lunes, 9 de agosto de 2021

La inmortalidad del Quijote de Cervantes


Asumo que tiene el Quijote muchos más lectores fingidos que verdaderos. 

Yo lo leí por vez primera en el verano de 1999, en Cerdeña, donde trabajaba, aprovechando el horario estival que dejaba las tardes libres. En la playa de Pula, al sur de Cagliari, adonde acudía a solazar con el agua del Mediterráneo y a tomar el sol, abrí por vez primera (y también concluí) la edición de Cátedra del Quijote, anotada por el insigne cervantista John Jay Allen (1932-2019). Tras aquella emocionante e indescriptible ocasión (indescriptible no porque esté incapacitado para ello, sino porque la elaboración ordenada de todas las sensaciones experimentadas durante su lectura ocuparían, cada una de ellas, varios volúmenes completos), en otras dos más me he aproximado a la inmortal obra de Cervantes, descubriendo que uno encuentra libros distintos en el Quijote cada vez que lo abre, como corresponde a toda gran obra, por supuesto, pero en el caso cervantino se tiene siempre la sensación de que las posibilidades son tan infinitas como el propio universo (que no parece que sea infinito, pero esa es otra historia).

LA EDICIÓN DE CÁTEDRA POR JOHN JAY ALLEN

 


Elegí la edición de John Jay Allen por aquello de que las Letras Hispánicas de Cátedra (los libros con la portada negra) me habían acompañado durante toda aquella primera mitad de mi vida. Lo mismo que los clásicos de Austral, aunque estos me parecían más feos. Pero estaba, además, la figura del estadounidense, uno de los más reputados cervantistas del último siglo. Suyo es "Don Quixote: Hero or Fool? A Study in Narrative Technique" (Universidad de Florida 1969), un ensayo decisivo donde explicaba la razón de las variadas y contrapuestas lecturas de la insigne novela cervantina, llegando a la conclusión que esa pluralidad se debía no tanto a las diferencias históricas del momento en que fueron hechas las interpretaciones como a una condición intrínseca de la propia novela. Tanto interés suscitó este estudio, pese a ser muy breve, que los mejores cervantistas del momento lo reseñaron con profusión. Escribió una segunda parte diez años más tarde (en parte por responder a las críticas de la cervantista Ruth El Saffar, lo cual -todo ello- parangonaba irónica, pero involuntariamente, o eso creo, a la obra maestra quijotesca), donde indagaba en las estrategias de la ironía y comicidad en Cervantes. Para Allen la pregunta decisiva no era por qué en su día el Quijote era una obra cómica sino, sobre todo, por qué lo sigue siendo cinco siglos más tarde. De hecho, es este apunte el que me conecta intrínsecamente con la edición del Quijote de Allen porque, y es algo que refiero continuamente a quien me pregunta, la lectura de la novela de Cervantes es una experiencia hilarante sin la menor duda. 

¿Quieren un ejemplo? A lo largo de este artículo podremos deleitarnos con varios, pero no importa: el primero siempre es especial (y este es el mío, por aquello de la inmensa risotada que di la primera vez que lo leí).

 I parte. Capítulo XVI

Viendo, pues, el arriero a la lumbre del candil del ventero cual andaba su dama, dejando a Don Quijote, acudió a dalle el socorro necesario. Lo mismo hizo el ventero; pero con intención diferente, porque fue a castigar a la moza, creyendo sin duda que ella sola era la ocasión de toda aquella armonía. Y así como suele decirse, el gato al rato, el rato a la cuerda, la cuerda al palo, daba el arriero a Sancho, Sancho a la moza, la moza a él, el ventero a la moza y todos menudeaban con tanta priesa, que no daban punto de reposo; y fue lo bueno que al ventero se le apagó el candil, y como quedaron a oscuras, dábanse tan sin compasión todos a bulto, que a do quiera que ponían la mano no dejaban cosa sana.



LA FALTA DE INTERÉS POR EL QUIJOTE

Sin embargo, pese a que es hilarante y una obra cumbre que ninguna otra, en novela, ha superado jamás, es Don Quijote protagonista de una historia que apenas cautiva a ningún lector moderno. Mucho menos a quienes no leen nada, que son la inmensa mayoría, aunque finjan ser eruditos hojeando novelitas cuando viajan en metro.

Para explicar esta afirmación tan contundente (e impopular, me temo) he de echar mano del recuerdo de cierta mujer que viajaba a mi lado en el AVE Directo a Barcelona de las siete de la mañana cierto día de primavera de hace algunos años. Leía ella con avidez su ebook y confesó, cuando ya estábamos arribando a la estación de Sants y procedía a guardar el artefacto en su bolso, que le gustaba mucho leer y que en su casa todos leían. Tal vez pensó que yo no leía nada de nada (aquel día me había olvidado el Kindle en la cocina, por haberlo dejado allí cargando la noche anterior). Inquirida por mi curiosidad, la mujer se declaró asidua a las novelas de misterio e intriga, especialmente las de detectives, nombrando no sé cuántos bestsellers que de ese cariz copaban aquella temporada los primeros puestos de las estanterías donde se exhiben los libros que hay que comprar (sitios a los que aún algunos los siguen llamando librerías), siempre de acuerdo a los intereses de las editoriales. No es que fuese asidua, es que no leía otra cosa. Nunca se había aproximado al Quijote y a ningún otro clásico: algunos recordaba por haberlos leído en el instituto, mucho tiempo atrás. Para ella, y mucho me temo que sea así para una inmensa mayoría de los pergeños habidos en lectores de metro o cercanías, lo que importa es leer basura y declarar con ello que uno es muy leído. 

Si cada año se editan cientos de miles de títulos es porque la literatura actual se usa, consume y olvida. Ese autor busca entretenimiento, no la belleza de la frase, de la expresión, tampoco el tono adecuado o la estructura precisa. Es resultado de algo que, en los tiempos previos a la II Guerra Mundial, la que todo lo cambió con aquello de la sociedad de consumo, no existía salvo en Hollywood: la banalización de la cultura y la fascinación por el espectáculo. Los autores piensan en vender antes que en escribir algo con calidad. Es una literatura detergente. Algunos de ellos ni siquiera se dan cuenta, porque se creen consagrados y opinan que las exigencias editoriales (las que pagan sus inmensos emolumentos) no les afecta: son los casos de Arturo Pérez Reverte o Almudena Grandes, por poner dos ejemplos patrios. Y en el caso de la maldición de las novelitas de vampiros enamorados, magos del truño o detectives nórdicos, las obras no tienen ni buscan tener consciencia sobre la importancia de la literatura como hacedora de belleza y salvadora de vidas. Pero no importan en este discurso tanto los autores como los usuarios, los que devoran esa literatura basura. No son lectores concienzudos y aplican la misma relajación a la hora de convertir en millonario a su "influencer" o "youtuber” favorito, basura audiovisual fundamentada en lo gracioso que es ver a otro depilarse el sobaco o eructar. La literatura basura, como toda basura, no hace lectores: los deforma. Dificilmente se acercarán estos lectores a Dostoievsky o a Nabokov, mucho menos encontrarán atractivo alguno en escuchar Radio Clásica o leer siquiera dos páginas de El Quijote. Si Cervantes viviese en este siglo XXI tan controvertido, seguramente narraría las aventuras de un prejubilado que pierde la mollera con lo que descubre en la tele o en internet. Leer mala literatura es como lo mismo que comer comida basura. Puede matar, y mata. Es lo que sucede con los vampiros de S. Meyer, las sombras de E.L. James, las chicas con trenes de Hawkins, las distancias terráqueo-celestes de Federico Moccia, o los códigos de Dan Brown… Incluso muchos Premio Planeta aceptan este etiquetado. Asesinos con palabras, no pistolas.

Este es un debate delicado porque parece que uno está obligado a defender la lectura por encima de todas las cosas, pero es algo en lo que no creo: a mí me importa un carajo que la gente abra un libro o que no abra ninguno. En realidad es muy fácil ser culto: basta con el Quijote para ser considerado un lector exquisito y cultivado. Por eso meto en el mismo cesto a los lectores de la literatura basura y a quienes no leen nada o solo leen el As o el Mundo Deportivo. Obviamente, cuanto más lea usted, bajo la condición de que no sea algo catalogable a los cuentos para niños, mejor: más cultura y conocimiento y aprovechamiento tendrá en sus días. Menciono lo de los cuentos para niños pese a que hay autores para niños que dirigen estupendamente hacia el mundo de la buena literatura (caso de Roald Dahl) y otros que conducen a los videojuegos. No hace tanto, muchos infantes y jóvenes y no tan jóvenes de todo el mundo se unieron intercontinentalmente para devorar con pasión embriagadora los libros pergeñados por la Rowling en sus sucesivos jarripoter, haciéndola con ello inmensamente rica y a sus fanáticos unos perfectos idiotas: de la magia golfa de la inglesa uno se pasa primero a Stephen King y luego al Marca o al Sálvame, nunca se asciende a Calderón o Shakespeare o siquiera a un melifluo bipolar como Pérez Reverte, porque mucho se empeña Pérez Reverte en ser el más exitoso autor de nuestros tiempos y eso le lleva a escribir como cocina MacDonald's sus hamburguesas, salvo excepciones (cabe mencionarlo). 

EL QUIJOTE FUE ESCRITO POR CERVANTES: CONVIENE RECORDARLO

A lo que íbamos: el Quijote no cautiva a los lectores del siglo XXI, sean estos jóvenes (a quienes se supone unos lerdos de cuidado hasta que un mecanismo interno se activa) o mayores. En parte porque apenas queda ya nadie sobre la faz de la Tierra que sea capaz de concebir lo que supuso la vida del autor para su trayectoria personal y cuales son las diferencias asombrosas que observaría en el mundo de hoy. 

Cervantes fue un lector impenitente (qué extraordinaria palabreja esta: aunque yo prefiero contumaz) y un incansable viajero en una época en la que los tour operadores aún no se habían inventado y las ciudades no eran tractoras de turismo. Tampoco había hoteles de lujo al alcance de cualquiera, ni aviones que por el precio de una bandeja de gambones te llevan a cualquier lugar del globo (en el mundo está pasando lo mismo que en la literatura: el turismo es ya solo un conjunto de basura bien etiquetada y de aspecto lustroso, convertido definitivamente en negocio todo aquello que otros han dictado que se tiene forzosamente que ver a riesgo de no ser nadie). Del mucho leer y el considerable viajar, Cervantes supo plasmar en sus obras las propias consideraciones acerca de la literatura de su época. Unas veces desde dentro y otras desde fuera: empleaba para tal fin lo mismo los prólogos a sus escritos que la boca de sus personajes. Y, no lo olvidemos, Cervantes fue protagonista y testigo (ambos) de los años que discurrieron entre el siglo XVI y el XVII, conocidos como Siglo de Oro de la literatura española, la más desarrollada por aquel tiempo en toda Europa.

Si en el Lazarillo de Tormes se produce la conversión del género novelístico, al trazar en una serie de anécdotas curiosas y divertidas el proceso vital del pobre Lázaro, en el Quijote la novela moderna nace y muere en sí misma. Se podría uno ahorrar todas las novelas escritas desde entonces porque el género quedaría perfectamente definido y completado con la sola obra de Cervantes. Y esta es justamente la tesis que quiero aquí abordar. Lo siento por el Lazarillo, que me encanta, pero... Démosle a Dios lo que es de Dios, y al César lo restante.

Cervantes es uno de los autores lingüísticamente más brillantes que hayan escrito en castellano. Los matices lingüísticos del Quijote son intraducibles. Marcel Bataillon, francés él, afirmaba que el estilo cervantino contiene la elegancia de Boccacio (autor del Decamerón), la ironía de Ariosto (poeta y autor de Orlando el Furioso) y la sobriedad de la mejor tradición castellana. Algo habría de tener para soportar la fama inmortal que profesa. Tenga usted en cuenta que, por disfrutar al máximo del Quijote y miles de otras buenas razones por el estilo, Freud aprendió castellano. Y aunque usted no lo sepa, la repercusión de Cervantes en la cultura popular ha sido notable, hasta el punto de que muchos refranes y expresiones —creer a pies juntillas, andar con pies de plomo, quien canta sus males espanta, a quien madruga Dios le ayuda, valer un potosí— se conocen porque los usó Cervantes. Pero aún hay más elogio para la brillantez de don Miguel. Cervantes hace hablar a todos: nobles, campesinos, criminales, barberos y prostitutas, y a cada uno con su propio léxico. Si tomamos como referencia a Don Quijote y Sancho Panza, el primero está todo el tiempo pensando no sólo en libros, sino confrontando el español medieval con el moderno (siendo el habla vulgar del escudero Sancho el más afín al aparentemente correcto o exquisito de la lengua del siglo XVI). De ese modo Cervantes estaba planteando en su obra cumbre la muerte del español antiguo y el paso adelante asumido por el español moderno. Tan moderno era, que muchos autores contemporáneos se han adjudicado lo que el siguiente pasaje desvela (de la magnífica capacidad inventiva de don Miguel).

Capítulo XXV

Maravillado estoy, señora, y no sin mucha causa, de que una mujer tan principal, tan hermosa y tan rica como vuestra merced se haya enamorado de un hombre tan soez, tan bajo y tan idiota como fulano, habiendo en esta casa tantos maestros, tantos presentados y tantos teólogos, en quien vuestra merced pudiera escoger como entre peras, y decir: Este quiero, aqueste no quiero». Mas ella le respondió con mucho donaire y desenvoltura: «Vuestra merced, señor mío, está muy engañado y piensa muy a lo antiguo, si piensa que yo he escogido mal en fulano por idiota que le parece; pues para lo que yo le quiero, tanta filosofía sabe y más que Aristóteles

EL QUIJOTE LO PROTAGONIZAN DOS PERSONAJES

Todo el Quijote es una enjundiosa conversación entre los dos personajes principales, que viajan por los pueblos y disfrutan del paisaje que su creador ideó con todo lujo de detalles. Cervantes se sirve de su obra para aportar información sobre el mundo que le tocó vivir: una España popular y humilde, que él conoció muy bien. No en vano, trabajó como procurador y recaudador de impuestos, viajando por todo el país. Con sus deliciosas y agudas descripciones de la sociedad, de sus ventas, de sus viajeros, de la vida cortesana, delata su gusto por la gente sencilla, por el pueblo y al hacer de ellos tema novelable consigue otorgar un rasgo de modernidad a su grandioso Quijote.

Aún más. Caballero y escudero, a lo largo de las páginas, aprenden y evolucionan. Al igual que nosotros, los lectores, Sancho y don Quijote ríen y lloran; sienten profundas emociones y tienen muchos defectos; son idealistas y soñadores, pero constantemente la cruda realidad se les impone. Cada uno es de una forma de ser muy distinta y a la vez su visión de sí mismo difiere de la de su compañero y también de la del lector. Piénsese que los personajes planos, sin crecimiento personal, era lo habitual en las historias que leían los lectores de 1605: por eso en su momento no se entendió del todo la obra. Los lectores del siglo XXI vemos hasta necesaria esa evolución de los personajes, porque corresponde más con nuestra visión de la personalidad humana (al menos es lo que pensamos quienes no leemos basurilla tipo bestsellers con sus sectas secretas y amores masoquistas). Este es precisamente uno de los aspectos más innovadores y atractivos de la obra cervantina. El autor del Quijote consiguió mostrar una relación entre ambos personajes verosímil, compleja y magistralmente desarrollada como nunca antes se había presentado. Una amistad sin paliativos y sin antecedente previo en la literatura.

EL NARRADOR DEL QUIJOTE, UNA GENIALIDAD DE CERVANTES

En los primeros capítulos de la segunda parte se narra cómo don Quijote, tras un mes de convalecencia, parece recobrar el juicio. El cura, y poco después Sancho, vuelven a hablarle de correrías de caballeros y parece que se prepara una tercera salida. Entonces entra en escena el bachiller Sansón Carrasco, recién llegado de Salamanca, que promete dar todo su apoyo a esa nueva salida: "Encargó don Quijote al bachiller la tuviese secreta, especialmente al cura y a maese Nicolás, y a su sobrina y al ama porque no estorbasen su honrada y valerosa determinación. Todo lo prometió Carrasco". Esta promesa se rompe inmediatamente, dato que se le esconde al lector. Cervantes engaña al lector con premeditación y alevosía, algo desconocido (e inadmisible, amén de inaudito) en toda la literatura anterior. La filosofía de Alonso López Pinciano, contemporáneo de Cervantes, a quien este leyó, decía: El poeta no se obliga a escribir verdad, sino verosimilitud, quiero decir posibilidad en la obra. Cervantes se dejó llevar por lo verosímil, aunque fuera imposible. Para ello utilizó a un narrador que retiene y oculta información aun a sabiendas de que es capital para que el lector se pueda formar un juicio adecuado acerca de los acontecimientos del relato. Estamos pues ante un narrador del que uno no se puede fiar: el primer narrador infidente de la historia.

Decía Aristóteles que la ficción es la imitación de la naturaleza mediante palabras. Hoy en día añadiríamos las imágenes y los sonidos. Imitación se decía en latín imitatio, en griego mímesis. Todo lo que se crea en la ficción no tiene existencia operativa: de hecho, un personaje ficticio no se pasea por la calle. Ficción es el componente ineludible de toda obra literaria, norma básica señalada por el filósofo griego antes mencionado en su Poética (cap. IX, 1451b):

No corresponde al poeta decir lo que ha sucedido, sino lo que podría suceder, esto es, lo posible según la verosimilitud o la necesidad. En efecto, el historiador y el poeta no se diferencian por decir las cosas en verso o en prosa [...] la diferencia está en que uno dice lo que ha sucedido, y el otro, lo que podría suceder. Por eso también la poesía es más filosófica y elevada que la historia, pues la poesía dice más bien lo general y la historia, lo particular.

Por tanto, una obra literaria es una imitación de lo real como interpretación del hombre y del mundo basándose en la invención, a través de una elaboración estética. Ese mundo tiene que ser posible y, como también puso de manifiesto Aristóteles (cap. XXIV):

Es preferible lo imposible verosímil a lo posible increíble ("poco probable").

En El Quijote hay numerosos casos de acción imposible, por ejemplo que alguien se tome en serio a un loco y al mismo tiempo quiera pelearse con él, que es el caso del vizcaíno. Sin embargo, lo que sucede en la narración es verosímil: el vizcaíno, que es otro loco, ha de reaccionar de la manera descrita por Cervantes, para regocijo de Aristóteles (por cierto, en Grecia la literatura no tenía nombre y se denominaba "el arte que imita con palabras").

Esta relación de la ficción con el realismo literario es la base de la novela, que es el género narrativo por excelencia. En una narración siempre hay una historia contada por alguien, el narrador, que es el intermediario entre la historia y el público receptor, incluso si uno de los personajes se convierte en narrador. Y no conviene olvidar que tanto narrador como historia pertenecen a la ficción. La teoría narratológica distingue entre historia (trama o fábula, es decir, los hechos que se nos relatan dispuestos en su sucesión cronológica y lógica) y discurso (narración o argumento, la presentación de esos mismos hechos en una obra concreta). Aristóteles llamaba fábula a la "composición de los hechos" (cap. VI). No sé por qué hago tanta mención del maestro de Alejandro Magno, pero queda muy bien hilvanarlas cosas.

Este punto al que hemos arribado tan arduamente es importante porque conviene tener muy en cuenta que, con el Quijote, Cervantes se vuelve un magnífico fingidor a la hora de elaborar el discurso, la presentación de los hechos, dando lugar a confusión y a interpretaciones erróneas de la trama. 

El narrador del Quijote no es lo que parece. Pero cumple con lo de ser un personaje (de ficción) que cuenta una historia y formaliza un discurso. De ella depende también la forma que tenemos de entenderla, que está supeditada a la forma. La formalización de la fábula por el narrador hará que la entendamos de un modo u otro. El narrador nos va a influir inevitablemente. En el caso del Quijote, que pertenece al Barroco, el narrador es algo muy complejo. De hecho, es omnisciente (lo sabe todo, pero finge no saber), es heterodiegético (no forma parte de la historia que cuenta, aunque en ocasiones sí formará, como sucede en los capítulos VIII y IX) y dispone de varias competencias: semiológica (comunica a los lectores lo que sabe, y lo hace de un modo complejo de manera deliberada, esto es, porque así lo quiere), transductora (transforma aquelo que transmite por el mero hecho de comunicarlo, cosa inevitable en todo acto de comunicación humana) y cognoscitiva (se supone que sabe lo que cuenta). Detengámonos un momento en esto último y establezcamos que en toda novela el narrador puede saber más que los personajes (no existen secretos para el narrador dentro del mundo narrado por ser omnisciente), o puede saber lo mismo que sus personajes (narrador equisciente) e incluso menos al poseer menos información que cualquier personaje (narrador deficiente). Pues bien, en El Quijote el narrador se establece en cualquiera de los tres niveles, lo que genera al lector una ambigüedad tremenda. Finge no saber, pero tampoco sabemos hasta dónde sabe o hasta dónde no sabe, ni qué pretende con ello. Cervantes se inventó a un narrador gallego del que no se puede saber si va o viene.

Lo de heterodiegético mola, que dicen ahora, ¿verdad? La diégesis es una palabra que deriva del griego διήγησις (relato, exposición, explicación), y que significa tanto el mundo (ficticio) en que las situaciones y eventos narrados ocurren, como el hecho de contar, rememorar, en oposición a mostrar. Un narrador homodiegético es el que forma parte de la historia (suele aparecer en primera persona): este es el favorito de Javier Marías, por ejemplo, y uno de los más arriesgados porque no son pocas las ocasiones en que este tipo de novela se parece más al relato o cuento porque el narrador impide el desarrollo de los personajes (cosa que sucede en toda la obra de Javier Marías, por ejemplo). El narrador heterodiegético no forma parte de la historia que está contando y es el más habitual, porque narra en tercera persona. Y finalmente queda el narrador autodiegético, uno que cuenta su propia historia, como el homodiegético, pero que se dirige continuamente al lector buscando su complicidad (suele narrar en segunda persona).

El Quijote acoge los tres tipos de narrador. Es heterodiegético, pero en los capítulos VIII y IX es momentáneamente homodiegético y en todas las ocasiones que se dirige al lector se vuelve autodiegético. Como cualquier otra novela, el Quijote es estructura de acuerdo a un nivel extradiegético en el que se encuentra el narrador o narradores, y dentro de este hay un nivel intradiégetico, que es donde actúan los personajes. Si quiere entenderlo bien, imagine unas cajas que engloban unas a otras, como las matriuskas rusas. La caja exterior englobaría al autor real, don Miguel de Cervantes, y dentro de ella habría otra caja que es El Quijote, y dentro de El Quijote hay un manuscrito en árabe, y dentro del manuscrito se encuentra la caja del traductor morisco, y por último hay otra caja más que es donde los personajes ejecutan sus acciones y diálogos.  Y si no les basta con ello o esta complejidad les ha dejado completamente absortos, hay que añadir que el narrador de la primera parte, de los capítulos I a VIII, no es el mismo que el de los capítulos siguientes.

Por simplificar y esquematizar, en la primera parte de El Quijote hay cuatro narradores:

  1. El narrador anónimo de los capítulos I a VIII. No se presenta al lector.
  2. Un cronista árabe, Cide Hamete Benengeli.
  3. Un morisco aljamiado que traduce el texto de Cide Hamete Benengeli.
  4. El supuesto autor, que se presenta en primera persona y que es quien compra el manuscrito en árabe en el Alcaná de Toledo, busca a un traductor al que paga para que lo traduzca y el texto resulta ser la segunda parte de El Quijote. La primera parte es conocida por este narrador porque la ha leído y no la ha escrito él (por tanto, se trata de otro narrador). Y para más inri, Cervantes firma la segunda a causa del Quijote de Avellaneda, donde se degradan cruelmente a don Quijote y a Sancho y por tanto al propio Cervantes.



Y aquí no acaba la cosa. Todos estos autores se glosan y comentan unos a otros, cuestionando la veracidad de aquello que cuentan: el traductor (y transductor) duda del cronista árabe, y "el narrador" (el segundo autor) duda de aquello que ha traducido el traductor. El Quijote es como un mosaico de una divertida complejidad de voces con el que Cervantes disimula su participación en aquello que se cuenta. A esto se añaden otros narradores, como los académicos de Argamasilla de Alba (que no deja de ser otra parodia, esta vez a los círculos de eruditos, que tenían sus sedes en ciudades importantes, no en pueblos como Argamasilla): sus poemas paródicos aparecen en una ermita dentro de una caja de plomo (capítulo 52, 1ª parte).

Con esta multiplicidad de voces, donde unas se contradicen a otras, o unas se expresan en unos términos incompatibles con lo dicho por otras, la verdad objetiva es inasible para el lector. Cervantes, cual trilero, maneja los cubiletes sin que en ningún momento sepamos dónde se esconde el garbanzo. Todo se ve de manera múltiple a través del entendimiento de múltiples personas, porque lo que vea una sola es inservible, insuficiente. Sin embargo, lo más irónico es que hay una sola persona detrás de todo, porque El Quijote lo ha escrito uno solo, Miguel de Cervantes.

Con este continuo fingimiento Cervantes nos engaña deliberadamente, casi por divertirse, como si se estuviera riendo de los lectores.

Primera parte. Prólogo

Solo quisiera dártela monda y desnuda [esta historia], sin el ornato de prólogo, ni de la inumerabilidad y catálogo de los acostumbrados sonetos, epigramas y elogios que al principio de los libros suelen ponerse. Porque te sé decir que, aunque me costó algún trabajo componerla, ninguno tuve por mayor que hacer esta prefación que vas leyendo. Muchas veces tomé la pluma para escribille, y muchas la dejé, por no saber lo que escribiría; y estando una suspenso, con el papel delante, la pluma en la oreja, el codo en el bufete y la mano en la mejilla, pensando lo que diría, entró a deshora un amigo mío, gracioso y bien entendido, el cual, viéndome tan imaginativo, me preguntó la causa, y, no encubriéndosela yo, le dije que pensaba en el prólogo que había de hacer a la historia de don Quijote, y que me tenía de suerte que ni quería hacerle, ni menos sacar a luz las hazañas de tan noble caballero.

Pero vamos a ver. ¿A quién quiere engañar Cervantes diciendo que no sabe escribir un prólogo, si ya había escrito La Galatea y era un reputado escritor? Aprovecha a burlarse de la acostumbrada norma barroca y renacentista de tener patrocinadores y poetas que alabasen la obra. A sugerencia de ese amigo suyo anónimo (desdoblamiento del narrador, otro personaje ficticio), se inventará él mismo los poemas, los personajes y las citas de autores clásicos.

Capítulo I

Quieren decir que tenía el sobrenombre de «Quijada», o «Quesada», que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben, aunque por conjeturas verisímiles se deja entender que se llamaba «Quijana». Pero esto importa poco a nuestro cuento: basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad.

El cinismo es absoluto: el narrador lo sabe todo, porque es el artífice de la historia, y finge no saber el nombre del protagonista. Para más burla, insiste en que ese dato no importa y que la historia no se saldrá de la verdad.

Otro de los más llamativos juegos de engaño del narrador está al final del Capítulo VIII:

Capítulo VIII 

Venía, pues, como se ha dicho, don Quijote contra el cauto vizcaíno con la espada en alto, con determinación de abrirle por medio, y el vizcaíno le aguardaba ansimesmo levantada la espada y aforrado con su almohada, y todos los circunstantes estaban temerosos y colgados de lo que había de suceder de aquellos tamaños golpes con que se amenazaban; y la señora del coche y las demás criadas suyas estaban haciendo mil votos y ofrecimientos a todas las imágenes y casas de devoción de España, porque Dios librase a su escudero y a ellas de aquel tan grande peligro en que se hallaban.

Pero está el daño de todo esto que en este punto y término deja pendiente el autor desta historia esta batalla, disculpándose que no halló más escrito destas hazañas de don Quijote, de las que deja referidas. Bien es verdad que el segundo autor desta obra no quiso creer que tan curiosa historia estuviese entregada a las leyes del olvido, ni que hubiesen sido tan poco curiosos los ingenios de la Mancha, que no tuviesen en sus archivos o en sus escritorios algunos papeles que deste famoso caballero tratasen; y así, con esta imaginación, no se desesperó de hallar el fin desta apacible historia, el cual, siéndole el cielo favorable, le halló del modo que se contará en la segunda parte.

Cervantes hace como que no había nada más escrito, fingiendo no ser el autor. No sabemos quién trunca la historia, porque realmente no sabemos quién narra. Pero lo más importante aquí es la declaración expresa de la existencia de dos narradores o dos autores: el primero, que no es autor, porque lo que cuenta lo halló escrito, y el segundo, que tampoco, porque será el que halle el manuscrito árabe y pida que se lo traduzcan, en los capítulos siguientes.

Capítulo IX

 […] Digo, pues, que por estos y otros muchos respetos es digno nuestro gallardo Quijote de continuas y memorables alabanzas, y aun a mí no se me deben negar, por el trabajo y diligencia que puse en buscar el fin desta agradable historia; aunque bien sé que si el cielo, el caso y la fortuna no me ayudan, el mundo quedara falto y sin el pasatiempo y gusto que bien casi dos horas podrá tener el que con atención la leyere. Pasó, pues, el hallarla en esta manera:

Estando yo un día en el Alcaná de Toledo, llegó un muchacho a vender unos cartapacios y papeles viejos a un sedero; y como yo soy aficionado a leer aunque sean los papeles rotos de las calles, llevado desta mi natural inclinación tomé un cartapacio de los que el muchacho vendía y vile con caracteres que conocí ser arábigos. Y puesto que aunque los conocía no los sabía leer, anduve mirando si parecía por allí algún morisco aljamiado que los leyese, y no fue muy dificultoso hallar intérprete semejante, pues aunque le buscara de otra mejor y más antigua lengua le hallara. En fin, la suerte me deparó uno, que, diciéndole mi deseo y poniéndole el libro en las manos, le abrió por medio, y, leyendo un poco en él, se comenzó a reír.

Preguntéle yo que de qué se reía, y respondióme que de una cosa que tenía aquel libro escrita en el margen por anotación. Díjele que me la dijese, y él, sin dejar la risa, dijo:

—Está, como he dicho, aquí en el margen escrito esto: «Esta Dulcinea del Toboso, tantas veces en esta historia referida, dicen que tuvo la mejor mano para salar puercos que otra mujer de toda la Mancha».

Al margen de la mención a las dos horas de nada en que uno habría de entretenerse leyendo las páginas del Quijote, este ejemplo es extraordinario porque interviene el cronista árabe en la historia con una glosa (nota al margen) humorística. No deja de ser extraño que el historiador hubiera estado en Toledo, lo cual es imposible porque no había árabes, y que tuviese interés por los cerdos. El nombre de Cide Hamete Benengeli (Señor Hamid Berenjena) es ridículo y salta a la vista que todo es mentira. Pero el narrador sigue en ese tono lúdico, jugando con el lector:

Cuando yo oí decir «Dulcinea del Toboso», quedé atónito y suspenso, porque luego se me representó que aquellos cartapacios contenían la historia de don Quijote. Con esta imaginación, le di priesa que leyese el principio, y haciéndolo ansí, volviendo de improviso el arábigo en castellano, dijo que decía: Historia de don Quijote de la Mancha, escrita por Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo. Mucha discreción fue menester para disimular el contento que recebí cuando llegó a mis oídos el título del libro, y, salteándosele al sedero, compré al muchacho todos los papeles y cartapacios por medio real; que si él tuviera discreción y supiera lo que yo los deseaba, bien se pudiera prometer y llevar más de seis reales de la compra. Apartéme luego con el morisco por el claustro de la iglesia mayor, y roguéle me volviese aquellos cartapacios, todos los que trataban de don Quijote, en lengua castellana, sin quitarles ni añadirles nada, ofreciéndole la paga que él quisiese. Contentóse con dos arrobas de pasas y dos fanegas de trigo, y prometió de traducirlos bien y fielmente y con mucha brevedad. Pero yo, por facilitar más el negocio y por no dejar de la mano tan buen hallazgo, le truje a mi casa, donde en poco más de mes y medio la tradujo toda, del mesmo modo que aquí se refiere.

El narrador de esta parte o segundo autor se hace el sorprendido ("quedé atónito y suspenso"), como si se hubiese contado un chiste que no sabía. Todo ese afán por mantener la fidelidad de la información es una patraña.

Este fingimiento incluye numerosos recursos metanarrativos. Por ejemplo, Cervantes incluye un relato autobiográfico camuflado en la historia que cuenta un personaje, el cautivo de Argel (Primera parte, capítulos XXXIX-XLI):

Pusiéronme una cadena, más por señal de rescate que por guardarme con ella, y así pasaba la vida en aquel baño, con otros muchos caballeros y gente principal, señalados y tenidos por de rescate. Y aunque la hambre y desnudez pudiera fatigarnos a veces, y aun casi siempre, ninguna cosa nos fatigaba tanto como oír y ver a cada paso las jamás vistas ni oídas crueldades que mi amo usaba con los cristianos. Cada día ahorcaba el suyo, empalaba a este, desorejaba aquel, y esto, por tan poca ocasión, y tan sin ella, que los turcos conocían que lo hacía no más de por hacerlo y por ser natural condición suya ser homicida de todo el género humano. Solo libró bien con él un soldado español llamado tal de Saavedra, el cual, con haber hecho cosas que quedarán en la memoria de aquellas gentes por muchos años, y todas por alcanzar libertad, jamás le dio palo, ni se lo mandó dar, ni le dijo mala palabra; y por la menor cosa de muchas que hizo temíamos todos que había de ser empalado, y así lo temió él más de una vez; y si no fuera porque el tiempo no da lugar, yo dijera ahora algo de lo que este soldado hizo, que fuera parte para entreteneros y admiraros harto mejor que con el cuento de mi historia.

En el Capítulo LII, al final de la Primera Parte de El Quijote (1605), se recurre de nuevo a la metanarración al incluirse otro "manuscrito encontrado", unos pergaminos con poesías que trataban de los personajes de la novela. El autor, que sería por tanto editor de los manuscritos recopilados y traducidos, se sigue riendo de todo al pedir que le demos "el mismo crédito que suelen dar los discretos a los libros de caballerías", o sea, ninguno.

Capítulo LII

Pero el autor desta historia, puesto que con curiosidad y diligencia ha buscado los hechos que don Quijote hizo en su tercera salida, no ha podido hallar noticia de ellas, a lo menos por escrituras auténticas: solo la fama ha guardado, en las memorias de la Mancha, que don Quijote la tercera vez que salió de su casa fue a Zaragoza, donde se halló en unas famosas justas que en aquella ciudad se hicieron, y allí le pasaron cosas dignas de su valor y buen entendimiento. Ni de su fin y acabamiento pudo alcanzar cosa alguna, ni la alcanzara ni supiera si la buena suerte no le deparara un antiguo médico que tenía en su poder una caja de plomo, que, según él dijo, se había hallado en los cimientos derribados de una antigua ermita que se renovaba; en la cual caja se habían hallado unos pergaminos escritos con letras góticas, pero en versos castellanos, que contenían muchas de sus hazañas y daban noticia de la hermosura de Dulcinea del Toboso, de la figura de Rocinante, de la fidelidad de Sancho Panza y de la sepultura del mesmo don Quijote, con diferentes epitafios y elogios de su vida y costumbres.

Y los que se pudieron leer y sacar en limpio fueron los que aquí pone el fidedigno autor desta nueva y jamás vista historia. El cual autor no pide a los que la leyeren, en premio del inmenso trabajo que le costó inquerir y buscar todos los archivos manchegos por sacarla a luz, sino que le den el mesmo crédito que suelen dar los discretos a los libros de caballerías, que tan validos andan en el mundo, que con esto se tendrá por bien pagado y satisfecho y se animará a sacar y buscar otras, si no tan verdaderas, a lo menos de tanta invención y pasatiempo.

EL QUIJOTE AGOTA TODAS LAS POSIBILIDADES DE LA NOVELA

Pero avancemos. Hasta el grandioso momento histórico de la concepción del Quijote, la novela tuvo que basarse en "realidades" históricas —las novelas de caballerías, por ejemplo— para poder mantener cierta hegemonía literaria, porque se rechazaba la mentira, se consideraba a la imaginación como dañina al convertir lo real y hermoso en algo feo. Además, existía un pacto tácito entre narrador y lector de absoluta confianza y dotado de una solidez fuera de toda duda. Cervantes con esta audacia se cargó ese pacto, un pacto que solo podría prosperar en nuestros tiempos, no en los de su época. De hecho esta táctica-técnica literaria no progresó hasta mucho tiempo después, algo que aprovechó la crítica angloamericana para afirmar que fue Henry James su creador, lo cual es a todas luces mentira. Autores como Borges han utilizado este tipo de narrador en algunos de sus cuentos, por ejemplo en "La forma de la espada", y también Agatha Christie en una novela que levantó bastante revuelo: "El asesinato de Roger Ackroyed". Este narrador le viene fenomenal a la novela policial, ya que jugar al despiste con la información es la base del género.

Durante el renacimiento se pusieron de moda las paradojas literarias y Cervantes, consciente de sus posibilidades, supo aprovechar esa figura literaria y la incluyó de diferentes formas. El Quijote está lleno de paradojas y es una paradoja en sí mismo: los personajes de la novela discuten el libro en que figuran y se espantan ante la capacidad del narrador de incluir cosas que dijeron a solas; el prólogo a la primera parte, el más original de la literatura española, tiene como tema la escritura de un prólogo. Lo realmente curioso es que Cervantes no consideró al Quijote su mayor obra mayor y, sin embargo, es la más grande de todas las obras jamás escritas, con permiso de Shakespeare (que escribió demasiado y magistralmente, pero no en novela). Cervantes siempre quiso escribir una obra sencilla, pero legó la más compleja de toda. Don Quijote es el colmo del realismo, como afirmaba Eisenberg.

La obra de Cervantes es vasta, de gran calado y abarca todos los géneros literarios. Pero es el Quijote, como afirma Francisco Ayala, la que inaugura la novela moderna y la agota al mismo tiempo al explotar de una vez todas sus posibilidades. Su impronta le hace merecedor por derecho propio de estar en el canon literario. Los contemporáneos de Cervantes le veían como a un autor humorístico, pero a partir de sus "Novelas ejemplares" se le pasó a calificar de honra y lustre de nuestra nación, admiración y envidia de las extrañas. Desde ese momento Cervantes fue consciente de su valor en la historia como escritor. A Alonso Quijano se le metió en la cabeza hacerse caballero andante como lo eran los héroes de sus libros favoritos. Le obsesionaba tanto la idea de ser un personaje famoso que dedicó todos sus esfuerzos a la búsqueda de esa inmortalidad. Cervantes busca la suya con la magistral novela. Si detrás de cualquier ficción están las cuestiones que preocuparon al autor en el momento de su concepción literaria, hemos de admitir que Cervantes comenzaba a saborear la gloria que ofrecía el noble arte literario y a darse cuenta de que resiste bien el paso del tiempo. Por eso su Quijote, porque era la mejor manera de sobrevivir por los siglos de los siglos y no ser olvidado.

LAS DOS PARTES TAN DIFERENTES DEL QUIJOTE

Mucho venimos hablando indistintamente de las dos partes en que se escribió El Quijote. Pareciera que ambas son homogéneas y coherentes entre sí, pero nada más lejos de la realidad. 

Fijémonos en los títulos de las dos partes:

  • Parte I. El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. 
  • Parte II. El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha. 

Don Quijote es armado caballero (de esas maneras alocadas) en el capítulo 6 de la Parte I, y el autor es consecuente con ello. Pero hay muchas y muy interesantes diferencias entre ambas piezas. Tantas son que no son pocos los que piensan que Cervantes no fue el autor de ambas partes (tal vez de ninguna). Pero claro, gente de esta calaña hay en la sombra dejada por cualquier genio.

Cervantes presenta a un personaje cuya característica principal es la pérdida de la razón debido a su desmesurada afición por la lectura de libros de caballería. Sin embargo, el grado de locura que padece es variable a lo largo de toda la novela. Es una locura, como bien es sabido, basada tanto en creer que todo lo narrado en los libros de caballería es verdad histórica y fiel narración de lo ocurrido, como que en el siglo XVII era posible resucitar la vida caballeresca descrita antaño en los libros de caballería, así como mantener con pureza esos ideales medievales de justicia y equidad.

Don Quijote sólo desvaría en aquello que se refiere a su obsesión, pero es perfectamente cuerdo en las demás circunstancias. Esta situación es fundamental para la novela: permite que don Quijote sea un personaje complejo, repleto de matices, que alterna locura y cordura según el momento, cuando no mezclada en lo que se ha venido a llamar "locura entreverada" de Don Quijote. Así lo evidencia Cervantes en tres aventuras consecutivas: en la de los batanes (Parte I, cap. XX), no actúa como un caballero andante sino como un personaje contradictorio y humano (Sancho se burla de sus miedos, por ejemplo); en la del yelmo de Mambrino (Parte I, cap. XXI) Don Quijote recupera su papel caballeresco; pero en la de los galeotes (Parte I, cap. XXII) su actuación es mucho más ambigua. La estructura se complica porque el caballero no responde siempre a un mismo comportamiento sino que va evolucionando a lo largo de la novela. 

Por lo general, en la primera parte Don Quijote evoluciona adecuando la realidad a su locura (molinos en gigantes, ventas en castillos, prostitutas en damas de la corte), pero en la segunda parte son los demás quienes, advertidos de la locura del héroe, le transforman la realidad que percibe (castillos de verdad, duques de verdad, caballeros disfrazados). Es algo que ya se cuece en la primera parte, en el episodio de Sierra Morena, donde don Quijote es engañado por otros personajes (el cura, el barbero, Dorotea) con la ficción caballeresca de la princesa Micomicona. Es en estas más conocidas y célebres aventuras de la primera parte del Quijote donde el caballero recibe más palos, mientras que en la segunda parte hay mayor escasez, obtiene alguna que otra victoria, pero recibe burlas mucho más extensas por parte del resto de personajes. 

En los primeros capítulos de la segunda parte, antes de iniciar su segunda salida, parece que el buen hidalgo ha recuperado el uso de la razón y se comporta con toda la corrección posible, excepto cuando se toca el tema de la caballería que lo transforma de nuevo en don Quijote. Pero hay una diferencia con respecto a la locura de la primera parte. Antes, don Quijote confundía los molinos con gigantes y los rebaños de ovejas con ejércitos. Ahora, en cambio, su locura ya no le transforma la realidad: es la realidad, en todo caso, la que se ha vuelto loca y multiplica, fuera del tiempo histórica a los caballeros.

De manera parecida sucede con el engaño de Sancho respecto a Dulcinea. Cuando amo y sirviente, el día que comienzan la tercera salida, van al Toboso para ver a Dulcinea, Sancho para salir del embrollo en que se encuentra, presenta a tres campesinas que vienen de camino a caballo de unos asnos como si se trataran de la princesa Dulcinea y sus dos damas de honor. El pobre Quijote ya no confunde la realidad y ve sólo lo que hay "Yo no veo, Sancho,… sino a tres labradoras sobre tres borricos". Los encantamientos de la primera parte ya no cuentan. La única locura es la del ideal caballeresco, y a la realidad se la ve tal como es.

La novedad más relevante de la segunda salida de Don Quijote (Parte I, cap. VII) es la presencia de Sancho Panza, un "hombre bueno pero con muy poca sal en la mollera", quien se convertirá en el más perfecto y eterno acompañante de Don Quijote. A partir de ese instante, el procedimiento fundamental de la novela será el casi constante diálogo entre Don Quijote y su escudero, a través del cual profundiza en el mundo de estos dos personajes, estableciéndose un eficaz contraste entre la locura idealizadora del caballero y la sensatez elemental del criado. Sancho Panza, a diferencia de su señor, es un hombre realista y práctico que lo seguirá fielmente a pesar de que no entiende sus idealismos. Mientras Don Quijote se dedica a deshacer imaginarios entuertos en su camino, Sancho, sencillo y bonachón, tratará de disuadirle para que no se meta en complicaciones. Sancho Panza es un campesino, vecino de Alonso Quijano, rudo, elemental, de baja estatura, vulgar, comilón y fiel a su señor. Esta es la imagen que se tiene de Sancho Panza, pero a lo largo de la obra pasa de ser un buen hombre, un tanto simple, a la extraordinaria figura realista, llena de gracia e ingenio, que se va construyendo poco a poco. A lo largo de la historia, Sancho se va amoldando a su señor y se va pareciendo más a él, se va contagiando del ingenio y locura de su amo. Sancho está cambiando hacia un tipo de hombre más fino, algo que también se ve en su lenguaje, pues siempre está llamando a don Quijote “Vuestra merced”, y parece que de alguna manera Sancho está adoptando características más suaves y nobles. Es lo que se ha llamado la "quijotización" de Sancho. 

Ya vimos que uno de los aciertos más reconocidos en El Quijote es la viveza del diálogo entre hidalgo y escudero. Cada uno de los personajes habla con un lenguaje peculiar. En ella también se establece la evolución de Sancho Panza, quien se mueve en un lenguaje claro y preciso, realista y concreto, siempre armado con un montón de refranes, frases hechas y expresiones populares. Sancho es, en apariencia, un analfabeto, un tipo que apenas sabe leer y escribir, pero que tiene muy enraizada la sabiduría del sentido común. No tiene mucha ambición, aunque siempre se cree que llegará a gobernar una ínsula, y resulta más bien un hombre simple y llano, pero lleno de astucia y sagacidad. 

LOS PLANTEAMIENTOS FILOSÓFICOS DEL QUIJOTE

Hay un trasfondo filosófico en El Quijote que el cervantista Américo Castro denominó realismo existencial: la conciencia de que la vida tal cual no basta, que necesita de la ficción para ser verdaderamente real. Don Quijote se lanza a vivir una ficción como si fuera la realidad, porque la vida, por sí misma, no lo es. De hecho, algunos (y digo algunos por no decir miles; un ejemplo tan solo son los 600 psiquiatras españoles que se reunieron en 2007 alrededor de un informe titulado "En torno a los diagnósticos psiquiátricos de Don Quijote": no les cuento más), algunos han llegado a decir que Don Quijote no está loco: está jugando. En la aventura de los rebaños de ovejas, por ejemplo, dice el texto: "Comenzó de alanceallas con tanto coraje y denuedo como si de veras alancease a sus verdaderos enemigos" (I, 18). Si realmente pensaba estar atacando a caballeros, la lanza debería apuntar demasiado alto para poder acometer a las ovejas. Pero, en el fondo, poco o nada importa si don Quijote está loco o son todos los demás los locos y él el único cuerdo; el caso es que Don Quijote vive la ficción como si se tratase de la realidad. De la locura de Don Quijote nos ocuparemos un poco más adelante, tenga paciencia: pero vayamos ahora con un asunto de lo más interesante.

En un país encanallado por la Inquisición, paranoide e implacable perseguidora de cualquier heterodoxia religiosa, con vecinos denunciándose unos a otros para despejar las sospechas en torno a sí mismos, Don Quijote es pura bondad. Nótese. Nada más ser armado caballero, tropieza con Andrés, un muchacho a quien su amo está azotando con una correa por haberse descuidado al vigilar el rebaño. Inmediatamente lo desata y obliga al labrador a pagarle el salario que le adeuda. En cuanto creyendo haber "desfecho el entuerto" pica espuelas, el labrador vuelve a atar a Andrés y reanuda la paliza, esta vez con más saña. Esta ingenuidad de don Quijote hace despuntar en sus buenas intenciones efectos verdaderamente perversos, pero queda claro con quién están las simpatías del narrador y del lector: don Quijote actúa con justicia; lo que falla no es su conducta, sino un mundo en el que una conducta tan virtuosa tiene consecuencias dañinas. Toda la vida de don Quijote, desde que es armado caballero, consiste en empeñarse en promulgar los ideales de belleza y de justicia –la verdadera realidad, aunque no la realidad de la vida– a la vida.

El resultado es dispar. Don Quijote obtiene derrota tras derrota, paliza tras paliza, cuando no siembra, como en el caso de Andrés, la desgracia sobre aquellos a quienes pretende ayudar. Para Sancho Panza, empero, don Quijote es un soplo de libertad: empieza la novela advirtiendo al caballero contra todas sus aventuras y la termina inventando él mismo las aventuras –como en el episodio de Clavileño–, e incluso, una vez que don Quijote es derrotado por el Caballero de la Blanca Luna y jura apartarse de la caballería por un año, abraza con más entusiasmo que su amo el proyecto de una vida pastoril en la que se llamarán Quijótiz y Pancino, respectivamente. El principal efecto de Don Quijote en sí mismo y en quien le sigue, como Sancho, es la felicidad: vivir la vida siendo caballero andante y escudero, una vida más justa y bella de lo que es; no vivir como hidalgo pobre y humilde labrador. La ficción en el Quijote permite ensanchar la mirada, imaginar realidades mejores y más felices para que la realidad, y nosotros con ella, termine siendo mejor y más feliz.

Desdibujados los límites que separan realidad de ficción, Cervantes parece preguntarse cómo la sociedad distingue tan firmemente una de la otra. La respuesta la sugiere –Cervantes nunca da respuestas– en el episodio del yelmo de Mambrino. En una aventura anterior, don Quijote se ha hecho con una bacía de barbero que, en su locura, confunde con el mágico yelmo de Mambrino. Tiempo después, en una venta, coincide con el barbero a quien en buena ley pertenecía; este, como es natural, reclama su bacía, a lo que don Quijote responde proponiendo ¡una votación! entre los allí presentes para dilucidar la cuestión. Como ya conocen a Don Quijote, deciden seguirle la corriente y todos otorgan que es yelmo y no bacía, para escándalo del barbero: "¿Que es posible que tanta gente honrada diga que esta no es bacía, sino yelmo? Cosa parece esta que puede poner en admiración a toda una universidad, por discreta que sea" (I, 45). Cervantes parece sugerir que, socialmente, poco importa lo que realmente sean las cosas, porque la sociedad es muy capaz de construir su propia realidad e imponerla tozudamente. Incluso cada uno es capaz de hacer lo mismo individualmente: para don Quijote es yelmo y no cabe duda al respecto, y justo al revés para el barbero. De este modo no existiría una verdad absoluta, sino tantas verdades como puntos de vista, y la verdad social se formaría por consenso, como hace Sancho acuñando la expresión "baciyelmo" para solucionar el asunto. 

Hay más trasfondos en El Quijote, por supuesto.  Esta novela sobre un lunático y su escudero dedica casi cien páginas al tema del buen gobierno, demostrando hasta qué punto la locura de don Quijote es moralmente superior a la cordura de la sociedad. En la segunda parte de la novela, los duques en cuyo palacio se hospedan los protagonistas se divierten inventando diferentes burlas para hacerles creer a Quijote y Sancho que viven nuevas aventuras caballerescas y, así, entretenerse con sus insólitas reacciones. Una de ellas es convertir a Sancho Panza en gobernador de la ínsula Barataria. Le conducen a un pueblo cercano y le hacen creer, con ayuda de algunos sirvientes, que es gobernador de un vasto y rico territorio. Antes de partir a su destino, Don Quijote le da algunos consejos para el buen gobierno de la ínsula señalando la importancia de la virtud sobre el linaje:

"Mira, Sancho: si tomas por medio a la virtud y te precias de hacer hechos virtuosos, no hay para qué tener envidia a los que padres y abuelos tienen príncipes y señores, porque la sangre se hereda y la virtud se aquista [‘se adquiere’], y la virtud vale por sí sola lo que la sangre no vale." (Parte II, cap. XLII)

También advierte contra la prevaricación:

"Nunca te guíes por la ley del encaje [‘no juzgues con arbitrariedad’] [y] hallen en ti más compasión las lágrimas del pobre, pero no más justicia que las informaciones [‘alegaciones’] del rico."

E incluso contra la corrupción:

"Si acaso doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de la dádiva [‘del soborno’], sino con el de la misericordia" .

El gobierno de Sancho resulta una broma cada vez más cruel, en la que, por ejemplo, el médico de la supuesta corte no le deja apenas comer con el pretexto de velar por su salud. El escudero aguanta lo que puede, pero después de salir a defender su ínsula de una fingida invasión y resultar molido en el combate, decide renunciar a su cargo y volver a su sencilla vida de labrador:

"Abrid camino, señores míos, y dejadme volver a mi antigua libertad: dejadme que vaya a buscar la vida pasada para que resucite de esta muerte presente. Yo no nací para ser gobernador ni para defender ínsulas ni ciudades de los enemigos que quisieren acometerlas […] Vuestras mercedes se queden con Dios y digan al duque mi señor que desnudo nací, desnudo me hallo: ni pierdo ni gano; quiero decir que sin blanca entré en este gobierno y sin ella salgo, bien al revés de cómo suelen salir los gobernadores de otras ínsulas" (Parte II, cap. LIII).

Finalmente, la integridad de Sancho consigue ganar el respeto y la admiración de quienes poco antes se burlaban de él:

"Abrazáronle todos, y él, llorando, abrazó a todos, y los dejó admirados, así de sus razones como de su determinación tan resoluta y discreta" (Parte II, cap. LIII).

LA FICCIÓN Y LO SUBJETIVO EN EL QUIJOTE: LA CUEVA DE MONTESINOS

El episodio de la Cueva de Montesinos, en la Parte II, es fascinante tanto por su contexto en El Quijote como por ser fundamento de la teoría que sobre la ficción tenía Cervantes. El lector del Quijote debe jugar a creerse lo narrado y percibir simultáneamente que está estructurado de manera tal que puede ser tomado como si fuera real y, por lo tanto, creíble, aunque no guarde analogía con seres o acciones que existieron objetivamente. Fue Torrente Ballester quien, en su obra "El Quijote como juego", afirma que Cervantes inventa a Alonso Quijano y hace que Alonso Quijano invente a don Quijote. Don Quijote, desde esta perspectiva, es una representación, un juego de Alonso Quijano consistente en hacer como si dejara de ser, para ser don Quijote. En el juego en el cual participa don Quijote todo intento de ser alguien, y de creer que se ha llegado a ser, sucede. Pero de este juego no está excluido Sancho, quien acepta el rango escuderil pese a que es Alonso Quijano y no don Quijote quien se lo otorga. Cervantes juega con la verosimilitud de los personajes y también con la verosimilitud en lo referido al lector. Por ejemplo, mientras Cervantes proporciona datos aparentemente contradictorios pregunta acerca de si se trata de un sueño o de una invención lo acontecido dentro de la cueva, y es el el lector quien deberá averiguar si es cierto o no lo que le sucede a don Quijote dentro de la Cueva de Montesinos. Cervantes apela al buen sentido del lector: "parte de las cosas son falsas y parte verosímiles", o, "tú, lector, pues eres prudente, juzga lo que te pareciere".

Pero vayamos con la cueva.

Desde Almagro, en dirección hacia Albacete, se encuentran las Lagunas de Ruidera y la cueva de Montesinos. Es lo que les sucede a don Quijote y Sancho tras las bodas de Camacho. Es don Quijote quien pide un guía que lo lleve hasta la cueva y el "diestro licenciado" (un esgrimidor que aparece en el capítulo XIX) le ofrece a un primo suyo "famoso estudiante y muy aficionado a leer libros de caballerías". El lector puede hacerse la ilusión de hallarse ante un personaje positivo, por su afinidad a los libro de caballerías. A cambio, el irónico Cervantes muestra que el tal primo es un pedante que se dedica a escribir y hacer imprimir libros de gran apariencia y falsa sabiduría, en los que, fingiendo seguir a autores clásicos como Ovidio y Virgilio, se acumulan los conocimientos más disparatados: "quién fue el primero que tuvo catarro en el mundo y el primero que tomó las unciones para curarse del morbo gálico". Asombrado, Sancho Panza le pregunta "quién fue el primero que se rascó la cabeza, que yo para mí tengo que debió de ser nuestro padre Adán". Todo ha sido un pretexto para divertir al lector y para que, por boca del caballero andante, Cervantes nos dé una de sus lecciones de sabiduría permanente: "Que hay algunos que se cansan en saber y averiguar cosas que, después de sabidas y averiguadas, no importan un ardite al entendimiento ni a la memoria".

Los personajes compran "casi cien brazadas de soga" para atar al caballero y, al día siguiente, tras un disparatado discurso de Sancho Panza, dejan caer a don Quijote hasta el fondo de la cueva. Después, se
detienen "como media hora" y vuelven a recoger la soga. Cuando sacan al caballero, comprueban que "tenía cerrados los ojos, con muestras de estar dormido". Poco a poco, don Quijote se va despertando y narra el relato de lo que ha vivido. Tremendo spoiler (que dicen muchos por no querer -o no saber- decir destripamiento) porque el narrador comienza por donde debería haber concluido: que don Quijote sale con bien de su temerosa aventura. 

Más allá de la anécdota, este episodio plantea muchas cuestiones básicas para entender toda la novela y
la complejísima personalidad del protagonista. ¿Qué motivos tiene don Quijote para emprender esta aventura tan peligrosa e inútil? Cervantes va deslizando, en el relato, tres posibles causas de este empeño de don Quijote: uno, la curiosidad, motor básico para cualquier búsqueda o aprendizaje ("tenía gran deseo de entrar en ella y ver a ojos vistas si eran verdaderas las maravillas que de ella se decían por todos aquellos contornos"); dos, la dificultad, porque es propio de un héroe aquello que, para los demás, resulta o parece imposible; tres, la afirmación de la propia identidad.

Al dejarse caer en la cueva, don Quijote no ha mudado nada de su carácter ni de su actitud. Pronto descubre al "venerable anciano" que da nombre a la cueva, el propio Montesinos. Éste le reconoce: "Largos tiempos ha, valeroso caballero don Quijote de la Mancha, que los que estamos en estas soledades encantados esperamos verte". Ese anciano Montesinos, a través del relato de don Quijote (cosa que no conviene olvidar) le reconoce como don Quijote, no como Alonso Quijano, confirmando la identidad que voluntariamente ha elegido. Montesinos lo reitera en su discurso a su primo Durandarte para que el caballero entre a formar parte de la leyenda del origen del río Guadiana y las lagunas de Ruidera: "Sabed que tenéis aquí en vuestra presencia, y abrid los ojos y veréislo, a aquel gran caballero de quien tantas cosas tiene profetizadas el sabio Merlín: aquel don Quijote de la Mancha, digo, que, de nuevo y con mayores ventajas que en los pasados siglos, ha resucitado en los presentes la ya olvidada andante caballería". Hace una posterior alusión a Dulcinea, comparándola con Belerma (la idílica dama de los juglares y romanceristas del siglo XVI), para que el caballero confirme que es realidad lo que ha imaginado. Borges imaginó cosas parecidas trescientos años más tarde.

¿La vida es sueño? Al volver don Quijote de su viaje por la cueva , "vieron que traía cerrados los ojos, con muestras de estar dormido. Tendiéronle en el suelo y desliáronle, y, con todo esto, no despertaba; pero tanto le volvieron y revolvieron, sacudieron y menearon, que, al cabo de un buen espacio, volvió en sí, desperezándose, bien como si de algún grave y profundo sueño despertara". Según Homero, el durmiente es el más lúcido de todos los seres. Pero, además, don Quijote dice "Despabilé los ojos, limpiémelos y vi que no dormía, sino que realmente estaba despierto". Los lectores modernos, sobre todo después de esos ingenuos experimentos mentales como Perdidos o Shutter Island con los que nos entrenamos en realismos menos mágicos y paradójicos de lo que quisieran sus autores, entendemos perfectamenre lo que Cervantes está sugiriendo: que don Quijote ha abandonado el nivel superficial de la realidad, el cotidiano, el que todos compartimos, para hundirse en otra realidad más profunda, más auténtica, para su trayectoria vital. Claro que para los lectores del siglo XVII no era tan evidente o cualquiera hubiese escrito este episodio o incluso el Quijote entero. Conviene insistir en algo cronológicamente obvio: Cervantes escribe este episodio, con su vaivén entre sueño y vigilia, cientos de años antes de Sigmund Freud y del manifiesto surrealista; siglos antes de que Julio Cortázar nos diga que cada día encierra ochenta mundos; siglos antes de que en el mágico mundo de Macondo, una joven, Remedios la Bella, al tender un día la ropa, subiera al cielo. 

Todo es posible en la Cueva de Montesinos. Para Don Quijote es perfectamente posible – y, por lo tanto, verosímil– lo que no lo sería para la inmensa mayoría de los mortales. Y Cervantes, en estado de gracia, tensa la cuerda del narrador no fiable con muy sutiles técnicas, por ejemplo usando correspondencias internas: dice Merlín "Aquel francés encantador, que dicen fue hijo del diablo" y trece capítulos después, en casa de los duques, irrumpe en escena un misterioso cortejo y la figura que lo encabeza se presenta así con "Yo soy Merlín, aquel que las historias dicen que tuve por mi padre al diablo".

En el fondo de la cueva – según cuenta don Quijote– encuentra el protagonista a toda una serie de personajes: un venerable anciano, que resulta ser Montesinos; un caballero muerto que habla, aunque le arrancaron el corazón, Durandarte; una procesión de hermosísimas doncellas; las sirvientas de estos dos... En su viaje a lo profundo, el caballero ha podido ver a los mismos personajes de los libros que leyó, que llenaron sus sueños y que empujaron a Alonso Quijano a convertirse en don Quijote. Ver los sueños convertidos en realidad es, sin duda, una de las ilusiones de cualquier ser humano.

Todos los elementos narrativos apuntan a un viaje iniciático, misterioso, en el que los cuerpos pueden perder – y luego recuperar– sus cualidades habituales, como el peso: "Al cabo del cual espacio volvieron a recoger la soga con mucha facilidad y sin peso alguno, pero llegando, a su parecer, a poco más de las ochenta brazas, sintieron peso". Lo que don Quijote dice haber visto pertenece claramente a la esfera de lo mítico: "Me hallé en la mitad del más bello, ameno y deleitoso prado que puede criar la naturaleza ni imaginar la más discreta imaginación humana". A continuación parece que entramos en el mundo mágico de los cuentos de hadas, con fuerte carga simbólica: "Un real y suntuoso palacio o alcázar, cuyo muros y paredes parecían de trasparente y claro cristal fabricados. En una sala baja, fresquísima sobremodo y toda de alabastro, había un sepulcro de mármol, con gran maestría fabricado, sobre el cual vi a un caballero tendido de largo a largo, no de bronce, ni de mármol, ni de jaspe hecho, como los suele haber en otros sepulcros, sino de pura carne y de puros huesos". En ese mundo mágico, no es imposible que alguien arranque con una daga el corazón de un amigo o que unas llorosas doncellas se conviertan en lagunas, y su fiel escudero, en un río.

Todos esos datos míticos se contrapesan con una suma de elementos realistas, que parecen anclarlos en la realidad cotidiana. Ante todo, el hambre. A la vuelta de su viaje y antes de iniciar el relato de sus fantásticas aventuras, lo primero que pide el caballero es "que le diesen de comer, que traía grandísima hambre". Cuando el primo pregunta al caballero si los personajes encantados comen, Don Quijote responde: "No comen, ni tienen excrementos mayores; aunque es opinión que les crecen las uñas, las barbas y los cabellos". El sobrio estilo cervantino roza la caricatura quevedesca, sin llegar a caer en ella. ¿Por qué es preciso mencionar concretamente lo de los excrementos mayores y nada decir de los menores? 

Pocos pasajes hay, en toda la obra, más arriesgados literariamente que el que explica la causa de las ojeras y el color quebradizo de la encantada Belerma: "Y no toma ocasión su amarillez y sus ojeras de estar con el mal mensil, ordinario en las mujeres, porque ha muchos meses, y aún años, que no le tiene ni asoma por sus puertas". ¿A quién, sino a Cervantes, se le ocurriría mencionar la menstruación de una heroína ideal, en un ambiente de cuento de hadas, y resolverlo con tal elegancia? El mismo vaivén de perspectivas se refleja en el lenguaje. Durandarte, el caballero muerto por amor, el cadáver que habla, expresa su resignación con una frase popular, propia de los jugadores de cartas: "Paciencia y barajar". Hace unos años, todo este proceso mental hubiera sido calificado de desmitologización (enorme palabro propio de la filosofía de la segunda mitad del siglo XX). Pero Cervantes hace con la literatura algo parecido a lo que Diego Velázquez (el otro gran monstruo de las artes españolas de toda la Historia) hizo con la pintura con Las hilanderas o Los borrachos: acercar el mito, sin destruirlo, a su realidad cotidiana.

Nosotros, los lectores, nos divertimos mucho con el Quijote y la cueva de Montesinos, lo mismo que Cervantes al escribirlo. Y tanto se estaba divirtiendo que decidió dar un paso más y rizar el rizo de la dificultad: en medio de los personajes que don Quijote dice haber visto, en la cueva, aparece nada menos que Dulcinea del Toboso. Pero, ¿cómo? ¿Veremos acaso, por vez primera en la novela, a la verdadera Dulcinea, aunque no sepamos si la "verdadera" es el ideal femenino en la mente de Don Quijote o la humilde labradora manchega? Pero no se deja pillar tan fácilmente el sagaz Cervantes. Lo que don Quijote ha visto (o lo que cuenta haber visto) son "tres labradoras que, por aquellos amenísimos campos, iban saltando y brincando como cabras, y, apenas las hube visto, cuando reconocí ser, la una, la sin par Dulcinea del Toboso, y las otras dos, aquellas mismas labradoras que venían con ella, con las que hablamos, a la salida del Toboso". Nótese que Don Quijote se está refiriendo a las que inventó Sancho Panza para salir del paso. Con genial ironía, la mentira de Sancho Panza se convierte en la verdad de Don Quijote. 

Que todo es posible en la mágica cueva de Montesinos, y que Cervantes sale airoso de todos los lances que su inteligencia genera, puede evidenciarse en el tiempo interno de la narración. Al contar el anciano la muerte de Durandarte, no olvida precisar: "Y, con otros muchos de vuestros conocidos y amigos, nos tiene aquí encantados el sabio Merlín ha muchos años; y, aunque pasan de quinientos, no se ha muerto ninguno de nosotros". La irrupción de don Quijote complica aún más la cronología: "Aquel don Quijote de la Mancha, digo, que de nuevo y con mayores ventajas que en los pasados siglos, ha resucitado en los presentes la ya olvidada andante caballería". Cervantes plantea el problema del tiempo subjetivo con un audaz diálogo entre Don Quijote, Sancho y el primo:

"A esta sazón dijo el primo: 
-Yo no sé, señor don Quijote, cómo vuestra merced, en tan poco espacio de tiempo como hace que está allá abajo, haya visto tantas cosas y hablado y respondido tanto.
– ¿Cuánto hace que bajé? – preguntó don Quijote.
– Poco más de una hora – respondió Sancho.
– Eso no puede ser –replicó don Quijote , porque allá anocheció y amaneció, y tornó a anochecer y a amanecer tres veces; de modo que, a mi cuenta, tres días he estado en aquellas partes remotas y escondidas a la vista nuestra.
–Verdad debe de decir mi señor – dijo Sancho-; que, como todas las cosas que le han sucedido son por encantamiento, quizá lo que a nosotros nos parece una hora, debe de parecer allá tres días con sus noches.
– Así será – respondió don Quijote".

Es interesante señalar que los dos capítulos de la Cueva de Montesinos se tardan en leer más o menos una hora, dependiendo de la rapidez de lectura de cada cual.

EL JUEGO DE LA FICCIÓN Y LA REALIDAD EN EL QUIJOTE

El Quijote es una novela y, por lo tanto, es ficción, es fantasía o ficción ingeniosa. En esto radica su grandeza perenne. Como ya hemos avanzado anteriormente, su lectura nos induce a replantearnos y a considerar lo que es realidad y lo que es ficción o fantasía: ninguna obra en el mundo nos ha entregado un juego tan evidente entre realidad y fantasía. ¿Qué pretende Cervantes crear en el lector con esta mezcla de realidad-ficción y juego novelesco?

La realidad le sirve a Cervantes para crear un modelo de ficción posible y la ficción resultante se transforma en una realidad más profunda de lo que solemos ver con nuestros ojos en la dimensión humana. Esta frontera entre fantasía y realidad no tiene, aparentemente, límites precisos porque Cervantes así lo quiso. Este es su juego y esa es su venganza: dejarnos en la incertidumbre y ambigüedad de una ambivalente tarea no resuelta. La aparición de la segunda parte del Quijote, con sus referencias metaficticias a la primera, complicó aún más el problema. Al presentarnos la primera parte como un relato de algo “que nunca fue” o de algo que “fue o pudo ser de otra manera” (ucronía pura), nos compromete, en la segunda parte, con una ficción dentro de la ficción que aceptamos como realidad. La ficción literaria compromete al lector de tal manera que, lo que en un comienzo aceptamos como fantasía creadora (ficción de realidad), después lo asimilamos como una realidad de ficción creíble, interpretable y vital.

Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada o Quesada, que en esto hay alguna diferencia entre los autores que deste caso escriben: aunque por conjeturas verosímiles se deja entender que se llamaba Quijana (Parte I, cap. 1).
 
Don Quijote se vuelve loco por leer libros ficticios: es un personaje de ficción que lee obras ficticias (y reales). Es una doble ficción que no aporta sensación de ser una mayor ficción, sino una ficción de realidad que genera sensación de realidad. Al aceptar como ficción los disparatados libros de caballería y sus descabelladas aventuras, estamos aceptando como realidad el nivel de la locura causada por una ficción y el entorno histórico-social-geográfico en el que se desarrolla: lugares, viviendas, costumbres, clases sociales, personajes históricos, referencias a situaciones históricas, situación política... 

Veamos una de las citas que lo ejemplifican:

Dígoos, compadre, que, por su estilo, es éste el mejor libro del mundo (Tirante el Blanco): aquí comen los caballeros y duermen y mueren en sus camas, y hacen testamento antes de su muerte, con otras cosas de que todos los deste género carecen (Parte I, cap. 6).

Esta cita, referida a Tirante el Blanco, permite a Cervantes plantear que el mundo de la ficción puede estar relacionado con la existencia o realidad. Cervantes juega con la realidad y con la ficción y obliga al lector a múltiples lecturas, como si de un juego reiterado se tratase:

Andan entre nosotros siempre una caterva de encantadores que todas nuestras cosas mudan y truecan y las vuelven según su gusto, y según tienen la gana de favorecernos o destruirnos; y así eso que a ti te parece bacía de barbero, me parece a mí el yelmo de Mambrino, y a otro le parecerá otra cosa (Parte I, cap. 25).

Dios sabe si hay Dulcinea o no en el mundo, o si es fantástica o no es fantástica; y éstas no son de las cosas cuya averiguación se ha de llevar a cabo (Parte II, cap. 32).

 
Estas citas parecen indicar que Don Quijote no realiza una mala interpretación de los sentidos (o sea, no está ni es un loco), sino que no quiere ver la realidad, que el mundo de la fantasía es más fuerte que el de la realidad. Otro juego de Cervantes: nos hace creer que estamos en presencia de un loco cuando realmente es un cuerdo o un loco sublime. En numerosas ocasiones D. Quijote da muestras de que su locura es aparente, que consiste, únicamente, en no aceptar la realidad que le tocó vivir y añorar otra supuesta realidad en la que los valores morales y caballerescos predominaban sobre la corrupción e inmoralidad del momento. Desde este punto de vista, se trata de una patología literaria: aparenta estar loco para tratar de imponer una ilusión, demasiado grande y profunda para ser cuerda. Don Quijote no protesta contra injusticias imaginarias, pues su deseo de justicia se manifiesta en episodios y situaciones concretas. En Sumeria, Gilgamesh trató de conseguir la inmortalidad (aventura más descabellada que la de Don Quijote) y nadie le tilda de loco. Se podría considerar que el delirio de Don Quijote es una ficción lúdica de Cervantes, un juego del escritor para relacionar entre sí varios de los episodios más importantes de la novela con evidentes intencionalidades (invención de Sancho sobre su encuentro con Dulcinea, el encantamiento de Dulcinea, el episodio de la cueva de Montesinos…).

Al final, D. Quijote, parodia de héroes míticos y caballerescos, cuya locura está más allá del bien y del mal, recobra la conducta y muere. La cordura no aparece de improviso. a lo largo de su tercera salida se va operando el cambio y apareciendo el carácter decepcionado y reflexivo sobre la vanidad de la existencia humana. Su lucha y su fracaso nos advierten que la realidad resulta estrecha y vacía para los sueños e ideales, que el camino que queda por recorrer es un destino incierto hacia nuevos horizontes. La vuelta a la cordura, más que un acto de lucidez, es el último juego, la última ficción lúdica de Cervantes: el que muere no es Don Quijote, sino Alonso Quijano. El episodio final nos muestra que la locura de Don Quijote fue fingida y que todas sus actuaciones y circunstancias y todo su lenguaje no fueron nada más que el preludio de la escena final. Solo nos queda, por lo tanto, un consuelo: que la muerte de Alonso Quijano sea aparente, un juego más de Cervantes, y que Don Quijote se levante del lecho para luchar nuevamente contra el racionalismo y la tecnología y se decida a emprender una quimérica y loca lucha por recuperar la belleza, el misterio y la poesía que parecen perdidos en el tráfico de la modernidad y en el pragmatismo de nuestra disparatada locura.


Ya no hay locos, amigo, ya no hay locos.
Se murió aquel manchego.
Aquel estrafalario fantasma del desierto
y… ni en España, hay locos.
Todo el mundo está cuerdo,
terrible, monstruosamente cuerdo
(El payaso de las bofetadas)


lunes, 1 de febrero de 2021

Las sacerdotisas de Apolo

Lady Emma Hamilton, as Cassandra, by George Romney.jpgNinguna sacerdotisa es comparable a Casandra. De acuerdo al mito era hija de Príamo y Hécuba, y tuvo un hermano gemelo al nacer, Héleno. Los felices padres celebraron una fiesta en el templo timbreo de Apolo, a las afueras de Troya. Al anochecer, embriagados, regresaron al hogar olvidándose de sus hijos, que pasaron la noche en el templo. Cuando a la mañana siguiente fueron a buscarlos, los encontraron dormidos mientras dos serpientes les lamían los oídos. De esta forma Héleno y Casandra, purificados por el animal que simbolizaba a Apolo, adquirieron el don de la adivinación.

Otra versión del mito dice que Casandra había aprendido el arte adivinatorio de Apolo, quien estaba enamorado de ella. Una vez poseedora del conocimiento no quiso entregarse a Apolo y, en castigo, el dios quitó a sus palabras todo viso de credibilidad: en adelante Casandra podría adivinar el futuro pero no sería creída. Así, la hija de Príamo y Hécuba tuvo que asistir impotente a los preparativos de la guerra de Troya que ella había predicho, oponiéndose sin éxito a que entrara en la ciudad el famoso caballo de madera. Apolo poseía de Zeus el conocimiento de los oráculos y de los destinos, pero Él daba a conocer la voluntad de su padre por la inmediación de la pitia o pitonisa. 

La pitia era una sacerdotisa del templo de Apolo en Delfos encargada de recibir las respuestas divinas. Según las tradiciones antiguas la primera pitia fue Femonoe. La pitia tenía obligación de estar en estado de castidad y pureza, como posteriormente las vestales romanas, y era elegida entre las jóvenes de Delfos. Antes de consultar a la sacerdotisa se debía proceder a realizar un sacrificio, y únicamente si las vísceras del animal presentaban buenas señales se producía la consulta. Para obtener la respuesta divina, la pitia se purificaba con el agua de Castalia y un sahumerio en el que se quemaba una mezcla de harina de cebada y de laurel. Después penetraba en la estancia sagrada (Adytón), revestida con un traje teatral que recordaba el de Apolo Musageta, y bebía agua en la fuente Casotis, colocando una hoja de laurel en la boca y una ramita en la mano. Después subía al trípode, donde quienes aguardaban para preguntar iban entrando según turno, haciendo sus preguntas a la pitia en voz alta o por escrito. La pitia, que entraba en trance, respondía la mayoría de las veces con frases ininteligibles, que debían ser interpretadas adecuadamente por los sacerdotes de Apolo. No se exigía que la Pitia poseyese una inteligencia superior, por el contrario, cuanto más sencilla de espíritu, más apta parecía para los servicios a que se la destinaba. La Pitia, embriagada al parecer por los vapores del antro, y siendo poseída por el dios Apolo, caía inmediatamente en éxtasis. Esta crisis nerviosa no era siempre simulada. En tiempos de Plutarco una pitia murió a consecuencia de ello. 

Una de las pitias más famosas fue Aristónica, del santuario de Delfos, que vivió durante la época de las guerras médicas (480 a.C.) y que ofreció a los magistrados atenienses un oráculo acerca de cuál iba a ser su futuro ante las huestes persas. De entre su profecía en verso destaca la parte interpretada por Temístocles que dice así: “Mira, al ser tomado lo demás que contienen en su interior la frontera de Cécrope y la gruta del divino Cicerón, Zeus, de amplia mirada, concede a Tritogenia que una muralla de madera sea la única inexpugnable, que te servirá a ti y a tus hijos.” Según Temístocles, los atenienses debían disponerse para una batalla naval, ya que era esto y no a las murallas a lo que se refería la muralla de madera. Poco después los atenienses vencían en Salamina a las huestes de Jerjes I.

Además del santuario de Delfos, existían en Grecia otros a los que se acudía a consultar al oráculo de Apolo: en Beocia, los de Ocrefia y Tebas; en el Peloponeso, el de Argos; pero el oráculo más famoso, tras el de Delfos, se encontraba en el Asia Menor, en Dídima, a poca distancia de Mileto. En él se adoraba a Apolo con el nombre de Didimeo o gemelo. El fundador del oráculo fue Branco, adivino y purificador legendario, hijo de Esmicro (héroe originario de Delfos) afincado en Mileto. Según cuenta la leyenda, mientras Branco cuidaba su rebaño en el monte fue amado por Apolo, quien le obsequió con el don de la adivinación por medio de un beso. Fundó el santuario oracular de Dídima, atendido por sus descendientes. El nombre de la única sacerdotisa que conocemos de este santuario es Trifosa, citada en una inscripción tardía del año 200 de nuestra era. La sacerdotisa de Apolo Didimeo caía en trance extático de manera similar a la pitia de Delfos. El ritual también era bastante similar y la pitia sostenía entre sus manos una vara, se sentaba sobre una tabla, lavaba sus pies y el borde del vestido en agua sagrada, aspiraba vapores, ayunaba tres días y se retiraba al Adyton. 

Remontando la costa de Asia Menor, se encontraba el oráculo de Claros, cuya fundación era atribuida a Manto, hija de Tiresias. Más al sur, en Licia, existía un santuario de Apolo en Patara; la sacerdotisa que los servía, antes de contestar las preguntas que se le dirigían, pasaba la noche en el templo, donde era visitada por el dios, produciéndose una especie de hierogamia entre dios y mujer. En Mantinea existía otro templo de Apolo y las noticias de una de sus sacerdotisas nos viene de manos de Platón, quien en el Banquete afirma que la sacerdotisa Diotima había celebrado un sacrificio con la intención de alejar durante diez años la peste que asoló a Atenas a comienzos de la guerra del Peloponeso. En dicho diálogo Sócrates se declara discípulo de Diotima, de quien ha aprendido la doctrina de la inmortalidad del alma y las teorías de la reminiscencia y del Amor.