martes, 22 de diciembre de 2020

Fiestas del solsticio

(Artículo de Rafael Bachiller, director del Observatorio Astronómico Nacional (IGN), publicado en El Mundo el 21 de diciembre de 2020)


El gran ciclo de las estaciones –con sus períodos fríos, templados o calurosos, con sus épocas secas o lluviosas, con sus noches más largas o cortas– ya determinaba el ritmo de vida de cazadores y  recolectores en el Paleolítico. Y este ciclo, ya en el Neolítico, hace unos 10.000 años, se traducía directamente en las labores de los agricultores: labrar la tierra, sembrarla, cuidarla y cosechar los frutos para volver a labrar, volver a comenzar. Este ciclo natural está determinado por la inclinación del eje de rotación de la Tierra respecto al plano de su órbita en torno al Sol. Desde nuestra perspectiva vemos al astro rey pasar del punto Aries (primavera) al trópico de Cáncer (verano), al punto Libra (otoño) y al trópico de Capricornio (invierno), para regresar nuevamente al punto Aries.

Es, pues, un ciclo que imperaba en la Tierra mucho antes que las religiones. Un ciclo que tiene sus puntos álgidos en los dos solsticios. En esos dos momentos del año, si observamos el Sol a la misma hora en días sucesivos, parece que el astro rey se ha detenido en el firmamento (y de ahí se deriva el término solsticio, en latín sol quieto). Y en esos momentos suceden las noches más cortas del año, en la llegada del verano, y las más largas, en la llegada del invierno. Grandes monumentos megalíticos como Stonehenge se construyeron hace unos 5.000 años para señalar con precisión la llegada de los solsticios. No es de extrañar que estos momentos del año, auténticos puntos de inflexión en la vida de los hombres, fuesen objeto de celebración, incluso desde los primeros ritos de tipo religioso.

Hace 4.000 años ya se veneraba a Mitra en la India védica, un dios solar relacionado con la suave claridad de la luz que ilumina el alba. Un dios, por tanto, evocador del renacer, cuyo culto se diseminó por gran parte del mundo antiguo. Su gran fiesta, denominada Shab-e Yaldá, fue establecida en Persia cada 21 de diciembre, coincidiendo exactamente con el solsticio. Mitra fue importado después en Roma, donde recibió un culto que recordaba a los de las religiones griegas. En el siglo II a. C. se celebraban ritos basados en su supuesta muerte, y su resurrección se festejaba el 25 de diciembre. Las Saturnales fueron otras importantes festividades romanas, esta vez en honor del dios de la agricultura, Saturno, que también se celebraban en la semana del solsticio de invierno, entre el 17 y el 23 de diciembre. Eran fiestas populares que se vivían en la calle a la luz de las antorchas. Fiestas en las que los ricos se esforzaban por distribuir regalos y alimentos en un desmedido frenesí de comida y bebida que intentaba hacer olvidar la angustia de las larguísimas noches. En la Alejandría ptolemaica también se celebraba por las fechas del solsticio el nacimiento de un dios, en este caso se trataba de Aion, una versión de Osiris y Dionisos que aseguraba mediante sus periódicos renacimientos la eternidad de la ciudad. Los pueblos germánicos y celtas ofrecían sacrificios a Odín durante las fiestas de Yule, también en el solsticio de invierno. Estas fiestas duraban originalmente 12 días y constituían una celebración de la vida familiar y de la fertilidad. En el año 218, el emperador Heliogábalo, erigiéndose en sumo sacerdote, instauró en Roma un nuevo culto al dios Sol que trataba de sustituir al culto de Júpiter. Este culto, transformado por Aurelio en el 274, dio lugar a la famosa festividad del Sol Invictus. Inspirado por las celebraciones de Mitra, la festividad se fijó entre el 22 y el 25 de diciembre, nuevamente evocando al Sol que sale victorioso sobre la oscuridad prolongada de las noches del solsticio. Constantino instauró, ya en el 321, el día de descanso en el Dies Solis, el domingo, cuya denominación aún lleva el término Sol en varios idiomas (como en inglés: Sunday) y así el Sol Invictus quedó integrado en la religión estatal romana hasta que Teodosio abolió el paganismo en el 380. Los cristianos primitivos no celebraban la fecha del nacimiento de Cristo. Para ellos, la fecha importante era la de su pasión y muerte. El escritor cristiano Tertuliano había calculado en el año 200 que la muerte de Cristo tuvo lugar el 25 de marzo (cerca del equinoccio de primavera), mientras que, en provincias orientales del Imperio Romano, fijaron la muerte de Cristo en el 6 de abril. Y parece plausible que, como he explicado en otro lugar, los cristianos de los siglos II y III adoptasen la idea de que Jesús fue concebido en el mismo día del calendario en que  moriría (el 25 de marzo), y que nació nueve meses más tarde (el 25 de diciembre). Con el tiempo, la fecha del 25 de diciembre para la Natividad ganó mucho más adeptos que la del 6 de enero, fecha esta última que, no obstante, fue conservada en la mayoría de los lugares para celebrar la Epifanía. Así, la celebración de la Navidad en el solsticio de invierno sería una coincidencia más con todas esas celebraciones que tenían lugar en el mundo antiguo en el hemisferio norte. La astronomía, incluyendo el gran ciclo de las estaciones, dota a las religiones de un simbolismo supremo, que remite al firmamento y a los fenómenos y ciclos celestes. 

Hoy las Navidades pierden su espiritualidad en unas fiestas del solsticio transformadas en nuevas Saturnales en las que los excesos de comida y bebida se unen en un hiperconsumismo que hace  palidecer a aquellas fiestas paganas. Paradójicamente, algunas de esas celebraciones paganas, como las fiestas de Yule a las que nos referíamos más arriba, han sido reconstruidas en la actualidad dentro de los movimientos denominados neopaganos, corrientes supuestamente espirituales que, como la Wicca, están inspiradas en religiones politeístas anteriores al cristianismo y que, sorprendentemente, ya tienen en torno al millón de seguidores en el mundo. Parece que tratan de reconstruir ideas y religiones olvidadas en un nuevo y desesperado intento de espiritualidad. Así, en nuestra sociedad tan compleja, algunos convierten las celebraciones cristianas en Saturnales, y otros acuden a las paganas para recuperar una espiritualidad perdida. Simultáneamente, en la vida urbana, el ciclo de las estaciones se difumina. Se vive en ambientes artificiales en los que las temperaturas están acondicionadas, la luz se regula siempre al mismo nivel, los alimentos no dependen de la temporada, la vegetación está en un muy segundo plano, etc. Mientras lo espiritual se disipa, también perdemos el contacto con la naturaleza y con sus ciclos. Quizás sean, todos estos, fenómenos relacionados. 

Quizás para recuperar la espiritualidad deberíamos volver nuestros ojos al mundo natural, recuperar el pulso de las estaciones, recobrar la sensibilidad por las maravillas del planeta y del cosmos. Y, para ello, la ciencia contemporánea, que describe muchos de estos fenómenos de manera racional y con un gran lujo de detalles, puede sernos de gran ayuda. Adicionalmente a las creencias de cada uno, hoy la ciencia es la mayor fuente de inspiración para recuperar la fascinación por el mundo en el que vivimos, y ¿no es esto una forma de misticismo? Pero, además, la ciencia también nos permite actuar para enfrentarnos a los grandes retos de la humanidad, para lograr nuestros ideales como especie, para, en definitiva, hacer un mundo mejor y más humano.



miércoles, 16 de diciembre de 2020

Groucho contra la Warner Bros

Carta de Groucho Marx a la Warner Brothers tras amenazar con demandarles por usar "Casablanca" en el título de una película.

Queridos Warner Brothers:

Al parecer hay más de una forma de conquistar una ciudad y de mantenerla bajo su dominio. Por ejemplo, hasta el momento en que pensamos en hacer esta película, no teníamos la menor idea de que la ciudad de Casablanca perteneciera exclusivamente a los Warner Brothers. Sin embargo, pocos días después de anunciar nuestra película recibimos su largo y ominoso documento legal en el que se nos conminaba a no utilizar el nombre de Casablanca.

Parece ser que en 1471, Ferdinand Balboa Warner, su tatara tatara abuelo, al buscarle una salida a la ciudad de Burbank, se tropezó con las costas de Africa y, levantando su bastón (que más tarde cambió por un centenar de acciones en la bolsa), la denominó Casablanca.

Sencillamente, no comprendo su actitud. Aun cuando pensaran en la reposición de su película, estoy seguro de que el aficionado medio al cine aprendería oportunamente a distinguir entre Ingrid Bergman y Harpo. No sé si yo podría, pero desde luego me gustaría intentarlo.

Ustedes reivindican su Casablanca y pretenden que nadie más pueda utilizar ese conmbre sin permiso. ¿Qué me dicen de Warner Brothers? ¿Es de su propiedad, también? Probablemente tengan ustedes el derecho de utilizar el nombre de Warner, pero, ¿y el de Brothers? Profesionalmente, nosotros éramos Brothers mucho antes que ustedes. Ya salíamos de gira como The Marx Brothers cuando la Vitaphone era todavía un simple destello en el ojo del inventor, e incluso antes de nosotros ha habido otros hermanos: los Smith Brothers [fabricantes de pastillas para la tos], los Karamazov Brothers; Dan Brothers, un centrocampista del Detroit; y Brother, ¿puedes darme un céntimo? (que originalmente se llamaba BrotherS, ¿puedes darme un céntimo?  pero esto era repartir demasiado la moneda, así que despacharon a un hermano, le dieron todo el dinero al otro y lo dejaron en Brother, ¿puedes darme un céntimo?).

Y ahora, Jack, hablemos de usted. ¿Diría Usted que es el suyo un nombre original? Pues no lo es. Se utilizaba mucho antes que ud. naciera. Así sin esforzarme , recuerdo dos Jacks: estaba el Jack de Jack y las habichuelas mágicas, y  Jack el Destripador, que tuvo un bonito renombre en su momento.

En cuanto a usted, Harry, seguramente firmará sus cheques con la firme convicción de que es usted el primer Harry de todos los tiempos y de que todos los demás Harrys son impostores. Recuerdo a dos Harrys que le precedieron. Existió Harry Lighthorse, de fama revolucionaria [apodo de Lee Henry, héroe de la revolución de EEUU] y también un Harry Appelbaum que vivía en la esquina de la calle 93 con Lexington Avenue. Desgraciadamente, Appelbaum no es demasiado conocido. La última vez que supe de él, vendía corbatas en Weber y Heilbroner.

Hablemos ahora del estudio en Burbank. Creo que es esto lo que ustedes, hermanos, llaman su cuartel general. El viejo Burbank ha desaparecido. Quizá se acuerden de él. Era un hombre muy hábil en la huerta. Su mujer decía a menudo que Luther tenía diez pulgares verdes. ¡Qué mujer debe de haber sido! Burbank era el mago que entrecruzaba todos esos frutos y legumbres hasta dejarlos en tal estado de confusión e incertidumbre que nunca llegaba a decidir si debían ir en el plato de la carne o en el de los postres.

Esto es pura conjetura, por supuesto, pero quién sabe, tal vez los sobrevivientes de Burbank no estén muy contentos con el hecho de que una fábrica de películas a destajo se haya instalado en su ciudad, se haya apropiado del nombre Burbank y lo utilice como fachada para sus películas. Incluso es posible que la familia Burbank esté más orgullosa de la papa producida por el viejo que del estudio de donde surgió "Casablanca" o incluso "Gold Diggers".

Y no quiero entrar en discusiones duras, porque muchos de mis mejores amigos son los Hermanos Warner. Intuyo que todo es un error del horrible y triste departamento legal de la empresa, controlado por alguno de esos tipos con problemas escolares, un trepa necesitado de fama y admiración, y demasiado ambicioso para respetar las leyes naturales de la promoción.

Todo esto se parece a una diatriba bastante amarga, pero le aseguro que no es mi intención. Amo a los Warner. Algunos de mis mejores amigos son los Hermanos Warner. Hasta es posible que esté cometiendo una injusticia y que ustedes mismos, no sepan nada acerca de  esta actitud. No me sorprendería descubrir que los directivos de su departamento legal no están al tanto de esta disputa absurda, porque sé que muchos de ellos son caballeros educados con pelo negro rizado, trajes de doble botonadura y un amor por sus semejantes digno de encomio

Imagino que este intento de evitar que usemos el título Casablanca es la idea de un picapleitos con cara de hurón, un becario de su departamento legal. Conozco a la gente de esa calaña: recién salidos de la facultad, con hambre de éxito y demasiado ambiciosos para esperar un ascenso natural. Este leguleyo siniestro seguramente lio a uno de sus abogados […] para amenazarnos.

Bueno, ¡no va a salirse con la suya! Vamos a luchar hasta la Corte Suprema. Ningún aventurero jurídico de cara pálida va a ser causa de pelea entre los Warner y los Marx. Porque todos somos hermanos, y seguiremos siendo amigos hasta que el último rollo de Una noche en Casablanca pase por el proyector.

Sinceramente, Groucho Marx.

La Warner finalmente desistió de su absurdo empeño.



martes, 15 de diciembre de 2020

Verde la rama, verde el romero




Si me quieres te quiero, si me amas te amo;

si me olvidas te olvido, yo a todo hago.


Ay sí, sí, sí será verdad,

mi amante prisionero, qué pena me da,

me dice que le olvide, no le puedo olvidar,

me dice que le olvide, no será verdad.


Si quieres que te quiera, pájaro verde,

si quieres que te quiera has de quererme.


Verde la rama, verde el romero,

arrodíllate, dama, y átate el pelo

con la cinta que cuelga de mi sombrero.


¿Cómo quieres que vaya de noche a verte

si tienes la ventana llena de gente?


Ay sí, sí, sí será verdad,

mi amante prisionero, qué pena me da,

me dice que le olvide, no le puedo olvidar,

me dice que le olvide, no será verdad.


Algún día por verte dinero daba,

ahora por no verte vuelvo la cara.


Verde la rama, verde el romero,

arrodíllate, dama, y átate el pelo

con la cinta que cuelga de mi sombrero.


Si quieres que te quiera has de llevarme

a un pueblo que se llama Villaquilambre.


Ay sí, sí, sí será verdad,

mi amante prisionero, qué pena me da,

me dice que le olvide, no le puedo olvidar,

me dice que le olvide, no será verdad.


Cuando estoy en el baile no sé cantares,

cuando estoy en la iglesia vienen a pares.


Verde la rama, verde el romero,

arrodíllate, dama, y átate el pelo

con la cinta que cuelga de mi sombrero.


Si quieres que te quiera, cómprame un burro

con las orejas verdes y azul el culo.


Ay sí, sí, sí será verdad,

mi amante prisionero, qué pena me da,

me dice que le olvide, no le puedo olvidar,

me dice que le olvide, no será verdad.

Verde la rama, verde el romero,

arrodíllate, dama, y átate el pelo

con la cinta que cuelga de mi sombrero.


Titos de Villaquilambre

La Braña

Canción Popular Leonesa Vol. 3


lunes, 14 de diciembre de 2020

La España que no llegará al nuevo 98

El Gobierno no se enteró, entre otras cosas que inadvertimos porque -la verdad sea dicha- este Gobierno apenas se entera de nada, de que los Estados Unidos de América iban a reconocer la soberanía de Marruecos sobre el Sáhara Occidental, esa antigua colonia española que abandonamos de forma más bien poco gloriosa. Huelga decir que, a la mayoría de los ciudadanos, le ha dado todo bastante igual. Menos a los diplomáticos.

Los de a pie tenemos una capacidad pantagruélica para tragarnos el deterioro político y gubernamental como si tal cosa. Al fin y al cabo, dirige nuestro actual destino un estúpido mental erigido en presidente que, con el menor apoyo alcanzado en democracia a una candidatura, ha conseguido que más de ciento ochenta personas en el hemiciclo (es decir, todos los suyos más otros que suman el 50% de los que sí son suyos) apretasen el botón verde a su ley de presupuestos. Por tanto, espacio para el optimismo poco hay, salvo que comprobemos que la esperpéntica situación es sólida precisamente por lo absurda que parece ser y que, desde luego, es.

Con esos apoyos, qué no podrán hacer. Aquí nadie parece haber respaldado un camino de seriedad, rigor, rectitud y coherencia en el asunto de los dineros del reino, sino más bien la necesidad de seguir alimentando el carajal formidable que se ha adueñado, en forma de ideología muy a la izquierda de Karl Marx, del panorama político. Los más ilusos, y también devotos del tontaina que tuvo que inventarse un doctorado y un libro para parecer ser alguien en la vida (a eso ha llegado el querer dormir en el palacio moclovita), lo llaman «geometría variable» (término acuñado por el otro grandísimo tontaina que nos ha gobernado: el cero zapatero) pero tiene la variabilidad escorada por completo a la izquierda, tanto que ya se han roto las costuras por ese lado y se escapan, saltarines y jubilosos, los afines para triscar por unos campos que se difuminan en eso denominado extremismo.

Realmente triscan felices, cuales pardillos ignaros de cómo atormentan el destino de todos los demás, porque al otro lado, donde las costuras contrarias, nadie acaba de ponerse de acuerdo: ni el pijo, ni el machoman, ni la señorita pa' tó. Solo en una cosa parecen coincidir: les toca esperar tres años, tres, de tristes lamentos hasta dilucidar dónde se encuentra cada cual cuando toque revalidar. Aspirantes, lo que se dice aspirantes, no hay. El pijo no vale para nada, a la señorita la conocen en su casa a la hora de comer (como le sucedía al idiota que nos preside cuando solo confiaba en camuflar urnas tras los cortinones, y miren ustedes lo que pasó), y el machoman se tuvo que untar sus ínfulas con tocino porque el pijo decidió que ni la Covid ni el resto de desastres merecían desaprobar al tontaina del gobierno excéntrico y extremista. Debe de ser la herencia del gallego indolente y memo, que dejó todo el panorama a la derecha del Missouri como un gulag soviético, y sus afines son incapaces de actuar desde ese instante.

Y mientras todo sucede, queda una España descompuesta por unos cuantos (bastantes) mindundis que han descubierto, así, de repente, la piedra filosofal capaz de convertir su idiotez en poder efectivo, una España sin asomo alguno en el rollo internacional, sin esperanza, sin ambiciones y sin más devenir que su esquilmación perpetua y a gusto. 



jueves, 26 de noviembre de 2020

La farsa de los impuestos bajos

El Banco de España publicó en 2018 un estudio firmado por David López-Rodríguez y Cristina García Ciria titulado "Estructura Impositiva de España en el contexto de la Unión Europea" donde se destacan algunas características sobre los impuestos que se pagan aquí en España:

Primero. "En la imposición sobre el trabajo, la recaudación en porcentaje del PIB en España es inferior a la media de la UE-28 (...) No obstante, el peso de las cotizaciones sociales sobre el PIB es superior (...) especialmente la parte a cargo del empleador". Esto quiere decir que si en España hay más del doble de tasa de paro que la media europea, se debe a que nuestro país recauda menos al existir impuestos al trabajo demasiado altos. Este hecho reduce tanto el potencial de empleo como la capacidad de contratar. 

Segundo. "La cuña fiscal media (...) se sitúa en España por encima de la media de la OCDE para todos los tramos de renta y tipos de individuos de acuerdo con su situación familiar". Este parámetro, la cuña fiscal, es el cociente entre los impuestos derivados de las rentas del trabajo más las cotizaciones sociales y el salario medio bruto de los empleados a tiempo completo en el sector privado. Pagamos más impuestos y cotizaciones respecto a nuestro salario que la media de la OCDE.

Tercero. "El peso sobre el PIB de la recaudación derivada de la imposición sobre el capital es más elevado en España que en la media de la UE-28 (...) mientras que los ingresos derivados de las rentas de las empresas, así como los de las rentas del capital de los hogares y los autónomos, se encuentran en niveles similares". Similares ingresos, mayores impuestos tanto a empresas como a particulares y autónomos. 

Cuarto. "La menor tributación sobre el consumo se debe a la menor recaudación por IVA como consecuencia de que el tipo general (el 21%) afecte a un porcentaje más reducido del gasto en consumo que en la mayor parte de los países de la UE-28. (...) La recaudación en impuestos especiales también es inferior, en particular en hidrocarburos, transporte, tabaco y alcohol. (...) España cuenta también con una menor recaudación en los impuestos medioambientales". Todos estos impuestos los pagamos todos y los van a subir.
Si en impuestos al trabajo (cotizaciones sociales) estamos en la media o por encima, ¿por qué "recaudamos menos" que la media de la Unión Europea? Por tener menor IVA y menos impuestos verdes y especiales. Es decir, impuestos que paga sobre todo la clase media. Subir los impuestos indirectos añadirá trabas a la inversión y al empleo. 

Los políticos, que son quienes gestionan el gasto público, siempre piensan que ellos gastan poco y que los ciudadanos ganan demasiado. Por eso no dudan en exigirnos esfuerzos y, por descontado, sin tocar un ápice su gasto. Hacen cálculos de ciencia ficción sobre ingresos imposibles, subiendo impuestos, pese a que con ello no recaudarán casi nada y mucho menos podrán cubrir el enorme déficit acumulado. El descomunal déficit es lo que va a impedir el crecimiento y el empleo en España.

España necesita atraer inversión y facilitar la creación de empresas y empleo. No el expolio a todo bicho viviente que sobreviva a esta crisis. Pero el Gobierno carísimo de los muchos ministerios y aún más asesores, sigue repitiendo que hay margen para subir los impuestos y que recaudamos menos que la media de la Unión Europea. Han hablado de recaudar hasta 60.000 millones más ajustando la fiscalidad a la media europea. Como siempre, cunde el engaño de referirse a la presión fiscal (ingresos sobre PIB) en lugar de hablar de esfuerzo fiscal (impuestos pagados sobre renta per cápita). 

Según el Banco de España, nuestro país recauda un 4% de PIB "menos" que la media de la Unión Europea porque tiene más del doble de paro, más empresas pequeñas y mucha más economía sumergida. Los contribuyentes habituales somos cautivos de la incapacidad del Estado por eliminar aquellas barreras que impiden recaudar más.

Si el Gobierno se dedicase a favorecer la creación de empleo, permitir la reducción de la economía sumergida y aumentar el tamaño empresarial con una fiscalidad competitiva, no estaríamos siempre debatiendo si recaudamos poco o mucho. Lo que se recauda es fiel reflejo de la realidad económica del país. 

La fiscalidad no puede ni debe calcularse en base a lo que el Gobierno de turno quiera recaudar, sino a la capacidad de la economía. Y España es un país de pequeñas empresas y pocas rentas altas, pero dispone de gasto público para millonarios. Un país donde la mayoría de las empresas son microempresas y que solo tiene 7.000 personas entre las rentas altas (menos de 90.000 si con lo de rentas altas nos referimos a más de 125.000 euros anuales) no se puede permitir una administración extractiva que solo piensa en recaudar aunque el tejido empresarial esté devastado y el empleo por los suelos tras el cierre forzoso más incompetente del mundo, que nos va a llevar a una caída del PIB del 13% y un paro del 26% mientras, por otra parte, el gobierno más caro de la historia sigue intacto.



martes, 17 de noviembre de 2020

El virus inexistente que, de repente, existe

Si nadie de su entorno ha fallecido a causa de la Covid-19, por favor, responda a esta pregunta: ¿ha visto, con sus propios ojos, algún muerto por el virus? ¿En prensa o en televisión siquiera? Lo dudo. No hay imágenes de ellos como tampoco se han contemplado las salas anegadas de los hospitales que se colapsaron. Habrá visto la artificialidad cuadriculada del muy necesario montaje en Ifema. Pero poco más. Instagram se llena de miles de fotos y bikinis cada hora, este es un tiempo en que todos hacen fotos de todo, aun sin saber qué están fotografiando. Pero toda nuestra indignación, nuestro miedo, nuestro temor crucial al futuro inmediato, no es sino una relación administrativa entre la muerte y la realidad. Pintan gráficas y curvas con infectados y fallecidos, histogramas en algunos casos y en otros mapas que parecen atmosféricos. Escriben números como el de los fallecidos por millón de habitantes o la tasa de contagio. Nos hemos visto aterrados y acongojados por un estricto asunto contable. Los muertos no se ven. Ni los ataúdes (acaso por este motivo indignó tanto la foto trucada de la Gran Vía madrileña sembrada de féretros). Tantos modelos matemáticos, tantas curvas, tanta saturación de UCIs... pero ni un solo muerto en el telediario ni en ninguna otra parte. El muerto es otro. El virus es del otro. Una razón estupenda para celebrarlo con un botellón.

Algo así escribió Arturo Pérez Reverte en XLSemanal: no hemos visto bastantes muertos. Ni una sola foto de un anciano que ha muerto a solas en su residencia, ni una familia llorando en el entierro inexistente de su ser querido, ni un solo rostro enfermo y agonizante (pero sí rostros de quienes se han librado de virus). Rafael Ordóñez, en El Independiente, denunciaba en junio que la peor censura durante la pandemia estaba (está) siendo la de los muertos invisibles, contraponiendo a una elevada mortandad la más desgarradora invisibilidad ante la libertad de información. 

Hay una idea extendida en nuestra Europa blandengue que es preciso eludir, de cualquier forma posible, cuando parezca morboso, amarilento o una apología del miedo. Para los políticos, de todo signo, la sociedad es frágil y las imágenes pueden herir su sensibilidad. Las consecuencias de todo ello son inobjetables: la pandemia no existe. Quienes alegan que todo este asunto del virus es un experimento o una invención, no dejan de tener su punto de razón. ¿Dónde están retratados los muertos, sus ataúdes, sus familias dolientes? El filósofo francés Jean Baudrillard, con ocasión de la censura informativa aplicada durante la Guerra del Golfo, lo escribió tal cual en su libro "La guerra del Golfo no ha tenido lugar". Una guerra sin imágenes de muertos, el colapso de las torres gemelas sin un solo vídeo de las víctimas, las transmisiones de los corresponsales desde las zonas de conflicto desde balcones donde zumban, en el exterior y en la lejanía, lucecitas que van y vienen y hacen ruido, convierten una guerra en algo aséptico, casi virtual. Como esta pandemia, que no hay forma de verla. Es una amenaza invisible cuyas consecuencias no pueden ser fotografiadas. Y, encima, sus portadores son asintomáticos. Gente sana que no sabe que está enferma. Como la cantante negra de Les Luthiers. El virus no existe: se administra, se contabiliza, se grafica, se protocoliza. Pero no se exhibe en Instagram como sí hacen las miles de tías buenas que no dejan de exhibirse en bikini o escotazo, que existen, pero poco, porque el mundo (ya se sabe) rechaza el machismo aunque venga de las hembras.

Pero hay esperanza. Hernán Zin, corresponsal de guerra, muestra en su documental "2020" las muchas caras de la pandemia. Parte de Julio Lumbreras, uno de los primeros pacientes diagnosticados de Covid-19 en España, cuando despierta tras 50 días en coma inducido y tiene que rellenar un vacío de casi dos meses y descubrir que el mundo le resulta desconocido, con la gente encerrada en casa, los niños sin ir al colegio. Se adentra en las UCIs, en las ambulancias, en las morgues y en las calles desiertas de Madrid. Muestra sin trucos lo que ocurrió en los momentos más duros y durante el estado de alarma. Ancianos que fallecen en casa. Médicos que sujetan el móvil mientras los padres, ya mayores, se despiden de sus hijos. Mascotas solitarias porque sus dueños están en el hospital. Enfermos que lloran cuando advierten que siguen vivos. Mujeres que dan a luz y no pueden abrazar a sus bebés. El ritmo frenético de los enterradores. El hospital de Ifema... 

Se estrena el próximo 27 de noviembre.



viernes, 13 de noviembre de 2020

El señor supremacista de los moscardones

No conocía el caso de la universidad americana Evergreen. El psicólogo social Jonathan Haidt habla de él en su último libro, La transformación de la mente moderna (Deusto). Evergreen, cercana a Seattle, está considerada como una de las diez universidades más progresistas de los Estados Unidos. Es conocida por su granja orgánica y por algunas ceremonias colectivas, como una en la que los profesores del centro se suben a una canoa imaginaria y simulan remar juntos hacia la igualdad mientras los estudiantes tocan tambores indígenas. Evergreen celebra cada año su Día de la Ausencia, en el que los estudiantes y profesores negros no van a clase. El objetivo es que esta ausencia se note y el resto de la comunidad universitaria sea consciente de lo mucho que aportan, académica y personalmente, los ausentes.

El 15 de marzo de 2017, Bret Weinstein, un profesor de biología de esta universidad, escribió una carta en la que mostraba su disconformidad con los nuevos planes para el Día de la Ausencia. Ese año, los estudiantes negros no sólo pretendían ausentarse de clase, sino también obligar al resto de los alumnos a hacer lo mismo. Pocos días después, un grupo de estudiantes rodeó a Weinstein cerca de su despacho. Le llamaron "pedazo de mierda", le acusaron de racista y le exigieron que dimitiera. Weinstein intentó dialogar con ellos, pero los estudiantes le respondieron que no estaban interesados en hablar "en términos de privilegios blancos". Como la tensión iba en aumento, alguien llamó a la policía. Los estudiantes impidieron que los agentes llegaran hasta Weinstein mientras se victimizaban diciendo "temer por su vida". Luego se dirigieron al despacho del rector de la universidad. En los vídeos puede verse a los manifestantes callar al rector con frases como "que te jodan, George, no queremos escuchar ni una maldita cosa que tengas que decir, que te calles la puta boca". Accedió entonces a reunirse con los estudiantes y con los profesores que les apoyaban. El rector se puso, en esa reunión, del lado de los violentos y prometió incorporar a los profesores incómodos. Incorporar, en lenguaje políticamente correcto, es un eufemismo de reeducar. Si los profesores no cedían a la reeducación, serían despedidos. "Incorpóralos, enséñales, y si no lo entienden, sanciónales" dijo el rector. Los estudiantes exigieron que a la reunión se uniera la jefa de policía del campus. La obligaron a desarmarse. También obligaron a los estudiantes blancos a colocarse al final de la sala. Bloquearon las salidas y se armaron con gas pimienta para impedir que nadie saliera del recinto. 

Los estudiantes negros que apoyaron a Weinstein fueron acusados de ser traidores a la raza. Al día siguiente, los estudiantes registraron todos los coches que llegaban al campus. Buscaban a Weinstein. Irrumpieron en la sala de profesores y se llevaron la tarta con la que celebraban la jubilación de un compañero. Después formaron barricadas y secuestraron a los profesores y al rector de la universidad. Los estudiantes expusieron sus demandas: programas de reeducación política para los profesores y derecho a no entregar los deberes a tiempo. El rector pidió ir al lavabo y le respondieron que se aguantase. Finalmente, accedieron a su petición, pero acudió al lavabo vigilado por un estudiante. La policía descubrió que los estudiantes tenían planes para asaltar la comisaría de la universidad. Los estudiantes que apoyaron a Weinstein fueron espiados y acosados por sus compañeros. Algunos grupos se arrogaron el papel de vigilantes del campus y se pasearon por él con bates de beisbol, golpeando a aquellos que no se sometían. Algunos profesores se mostraron orgullosos de los violentos. "Están haciendo exactamente lo que les hemos enseñado". No lo decían irónicamente.

Ninguna televisión nacional cubrió la noticia, que pasó completamente inadvertida hasta que llegó a oídos de Tucker Carlson, el presentador estrella de la cadena conservadora Fox. Cuando Carlson se hizo eco de ella, el tema saltó al resto de cadenas. Una parte de los profesores pidió el despido de Weinstein con el argumento de que "había provocado una reacción violenta del supremacismo blanco". Al parecer, el simple hecho de contar lo ocurrido en Fox News había puesto en peligro a los violentos. La presión obligó a Weinstein y a su mujer, también profesora de la universidad, a dimitir. Les siguió la jefa de policía del campus. El rector de la universidad felicitó a los violentos y contrató a uno de sus cabecillas para el Consejo Asesor sobre Igualdad de la Presidencia. Una de sus principales tareas fue reescribir el código de conducta estudiantil a su gusto.

No hace falta un batallón de psicólogos evolutivos ni haber pasado por una guerra para intuir que, como defendieron entre otros Thomas Hobbes, Friedrich Nietzsche y también por supuesto Alexsandr Solzhenitsyn, el mal y la crueldad están grabados a fuego en la naturaleza humana, a la espera de las circunstancias correctas que los hagan aflorar. Esas circunstancias no son siempre las mismas para todos los seres humanos. Algunos hombres se encienden con agua. Para otros hacen falta litros de gasolina. Otros no se encienden jamás. Esas circunstancias se dieron en la China de la Revolución Cultural, en la Alemania de los años 30, en el País Vasco de ETA y en la Rusia de la Revolución de Octubre. Se está dando ahora en los Estados Unidos de Black Lives Matter.

Es un error pensar que son las ideologías, o algunas de ellas, las que generan el mal y corrompen a un ser humano intrínsecamente bondadoso. Las ideologías sólo canalizan la naturaleza humana en función de las circunstancias culturales, políticas y sociales del momento, se alimentan de esa naturaleza y se multiplican como un organismo vivo más. Las ideologías también se adaptan al medio. Algunas lo hacen con maestría, y sobreviven durante siglos, como el islam o el judaísmo. Otras tienen vidas más breves, como la socialdemocracia, hoy cadáver. Otras heredan el nicho de alguna ideología anterior y parasitan las mentes de sus acólitos. Es el caso del comunismo, que no es más que el heredero del cristianismo.

Las ideologías pescan seres humanos en un barreño. A veces, pescan el equivalente de un atún de 500 kilos, como fue el caso del nazismo, y a veces una sardina de sólo unos gramos, como en el caso de los partidos populistas occidentales, cuya capacidad de hacer el mal está muy limitada por unas instituciones democráticas que todavía conservan cierto potencial intimidatorio. Por supuesto, nada garantiza que una sardina no vaya a convertirse en un salmón o hasta en un atún si se dan las circunstancias adecuadas. El procés es un ejemplo de ello, aunque, de momento, el nacionalismo catalán sólo ha dado para espetos. 

A fecha hoy, la ideología que mejor está canalizando esa naturaleza humana que aspira a la dominación del hombre por el hombre es la izquierda identitaria. Si Cabaret hubiera sido rodada hoy, en vez de en 1972, los jóvenes cantantes de Tomorrow Belongs To Me serían los estudiantes de Evergreen.

El racismo no es solo racismo blanco


"Perro no come perro", decían los romanos (canis caninam not est). Pero humano sí mata humano. Y con bastante eficiencia. Viene no solo en cualquier libro de historia, también en los textos sacros, los cantares de gesta, las novelas naturalistas, las películas y la prensa (escrita o digital). Cada palmo de la tierra de este planeta ha sido regado con la sangre de seres humanos víctimas de sus semejantes. Lo mismo por envidia, odio o locura, que por guerras libradas por la soberanía de territorios ajenos o al servicio de dioses despiadados con objeto de convertir (qué gracia, en realidad el verbo es aniquilar) a quienes creen en otros dioses o acaso en ninguno. El instinto asesino del hombre posee numerosas raíces donde justificarse: el color de la piel, la pureza de la raza, los bienes materiales, las clases sociales o las peculiaridades identitarias. Y no solo nos matamos por odio o rencor o locura. También lo hacemos por amor. Los celos se resumen con este tétrico dicho: "la maté porque era mía".

En estos tiempos que corren, el hombre blanco, europeo, aparece como causante de todos los males que asolan el planeta. Los de "Black lives matter" aducen que George Floyd y otras víctimas negras de abusos policiales son cuerpos probatorios del tremebundo holocausto perpetrado por los blancos contra los negros desde los tiempos de la esclavitud. Pero los helenos y los romanos ya capturaban esclavos en los territorios por ellos conquistados, y entonces por los algodonales del sur de Estados Unidos aún no  restallaban los látigos de los negreros. Y, más recientemente, tanto nazis como comunistas han explotado y asesinado miserablemente a sus congéneres en campos de exterminio y gulags. También los jefes tribales negros esclavizaron negros, lo mismo para tenerlos a su servicio que como mercancía de venta a los traficantes blancos. Aún siguen haciéndolo: según organismos internacionales, más de 6 millones de personas viven en condiciones de esclavitud, sobre todo en República Centroafricana, República Democrática del Congo (la más demócrata de todas), Somalia, Sudán del Sur y Mauritania. Pero es mucho más efectivo zaherir la memoria del colonizador británico Cecil Rhodes, quien conquistó el territorio bautizado como Rodesia, que denunciar los 40 años de canalladas del dictador Robert Mugabe, cuando el país se independizó y se convirtió en la República de Zimbabue. La gran mayoría de los líderes africanos que han gobernado sus países tras la independencia han sido sádicos déspotas más afines a Stalin que a Nelson Mandela. 

SI hablamos de Sudáfrica, las contradicciones son encarnizadas. A la discriminación de los blancos contra los negros ha seguido una mucho peor, por violenta e incoherente: la de los negros contra los negros. Hace un año, una ola de xenofobia barrió los barrios populares de Johannesburgo, Pretoria, Durban, Ciudad del Cabo y algunas poblaciones del interior, cebándose con las tiendas de comestibles, de electrodomésticos, los talleres mecánicos, los vehículos y las viviendas de los inmigrantes africanos de Nigeria, Zimbabue, Malaui, Congo, Etiopía y Somalia. Hubo saqueos, incendios y asesinatos durante los tumultos. La campaña más feroz fue la de los transportistas locales contra los camioneros de los países africanos vecinos, con más de doscientos asesinatos. Negros matan negros.

Pero las masas son maniqueas y no gustan de pensamiento complejo, sino de mensajes breves y resumibles en una pancarta o un tuit. Y el número de demagogos crece por doquier a pasos agigantados. Los situados más a la izquierda parecen felices subvirtiendo el orden e incluso la Historia, formulando verdaderas consignas antisistema (no importa que ellos mismos sean parte de un Gobierno, como sucede en España con ese extraña hura que es Podemos) y justificando la violencia (verbal o física, véase si no los entendimientos que recibe Bildu y su entorno proetarra), que se derriben las estatuas de Colón, Cervantes o fray Junípero Serra, y por supuesto las de Washington, Jefferson y Churchill. No les preocupa las causas por las que el vandalismo pervive, y que casi siempre atañe a la situación precaria en que viven ciertos sectores marginales de la población (negra o no). Les preocupa que esa marginalidad alguna vez llegue a su fin y desaparezca la razón de sus soflamas. 

Estos bárbaros, auténticos idólatras del comunismo más primitivo, arremeten desde dentro y desde fuera del sistema, y con todas sus fuerzas, contra las leyes, contra las instituciones, contra los valores sociales y morales, en aras de un paraíso mítico de igualdad y libertad que dicen querer resucitar y que se distingue por la absoluta falta de igualdad y de libertad. Son estas leyes, estas instituciones y estos valores sociales y morales los urdidos en tiempos de la Ilustración, las barreras que la civilización moderna ha sabido levantar para salvaguardar a las personas libres e iguales contra el regreso del servilismo tribal.

jueves, 28 de mayo de 2020

Mítica (in)fidelidad

Cuando Aristóteles quería averiguar lo que es la prudencia, observaba a personas prudentes. Porque si Pericles es prudente, y lo observamos actuar, tal vez con ello logremos descubrir en qué consiste la prudencia.

Para indagar en la fidelidad, podemos detener nuestro entendimiento en Penélope, la esposa de Odiseo (Ulises). Cuando este partió hacia Troya, ella lo esperó los diez años que duró la guerra y aun otros diez más, los que demoró Ulises su regreso. Durante todos y cada uno de esos veinte años, Penélope, junto con su hijo Telémaco, aguantó el asedio de muchos pretendientes, tejiendo y destejiendo la tela que convirtió en símbolo de fidelidad a su marido, al que todos daban por muerto.

Ulises engañó a Penélope en numerosas ocasiones. Por ejemplo, con Circe, la hechicera, que se enamoró de él y lo retuvo (digo yo que sin mucho impedimento por parte del héroe: curioso uso del verbo) un año, y al no ver su amor correspondido le dejó partir no sin antes advertirle de que debía pedir consejo en el Inframundo al difunto adivino Tiresias. Y también engañó a Penélope con Calipso, la ninfa de la isla de Ogigia, a cuyas playas arribó Ulises tras naufragar, y quien se enamoró de él y lo retuvo (otra vez) siete años (él creía que solo fueron siete días) ofreciéndole la inmortalidad si se quedaba con ella, algo que Ulises rechazó porque deseaba regresar a Ítaca. 

Peitho es la diosa de la seducción, “la que no conoce rechazo”, quien hace felices a los hombres si no se oponen a ella e infelices a las mujeres si estas ceden a su tentación. Por no ceder Penélope a las tentaciones de sus pretendientes, fue recompensada con el regreso de su marido. Claro que para algunos, el regreso del héroe de Troya no fue precisamente una verdadera recompensa:

No era que no le hubiera conocido a la luz del hogar, no eran sus
andrajos de mendigo, su transfiguración –no, había claros indicios:
la cicatriz de su rodilla, su robustez, la astucia de su mirada. 
Asustada, apoyando la espalda en la pared, buscaba una excusa,
una prórroga de un poco de tiempo, para no contestar
para no traicionarse. ¿Por él había gastado veinte
años, veinte años de espera y de sueños, por este desdichado,
salpicado de sangre, de barba ya blanca? Se echó sin habla
en una silla, miró lentamente a los pretendientes muertos en el suelo, como si mirase
muertos sus propios deseos. Y: «bienvenido», le dijo,
escuchando extraña, lejana, su propia voz. En el rincón, su telar
llenaba el techo de zigzagueantes sombras, y todos los pájaros
que había tejido con brillantes hilos rojos en un follaje verde,
de repente, esta noche del regreso, se volvieron de color ceniza y
negro, volando por el cielo llano de su última espera.
("Grecidad", Yannis Ritsos, 1909-1990)


La antagonista de Penélope es la bella Helena, a quien el troyano Paris raptó (seguramente en connivencia con su propia voluntad) para convertirla en Helena de Troya. Ya anteriormente había sido raptada por Teseo de Atenas, otro héroe con afición a esto del rapto de las damas hermosas, cosa entonces nada mal vista e incluso promovida por las propias jóvenes. Teseo la mantuvo cautiva varios años hasta liberarla. Su belleza, entonces, atrajo el interés de todos los caudillos griegos, que a punto estuvieron de matarse por poseerla, incluido Ulises (Odiseo), quien fue uno de los que con ella casarse quiso, pero como era astuto, propuso a todos los pretendientes que se juramentasen para acudir siempre en ayuda del hombre que desposara a Helena. El elegido fue el rubio Menelao.

En Troya, Helena anduvo liada en amoríos con Héctor, domador de caballos y hermano de Paris. Y a la muerte de este, Helena desposó con el tercero de los hermanos: Deífobo. Cuando los griegos conquistaron Troya, Helena regresó con Menelao, quien decidió no matarla, pese a que tal era la costumbre de los hombres con las esposas adúlteras. Cuentan que, en el Inframundo, en la Isla de los Bienaventurados, Helena se enamoró del valeroso Aquiles, quien la estaba esperando...

lunes, 18 de mayo de 2020

Cuando la guerra es mucho más que muerte y destrucción

A principios del siglo XVIII, Pedro el Grande, zar de todas las Rusia, construyó San Petersburgo a orillas del río Neva, en un pantanoso e inhóspito terreno. Para construirla fueron necesarias grandes riquezas y el trabajo de más de cien mil personas. 

A modo de introducción


San Petersburgo se asienta en tierra fronteriza y, desde tiempos inmemoriales, en ella se derramó abundante sangre. Como sucediera muchos siglos atrás, en el XIII, en tiempos del príncipe de Novgorod, Alexander Jaroslavovic, quien derrotó a los invasores suecos estableciendo el futuro de Rusia y obteniendo, para toda la eternidad, el epíteto de Alexander Nevskij. Tiempo después, Pedro el Grande, fundador de la magnífica ciudad que lleva su nombre, la convertiría en bastión hacia Europa y una muestra del poder ruso. Al mismo tiempo, un desafío y una advertencia.

Catalina II, la Gran Catalina, la amplió y llenó de colores hasta convertir la ciudad en el centro cultural de toda Rusia. En la ciudad de Pedro florecieron las artes y las ciencias, se hablaba francés y se discutían nuevas ideas políticas y sociales en las reuniones. En la primera mitad del siglo XIX, los Decembristas, un puñado de jóvenes oficiales muy brillantes, intentaron modificar la sociedad rusa, en vano. Casi un siglo después, Vladimir Uliànovic Lenin tuvo más éxito. Con él, San Petersburgo y toda Rusia se convirtieron en soviéticos.

Diecisiete años después de la Revolución de Octubre, el 1 de diciembre de 1934, en Leningrado, Leonid Nikolayev mató con un arma de fuego al secretario del Partido, Sergeij Kirov, un hombre problemático para el Partido Comunista de quien se rumoreaba que tenía, en el país y en el aparato del partido, más éxito que Stalin. Su asesinato nunca fue aclarado y sirvió de pretexto para una cacería humana. Se desmanteló el Partido Comunista de Leningrado y sus líderes fueron deportados o fusilados. La purga se extendió por toda la Unión Soviética hasta el punto de dejar en cuadro al Ejército Rojo: tres de sus cinco mariscales desaparecieron, casi todos los comandantes ymuchos oficiales menores fueron deportados o ejecutados. 

Algo estaba pasando


La guerra era una tragedia en Europa cuando Andreij Zhdanov, el poderoso secretario del Partido Comunista de Leningrado y, según muchas personas, sucesor de Stalin, repetía sin descanso que Alemania no podía permitirse una guerra en dos frentes. Ante los movimientos de tropas alemanas al oeste de la Unión Soviética y los vuelos continuos sobre posiciones rusas en Báltico, replicaba que se trataba de guerra psicológica. El caso es que, a finales de la primavera, todavía hacía frío y los habitantes de "Peter", como llamaban clandestinamente a Leningrado, anhelaban el verano y sus noches blancas. El escritor Alexander Luknitzkij caminaba tranquilo con su perro Mishka por las calles de Leningrado sin preocupación alguna por el futuro. Era sábado, 21 de junio. El mismo día que el almirante Arseny Golovko, jefe de los servicios terrestres de la Armada Soviética, recibía respuesta vagas, como siempre, a sus informes de días previos sobre vuelos de observación de aviones alemanes. No incurrir en provocaciones de ningún tipo, era la consigna. Ese sábado, en el cielo sobre Leningrado no apareció ningún avión. Golovko estaba preocupado, pero decidió que era inútil hacerlo y decidió ir al teatro. También lo hizo el vicealmirante Vladimir Tributz, comandante de la flota báltica que se hallaba anclada en el puerto de Riga, en Letonia, tratando de contener su inquietud. Demasiados vuelos alemanes, demasiados movimientos de tropas: algo sucedía. Puso a la flota en alerta y pidió permiso a Moscú para instalar minas como precaución. El almirante Kutnètzov, comisionado de la Marina, le dijo lo de siempre: en alerta, pero sin provocar. Nada de minas.

Kutnètzov también se encontraba inquieto. Quizás fuese más prudente poner a la flota del Báltico y a la del Mar Negro, a todos los barcos soviéticos, en alerta máxima. Pero, ¿cómo hacerlo sin enfurecer a Stalin, quien estaba convencido de que los rumores de guerra eran propaganda o una maniobra angloamericana para poner a alemanes y rusos contra los demás? Finalmente dio orden de entrar en Alarma 1 haciéndola pasar por un ejercicio naval. Unas horas más tarde, la orden oficial de alerta llegó directamente del Kremlin, firmada por el nuevo Jefe del Estado Mayor, el general Georgy Zhukov. Hasta ese momento, todos en Moscú, y al frente la agencia de prensa gubernamental Tass, reiteraban la falta de fundamento sobre los rumores de un ataque alemán. 

Operación Barbarroja


Los alemanes lanzaron su Operación Barbarroja al amanecer del 22 de junio, el domingo, en Leningrado, Moscú y Kiev. Los soviéticos fueron sorprendidos por completo. Habían sido advertidos a tiempo, sabían incluso la fecha y la hora del ataque. Pero no hicieron nada porque Stalin no creía, o no quería creer, en una agresión alemana. Ambos países habían suscrito un pacto de amistad y no agresión ("Pacto Ribbentrop-Molotov"), siempre respetado por los soviéticos. Y según Stalin, era más que suficiente. En el último minuto, a Stalin le atormentaron las dudas y sus escrúpulos. Pero la alerta final fue torpe y, sobre todo, inútil. Von Ribbentrop, Ministro de Asuntos Exteriores del Reich, no se personó durante todo el sábado 21 de junio con el embajador soviético en Berlín, Dekanozov, que lo buscaba por todas partes. Von Weizaecker, primer secretario del ministerio, resultaba lacerosamente frío: “¿Están nuestros aviones atacando a Rusia? A mí me parece todo lo contrario”, respondió a un Dekanozov cada vez más confundido. Tampoco Molotov tuvo más suerte: había convocado en el Kremlin al embajador alemán en Moscú, von Schulenburg, sin resultado.

Se desconocen las razones de todo ese ajetreo diplomático. Quizá Stalin estaba preparado para evitar la guerra y hacer concesiones políticas o territoriales significativas. Pero era ya demasiado tarde para cualquier medida. Por la noche reapareció von Ribbentrop: tenso, emocionado y borracho. Convocó a Dekanozov y le dio la declaración de guerra. Con lágrimas en los ojos, afirmó que no era el culpable de esa decisión. Era la guerra y, pese a la evidencia, costaba trabajo creerlo. Cuando los aviones nazis atacaron Sebastopol, en Crimea, un oficial soviético que estaba abriendo el fuego antiaéreo, hasta entonces prohibido, ignoró la prohibición y se arriesgó a recibir un disparo. En Libau, en el Mar Báltico, solo se autorizó a responder cuando los aviones nazis ya estaban arrojando sus bombas. Incluso el general Pavlov, comandante del Distrito Especial del Oeste, informado sobre el ataque alemán en medio de una representación teatral en Minsk, exclamó. "¡No puede ser cierto! ¡Es una tontería!" El comisario de Defensa, Semjon Timoschenko, llamó desde Moscú advirtiendo: "No abras fuego sin autorización contra los aviones alemanes". 

Pero lo de Hitler no iba de farol. Sus ejércitos se dirigían a toda velocidad, rodeando las divisiones soviéticas, destruyendo los aviones rusos en tierra y tomando una ciudad tras otra. El mariscal von Leeb avanzó hacia Leningrado en dos direcciones: una con el XVIII Ejército hacia Pskov-Ostrov y otra con el XVI Ejército hacia Kaunas y el río Dvina, aplastando las defensas terrestres soviéticas, utilizando como martillo el formidable Cuarto Grupo Blindado del general Hoeppner. 

Hitler no era el único que quería ver caer Leningrado. En 1939 la URSS había intentado invadir Finlandia, al negarse esta a ceder parte de su territorio para salvaguardar la ciudad. Los soviéticos lograron penetrar por la frontera y se anexionaron una parte del territorio finlandés alrededor del lago Ládoga. Los finlandeses se habían empezado a armar de nuevo con la intención de vengarse en el futuro. Cuando Hitler invadió la URSS, Finlandia formó inmediatamente una alianza con Alemania con objeto de recuperar los territorios perdidos 

Hacia Leningrado


Al oeste y sureste de Leningrado las defensas eran escasas. Para los soviéticos la frontera peligrosa era, como siempre, la del norte, con Finlandia, donde se habían erigido muchas fortificaciones y se encontraban concentradas las tropas. En Estonia, Lituania o Letonia, poco se había hecho: se habían unido a la Unión Soviética hacía poco más de un año y en esos territorios la policía secreta (NKVD) estaba trabajando a plena capacidad, el Ejército Rojo un poco menos.

Dada la situación, los soviéticos poco pudieron hacer frente al poder militar nazi. La ciudad de Kaunas fue capturada en muy poco tiempo, a pesar de la feroz resistencia de los guardias fronterizos. Muchas divisiones sin órdenes, o con órdenes sin sentido alguno (del estilo "Contraatacar y tomar Kaunas de nuevo", por ejemplo), fueron tomadas por sorpresa y barridas del mapa. Otras unidades se dirigieron a ciegas hacia posiciones lejanas o directamente en manos enemigas. Von Manstein, a la cabeza de su Cuerpo blindado, cruzó el río Niemen en Alytus, llegó al río Dvina en Dvinsk y siguió avanzando, volando los puentes que quedaban intactos. Era el 26 de junio y los carros de combate nazis, los panzers, en el lado norte, habían penetrado hasta casi ciento ochenta kilómetros en territorio soviético. Un desastre sin paliativos y un triunfo para los atacantes. Hitler estaba eufórico. También el general Franz Halder, jefe de gabinete, estaba eufórico. ¿Y Stalin? Stalin, después de la hiperactividad mostrada en las primeras horas de la invasión, no respondió. Como si hubiese caído en estado de catalepsia. Durante más de una semana, se pasó horas encerrado en su habitación en el Kremlin o en su dacha (casa de campo) fuera de la ciudad, incapaz de tomar decisiones, incapaz, casi, de hablar.

Molotov sí habló. Al mediodía, hora de Leningrado: hemos sido atacados por traición, sin ningún motivo. Pero tenemos la razón de nuestra parte y ganaremos. En la ciudad de Pedro todos se preguntaron: ¿por qué habla Molotov y no Stalin? El que tenía ahorros corrió al banco a sacarlos. Toda la población compró comida. La comida enlatada, odiada por los rusos, o el caviar, se convirtieron en golosinas.


Los nazis avanzaban a la velocidad del rayo, pero no habían contado con el anfitrión. Aun sin órdenes o con órdenes inconsistentes, las divisiones soviéticas comenzaron a luchar con valentía y tenacidad. La población civil cooperó. No todos en la ciudad de Pedro se volvían locos por Stalin y el comunismo, pero sí se sentían todos obligados a luchar hasta el final para defender la ciudad. Los habitantes de Leningrado se movilizaron o fueron movilizados. Quien no pudo apuntar con un rifle, cavó trincheras o trampas antitanques. Los poetas y los escritores hablaban por radio para mantener la moral de la población.

El general Leliushenko logró detener, aunque por poco tiempo, a von Manstein. También en otros puntos del frente se intentaron los contraataques. Por su parte, el general, más tarde mariscal, Kiril Meretzov, veterano del Ejército Rojo, combatiente durante la guerra civil española, enviado a Leningrado directamente desde Lubianka , donde fue detenido y torturado, adoptó las medidas más efectivas para repeler una eventual agresión: fortificó la línea Pskov-Ostrov; también la línea fronteriza con Finlandia,  a unos treinta kilómetros de Leningrado; igualmente la línea en el río Luga; y finalmente abrió un segundo Frente (nombre dado por los soviéticos a sus grupos de ejércitos) alrededor de Volkov, al noreste de San Petersburgo.

Las medidas adoptadas por Meretzkov funcionaron. No del todo, pero funcionaron. No conseguían detener a los alemanes, pero frenaron su marcha. En la línea del río Luga, von Leeb tardó más de un mes en vencer a las tropas soviéticas y a las milicias populares, mal entrenadas pero valientes, los Voluntarios del Pueblo. Era el 8 de agosto y el calendario fijado por Hitler no se estaba respetando. Pero no fue suficiente. En el nortelos finlandeses fueron detenidos o estos decidieron detenerse. Cuando los alemanes ocuparon la estación de ferrocarril de Mga, interrumpiendo la comunicación entre Leningrado y el resto de Rusia, la ciudad de Pedro quedó definitivamente aislada.

¿Y la flota báltica? ¿Qué sucedía con la tan temida flota báltica? Había partido de Tallin, Estonia, en medio de una confusión indescriptible. Debido a las minas y a los ataques aéreos, había sufrido muchas pérdidas, pero había podido arribar a Kronstadt. Y a partir de ahí, los cañones del crucero Kirov y de todos los demás buques de guerra soviéticos no dejaron de golpear las posiciones enemigas, tratando de dar aliento a la ciudad.

En este punto, el general Zhukov fue enviado a Leningrado directamente desde Moscú. Georghij Konstantinovic Zhukov no entendía mucho de los sagrados textos marxistasy tenía muy mal genio, pero era muy capaz. Hijo de un zapatero muy pobre, suboficial de caballería del ejército zarista, oficial del ejército soviético, había adquirido experiencia en el Lejano Oriente, donde, alrededor del río Chalkin-Gol, había derrotado a los japoneses. Después de ese éxito, Stalin lo había convocado al Kremlin y convertido en uno de los oficiales más escuchados del Ejército Rojo. Zhukov fue franco, incluso con Stalin. En su presencia, a menudo levantaba la voz. Extrañamente, Stalin no reaccionaba ante él. Corría de boca en boca una leyenda: antes de cada batalla, Zhukov recogía un puñado de tierra, la olisqueaba y, luego, decidía si atacar o esperar. Una vez el general Eisenhower le preguntó cuáles eran las tácticas soviéticas para atacar los campos minados. "Ataques de infantería como si el campo de minas no existiera", fue su respuesta.


El enemigo más allá de las puertas


Cuando Zhukov llegó a Leningrado la situación era desesperada. Los nazis habían quebrado la línea de Luga y ocupado Mga. Estaban presionando y la ciudad a punto de ser capturada. Zhukov ordenó: de ahora en adelante, no nos retiramos, atacamos. Mientras tanto, se habilitaron líneas defensivas. Los soviéticos se prepararon para contrarrestar al enemigo casa por casa. Todo Leningrado fue minado. El puerto de Kronstadt quedó lleno de cargas de profundidad vinculadas a un único detonador: ni el puerto ni la flota podían caer en manos enemigas. Todo habría tenido que saltar por los aires si el enemigo llegaba a penetrar.

Pero los alemanes no se abrieron paso. Estaban a un paso de capturar la ciudad, pero fracasaron. Al llegar a las orillas del Neva, no pudieron cruzarlo: lo intentaron en vano. ¿Qué los detuvo? Tal vez no tenían pontones suficientes, tal vez no estaban preparados para cruzar el río bajo un fuego muy intenso, tal vez estaban cansados ​​y exhaustos debido a la feroz resistencia soviética, tal vez subestimaron al enemigo. Desconocían que los soviéticos estaban en serios problemas y que no habrían podido detenerlos de haber atacado con todas sus fuerzas. A esa ligereza inexplicable Leningrado le debería su salvación.

En Ligovo, un suburbio de Leningrado, un puñado de soviéticos estaba alineado alrededor de un edificio, la Casa Klinovskij. Pero ese puñado de personas, a pesar del fuerte ataque alemán, resistió y, a medida que avanzó el día, recibió refuerzos, artillería, lanzacohetes Katyusha, se volvió cada vez más numeroso y a los alemanes les resultó imposible desplazarlo de su refugio. A veces, los exhaustos soldados ​​de ambos bandos se detenían para respirar. En una de estas pausas, un soldado soviético comenzó a cantar una canción popular como solo los soldados rusos saben cantar. Al terminar de cantar, sucedió algo inesperado. Se escuchó una voz desde la otra orilla del Neva: "¡Otra vez, ruso! ¡Otra vez!"

En septiembre, los alemanes lo intentaron todo desde el cielo. Las sucesivas oleadas de bombarderos arrojaron toneladas y toneladas de bombas sobre Leningrado, amenazando con ello los tesoros artísticos del Hermitage, que fueron guardados a toda prisa en los sótanos del museo, y arrrasando cuarteles, hospitales, instalaciones militares, casas civiles y los almacenes Badajev, destruyendo toneladas de comida. Los soviéticos, imprudentemente, habían descuidado almacenar comida en distintos lugares.

Muchos se iban de Leningrado. Los niños, en particular. Dado que no había un plan de evacuación, la partida fue improvisada. Muchos de los lugares a los que se dirigían estaban en medio del avance alemán. Pero a Leningrado llegó, en cambio, la conocida poeta Vera Imber y su esposo, un famoso médico que estaba a punto de asumir el cargo de director del hospital de Leningrado. Una cuestión de patriotismo puro. La poetisa le confió a una amiga suya que quedarse tras las líneas enemigas les parecióun signo de cobardía. De Leningrado no solo se iban las personas. Algunos de los tesoros del Hermitage también salieron de la ciudad: pinturas de Leonardo, Rembrandt, Rubens, Raphael, El Greco... Muchas fábricas industriales fueron desmanteladas y sacadas de Leningrado para ser ensambladas en otros lugares. En Leningrado, todos los habitantes luchaban o trabajaban para la ciudad, incluidas las mujeres. Y todos esperaban lo peor.

Sucedió, entonces, un buen día, que los alemanes comenzaron a cavar trincheras. Los formidables grupos blindados del general Hoeppner habían sido enviados a mediados de septiembre al frente de Moscú. El 6 de octubre Stalin llamó a Zhukov para que obrase un nuevo milagro. El general Ivan Fediuniskij fue nombrado comandante del frente de Leningrado. Sin el Grupo blindado de los Hoeppner, los alemanes, ya dentro de Leningrado, habían perdido fuerza y ​​velocidad y, por orden de Hitler, se habían detenido. Zhukov, el spasitel (спаситель), el salvador, había ganado la batalla de septiembre.

Cuando la población de Leningrado vio a los alemanes trabajando pensó, con alivio, que la ciudad y los restos de la flota báltica se habían salvado, al menos de momento. En la antigua fortaleza de Schliessenburg ondeaba la bandera roja. Durante mucho tiempo Hitler había soñado con entrar en Leningrado victorioso para pasar revista a las tropas allí desplegadas y celebrar la victoria en el Hotel Astoria. La necesidad de conquistar Moscú le había impedido cumplir su sueño. Por intentar capturar la capital soviética, las tropas alemanas habían sido trasladadas de Leningrado, debilitando la presión de von Leeb sobre la ciudad de Pedro. Pero la necesidad de conquistar Moscú no impidió que Hitler ordenase matar de hambre a Leningrado: "alimentar a la población de Leningrado no es nuestra tarea". Ordenó a Von Leeb que aplastase la ciudad con todas sus fuerzas y rechazase su eventual rendición. Leningrado debía ser borrada de la faz de la tierra y con ella a toda su gente.

Para Leningrado, la ciudad de Pedro, los días de la prueba suprema estaban a punto de llegar.

El Príncipe Mishkin y la Princesa Mìshkina


La quema de los almacenes Badajev fue un golpe terrible. Los suministros de comida se habían desvanecido en el aire. Toda la ciudad era recorrida de punta a punta en busca de algo comestible. Dimitri Pavlov, un oficial incansable, autor de un interesante diario de aquellos días, se encargó de esta búsqueda. Encontró muy poco. Las raciones se redujeron y la calidad de la comida empeoró rápidamente. De 800 gramos de pan al día a solo 200 gramos y muy pronto el pan se convirtió en una mezcla dura y amarga de serrín y celulosa. Faltaba la electricidad: ¿cómo podrían calentarse durante los meses más fríos? Los soviéticos no solo no habían preparado las medidas adecuadas para hacer frente a un asedio: ni tan siquiera habían pensado en ello. 

Algo llegaba a través de Ladoga, el gran lago situado al este de Leningrado. Las barcazas y los barcos transportaban alimentos, combustible y municiones a la ciudad sitiada y era por donde evacuaron a niños, a parte de la población civil y a los heridos del Ejército Rojo. Pero no duró mucho tiempo. A principios de noviembre, los alemanes capturaron la ciudad de Tichvin, bloqueando el camino a través del cual fluían los suministros hacia el Ladoga. 

La pérdida de Tichvin fue un desastre. Los trabajos para preparar un camino alternativo para abastecer a Leningrado, de más de trescientos kilómetros en un área difícil e inaccesible, ni siquiera habían comenzado. Se creó a toda prisa, bajo una enorme presión, pero comenzó a funcionar tarde y mal. En algunos puntos era tan estrecho que los camiones no podían pasar. El flujo de suministros se detuvo y, dentro de la ciudad, las raciones se redujeron aún más.

Se adoptaron medidas estrictas: a quien robaba raciones o imprimía cartillas falsas de racionamiento, o se descubría vendiendo en el mercado negro, era ejecutado de inmediato. Quien perdiese la cartilla de racionamiento estaba condenado a morir de hambre.

Mucha gente salía de sus casas bajo los bombardeos incesante para buscar coles, patatas o, simplemente, hierba en los campos, jardines y zanjas. Las mujeres se agolpaban frente a las tiendas y esperaban en la cola sin importarles las bombas que caían. Leningrado comenzó a morir de hambre. La gente se hinchaba o perdía peso, la distrofia muscular y el escorbuto se apoderaron de la ciudad. Unos pocos, los más afortunados, los más inteligentes, los más ricos, se salvaron. La gente fue cayendo en el camino. Los jóvenes fueron los primeros en morir y en primera línea, donde se luchaba duramente, se sufría hambre. En la ciudad, un anillo de diamantes valía tanto como una barra de pan integral.

Los animales desaparecieron. No había perros, gatos, palomas, cuervos ni gorriones. No hacía tanto desde que un soldado del Ejército Rojo viese en la ciudad a una niña con una gata en brazos y dos máscaras de gas: "¿Por qué dos máscaras?" "Uno para mí y otro para mi gata. ¿Crees que la dejaría morir en caso de un ataque con gas?". Pronto se comieron a los gatos y a los perros. Dinka era un perro entrenado según el método Pavlov para correr al refugio antiaéreo al sonar las sirenas. Un día desapareció.

Tiempo atrás,  cuando un convoy de rescate llegó a Koivisto, en el frente norte, para evacuar a los heridos de un fuerte ataque finlandés, un bote que salía del puerto dio la vuelta para rescatar un perro mascota que ladraba en el muelle. Los animales de los regimientos fueron bien tratados: los soldados se encariñaban con ellos y eran mascotas afortunadas. Por esta razón, Alexander Luknitzkij pensó en entregar a su muy querido perro Mishka a una unidad militar. "En el frente se alimentan mejor y el perro sobrevivirá", dijo. Pero su hijo respondió: "es mejor comerse al perro". Ta supimos que solo unos meses antes, Mishka corría feliz y esperanzado con su maestro a lo largo del Neva.

Otro habitante de Leningrado mató y se comió a su perro. Poco después le entró un terrible remordimiento. Acabó por suicidarse. Otro fue visto con su perro en brazos, mientras acompañaba un funeral. El hombre y el perro eran dos esqueletos y el animal mostraba una mezcla de terror y resignación en sus grandes ojos abiertos. Su maestro lo sostenía con fuerza contra su pecho, como si lo protegiera. ¿Fue afecto, solidaridad o simplemente un deseo de salvar su preciosa reserva de alimentos? Pero no solo los habitantes de Leningrado acabaron con los animales. Una bomba nazi golpeó las jaulas del zoológico, derribando las cercas. La elefanta Betty, golpeada por la metralla, murió tras horas de agonía, barritando con desesperación: fue atrapada por los ratones que se movían en multitud hacia el frente, donde las reservas de alimentos eran consistentes. Prefirieron el lado alemán: la comida era mejor. 

En Leningrado hubo quien no comía todo el pan que recibía y siempre guardaba algunas migajas. Una tarde, un niño sintió la presencia de un ratón en la caja de estas reservas de pan. Eligió liberarlo: incluso el ratón, a su manera, era una víctima y sufría hambre como él. Los niños de Leningrado, bajo el asedio, pensaban de esta manera. 

A veces la presencia de un ratón en la casa era una suerte de buena compañía, como tener un perro o un gato en tiempos normales. No solo para Vera Imber –quien escribió al respecto– sino para muchos habitantes de Leningrado: “Mishkin” y “Mìshkina”, Mickey Mouse y Minnie Mouse, se convirtieron, donde todo estaba muriendo, en presencias de vida. Alguien, todas las noches, les dejaba unas migajas.

En el umbral del invierno, se oían voces sobre niños desaparecidos y las madres tenían más que razón en preocuparse. Si se estaba comiendo todo, incluso el papel tapiz y el pegamento, ¿por qué no la carne humana? Aparecieron los "caníbales". Vendían algo de carne: albóndigas, en particular. La gente las compraba sin hacer preguntas. Alguien juró que había visto cadáveres mutilados: la carne de los muslos y los hombros había sido removida por un carnicero.

Los caníbales parecían preferir a los soldados: eran jóvenes y estaban bien alimentados. Algunos de estos soldados, que regresaron a la ciudad desde el frente para visitar a sus familias, fueron víctimas de emboscadas misteriosas. A veces, sin embargo, los soldados se vengaban. Una tarde, tres jóvenes, dos niños y una niña, fueron al mercado a comprar un par de botas de fieltro. Ofrecieron, a cambio, seiscientos gramos de pan, la moneda con la que todo se pagaba en esos días en Leningrado. Un comerciante tenía en su puesto una de las botas del par. "Ven conmigo", dijo, "te daré el otro". Los jóvenes, tensos y alertas, lo siguieron hasta la casa. Uno de ellos subió las escaleras y los otros esperaron en el camino. La casa estaba fría. Al llegar a una puerta cerrada el comerciante la abrió con estas palabras: "Hay uno vivo aquí". El joven fue agarrado, pero se las ingenió para escaparse. Al llegar a la carretera, se encontró con unos soldados que se dirigían al lago Ladoga. Les contó lo que pasó. Los soldados bajaron de su camioneta y subieron las escaleras. Se escucharon disparos. Finalmente salieron y les dieron el pan a los jóvenes.

También se vendía la tierra. La de las tiendas Badajev tenía una gran demanda: sobre ella, el azúcar licuado por el fuego del bombardeo nazi en septiembre había goteado. Los niños, muchos de ellos huérfanos, comían tallos de repollo congelados sin ni siquiera calentarlos. Una vez, en una panadería, uno de ellos corrió sobre un pan que una mujer estaba a punto de comprar. Agarró el pan y se lo llevó a la boca y a comerlo sin preocuparse por los golpes y los gritos de la mujer.

Las colas para el pan eran cada vez más largas y las carreteras y callejones estaban cada vez más llenos de sombras que se movían en la oscuridad. Cuando una mujer, un anciano o un hombre debilitado pasaban cerca, lo asaltaban para robarle el pan. Los castigos por los robos eran muy duros, pero los hambrientos se habían despojado de todos los miedos.

Hubo algunas leyendas urbanas. Una de ellas fue la del "Ladrón Caballeroso". Una noche, una joven fue asaltada por un grupo de hombres: se vio obligada a desnudarse y a entregar sus vestidos a los asaltantes. Uno de ellos, probablemente el jefe, al verla temblando y asustada, se quitó la chaqueta y la echó sobre los hombros de la joven y desapareció. Al volver a casa, la joven encontró en los bolsillos de esa chaqueta un poco de mantequilla y un pan.

A veces ocurrían pequeños milagros. Una tarde, una mujer pobre, hambrienta y sin comida, oyó que llamaban a su puerta. Cuando abrió la puerta, vio a un joven soldado del Ejército Rojo. En su mano tenía una bolsa medio llena con hojas de repollo, en parte podridas. Se la ofreció. La mujer lo tomó sin decir una palabra y nunca supo por qué ese soldado había llegado hasta allí ni por qué la había elegido.

Pero también sucedía lo contrario. Una tarde, Vera Imber y su esposo, el director del hospital de Leningrado, regresaban a casa. Se encontraron con una anciana casi ciega que les pidió ayuda para encontrar su cartilla de racionamiento que se le había resbalado y caído, quién sabe dónde. Estaba muy oscuro, dijo la anciana, y nunca lo hubiera podido encontrar, ni siquiera estando a sus pies. La poetisa estalló: "¿Qué quiere? ¡Busque esa cartilla usted misma!" Pero su esposo, sin decir nada ni a su esposa ni a la anciana, se agachó, encontró la cartilla, la recogió y se la devolvió a la anciana. Tiempo después, Vera Imber, pensando en este suceso, no pudo encontrar explicación a su propio comportamiento.

Noviembre de 1941 fue un mes terrible para la ciudad de Pedro. Sometido al fuego incesante de la artillería alemana y aniquilada por el hambre, parecía a punto de rendirse. Hubo más de diez mil muertes, la mayoría de ellas por hambre y privación. El terrible invierno ruso se acercaba a pasos agigantados. Pero a principios de diciembre ocurrió un nuevo milagro: los generales Fediuniskij y Meretzkov volvieron a conquistar Tichvin. Un gran éxito. En primer lugar, porque frustraba la maniobra alemana de disponer un segundo nudo de asedio alrededor de Leningrado y, en segundo lugar, porque el camino a través del lago Ladoga volvía a ser practicable.

El pan sagrado de Ladoga


El "camino de la vida" a través del lago Ladoga comenzó a funcionar a toda velocidad cuando el hielo se congeló hasta soportar el peso de un camión. Previamente se hicieron intentos como usar trineos tirados por caballos, pero la carga transportada era muy pequeña. 

No había nieve en la superficie helada del lago cuando los primeros camiones se dirigieron hacia Leningrado. Más de un camionero sintió la impresión de conducir sobre agua. Alguno se hundió antes de que el hielo se congelase por completo bajo el peso de los camiones.

Al principio, el camino de la vida funcionó mal. Muy mal. La primera vez se necesitaron de seis a siete horas para llegar a la ciudad. Posteriormente, día tras día, la organización mejoró y se redujeron los tiempos de viaje. A principios de abril de 1942, la distancia se podía recorrer en menos de una hora. Pero, mientras tanto, durante el terrible invierno de 1941, en Leningrado faltaba pan y la gente seguía muriendo de hambre.

Una mujer, parada en la cola frente a una tienda de pan, murmuraba en voz baja. Juraba por el frío, por la guerra, por la cola, por el pan negro y duro que se estaba repartiendo. Otra mujer, frente a ella, escuchó sus quejas. Se volvió hacia ella y, en voz baja, dijo: "No, esto no es pan negro. Esto es pan blanco : ¡es pan de Ladoga, es pan sagrado! ". El pan de Ladoga no era pan blanco: era un pan negro y duro, pero era pan. Todavía no llegaba mucho, porque los alemanes no se quedaban dormidos. Cuando se dieron cuenta de la existencia del camino de la vida, intensificaron sus bombardeos y ataques aéreos sobre el lago. Pero, viajando al amparo de la oscuridad y sin faros, muchos camiones pudieron hacer el viaje de ida y vuelta siguiendo las señales de banderas. A intervalos regulares, en el lago, se habían establecido puntos de apoyo a los conductores con combustible y protección. De hecho, se instalaron muchos cañones antiaéreos construidos con bloques de hielo.

El asedio de Leningrado


En Leningrado el invierno era cada vez más oscuro, cada vez más frío, cada vez más mortal. Pero, a pesar de todo, la vida continuaba. También la vida cultural. El director del Ermitage, Josif Orbelij, el día de la invasión, había echado un vistazo al calendario y su pensamiento se fue hasta Napoleón: también el emperador, en su momento, había atacado Rusia en junio, más o menos en esos días, y había fallado.

Orbelij ya no estaba pensando en Napoleón. Tampoco en los tesoros del Museo, que habían llegado a lugar seguro: estaba pensando en el poeta uzbeco Navoj, de quien ese año debía celebrarse el quinto centenario de su nacimiento. Y estaba pensando en cómo conmemorar dignamente aquel aniversario. Y así, en el terrible invierno de Leningrado, los versos del legendario poeta resonaron nuevamente en una habitación fría y medio vacía del Palacio del Ermitage en la boca de unos pocos famosos eruditos convocados, en esa ocasión, incluso desde la primera línea del frente. Uno de ellos, terminó su locución y cayó desmayado sobre la mesa, vencido por el hambre.

La biblioteca de Leningrado estuvo abierta durante mucho tiempo, a disposición de lectores y académicos. Y la radio no dejó nunca de transmitir. Cuando, por falta de energía eléctrica, las transmisiones se detenían durante un par de días, se comentaba: "Podemos soportar todo, podemos soportar el frío o el hambre, pero no podemos quedarnos sin la radio". 

Otra voz estaba a punto de ser escuchada. Sobre los tejados de las casas de Leningrado, se habían instalado algunos emplazamientos antiaéreos y organizado servicios contra incendios. En uno de estos emplazamientos sobre el techo de la "casa de los artistas", un hombre se encontraba de servicio. No había fuego para apagar y, por eso, el hombre estaba pensando en otra cosa. En su mente, las notas de una sinfonía para el asediado Leningrado se seguían como un torbellino implacable. Uno tras otro, los pasajes musicales para expresar el dolor, la muerte, la valentía, la desesperación, el sacrificio, el sufrimiento de la gente de su ciudad, estaban tomando forma. Y la certeza de la victoria. Ese hombre se llamaba Dmitri Shostakovich. El 29 de marzo de 1942, su sinfonía nº 7, la Sinfonía de Leningrado, se presentó en el Teatro de la Ópera de Moscú. Al final del concierto, Shostakovich, bajo, pequeño, casi indefenso, se levantó para recibir una oleada de aplausos. La poeta Olga Bergholtz, presente en el teatro esa noche, pensó: "Este hombre es más fuerte que Hitler".

La poetisa Anna Achmàtova estaba en Leningrado. Hablaba en la radio. Un día hubo por sorpresa un ataque aéreo. Llegó a un refugio donde ya se encontraban algunos niños. Tiempo después, escribirá sobre uno de ellos, que resultó muerto en sus brazos:

Toca con tu pequeño puño y abriré.
Siempre he abierto mi puerta.
Ahora estoy lejos, más allá de la alta montaña, 
más allá del desierto, más allá del viento y el calor.
Pero nunca te abandonaré...
No he escuchado tu último grito.
No has pedido tu pan.
Tráeme, entonces, una pequeña rama de arce
o varios tallos de hierba verde,
como los que trajiste la primavera pasada.
Tráeme un poco de agua en tu mano,
agua pura y fría de nuestro Neva,
y de tu pequeña cabeza dorada
lavaré todo rastro de sangre.

Leningrado no necesitaba un puñado de agua: Leningrado necesitaba agua en grandes cantidades. Cuando en un terrible día de invierno, las bombas se detuvieron, la catástrofe se cernió. Sin agua, ¿con qué se podría amasar el pan? Los niños de la Juventud Comunista, movilizados para la ocasión, abrieron agujeros en el hielo del Neva, formaron una cadena humana y los cubos de agua pasaron de mano en mano hasta llegar a los hornos.

A principios de enero de 1942, las raciones de pan todavía eran de 125 gramos y la temperatura descendía por debajo de cero. Faltaba calefacción. En las calles de la ciudad, los cadáveres, envueltos en sábanas multicolores, era transportados al cementerio. Muchos cadáveres permanecieron sin enterrar en las aceras de las calles, en habitaciones congeladas, en los pasillos de las escuelas, en las salas de los hospitales, incluso en el Hermitage o en las salas de lectura de la biblioteca. Los ingenieros del ejército cavaron fosas comunes con dinamita para poder enterrar los cadáveres. Siempre eran insuficientes.

Se establecieron "lugares protegidos": allí se comía un poco mejor y se aseguraba la asistencia médica, aunque escasa. La Juventud Comunista estaba comprometida en el control de los pisos y en ayudar a los más necesitados. Niños y niñas, dirigidos por su secretario, Ivanov, registraban cientos de viviendas, salvando muchas vidas. Un día, al llegar a un piso vacío a primera vista, encontraron, debajo de una pila de ropa, un niño de pocos meses. Inmediatamente lo enviaron a uno de los "lugares protegidos" que Zdanov había establecido.

Antes y después del asedio, los controles se volvieron más estrictos y quienes en el pasado habían mostrado, incluso levemente, opiniones antisoviéticas, comenzaron a temblar. Y no solo por el frío. El peligro no estaba en las calles de Leningrado en forma de una misteriosa Quinta Columna nazi que se hubiera adentrado por las calles: el peligro venía de Moscú. A pesar de la situación en que se encontraba la ciudad, alguien no olvidó los crímenes políticos.

Una mujer que había sido muy activa durante ese terrible invierno para ayudar a personas necesitadas, fue deportada por orden de Moscú a Siberia con su hijo, debido a una historia muy dudosa que se remontaba muchos años atrás. Un artista excéntrico, cuya única culpa era usar un casco extraño, desapareció de la noche a la mañana y nadie supo más de él. En Leningrado se moría de hambre y frío, pero en otros lugares, como si nada estuviera pasando, la (in)justicia también estaba trabajando.

Por su parte, Stalin parecía querer poner todo tipo de obstáculos a Zdanov: nunca estaba satisfecho y siempre se mostraba muy crítico. En un momento dado, envió a Leningrado al príncipe de la artillería soviética, el mariscal Nicolaji Voronov, no para llevar armas, sino para extraerlas de la ciudad. Parecía dejar Leningrado a su propio destino. Verdadero o falso, los habitantes de la ciudad de Pedro lo sabían y eligieron a Zdanov: sus retratos estaban en todas partes, los de Stalin en las oficinas públicas solamente. Y no en todas ellas.

Bajo la sombra de las estatuas de Suvorov y Kutusov, protegidas por sacos de arena, sin darse cuenta del juego político que se estaba jugando entre Stalin y Zdanov, la gente esperaba la victoria, pero, en particular, esperaban al final de la pesadilla. Se preguntaban: "¿Cuándo acabará el asedio?" "Pronto", respondían los militares sin estar demasiado convencidos. Pero romper el asedio no fue fácil. Zhukov lo llevaba intentando cada vez más, desde septiembre, tras haber detenido el avance nazi. Pero había fallado. Y los generales Chozin y Meretzkov también habían fracasado cuando, en enero de 1942, lanzaron una nueva ofensiva.

En la ciudad de Peter


Mientras tanto, el "camino de la vida" era de doble sentido y funcionaba a toda velocidad. En marzo, por primera vez desde el comienzo del asedio, Leningrado tenía reservas de alimentos. En otras palabras, en marzo, la ciudad consumió menos de lo que había en sus almacenes. Muchas personas abandonaban la ciudad y llegaban a la otra orilla del lago. Pero no siempre ese viaje estuvo exento de dificultades inesperadas. Un colapso mecánico, un malentendido burocrático, un retraso, una tormenta de nieve o viento, todo causaba confusión y problemas a la llegada. La gente no sabía cuándo ni de dónde partirían los trenes. Pese a ello, más de medio millón de personas fueron transportadas a lugares más seguros.

Viniendo del asediado Leningrado, alguien se sorprendió de ver, en la orilla oriental de Ladoga, animales vivos en los campos y en los patios de las casas.


Superar el invierno, aquel terrible invierno, fue muy difícil. Los que tuvieron éxito, aparecieron con los primeros soles tibios de la primavera, todo piel y huesos, debilitados, exhaustos. Un hombre con una balanza hizo un gran negocio en la plaza del mercado: todos los habitantes de Leningrado querían saber cuánto habían adelgazado durante el invierno.

La primavera trajo nuevos problemas. La ciudad estaba sucia: necesitaba ser limpiada. Para evitar epidemias, por supuesto, pero también para quitar de la vista los cadáveres en las calles y en hospitales, moradas, y comedores, los excrementos humanos. La gente apestaba. Durante el invierno, la mayor parte de la población no se había lavado ni había lavado la ropa. Se abrieron algunas lavanderías y baños públicos. Se formaron escuadrones limpios. A finales de abril, el hielo de Ladoga se derritió, pero el camino de la vida continuó funcionando. Largas hileras de barcazas se trasladaban entre la ciudad y la orilla oriental del lago, las instalaciones portuarias se ampliaron y mejoraron. Comida, municiones, civiles y soldados se movían de de una orilla a otra del lago Ladoga continuamente.

Poco a poco, la ciudad volvía a la vida. En las calles de Leningrado ya no había caníbales, sino soldados en marcha hacia el frente. Los campos, los prados, los bordes de las zanjas estaban sembrados con patatas y coles. Se publicaron descripciones precisas de las plantas silvestres que podían contener vitamina C, la vitamina anti-escorbuto. En los labios de las jóvenes se volvió a apreciar el lápiz labial. En las calles había muy pocos cadáveres. Los tranvías circulaban de nuevo. Sin embargo, las colas frente a las panaderías eran muy largas y los bombardeos eran diarios. 

¡Shirkers!


En ruso, "govoriat" (Говорят) significa hablar, charlar. El general Leonid Alexàndrovic Govorov no honró la etimología de su propio apellido: hablaba poco o menos. Cuando, mirando desde el avión que lo transportaba a Leningrado, se le oyó exclamar "¡Buen trabajo, muchachos!" refiriéndose a los defensores de Leningrado, quienes le acompañaban quedaron  asombrados.

Govorov era un oficial de artillería, héroe en 1941 de la defensa de Moscú y venía a asumir el mando del Frente de Leningrado. Pocas personas lo conocían en la ciudad de Pedro. Solo un oficial, Odintzov, en ese momento coronel, lo recordaba: Govorov había sido su maestro en la Academia de Artillería. Era muy capaz, dijo Odintzov. Y confirmó: a Govorov no le gusta hablar. Y, extraño caso, ni siquiera era miembro del Partido Comunista.

Llamó a los oficiales de Leningrado. El general Boris V. Bycewskij, el valiente y hábil oficial de Ingeniería, uno de los autores de la defensa de la ciudad, le informó de la situación: se habían arrasado muchas trincheras, se habían destruido muchos bunkers y las reparaciones se hacían lentas y mal. Govorov levantó la vista hacia el cielo, golpeó la mesa con el puño y exclamó: "¡Shirkers!"

Bycevskij tomó mal esta exclamación mal. Tomó, entonces, la palabra para defender a aquellos trabajadores desnutridos y concluyó con estas palabras: "¿Sabe, camarada general, que aquí la gente muere de hambre? ¿Sabes qué es la distrofia?". Govorov lo miró de nuevo y, con calma, como si no hubiera entendido, respondió: "Está tenso, camarada. Dé un paseo y regrese en media hora: ¡aquí hay muchas cosas que hacer!". Bycewskij supo después que "Shirkers" era una frase típica de Govorov. Acostumbrado a dirigir indignado esta palabra a los jóvenes hijos de las familias rusas ricas, había conservado la costumbre de usarla. A menudo con razón, pero, a veces, como en este caso, sin ninguna razón.

En la otra orilla del río Neva, los soviéticos mantenían una cabeza de puente. Era costoso e inútil bajo un punto de vista militar, pero psicológicamente resultaba muy útil y cuando Govorov decidió desmantelarla, muchos se sintieron traicionados. Desmanteló la cabeza de puente y llevó a los soldados detrás del río. Quedaba otro problema: los bombardeos. El guion siempre era el mismo: los alemanes abrían fuego de artillería, los soviéticos respondían. Govorov cambió la situación: a partir de entonces, los soviéticos abrían fuego primero. El 9 de agosto, los cañones alemanes que quisieron abrir fuego contra el teatro de Leningrado donde, Shostakovich, estrenaba su sinfonía, fueron alcanzados uno tras otro, antes de que poder disparar un solo tiro.

En abril, en Moscú, tuvo lugar una cumbre de Estado de alto nivel. En esa ocasión, el general Chozin, comandante en jefe de los frentes de Volkhov y Leningrado, propuso unir los dos frentes (es decir, los dos grupos del ejército soviético) para tratar de romper el círculo alrededor de la ciudad. El general Meretzkov, comandante del frente de Volkhov, había criticado el plan: como respuesta, fue destituido y enviado a comandar el Ejército XVI. Fue llamado al mando poco después, en junio, cuando, debido a la absurda decisión de unirse los dos frentes, los alemanes consiguieron rodear al Segundo Ejército de Asalto Soviético. Meretzkov tuvo que liberarlo, incluso a costa, como le dijo el propio Stalin, de abandonar su equipo y artillería pesada.

Meretzkov hizo todo lo que pudo. Pudo abrir un pasillo estrecho y mantenerlo abierto durante una hora. A través de ese corredor, parte del Segundo Ejército pudo escapar; luego la vía de escape fue cerrada definitivamente por los alemanes y Meretzkov tuvo que renunciar. En cierto momento el rumor de su muerte se extendió. Stalin lo llamó durante dos días por teléfono, sin encontrarlo. Meretzkov respondió al tercer día: dos autos suyos habían sido destruidos por la artillería alemana y tenía suerte de seguir vivo.

Para los soviéticos las cosas iban mal desde un punto de vista militar. La bandera roja todavía ondeaba sobre las paredes de Schlissenburg, pero en otros lugares no había mucho de qué alegrarse. Los alemanes avanzaban hacia el río Volga y hacia Stalingrado. Sebastopol había caído; las unidades blindadas de Marshal List se dirigían hacia el Cáucaso y los campos petroleros de Bakú. El mariscal de campo von Manstein había salido de la península de Crimea y avanzaba hacia la ciudad de Pedro para darle el golpe de gracia. En resumen, las cartas, las cartas ganadoras, parecían haber regresado a la mano de Hitler.

En la ofensiva de esa primavera, Leningrado puso en juego su libertad y otros pusieron en juego su credibilidad. El General Vlasov, héroe de la batalla de Moscú como Govorov, perpetró en Leningrado un desastre, perdiendo el control de la situación y sufriendo una aparatosa derrota al frente del II Ejército. Una historia nunca completamente aclarada, tanto sobre sus aspectos políticos como militares, debido al largo silencio que las autoridades soviéticas impusieron sobre toda la situación. Vlasov fue culpado por la derrota del Segundo Ejército. La verdad era que el poder militar de los alemanes estaba, en esos momentos, al más alto nivel y los soviéticos no tenían fuerzas suficientes para enfrentarlo.

Govorov no buscó excusas ni culpó a nadie. Estudió la situación, aprendió de los errores y comenzó a dibujar planes, formular hipótesis, reunir información. Pronto, estaba seguro, llegaría el momento de ponerlos en práctica. Por el momento, los guardó parte en su mente, parte en la caja fuerte de su oficina.

El relámpago de la chispa


Mientras tanto, se acercaba el invierno, el segundo invierno del asedio. Esta vez la ciudad sabía cómo enfrentarlo. Muchos habitantes habían sido evacuados y, gracias al buen trabajo de Alexeij Kosighin (futuro primer ministro de la URSS), el tráfico a través del lago Ladoga no se detuvo. En comparación con el terrible invierno anterior, en Leningrado había poca población: dos de cada tres habitantes estaban muertos o habían sido evacuados.

Los suministros de alimentos llegaron regularmente y las raciones diarias se incrementaron a 400-500 gramos de pan por persona. Sin embargo, encontrar carne, guisantes o legumbres era difícil. Se había colocado un enorme oleoducto debajo de las aguas de Ladoga. A través de este oleoducto, el petróleo que era necesario para hacer funcionar los tanques y las centrales eléctricas llegaba a la ciudad. Una conducción submarina colocada en el fondo del lago unía Leningrado con la central eléctrica de Volchov. En la plaza del mercado desaparecieron los caníbales. Las cosas funcionaban mejor. Todos los sobrevivientes del terrible invierno de 1941 fueron decorados. Pero la pregunta siempre fue la misma: ¿cuándo concluirá el bloqueo?

Durante el 25 º  aniversario de la Revolución de Octubre se celebraron también buenas noticias. Rommel había sido detenido en África, Paulus no progresaba en Stalingrado. En medio de las celebraciones, llamaron al general Govorov por teléfono. Era Stalin. "Ponga en práctica el ejercicio nº 5″ fue su lacónica comunicación. Govorov sabía el significado: esta vez los rusos atacarían.

Tras la llamada telefónica, Govorov trabajó día y noche. Desarrolló las ideas concebidas tras el fracaso de la ofensiva de primavera, analizó mapas y gráficos, consultó a su personal y envió a Moscú, el 17 de noviembre un borrador de su plan, al que siguió otra versión más detallada el 22 de noviembre El fuego de artillería hizo comprender a los habitantes de Leningrado que algo estaba pasando. Para ellos, las armas soviéticas parecían disparar al azar y sin ningún motivo. Pero había una razón: la dispersión del fuego debía confundir a los alemanes y evitar que escogieran defender exactamente el punto de ataque elegido por Govorov. Dentro de la ciudad, además, había pocos movimientos de tropas y nunca por las mismas carreteras. Iskra, "la chispa", estaba a punto de estallar.

Un día alguien vio, por casualidad, un tanque blindado T34 tratando de cruzar el Neva helado. El tanque se había hundido en el agua y el conductor había sido rescatado en el último momento. Más que una medalla, el joven conductor del tanque apreció más el pequeño vaso de vodka que le ofrecieron tras ser rescatado. La pregunta era, ¿por qué se había realizado aquella actuación?

Debido a que los tanques blindados, no solo los T34, sino también las sesenta toneladas de los KV, tenían que cruzar con seguridad el río Neva, Govorov prefirió no cometer errores. El mariscal Voroscilov, enviado desde Moscú a Leningrado como "observador", no supo apreciar ese intento y culpó, en el más puro estilo estalinista, a su autor, el general Bicevskji. Sin embargo, Govorov, más práctico, descuidando el estallido de ira de Voroscilov, le dijo a Bicevskji que continuara con su trabajo.

Stalin había establecido la ofensiva para el 8 de diciembre. Govorov pidió y obtuvo un aplazamiento hasta el 12 de enero, cuando el hielo del Neva sería lo suficientemente sólido para soportar a los tanques blindados, también a los gigantescos KV. Y el día 12 de enero de 1943, alrededor de las nueve de la mañana, la chispa se convirtió en un rayo seguido por un gran trueno.

Después de un fuerte fuego de artillería, los soviéticos del Frente de Leningrado cruzaron, en dos etapas, el Neva helado entre Nevskaja Dubrovka y Schlisselburg y comenzaron a presionar a los alemanes. Al mismo tiempo, desde Volkhov, el general Meretzkov se movió de Sinjavino hacia el oeste para cerrar la pinza. El general alemán Linderman les había dicho a sus soldados: "prepárense para una lucha pesada, los soviéticos nunca abandonarán Leningrado". No se equivocaba.

Día tras día, la distancia entre los dos frentes soviéticos iba disminuyendo. Día tras día, a pesar de las órdenes del sustituto de von Leeb, von Kueckler, para evitar ceder terreno, sucedía lo contrario. El 18 de enero, tras rechazar el enésimo contraataque alemán, a las 11 de la noche, con voz solemne, el locutor de la radio de Moscú leyó el comunicado oficial: "Las tropas de los frentes de Leningrado y Voljov se unieron, rompiendo el bloqueo sobre Lenigrado".

Convoy n. 719


A lo largo de las calles de Leningrado, las banderas rojas ondeaban vistosas. Las mujeres jóvenes besaban y abrazaban a los soldados. El primer tren de suministros, el convoy nº 719 atravesó el estrecho corredor abierto por los ejércitos soviéticos hasta Leningrado. La ciudad ya no estaba aislada.

Las colinas de Sinjavino todavía estaban en manos alemanas y, desde allí y desde las áreas circundantes, los cañones alemanes controlaban ese corredor al que pronto se denominó como "Corredor de la Muerte", disparando contra los trenes y los rieles. El asedio había sido levantado, pero la situación aún era muy difícil. Si los soviéticos no hubieran estado alerta, si los alemanes hubieran lanzado una poderosa más ofensiva, tal vez ese corredor hubiese permanecido cerrado. Y los soviéticos se hubieran visto obligados a comenzar una vez más.

No sucedió. Los soviéticos no bajaron la guardia y, aunque durante un solo mes los rieles se arrancaron más de treinta veces al día, los trenes continuaron pasando. Los alemanes, entonces, recogieron el fuego sobre la ciudad. Leningrado fue sometido a un bombardeo de artillería muy violento. La poetisa Vera Imber, en medio de una audición por la radio, salió huyendo de terror hacia espacios abiertos. En las calles volvieron a leerse escritos blancos y azules: "Durante el bombardeo de artillería, este lado de la calle es especialmente peligroso".

Las raciones de comida se incrementaron aún más. Llegaron las primeras ayudas estadounidenses: azúcar y mantequilla. Los habitantes de Leningrado estaban contentos aunque el azúcar ruso era más dulce y la mantequilla más sabrosa. Mucha gente deseaba tener un gatito y no para comérserlo esta vez. Había muchos de ellos a la venta en los puestos del mercado: cada gatito costaba quinientos rublos. En las escaleras de la catedral de San Nicolás las palomas habían regresado; los trineos ya no llevaban cadáveres, sino leña. También se jugó un campeonato de fútbol: el equipo Dynamo ganó sin contemplaciones.

Las bombas caían, pero el clima había cambiado. Ahora la gente miraba hacia el futuro. Pensaban en cómo reconstruir la ciudad, qué construir, qué restaurar o dejar como estaba, para recordar lo que había sucedido en Leningrado. Los arquitectos se pusieron a trabajar. Los poetas también se pusieron a trabajar. Y los escritores. Muchos autores escribieron poemas, romances, historias sobre el asedio de Leningrado. Muchos de ellos nunca fueron impresos: la censura no lo permitió. La normalidad estaba a punto de volver en Leningrado y con ella también la censura. Y más fuerte que nunca.

También cambió el comportamiento de la gente. El comportamiento de los artistas sobre todo. Vera Imber no ahorraba críticas a su colega Olga Bergholtz, autora, en su opinión, de poemas viejos y feos. Muchas personas comenzaron a considerar a los alemanes una molestia más que una amenaza. "Es hora de que se vayan", pensaba la mayor parte de la población de Leningrado. La ciudad de Pedro quería volver a vivir.

Bengalas en el cielo de Leningrado


Para expulsar a los alemanes, los soviéticos habían preparado dos ofensivas. La primera habría entrado en acción en el caso (improbable) de que los alemanes dejaran Leningrado o se retiraran. La segunda, más probable y por este motivo más desarrollada por Govorov y su Estado Mayor, consistía en un ataque con pinzas en tres direcciones: Oranienburg, las alturas de Pulkovo y Nòvgorod.

Nada se dejó a la oportunidad. La flota báltica, que navegaba de noche, transportó a Oranienburg a miles de hombres, decenas de cañones, cientos de caballos y unos sesenta tanques blindados. La artillería fue fortalecida con lanzacohetes. Se dio cobertura aérea. Los partisanos aumentaron sus misiones más allá de las líneas enemigas. Muchos búnkeres alemanes fueron arrasados ​​por los cañones de largo alcance soviéticos. 

El ataque soviético comenzó el 14 de enero. En el terreno había una espesa niebla. Los únicos que se alegraron de ello fueron los ingenieros de Bicewkij, ocupados en abrir pasillos a través de los campos minados. Precedidas por un fuerte fuego de artillería, las divisiones soviéticas avanzaron a lo largo de las tres direcciones planificadas, encontrando una feroz resistencia, pero con progresos significativos. El 16 de enero hubo un corto período de deshielo y la nieve se convirtió en lluvia. Las operaciones se ralentizaron. Se reiniciaron al cabo de algunos días, cuando volvió a helar.

En Leningrado la gente estaba enganchada a la radio. Desde el frente llegaban noticias vagas, imprecisas. El 27 de enero, a las ocho de la noche, miles de bengalas blancas, rojas y azules estallaron en el cielo. Esas bengalas multicolores, disparadas por cientos de cañones, solo tenían un significado: perseguidos por el Ejército Rojo, los alemanes abandonaban Leningrado. La ciudad de Pedro había resistido: era finalmente libre.

Epílogo


Tras la guerra, Leningrado volvió a ser, por un corto tiempo, lo que siempre fue: una ciudad rica en iniciativas y de ferviente vida. Se inaguró un Memorial del asedio, donde el objeto más significativo era una pequeña balanza en cuyos brazos se habían colocado unos pesos muy pequeños y 125 gramos de pan. Se prepararon proyectos ambiciosos para la reconstrucción de la ciudad. Muchos intelectuales de Leningrado tuvieron el sueño de que un nuevo humanismo podría haberse extendido por toda Europa.

Pero las cosas resultaron de otra manera. La ciudad de Pedro se encontró, de la noche a la mañana, involucrada en un complicado asunto político. Zdanov, retirado en Moscú en abril de 1944, pasados ​​los primeros y terribles momentos del asedio, durante los cuales su posición dentro del Partido se había debilitado, había vuelto a subir a la cima. No se quedó en ella mucho tiempo. Murió en 1948, tal vez envenenado, y Leningrado cayó, como durante los tiempos de Kirov, en un período de terror. Los arrestos, las destituciones, las ejecuciones sumarias y las deportaciones se convirtieron en la regla. Se inventaron acusaciones difamatorias: traición, connivencia con los invasores, deserción de la URSS. Nadie sabía nunca la razón. En Moscú se estaba librando una sórdida lucha por el poder. En esta lucha, el jefe de la policía secreta, Beria, y la estrella en ascenso del PC de la URSS, Malenkov tuvieron un papel importante: Leningrado fue el eje de esta lucha. O un pretexto.

La famosa poetisa Anna Achmatova y otros intelectuales fueron desterrados; el museo de los novecientos días fue cerrado y su director, un mayor del ejército rojo, enviado a Siberia. La censura amenazaba con ferocidad tanto novelas, como cuentos y poemas escritos sobre esos días atroces. Incluso las advertencias de por el lado opuesto de la calle en caso de bombardeo fueron borradas de las calles de Leningrado (volvieron a ponerse en 1957).

En Leningrado, durante el asedio, murieron más de un millón y medio de personas. Diez veces más que en Hiroshima y Nagasaki. Las autoridades soviéticas hablaron durante mucho tiempo de seiscientas mil bajas. Stalin temía una caída de su propia popularidad y, en particular, verse obligado moralmente a explicarle al país los errores solamente suyos que habían causado innumerables bajas.

Hoy Leningrado ha retomado su antiguo nombre de San Petersburgo. Todos los años, el 9 de mayo, en toda Rusia, se celebra el aniversario de la rendición de los alemanes. Cada año, el 9 de mayo, el nombre de San Petersburgo es nuevamente Leningrado. Durante un día, durante un solo día, vuelve a ser la ciudad del frío y el hambre, de la valentía y el heroísmo, de la desesperación y el valor.

Para que nadie se olvide, para que nada se olvide.