Como se sabe bien, porque ha sido repetido hasta la saciedad en todas partes, en 1905 Einstein contaba con 27 primaveras y, siendo padre de familia, ganaba su sustento y el de su familia evaluando solicitudes de patentes con métodos para sincronizar relojes. Es tan aburrido como suena. Tiene su puntito de ironía que aquel penoso trabajo de lunes a sábado como perito técnico de tercera clase en la Oficina Federal de la Propiedad Intelectual de Suiza, situada en Berna, le proporcionase "ocho horas para perder el tiempo" y preparar cinco revolucionarios trabajos científicos, destacando el de la relatividad (especial), por el que llegaría a ser el científico más famoso de toda la historia. Toda una rock-star, vamos.
Personalmente, pienso que el gran año de Einstein fue 1916, cuando sale a la luz su teoría de la Relatividad General. Pero para todos los demás el gran año es 1905 y, ¿quién soy para contradecir a todo el mundo? ¡Pues yo mismo! De modo que el Annus Mirabilis del siglo XX fue, según este seguro servidor de ustedes, 1916. Los trabajos de 1905 los hubiera sacado algún otro adelante, antes o después, incluida la relatividad restringida, que venía bien trillada por Lorentz y Maxwell: el golpe de timón, y la mayor genialidad de todas, fue la Relatividad General que apenas nadie explica bien desde entonces, salvo el propio Einstein.
Einstein estaba casado con Mileva Maric y, en 1905, ya había nacido su primer hijo, Hans Albert. Sabemos, de su correspondencia con Mileva, que discutía con ella los temas que abordaba en sus estudios, tal y como se desprende de una carta fechada el 27 de marzo de 1901, donde escribió "cuando juntos hayamos culminado con éxito nuestro trabajo sobre el movimiento relativo", sin que ello signifique, aunque lo parezca, que Mileva fuese coautora de la física y las matemáticas incluidas en los artículos. Hay un debate bastante espurio, desde mi punto de vista, sobre este tema, y que no conduce a nada, basado en el casi medio centenar de cartas intercambiadas por Einstein y Mileva cuando eran novios, e incluso estando ya casados. En ellas, ambos hablan constantemente de “nuestro trabajo”, “nuestro artículo” o “nuestro punto de vista” al hacer referencia a las investigaciones que Einstein publicaría después. En 1901, el propio físico se refirió a “nuestra teoría del movimiento relativo” y, en otra, Mileva le confesaba a una amiga “hace poco hemos terminado un trabajo que hará mundialmente famoso a mi marido”. Algunos anotan en su haber la verdadera y nunca revelada autoría de la explicación del efecto fotoeléctrico porque, tiempo atrás, había pasado un semestre en la Universidad de Heidelberg (Alemania), donde recibió clases de Phillip Lenard, pionero en el estudio del efecto fotoeléctrico y Nobel de Física en 1905. Esto es, simplemente, falaz. Si por recibir formación específica una persona inmediatemente estuviese en disposición de dar con la idea que resuelve un enigma que se ha resistido a las mejores y más penetrantes mentes, entonces cualquier estudiante de doctorado sería un premio Nobel, al igual que su mentor. Y tal cosa no sucede todos los jueves. Todo lo cual no explica que Mileva concibiese por sí misma las conclusiones del trabajo escrito por Albert Einstein tiempo después explicando el efecto fotoeléctrico. Una cosa es ser inteligente y brillante, y otra es ser un genio. Lo cierto es que no hay pruebas que puedan confirmar la participación activa de Mileva en ninguna de las obras de Albert Einstein, como tampoco para negarla. Se trata de una discusión bizantina no aclarada en vida por ninguno de los dos o, lo que es similar, que jamás adoptó una perspectiva distinta a la vigente. En referencia a las cartas que se han mencionado, varios especialistas defienden que, cuando Einstein hablaba de “nuestra teoría del movimiento relativo”, no se refería a la teoría de la relatividad sino a otro estudio que pretendía comprobar el movimiento relativo del éter. Además, de entre todas las contribuciones de Einstein, la única que podría clasificarse como “fuera de su tiempo” y que hizo que alcanzara la cumbre como científico fue la teoría general de la relatividad, publicada en 1915 cuando ya hacía tiempo que Einstein y Mileva se habían separado y cesado su relación, tanto personal como científica, por lo que Mileva Maric no pudo haber participado en la creación de la teoría.
Mileva era una inteligente y brillante física y matemática. Casi todo el mundo pasa por alto que las matemáticas exhibidas en dichos trabajos son entendibles por un estudiante avezado de bachillerato (el menos del bachillerato que yo estudié, porque lo de hoy en día da cierta grima calificarlo), no así las publicaciones posteriores sobre Relatividad General, donde Einstein se vio obligado a utilizar el cálculo tensorial de la mano de su amigo y compañero de estudios Marcel Grossman, no de Mileva. Sea como fuere, es habitual describir a Mileva como una entregada y ambiciosa estudiante de Física en la Universidad Politécnica de Zurich, capaz de atraer la atención de un extrovertido Albert Einstein, cuatro años más joven que ella, bajo quien viviría siempre eclipsada pese a tratarse de una científica de gran talento que lucha por dejar de lado las convenciones de la época y a quien el amor acaba derrotando. Menudo novelón lacrimógeno, oiga. La realidad fue mucho más prosaica, cosa inaceptable en este mundo presente que lucha por zafarse, retrospectivamente, de los heteropatriarcados existentes desde la época mesopotámica.
Inciso: En los famosos cinco artículos de Einstein no se encuentra referencia alguna a colaboradores o ayudantes, con la sola excepción de M.A. Besso, amigo en Berna, íntimo desde los días de estudiantes en Zurich, y colega en la Oficina de Patentes desde 1904. Al final de su trabajo sobre la electrodinámica de los cuerpos en movimiento, escribe Einstein: "Para concluir, permítaseme señalar que mi amigo y colega M. Besso me apoyó incondicionalmente en mi trabajo sobre el problema aquí discutido, y que estoy en deuda con él por varias sugerencias valiosas".
Ya hemos dicho que Mileva era muy inteligente. También era muy feminista y muy radical. Einstein se enamoró de ella por considerarla su alma gemela, de quien llegó a decir: "Es una persona que es mi igual y tan fuerte e independiente como yo".
En 1902 Albert y Mileva tuvieron una hija siendo aún novios. Por miedo a la desaprobación social y que se viesen truncadas sus carreras profesionales, ambos decidieron que Mileva la tuviese en secreto en su Serbia natal. De esta hija, Lieserl, nunca volvió Einstein a saber nada; al parecer, fue dada en adopción. Einstein se casó con Mileva en 1903, un año antes de comenzar a trabajar en la famosa oficina de patentes. Además de Hans Albert (1904), tuvieron otro hijo más, Eduard (1910), a quienes Einstein apenas prestó nunca atención, de absorto como se encontraba en sus trabajos científicos. El desapego de Einstein por sus labores paternales. así como sus múltiples infidelidades hacia Mileva (que, al parecer, no le restaban tanto tiempo a sus teorías como sí sus hijos), desembocaron en divorcio el 14 de febrero de 1919 (día de San Valentín para quienes tontamente señalan esta fecha en el calendario anual).
Einstein volvería a casarse ese mismo 1919 con una prima carnal suya, Elsa Loewenthal, que le había estado cuidando ya en 1912 (es decir, siendo todavía Einstein marido de Mileva) durante un período de fuerte agotamiento debido a su intenso ritmo de trabajo. Elsa era totalmente diferente a Mileva: era dócil y complaciente, no molestaba a Einstein mientras trabajaba y sobrellevaba bastante bien las infidelidades. Era prima por partida doble, porque la madre de Elsa era hermana de la madre de Albert, y sus padres eran primos entre sí. El apellido Loewenthal se lo dio su primer marido, el empresario textil Max Lowenthal con quien contrajo matrimonio en 1896 y de quien se divorció en 1908. El verdadero apellido de Elsa era Einstein, que ella siguió usando tras el divorcio y que no tuvo necesidad de cambiar al casarse con Albert porque ambos eran Einstein.
Así era el buenazo de Albert Einstein, pacifista y entrañable modelo patrón de profesores siesta y científicos bonachones. Un individuo muy capaz:
- capaz de abandonar la escuela por estar en desacuerdo con los métodos educativos;
- capaz de abandonar su país por esquivar el servicio militar;
- capaz de romper el corazón de su madre al enamorarse de una mujer extranjera mayor que él y engendrar con ella una hija ilegítima, Lieserl, de quien nunca más se supo al cederla en adopción por miedo a arruinar su carrera profesional;
- capaz de trabajar como un funcionario público menor mientras publica una serie de artículos que desafían las nociones convencionales del espacio y del tiempo;
- capaz de alejarse de su inteligente y muy capacitada esposa en cuanto se abre camino por las sendas académicas y las sendas de las faldas de otras mujeres;
- capaz de llevar una doble vida en otra ciudad con su prima Elsa Einstein;
- capaz de meditar durante un tiempo si debía romper su reciente compromiso con Elsa y, en su lugar, casarse con su hija (la de su prometida), una jovencita de 20 años llamada Ilse, que se desempeñaba como secretaria suya (de Albert).
Por todo ello, mucho mejor dejar en paz al hombre y fijarnos solamente en el genio científico. Quien quiera chismes, que acuda a los programas de Tele5 donde absolutamente todo es relativo. Además, los hay a montones y a todas horas, y no les afecta ni el espacio ni el tiempo.

