Ciudad de México es de una inimaginable hondura. Su inmensidad es de locos. Es una terra incognita, sin límites ni fronteras, el infinito hecho ciudad, la urbs devenida hubris, una ciudad sin final ni fondo, muy distinta del resto del país, al que podría parangonarse con la aventura metafísica, el sueño despierto, la revolución permanente para la inteligencia y el corazón.
Las cosas hermosas que escribiremos si poseemos talento están en nosotros, difusas, como el recuerdo de una melodía que nos cautiva sin que podamos alcanzar su contorno.
martes, 31 de diciembre de 2019
lunes, 30 de diciembre de 2019
Star Wars 7, 8 y 9: El gran fracaso
La saga de La guerra de las galaxias (Star Wars) no aporta absolutamente nada desde su séptima entrega.
Star Wars es una de esas escasas mitologías cuyo origen es estrictamente cinematográfico. Otros ejemplos son King Kong o Godzilla. Las aventuras de Marvel o DC tienen su génesis en el cómic, no lo olvidemos. Star Wars define una serie de variables (estéticas, narrativas, temáticas) que conforman su universo de ficción: los "opening crawl" (ese texto inicial que se desliza en oblicuo al comienzo de cada historia, tomado de las historias de Flash Gordon), el montaje, las transiciones y cortinillas... La narración siempre es lineal y avanza. Star Wars no emplea flashbacks, por lo que la historia siempre se construye en presente. Apenas hay zoom (si es que hay alguno, creo que solo los recuerdo en "El ataque de los clones") y nunca se emplea el recurso de la cámara lenta (salvo en una escena del entrenamiento de Luke en Dagobah). El argumento es una hilación de momentos que, en su conjunto, definen una historia muy simple. La acción se sucede siempre en paralelo (alcanzó su punto de mayor complejidad cinematográfica en la triple batalla final de "El regreso del Jedi"). Cine para niños, principalmente, y de aventuras: con el tiempo solo la evocación y la nostalgia permiten que un adulto bien instruido aguante su visionado, porque todo es terriblemente simple e infantil.
En el film inaugural todo, absolutamente todo, era novedoso: los sables láser, la voz de Darth Vader, su enigmática máscara, las naves espaciales, los androides... En las siguientes películas George Lucas se dedicó a enriquecer el mundo originalmente concebido para el primer filme. Recordemos la impresionante batalla en la nieve contra vehículos de ataque con cuatro patas, o la aparición en escena de un maestro Jedi de 800 años de edad y poco más de medio metro de altura, una ciudad minera en medio de las nubes, un monstruo del desierto que devora gente y su digestión dura cientos de años, motos ultraveloces capaces de esquivar árboles gigantes… El disfrute de Star Wars consistía en la sorpresa y la novedad: en definitiva, arrastrarse a un mundo ficticio repleto de aventuras imposibles y asombro en cada minuto. Cierto que cualquier cinéfilo curtido en los seriales de Flash Gordon o las aventuras de Errol Flynn, podía reconocer el potaje nutritivo que Lucas había mezclado en la olla. Pero los niños y gran parte del público adulto carecía de ese bagaje. La guerra de las galaxias era visualmente pionera (pese a 2001, que era seria y difícil de entender) y supo inventar a través de los efectos especiales los sueños de millones de ciudadanos del mundo.
No importaba mucho entender hacia dónde se dirigía el Halcón Milenario cuando acababa en el estómago de un gusano gigante que vivía en un asteroide, como El Principito. O la génesis del rebuscado plan para liberar a Han Solo de la carbonita en el sórdido palacio de Jabba. Eran momentos, excusas para hilvanar una parafernalia tras otra, visitar mundos increíbles y encantadores a golpe de hiperespacio. Los personajes eran todos simpáticos que incluso sufrían y por tal razón nos dolía en nuestras propias carnes su sufrimiento. Y eran humanos: mientras Leia y Han Solo se enamoraban y declaraban su amor con un célebre “Te amo / Lo sé”, Luke recibía como un mazazo la folletinesca afirmación “Yo soy tu padre” que densificaba el argumento hasta un punto inconcebible antes.
Con la primera trilogía (la única que debió haberse filmado) el impacto fue rápidamente fagocitado por una legión de fanáticos y autores que, con la connivencia e impulso estrictamente comercial, que no artístico, de Lucasfilm, fueron incorporando cosas aquí y allá, hasta conformar lo que ellos mismos denominan "universo expandido": libros, cómics, videojuegos, series animadas, etc. No importa que para la inmensa mayoría de los seres humanos tal cosa no exista y sea manifiestamente ridícula. Este universo ampliado, tan ridículo como innecesario, es la muestra letal que mejor define lo que ahora mismo es el cine de las grandes productoras.
Una idea bastante extendida, aceptada tanto entre los críticos como entre los fanáticos de la saga, es que las tres primeras películas son inmejorables y que posteriormente George Lucas lo arruinó todo queriendo contar cómo un niño llamado Anakin se convierte en Darth Vader. Cierto es que Lucas planteó muy mal su segunda trilogía, con un ritmo demasiado estático para tanto como se necesitaba contar e idear y una narración demasiado enfocada en un personaje contradictorio como es Anakin Skywalker (cómo hubiesen mejorado las cosas si el argumento se hubiese iniciado desde un principio en un Anakin discípulo de Obi-Wan Kenobi). En "La venganza de los Sith" no tuvo más remedio que echar a correr, resolver de malas maneras la conversión al lado oscuro del joven, posiblemente el hito que hubiese necesitado por sí mismo de tres buenos argumentos mucho más profundos en lo psicológico (curiosamente, nadie en el universo expandido explicó por qué o cómo se produjo esta conversión de Anakin, luego la cosa no carecía de complejidad: simplemente no encajaba bien en las necesidades de éxito de Lucas). Esas tres películas contienen muchos aciertos que, habitualmente, se dejan de lado: la batalla terrestre final en Naboo, el terrible y magnífico duelo de sables láser entre Obi-Wan, Qui-Gon y Darth Maul, la trepidante batalla al estilo Vietnam de Geonosis, etc. Todo eso se pasa por alto o se critica. En realidad, la desmedida ambición digital de Lucas en esta segunda trilogía fue lo que lo arrastró a él mismo hacia el reverso tenebroso del cine. Lucas fue más creativo cuando se encontraba limitado técnicamente que libre de ataduras por tanto dinero como tenía. Pero no conviene olvidar un detalle: es un director independiente e hizo lo que le dio la gana con su dinero.
Ya hemos explicado anteriormente lo que pasó cuando aparece la celosa Disney. Lucas se desprendió de su mayor criatura a cambio de una montaña de fajos de billetes.Con Abrams en la dirección y Lawrence Kasdan al guion, Disney apretó el botón de reinicio de la saga y lo hizo del peor modo de entre todos los posibles: un remake indisimulado de la película de 1977 en el que, además de copiar el argumento, se añadían los personajes copiados y no como cameos precisamente (que es lo que hacen los remakes habitualmente). La sorpresa dejó de hacer aparición. Todo se apoyaba ahora en la nostalgia. La película no intentó en modo alguno enriquecer ese dichoso universo expandido sino estrictamente canibalizarlo. Los devoradores de libros, de cómics, de videojuegos, de series de televisión y demás objetos alrededor de las primeras películas, estaban de enhorabuena. Tras años de rumores, desmentidos, leyendas y ventas de derechos, la franquicia mas mitificada e influyente del cine de todos los tiempos comenzaba a fenecer de consunción. Sigue estando el Imperio, ahora denominado Primera Orden (¿hay más?), y siguen estando los Rebeldes, ahora llamados La Resistencia (no sabemos de qué, se supone que son los que gobiernan, ¿o no?). También está Luke Skywalker, aunque desaparecido sin que nadie sabe dónde ni por qué. Y está Leia, al frente de un minúsculo ejército esparcido por la galaxia. Y Han Solo, aunque para bien poco. Y el felpudo con patas, el robot parlanchín y la pelota de la FIFA con mensajes dentro. Están todos los de un principio, pero peor que nunca. Había que atraer a los viejos seguidores, los que vimos en el cine la trilogía original, y tras engañarnos para ir al cine comenzaron las trampas. La Primera Orden destruye como si nada la capital de la República y, de golpe y porrazo, las seis películas anteriores se van a beber vientos. El emperador (que vuelve a salir al final, la repanocha, como Darth Maul en la peli de Han Solo: en la nueva etapa no muere nadie que fuese arrojado anteriormente por un agujero) se trasunta en (o manipula cual marioneta) un bichejo llamado Snoke hecho de CGI al estilo Gollum o los patéticos zombis de "Soy leyenda". Hay una parodia de Darth Vader, tan malo que mata a su propio padre cuando este intenta compadecerse de él, porque ni el director ni el guionista saben o quieren inventar un villano nuevo y distinto. Todo es una burda copia del original. El mencionado padre al que el malo ensarta como una sardina es Han Solo, que está ahí sirviendo de carnaza, de anzuelo, de usar y tirar. Disney no entiende los códigos de la saga original y no titubea a la hora de perderle el respeto. Los fanáticos se lo tragan todo. Basta ponerle el título de Star Wars y dejar que plaguen con dieces y nueves las críticas de las webs especializadas.
Hubo un intento autónomo. Se tituló "Rogue One" y quiso ser una precuela y spin-off de la saga central, de la original, no de la nueva. No suena la música de John Williams ni hay transiciones con cortinillas y no parece estar conectada con el resto, pero al final surge de nuevo la copia: máquinas de cuatro patas, rebeldes que se hacen pasar por soldados imperiales para atravesar un escudo de defensa (como en "El regreso del Jedi"), Peter Cushing regresando del más allá e incluso Carrie Fisher rejuvenecida, sin serlo. Las nuevas tecnologías y el avance imparable del CGI hacen que todo sea posible, que la única limitación del acto creativo sea la imaginación: justo aquello de que se carece. Ya lo dice el refrán: la necesidad agudiza el ingenio. Por ese motivo se monta una película tan absurda e imperdonable como "Los últimos Jedi", donde todo está tan consumido en necedad e idiotez que incluso parece rompedora. Ya lo escribí en otra crítica. Como se monta el desastroso filme del fin de fiesta, con Emperador entubado y protagonista ya sin ascos a la hora de ser patética, un filme que ni siquiera me voy a molestar en criticar.
Nada se ha expandido. Nada se ha enriquecido. Películas que intentan presentarse como entes autónomos, apenas pueden sostenerse por sí mismas pese a que trata una y otra y otra vez de romper con una saga (las tres primeras u originales) a la que no dejan de copiar y referir de continuo. Los polluelos no saben abandonar el cobijo de mamá gallina y hacen que toda la fantasía y el encanto de "La guerra de las galaxias" se transforme en un objeto insípido, absurdo, desnortado, únicamente brillante para el segmento de población menos capaz y más plano ante una propuesta o una sorpresa. Marvel ha ganado.
domingo, 22 de diciembre de 2019
La dualidad de Polanski
Subyacen en Roman Polanski dos personas distintas:
Uno es el ciudadano nacido polaco en 1933 (tiene 86 años), superviviente del Holocausto, a quien unos peligrosos dementes segaron la vida de su mujer Sharon Tate y que en 1977 fue acusado de violar a una menor (aunque finalmente la sentencia le condenó por relaciones ilícitas) y por lo que se le condenó a 47 días de cárcel en la prisión de Chino, cerca de Los Ángeles. Este ciudadano huyó de Estados Unidos y nunca jamás volvería a poner pie en suelo yanqui. Ha tenido más conflictos de este tipo en su vida.
El otro Roman Polanski es el cineasta de Repulsión (1965), Callejón sin salida (1966), El baile de los vampiros (1967). La semilla del diablo (1968), Chinatown (1974) o El pianista (2002), quizá la mejor película sobre el Holocausto jamás filmada, con permiso de Steven Spielberg y su (en mi opinión) inferior La lista de Schindler (1993).
Hace más de un siglo, un tipo llamado Charles-Augustin Sainte-Beuve, crítico literario y escritor, con una obra inmensa de casi cien volúmenes, entre ellas una magnífica novela ("Voluptuosidad"), sufrió un descrédito horrible porque, según unos y otros, hablaba más de los autores que de sus obras. Fue Marcel Proust quien, en su "Contra Sainte-Beuve", alegó que una obra de arte es producto de un otro yo muy distinto al del autor propiamente dicho. En realidad, Sainte-Beuve no era tan biográfico: usaba este artificio para destacar lo que de singular había en un escritor, lejos de sus condicionamientos sociales, y siempre criticó las obras literarias con elegancia y profundidad. Proust lo que realmente quiso fue sacudirse de encima a los biógrafos que acudiesen a su obra. El caso es que el debate entre autor y artista viene de largo.
Quienes desmerecen al genio artista por su censurable conducta personal, deberían tratar de encontrar su otro yo en aquello que viven a diario. O callar para siempre.
domingo, 20 de octubre de 2019
El verdadero confín del mundo civilizado
Los habitantes de Somalia no temen a la guerra. Llevan tanto tiempo sumidos en ella que han acabado por perderle el miedo. La paradisíaca playa de Lido, en Mogadiscio, la capital, sigue siendo un lugar de recreo y felicidad, al menos mientras los milicianos islamistas de Al Shabaab, la franquicia de Al Qaeda en el cuerno de África, no perpetren alguna de sus habituales matanzas terroristas. La playa de Lido es uno de los sitios de ocio más populares de Mogadiscio y es frecuentada por políticos y extranjeros por su buena comida y vida nocturna, además de servir de lugar de reunión para los jóvenes somalíes.
Una buena parte de la población somalí nació en mitad de la guerra: alrededor del 70% no ha cumplido los 35 años y para ellos la vida es y siempre ha sido una sucesión de atentados, bombardeos extranjeros y jueves en la playa de Lido. Lejos queda la caída del dictador Siad Barre, en 1991,momento en que Somalia se desmoronó a través de la violencia. Los distintos clanes, comandados por señores de la guerra, perpetúan la batalla por el control territorial. La nación está fragmentada y la autoridad de su presidente termina en los confines de la capital y las zonas controladas por la AMISOM.
Al norte, en el antiguo protectorado británico, en la costa del golfo de Adán, Somaliland es un Estado independiente de facto. Pese a la falta de reconocimiento internacional, ha desarrollado sus propias instituciones y fuerzas de seguridad y, para muchos medios, es la democracia más fuerte del este de África. Disputan con la vecina Puntland las regiones de Sool y Sanag. La ONU solicita el cese de hostilidades y que se abran canales de comunicación. Pero el clan Daarood, que domina Puntland, no quiere la independencia sino formar una Somalia federal. El territorio es tan vasto que resulta imposible de controlar, algo que ha sido aprovechado por el ISIS para impulsar su propia milicia. Y mientras Puntland lucha contra Al Shabab y contra el ISIS, los ataques de Somaliland ofrecen refugio y apoyo a los grupos terroristas.
Es un todos contra todos. Los escenarios bélicos se superponen. La misión internacional combate a Al Shabaab al sur y al ISIS al norte, y entre ellas pelean por el control de la yihad en el cuerno de África. El ISIS lleva años tratando de penetrar en Somalia. En octubre de 2016 se presentó ante el mundo en Somalia con la toma, durante 40 días, de la ciudad costera de Qandala, centro histórico del comercio entre África, Oriente Medio y Asia. Más de 20.000 personas huyeron durante las cinco semanas en las que, con apenas medio centenar de soldados, el ISIS convirtió Qandala en la capital del efímero califato islámico en Somalia. Las fuerzas somalíes, apoyadas por el ejército norteamericano, liberaron la ciudad en diciembre de 2016, pero la reputación estaba conseguida y, con ella, su capacidad para reclutar hombres y financiación.
Desde entonces, las fuerzas del ISIS se han multiplicado. Según un informe de la ONU, cuenta con más de 200 combatientes. Y no obstante, Al Shabaab sigue siendo la principal amenaza terrorista desde hace más de una década. Cuando la AMISOM se retire, Al Shabaab volverá a intentar tomar el control de Mogadiscio. La vuelta de tropas norteamericanas a suelo somalí, catorce años después del "Black Hawk Down", no ha logrado detenerlos. Permanecen agazapados en el valle del Shabelle, a 30 kilómetros de la capital, esperando el momento propicio. Pese a la manera en que se ensañan con los civiles en sus atentados, Al Shabaab continúa gozando del respaldo de la población: les prefieren a ellos antes que a los extranjeros.
La intervención militar no ha aliviado la situación humanitaria de las miles de personas desplazadas del valle del Shabelle. La cifra de civiles en los campos de refugiados, casi improvisados, no deja de aumentar. En 2017 se desplazaron más de un millón de personas, según Acnur. La suma de violencias solapadas se encuentra detrás de este éxodo, pero el principal percutor sigue siendo la prolongada sequía que infierna al país. Sin lluvias en Deyr (octubre-diciembre) ni en Gu (abril-junio), la agricultura de subsistencia ha desaparecido, el precio de los cereales y el maíz se ha duplicado, el kilo de arroz ronda los cuatro dólares y los rebaños mengua hasta desaparecer. El resultado es pavoroso: 6,2 millones de personas, casi la mitad de la población, necesita asistencia humanitaria y 2,7 millones se encuentran en riesgo de hambruna.
En los entornos rurales del valle del Shabelle, los radicales han prohibido la asistencia humanitaria internacional, pero han creado su propio sistema de ayudas porque son conscientes de que no pueden perder el apoyo de la población ni consentir que sean otros clanes quienes canalicen el descontento social. En Hoybo, al norte de Mogadiscio, bastión bucanero para las oleadas de piratas que han vuelto a apoderarse de las aguas del golfo de Adén, se ha vuelto a imponer el secuestro como negocio frente al hambre, e incluso los yihadistas han logrado diversificar sus actividades: tráfico de armas, de combustible e incluso de personas. En 2011 hubo constancia de un pacto entre Al Shabaab y varios líderes piratas para que los primeros se quedasen con el 20% de los rescates de los piratas a cambio de fondear los barcos secuestrados en Hoybo. Este entente permitiría a Al Shabaab salir victorioso de las mil batallas contenidas en Somalia.
Tras Jazeera, el último pueblo costero bajo control somalí, el reino de los shabaabs es el reino del terror: impuesto revolucionario, ejecuciones públicas, lapidaciones (de mujeres adúlteras) y tribunales islámicos en defensa de la sharía. Cerca del mercado de Bakara se encuentra una gigantesca encrucijada, el "kilómetro 4", donde los atentados con coches bomba son la tónica habitual. Los conducen hombres y mujeres de la diáspora a quienes, tras un tiempo estudiando en Londres o en París, lavan el cerebro describiendo la vida en Somalia como el paraíso donde les han de esperar sus seres queridos, ya difuntos. Pero, al final, la vida en Somalia sigue. Mogadiscio es un caníbal que se come a muertos y vivos, tras el cual la vida vuelve, como si pasara nada. Un caos de locos donde solo pasea la AMISON y una fuerza militar formada por los turcos.
Los tiempos en que se pasearon los árabes ya periclitó: se cansaron de las confiscaciones continuas de los funcionarios de aduanas. Estados Unidos se limita a ataques aéreos. La Unión Europea, con un masivo programa de ayuda, no aparece sobre el terreno. China no tiene ningún interés en el país. Solo se quedan los turcos, felices de estar solos en una posición tan estratégica como Yemen, con una flamante embajada permanente, una colosal base militar de la que no salen nunca y el nombre de Erdogan rotulado en caracteres latinos y árabes en las calles principales. Oficialmente fingen apoyar al presidente Farmajo, pero en realidad son complacientes con Al Shabaab, se niegan a unirse a las operaciones europeas contra la piratería y venden armas y munición de la ayuda internacional a los yihadistas.
martes, 24 de septiembre de 2019
Las trincheras del remordimiento
Hay que ser muy ruso para tolerar que, en pleno siglo XXI, alguien como Putin asuma el liderazgo de un gran país como Rusia.
El principio del conflicto
En otoño de 2011, Vadimir Putin observó cómo su popularidad descendía rápidamente. Si deseaba mantener el poder en 2012, debía echar mano de la ingente cantidad de recursos que su autoritarismo conoce sobradamente: controlar los medios de comunicación, manipular los comicios, etc. Y lo hizo. Pero su valoración como jefe del Estado seguía cuesta abajo y sin frenos. En el verano de 2013, las formas tradicionales de garantizar su popularidad dejaron de surtir efecto. Fue entonces cuando se escribió el guion que serviría para devolver la península de Crimea a Rusia. Involucraba a los servicios especiales rusos, a parte del ejército ucraniano (convenientemente sobornado), a determinados políticos separatistas, e incluso a hombres de negocio que habían recibido préstamos de bancos rusos con condiciones ventajosas. Y mientras eso ocurría, se perseguía debilitar la economía ucraniana y su sistema político: gas, embargos de alimentos... Presión sin tapujos, que se suele decir. La revolución en Kiev y la huida del país del presidente Yanúkovich crearon las condiciones ideales para que el Kremlin decidiera anexionarse Crimea, no sin antes organizar un referéndum fraudulento que fue esgrimido como justificación formal de la inclusión de Crimea en la Federación Rusa.
La anexión de Crimea, junto con la propaganda estatal, permitió a Putin mejorar drásticamente su índice de popularidad hasta máximos históricos. Sin embargo, el artilugio no se detuvo ahí. Poco después estalló la guerra a gran escala en las regiones de Dónetsk y Luhánsk, donde el ejército ucraniano tuvo que enfrentarse a separatistas que exigían liberar los territorios del control ucraniano y volver a la Federación Rusa.
Por qué Putin accedió desencadenar un conflicto armado en Ucrania es pregunta que admite varias respuestas. Una, que el éxito de Crimea le hizo dar por hecho que las regiones ucranianas de habla rusa se convertirían de inmediato en parte del Estado ruso, y la idea de reunificación resultaba muy seductora para un individuo como él, que aspira a pasar a la Historia por la puerta grande. Sin embargo, salvo en los dubitativos inicios, las regiones de habla rusa confirmaron querer seguir perteneciendo a Ucrania, lo que llevó a Putin a buscar una solución política con Ucrania bajo la interpretación de el alto el fuego garantizaría el levantamiento de las sanciones económicas establecidas contra Rusia tras la anexión de Crimea.
La influencia de la televisión
Putin no es un político al uso. Es, más bien, una estrella televisiva. Su carrera política es afín a su trayectoria en las 625 líneas (de los viejos televisores). Desde aquel “perseguiremos a los terroristas (chechenos) hasta el inodoro para acabar con ellos”, sus decisiones geopolíticas parecen extraídas de una serie de televisión. Como estrella mediática, su agenda presidencial está a rebosar continuamente. En Rusia, la televisión es el principal cauce de comunicación entre sociedad y gobierno, algo que se fue gestando durante el mandato de Borís Yéltsin y que Putin quien ha impulsado con sagacidad hasta construir una sociedad absolutamente telecéntrica: de la Iglesia al Ejército, todas las instituciones públicas han sido sustituidas por su equivalente imagen televisiva. Y esta imagen es fácilmente manipulable, como lo demostró el grupo mediático RBC en la primavera de 2015, al filtrar que el vídeo de una de las habituales reuniones de trabajo de Putin, emitido en televisión por los canales oficiales de la Federación, había sido grabado mucho antes del día de su difusión. Nadie sabe dónde se encontraba Putin en el momento de su emisión, que se suponía se efectuaba en directo. Y si esto se supo en 2015, cabe suponer que se ha venido llevando a cabo desde mucho antes de esa fecha sin que nadie hasta entonces hubiese reparado en ello. Tampoco sabe nadie cuántos vídeos pregrabados de Putin más se almacenan en la videoteca del Kremlin esperando a ser emitidos.
La etapa de negación
La guerra ucraniana para el Kremlin dio inicio a finales de 2013. La propaganda rusa tildaba de poco menos que colaboracionistas nazis y futuros genocidas a los miembros de la oposición ucraniana. Tras la huida de Yanúkovich, la televisión rusa denominó "Junta de Kiev" al nuevo gobierno ucraniano. El conflicto con Ucrania comenzaba a formar parte de la Gran Guerra Patria. La cinta de San Jorge, símbolo con el que se recuerda a los rusos caídos durante la Segunda Guerra Mundial, un llamamiento a la unidad de lo que fue dolorosamente separado. Bajo esta premisa, la misión secular de Rusia es combatir el fascismo, que ha regresado. Lucir la cinta de San Jorge equivale a apoyar la secesión de Crimea y del Dombás en Ucrania. Esta retórica antifascista de los medios oficiales de comunicación es terrible, porque transforma una crisis política en una guerra donde el único fin consiste en aniquilar al enemigo. Y todo vale. De hecho, en el Primer Canal ruso se informó de la espantosa historia de un niño que había sido crucificado por la Guardia Nacional ucraniana sin que jamás se llegase a a aportarse evidencia alguna sobre su veracidad. El Primer Canal tuvo que excusarse, pero el daño ya estaba hecho.
En abril de 2014, Putin admitió, tras meses de negación continuada y ridícula, que la libre determinación de los crimeos estaba siendo apoyada por el ejército ruso. La confirmación oficial de una intervención directa, la que realmente hubo, en la anexión de Crimea, se mantuvo durante alrededor de un año. El telón se levantó definitivamente a partir de enero de 2015, conforme se acercaba el aniversario del regreso voluntario de Crimea a Rusia. El presidente confesó que él mismo dirigió en persona las acciones de las tropas rusas en Crimea y relató cuándo y en qué circunstancias emitió la orden de comenzar y posteriormente ejecutar la anexión. Al confirmar su participación y responsabilidad en la anexión de Crimea, Putin admitía haber violado tres acuerdos internacionales: el Memorándum de Budapest de 1994, el Acuerdo de Amistad y Cooperación entre la Federación de Rusia y Ucrania de 1997, y el Acuerdo entre la Federación Rusa y Ucrania relativo a las fronteras entre ambos Estados de 2003.
La muerte de Borís Nemtsóv
Poco después de la anexión de Crimea a Rusia, al este de Ucrania se produjeron enfrentamientos armados entre las fuerzas de seguridad ucranianas y los separatistas que exigían la incorporación de Dónetsk y Luhánsk a la Federación Rusa. Las autoridades rusas negaron sistemáticamente que el Ejército ruso participase en tales operaciones de combate. Sin embargo, la primera evidencia de la presencia de soldados y oficiales del ejército ruso en Ucrania data del verano de 2014. A partir de junio de ese mismo año, las fuerzas armadas ucranianas liberaron la mayoría de las ciudades del Dombás, y prácticamente rodearon Dónetsk, separándolo de Luhánsk. El territorio de los separatistas quedó reducido en tres cuartas partes respecto al inicio de los combates. Sin embargo, en agosto la ofensiva ucraniana se detuvo por la llegada de refuerzos en masa desde Rusia, incluidos equipos militares y tropas regulares. Este hecho fue admitido por Zajárchenko, primer ministro de la autoproclamada República Popular de Dónetsk. La versión oficial es que los soldados y oficiales rusos que lucharon en el Dombás estaban de vacaciones reglamentarias, lo cual es destacable porque las fuerzas armadas rusas tienen prohibido por contrato participar en conflictos armados durante las mismas. En diciembre de 2014, el Ministerio de Defensa ruso quiso negar la presencia de tropas rusas, incluidos los turistas, en la guerra en Ucrania. Todos los testimonios obtenidos demuestran lo contrario, incluida la captura en agosto de 2014 de soldados paracidistas rusos por parte del ejército ucraniano. La explicación aportada por el Ministerio de Defensa de la Federación Rusa fue que se habían extraviado y que habían cruzado la frontera por error, algo que los propios soldados desmintieron, señalando que habían sido enviados a Ucrania para participar "en unas maniobras", aunque en las redes sociales habían anunciado previamente que iban ala guerra y a “cargarse el Maidán” (los disturbios europeístas y nacionalistas que derrocaron a Yanukóvich).
Tras estas ofensivas conjuntas de separatistas y unidades regulares del ejército ruso en agosto de 2014, se celebraron en Minsk, la capital de Bielorrusia, conversaciones de paz entre el presidente ucraniano Poroshénko y el presidente ruso, Vladímir Putin. El resultado: ambas partes acordaron un alto el fuego, lo que conllevó a la congelación del conflicto en Ucrania durante un tiempo. En enero de 2015, tropas regulares rusas volvieron a participar activamente en los combates contra las fuerzas ucranianas con objeto de asegurarse el eje ferroviario de Debáltseve, punto estratégico de gran importancia. En vísperas del despliegue, los soldados rusos tuvieron que redactar una carta de renuncia para que, en caso de resultar capturados o heridos o muertos en combate, no se los pudiera identificar como militares profesionales sino como voluntarios. En marzo de 2015, declaraciones de uno de los supuestos voluntarios confirmaron públicamente la participación del ejército ruso en el conflicto. Un mes antes, en febrero, los representantes legales de las familias de los soldados rusos fallecidos en combate acudieron a Borís Nemtsóv, viceprimer ministro ruso, para conseguir que el Ministerio de Defensa de la Federación Rusa desembolsara los pagos correspondientes a las familias. De este modo, Nemtsóv pudo establecer una cronología de la entrada del ejército ruso en territorio ucraniano: contabilizando las bajas masivas de soldados rusos en el este de Ucrania durante el verano de 2014, y en enero y comienzos de febrero de 2015. Esta muerte masiva de soldados rusos estaba relacionada con la intensificación de los combates en Debáltseve. Mediante la firma del documento de renuncia, haciendo pasar a soldados regulares como voluntarios, las compensaciones familiares quedaban como simples promesas realizadas por los comandantes de los batallones. En la práctica, los familiares no recibieron compensación alguna y tampoco podían reclamarla porque los soldados rusos caídos habían dejado de ser militares rusos para convertirse en voluntarios. A consecuencia de ello, Nemtsóv fue asesinado cerca del Kremlin el 27 de febrero de 2015.
Los voluntarios
Los éxitos de los separatistas en el este de Ucrania han sido posibles por la intervención de tropas regulares rusas y por los refuerzos de la República de Chechenia, integrada en la Federación Rusa.
La confrontación armada en el Dombás ha producido un elevado número de bajas en ambos lados. En abril de 2015, la Oficina de la ONU para la Coordinación de Asuntos Humanitarios documentó la muerte de 6.108 personas en la zona de conflicto, dato matizado como “muy conservador”. Desde el inicio del conflicto, las autoridades rusas han ocultado con celo los datos sobre los ciudadanos rusos muertos en el territorio de Ucrania. Pero esta información no ha podido permanecer oculta de forma permanente. Los cuerpos de los rusos muertos en el Dombás regresaron a su tierra natal en camiones con el rótulo “Cargo-200”
A día de hoy, las llamadas “milicias” del Dombás disponen de un enorme surtido de armas, incluidos tanques, artillería autopropulsada y misiles. Pese a los desmentidos oficiales del Kremlin, todos los testimonios recabados demuestran que se aprovisiona a los separatistas con armamento ruso, el cual se emplea de forma activa contra el ejército ucraniano.
El Boeing 777 de Malaysia Airlines
El 17 de julio de 2014, un Boeing 777 de Malaysia Airlines fue derribado en la zona del conflicto armado en el este de Ucrania. El lugar de la catástrofe está situado en la parte más oriental de Dónetsk. El hecho de la destrucción instantánea (mediante una explosión) del avión y que se produjera sobre una zona de conflicto bélico, dejó claro desde el primer momento que el Boeing había sido derribado, descartándose otras opciones como causas técnicas o un error humano. Desde el comienzo de las hostilidades en el este de Ucrania, los medios de comunicación rusos habían informado regularmente sobre cada derribo de aviones y helicópteros de las fuerzas ucranianas. En la fecha de la catástrofe aérea del Boeing-777, las agencias estatales de noticias rusas informaron del derribo de un AN-26 (un avión Antonov de transporte táctico bimotor turbohélice) en la zona. Ese mismo día, por la tarde, el Ministro de Defensa de la autoproclamada RPD publicó en las redes sociales que los milicianos habían logrado abatir un avión enemigo. Tanto los separatistas como los medios rusos indicaron con bastante precisión la localización y la hora del derribo, que coinciden con el accidente del Boeing-777, identificándolo como un AN-26 ucraniano. Sin embargo, esa misma noche, cuando se hizo evidente lo que en realidad había sucedido, cesaron tales declaraciones. Unos días antes, los medios de comunicación del Kremlin habían informado a la audiencia rusa de que los separatistas del Dombás disponían de sistemas de misiles antiaéreos.
Vitáliy Chúrkin, representante de la Federación Rusia ante las Naciones Unidas, reconoció indirectamente la responsabilidad de las milicias prorrusas en la tragedia: “Los del este (de Ucrania) dijeron que habían derribado un avión militar. Si creyeron que lo habían derribado, es que fue un error. Y, si fue un error, pues entonces, no ha sido un acto terrorista”. Tras el derribo del Boeing, los medios rusos comenzaron a ofrecer distintas versiones de lo sucedido. El Primer Canal emitió la versión del Estado Mayor ruso que apuntaba a que el Boeing lo había derribado un avión de combate ucraniano. Otra versión propagandista del Kremlin fue la del comentarista ruso Mijaíl Leontiév, quien declaró disponer de una “foto sensacional” tomada por un “satélite espía extranjero” que confirmaba que el Boeing había sido derribado por un MiG-29 ucraniano. La fotografía resultó estar completamente falsificada.
Todos los esfuerzos propagandísticos del Kremlin no lograron evitar establecer las verdaderas causas de la tragedia. Los países que perdieron sus ciudadanos en la tragedia han sido los más interesados en hallar la verdad e identificar a los culpables. De acuerdo con datos de periodistas de investigación publicados en enero de 2015, la catástrofe aérea del Boeing 777, vuelo MH17 de Malaysian Airlines, se produjo al ser derribado como resultado del lanzamiento de un misil antiaéreo ruso. Mediante el análisis de vídeos, fotografías, testimonios e inspecciones sobre el terreno, se comprobó cómo un sistema antiaéreo SAM Buk М1 fue trasladado desde la localidad rusa de Kursk hasta el emplazamiento desde donde se disparó el proyectil. El propósito era emplearlo en apoyo de la defensa antiaérea de las divisiones de tanques de la Federación Rusa que, en aquel momento, llevaban a cabo misiones de combate en Ucrania ocultando sus distintivos.
Todos los expertos han confirmado que los separatistas no tenían capacidad para utilizar el sistema. El misil antiaéreo se disparó desde una zona de campo llana, cerca de la carretera, por oficiales y soldados rusos. El 30 de marzo del 2015, el Comité Internacional de Investigación compuesto por expertos de Australia, Bélgica, Malaisia, los Países Bajos y Ucrania, y que llevó a cabo la investigación penal y jurídica sobre las causas y circunstancias del derribo, emitió una declaración en la que se afirmaba que la versión más probable es que el Boeing fue abatido por el impacto de un misil lanzado desde un sistema Buk trasladado desde Rusia y puesto a disposición de los separatistas.
La vida en Dombás
En abril de 2014, Dónetsk y Luhánsk promulgaron su independencia y se declararon insumisas frente a las autoridades ucranianas. De ese modo se constituyeron las dos autoproclamadas repúblicas populares, RPD y RPL. Sin embargo, no fue más que una declaración formal. Ambas se encuentran bajo la dirección externa de Moscú. Todas las decisiones clave dependen de funcionarios y técnicos rusos. Kremlin no ha reconocido jurídicamente la soberanía de ninguna de ellas y, oficialmente, las sigue considerando parte de Ucrania. Con frecuencia, los reemplazos para la RPD y la RPL sirven a proyectos socio-políticos ligados al Kremlin.
Por descontado, la política exterior de Moscú no impulsa el mantenimiento del orden en las autoproclamadas repúblicas, donde florece la corrupción. Tanto en la RPD como en la RPL la ayuda humanitaria de Rusia es saqueada en dimensiones colosales: nueve de cada diez convoyes. En Dónetsk y Luhánsk solo los ancianos mayores de 70 años y las madres de familia numerosa reciben un único paquete de alimentos al mes. En las pequeñas ciudades no llega nada. La situación es horrible y prolifera la reventa de la ayuda humanitaria en los mercados.
La política del Kremlin en relación a la RPD y la RPL es extremadamente cerrada y opaca. No obstante, no puede esconder el hecho de que regula directamente las supuestas repúblicas independientes, tratando de crear pseudoestados en Ucrania Oriental dirigidos desde Moscú, que, en el fondo, no son otra cosa que un mecanismo de presión sobre el gobierno oficial en Kiev.
En el Dombás, desde 2014-2015, el panorama es terrible: asesinatos impunes, cientos de miles de refugiados, infraestructuras destruidas y colapso del sistema social. Tanto las autoridades ucranianas como las rusas, y al igual que la comunidad internacional, definen la situación en el Dombás como una catástrofe humana. Durante el curso de las operaciones militares en el este de Ucrania, un gran número de habitantes no tuvo otra opción que abandonar el territorio controlado por los separatistas y las localidades cercanas al frente de guerra. Según estadísticas oficiales de la Federación Rusa, solo entre abril de 2014 y enero de 2015 emigraron a Rusia más de 800.000 ucranianos. Del Dombás han huido a su vez más de 900.000 ciudadanos a territorios seguros de Ucrania para escapar de los bombardeos y la hambruna. Muchos refugiados no tienen dónde volver a causa de la destrucción de ciudades y pueblos enteros en la zona de conflicto. Cerca de 104.000 habitantes de Dónetsk han quedado sin vivienda, agua, gas ni electricidad. Las líneas de transmisión eléctrica, los gaseoductos y la conducción de agua son objeto de destrucción sistemática. Las noticias de operarios muertos en tareas de reparación de las infraestructuras en el territorio separatista son frecuentes.
En la actualidad, se han establecido puestos de control prácticamente en todo el territorio del Dombás. En los emplazamientos de los militares ucranianos se cometen abusos, pero rige la ley del país. Los controlados por separatistas están al margen de la ley y carecen de organización, lo que crea situaciones de arbitrariedad y abuso: restricciones del paso a quienes intentan huir de la zona de combates, extorsiones a empresarios, violencia incontrolada por parte de los combatientes hacia los civiles, coacciones para ejecutar trabajos forzados…
Los residentes de las poblaciones controladas por los separatistas sufren de manera sistemática la violencia de las bandas armadas, con abundantes casos de secuestros y malos tratos perpetrados por separatistas contra civiles ajenos al conflicto armado. Los separatistas abren fuego desde distritos densamente poblados y áreas residenciales para provocar que, la respuesta armada, alcance a los civiles que allí residen. No son infrecuentes los reportajes del Primer Canal ruso con combatientes de la RPD que disparan lanzagranadas hacia las posiciones del ejército ucraniano desde edificios de viviendass. Los transportes públicos también son objeto de los disparos de los separatistas.
La hambruna y el drástico empobrecimiento de la población del Dombás es un hecho crudo y real. Pese a ello, las autoridades no organizan el reparto de víveres con cartillas de racionamiento. Las autoproclamadas RPD y RPL no han sido capaces de organizar un reparto justo de la ayuda humanitaria, que, además, es del todo insuficiente. Los precios de los alimentos en las tiendas del territorio controlado por los separatistas son más altos que en el resto de Ucrania. La mayor parte de los negocios han tenido que abandonar el territorio de la RPD y de la RPL huyendo de los saqueos y asaltos a comercios, y de la imposibilidad de atraer inversiones a esa zona de guerra. Tampoco hay abastecimiento continuado de medicamentos a la población con arreglo a un sistema de seguridad social.
El coste de la guerra
El coste de la campaña militar de Putin en Ucrania debe abordarse desde dos perspectivas. En primer lugar, el coste directo de las actuaciones militares y todos los costes indirectos.
Los costes directos de la guerra (sueldos, manutención, mantenimiento y reparación de armamento, munición, etc.) ascienden a más de 80 millones de euros mensuales. No parece mucho, a primera vista, pero supera en tres veces el coste mensual de financiación de las dos universidades más importantes de Rusia (Moscú y San Petersburgo).
Una consecuencia directa de la guerra en el Dombás es la destrucción de cientos de miles de viviendas, de unidades de infraestructuras sociales y de transporte, de plantas industriales… Y ello teniendo en cuenta que, hasta que no cesen las hostilidades, es imposible, siquiera aproximadamente, poder valorar las dimensiones de la devastación. También se ignora si Rusia se responsabilizará de los gastos de algunas de las restauraciones. Hay que contabilizar también a los refugiados. Antes de la guerra, en Luhánsk y Dónetsk vivían cerca de siete millones de habitantes. Según la ONU, hasta la primavera de 2015 cerca de un millón de personas había abandonado la zona del conflicto. El Kremlin había establecido un coste de manutención de refugiados en 800 rublos diarios (250 rublos para alimentación, 550 rublos para alojamiento). Esto significa que la manutención de los refugiados ucranianos cuesta 150 millones de euros al mes.
Pensiones en Crimea
El coste de la reconstrucción del Dombás se desconoce, ni se sabe quién lo va a financiar. Pero el gobierno ruso ya ha decidido que la anexión de la península de Crimea correrá a cuenta del presupuesto federal mediante reducción de otras partidas, como las del desarrollo regional. En marzo de 2014, Putin firmó un decreto por el cual se equiparaban las pensiones de Crimea al nivel ruso. Esto significó en 2015, tras la indexación de la pensión del mes de febrero, un gasto del Fondo de Pensiones ruso de más de 1.200 millones de euros. Como resultado de las reformas de las pensiones, se ha cambiado a un sistema de puntos en el que la pensión no solamente depende de las contribuciones realizadas durante su vida laboral, sino también del número total de pensionistas que las van a recibir las ayudas. Dado que los pensionistas de Crimea ya habían pagado sus cuotas al sistema ucraniano, el pago se ha de llevar a cabo por cuenta de la reducción de las pensiones abonadas a los rusos.
Inflación
Europa ha impuesto sanciones a funcionarios y empresarios rusos que hayan apoyado la anexión de Crimea. No es fácil valorar las pérdidas provocadas, como por ejemplo el coste de la prohibición del suministro de equipos y complementos de producción militar. Pero supondrá un freno a las empresas y pérdidas salariales para los rusos.
Las sanciones personales a los amigos de Putin condujeron a la congelación de sus activos. Sin embargo, han hallado la forma de compensar sus pérdidas mediante la adjudicación de nuevos contratos o la intervención estatal del mercado. Por decisión del gobierno, los bancos sancionados de los amigos de Putin recibirán miles de millones de euros de los fondos de la Seguridad Social pese a incumplir los criterios del Ministerio de Hacienda y del Banco Central.
La prohibición de Estados Unidos y la Unión Europea de conceder créditos, adquirir acciones y bonos a bancos y entidades rusas controladas por el Estado supuso que, para poder pagar las deudas externas, Rusia se vio obligada a aumentar la demanda de divisas en otoño de 2014, provocando una brusca caída del rublo e inflación en los precios. Sin embargo, la aceleración de la inflación había comenzado antes, cuando Putin, en agosto de 2014, vetó la importación de productos agroalimentarios, materias primas y productos alimenticios de la UE, Estados Unidos, Australia, Canadá y Noruega. Rusia posee una de las reservas más grandes de tierra fértil, pero su agricultura no alcanza a abastecer a toda la población.
A consecuencia de la decisión de Putin, en el tercer trimestre de 2014 las importaciones de productos lácteos y de carne habían descendido un 26 % y las de pescado un 48 % en comparación con 2013. El veto les ha costado a los rusos cerca de 1.800 millones de euros en un año. En 2013, la inflación en Rusia era del 6,5 %. Pasados 12 meses desde la anexión de Crimea, se aceleró en un 17 %. Según el Banco de Rusia, cerca del 80 % de esta aceleración tiene que ver con la devaluación del rublo, y el 20% con la prohibición de importar productos alimenticios. En la devaluación influyeron no solo las sanciones, sino, además, la caída de los precios del petróleo.
Las trincheras del remordimiento
Putin denomina a la guerra al este de Ucrania como "híbrida". No es una agresión bélica directa, sino un conflicto armado que se crea en un territorio del país vecino de manera que, formalmente, a los iniciadores no se les puede reprochar haberlo hecho. Mientras el Dombás arde, Putin pregunta qué pruebas tiene la comunidad internacional para acusarle.
Esta "guerra híbrida" se basa en una serie de pilares. Primero, el doble pensamiento: todos entienden que Rusia lucha contra Ucrania, pero en cierta manera es como si no se combatiera. Segundo, está el paripé: ¿apresaron los ucranianos a paracaidistas rusos en su territorio?, claro, porque se perdieron; ¿emplean armas rusas los separatistas?, claro, porque seguramente las compran en el mercado. Tercero, la cobardía: nadie en el Kremlin ha querido reconocer la agresión bélica a Ucrania y tal hecho se presenta como gran sabiduría política.
A estas alturas, el Estado Mayor ucraniano lleva cinco años enfrentándose a los separatistas en el Dombás. No hace falta ver falta las imágenes por satélite para comprobar que hay buques rusos desafiando el derecho internacional y bloqueando el paso entre el Mar de Azov y el Mar Negro. Los mercados están vacíos, las tiendas desabastecidas... Antes de la guerra, la cuenca del Donéts proporcionaba casi el 10 % del PIB de Ucrania. Los separatistas, al no poder someterla, la han bloqueado y, con su asedio, ahogado.
Los montones de escombros en el Dombás son iguales en todo a los escombros que hay en Irak o en Siria a causa de las bombas del Dáesh, solo que en esta ocasión hablamos de un país europeo. Hablamos de 2020, de Ucrania. Un ejército de vándalos, apoyados por el Kremlin, incapaces de tomar un punto estratégico, se ensaña con todo aquello que pueden. Los separatistas destruyen la región por placer.
Las líneas de defensa de los centinelas ucranianos ya no se dejan abatir, como sucedió durante las ofensivas relámpago de 2014 y 2015. Son hombres que viven en perpetuo estado de alerta, con los ojos hinchados por el insomnio, a los que se releva cada seis meses. Como en un Verdún arcaico y eterno.
Para el ejército ucraniano, el enemigo es el adversario, no son separatistas ni prorrusos. Los que más disparan son rusos, no prorrusos. Solo el Kremlin dispone de misiles Grad... Los suburbios de Donetsk, la inmensa ciudad que durante mucho tiempo se llamó Stalino, repleta de edificios de hormigón y fábricas, acumula escombros y artefactos de metal inservibles. El aeropuerto, completamente destruido, parece un parque temático del soviet.
Pisky, al norte del país, cerca de Donetsk, está también completamente destruido, bombardeado. No queda un solo edificio en pie. Las patrullas llevan semanas sin ver a nadie en la ciudad derruida: no queda nadie vivo en el fin del mundo, salvo los francotiradores rusos que, apenas cae la noche, disparan con infrarrojos, y unas cuantas decenas de hombres enterrados, con sus ametralladoras, en la tierra. Pisky es una ciudad fantasma donde los hombres y los animales parecen espectros vagabundeando en un paisaje destripado y sin vida.
La guerra se ha cobrado 13.000 vidas hasta la fecha, más una media de diez víctimas cada semana a pesar del alto al fuego oficial. Los coches de la OSCE, la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa, aparecen cuando cae el día y nunca al amanecer. En los lugares de paso establecidos para los ucranianos de ambos bandos casi nadie quiere cruzar hacia la zona separatista, pero en la dirección contraria se suceden las interminables filas de babushkas con bolsas de la compra, ancianos en sillas de ruedas o jóvenes que llevan desde el amanecer haciendo cola. Ucrania considera a los habitantes de Lugansk y Donetsk rehenes de los separatistas y de Putin, por lo que sigue reconociendo sus derechos y, por tanto, pagando sus pensiones. Las repúblicas separatistas son simples administraciones de humo y los únicos cajeros automáticos que funcionan son los de Ucrania.
El gobierno de Kiev muestra su preocupación por el debilitamiento de una Unión Europea socavada por su indulgencia hacia Putin, pero se regocija por la fuerza de su vínculo con la Francia de Macron. El imperialismo euroasiático de Putin nos mantiene despreocupados a los occidentales. La guerra del Dombás es una guerra olvidada cuya tragedia crece gota a gota y cuya imagen debería servir a cualquier europeo de remordimiento.
Nota: Marzo de 2022. Hace cuatro semanas que Rusia acometió la invasión de Ucrania. Los argumentos esgrimidos por Putin siguen siendo los mismos de la olvidada guerra que aconteció en el Donbás y que se narra en este artículo.
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