Las cosas hermosas que escribiremos si poseemos talento están en nosotros, difusas, como el recuerdo de una melodía que nos cautiva sin que podamos alcanzar su contorno.
jueves, 26 de noviembre de 2020
La farsa de los impuestos bajos
martes, 17 de noviembre de 2020
El virus inexistente que, de repente, existe
Si nadie de su entorno ha fallecido a causa de la Covid-19, por favor, responda a esta pregunta: ¿ha visto, con sus propios ojos, algún muerto por el virus? ¿En prensa o en televisión siquiera? Lo dudo. No hay imágenes de ellos como tampoco se han contemplado las salas anegadas de los hospitales que se colapsaron. Habrá visto la artificialidad cuadriculada del muy necesario montaje en Ifema. Pero poco más. Instagram se llena de miles de fotos y bikinis cada hora, este es un tiempo en que todos hacen fotos de todo, aun sin saber qué están fotografiando. Pero toda nuestra indignación, nuestro miedo, nuestro temor crucial al futuro inmediato, no es sino una relación administrativa entre la muerte y la realidad. Pintan gráficas y curvas con infectados y fallecidos, histogramas en algunos casos y en otros mapas que parecen atmosféricos. Escriben números como el de los fallecidos por millón de habitantes o la tasa de contagio. Nos hemos visto aterrados y acongojados por un estricto asunto contable. Los muertos no se ven. Ni los ataúdes (acaso por este motivo indignó tanto la foto trucada de la Gran Vía madrileña sembrada de féretros). Tantos modelos matemáticos, tantas curvas, tanta saturación de UCIs... pero ni un solo muerto en el telediario ni en ninguna otra parte. El muerto es otro. El virus es del otro. Una razón estupenda para celebrarlo con un botellón.
Algo así escribió Arturo Pérez Reverte en XLSemanal: no hemos visto bastantes muertos. Ni una sola foto de un anciano que ha muerto a solas en su residencia, ni una familia llorando en el entierro inexistente de su ser querido, ni un solo rostro enfermo y agonizante (pero sí rostros de quienes se han librado de virus). Rafael Ordóñez, en El Independiente, denunciaba en junio que la peor censura durante la pandemia estaba (está) siendo la de los muertos invisibles, contraponiendo a una elevada mortandad la más desgarradora invisibilidad ante la libertad de información.
Pero hay esperanza. Hernán Zin, corresponsal de guerra, muestra en su documental "2020" las muchas caras de la pandemia. Parte de Julio Lumbreras, uno de los primeros pacientes diagnosticados de Covid-19 en España, cuando despierta tras 50 días en coma inducido y tiene que rellenar un vacío de casi dos meses y descubrir que el mundo le resulta desconocido, con la gente encerrada en casa, los niños sin ir al colegio. Se adentra en las UCIs, en las ambulancias, en las morgues y en las calles desiertas de Madrid. Muestra sin trucos lo que ocurrió en los momentos más duros y durante el estado de alarma. Ancianos que fallecen en casa. Médicos que sujetan el móvil mientras los padres, ya mayores, se despiden de sus hijos. Mascotas solitarias porque sus dueños están en el hospital. Enfermos que lloran cuando advierten que siguen vivos. Mujeres que dan a luz y no pueden abrazar a sus bebés. El ritmo frenético de los enterradores. El hospital de Ifema...
Se estrena el próximo 27 de noviembre.
viernes, 13 de noviembre de 2020
El señor supremacista de los moscardones
El racismo no es solo racismo blanco
"Perro no come perro", decían los romanos (canis caninam not est). Pero humano sí mata humano. Y con bastante eficiencia. Viene no solo en cualquier libro de historia, también en los textos sacros, los cantares de gesta, las novelas naturalistas, las películas y la prensa (escrita o digital). Cada palmo de la tierra de este planeta ha sido regado con la sangre de seres humanos víctimas de sus semejantes. Lo mismo por envidia, odio o locura, que por guerras libradas por la soberanía de territorios ajenos o al servicio de dioses despiadados con objeto de convertir (qué gracia, en realidad el verbo es aniquilar) a quienes creen en otros dioses o acaso en ninguno. El instinto asesino del hombre posee numerosas raíces donde justificarse: el color de la piel, la pureza de la raza, los bienes materiales, las clases sociales o las peculiaridades identitarias. Y no solo nos matamos por odio o rencor o locura. También lo hacemos por amor. Los celos se resumen con este tétrico dicho: "la maté porque era mía".



