jueves, 26 de noviembre de 2020

La farsa de los impuestos bajos

El Banco de España publicó en 2018 un estudio firmado por David López-Rodríguez y Cristina García Ciria titulado "Estructura Impositiva de España en el contexto de la Unión Europea" donde se destacan algunas características sobre los impuestos que se pagan aquí en España:

Primero. "En la imposición sobre el trabajo, la recaudación en porcentaje del PIB en España es inferior a la media de la UE-28 (...) No obstante, el peso de las cotizaciones sociales sobre el PIB es superior (...) especialmente la parte a cargo del empleador". Esto quiere decir que si en España hay más del doble de tasa de paro que la media europea, se debe a que nuestro país recauda menos al existir impuestos al trabajo demasiado altos. Este hecho reduce tanto el potencial de empleo como la capacidad de contratar. 

Segundo. "La cuña fiscal media (...) se sitúa en España por encima de la media de la OCDE para todos los tramos de renta y tipos de individuos de acuerdo con su situación familiar". Este parámetro, la cuña fiscal, es el cociente entre los impuestos derivados de las rentas del trabajo más las cotizaciones sociales y el salario medio bruto de los empleados a tiempo completo en el sector privado. Pagamos más impuestos y cotizaciones respecto a nuestro salario que la media de la OCDE.

Tercero. "El peso sobre el PIB de la recaudación derivada de la imposición sobre el capital es más elevado en España que en la media de la UE-28 (...) mientras que los ingresos derivados de las rentas de las empresas, así como los de las rentas del capital de los hogares y los autónomos, se encuentran en niveles similares". Similares ingresos, mayores impuestos tanto a empresas como a particulares y autónomos. 

Cuarto. "La menor tributación sobre el consumo se debe a la menor recaudación por IVA como consecuencia de que el tipo general (el 21%) afecte a un porcentaje más reducido del gasto en consumo que en la mayor parte de los países de la UE-28. (...) La recaudación en impuestos especiales también es inferior, en particular en hidrocarburos, transporte, tabaco y alcohol. (...) España cuenta también con una menor recaudación en los impuestos medioambientales". Todos estos impuestos los pagamos todos y los van a subir.
Si en impuestos al trabajo (cotizaciones sociales) estamos en la media o por encima, ¿por qué "recaudamos menos" que la media de la Unión Europea? Por tener menor IVA y menos impuestos verdes y especiales. Es decir, impuestos que paga sobre todo la clase media. Subir los impuestos indirectos añadirá trabas a la inversión y al empleo. 

Los políticos, que son quienes gestionan el gasto público, siempre piensan que ellos gastan poco y que los ciudadanos ganan demasiado. Por eso no dudan en exigirnos esfuerzos y, por descontado, sin tocar un ápice su gasto. Hacen cálculos de ciencia ficción sobre ingresos imposibles, subiendo impuestos, pese a que con ello no recaudarán casi nada y mucho menos podrán cubrir el enorme déficit acumulado. El descomunal déficit es lo que va a impedir el crecimiento y el empleo en España.

España necesita atraer inversión y facilitar la creación de empresas y empleo. No el expolio a todo bicho viviente que sobreviva a esta crisis. Pero el Gobierno carísimo de los muchos ministerios y aún más asesores, sigue repitiendo que hay margen para subir los impuestos y que recaudamos menos que la media de la Unión Europea. Han hablado de recaudar hasta 60.000 millones más ajustando la fiscalidad a la media europea. Como siempre, cunde el engaño de referirse a la presión fiscal (ingresos sobre PIB) en lugar de hablar de esfuerzo fiscal (impuestos pagados sobre renta per cápita). 

Según el Banco de España, nuestro país recauda un 4% de PIB "menos" que la media de la Unión Europea porque tiene más del doble de paro, más empresas pequeñas y mucha más economía sumergida. Los contribuyentes habituales somos cautivos de la incapacidad del Estado por eliminar aquellas barreras que impiden recaudar más.

Si el Gobierno se dedicase a favorecer la creación de empleo, permitir la reducción de la economía sumergida y aumentar el tamaño empresarial con una fiscalidad competitiva, no estaríamos siempre debatiendo si recaudamos poco o mucho. Lo que se recauda es fiel reflejo de la realidad económica del país. 

La fiscalidad no puede ni debe calcularse en base a lo que el Gobierno de turno quiera recaudar, sino a la capacidad de la economía. Y España es un país de pequeñas empresas y pocas rentas altas, pero dispone de gasto público para millonarios. Un país donde la mayoría de las empresas son microempresas y que solo tiene 7.000 personas entre las rentas altas (menos de 90.000 si con lo de rentas altas nos referimos a más de 125.000 euros anuales) no se puede permitir una administración extractiva que solo piensa en recaudar aunque el tejido empresarial esté devastado y el empleo por los suelos tras el cierre forzoso más incompetente del mundo, que nos va a llevar a una caída del PIB del 13% y un paro del 26% mientras, por otra parte, el gobierno más caro de la historia sigue intacto.



martes, 17 de noviembre de 2020

El virus inexistente que, de repente, existe

Si nadie de su entorno ha fallecido a causa de la Covid-19, por favor, responda a esta pregunta: ¿ha visto, con sus propios ojos, algún muerto por el virus? ¿En prensa o en televisión siquiera? Lo dudo. No hay imágenes de ellos como tampoco se han contemplado las salas anegadas de los hospitales que se colapsaron. Habrá visto la artificialidad cuadriculada del muy necesario montaje en Ifema. Pero poco más. Instagram se llena de miles de fotos y bikinis cada hora, este es un tiempo en que todos hacen fotos de todo, aun sin saber qué están fotografiando. Pero toda nuestra indignación, nuestro miedo, nuestro temor crucial al futuro inmediato, no es sino una relación administrativa entre la muerte y la realidad. Pintan gráficas y curvas con infectados y fallecidos, histogramas en algunos casos y en otros mapas que parecen atmosféricos. Escriben números como el de los fallecidos por millón de habitantes o la tasa de contagio. Nos hemos visto aterrados y acongojados por un estricto asunto contable. Los muertos no se ven. Ni los ataúdes (acaso por este motivo indignó tanto la foto trucada de la Gran Vía madrileña sembrada de féretros). Tantos modelos matemáticos, tantas curvas, tanta saturación de UCIs... pero ni un solo muerto en el telediario ni en ninguna otra parte. El muerto es otro. El virus es del otro. Una razón estupenda para celebrarlo con un botellón.

Algo así escribió Arturo Pérez Reverte en XLSemanal: no hemos visto bastantes muertos. Ni una sola foto de un anciano que ha muerto a solas en su residencia, ni una familia llorando en el entierro inexistente de su ser querido, ni un solo rostro enfermo y agonizante (pero sí rostros de quienes se han librado de virus). Rafael Ordóñez, en El Independiente, denunciaba en junio que la peor censura durante la pandemia estaba (está) siendo la de los muertos invisibles, contraponiendo a una elevada mortandad la más desgarradora invisibilidad ante la libertad de información. 

Hay una idea extendida en nuestra Europa blandengue que es preciso eludir, de cualquier forma posible, cuando parezca morboso, amarilento o una apología del miedo. Para los políticos, de todo signo, la sociedad es frágil y las imágenes pueden herir su sensibilidad. Las consecuencias de todo ello son inobjetables: la pandemia no existe. Quienes alegan que todo este asunto del virus es un experimento o una invención, no dejan de tener su punto de razón. ¿Dónde están retratados los muertos, sus ataúdes, sus familias dolientes? El filósofo francés Jean Baudrillard, con ocasión de la censura informativa aplicada durante la Guerra del Golfo, lo escribió tal cual en su libro "La guerra del Golfo no ha tenido lugar". Una guerra sin imágenes de muertos, el colapso de las torres gemelas sin un solo vídeo de las víctimas, las transmisiones de los corresponsales desde las zonas de conflicto desde balcones donde zumban, en el exterior y en la lejanía, lucecitas que van y vienen y hacen ruido, convierten una guerra en algo aséptico, casi virtual. Como esta pandemia, que no hay forma de verla. Es una amenaza invisible cuyas consecuencias no pueden ser fotografiadas. Y, encima, sus portadores son asintomáticos. Gente sana que no sabe que está enferma. Como la cantante negra de Les Luthiers. El virus no existe: se administra, se contabiliza, se grafica, se protocoliza. Pero no se exhibe en Instagram como sí hacen las miles de tías buenas que no dejan de exhibirse en bikini o escotazo, que existen, pero poco, porque el mundo (ya se sabe) rechaza el machismo aunque venga de las hembras.

Pero hay esperanza. Hernán Zin, corresponsal de guerra, muestra en su documental "2020" las muchas caras de la pandemia. Parte de Julio Lumbreras, uno de los primeros pacientes diagnosticados de Covid-19 en España, cuando despierta tras 50 días en coma inducido y tiene que rellenar un vacío de casi dos meses y descubrir que el mundo le resulta desconocido, con la gente encerrada en casa, los niños sin ir al colegio. Se adentra en las UCIs, en las ambulancias, en las morgues y en las calles desiertas de Madrid. Muestra sin trucos lo que ocurrió en los momentos más duros y durante el estado de alarma. Ancianos que fallecen en casa. Médicos que sujetan el móvil mientras los padres, ya mayores, se despiden de sus hijos. Mascotas solitarias porque sus dueños están en el hospital. Enfermos que lloran cuando advierten que siguen vivos. Mujeres que dan a luz y no pueden abrazar a sus bebés. El ritmo frenético de los enterradores. El hospital de Ifema... 

Se estrena el próximo 27 de noviembre.



viernes, 13 de noviembre de 2020

El señor supremacista de los moscardones

No conocía el caso de la universidad americana Evergreen. El psicólogo social Jonathan Haidt habla de él en su último libro, La transformación de la mente moderna (Deusto). Evergreen, cercana a Seattle, está considerada como una de las diez universidades más progresistas de los Estados Unidos. Es conocida por su granja orgánica y por algunas ceremonias colectivas, como una en la que los profesores del centro se suben a una canoa imaginaria y simulan remar juntos hacia la igualdad mientras los estudiantes tocan tambores indígenas. Evergreen celebra cada año su Día de la Ausencia, en el que los estudiantes y profesores negros no van a clase. El objetivo es que esta ausencia se note y el resto de la comunidad universitaria sea consciente de lo mucho que aportan, académica y personalmente, los ausentes.

El 15 de marzo de 2017, Bret Weinstein, un profesor de biología de esta universidad, escribió una carta en la que mostraba su disconformidad con los nuevos planes para el Día de la Ausencia. Ese año, los estudiantes negros no sólo pretendían ausentarse de clase, sino también obligar al resto de los alumnos a hacer lo mismo. Pocos días después, un grupo de estudiantes rodeó a Weinstein cerca de su despacho. Le llamaron "pedazo de mierda", le acusaron de racista y le exigieron que dimitiera. Weinstein intentó dialogar con ellos, pero los estudiantes le respondieron que no estaban interesados en hablar "en términos de privilegios blancos". Como la tensión iba en aumento, alguien llamó a la policía. Los estudiantes impidieron que los agentes llegaran hasta Weinstein mientras se victimizaban diciendo "temer por su vida". Luego se dirigieron al despacho del rector de la universidad. En los vídeos puede verse a los manifestantes callar al rector con frases como "que te jodan, George, no queremos escuchar ni una maldita cosa que tengas que decir, que te calles la puta boca". Accedió entonces a reunirse con los estudiantes y con los profesores que les apoyaban. El rector se puso, en esa reunión, del lado de los violentos y prometió incorporar a los profesores incómodos. Incorporar, en lenguaje políticamente correcto, es un eufemismo de reeducar. Si los profesores no cedían a la reeducación, serían despedidos. "Incorpóralos, enséñales, y si no lo entienden, sanciónales" dijo el rector. Los estudiantes exigieron que a la reunión se uniera la jefa de policía del campus. La obligaron a desarmarse. También obligaron a los estudiantes blancos a colocarse al final de la sala. Bloquearon las salidas y se armaron con gas pimienta para impedir que nadie saliera del recinto. 

Los estudiantes negros que apoyaron a Weinstein fueron acusados de ser traidores a la raza. Al día siguiente, los estudiantes registraron todos los coches que llegaban al campus. Buscaban a Weinstein. Irrumpieron en la sala de profesores y se llevaron la tarta con la que celebraban la jubilación de un compañero. Después formaron barricadas y secuestraron a los profesores y al rector de la universidad. Los estudiantes expusieron sus demandas: programas de reeducación política para los profesores y derecho a no entregar los deberes a tiempo. El rector pidió ir al lavabo y le respondieron que se aguantase. Finalmente, accedieron a su petición, pero acudió al lavabo vigilado por un estudiante. La policía descubrió que los estudiantes tenían planes para asaltar la comisaría de la universidad. Los estudiantes que apoyaron a Weinstein fueron espiados y acosados por sus compañeros. Algunos grupos se arrogaron el papel de vigilantes del campus y se pasearon por él con bates de beisbol, golpeando a aquellos que no se sometían. Algunos profesores se mostraron orgullosos de los violentos. "Están haciendo exactamente lo que les hemos enseñado". No lo decían irónicamente.

Ninguna televisión nacional cubrió la noticia, que pasó completamente inadvertida hasta que llegó a oídos de Tucker Carlson, el presentador estrella de la cadena conservadora Fox. Cuando Carlson se hizo eco de ella, el tema saltó al resto de cadenas. Una parte de los profesores pidió el despido de Weinstein con el argumento de que "había provocado una reacción violenta del supremacismo blanco". Al parecer, el simple hecho de contar lo ocurrido en Fox News había puesto en peligro a los violentos. La presión obligó a Weinstein y a su mujer, también profesora de la universidad, a dimitir. Les siguió la jefa de policía del campus. El rector de la universidad felicitó a los violentos y contrató a uno de sus cabecillas para el Consejo Asesor sobre Igualdad de la Presidencia. Una de sus principales tareas fue reescribir el código de conducta estudiantil a su gusto.

No hace falta un batallón de psicólogos evolutivos ni haber pasado por una guerra para intuir que, como defendieron entre otros Thomas Hobbes, Friedrich Nietzsche y también por supuesto Alexsandr Solzhenitsyn, el mal y la crueldad están grabados a fuego en la naturaleza humana, a la espera de las circunstancias correctas que los hagan aflorar. Esas circunstancias no son siempre las mismas para todos los seres humanos. Algunos hombres se encienden con agua. Para otros hacen falta litros de gasolina. Otros no se encienden jamás. Esas circunstancias se dieron en la China de la Revolución Cultural, en la Alemania de los años 30, en el País Vasco de ETA y en la Rusia de la Revolución de Octubre. Se está dando ahora en los Estados Unidos de Black Lives Matter.

Es un error pensar que son las ideologías, o algunas de ellas, las que generan el mal y corrompen a un ser humano intrínsecamente bondadoso. Las ideologías sólo canalizan la naturaleza humana en función de las circunstancias culturales, políticas y sociales del momento, se alimentan de esa naturaleza y se multiplican como un organismo vivo más. Las ideologías también se adaptan al medio. Algunas lo hacen con maestría, y sobreviven durante siglos, como el islam o el judaísmo. Otras tienen vidas más breves, como la socialdemocracia, hoy cadáver. Otras heredan el nicho de alguna ideología anterior y parasitan las mentes de sus acólitos. Es el caso del comunismo, que no es más que el heredero del cristianismo.

Las ideologías pescan seres humanos en un barreño. A veces, pescan el equivalente de un atún de 500 kilos, como fue el caso del nazismo, y a veces una sardina de sólo unos gramos, como en el caso de los partidos populistas occidentales, cuya capacidad de hacer el mal está muy limitada por unas instituciones democráticas que todavía conservan cierto potencial intimidatorio. Por supuesto, nada garantiza que una sardina no vaya a convertirse en un salmón o hasta en un atún si se dan las circunstancias adecuadas. El procés es un ejemplo de ello, aunque, de momento, el nacionalismo catalán sólo ha dado para espetos. 

A fecha hoy, la ideología que mejor está canalizando esa naturaleza humana que aspira a la dominación del hombre por el hombre es la izquierda identitaria. Si Cabaret hubiera sido rodada hoy, en vez de en 1972, los jóvenes cantantes de Tomorrow Belongs To Me serían los estudiantes de Evergreen.

El racismo no es solo racismo blanco


"Perro no come perro", decían los romanos (canis caninam not est). Pero humano sí mata humano. Y con bastante eficiencia. Viene no solo en cualquier libro de historia, también en los textos sacros, los cantares de gesta, las novelas naturalistas, las películas y la prensa (escrita o digital). Cada palmo de la tierra de este planeta ha sido regado con la sangre de seres humanos víctimas de sus semejantes. Lo mismo por envidia, odio o locura, que por guerras libradas por la soberanía de territorios ajenos o al servicio de dioses despiadados con objeto de convertir (qué gracia, en realidad el verbo es aniquilar) a quienes creen en otros dioses o acaso en ninguno. El instinto asesino del hombre posee numerosas raíces donde justificarse: el color de la piel, la pureza de la raza, los bienes materiales, las clases sociales o las peculiaridades identitarias. Y no solo nos matamos por odio o rencor o locura. También lo hacemos por amor. Los celos se resumen con este tétrico dicho: "la maté porque era mía".

En estos tiempos que corren, el hombre blanco, europeo, aparece como causante de todos los males que asolan el planeta. Los de "Black lives matter" aducen que George Floyd y otras víctimas negras de abusos policiales son cuerpos probatorios del tremebundo holocausto perpetrado por los blancos contra los negros desde los tiempos de la esclavitud. Pero los helenos y los romanos ya capturaban esclavos en los territorios por ellos conquistados, y entonces por los algodonales del sur de Estados Unidos aún no  restallaban los látigos de los negreros. Y, más recientemente, tanto nazis como comunistas han explotado y asesinado miserablemente a sus congéneres en campos de exterminio y gulags. También los jefes tribales negros esclavizaron negros, lo mismo para tenerlos a su servicio que como mercancía de venta a los traficantes blancos. Aún siguen haciéndolo: según organismos internacionales, más de 6 millones de personas viven en condiciones de esclavitud, sobre todo en República Centroafricana, República Democrática del Congo (la más demócrata de todas), Somalia, Sudán del Sur y Mauritania. Pero es mucho más efectivo zaherir la memoria del colonizador británico Cecil Rhodes, quien conquistó el territorio bautizado como Rodesia, que denunciar los 40 años de canalladas del dictador Robert Mugabe, cuando el país se independizó y se convirtió en la República de Zimbabue. La gran mayoría de los líderes africanos que han gobernado sus países tras la independencia han sido sádicos déspotas más afines a Stalin que a Nelson Mandela. 

SI hablamos de Sudáfrica, las contradicciones son encarnizadas. A la discriminación de los blancos contra los negros ha seguido una mucho peor, por violenta e incoherente: la de los negros contra los negros. Hace un año, una ola de xenofobia barrió los barrios populares de Johannesburgo, Pretoria, Durban, Ciudad del Cabo y algunas poblaciones del interior, cebándose con las tiendas de comestibles, de electrodomésticos, los talleres mecánicos, los vehículos y las viviendas de los inmigrantes africanos de Nigeria, Zimbabue, Malaui, Congo, Etiopía y Somalia. Hubo saqueos, incendios y asesinatos durante los tumultos. La campaña más feroz fue la de los transportistas locales contra los camioneros de los países africanos vecinos, con más de doscientos asesinatos. Negros matan negros.

Pero las masas son maniqueas y no gustan de pensamiento complejo, sino de mensajes breves y resumibles en una pancarta o un tuit. Y el número de demagogos crece por doquier a pasos agigantados. Los situados más a la izquierda parecen felices subvirtiendo el orden e incluso la Historia, formulando verdaderas consignas antisistema (no importa que ellos mismos sean parte de un Gobierno, como sucede en España con ese extraña hura que es Podemos) y justificando la violencia (verbal o física, véase si no los entendimientos que recibe Bildu y su entorno proetarra), que se derriben las estatuas de Colón, Cervantes o fray Junípero Serra, y por supuesto las de Washington, Jefferson y Churchill. No les preocupa las causas por las que el vandalismo pervive, y que casi siempre atañe a la situación precaria en que viven ciertos sectores marginales de la población (negra o no). Les preocupa que esa marginalidad alguna vez llegue a su fin y desaparezca la razón de sus soflamas. 

Estos bárbaros, auténticos idólatras del comunismo más primitivo, arremeten desde dentro y desde fuera del sistema, y con todas sus fuerzas, contra las leyes, contra las instituciones, contra los valores sociales y morales, en aras de un paraíso mítico de igualdad y libertad que dicen querer resucitar y que se distingue por la absoluta falta de igualdad y de libertad. Son estas leyes, estas instituciones y estos valores sociales y morales los urdidos en tiempos de la Ilustración, las barreras que la civilización moderna ha sabido levantar para salvaguardar a las personas libres e iguales contra el regreso del servilismo tribal.