martes, 22 de diciembre de 2020

Fiestas del solsticio

(Artículo de Rafael Bachiller, director del Observatorio Astronómico Nacional (IGN), publicado en El Mundo el 21 de diciembre de 2020)


El gran ciclo de las estaciones –con sus períodos fríos, templados o calurosos, con sus épocas secas o lluviosas, con sus noches más largas o cortas– ya determinaba el ritmo de vida de cazadores y  recolectores en el Paleolítico. Y este ciclo, ya en el Neolítico, hace unos 10.000 años, se traducía directamente en las labores de los agricultores: labrar la tierra, sembrarla, cuidarla y cosechar los frutos para volver a labrar, volver a comenzar. Este ciclo natural está determinado por la inclinación del eje de rotación de la Tierra respecto al plano de su órbita en torno al Sol. Desde nuestra perspectiva vemos al astro rey pasar del punto Aries (primavera) al trópico de Cáncer (verano), al punto Libra (otoño) y al trópico de Capricornio (invierno), para regresar nuevamente al punto Aries.

Es, pues, un ciclo que imperaba en la Tierra mucho antes que las religiones. Un ciclo que tiene sus puntos álgidos en los dos solsticios. En esos dos momentos del año, si observamos el Sol a la misma hora en días sucesivos, parece que el astro rey se ha detenido en el firmamento (y de ahí se deriva el término solsticio, en latín sol quieto). Y en esos momentos suceden las noches más cortas del año, en la llegada del verano, y las más largas, en la llegada del invierno. Grandes monumentos megalíticos como Stonehenge se construyeron hace unos 5.000 años para señalar con precisión la llegada de los solsticios. No es de extrañar que estos momentos del año, auténticos puntos de inflexión en la vida de los hombres, fuesen objeto de celebración, incluso desde los primeros ritos de tipo religioso.

Hace 4.000 años ya se veneraba a Mitra en la India védica, un dios solar relacionado con la suave claridad de la luz que ilumina el alba. Un dios, por tanto, evocador del renacer, cuyo culto se diseminó por gran parte del mundo antiguo. Su gran fiesta, denominada Shab-e Yaldá, fue establecida en Persia cada 21 de diciembre, coincidiendo exactamente con el solsticio. Mitra fue importado después en Roma, donde recibió un culto que recordaba a los de las religiones griegas. En el siglo II a. C. se celebraban ritos basados en su supuesta muerte, y su resurrección se festejaba el 25 de diciembre. Las Saturnales fueron otras importantes festividades romanas, esta vez en honor del dios de la agricultura, Saturno, que también se celebraban en la semana del solsticio de invierno, entre el 17 y el 23 de diciembre. Eran fiestas populares que se vivían en la calle a la luz de las antorchas. Fiestas en las que los ricos se esforzaban por distribuir regalos y alimentos en un desmedido frenesí de comida y bebida que intentaba hacer olvidar la angustia de las larguísimas noches. En la Alejandría ptolemaica también se celebraba por las fechas del solsticio el nacimiento de un dios, en este caso se trataba de Aion, una versión de Osiris y Dionisos que aseguraba mediante sus periódicos renacimientos la eternidad de la ciudad. Los pueblos germánicos y celtas ofrecían sacrificios a Odín durante las fiestas de Yule, también en el solsticio de invierno. Estas fiestas duraban originalmente 12 días y constituían una celebración de la vida familiar y de la fertilidad. En el año 218, el emperador Heliogábalo, erigiéndose en sumo sacerdote, instauró en Roma un nuevo culto al dios Sol que trataba de sustituir al culto de Júpiter. Este culto, transformado por Aurelio en el 274, dio lugar a la famosa festividad del Sol Invictus. Inspirado por las celebraciones de Mitra, la festividad se fijó entre el 22 y el 25 de diciembre, nuevamente evocando al Sol que sale victorioso sobre la oscuridad prolongada de las noches del solsticio. Constantino instauró, ya en el 321, el día de descanso en el Dies Solis, el domingo, cuya denominación aún lleva el término Sol en varios idiomas (como en inglés: Sunday) y así el Sol Invictus quedó integrado en la religión estatal romana hasta que Teodosio abolió el paganismo en el 380. Los cristianos primitivos no celebraban la fecha del nacimiento de Cristo. Para ellos, la fecha importante era la de su pasión y muerte. El escritor cristiano Tertuliano había calculado en el año 200 que la muerte de Cristo tuvo lugar el 25 de marzo (cerca del equinoccio de primavera), mientras que, en provincias orientales del Imperio Romano, fijaron la muerte de Cristo en el 6 de abril. Y parece plausible que, como he explicado en otro lugar, los cristianos de los siglos II y III adoptasen la idea de que Jesús fue concebido en el mismo día del calendario en que  moriría (el 25 de marzo), y que nació nueve meses más tarde (el 25 de diciembre). Con el tiempo, la fecha del 25 de diciembre para la Natividad ganó mucho más adeptos que la del 6 de enero, fecha esta última que, no obstante, fue conservada en la mayoría de los lugares para celebrar la Epifanía. Así, la celebración de la Navidad en el solsticio de invierno sería una coincidencia más con todas esas celebraciones que tenían lugar en el mundo antiguo en el hemisferio norte. La astronomía, incluyendo el gran ciclo de las estaciones, dota a las religiones de un simbolismo supremo, que remite al firmamento y a los fenómenos y ciclos celestes. 

Hoy las Navidades pierden su espiritualidad en unas fiestas del solsticio transformadas en nuevas Saturnales en las que los excesos de comida y bebida se unen en un hiperconsumismo que hace  palidecer a aquellas fiestas paganas. Paradójicamente, algunas de esas celebraciones paganas, como las fiestas de Yule a las que nos referíamos más arriba, han sido reconstruidas en la actualidad dentro de los movimientos denominados neopaganos, corrientes supuestamente espirituales que, como la Wicca, están inspiradas en religiones politeístas anteriores al cristianismo y que, sorprendentemente, ya tienen en torno al millón de seguidores en el mundo. Parece que tratan de reconstruir ideas y religiones olvidadas en un nuevo y desesperado intento de espiritualidad. Así, en nuestra sociedad tan compleja, algunos convierten las celebraciones cristianas en Saturnales, y otros acuden a las paganas para recuperar una espiritualidad perdida. Simultáneamente, en la vida urbana, el ciclo de las estaciones se difumina. Se vive en ambientes artificiales en los que las temperaturas están acondicionadas, la luz se regula siempre al mismo nivel, los alimentos no dependen de la temporada, la vegetación está en un muy segundo plano, etc. Mientras lo espiritual se disipa, también perdemos el contacto con la naturaleza y con sus ciclos. Quizás sean, todos estos, fenómenos relacionados. 

Quizás para recuperar la espiritualidad deberíamos volver nuestros ojos al mundo natural, recuperar el pulso de las estaciones, recobrar la sensibilidad por las maravillas del planeta y del cosmos. Y, para ello, la ciencia contemporánea, que describe muchos de estos fenómenos de manera racional y con un gran lujo de detalles, puede sernos de gran ayuda. Adicionalmente a las creencias de cada uno, hoy la ciencia es la mayor fuente de inspiración para recuperar la fascinación por el mundo en el que vivimos, y ¿no es esto una forma de misticismo? Pero, además, la ciencia también nos permite actuar para enfrentarnos a los grandes retos de la humanidad, para lograr nuestros ideales como especie, para, en definitiva, hacer un mundo mejor y más humano.



miércoles, 16 de diciembre de 2020

Groucho contra la Warner Bros

Carta de Groucho Marx a la Warner Brothers tras amenazar con demandarles por usar "Casablanca" en el título de una película.

Queridos Warner Brothers:

Al parecer hay más de una forma de conquistar una ciudad y de mantenerla bajo su dominio. Por ejemplo, hasta el momento en que pensamos en hacer esta película, no teníamos la menor idea de que la ciudad de Casablanca perteneciera exclusivamente a los Warner Brothers. Sin embargo, pocos días después de anunciar nuestra película recibimos su largo y ominoso documento legal en el que se nos conminaba a no utilizar el nombre de Casablanca.

Parece ser que en 1471, Ferdinand Balboa Warner, su tatara tatara abuelo, al buscarle una salida a la ciudad de Burbank, se tropezó con las costas de Africa y, levantando su bastón (que más tarde cambió por un centenar de acciones en la bolsa), la denominó Casablanca.

Sencillamente, no comprendo su actitud. Aun cuando pensaran en la reposición de su película, estoy seguro de que el aficionado medio al cine aprendería oportunamente a distinguir entre Ingrid Bergman y Harpo. No sé si yo podría, pero desde luego me gustaría intentarlo.

Ustedes reivindican su Casablanca y pretenden que nadie más pueda utilizar ese conmbre sin permiso. ¿Qué me dicen de Warner Brothers? ¿Es de su propiedad, también? Probablemente tengan ustedes el derecho de utilizar el nombre de Warner, pero, ¿y el de Brothers? Profesionalmente, nosotros éramos Brothers mucho antes que ustedes. Ya salíamos de gira como The Marx Brothers cuando la Vitaphone era todavía un simple destello en el ojo del inventor, e incluso antes de nosotros ha habido otros hermanos: los Smith Brothers [fabricantes de pastillas para la tos], los Karamazov Brothers; Dan Brothers, un centrocampista del Detroit; y Brother, ¿puedes darme un céntimo? (que originalmente se llamaba BrotherS, ¿puedes darme un céntimo?  pero esto era repartir demasiado la moneda, así que despacharon a un hermano, le dieron todo el dinero al otro y lo dejaron en Brother, ¿puedes darme un céntimo?).

Y ahora, Jack, hablemos de usted. ¿Diría Usted que es el suyo un nombre original? Pues no lo es. Se utilizaba mucho antes que ud. naciera. Así sin esforzarme , recuerdo dos Jacks: estaba el Jack de Jack y las habichuelas mágicas, y  Jack el Destripador, que tuvo un bonito renombre en su momento.

En cuanto a usted, Harry, seguramente firmará sus cheques con la firme convicción de que es usted el primer Harry de todos los tiempos y de que todos los demás Harrys son impostores. Recuerdo a dos Harrys que le precedieron. Existió Harry Lighthorse, de fama revolucionaria [apodo de Lee Henry, héroe de la revolución de EEUU] y también un Harry Appelbaum que vivía en la esquina de la calle 93 con Lexington Avenue. Desgraciadamente, Appelbaum no es demasiado conocido. La última vez que supe de él, vendía corbatas en Weber y Heilbroner.

Hablemos ahora del estudio en Burbank. Creo que es esto lo que ustedes, hermanos, llaman su cuartel general. El viejo Burbank ha desaparecido. Quizá se acuerden de él. Era un hombre muy hábil en la huerta. Su mujer decía a menudo que Luther tenía diez pulgares verdes. ¡Qué mujer debe de haber sido! Burbank era el mago que entrecruzaba todos esos frutos y legumbres hasta dejarlos en tal estado de confusión e incertidumbre que nunca llegaba a decidir si debían ir en el plato de la carne o en el de los postres.

Esto es pura conjetura, por supuesto, pero quién sabe, tal vez los sobrevivientes de Burbank no estén muy contentos con el hecho de que una fábrica de películas a destajo se haya instalado en su ciudad, se haya apropiado del nombre Burbank y lo utilice como fachada para sus películas. Incluso es posible que la familia Burbank esté más orgullosa de la papa producida por el viejo que del estudio de donde surgió "Casablanca" o incluso "Gold Diggers".

Y no quiero entrar en discusiones duras, porque muchos de mis mejores amigos son los Hermanos Warner. Intuyo que todo es un error del horrible y triste departamento legal de la empresa, controlado por alguno de esos tipos con problemas escolares, un trepa necesitado de fama y admiración, y demasiado ambicioso para respetar las leyes naturales de la promoción.

Todo esto se parece a una diatriba bastante amarga, pero le aseguro que no es mi intención. Amo a los Warner. Algunos de mis mejores amigos son los Hermanos Warner. Hasta es posible que esté cometiendo una injusticia y que ustedes mismos, no sepan nada acerca de  esta actitud. No me sorprendería descubrir que los directivos de su departamento legal no están al tanto de esta disputa absurda, porque sé que muchos de ellos son caballeros educados con pelo negro rizado, trajes de doble botonadura y un amor por sus semejantes digno de encomio

Imagino que este intento de evitar que usemos el título Casablanca es la idea de un picapleitos con cara de hurón, un becario de su departamento legal. Conozco a la gente de esa calaña: recién salidos de la facultad, con hambre de éxito y demasiado ambiciosos para esperar un ascenso natural. Este leguleyo siniestro seguramente lio a uno de sus abogados […] para amenazarnos.

Bueno, ¡no va a salirse con la suya! Vamos a luchar hasta la Corte Suprema. Ningún aventurero jurídico de cara pálida va a ser causa de pelea entre los Warner y los Marx. Porque todos somos hermanos, y seguiremos siendo amigos hasta que el último rollo de Una noche en Casablanca pase por el proyector.

Sinceramente, Groucho Marx.

La Warner finalmente desistió de su absurdo empeño.



martes, 15 de diciembre de 2020

Verde la rama, verde el romero




Si me quieres te quiero, si me amas te amo;

si me olvidas te olvido, yo a todo hago.


Ay sí, sí, sí será verdad,

mi amante prisionero, qué pena me da,

me dice que le olvide, no le puedo olvidar,

me dice que le olvide, no será verdad.


Si quieres que te quiera, pájaro verde,

si quieres que te quiera has de quererme.


Verde la rama, verde el romero,

arrodíllate, dama, y átate el pelo

con la cinta que cuelga de mi sombrero.


¿Cómo quieres que vaya de noche a verte

si tienes la ventana llena de gente?


Ay sí, sí, sí será verdad,

mi amante prisionero, qué pena me da,

me dice que le olvide, no le puedo olvidar,

me dice que le olvide, no será verdad.


Algún día por verte dinero daba,

ahora por no verte vuelvo la cara.


Verde la rama, verde el romero,

arrodíllate, dama, y átate el pelo

con la cinta que cuelga de mi sombrero.


Si quieres que te quiera has de llevarme

a un pueblo que se llama Villaquilambre.


Ay sí, sí, sí será verdad,

mi amante prisionero, qué pena me da,

me dice que le olvide, no le puedo olvidar,

me dice que le olvide, no será verdad.


Cuando estoy en el baile no sé cantares,

cuando estoy en la iglesia vienen a pares.


Verde la rama, verde el romero,

arrodíllate, dama, y átate el pelo

con la cinta que cuelga de mi sombrero.


Si quieres que te quiera, cómprame un burro

con las orejas verdes y azul el culo.


Ay sí, sí, sí será verdad,

mi amante prisionero, qué pena me da,

me dice que le olvide, no le puedo olvidar,

me dice que le olvide, no será verdad.

Verde la rama, verde el romero,

arrodíllate, dama, y átate el pelo

con la cinta que cuelga de mi sombrero.


Titos de Villaquilambre

La Braña

Canción Popular Leonesa Vol. 3


lunes, 14 de diciembre de 2020

La España que no llegará al nuevo 98

El Gobierno no se enteró, entre otras cosas que inadvertimos porque -la verdad sea dicha- este Gobierno apenas se entera de nada, de que los Estados Unidos de América iban a reconocer la soberanía de Marruecos sobre el Sáhara Occidental, esa antigua colonia española que abandonamos de forma más bien poco gloriosa. Huelga decir que, a la mayoría de los ciudadanos, le ha dado todo bastante igual. Menos a los diplomáticos.

Los de a pie tenemos una capacidad pantagruélica para tragarnos el deterioro político y gubernamental como si tal cosa. Al fin y al cabo, dirige nuestro actual destino un estúpido mental erigido en presidente que, con el menor apoyo alcanzado en democracia a una candidatura, ha conseguido que más de ciento ochenta personas en el hemiciclo (es decir, todos los suyos más otros que suman el 50% de los que sí son suyos) apretasen el botón verde a su ley de presupuestos. Por tanto, espacio para el optimismo poco hay, salvo que comprobemos que la esperpéntica situación es sólida precisamente por lo absurda que parece ser y que, desde luego, es.

Con esos apoyos, qué no podrán hacer. Aquí nadie parece haber respaldado un camino de seriedad, rigor, rectitud y coherencia en el asunto de los dineros del reino, sino más bien la necesidad de seguir alimentando el carajal formidable que se ha adueñado, en forma de ideología muy a la izquierda de Karl Marx, del panorama político. Los más ilusos, y también devotos del tontaina que tuvo que inventarse un doctorado y un libro para parecer ser alguien en la vida (a eso ha llegado el querer dormir en el palacio moclovita), lo llaman «geometría variable» (término acuñado por el otro grandísimo tontaina que nos ha gobernado: el cero zapatero) pero tiene la variabilidad escorada por completo a la izquierda, tanto que ya se han roto las costuras por ese lado y se escapan, saltarines y jubilosos, los afines para triscar por unos campos que se difuminan en eso denominado extremismo.

Realmente triscan felices, cuales pardillos ignaros de cómo atormentan el destino de todos los demás, porque al otro lado, donde las costuras contrarias, nadie acaba de ponerse de acuerdo: ni el pijo, ni el machoman, ni la señorita pa' tó. Solo en una cosa parecen coincidir: les toca esperar tres años, tres, de tristes lamentos hasta dilucidar dónde se encuentra cada cual cuando toque revalidar. Aspirantes, lo que se dice aspirantes, no hay. El pijo no vale para nada, a la señorita la conocen en su casa a la hora de comer (como le sucedía al idiota que nos preside cuando solo confiaba en camuflar urnas tras los cortinones, y miren ustedes lo que pasó), y el machoman se tuvo que untar sus ínfulas con tocino porque el pijo decidió que ni la Covid ni el resto de desastres merecían desaprobar al tontaina del gobierno excéntrico y extremista. Debe de ser la herencia del gallego indolente y memo, que dejó todo el panorama a la derecha del Missouri como un gulag soviético, y sus afines son incapaces de actuar desde ese instante.

Y mientras todo sucede, queda una España descompuesta por unos cuantos (bastantes) mindundis que han descubierto, así, de repente, la piedra filosofal capaz de convertir su idiotez en poder efectivo, una España sin asomo alguno en el rollo internacional, sin esperanza, sin ambiciones y sin más devenir que su esquilmación perpetua y a gusto.