Los chimpancés albergan una rica vida interior y poseen una psique complicada que incluye una muy elaborada percepción de sí mismos y de los otros. Se ha demostrado que poseen capacidad para reflexionar sobre el estado mental del prójimo, capacidad que hasta hace no tanto se pensaba exclusiva de los seres humanos. Estos simios se nos parecen tanto que es fácil cometer el error de creer que, por lógica, deberían ser más aptos para la convivencia con humanos que otros animales. ¿Por qué no iban a ser los chimpancés perfectos compañeros de convivencia? Sin embargo, el que sean o no domesticables no depende de su gran inteligencia o de su estrecho parentesco con los humanos. Lo realmente decisivo es que provienen de un tipo de sociedad muy distinta a la humana. La testaruda realidad demuestra que los perros, aunque no se nos parezcan, están hechos para convivir con nosotros, pero los chimpancés no.
En cautividad, los chimpancés pueden vivir hasta los sesenta años. Los seis o siete primeros corresponden a la infancia, que es cuando ingenuamente podríamos llegar a creer que resulta fácil domesticarlos. En algunos países es legal poseer chimpancés como mascotas. Hay personas que tienen crías en sus casas y les ponen pañales, les enseñan una rutina o los someten a cierta disciplina. Los pequeños chimpancés, genéticamente dispuestos a depender por completo de sus madres durante años, no cuestionan nada de esto. Son incondicionalmente cariñosos y sumisos. Muchos dueños creen que sus chimpancés mantendrán ese adorable comportamiento cuando crezcan, pero están ignorando la verdadera naturaleza del animal. Tan pronto alcanzan la pubertad, los chimpancés sufren una metamorfosis psicológica y conductual motivada por su herencia genética. Su instinto los empuja a prepararse para una vida adulta que comenzará entre los diez y los trece años de edad. La intensidad del cambio de la adolescencia se manifiesta de manera especialmente severa en los machos. En la naturaleza, los chimpancés necesitan de altos niveles de agresividad para sobrevivir y para abrirse camino en una sociedad muy competitiva y violenta. Por ello, un chimpancé que de pequeño fue dócil e inofensivo puede empezar a mostrarse agresivo por motivos que los humanos no siempre encontramos evidentes. Las manifestaciones de agresividad varían de unos individuos a otros, pues son animales muy complejos que, al igual que los humanos, poseen personalidades muy distintivas. En ocasiones, sus conductas agresivas ni siquiera responden a resentimientos o enfados, sino que son simples intentos de demostrar su estatus social.
Incluso en individuos no muy agresivos, la adolescencia suele estar marcada por la desobediencia. Y la insumisión de un chimpancé es un problema mucho más serio que la insumisión de un perro. Si ya es difícil controlar a un perro de tamaño grande, pensemos que un chimpancé adulto posee una potencia física literalmente sobrehumana: sus brazos, por ejemplo, son entre tres y seis veces más fuertes que los de un humano adulto. Sin armas, ni Mike Tyson ni cualquier otra leyenda del boxeo tiene posibilidad alguna de ganar una pelea a un chimpancé. Incluso sus juegos dentro de casa pueden destrozar muebles y enseres (y, por supuesto, podrá llegar el día en que se niegue a llevar pañales, lo cual solo empeora el cuadro). Esta naturaleza insumisa y agresiva no es producto de un carácter malevolente. Al hablar de chimpancés y de animales en general, cabe deshacerse de reduccionismos antropomórficos. Por ejemplo, con frecuencia se dice que los perros son «mejores» o «más nobles» que los humanos, cuando lo cierto es que les es difícil comportarse de otra manera porque han evolucionado para mostrar respeto y fidelidad a la jerarquía. Del mismo modo, los chimpancés pueden ser agresivos no por decisión propia, sino por buenos motivos evolutivos. Para entenderlo, es útil compararlos con los gorilas.
Los gorilas suelen conformar pequeños grupos dominados por un patriarca que protege y comanda una familia de hembras y jóvenes. En esa sociedad gorila, los enfrentamientos violentos son poco habituales y se producen, sobre todo, cuando un macho intenta disputarle el territorio o las hembras al patriarca reinante. Incluso en ese caso, el enfrentamiento físico suele estar precedido por una serie de avisos. Los gorilas son conscientes del poder de sus semejantes y no les gusta pelear hasta las últimas consecuencias porque supone arriesgarse a recibir heridas graves. Así que, cuando es posible, prefieren recurrir a la intimidación y solo llegan a la violencia directa cuando esa intimidación no ha funcionado. A los patriarcas tampoco les gusta ver peleas entre los suyos, y a veces intervienen para detener conflictos entre otros miembros de su manada.
Es infrecuente que los gorilas ataquen a los humanos. Aunque no es imposible, y sucede. Como con cualquier animal grande, existe un peligro intrínseco y siempre hay que tener cuidado. Quienes trabajan con gorilas silvestres señalan que, para que tenga lugar ese ataque, deben producirse unas circunstancias específicas. Por ejemplo, la mala suerte. Si un humano se encuentra se repente con un gorila que no lo ha oído venir, será atacado sin advertencia, porque a los gorilas no les gusta verse sorprendidos. Algo parecido sucede cuando se sienten acorralados, o, de manera especial, cuando sienten que sus crías están siendo amenazadas: los furtivos que pretenden robar crías para venderlas son las principales víctimas humanas de los gorilas. En otros casos, y salvando el mencionado encuentro fortuito e indeseado por ambas partes, los gorilas tienen la costumbre de avisar antes de atacar.
Cuando un humano desconocido entra en el territorio de una manada, lo habitual es que el macho dominante salga al encuentro para desplegar un espectacular repertorio de advertencias: rugir, ponerse sobre dos patas, darse con los puños en el pecho, golpear el suelo para hacer ruido, arrancar ramas y lanzarlas por el aire, correr levantando polvareda, etc. Estas advertencias son muy evidentes y van de menos a más. Solamente si el humano es lo bastante insensato como para ignorarlas, el gorila se decidirá a lanzar un ataque que normalmente será rápido y no necesariamente tendrá la intención de matar. Eso sí, dada su fuerza, uno solo de sus golpes puede provocar heridas muy graves (lo que menos se puede esperar son varias roturas de costillas y otros huesos). Algunas personas han sobrevivido a estos ataques; teniendo en cuenta que un gorila es diez veces más fuerte que un varón humano adulto, esa supervivencia demuestra que el gorila pretendía ahuyentar al invasor y no matarlo, cosa que podría haber hecho en un par de segundos.
Goodall enseñó al mundo que, si se respetan los protocolos sociales de los gorilas y se les permite acostumbrarse a la presencia humana, son animales que no ejercerán la agresión sin motivo aparente. Los gorilas son peligrosos por su fuerza, pero previsibles. Quienes trabajan con gorilas o los estudian en su hábitat conocen los signos que para un humano no significan nada, pero que un gorila a la defensiva puede interpretar como amenazas (por ejemplo, es mala idea mirarlos fijamente a los ojos, o mostrar los dientes). Estos profesionales también saben que un gorila nervioso reducirá su agresividad si el humano adopta la correcta postura de sumisión. El sentido común, unido al conocimiento de la psicología del gorila, sirve para prevenir eventos desagradables.
Casi nada de lo aquí dicho sobre los gorilas se aplica a los chimpancés. Para empezar, los chimpancés son omnívoros. Consumen gran cantidad de hojas que son la base de su dieta, pero también les gusta la carne y, al igual que los humanos, han evolucionado para cazar en grupo. Sus presas predilectas son monos arborícolas a los que atrapan mediante complejas estrategias colectivas ejecutadas por los machos de la manada: unos chimpancés asustan a los monos para dirigirlos en una dirección concreta donde esperan otros chimpancés que han organizado una emboscada. Es un fascinante ejemplo de trabajo en equipo, unido a la capacidad de estos simios para comunicarse entre sí mediante gestos. Sin embargo, la sociedad chimpancé es mucho más competitiva y caótica que la de los gorilas. Los chimpancés salvajes son cariñosos, tienen una rica vida afectiva y ciertamente poseen empatía, pero viven bajo el efecto de un constante estrés social. Son, como los humanos, propensos a las neurosis y las frustraciones. Entre los gorilas, un patriarca puede ser desafiado por otro macho y ahí acaba el tumulto porque, resuelto el conflicto, la manada se dedicará a la vida contemplativa. Pero los chimpancés viven en manadas más numerosas y sienten la constante necesidad de mantener o mejorar su estatus; por ello, y con frecuencia diaria, recurren a amenazas, agresiones e incluso actos de crueldad deliberada.
La agresión de los gorilas es previsible y proporcional, siguiendo patrones relativamente comprensibles para nuestra mirada humana, porque es una agresión cuyo propósito es la autodefensa y la defensa del territorio, de las hembras y de las crías. Por el contrario, la agresión de los chimpancés responde a complicados resortes sociales no siempre obvios para el observador humano. La agresión del chimpancé puede parecer caprichosa y desproporcionada. Y esto no es todo. Los chimpancés no solo matan, sino que se ensañan con sus víctimas: atacan los ojos, los genitales, etc. Esto, cabe insistir, no significa que los chimpancés sean «malvados», pero se aleja de su idealización pueril como «personitas». Sí, se parecen mucho a nosotros, más que ninguna otra criatura de nuestro planeta. Y sí, son encantadores: ¿a quién no le enternece ver vídeos de chimpancés? Pero tenemos que recordar que ellos no son como nosotros.
Es verdad que existen algunos humanos capaces de cometer actos tan sanguinarios como los de un chimpancé, pero a estos humanos los consideramos una excepción, una aberración dentro de los parámetros de nuestra sociedad. Salvando esas excepciones, los humanos no somos tan violentos. Por el contrario, los chimpancés que se comportan de manera sanguinaria no constituyen una aberración entre los suyos. Su conducta es producto de la evolución, sumada a la influencia de sus propias biografías. Pero si los chimpancés son distintos a nosotros incluso en el uso de la violencia, están en su derecho de serlo. Somos nosotros quienes hemos ido a buscarlos a su hábitat, no a la inversa. De hecho, los chimpancés salvajes suelen evitar a los humanos. El problema con el que se encuentran los mal informados adoptantes de chimpancés consiste en descubrir que no los podrán domesticar porque lo que tienen en sus casas es, básicamente, un pedazo de la selva.
El que los chimpancés no sean domesticables no los convierte en una rareza. Muy pocas especies animales son domesticables. A lo largo de nuestra existencia como humanos hemos domesticado a un muy reducido número de criaturas, mientras que la mayoría se han resistido. Las especies domesticables deben cumplir una serie de condiciones. Deben ser sociales en origen, pero no cualquier sociedad animal predispone a la domesticación: es importante que en sus manadas primen la obediencia y el respeto a la jerarquía. El perro, que proviene del lobo, ha sido fácil de domesticar porque los lobos tienen una tendencia natural a respetar al líder de la manada, grupo social mucho más estable que el de los chimpancés. Los actos violentos del perro, como los del gorila, suelen seguir una lógica que los humanos encontramos comprensible. Un perro ve al humano como líder de su «manada» y esto hace que, por su historia evolutiva, le resulte muy difícil comportarse de otra manera. Es extremadamente raro, aunque en ningún modo imposible, que un perro ataque a quienes considera de su familia, y para que eso suceda suele precisarse la intervención de un factor anómalo, como una enfermedad que afecte a su conducta. Además, a los millones de años de selección natural del lobo hay que sumar los miles de años de selección artificial del perro: los humanos hemos favorecido la reproducción de los perros más obedientes y dóciles frente a la de aquellos más violentos e indómitos. Una consecuencia de esto es que los perros domésticos parecen ser menos inteligentes que los lobos, pero son más capaces de prestar atención a lo que hacemos los humanos. Los lobos no nos conocen ni nos comprenden, pero a los perros los hemos adaptado a nosotros y nuestras necesidades.
No todas las especies sociales y jerárquicas son domesticables. Pese a lo que parece indicar el sentido común, la semejanza entre dos animales no indica que sean igualmente aptos para ser nuestros obedientes compañeros. Por ejemplo, hemos domesticado con mucho éxito los caballos y los burros, pero no hemos podido hacerlo con las cebras, demasiado indómitas y agresivas. ¿Por qué unas especies sí son domesticables y otras muy parecidas no lo son? Además del funcionamiento de sus respectivas jerarquías naturales, hay otros factores que entran en juego: cómo manejan las situaciones de miedo y estrés, para qué usan su agresividad, etc. Hasta existe un caso particular de animal no muy social que se ha adaptado perfectamente a nosotros: el gato. Se cree que los gatos se domesticaron a sí mismos integrándose por voluntad propia en comunidades humanas de África, donde buscaban alimento y refugio. El pequeño tamaño de los gatos no los convertía en una amenaza, así que los humanos toleraron su presencia y pronto descubrieron las ventajas de aquella espontánea compañía felina. En especial, era beneficiosa la habilidad de los gatos para cazar alimañas, cosa muy apreciada en comunidades agrícolas. Los gatos ni se parecen a nosotros ni proceden de una sociedad jerárquica como la de los perros; eso hace que, como sabe cualquier propietario de gatos, no sean muy obedientes ni estén dispuestos a trabajar para nosotros. Pero su conducta hacia los humanos es muy tranquila. Los gatos, entre otras cosas, nos temen por nuestro mayor tamaño y saben que no sería buena idea hacernos enfadar.
Los chimpancés domésticos no nos temen. Y con razón. Si se lo proponen, pueden matar con facilidad a cualquier persona. Los únicos chimpancés que nos tienen miedo son los silvestres que no tienen experiencia tratando con nosotros. Los chimpancés silvestres ven que los humanos somos más altos que ellos, así que también nos imaginan más fuertes y evitan toparse con nosotros del mismo modo que evitan toparse con leones o leopardos. Lo peor que puede pasar es que ejemplares salvajes descubran que, pese a nuestra estatura, no somos rivales para ellos. Esta circunstancia solo se produce cuando se ven forzados a vivir cerca de los humanos, situación que, de ser por ellos, nunca se produciría. En muchas regiones de África, los pobladores humanos apenas tienen problemas con los chimpancés porque estos animales evitan activamente el contacto. Por desgracia, cuando la deforestación deja a los chimpancés sin hogar, estos empiezan a dejarse ver y terminan deduciendo que los humanos no son tan temibles como sugiere su estatura. El mejor ejemplo es lo que está sucediendo en zonas rurales de Uganda. La población humana se ha instalado en territorios que hasta hace muy poco eran selva, pero que ahora son tierras de cultivo. Los chimpancés han perdido sus zonas de caza y se ven obligados a subsistir en diminutos parches de bosque que aún quedan junto a las nuevas plantaciones y poblados. Esta cercanía a los humanos ha ayudado a que los chimpancés descubran que sus nuevos vecinos son vulnerables y, por lo tanto, potenciales presas. Y esta es una muy mala noticia para los agricultores: el chimpancé es un simio cazador de monos, así que un humano vulnerable se convierte, a sus ojos, en un mono comestible más. En su ansia cazadora, los chimpancés de estas zonas deforestadas han llegado a atacar a niños. Los aterrorizados agricultores, que se habían instalado en esas regiones buscando una vida mejor, construyeron vallas que se terminaron demostrando inútiles ante la fuerza y agilidad de estos simios. Muchos colonos han terminado huyendo porque, aunque eso los devuelve a una situación económica precaria, se han dado cuenta de que los chimpancés cazadores son imposibles de controlar. Y no solo los humanos pueden ser víctimas; se han documentado ataques colectivos de chimpancés contra gorilas. Los chimpancés saben que, cara a cara, un gorila adulto los puede matar en un segundo, pero una vez aprenden qué individuos (crías, jóvenes, enfermos) son vulnerables a los ataques en grupo, no desaprovecha la oportunidad de cazarlos.
Travis, sin embargo, no era tan feliz como aparentaba. Los chimpancés necesitan constante estimulación intelectual y física. Genéticamente preparados para altos niveles de estrés, se aburren con facilidad en torno a los humanos, y no siempre consiguen gestionar las emociones negativas que se derivan de sus carencias y frustraciones. A esto hay que sumar que sus necesidades dietéticas son difíciles de satisfacer (las verduras de consumo humano no son suficientes), y que cualquier enfermedad puede empeorar su estado anímico. Travis padecía problemas psicológicos desde el comienzo de su adolescencia: al despertar de su naturaleza selvática se había sumado la enfermedad de Lyme, causada por una pulga, que cuenta entre sus síntomas la confusión mental y elevados niveles de ansiedad. Travis, de hecho, estaba siendo tratado con benzodiacepinas. Con la pubertad llegó el primer incidente. En una ocasión, viajando en el coche de Sandra, un desaprensivo tiró un objeto hacia la ventanilla semiabierta junto a la que se sentaba Travis. El objeto pasó por la ventanilla y le golpeó. Los chimpancés son extremadamente inteligentes y no solamente reconocen una intención agresiva, sino que, dado su instintiva tendencia a defender el estatus social, se la toman como algo personal. Siempre se dice que los elefantes nunca olvidan a la persona que los ha maltratado; esto es muy cierto en el caso de los chimpancés, capaces de guardar rencor —y también un profundo cariño— a personas a las que no han visto durante años. Para vengarse del lanzamiento del objeto, Travis se quitó el cinturón de seguridad, abrió la puerta y salió en persecución del agresor, aunque no consiguió alcanzarlo porque este había tenido la buena idea de huir al instante. Así que Travis quedó en mitad de la calle, alterado y buscando venganza, cuando se presentó la policía. Aunque desde bebé conocía a los policías del pueblo, hizo conato de atacarlos. Su dueña lo pudo tranquilizar, pero los policías le aconsejaron que se deshiciera del chimpancé llevándolo a algún centro de conservación. Por desgracia, la mujer hizo caso omiso. Varios años después se demostró que los policías habían aconsejado sensatamente. La causa visible del nuevo incidente fue un juguete, aunque es seguro que los problemas psicológicos de Travis empeoraron su reacción.
Increíblemente, Charla Nash sobrevivió al violento ataque de Travis, aunque quedó ciega y muy desfigurada. Los médicos de emergencia que la atendieron nunca habían visto algo parecido y calificaron sus heridas como «horrendas». El oficial de policía que disparó y mató a Travis, llamado Frank Chiafari, conocía al chimpancé desde cría y el suceso lo conmocionó tanto que padeció una depresión como consecuencia. Sandra Herold dijo después que, pese a los hechos, seguía pensando que «Travis es como mi hijo y no podría serlo más aunque le hubiese dado a luz yo misma», e insistió en que el ataque había sido «una anomalía».
Es verdad que Travis era un chimpancé adulto sometido al estrés de una enfermedad y a los efectos de varias medicaciones, pero no es menos cierto que este tipo de ataque hiperviolento se observa también entre chimpancés salvajes. El de Travis fue quizá un caso extremo, pero no único. Es peligroso acercarse a un chimpancé que está en una jaula y no son pocas las personas que, confiadas, han sido atacadas en zoológicos o centros de investigación, donde los chimpancés llegan a arrancar dedos a través de los barrotes. Como decíamos antes, lo preocupante es cuando aprenden que son mucho más fuertes que los humanos: dada su inteligencia, ni siquiera necesitan pelear con nosotros para aprenderlo. Les basta con observarnos.
El chimpancé es, pues, el más violento de los grandes simios, mucho más agresivo que los seres humanos. Si tenemos en cuenta nuestra historia cazadora similar a la del chimpancé, somos muy poco agresivos, quizá porque nuestras sociedades han sido mucho más estables. Pero los chimpancés no son así porque lo han decidido. Es su naturaleza y difícilmente podremos cambiarlos. Una selección artificial que los haga más dóciles parece inviable: viven demasiado tiempo y se reproducen demasiado poco como para planificar, mediante el apareamiento de individuos escogidos, cambios generacionales que se manifiesten a medio plazo. Intentar hacer con ellos lo mismo que hicimos con los lobos es nadar contra la corriente. El primer problema es que los humanos hemos sido intrusos en el hábitat de los chimpancés, los hemos extraído de él, y hemos intentado adaptarlos a nuestros caprichos. El segundo problema es que esperamos que se comporten como lo que no son. Y el tercer problema es que durante sus primeros años sí se comportan como nosotros deseamos, mostrándose dóciles y dependientes, y además siendo encantadores. Las redes sociales —Instagram, etc.—, unidas al evidente encanto e inteligencia de estos fascinantes parientes nuestros, han promovido las adopciones de chimpancés como mascotas allá donde esta práctica todavía es legal. Pero cabe reflexionar sobre si un hogar humano puede cubrir las verdaderas necesidades de estos complejos simios, y sobre la irresponsabilidad de hacerlos crecer en un entorno que quizá los rechace en cuanto abandonen la infancia. Pero los chimpancés criados entre humanos no pueden retornar a la selva, pues no han podido aprender a relacionarse con sus parientes salvajes que los matarían en minutos, y terminan —en el mejor de los casos— en instituciones dedicadas a recoger a aquellos individuos que ya no son manejables y cuyos «dueños» han descubierto que no son realmente domesticables. Individuos que, no lo olvidemos, han sido abandonados por humanos a quienes amaban como su familia. Los chimpancés pueden ser indómitos y agresivos, pero no son malvados o insensibles, y parecen sufrir la pérdida y la separación de manera no muy distinta a como los sufrimos nosotros. Qué mejor manera de respetarlos que dejarlos vivir en su hábitat y bajo sus propias reglas.