autosuficiente, tanto económica como política y espiritualmente. La regla sólo preveía la injerencia del exterior cuando resultara evidente que la vida en el interior era escandalosa. Los monjes elegían al abad, que desempeñaba el cargo de forma vitalicia y cuya autoridad era absoluta. A cambio, el abad tenía el deber de cuidar y alimentar a aquellos que estaban bajo su responsabilidad. Los monjes negros, como se les conocía por el color de sus hábitos, vivían en silencio y alejados del mundo. Ser aceptado entre ellos no era sencillo. A los aspirantes se los mantenía esperando cinco días, durante los cuales se les negaba la entrada al monasterio. Sólo si soportaban la espera se los admitía como novicios bajo la protección y guía de un monje durante un año entero. Tras ese tiempo, si el novicio deseaba continuar, pasaba a ser miembro pleno de la comunidad. Pertenecer a un monasterio benedictino era muy diferente a ser ermitaño en Wadi Natrun: los monjes trabajaban, oraban, comían y dormían juntos y hacían votos de pobreza, castidad y obediencia. Sus deberes les ocupaban todas las horas del día y celebraban servicios religiosos a lo largo del día y de la noche.
Sin pretenderlo, Benito creó una institución que terminaría siendo perfectamente adecuada para la alta Edad Media. Tras la caída del imperio, cuando las ciudades entraron en crisis a medida que las escuelas y demás instituciones civiles desaparecían, los monasterios, situados lejos de las ciudades, consiguieron mantenerse fuertes y ofrecer un liderazgo en cuestiones educativas, económicas, religiosas e incluso políticas. Los monjes se convirtieron en los encargados de interceder ante Dios y, en consecuencia, recibieron legados y donaciones de la realeza y la aristocracia. Las abadías acumularon una gran riqueza y los abades adquirieron gran poder e influencia local.
EL ESTABLECIMIENTO DE LA IGLESIA
En los comienzos de la fe no había Escrituras de ningún tipo: Jesús no había escrito nada. De forma gradual se fue estableciendo un canon de textos escritos: los primeros dos estaban en arameo, uno se conocía como "Los dichos de Jesús" y el otro como "El libro de los testimonios", que se componía de fragmentos del Antiguo Testamento que parecían confirmar que Jesús era el Mesías: un texto más destinado a los judíos que a los gentiles. Hubo una tercera obra, "Las enseñanzas del Señor", que era una guía sobre cómo organizar la Iglesia primitiva y sobre la forma correcta de practicar el culto. La idea misma de las Sagradas Escrituras era una idea judía y el cristianismo debe al judaísmo ideas como la de consagrar un día de la semana al Señor (más allá del cambio del sábado por el domingo). El bautismo y la confesión fueron ambos innovaciones cristianas que aún se conservan. Existió una tercera costumbre que, con excepción de unas pocas sectas, los cristianos han abandonado: hablar en lenguas, que era la forma en que el Espíritu Santo se manifestaba a los fieles. El cristianismo primitivo había adaptado esta práctica de los cultos mistéricos griegos.
La tradición literaria cristiana floreció después de que Pablo escribiese las cartas a las iglesias que fundó (las epístolas a los Corintios, a los Efesios, etc.). Pablo jamás imaginó que estas epístolas formasen parte un día de un libro sagrado. Lo que Pablo hacía era comentar por escrito la doctrina que antes había comunicado verbalmente. La mayoría de las epístolas fueron escritas entre el año 50 y el 56. Aunque interpretar los actos de Jesús era importante, los fieles de los primeros años necesitaban, sobre todo, saber que había existido, que había sido crucificado y que había resucitado. Hacia el año 125, en Éfeso, se tomó la decisión de usar los cuatro evangelios como base para el culto, algo que ayudaría a considerar todos los aspectos de la vida de Jesús y a contener cualquier herejía. Fueron precisamente las primeras herejías las que darían origen al establecimiento de un canon de sagradas escrituras. Hubo tres doctrinas que fueron particularmente influyentes y que, en este sentido, contribuyeron a dar forma a la doctrina de la Iglesia: la del gnóstico Valentín (m. 160), que sostuvo que Jesús era un fantasma, no una persona real, y que no había sufrido dolor en la cruz; la de Marción (activo c. 144), también gnóstico, que afirmó que Jesús no era judío y que era hijo de un dios más elevado y bondadoso que Yahveh; y Montano (activo c. 150-180) que se opuso a la estructura eclesiástica al considerar que el clero debía estar conformado sólo por profetas inspirados que tuvieran el don del Espíritu Santo, y que lo que ellos decían era lo que debía determinar el culto y no los evangelios. En respuesta a creencias tan caprichosas, la Iglesia se unió no sólo para acordar el canon del Nuevo Testamento, sino también para determinar los elementos centrales de su práctica religiosa. Fue entonces cuando se estableció la comunión, una recreación de la Última Cena por medio de la cual los cristianos creían que expiaban sus pecados (una idea judía) y obtenían la salvación (una idea gnóstica griega). La expresión "Nuevo Testamento" se usó por primera vez en el año 192. De esta forma, hacia el año 200 el cristianismo estaba en camino de convertirse en una religión del libro, algo que compartía con el judaísmo. Esto contribuyó a aumentar el poder del clero porque, en la mayoría de los casos, eran los únicos miembros de la comunidad que sabían leer.
Así como el evangelio de Juan recibió la influencia de las creencias gnóstica y griega en Éfeso, otros autores del Mediterráneo oriental combinaron filosofía y teología para producir un cristianismo mucho más elaborado. Estos autores reciben el nombre de Padres de la Iglesia (patres ecclesiae). Fuera de Roma, brillaron Alejandría y Antioquía.
Clemente dirigió una escuela en Alejandría, pero fue obligado a dejarla. Su escuela volvió a ser abierta por Orígenes (c. 185-254), y en ella se enseñaban disciplinas paganas: retórica, geometría, astronomía, filosofía y hebreo. Orígenes escribió muchos libros, dos de los cuales se consideran las primeras obras de exégesis bíblica cristiana: el Hexapla y el Sobre los primeros principios, la primera presentación sistemática de la teología cristiana. Orígenes afirmaba que en la Biblia todo tenía tres significados: el literal, el moral y el alegórico, y que solo este último constituye la verdad revelada. Para él, por ejemplo, la concepción virginal de Cristo en el útero de María no debía ser entendida en principio de forma literal. Este acontecimiento representaba el nacimiento de la divina sabiduría dentro del alma.Orígenes fue discípulo de Amonio Saccas, fundador del neoplatonismo, y bajo su influjo sostuvo que el universo estaba formado por una jerarquía de seres espirituales, con Dios en la cima y el demonio y los ángeles caídos en la base. Según afirmaba Orígenes, Dios era cognoscible a través de la naturaleza (el orden racional del universo) y a través de Cristo, que era la revelación plena de toda su misericordia y sabiduría. El hombre se componía de un alma racional y de un cuerpo material y debido a ello ocupaba una posición intermedia entre los ángeles y los demonios. El alma se corrompía por su presencia en el cuerpo y, por tanto, el objetivo de la vida era actuar de tal forma que el alma se corrompiese lo menos posible. Para Orígenes el alma preexistía al hombre y después de la muerte del cuerpo pasaba a un estado de purificación y, al final, todas las almas purificadas compartirían la restitución universal. Orígenes no creía que la resurrección tuviera lugar en el cuerpo material y a medida que la Segunda Venida se aplazaba, esta idea se hizo cada vez más y más influyente. Conviene resaltar que las bases teológicas de Orígenes de Alejandría son compartidas por millones de cristianos y católicos hoy en día, de ahí su importancia.
Jerónimo (c. 340-419) era un hombre culto que había estudiado griego y hebreo en Oriente Próximo y que había intentado, sin éxito, fundar su propio monasterio. El papa Dámaso I (366-384) lo llamó a Roma en el año 377 y le encargó la traducción al latín del libro de los Salmos. En Roma conoció a un grupo de mujeres adineradas que finalmente se unieron para proporcionarle los fondos necesarios para que construyera un monasterio y casa de investigación cerca de Belén, donde pasó el resto de su vida dedicado a la traducción de toda la Biblia al latín, un proyecto que una vez terminado reemplazaría las traducciones fragmentarias anteriores reunidas en la Vetus Latina. Jerónimo empleó como fuentes tanto textos hebreos como griegos y su propósito fue escribir una obra que no sólo complaciera a eruditos y obispos sino también a la gente común. El resultado fue un texto a medio camino entre el latín ciceroniano de los literatos educados y el lenguaje vulgar de las calles que terminaría convirtiéndose en el francés, el español o el italiano. Esta Biblia "Vulgata" (popular) tuvo un gran éxito y se convirtió en la versión estándar de las Escrituras durante siglos.
El más grande de los Padres de la Iglesia latinos fue Agustín (354-430). Nació en Tagaste (el actual Souk.Ahras), al sur de Bône (Annaba), en Argelia, cuna de la cultura bereber. Su padre era pagano y su madre cristiana, algo usual en el siglo IV antes de que las actitudes cristianas se volvieran radicales. Agustín fue un prolífico escritor, con ciento trece libros y más de doscientas cartas. Las historias lo recuerdan como un gran pecador que se convirtió en santo. A la edad de treinta y dos años se convirtió al cristianismo, pero incluso después manifestó una enorme debilidad para resistir las tentaciones sexuales ("Señor, dadme la castidad, pero no todavía", es su famosa sentencia), razón por la que siempre ha despertado enormes simpatías (recordemos que la castidad es una invención de Pablo, no de Jesús). En los trece libros de sus "Confesiones" escribe acerca de su juventud pecadora y de cómo se convirtió al cristianismo. Es la primera autobiografía occidental jamás escrita, pero no completa porque vivió hasta los 76 años (fue escrita tras sus primeros 40 años). Proporciona información sobre la evolución de su pensamiento en sus primeros años, de la filosofía y de la teología de la época. Son interesantes las narraciones sobre su estancia en el maniqueísmo y el proceso personal de acercamiento al cristianismo (conocido por su madre), su conversión y sus primeras experiencias como católico. Agustín coqueteó con buena parte de los sistemas de pensamiento de su época. Confiesa que la Vetus Latina le aburría. A través de Cicerón descubrió a Platón y Aristóteles y al escepticismo. Con una amante mantuvo una relación estable (catorce años), periodo en el que tuvo un hijo (lo que para los maniqueístas era malo, porque la carne era mala). Encontró insuficiente el neoplatonismo. Fue al abrir por azar una copia de la Epístola a los Romanos como los ojos de Agustín se posaron ese día en la idea de Pablo de que el mal es la destrucción del orden (recordemos que Pablo era antiintelectual). Agustín añadió la idea de libre albedrío: los hombres pueden evaluar el orden moral de los acontecimientos, ordenar sus propias prioridades y rehuir el mal camino y abrazar el bueno, que era conocer a Dios. La penetrante inteligencia de Agustín se plasma en sus ideas sobre la Trinidad, la discusión más importante y apasionada de la Iglesia primitiva, que provocó el famoso concilio de Nicea, en las orillas de un pintoresco lago cerca del mar de Marmara, en la moderna Turquía, en mayo de 325, durante el reinado de Constantino. La división cristiana fue desencadenada por Arrio, quien afirmaba que Jesús no podía ser divino en la misma medida que Dios Padre lo era. Arrio no negaba la divinidad de Jesús, pero subrayaba que el propio Jesús había dicho que Dios era más grande que él, lo cual lo hacía diferente de los seres humanos, pero también diferente de Dios. El hecho de que Jesús llamara a Dios "mi padre" indicaba una existencia previa y superioridad de parte de Dios Padre. Su propuesta era que Jesús había nacido siendo mortal y que se había vuelto divino. Los obispos reunidos en Nicea tenían una opinión diferente y el credo que se acordó allí (el credo niceno, aún recitado en las iglesias) estableció que Dios había creado el mundo ex nihilo, de la nada, y que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo eran de la misma sustancia. Este acuerdo no significaba que los laicos tuvieran que convenir con los obispos. Para muchos de los primeros cristianos (y la inmensa mayoría de los de ahora) la idea resultaba difícil de comprender. Años después, tres formidables teólogos de Capadocia, al este de Turquía, propusieron una solución que satisfizo al menos a algunos, principalmente en Oriente. Estos tres teólogos eran: Basilio, obispo de Cesarea (329-279), su hermano Gregorio, obispo de Nisa (335-395), y su amigo Gregorio, obispo de Nacianzo (329-391). Su solución fue sostener que Dios era una única esencia (ousia) incomprensible para el hombre, pero que hay tres expresiones (hypostases) a través de las cuales es posible conocerlo. La Trinidad no eran tres dioses sino una experiencia místico-espiritual, el resultado de la contemplación. Agustín partió de este punto y constituyó su mayor logro. Sostuvo que dado que Dios nos hizo a su imagen y semejanza, debíamos ser capaces de discernir la Trinidad en las profundidades de nuestra mente. Agustín menciona tres facultades en el alma: la memoria, el intelecto y la voluntad. Y tres etapas de la penitencia tras el pecado: la contrición, la confesión y la satisfacción. Y tres aspectos del amor: el amante, el amado y el amor que los une. Una memoria de Dios, un conocimiento de Dios y un amor de Dios. Y trinidad de la fe: retineo (retener en nuestra mente las verdades de la encarnación), contemplatio (su contemplación) y dilectio (el deleitarnos en ellas). Agustín había fusionado teología y psicología como nunca antes y nunca después.
Para la época en que Gregorio Magno (540-604) se convirtió en papa, las invasiones bárbaras habían transformado el mapa por completo. Había un emperador en Constantinopla, Justiniano (527-565), pero en Occidente la extensión del dominio bárbaro había provocado que muchas de las funciones que tradicionalmente estaban a cargo de los funcionarios romanos (la educación, los servicios sociales, el suministros de alimentos y agua incluso) pasasen a ser desempeñadas por los obispos. Gregorio fue un administrador magnífico y bajo su mandato la Iglesia se volvió eficaz en sentido práctico y terrenal. Como era también un hombre de espíritu contemplativo, esta mezcla lo convirtió en un líder muy apropiado para el desarrollo de doctrinas que contribuyeron a hacer a la Iglesia más atractiva a ojos de las almas ordinarias. Por ejemplo, Gregorio se propuso hacer la liturgia más accesible a los fieles y tuvo la genial idea de usar la música para ello. Fue así como nació el canto gregoriano. Con el mismo espíritu inventó la noción de purgatorio: le preocupaba lo que le pasaría a un pecador que recibiera la absolución de un sacerdote, pero muriera antes de poder cumplir la penitencia en su totalidad. Su solución fue proponer un destino temporal, el purgatorio, donde la gente completaría sus penitencias, recibiría su castigo y luego seguiría su camino hacia el cielo. Su otra idea genial fue la de los siete pecados capitales. El mal, para Gregorio, siempre sería un misterio para el hombre: Dios pretendía que así fuera, lo que lo convertía en una prueba para los creyentes (como lo había sido para Job). Pero los siete pecados capitales se pensaron como una guía para los fieles, de tal forma que el sentimiento de pecado no fuera abrumador. Los siete pecados fueron dispuestos en una escala de gravedad progresiva: lujuria, gula, avaricia, pereza, ira, envidia y orgullo. Así quedaba muy claro que los pecados del intelecto eran mucho más serios que los de la carne (a diferencia de lo que sucede hoy en día).
LA CONTROVERSIA PASCUAL
Para este momento la cristianización se había efectuado casi por completo. Las festividades principales del cristianismo, dedicadas a celebrar el nacimiento, muerte y resurrección de Jesús, no fueron acordadas hasta mucho tiempo después de la crucifixión de Cristo. En francés, italiano y español la palabra Pascua proviene del hebreo pesakh, pero el inglés "Easter" evoca a la antigua diosa escandinava del amanecer y la primavera, Eostre. Conviene recordar que, en este período, la Pascua era una celebración mucho más importante que la Navidad: se conmemoraba la resurrección, sin la cual no habría fe cristiana. En Roma, la Pascua ya se celebraba hacia el año 200, como demuestran cartas escritas en esas fechas, que se refieren a una ceremonia en la que se encendían velas de cera. La Navidad no empezaría a celebrarse hasta el siglo IV.
Los evangelios no proporcionaban información sobre la fecha del nacimiento de Jesús. Los primeros teólogos, para solventar la cuestión, se apropiaron de tradiciones paganas. Pero la Pascua era un asunto más delicado. Según los evangelios, Cristo murió el primer día de la Pascua judía que, según la tradición hebrea, se celebra el día de luna llena que sigue al equinoccio de primavera. Esto planteaba un problema: al basarse en un calendario lunar de 354 días y no en un calendario solar de 365+1/4, la fecha cambiaba cada año. Este cálculo ya era complicado de realizar y los cristianos primitivos lo hicieron aún más difícil al añadir la condición adicional de que la Pascua debía celebrarse siempre en domingo, dado que ese fue el día en que tuvo lugar la resurrección de Cristo, algo que además los diferenciaba de los judíos, quienes celebraban su Sabbath en sábado. En los primeros siglos de la Iglesia, la Pascua se celebró en días diferentes en los distintos países del Mediterráneo, pero en el año 325, en el concilio de Nicea, 318 obispos decidieron que esta festividad debía celebrarse el mismo día en toda la cristiandad. es así como fue elegido el primer domingo después de la primera luna llena del equinoccio de primavera. Aparte de que se mencionara en la Biblia, el significado teológico de esta fecha era que se trataba de un día de máxima luminosidad: doce horas de luz diurna seguidas por doce horas de luna llena. Esto contrastaba radicalmente con la Navidad, una jornada de mucha oscuridad. Los primeros teólogos tuvieron que acumular alegorías sobre otras alegóricos para poder vincular la luna al relato de la Pascua. Así, la Pascua cae en primavera, la estación en la que el mundo fue creado y en la que se instaló al hombre en el paraíso. La luna resucitaba cada mes y, como Cristo, ofrecía luz al mundo. La luna brillaba reflejando la luz del cielo, de la misma forma en que la gracia del hombre proviene del Señor. Todo un ejercicio de alegorismo.
Los astrónomos griegos habían descubierto que cada diecinueve años el sol y la luna volvían a sus respectivas posiciones (el ciclo metónico). Pero este hecho no tenía en cuenta la semana de siete días (que los griegos no utilizaban) y tras la decisión del concilio de Nicea de que la Pascua de resurrección debía caer en domingo, pasó más de un siglo antes de que Victorio de Aquitania consiguiera establecer, en el año 457, un ciclo de veintiocho años que daba cuenta de los días de la semana y los años bisiestos, lo que era necesario para hacer todos los cálculos. Victorio llegó así a un ciclo de 532 años (28 veces 19) que contenía todas las variables. El modelo tuvo que seguir siendo ajustado y no se consiguió una versión definitiva hasta la intervención de Beda el Venerable, quien puso fin a la controversia con su gran obra sobre el tiempo, De retione temporum (Sobre el cálculo del tiempo), publicada en 725. Sin embargo, la "controversia pascual" tuvo dos importantes repercusiones posteriores. En el siglo XX, gracias a descubrimientos arqueológicos, hallazgos numismáticos y los progresos astronómicos realizados a partir de la revolución copernicana, se ha podido determinar de forma cada vez más precisa la fecha del Viernes Santo original: las dos fechas más probables son el 7 de abril del año 30 y el 3 de abril del año 33. Los primeros cristianos, por supuesto, no contaban con estos conocimientos, y en el siglo VI al abad romano Dionisio el Exiguo se le ocurrió la idea de que las tablas pascuales, además de poder emplearse para calcular las fechas de las futuras Pascuas, podían también servir en sentido inverso y permitir calcular la fecha exacta de la Pasión. Las fechas, como hemos tenido ocasión de señalar, no habían interesado en especial a los primeros cristianos por dos razones: primero porque estaban convencidos de que la Segunda Venida del Mesías era inminente; y segundo porque trataban de significar en Roma, al menos, que el cristianismo era en realidad una fe antigua, no nueva, que había evolucionado de forma orgánica a partir del judaísmo y que, por tanto, estaba mucho más arraigada en la tradición que los cultos paganos rivales. Esta postura les ayudaba a contrarrestar las burlas de sus críticos, y por tanto procuraban reducir al mínimo las nuevas fechas. Pero a medida que pasaba el tiempo y la Segunda Venida no se producía, el calendario litúrgico pasó a ocupar un primer plano y establecer momentos del año en que los fieles pudieran congregarse se convirtió en una nueva prioridad.
El calendario vigente en tiempos de Dionisio el Exiguo basaba sus cálculos en el ascenso del emperador Diocleciano, lo que había ocurrido en el año 285 d.C. Por tanto, el año que denominamos 532 era para Dionisio el año 247. Como no entendía por qué razón debía calcularse el tiempo a partir de un emperador pagano, durante sus cálculos de la Pascua original concibió la idea de dividir el tiempo de acuerdo al nacimiento de Cristo. Y he aquí que se le ocurrió una coincidencia numerológica extraordinaria. Victorio de Aquitania había calculado un ciclo de 532 años y a medida que Dionisio se remontaba atrás en el pasado, advirtió que en el mismo año en el que creía que Cristo había nacido, lo que llamamos hoy año 1 d.C., había comenzado un ciclo victoriano. En otras palabras, que para la época en que hacía sus cálculos, la luna y el sol estaban exactamente en la misma relación que en el año en que Jesús había nacido. Esto era demasiada coincidencia y, en palabras de Beda el Venerable, confirmaba para Dionisio que el año 1 a.C. era en verdad el año en que "Él se había dignado encarnarse". Desde entonces se dan en Anni Domini, años del Señor. No fue hasta el siglo XVIII que se hizo habitual designar a la era precedente como "antes de Cristo".
Tales fechas tenían entonces una resonancia mucho mayor de la que tienen ahora, porque los teólogos habían concluido que el mundo duraría seis mil años. El cálculo se fundaba en la Segunda Epístola de Pedro, en la que se decía: "ante el Señor un día es como mil años y, mil años, como un día" (3,8). Si el Señor había tardado seis días para crear el mundo, tenía sentido que el mundo durase otro tanto. Usando las genealogías de la Biblia, teólogos como Eusebio habían concluido que el mundo tenía 5.197 o 5.198 años cuando Jesús nació. Por tanto, para el año 532 d.C., al mundo le quedaban un máximo de 271 años antes del Apocalipsis. La exactitud del calendario era un asunto que importaba muchísimo.
La segunda repercusión de la controversia pascual fue el desarrollo de una nueva forma de literatura que, pese a hoy haber caído prácticamente en el olvido, fue durante siglos la escritura más sagrada después de la Biblia: el cómputo. Computus, como palabra, significaba originalmente más o menos lo que significa hoy, esto es, algún tipo de cálculo. Pero en la Edad Media designaba exclusivamente las tablas elaboradas por los matemáticos para predecir la fecha de las Pascuas futuras. Estas tablas se consideraban sagradas por razones que la mentalidad medieval encontraba evidentes: el movimiento de los cuerpos celestes había sido el misterio más impresionante y maravilloso que había conocido la humanidad y el hecho de que los ritmos del sol y de la luna pudieran ser armonizados significaba que Dios había revelado, a los matemáticos al menos, parte de su gran diseño del universo. Los intentos de establecer la fecha de la Pascua habían llevado así a la revelación del gran misterio de los cielos. Para los creyentes éste era otro indicio de que el cristianismo era la religión verdadera.
Entre Agustín y la controversia pascual, el carácter del cristianismo cambió de forma decisiva. Durante los años de las persecuciones, cuando el martirio era común y los primeros cristianos esperaban que la Segunda Venida ocurriera en cualquier momento, era muy poco el énfasis que se ponía en esta vida, en la Biblia, en la liturgia o en el arte. Era fundamentalmente una época de culto a los santos, cuyo número se multiplicó debido al martirio, en la que sus reliquias se consideraban los principales estímulos con que contaba la fe y las pruebas más auténticas de su poder y veracidad, pese al horror con que las veían los paganos. Para el cristianismo primitivo, la castidad, el sacrificio y el monacato eran lo ideal. Sin embargo, entre el año 400, cuando Agustín estaba escribiendo, y la década de 560, en la que se ubican los últimos vestigios del paganismo, el cristianismo se las apañó con el sexo y se volvió una fe más comunal y urbana. A medida que la Segunda Venida parecía cada vez menos inminente, la Biblia pasó a ocupar un primer plano, la cristianización del calendario contribuyó a que la liturgia se extendiera a lo largo del año y la cristianización de la geografía, especialmente en el Mediterráneo oriental, dio lugar a una colección de lugares santos, rutas de peregrinación y a un mayor sentido de la historia. El carácter comunal y urbano de la Iglesia se vio fortalecido por los expolios de los bárbaros y el cristianismo empezó así a adquirir la forma que nos resulta hoy reconocible.
EL CRISTIANISMO EN LA EDAD MEDIA
En la antigüedad la tolerancia religiosa había sido la regla más que la excepción, algo que iba a cambiar debido a la animosidad que paganos y cristianos se tenían entre sí. La transformación del cristianismo en una religión estatal provocó rotundos en las actitudes de los hombres. Los pensadores estaban mucho menos interesados en desvelar los secretos del universo físico (o se les había disuadido al respecto) porque la tarea suprema del estudio cristiano era aprender y profundizar en las verdades de la revelación. Mientras el paganismo había impuesto muy pocas restricciones a los intelectuales romanos, el cristianismo se oponía activamente a la investigación científica. Según Ambrosio, obispo de Milán (374-397), el estudio científico podía abandonarse porque en nada contribuía a la salvación. Los romanos se habían sentido cómodos con la idea, surgida en Grecia, de que la tierra era un globo. En su Historia natural, Plinio había escrito que los seres humanos están distribuidos por toda la tierra, con sus pies apuntando hacia los del lado opuesto, y que el cielo es similar para todos ellos, y la tierra que pisan va hacia el centro en el mismo sentido desde cualquier dirección. Trescientos años después, Lactancio desafió esta concepción en El Epítome de los Institutos Divinos: "¿Hay alguien tan inconsciente como para creer que existen hombres cuyos pies están más arriba que sus cabezas?… ¿Que los cultivos y los árboles crecen al revés? ¿Que la lluvia, la nieve y el granizo caen hacia arriba en dirección a la tierra?". La opinión de Lactancio se convertiría en la doctrina aceptada hasta el punto de que, en el 748, un sacerdote cristiano de nombre Virgilio fue condenado por herejía debido a que creía en las antípodas.
El pensamiento cristiano fue en muchas ocasiones hostil a las tradiciones paganas y clásicas. Por ejemplo, en la retórica. Para la mentalidad cristiana, era Dios quien hablaba a través de sus predicadores, un concepto fundamentado en Pablo, quien insistía en que es el espíritu y no el individuo el que comunica la verdad. Este punto de vista que negaba la capacidad de la filosofía y del pensamiento independiente como forma de conocer e indagar la realidad. Gregorio de Nisa, Padre de la Iglesia y Padre Capadocio, simpatizaba con la filosofía clásica, pero incluso él llegó a afirmar que "la voz humana fue diseñada por la única razón de ser el umbral a través del cual los sentimientos del corazón, inspirados por el Espíritu Santo, se traducen de forma clara en la Palabra misma". El método dialéctico de Aristóteles fue prohibido: no se dialoga con Dios. Fue en buena medida por esta razón por lo que, salvo las obras de lógica, los libros de Aristóteles desaparecieron del mundo occidental y sólo se conservaron gracias a los intérpretes árabes que los atesoraron. En Alejandría y Constantinopla, los estudiosos continuaron leyendo a Platón y Aristóteles pero consideraban que su función era más la de custodiar el saber que la de ampliarlo con nuevas ideas. Ya vimos que en el año 529 Justiniano clausuró la academia platónica en Atenas, cuya especulación filosófica se había convertido en una ayuda para los herejes y favorecía las disputas entre los cristianos. Muchos estudiosos se desplazaron entonces al este, primero a Edesa, una ciudad de Mesopotamia que albergaba varias escuelas célebres, y luego a Nisibis, al otro lado de la frontera persa, cuya universidad era considerada entonces la mejor de Asia. Fue así como los árabes heredaron a Aristóteles y los tesoros de la ciencia griega. Los nestorianos, que eran famosos como lingüistas, tradujeron buena parte de las obras científicas y médicas griegas al siríaco, que en aquella época era la lengua internacional de Siria y Mesopotamia.
En algunos sectores del cristianismo incluso se llegó a sospechar profundamente de los libros y los textos escritos, que podían estar repletos de errores y recoger transacciones con el mundo de lo oculto. Basilio de Cesarea se lamentaba de ello: "Ya no celebramos reuniones ni debates ni encuentros de hombres sabios en el ágora, ya no tenemos nada de lo que en otro tiempo hizo a nuestra ciudad famosa". A mediados del siglo IV prácticamente no había libros en Roma ni en casi ninguna otra parte. Las otrora famosas veintinueve bibliotecas públicas habían cerrado por una razón u otra. El papado tenía una biblioteca o, al menos, un archivo, que permaneció intacto (conviene reseñar que, no obstante, las bibliotecas cristianas sobrevivieron mejor que las bibliotecas no cristianas). Cuando, a finales del siglo VI, Isidoro de Sevilla empezó a reunir sus Etimologías, un compendio de conocimientos sagrados y seculares, era ya difícil localizar los textos de autores clásicos, a pesar de que Isidoro contaba con una biblioteca propia con obras de Orígenes, Eusebio, Crisóstomo, Ambrosio, Agustín y Jerónimo, y de seculares como Paulo (poesía), Cayo (derecho), Hipócrates y Galeno (medicina).
Así se dio comienzo a los siglos más oscuros de la Edad Media.














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