lunes, 11 de enero de 2016

Un reinicio fallido para Star Wars

Resulta complicado escribir una reseña de una peliculita como "Star Wars 7, El despertar de la Fuerza", que tal me ha parecido la ruidosísima apuesta de Disney, adueñada (con ayuda de la fuerza... del dinero) de la más rentable idea en toda la historia del cine. Y digo que resulta complicado porque, por una parte, hay millones de voces, las de los llamados fans (fanáticos, sí), que rugen y escriben sobre esta continuación de la saga galáctica, unos declarándola muy superior a la ya realizada por su original creador (y posiblemente único genio, bastante incomprendido, de toda esta historia: George Lucas), otros tratando de dirimir en qué puesto ha de ubicarse de entre el repertorio completo de aventuras galácticas.

Por otra parte, está la crítica especializada, que parece confluir mayoritariamente en alabanzas hacia el producto fílmico elaborado por ese solvente mago de lo impostado (y muy correcto artesano) que es J.J. Abrams. En general, podría decirse que la decisión de los productores de volver a la estética original del filme de 1977 ha cosechado alabanzas, y muy pocos se aventuran a enjuiciar esta película desde puntos de vista estrictamente cinemáticos e historiados. Aunque, haberlos, los hay, y son en las críticas negativas donde posiblemente uno pueda encontrar las reflexiones más interesantes sobre esta esperadísima continuación de los mitos de la Fuerza.

Resulta asimismo curioso lo que se discute en ese gallinero ingente que son las redes sociales. Tanto los fans  como la prensa dedicada a esto del cine resuelven su favorable veredicto respecto al filme de Abrams argumentando brutalmente contra la segunda trilogía de Lucas (la primera en sentido argumental): una segunda trilogía que, conviene decirlo, por historia, ambición y complejidad narrativas, no es ni mucho menos réproba, sino poseedora de cualidades apreciables, pese a los muchos errores contenidos en ella. Pero la casi universal zafiedad de los millones de fans autoerigidos en jueces implacables de lo que no les pertenece ya ha emitido su veredicto favorable a Disney, a Abrams e incluso a la chica protagonista, porque todo alimenta (claro que tampoco le pertenece la idea ya a George Lucas, suculento fajo de millones de dólares mediante). . 

La crítica de Star Wars 7 es muy sencilla de emitir: J.J. Abrams ha hecho con este "Despertar de la Fuerza" lo que acostumbra a hacer: una película entretenida y de buena factura, sustentada en un guion (muy suyo, muy propio) un tanto pueril que, además, no maneja con solvencia la interesada nostalgia introducida en la historia. ¿Pueril? Sí, me refiero a trivial, ese mal que últimamente llena el desarrollo de las historias de las grandes producciones, como por ejemplo sucedía en otro filme aquí criticado, Prometheus, esa inmensa evacuación mental de Lindelof avalada por Ridley Scott. La puerilidad se vislumbra en las situaciones mal resueltas de las películas, en el mal desarrollo de los personajes, en las concesiones gratuitas Deus ex machina, en las argumentaciones sin elaborar que parecen un trágala para el espectador... En fin, lo que sucede en la práctica totalidad del cine de entretenimiento actual.

Y, sin embargo, pese a ello, las incoherencias y la gratuidad de la historia han hecho arder las redes durante unas semanas: discusiones de todo tipo acerca de la genealogía de tal o cual personaje, razones de por qué hay un brazo colorado en un robot, le indignación de que un cerrar de ojos de la protagonista la coadyuven a adquirir el más grande poder existente... Todo eso es puerilidad, es simpleza, es recurrir a lo irresoluto, pero enardece y mucho a los seguidores, a los fans, quienes en lugar de ver incompletitud o error, se absortan de las expectativas inmensas que quedan abiertas en un tinglado mucho más absurdo que los honrados (pero fallidos) intentos de Lucas para convencer a propios y extraños de cómo la República se convirtió en el Imperio Galáctico. Esta película parece abrir paso a una trilogía que parece beber de la antañona serie "Enredo" en lugar de querer convertirse en un filme cinematográfico con secuelas. 

El asunto de la nostalgia es asunto que merece tratarse con harina de un costal muy diferente. Donde "El despertar de la fuerza" triunfa, esto es, en su concepción de película de aventuras (copiada, pero cierta), falla estrepitosamente en su ilación con los personajes de la primera trilogía (genealógicamente hablando), a quienes se les confiere aquí la continuidad del universo allí creado. Fíjese el lector que, en "La Guerra de las Galaxias", todo estaba estructurado para que nos identificásemos con los héroes, porque cada uno a su manera era simpático y cubría el rol asignado por Lucas (se conseguía incluso con aquel señor alto y oscuro y malo como el demonio). Fue a estos personajes a quienes les cogimos cariño y quienes ahora son manejados sin ningún relumbre, pero transidos de una importancia fallida debido a una mala, pésima gestión de esa nostalgia que Abrams pretendía aportar al filme. Podría afirmarse que esta fallida nostalgia es lo que impide al espectador  a identificarse con los nuevos personajes que aparecen (en su mayoría mozalbetes, tal es la pesadez con que el cine actual alumbra sus producciones buscando en el público adolescente los cauces del éxito). La irreverencia con los veteranos es, además, una enorme falta de respeto. Así, Han Solo deja de ser Han Solo al encararse con su hijo y se convierte en un endeble elemento emotivo para que se le remuevan las tripas al espectador nostálgico, lo cual no es sino una prueba más del trampantojo de este guion urdido por J.J. Abrams y Lawrence Kasdan.

No voy a entrar a discutir si los personajes nuevos son carismáticos, originales, fuertes, rotundos... Para mí, no lo son en absoluto, en parte porque son roles sometidos al capricho de las casualidades y azares que preñan todo el filme. ¡Qué distancia con el trío de personajes de la saga original (héroes que se encuentran de repente en una aventura divertida) o con los muchísimos personajes contenidos en la segunda trilogía cronológica de Lucas y que dotaban a los filmes de una solidez y una complejidad difícilmente vislumbrable en el filme de ficción que nos ocupa! Por ejemplo: la tan celebrada protagonista repite cada cinco minutos las dudas y anhelos que tiene sobre su origen: ¡qué forma tan madura e inteligente de introducir en la mente del espectador las dudas y anhelos del personaje, señor Abrams! Y para colmo, es un papel tópico hasta el colmo del idealismo porque, siendo chatarrera, resulta ser una suerte de semidiosa perfecta a la que nada sale mal, experta en todo: en pilotar el Halcón Milenario con solo sentarse a los mandos, en repararlo mediante unos leves ajustes que sorprenden al propio Han Solo, en luchar contra un villano supuestamente muy superior y bien entrenado... Para qué seguir.

Todos estos errores podrían haberse resuelto si se hubiera comenzado verdaderamente de cero, con un filme sobre situaciones que acaeciesen 30 años más tarde y sin traer a colación a ninguno de los viejos rockeros, dedicando tiempo y espacio al diseño de personajes. Pero la solución articulada finalmente es fallida, el guion no está bien trazado ni dispuesto con inteligencia, todo es una sucesión de casualidades tramposas y atajos sistemáticos y contiene apuntes irritantes y zafios de verdad (ese pequeño capítulo interpuesto con las peripecias del contrabandista Han Solo y su colega el wookie en un carguero repleto de bicharracos horrorosos parece un subproducto de serie Z).

Dicen algunos que esta película se sitúa por encima de las precuelas, aunque no acierto a entender en qué sentido dada su falta de originalidad y la copia calcada que hace de una estética que no innova nada respecto a las originales, cosa que sí hizo Lucas con la historia de Anakin Skywalker (equivocándose de planteamientos y de actor y de excesos técnicos). De hecho, que se la compare a la original de todas no abunda sino en la grandeza de esta última, ante la que este filme palidece hasta aburrir. Baste quizá una sola evidencia de todo ello, acaso la más sensible: ni siquiera John Williams ha debido sentir emoción con esta película, pues las anteriores (seis) las trufó de temas que resonarán en nuestros oídos durante mucho tiempo, y en ésta es casi imposible recordar un par de notas inspiradas del gran maestro.




domingo, 28 de diciembre de 2014

Exodus

No sé por dónde empezar. En alguna web donde se enjuicia este filme empieza con eso de "ojo, la siguiente crítica contiene spoilers", como si la historia del éxodo de pueblo judío fuese algo que nadie conociese antes de ver la película. 

Quizá sea relevante comenzar diciendo que “Exodus: dioses y reyes” es una astracanada tan proverbial como posiblemente lo sea el ego de su director, un Ridley Scott que se ha olvidado de filmar cine, empeñado como está en construir una nueva forma de comedia del absurdo: ahí está la hilarante, cuando no esperpéntica, Prometheus para demostrarlo. 

Va vestida de superproducción, cuando realmente de lo que está repleta es de ese hiperrealismo cinematográfico sustentado en efectos visuales e innecesaria revisión psicológica de los personajes, algo que todo lo contamina en el cine actual, Exodus parece un chiste de mal gusto sobre un Gladiator hebreo de repente tocado (del ala) a causa del dedo de Yahvé, ese dios cruel y sanguinario que con sus solas decisiones consigue que odiemos a los hebreos no por lo que son sino por su fanatismo patético. Para colmo, en la película lo proyectan en la figura de un niño cuando, realmente, es un diablo malvado, por lo que tampoco se entiende muy bien qué diantres han querido pergeñar los guionistas con tan inaudita decisión: qué lejos están de la divertida Alanis Morissette en Dogma...

Ramsés es estúpido, su padre (ay, cielos, John Turturro, qué has hecho) es patético, por ahí está Sigourney Weaver aunque no sepamos bien para qué, e incluso me dijeron que dos de los actores en pantalla eran españoles. Da lo mismo. 

En todo el elenco no hay ni uno solo que haya leído el relato bíblico original. Posiblemente los guionistas hayan pretendido construir una historia alejada coma a coma de la epiquísima y majestuosa "Los diez mandamientos" de B. DeMille, pero yerran estrepitosamente en lo que tantos y tantos otros fallan: dejan el guion sin historia, no la saben construir, pican aquí y allá de propuestas anacrónicas o simplemente mimetizadas a la tierra de los faraones, y ya está. Las historias de Hollywood ahora se construyen pensando en los artificios que se van a exhibir, no en la lógica interna del drama y mucho menos en los debates internos de sus protagonistas. Y Moisés es una ganga para cualquier escritor, pero si comenzamos en despojarle de sentido, lo que queda es esto que ha filmado (y mal) Ridley Scott. De hecho, creo que lo único entretenido y salvable del filme son los primeros veinte minutos, cuando nada parece presagiar la historia del pueblo judío.

El cine actual se esculpe golpe a golpe (faraónico, eso sí) para inundar las pantallas con pirámides, cuádrigas, galopadas a caballo que lo mismo sirven para un Imperio Romano que para un último samurai o la siguiente oleada de aliens invasores, pero no le dedica ni diez minutos a la reflexión, a la construcción de los personajes y a las situaciones, por mucho que se trate de propuestas donde unos y otros vengan ya aportados por la historia, los libros de leyendas o los bestseller de Amazon.

Exodus es un tostón de colosales dimensiones, una colección hiriente de anacronismos (también lo era Gladiator), una horrible excusa para que Ridley Scott filmase un tsunami y un galimatías de pies a cabeza. Yo así lo entendí. Es tan mala, que ni siquiera merece que se escriba una línea más criticando lo absurda y aberrante que es. 






martes, 11 de noviembre de 2014

Interstellar: una revisión crítica

No lea usted el siguiente artículo si no ha visto la película que reviso y desea dejarse sorprender por el enorme y magnífico espectáculo visual confeccionado por Christopher Nolan, en lugar de las destripaciones argumentales que pienso llevar a cabo en lo sucesivo.

Para empezar. "Interstellar" (o mejor, Interestelar, que pocas razones hay para no traducir el título cuando el filme se emite, mayoritariamente, doblado) es una película épica con una grandiosidad técnica y visual difícilmente rechazable. Y para continuar. "Interstellar" fracasa en su intento de desplegar la que podría haber sido la película definitiva sobre la conquista del espacio. Casi mejor dicho, no logra escapar al horizonte de sucesos del gigantesco vacío en el que se sustenta.

Evidentemente, un guionista puede situar la acción de su película en aquellos elementos que mejor le apetezcan o en aquellos que más poderosamente sugieran en su imaginación. Eso sí, cualquier incorrecta elección forzosamente ha de empañar, cuando no entorpecer, el desarrollo de todo el filme. Algo así sucede en la propuesta de Nolan, y sucede además con tanta evidencia que la frustración escuece aún más.

Quienes esperábamos de Nolan la proverbial nueva buena película de ciencia-ficción, no podemos sino sentirnos abofeteados en el corazón de todas nuestras expectativas. Porque, en puridad, debimos haberlo previsto. A Nolan lo que le gusta, y divierte, y realiza muy bien además, son las películas con aventuras. En algunos casos, como en la trilogía de Batman, está justificadísimo y por pura lógica ha de ser el núcleo de todo el artefacto. Pero en otros casos, y me remito aquí a la descomunal "Inception (Origen)", las peleas y batallas y disparos y explosiones, aun articulados en un guion muy inteligente, desnortan el compromiso de la película con la idea que pretende reflejar.

Nolan, en su apabullante "Interstellar", vuelve a pecar de lo mismo: le aburre la trascendencia de los conceptos de ciencia-ficción, que no entiende y acaso tampoco disfrute, y hace girar la totalidad del filme en una mezcla de melodrama familiar, aventuras espaciales, aventuras de las otras (sin disparos, pero con puñetazos), un poco de suspense y un final feliz para que a la platea se le emocionen las entretelas. Al hacerlo pierde la oportunidad de crear una muy brillante ciencia ficción.

Empecemos...

La historia comienza en el futuro, en una Tierra moribunda, desnortada, sin tiempo para la exploración espacial, y en plena lucha contra el hambre por la ausencia de oxígeno a consecuencia de cambios climáticos planetarios. La NASA se ha convertido en algo similar a la resistencia francesa: una organización de rebeldes que operan en secreto aunque, en realidad, disponen de dinero y recursos suficientes como para construir cohetes y lanzarlos fuera del sistema Tierra-Luna. A mí me resultó hilarante comprobar que la sociedad pergeñada por Nolan negaba la existencia de las misiones Apolo: una manera más bien infantil (y un tanto estúpida) de justificar el capricho de un guion que no necesitaba de estos matices negacionistas para seguir siendo sólido, a menos que realmente se tratase en toda regla de una crítica social hacia las políticas espaciales de los EEUU en la actualidad. Pero, oiga, no es la película el lugar más adecuado para hacerlo.

A partir de este momento, momento en el que igualmente se suceden una serie de (demasiado obvios) incidentes gravitatorios que suceden ante las narices de los perspicaces protagonistas (y si digo que son obvios es porque su tratamiento es tan trivial y el modo en que son interpuestos en el guion permite aventurar sin ninguna dificultad el final de la película), la cosa comienza a plantearse en sus términos más precisos y épicos: alguien (¿extraterrestres?) ha colocado un agujero de gusano en la órbita de Saturno (donde inicialmente iba a haberse ubicado el misterioso monolito de "2001", por cierto) para que nosotros lo usemos y podamos explorar una galaxia lejana, muy lejana, donde conviven una serie de sistemas planetarios con capacidad de albergar la vida humana.

Y aquí es donde el guion empieza a flojear. Principalmente, por las ganas que tiene Nolan de avanzar rápidamente hacia ese estupendo final feliz que ya tiene en la cabeza y de cuyo trayecto ya ha bosquejado las escenas de acción imprescindibles que él necesita para no aburrirse con el resultado. Pero también porque la historia avanza sobre argumentaciones pueriles.

Primera flojera. El personaje de Matthew McConaughey, un piloto de la NASA reconvertido en granjero, se ve llamado por el destino (con solo una frase dicha por el personaje de Michael Caine), deja en la Tierra a su familia (unos llorando, otros preocupados por el uso que pueda darse a la furgoneta agrícola) y se largará a lomos de un cohete espacial en busca de la salvación de toda la especie humana. Así, sin más: sin ningún entrenamiento o preparación para el vuelo espacial (incluso los divertidos perforadores de la enloquecida "Armaggedon" dispusieron de unas semanas de entrenamiento).

Tarkovsky necesitó 50 minutos para convencer a la audiencia de los barruntos internos de Kris Kelvin ante la compleja decisión de abandonar su vida y dirigirse a Solaris: a Nolan le han bastado diez minutos y unas cuantas lágrimas para hacernos ver que ese tipo de decisiones son mucho más sencillas de tomar. En cierto sentido, Nolan copia a Tarkovsky a la hora de otorgar preámbulo a su filme. En ambos casos observamos una casa de campo en la Tierra y un protagonista que ha de considerar si acudir o no a una misión espacial de la que no regresará en muchos años, dejando atrás a una chica joven y un hombre viejo (la sobrina y el padre en el caso de Tarkovsky, la hija y el suegro en el caso de Nolan). Ambas películas, además, se rigen por una transición abrupta entre la despedida y el vuelo espacial por el que se ha decidido el protagonista, e incluso la música es establecida de forma análoga (Bach en la de Andrei Tarkovsky, un peculiar Hans Zimmer en la de Nolan). Sin embargo, por muy virtuoso que sea el afamado director británico, no es ni tan sólido ni tan reflexivo como Tarkovsky, aunque sinceramente dudo que haya alguien en este planeta que esperase tal cosa.

Y no deja de tener su gracia que la NASA, con todo su potencial "underground" y su secretismo al margen de la sociedad, y sin fórmulas apenas de financiación por parte del Gobierno, haya sido capaz previamente de enviar a una docena de científicos a sacrificarse mediante misiones de solo ida, en lo que parece ser un programa espacial surgido cincuenta años antes (cuando apareció el agujero en Saturno), y que sólo necesite diez tristes minutos para lograr que el protagonista (quien reconoce que nunca ha pilotado fuera de la estratosfera y a quien reclutan como si en todos los años necesitados para construir la nave no se haya adiestrado a ningún piloto capaz de llevarla) se embarque en la mayor aventura espacial jamás imaginada, de la que regresará (si regresa) siendo aún muy joven cuando todos los demás sean muy viejos o, directamente, no existan (luego veremos que en la película se explica hasta en cinco testarudas ocasiones los entresijos relativistas del tiempo).

Segunda flojera (y algo que viene siendo habitual en las películas con vuelos espaciales, léase "Prometheus"). Aparece la criogenia o hibernación espacial. Por cierto: impresionante, de verdad. Los tripulantes se duermen apaciblemente en sus bañeras criogénicas (yo pensaba en ese momento en sistemas inerciales y desproporcionadas aceleraciones, pero no, no se dice nada al respecto) y, de repente, llegan a Saturno. ¿Por qué Saturno? ¿Por hacerle un guiño a 2001 (libro)? Esa civilización supuestamente tan avanzada debería estar bien informada de las dificultades tecnológicas que asolan el planeta y, en consecuencia, ubicar el agujero de gusano no en la órbita de un planeta que se encuentra más allá de lo alcanzable por el ser humano, sino, por ejemplo, junto a la Luna, que facilitar las cosas nunca está de más.

El filme no explica si el protagonista ha tomado el sueño espacial o no, porque todo lo que sabemos es que se encuentra observando los mensajes que le llegan desde su casa y tampoco sabemos quién le ha despertado (presumiblemente nadie, o TARS, o qué sé yo). Nolan es experto en este tipo de incoherencias y discontinuidades. El director es un estilista visual obsesionado con los formatos del celuloide (la película fue rodada en 35mm anamórfico, IMAX, y VistaVision), pero es incapaz de estructurar bien lo que ocurre en pantalla. (por ejemplo, ¿alguien es capaz de advertir en un solo vistazo la forma y dimensiones del robot TARS?). Ya lo hizo en la tercera entrega de su Batman, donde resultaba imposible averiguar cómo Bruce Wayne era capaz de regresar a Gotham en cinco minutos tras escapar de una prisión hundida en un desierto muy, muy lejano. En "Interstellar" estas indeterminaciones existen, aunque el lío relativístico del guion haga pensar que se trata de genialidades de su director. Pero admito que se trata de un detalle menor que, claramente, a muchísimos espectadores ni siquiera les habrá incomodado advertir. Pero... no es el único. El filme está plagado de ellos.

¿Primera fortaleza?. La película se forma, dramáticamente hablando, en el dolor de un padre que abandona a los suyos en busca de prosperidad (no para él mismo, sino para toda la raza humana, aunque su personaje podría fácilmente parangonarse con el Tom Joad de la novela de Steinbeck "Las uvas de la ira"). Nolan acierta al transmitir la ansiedad del padre que sabe cómo su hija envejece rápidamente mientras él permanece joven a causa de los efectos relativistas gravitatorios para los que no tiene capacidad alguna de influencia. Sin embargo, el guion resulta pueril en lo referente al papel de la hija, a quien parece durarle toda su existencia la rabieta infantil de ver a su padre marchar para siempre (uno entiende el drama que puede representar para un niño, pero no que se extienda durante veinte años).

Tercera flojera. El filme está plagado de literatura barata, y no hay necesidad de atender a los diálogos de los personajes para afirmarlo. El personaje de Michael Caine (quien convence al protagonista a meterse en el agujero de gusano por el que otros doce ya se metieron tiempo atrás), espeta cosas como "este mundo nunca fue suficiente para ti", y en el transcurso de la narración se recita unas cuarenta veces la célebre elegía  "no entres dócilmente en esa buena noche" que Dylan Thomas a la muerte de su padre. Por supuesto, las grandilocuentes parrafadas a medio camino entre la filosofía y la ciencia dan que pensar. No ya porque observemos en primer plano a una científica y astronauta de pelo corto (ingenioso Nolan, de este modo evita que le muerdan las pantorrillas los perros de la ciencia dura, como le sucedió a Cuarón en la infinitamente mejor "Gravity" por culpa del peinado de la Bullock)·recitar textos dignos de un bachiller que acaba de descubrir a Erich Fromm, sino porque proclamar en voz alta, en mitad de la película, que el amor es la única fuerza capaz de traspasar las dimensiones del espacio, del tiempo, la gravedad y la consciencia en el universo, y que los demás personajes (y casi todos los espectadores) asientan perplejos pero convencidos de ello, es un ejercicio de tanta banalidad y de tan deplorable romanticismo, que hunde definitivamente todas las premisas del filme de un plumazo. Desde ese instante, nada en la película es lo mismo. Aunque olvidemos que realmente haya sucedido. Es obvio que esa escena, con los ojos de Anne Hathaway anegados de lágrimas mientras pronuncia un discurso corin-telladístico sobre el poder del amor interestelar, es material de muchos (falsos) quilates para quienes no entiendan la trascendencia científica y antropológica de la colonización del universo y sólo deseen fervientemente refrendar que el corazón es mucho más listo que la ciencia.

Segunda fortaleza. El poder de computación empleado para esta película es poderoso como se aprecia en los efectos visuales de toda la película, especialmente en las escenas que atañen al agujero de gusano y al agujero negro. No importa que la ciencia se tome un descanso (aquí lógicamente ha de primar la fluidez cinematográfica) o que sea aburrido ver cómo le imparten al protagonista una breve lección sobre cómo trabajan los agujeros de gusano (como si no hubiera habido tiempo en aquellos quince ridículos minutos que se tomó Michael Caine en convencerle de la importancia de tan colosal hazaña: total, uno se lanza primero a la aventura de salvar a la especie humana y luego se pregunta por los puentes de Einstein-Rosen, ¿verdad?).


Cuarta flojera. No acabo de entender el por qué de la tan cacareada participación de eminentes astrofísicos en una película cuyos fundamentos científicos se pueden leer de manera divertida en uno cualquier de los artículos afines que firma mi hermano en Muy Interesante. O por qué súbitamente se decide dar carpetazo al rigor y se adoptan licencias diametralmente opuestas a todo lo urdido hasta el momento. Porque, no teniendo bastante con el agujero de gusano, al otro lado del espacio aparece un magnífico agujero negro, al que en la película denominan Gargantúa y del que en la propaganda han proclamado que se trata del "agujero negro más exacto en la historia del cine". Tan exacto y preciso es el dichoso agujero negro, que Nolan le pega cien patadas a toda la física planetaria básica y toda la dinámica orbital de la que es capaz. Y también al guion, como se demuestra al comprobar que nuestro curtido protagonista ignoraba que al otro lado de la puerta espacial hubiese semejante bicho ahí colocado. Todo esto, eso sí, contrasta con las ecuaciones que el físico teórico Kip Thorne le ha escrito en la pizarra a Jessica Chastain (la hija adulta del piloto). Realmente, ¿a quién le importa tanto lo uno como lo otro? Se puede realizar una buena película sin tanta alharaca.

Tercera fortaleza. En realidad, todo lo concerniente a esta parte de la película es puro espectáculo. Y punto. Por este motivo Nolan obvia la física y la química y se limita a jugar con los elementos, extrayendo los conceptos que sí necesita (la dilatación del espacio y la contracción del tiempo como efectos relativistas) y desechando los que no necesita, apuntalando las cosas un poco con los conocimientos del deslumbrante productor ejecutivo que ha contratado (por ejemplo, que un agujero negro que gira rápidamente permite órbitas planetarias estables en las proximidades de su horizonte de sucesos, si bien los efectos relativistas no sean los descritos en el filme, aunque ayuden en lo dramático de la acción).

Personalmente, la decisión de ubicar uno de los mundos a explorar en un inmenso océano de aguas poco profundas creo que es una referencia más a "Solaris", pero no se entiende la congruencia intelectual de los protagonistas: ¿está la humanidad feneciendo de hambre, la NASA realiza un último esfuerzo ingente por contactar con un misterioso agujero dispuesto en el espacio por una raza superior, todo en el planeta se está derrumbando a consecuencia del hambre y las plagas, y los protagonistas eligen posar la nave en el único planeta donde el menor descuido u error te impulsa cincuenta años terrestres hacia adelante en solo unos minutos, condenando así a toda esa humanidad a la que supuestamente van a salvar? Si obviamos este detalle, incluir la paradoja de Einstein de los dos gemelos, con el reloj relativista yendo mucho más despacio que el terrestre, y convertir este elemento en el origen del drama del padre que lamenta perderse la vida de sus hijos a consecuencia de la ubicación desafortunada del planeta acuoso (no importa que la cizalladura producida por el agujero negro sobre el planeta debiera haber arrancado a jirones toda su estructura), es un acierto en toda regla. Lo mismo que observar las gélidas nubes congeladas de la atmósfera del siguiente planeta (no importa que ignoremos cómo se pueden sustentar tales nubes). Esta parte del filme versa sobre fantasía y las licencias están permitidas.

Quinta flojera. El personaje de Matt Damon es introducido en la película, en mi opinión, por la obsesión de Nolan en dotar a todas sus películas de una componente aventurera de corte clásica. El tiparraco cobarde, artero... parece estar ahí simplemente para que, durante unos minutos, contemplemos una pelea a puñetazo limpio entre el protagonista y el tan listo como malvado Dr. Mann. A Nolan no debieron parecerle lo suficientemente dramáticas las vicisitudes que orbitaban alrededor de la película (que si la exploración de mundos al otro lado de los agujeros de gusano, que si la teoría multidimensional, que si el apocalipsis cernido sobre el planeta, que si el dolor del padre por su hija...) y por este motivo debió decidir echar más leña en el carburador de la acción, haciendo que apareciese del frío un Matt Damon empeñado en crear ciertos estragos a causa de su (entendible) egoísmo y su (poco creíble) maldad congénita, y que en su torpeza diabólica desencadenase una sucesión de eventos más propia de una película de coches que de un filme de ciencia-ficción.

Simplemente agotador. Hubiese sido mucho más interesante vislumbrar la demencia de un científico (al que todos vanaglorian, varias veces, en la película) abandonado junto a otros compañeros en otros tantos parajes inhóspitos, en los confines del universo, en espera de una resurrección que seguramente nunca vaya a producirse. Y que conste que el hecho de enviar a una muerte segura a una docena de egregios científicos y astronautas me parece una excusa argumental de lo más inconcebible, a lo que se añade la difícil relación sentimental del personaje de Hathaway con uno de los sacrificados (enlace que anticipa el desenlace final de la película).

Sexta flojera. Kubrick cedió al espectador el razonamiento de cuanto sucedió a Dave Bowman una vez atravesada la superficie del monolito. Nolan juega descaradamente con las uniones no resueltas entre la física cuántica y la gravedad, obligando al protagonista a adentrarse en el agujero negro para descubrir que los seres quintadimensionales son los propios humanos, evolucionados hacia un futuro desconocido, y obligando al espectador a unir la trama inicial con lo derivado de esta incursión a través del disco de acreción y el horizonte de sucesos. Y lógicamente, si el piloto y astronauta ha de sobrevivir (aunque la pregunta más interesante de ese momento es: "¿cómo va a conseguir seguir vivo?"), el filme ha de obviar convertir al personaje de McConaughey en un churro debido a la extrusión ocasionada por las fuerzas de marea del agujero negro. Por eso Nolan se limita a efectuar un mal remake del delirio psicodélico perpetrado por Stanley Kubrick en "2001", con la salvedad de que en el film de Kubrick el espectador observa cómo el módulo espacial de Bowman aparece aparcado en una esquina de la suite de hotel a la que ha accedido el personaje, mientras en la propuesta de Nolan no queda otra cosa que un mediocre intento de visualizar la naturaleza multidimensional de lo que en el horizonte de sucesos del agujero negro ha construido esa humanidad (nosotros mismos) tan avanzada.

Porque seamos claros: Nolan se empeña en explicarlo todo: no una, sino varias o muchas veces. Y, por tanto, explica que ellos somos nosotros, y que el amor todo lo trasciende, y ya puestos explica igualmente lo que desde un principio conocíamos: que el famoso fantasma de la hija es el propio padre comunicándose mediante anomalías gravitatorias. Y todo, ¿para qué? ¿Para entregar unos registros observados por el robot TARS, obligado a adentrarse también en el agujero negro? ¿Para demostrar que el amor todo lo puede? ¿Para cerrar el círculo y no dejar pregunta alguna sin respuesta?

Séptima flojera. De pronto el filme acaba. Y retoma las ideas de "3001: odisea final" expuestas por Arthur C. Clarke.

El protagonista es recogido del espacio (cual Ripley abandonada a su suerte tras toparse con un xenomorfo) cerca de Saturno aunque no se explique bien cómo abandonó el agujero negro y se volvió a adentrar en el agujero de gusano para acabar saliendo recostado en los anillos del planeta (pero, ¿no dice que Nolan todo lo explica?) ciento y pico años después de que la humanidad le despidiese en el puerto espacial de aquella NASA clandestina, que enviaba tanto artefactos espaciales como sacrificios humanos desde la trastienda y sin enterarse nadie.

Y el padre se reencuentra con su hija, ya en provecta edad y convertida en una especie de Zefram Cochrane. Es curioso que el astronauta, quien realmente arriesgó la vida en pos de una salvación para toda la humanidad, no sea recibido por el mundo del futuro como si se tratase del mesías, y que los guionistas nos quieran hacer comulgar con la rueda de molino de que fue la hija la verdadera estrella salvífica del planeta. Pero bueno, a estas alturas del filme, todo resulta tan absurdo que una incongruencia más no afecta ya para nada al espectador. Por cierto, el astronauta y padre se encuentra cada vez más solo, cual apestado, pese a haber salvado a todo el planeta, y, aconsejado por la hija superstar, recoge los trastos, ¡¡roba una nave!!, y se lanza a la búsqueda de la astronauta del pelo corto, que ha quedado varada al otro lado del agujero de gusano con decenas de miles de embriones para reproducir la especie humana.

Nolan pudo haber tomado distancia y firmeza a la hora de resolver la película, pero opta por la estrategia más sentimental y emocional posible, haciéndonos entender que realmente no quiso apostar nunca por una proverbial buena película de ciencia-ficción, sino por un maravilloso espectáculo visual y técnico donde la especulación científica fuese una mera excusa y donde las transcendentales preguntas y respuestas que afligen al ser humano son molestas balizas que impiden la navegación lúdica desde la butaca del cine.

Un cine del que, tres horas más tarde, las que precisamente ocupa la proyección de "Interstellar", uno sale pensando que quizá en el exterior también han transcurrido ciento y pico años, porque en su primera mitad el filme es rápido, ágil, convincente, pero luego todo se viene abajo (espectacularmente, porque el impresionante despliegue de medios y talento fílmico de Nolan son enormes) al tratar la película de emular "2001" y unas cuantas películas más mediante lanzamientos espaciales, permutaciones temporales y toda esa zafia complejidad del amor multidimensional.

Por cierto: ¿nadie recuerda en el robot TARS a los simpáticos robotijos de "Naves silenciosas"?



viernes, 27 de junio de 2014

Reseña de tres libros difíciles de leer

Peñas Arriba, de José María de Pereda

Donde muchos, muchísimos lectores, naufragan, otros encuentran un placer inenarrable que solamente puede calificarse de amor. Amor por la literatura. Posiblemente sea éste el caso de la inmortal obra del escritor cántabro al que rindo homenaje en esta breve reseña.

Se trata de una obra controvertida, que en la inmensa mayoría de las mentes suena a cosa olvidada, por tratarse de una novela montaraz, de entre lo más enriscado de la cordillera Cantábrica; pesada en su lentitud narrativa, de argumento muy simple y tensión dramática apenas perceptible en pocas trazas; obsoleta por la tesis patriarcal que sostiene, alejada del sentir y parecer del lector contemporáneo. Y, sin embargo, en cada hoja de este libro, en cada párrafo y en cada línea, hay una experiencia extática implícita, que solamente el asombro ante el intrincado deleite narrativo, ante el complejo deambular de este cántico hecho novela, puede ayudar a entender.




El juego de los abalorios, de Herman Hesse

Extraordinaria y difícil parábola construida por Hesse, donde las artes y la música se entrelazan y unifican en las reglas de un misterioso juego, parangón de las elites intelectuales de un mundo en decadencia.

Esta novela es una experiencia lectora intensa, turbadora, imponente. Por lo que dice, cómo lo dice, y lo que omite. Hesse la escribió hacia 1940, en plena decadencia moral y social del mundo occidental en que vivía. Pero la transposición de su tesis es perfectamente plausible al día de hoy, en que nuestro mundo tecnológico, digital y global es insensible al pensamiento crítico y a la profundidad intelectual.

La vida interior de Joseph Knecht, su protagonista, maestro del juego secreto, se nos revela en este libro para conformar la armonía del saber complejo, adusto, pero siempre asombroso, de su autor.






Centuria, de Giorgio Manganelli

Manganelli, quien solía decir que comenzó a escribir por no saberse atar los cordones de los zapatos, agudiza en este libro la riqueza, imaginación e inteligencia de su prosa. 

“Centuria” consta de cien (brevísimas) partes. Parece un libro ideal para quienes no tienen tiempo de leer novelas, pero no es cierto: cada capítulo es un laberinto de significados, en el que resulta fácil perderse si nos adentramos en él con una idea muy simple de lo que es la narrativa y la realidad. 

Por eso se trata de un libro intenso, agudo, sutil, irónico, cínico, impredecible, con cien perspectivas, todas diferentes: un fantasma triste y solitario en su castillo esperando quién sabe qué, los hombres solos en una ciudad desierta, asesinos, caballeros y dragones, hadas, sueños y pesadillas…











martes, 15 de abril de 2014

Nubes volando sobre carreteras de zinc

Uno

Las carreteras viejas recorren paisajes abandonados, como sueños de aventureros y errabundos. Siempre tuercen en algún momento para evitar intenciones, pese a que en ellas ya no hay atascos o accidentes y ninguna dirección es prohibida. Las carreteras viejas son respetuosas con un paisaje al que han ido poco a poco asimilándose, metamorfoseando los trazos de negro asfalto que desprenden vapores de calor durante los veranos. Duermen sigilosas a la vera de las arboledas, suben tranquilas por la montaña y bajan cantando hacia los valles. Viven rodeadas de nostalgia y les abruma el sonido roturador de los vehículos modernos, que no tienen tiempo de detenerse en las fuentes de agua clara para saciar la sed ni de descansar en los recodos para escuchar las historias de los abuelos. Algunas carreteras viejas se han olvidado de los detalles y duermen sigilosas en la memoria de los hechos.

Algunas de estas carreteras viejas se desplegaron antaño para que los hombres pudieran  abordar tranquilamente empresas mayores. Yo he visto muchas de estas carreteras ocultas en distintas partes del planeta. Las recuerdo unas veces flanqueadas de árboles, arrojando sombras arabescas sobre el asfalto envejecido. Otras, trazando contornos vertiginosos junto al acantilado. La única característica común a todas ellas es que conducen siempre a destinos distintos, todos diferentes, ninguno repetido porque el viajero nunca es el mismo.  Antes las carreteras eran así, antañonas y sabias, tranquilas y ensimismadas en su durmiente complacencia. La imagen de una carretera vieja es indolente, pesarosa, calmosa, sin ganas de despertar, arrullada por los postes de telégrafos que la observan y las trazas blancas pintadas en ella que la impregnan de una lasa vagarosidad.


Dos

Luego llegaron las carreteras nuevas. Anchas. Rápidas. Agresivas. Intolerantes. Roturadoras de un paisaje acostumbrado a pasar la tarde merendando con mansedumbre ante el ir y devenir de los autos por las carreteras viejas. Se construyeron las vías nuevas con decisión de modernidad y progreso, sin atender el discurso de la naturaleza y rompiendo asimétricamente con el silencio de campo o monte o costa. Perpetuamente despiertas, pues nunca duermen, tampoco tienen recuerdos. Su memoria es exigua porque se mantiene siempre ocupada.

Estas carreteras nuevas han adoptado nombres tan enigmáticos como indescifrables son sus propósitos. Son carreteras de una letra y varios números que no necesitan ni quieren permanecer ocultas porque la arrogancia es su único destino. Las pergeñan rectas, inequívocas, como trazadas por un rayo de luz súbitamente emergido. Son juveniles y ruidosas, no divierten porque tampoco se saben divertidas. Llevan a otra parte y punto. Su imagen es la de un señor con traje y maletín que va deprisa adonde habría de haber llegado horas antes.

Estas carreteras contienen negro asfalto, también, pero de un negro sucio y prematuramente envejecido. También hormigón, sempiterno afeador del paisaje, y acero, mucho acero. Están hechas para durar, una duración que exige continuos repasos.

Tres

De repente pasaron nubes negras sobra las carreteras viejas y las carreteras nuevas. Las nubes siempre llegan sin mediar aviso. En ciertos parajes del mundo, como por ejemplo en el delicioso infinito que se extiende entre Iquique y Antofagasta, en Chile, las carreteras son viejas y apenan saben de ellas. En otros parajes, en cambio, como por ejemplo en el exuberante verde de los montes del estado de Nayarit, en México, que es cortado por carreteras nuevas, éstas no saben vivir sin nubes encima de sus cabezas. Pero tanto en un caso como en el otro, las nubes todo lo cambian. Los pequeños vehículos aprenden a desplazarse raudos llevando sus almas desencantadas dentro, sobre caminos negros que aprenden a transitar desde muy niños, sabedores de que estos han de devolverles el blanco de una línea interminable, lisa, llana, zigzagueante o entrecortada. El sol siempre se despide de ellos con promesa de volver, aunque hay días que transcurren sin que el sol vuelva como prometió. 

Las carreteras viejas no se inmutan demasiado si llega sobrevenida la lluvia o la tormenta. La tela de asfalto tan negro se moja y eso es todo lo que ocurre. Son carreteras durmientes, apenas las despereza el viento o el agua, ya volverá el haz de luz de la gran estrella refulgente del cielo para secarlas complacidamente. En cambio, las carreteras nuevas tienen en cada gota de agua un enemigo certero. Son tan rápidas, y ágiles, y ruidosas, que verídico es el temor que sienten al sentir cómo los autos se deslizan sobre las películas que se forman sobre ellas tras la lluvia o la tormenta o el granizo. Por eso las carreteras nuevas acostumbran a desplegarse flanqueadas por un ejército continuo de hormigón y acero, sobre todo de acero, que este metal repara las inexactitudes sin destrozar los cuerpos de quienes orientan a los pequeños vehículos que transitan sobre el asfalto.

Cuatro

En sesenta años el mundo ha sido testigo de todos estos cambios y lo seguirá siendo en los sesenta años venideros. Las lentas carreteras viejas van desapareciendo conforme las máquinas y su determinación implacable las van convirtiendo, una a una, en rápidas carreteras nuevas. Por aquellas, con su mutismo adormecido, transitaba una estirpe de viajeros que no necesitan sino de voluntad y experiencia para transponer los montes y valles y alcanzar su destino sin que señal alguna les orientase en el camino.

Por las carreteras nuevas circulan automóviles y transportes atolondrados y estresados, que precisan de todo tipo de ayuda para llevar a buen puerto su designio, el que les hizo emprender la marcha. El viajero ya solamente se detiene donde le dicen que se detenga y solamente gira a la derecha al fondo si una señal irrumpe en el alcance de su mirada indicándole dónde y cómo hacerlo. Estas carreteras nuevas están bien pensadas para los muchos, las carreteras viejas se concibieron para los pocos. Mas bien sabido es que las masas precisan de guía que les lleve, no así  los individuos, que suelen ser dueños de su propia fortuna.

Y zinc-o

El negro del asfalto, veteado de trazas blancas discontinuas, sigue predominando con su transgresora coloración del entorno. Poco a poco se le observa encariñándose con el gris macilento, reverberante y lloroso del zinc que cubre y reviste el acero galvanizado, destinado a proteger, a señalar, a acompañar, a calmar… Porque el zinc ya nunca abandonará los caminos trenzados por las carreteras nuevas que conducen, de entre todos los destinos posibles, a un futuro desconocido, así sigan pasando otros sesenta años, que pasarán.

martes, 25 de febrero de 2014

Se fue

Se fue. 
Se marchó. 
De repente, el silencio. 
La ausencia. El dolor. 

 Se fue, como si jamás hubiera existido. 
Se fue, y me dejó despierto del más ingrato sueño. 
Se fue, como si ya se hubiera ido 
y la tenacidad de la memoria fuese arbitrio. 

 Se fue. Llevándose consigo el placer descarnado, 
la belleza inmaculada, el afecto sentido. 
Se fue, no dejando tras de sí nada. 
Y con esa nada, tan desnuda, ahora vivo. 

Se fue. Acaso porque nunca fue mía. 
Pero la deseé tanto, tanto soñé con ella noche y día, 
que ahora no tengo sino un alma vacía 
en este cascarón de piel y músculo y rutinas. 

Se fue. Y quiero que vuelva. 
Quiero que se quede, aquí, conmigo, sentida. 
Si ha sido un sueño, maldigo a las musas. 
Y si ha sido otra cosa, maldigo mi dicha.




lunes, 16 de diciembre de 2013

La ensoñación de la vigilia

Mis manos buscan tus manos, asidas al lecho por encima de tu cabeza. Mis manos te han desnudado y ahora te visten de caricias. Mi boca busca tu rostro, para cubrirlo de besos, hasta su encuentro con tu boca. Mi lengua juega con la tuya, buscándola y escondiéndose de ella, tal es el lenguaje del deseo. Mi cuerpo se ha adherido a tu cuerpo y mi piel cubre tu piel envolviéndola en los jadeos anticipados del placer avistado.

Ahora son ya mis manos, mi boca, mi cuerpo, quienes ejercen su imperiosa necesidad de recorrer toda tu existencia física: por la espalda, tan infinita; por el vientre, tan suculento; por las piernas, tan nerviosas; por tus senos, tan rabiosos...

Estás aullando, de puro placer devenido éxtasis, y en el preciso instante en que tu boca gimiente pronostica el arqueo del cuerpo en pos de su permiso para adentrarme en él, surge a borbotones tu satisfacción amorosa, que crece y crece y sigue creciendo, hasta que en los cielos no hay más grito que el tuyo, hasta que en el infierno no fluye ningún otro calor que el de tu alma...



viernes, 11 de enero de 2013

Prometheus: una pésima película con muchas otras (buenas) películas dentro

Si se piensa detenidamente, la continua construcción de reboots, secuelas y precuelas de filmes de éxito (dejemos de momento las secuelas al margen, aunque podríamos incluirlas también) es una falta absoluta de respeto y una demostración de carencia creativa. Es más fácil ampliar un universo que inventarse otro nuevo, por lo que no deja de ser una praxis cómoda y conservadora de las grandes productoras, que intentan constantemente repetir allí donde saben que reside el éxito. No hacía ninguna falta ni esta película ni el resto de películas desde el octavo pasajero, acaso la excepcional secuela de James Cameron, que fue magistral, pero no por ello se necesitaba tampoco.

Los seguidores de la saga Alien (que debió ser concluida con las dos primeras películas), hartos de precuelas nefastas, han celebrado jubilosos la vuelta de Ridley Scott al universo que él contribuyó a crear. Y digo esto porque el cineasta británico fue el director, porque el guion fue escrito por Dan O'Bannon y Ronald Shusett, dos colosales creadores de ciencia ficción y terror para la gran pantalla. El inglés modificó alguno de los planteamientos del libreto original, convirtiendo a Ripley en una heroína, por ejemplo, y tomó numerosas decisiones de su competencia en cuanto al estilo visual y el ritmo, pero jamás fue idea suya ni el monstruo de la categoría del xenomorfo ni las cosmogonía implícita que formulaba dentro. 

Esta película, "Prometheus", debería convertirse en la sepultura creativa de Ridley Scott. Contiene tantos errores que debiera servir de ejemplo en todas las academias de cine sobre lo que no puede ni debe ser un guion. Amenazan con una trilogía, pero, después de haber visto este filme, espero que ni se les ocurra hacerlo.

El título del filme, entresacado de la mitología griega, responde al nombre de la nave de exploración que arriba a una luna vecina del planetoide donde desembarcaron los tripulantes de la Nostromo. Un matrimonio de arqueólogos descubre que todas las antiguas civilizaciones describen a unos extraños sujetos y representan la misma agrupación de seis estrellas del cielo. En la película se señala que ninguna de estas civilizaciones estuvo en contacto entre sí, pero cualquier estudiante de historia sabe que egipcios, sumerios y babilonios sí contactaron entre ellos y que se desarrollaron a lo largo de 3.000 años. El caso es que el descubrimiento de la agrupación en las pinturas arqueológicas ha permitido al matrimonio determinar con exactitud el sistema estelar al que pertenecen, y convencen al dueño de la Weyand Corporation para que envíe una nave de exploración. La Prometheus.

Se supone que tal agrupación no es visible para el ojo humano, por lo que la única deducción posible es que fueron los extraterrestres quienes mostraron a todas las civilizaciones de dónde provenían, aunque como ninguna civilización es reciente, queda la duda de por qué interrumpieron sus actividades misioneras en nuestro planeta. Un problema importante es que, en cuanto avanza la trama, se descubre que la tal agrupación no señala realmente el hogar de los alienígenas, sino a uno de sus centros de investigación. A nadie parece importar el hecho ridículo de suponer que unos tipos cruzan los espacios siderales repetidamente para indicar a los terrícolas cuál es el camino hasta sus bases militares... A estos tipos el matrimonio de arqueólogos los denomina ingenieros porque conciben que fueron los creadores del ser humano. Esta deducción es gratuita por parte de los arqueólogos, pero conecta bien con lo que el espectador ha visto en el prólogo de filme, cuando un tipejo musculoso y de aspecto cetrino bebe una extraña pócima que desintegra su ADN, permitiendo que pueda combinarse con la protovida de una Tierra geológicamente prehistórica. Los personajes, como en tantas otras películas, avanzan en su conocimiento de la trama a golpe de guion, no por coherencia con sus propios descubrimientos. De hecho, es capitán de la nave, hacia el final de la película, quien alerta a sus colegas y a los espectadores de que no se encuentran en el mundo de los ingenieros sino en una de sus bases donde experimentan con armas biológicas de destrucción masiva.  No es el personaje quien habla: es el guionista, que necesita esa explicación para sustentar la endeblez de toda la trama. Una porquería propia del guionista de Perdidos.

El caso es que la corporación Weyland logra dar con la extraña agrupación de planetas o estrellas, aunque en realidad no podría ser ni lo uno ni lo otro: ambos se mueven por el espacio y las constelaciones de hoy en día no se parecen a las de hace 30.000 años. Pero dejémoslo pasar. Unos carteles en la pantalla nos informan de que el objetivo de la misión se encuentra a 33 años luz de la Tierra y que la duración del viaje es de algo más de dos años.  Este detalle es interesante. En las primeras películas de la saga Alien no se sugiere que las naves se muevan por el hiperespacio, a velocidades superlumínicas, tan solo se induce que los viajes espaciales son muy largos y que la tripulación debe hibernar para sobrevivir. Dos años para recorrer 33 años luz resulta muy largo para cualquier viaje hiperespacial y muy corto para uno sublumínico. Pero no nos llevemos a confusión con este detalle porque, total, entre otras lindezas el ordenador de la nave informa como le da la gana del tiempo de vuelo: 2 años, 4 meses, 18 días, 36 horas, 15 minutos. Sí, han leído bien: 36 horas. 

Como en toda película de ficción fantasía, la nave cuenta con un sistema de gravedad artificial y la corporación es capaz de crear un robot indistinguible de un ser humano, además de cámaras de hibernación y demás parafernalia. La Prometheus, con capacidad para una veintena de personas, transporta una enormidad de material totalmente innecesario. Dispone de cancha de baloncesto y es tan grande que el robot circula por ella montado en bicicleta.  También cuenta con una mesa de billar y permiten que el capitán se lleve un árbol de navidad con luces y adornos. Además, la gran jefaza, el personaje de Charlize Theron, que posteriormente se comprobará que es totalmente prescindible, dispone de aposentos independientes con todos los lujos deseados: lámparas de cristal de roca, una enorme biblioteca llena de libros impresos, una cabina para operaciones quirúrgicas diseñado para pacientes de sexo masculino (qué distintos somos los hombres y las mujeres, ¿verdad?), un bar completo y hasta un piano de cola. Aunque nos informan de que este aposento puede convertirse en una nave de huida, llegado el momento la jefaza se olvidará de ello y optará por abandonar la nave en una pequeña cápsula. Y si no quedamos satisfechos con todo este nivel de despropósitos, asombrados quedaremos al comprobar que el equipo médico no es capaz de practicar una cesárea de urgencia y que los militares que acompañan a los científicos portan pistolas y escopetas. Como exclamaba Wesley Snipes en aquella parodia que era Demolition Man: “¡Ey! Esto es el futuro. ¿Dónde están los fáseres?

El filme continúa su hilarante recorrido y, tras despertar a la tripulación y proporcionarles la primera colación, la jefaza explica el motivo por el que han embarcado. Salvo los arqueólogos y alguno más, la mayor parte de los tripulantes no sabe a qué demonios se han apuntado. A alguno eso le da lo mismo: solo le interesa la paga. Esta tripulación tan despreocupada, zafia, interesada en el dinero, quiere parecer un calco ampliado de la tripulación de la Nostromo. Pero si en esta última nave, que era un carguero espacial, tiene sentido que fuese operada por rudos trabajadores, en la Prometheus, una avanzada nave de exploración e investigación, los tripulantes son profesionales bien entrenados en sus respectivas capacidades. Pero vaya porquería de profesionales. Los arqueólogos, sansiroleses como ellos solos y sin atisbo alguno de carisma, en realidad son seres que dudan mucho, que "prefieren creer" a toda la ciencia que ellos mismos trabajan: una combinación ganadora en todo científico que se precie. El geólogo y cartógrafo del equipo es un macarra de barrios bajos que lanza aullidos de lobo mientras traza el mapa de la base de los ingenieros con la ayuda de unas cuantas bolas voladoras, al estilo Google Maps, pero ni se interesa por la geología de un planeta remoto ni trata de averiguar nada de su composición. Eso sí, miedoso es un rato y, para más colmo, no sabe encontrar el camino de regreso y se pierde. También hay un biólogo pazguato que se salta los protocolos de precaución y descontaminación, y que por depresión se larga con el geólogo cuando están a punto de descubrir cosas interesantes para la misión que tienen encomendada. Otro que se pierde, claro (los demás, ninguno), y cuando encuentra una serpiente alienígena se pone a jugar con ella y a hacerle carantoñas como si estuviese ante un gatito.  

La Prometheus no se coloca en órbita para escanear el planeta. Comienza a planear tras entrar en la atmósfera y busca un lugar propicio para el aterrizaje. Qué casualidad, se topa de frente con una larga vereda de edificios parecidos a pirámides. Pese a ser una nave de exploración, ni cartografía la superficie del planeta, ni busca depósitos de minerales, ni efectúa estudios meteorológicos, ni investiga la presencia de agua, ni hace cosa alguna de interés e importancia. Nada. Es simplemente un transporte que nos han vendido como nave de exploración. Como en "Alien" la nave arribaba a un punto muy concreto del planeta, previamente determinado por la señal de socorro misteriosa, aquí también ha de hacerlo, pero por casualidad, porque sí, por suerte. 

Al salir a la superficie del planeta, aunque queden pocas horas de luz diurna por delante, todo el mundo se coloca sus trajes y sus cascos espaciales. Lo de los cascos y el traje tiene todo el sentido, por supuesto, pero no lo tiene que dentro de las ruinas uno de los arqueólogos compruebe que el aire es respirable y decida quitarse el casco, algo que todos los demás imitan porque conocido es que en las atmósferas del universo nunca hay rastro alguno de patógenos. Además, como en lugar de aproximar todo lo posible la nave a las ruinas el capitán decide mantenerla a cierta distancia como medida de precaución, hay que desplazarse con vehículos de superficie: una especie de transporte blindado y dos buggies ligeros sin más protección que unas barras antivuelco que se sitúan tras el blindado para tragarse todo el polvo y perder visibilidad. En este pequeño trayecto, los tripulantes no se ensucian y tanto el blindado como los vehículos ligeros llegan a las ruinas como recién salidos del túnel de lavado. 

El geólogo no analiza la composición del suelo y no hay científico alguno que se dedique a medir cosas importantes como los campos magnéticos o los niveles de radiación. La expedición es, si científica, sedicente. Descubren en el interior de las ruinas unos relieves en la pared, pero ni se molestan en tomar una simple fotografía: solo el androide hace un intento por descifrar, porque durante los dos años de viaje espacial ha estudiado todas las lenguas muertas que han existido en nuestro planeta y resulta que coinciden con el lenguaje de la civilización extraterrestre. Démosle un pase a que la expedición considere que tomar muestras es de pardillos, pero por coherencia interna con la saga, los de la corporación Weylan deberían haber mostrado algún interés por la tecnología que emplea esa civilización extraterrestre que nos aventaja en miles de años. El equipo solo se lleva una cosa: una cabeza decapitada de un ingeniero muerto eones ha, que se conserva mejor que las pechugas de pollo en mi frigorífico. 

Los expedicionarios han de regresar a la nave porque se les viene encima una "tormenta de electricidad y sílice": dicho en plata, es de arena, aunque no contiene granitos sino trozos bien gordos y peludos de sílice. Menuda potencia la del vientecito, un céfiro desde luego no es. La nave se ha percatado de ello con sus radares y escáneres atmosféricos por exigencias del guion, no por coherencia interna. En realidad, la tormenta es una excusa para que los dos rezagados que se habían perdido no puedan ser rescatados en ese momento y deban pasar la noche en las ruinas. También sirve para que la nefasta arqueóloga quede a merced de la tormenta cuando intenta entrar en la nave y deba salvada por el robot. Eso sí, ninguno de los dos recibe impacto alguno de pedruscos en el traje o el casco, quedan intactos y limpios, como salidos de fábrica. Ausencia total de roces o grietas.

Como la nave no parece disponer de ordenadores para hacer un mínimo análisis de datos, o resulta que los efectúa pero sin rendir cuentas a nadie, la acción pasa a un laboratorio médico donde se estudia la sustraída cabeza del ingeniero a la que deciden aplicar descargas eléctricas tras haber efectuado una prueba de confrontación de ADN donde se descubre que es humano, o sea, que el nuestro es alienígena, cosa que ya sabíamos por el estúpido prólogo que destripa desde el principio todo el argumento del filme. ¿Por quéle aplican descargas? Tal vez porque los guionistas han leído en alguna parte que la sinapsis se produce mediante corrientes eléctricas y porque saben de las películas de Frankenstein que así es como se confiere la vida a los muertos. Esta cabeza no tiene aporte alguno de riego sanguíneo ni está conectada a nada orgánico, y como no se conserva momificada sino fresquita como la lechuga, es normal que tenga que sufrir descargas cada vez más fuertes, porque sabido es desde que existen las series de urgencias y hospitales que si el paciente no reacciona con un cierto amperaje, la solución es aumentarlo gradualmente hasta que el interfecto decida a reanimarse o o fallezca en el intento. Una corriente de setenta miliamperios es suficiente para provocar fibrilación en el corazón y al pobre bicho decapitado le sacuden nada menos que treinta amperios, luego cuarenta y finalmente cincuenta amperios, que es cuando el pobre se estremece y hace como que despierta. El cuerpo humano tiene una resistencia de mil ohmios, arriba abajo. Y como la cabeza del ingeniero es similar, resulta que el pobre bicho ha absorbido por su cráneo desnudo nada menos que 2,5 megavatios de potencia y una tensión de 50.000 voltios. No me extraña que despierte. Cualquiera decide seguir durmiendo con algo así. Tampoco extraña que le explote la sesera aunque, para mí, que los guionistas le reventaron la cabeza por hacer la gracia. 

Las ruinas donde se han quedado perdidos el macarra y el pánfilo depresivo, pese al abandono de dos mil años, conservan gran parte de su energía. De hecho, en las grutas hay luz y se proyecta una especie de holograma cinemático que informa de lo que sucedió a los ingenieros allí destacados. El androide, que hace la guerra por su cuenta, descubre que todo allí funciona perfectamente, contraviniendo las leyes de la termodinámica, y se desplaza de una sala iluminada a otra sala iluminada, abriendo puertas y descubriendo todos los secretos de las ruinas. Él va a su asunto porque también el androide de "Alien" tenia una misión secreta y él no iba a ser menos. Los dos tipejos perdidos le tenían un miedo atroz a la cámara de los horrores donde fue decapitado el de la cabeza voladora y donde supuestamente murieron todos los demás extraterrestres, a los que se ve en el holograma corriendo con los cascos espaciales puestos (para que los espectadores comprobemos que son los Space Jockey de la película "Alien"). Ese miedo era la razón por la que los andobas decidieron no quedarse con el resto de la expedición, pero da lo mismo, porque en los laberintos siempre se vuelve al punto de partida y, para entonces, ya han perdido el miedo. En realidad, lo que se ha perdido es la vergüenza de los guionistas porque en esa cámara, que no sabemos si es mortuoria por los grabados y pinturas de las paredes o es un centro de incubación de envases milenarios, es donde aparece todo lo que de terror tiene la película: una serpiente malvada, que viola oralmente al biólogo (sin que volvamos a saber nunca nada más de él), y un mejunje negro con el que el geólogo se lleva su ración de justicia divina, el mismo mejunje negro que al ingeniero del prólogo tuvo el efecto de descomponer el ADN. Más tarde se comprobará que, en esta ocasión, lo que hace es convertir al macarra en un zombi de fuerza sobrehumana. Aquí la poción esa tiene más efectos secundarios que el ponche que hacía mi abuela en la alquitara... Es incluso capaz de preñar a la arqueóloga, que es estéril, porque el robot decide hacer experimentos con los vivos y deposita una gota en el bebercio que el alcoholizado marido de la arqueóloga se trasiega antes de yacer con ella y dejarla embarazada, pese a su esterilidad. Por cierto, de este embarazo nacerá, no sé bien si por aborto o por cesárea, en el artefacto médico para varones, un calamar monísimo.

Pasan más cosas increíbles en la película, como el descubrimiento de que el dueño de la Weyland, hecho ya un vejestorio, ha estado viajando infiltrado todo el tiempo sin que lo sepa la rubia jefaza, que es su nieta, porque como ansía hablar con los creadores de la especie humana no quiere que ella lo sepa, aunque me usted por dónde sí que lo sabían todos los seguratas de la nave. Y mira si tiene suerte, que el robot en sus expediciones solitarias descubre en las ruinas un ingeniero alienígena que lleva miles de años hibernando tan ricamente, tanto que cuando se despierta lo hace de muy mal humor y empieza a repartir estopa a nivel industrial, acabando con el dueño de Weyland y con todos los secundarios que no sabíamos para qué estaban allí. Y al robot lo descabeza, acaso en venganza de la cabeza electrocutada de su primo o porque al robot de Alien también lo decapitaban y en esta película había necesidad de calcarlo todo. El caso es que, tras la somanta de palos, el ingeniero de inmediato activa con una flauta el interior de las ruinas, porque resulta que la pirámide no es un activo inmobiliario sino una nave espacial idéntica a la del Space Jockey de "Alien", y que, incluso habiendo permanecido enterrada por miles de años, arranca mejor que mi coche tras unas vacaciones de verano. Ni puesta a punto ni gaitas: combustible a tutiplén y las baterías de energía a tope. Menuda tecnología tienen los ingenieros. A estas alturas uno ni siquiera se pregunta qué demonios hacía  el bicho ese hibernando. En el filme aluden a que es una especie de retén puesto en modo espera hasta que a nosotros nos diese por descubrirle, momento en el que se reactivaría para completar la tétrica misión de acabar con toda la humanidad. O sea, si lo he entendido bien: el plan de los ingenieros era esperar a que nosotros fuésemos por allí y que los despertásemos para que ellos se vinieran hasta la Tierra a ciscarse en todos los muertos de nuestra especie y mandarnos al camposanto. Queda claro que los ingenieros no tienen problema en dejar que se pudra en el olvido una base de armamento biológico avanzado durante 35.000 años, pero sí que tienen una prisa tremenda por destruir la Tierra cuando son despertados, no antes ni tampoco después. Un argumento muy lógico y sensato. Pero hace rato que me he tomado la película a chirigota, y eso que todavía falta lo mejor.

Para evitar que el ingeniero ataque la Tierra con su boomerang galáctico, la Prometheus se inmola contra ella a lo kamikaze. Ambas naves chocan en el aire, justo sobre la vertical de las dos únicas supervivientes de la expedición en ese momento: la rubia jefaza que no hace nada útil en toda la película salvo lucir palmito (pobre Charlize Theron) y la arqueóloga, que salta y corre que se la lleva el diablo pese a la pedazo de cesárea que le han practicado hace solo un momento. Llueven trozos de fuselaje de ambas naves como si fuese metralla y la enorme nave alienígena, en vez de explotar como la Prometheus se abate contra la superficie del planeta desde una altura suficiente para que el impacto libere una energía equivalente a la de un arma nuclear. Pero las dos féminas solo necesitan ir esquivando los cascotes. La nave ingenieril queda momentáneamente en pie y luego empieza a rodar, porque es como un donut al que le falta un trozo. La jefaza, que es tonta, sigue corriendo justo en la dirección en que la nave va rodando, hay que ser lerda, y obviamente termina aplastada. La arqueóloga, en cambio, es más lista y esquiva el donut.

Resulta que la la arqueóloga es un trasunto de la teniente Ripley, el personaje de Sigurney Waever. Pierde al marido, convertido en un asco por el mejunje negro; sobrevive a un embarazo extraterrestre relámpago; se somete ella misma a un aborto, cuando le abren el estómago para practicarle la cesárea, y le extraen un feto de Calamardo del tamaño de un balón de baloncesto; le cosen la herida con grapas de metal; hace todo tipo de esfuerzos sin que se le salten las grapas o le salgan las tripas; escapa por los pelos al despegue de la nave ingenieril, que casi le cae encima y… ¿saben qué hace al final? Decide recoger al psicópata del robot, pillar unas cuantas bombonas de oxígeno, asaltar otra nave ingenieril (hay un montón en fila india) y poner rumbo al planeta de origen de los bichos alienígenas para preguntarles por qué son tan malos con nosotros. Esa civilización es mala, cativa, pero allí está ella con preguntas que formular. Con un par...

Esta película es un despropósito. Contenía ideas interesantes, como para escribir varias películas distintas, pero ni el director ni los guionistas supieron cuál de todas querían filmar. Al final, el resultado no es de ciencia ficción, ni de terror, ni un drama metafísico sobre el origen del ser humano. Es un batiburrillo, una cazuela donde han cocinado todos los ingredientes a fuego rápido. Han usado las ideas de una película de terror espacial de 1979 y han decidido conectarlas con la premisa de que existe vida en el universo y que esa vida es la causa de nuestra propia existencia. Pero los guionistas han empleado tan poco la inteligencia y estaban tan empeñados en precualizar "Alien" que lo han malogrado todo. Una película como esta no puede ser tan pasota, cutre y poco ambiciosa. Ni tiene acción, ni tiene terror, ni tiene ciencia ficción meditativa. ¿Por qué no dejaron en paz al xenomorfo y a los Space Jockeys si deseaban argumentar otros asuntos? ¿Tanto miedo tenían de que nadie fuese a ver esa otra más sesuda película? Y, ¿por qué tuvieron que unir el terror ancestral de Alien con el origen de la vida en la Tierra? ¿No pudieron inventar una historia menos primordial y dedicarse al terror, respetando los protocolos y reglas de las películas originales? Nunca lo sabremos. 

P.S. Dicen, cuentan, que Ridley Scott quiso filmar este otro argumento:    

«Hace mucho, mucho tiempo, un ser supremo creó dos formas de vida: los Space Jokeys (también conocidos como Ingenieros, término preferido por el director), y los Predators. Dos razas enfrentadas por la conquista del universo. Los Ingenieros, en su afán de expansión, crearon los humanos; mientras que los Predators, mucho más salvajes, crearon los Aliens.

El plan de los Predator era enviar una nave cargada de semillas Alien —líquido negro que sale en la película— a la tierra, para infectar a los humanos y entretenerse con ellos, dándoles caza, y así, entrenarse de paso en la batalla para derrotar a los Space Jokeys, su eterno enemigo.

Sin embargo, la nave es interceptada y abordada por los Space Jokey, quienes se apoderan de ella, y ante la amenaza que allí descubren deciden llevarla al planeta LV-223, donde realizarían las investigaciones y trabajos que fuesen necesarios. Pero la amenaza que descubren los Space Jokeylos supera y todos, excepto dos —uno que permanece en estado de hibernación, y otro que en el último momento logró escapar en un módulo rumbo a La Tierra—, mueren. Todo esto sucedió hace muchos años, probablemente unos cuantos siglos después de que se hubiese creado al hombre en La Tierra. Y por aquel entonces, el superviviente que había escapado de aquella nave, se asentó entre los humanos —recordemos, creados por los suyos tiempo atrás—, y dejó un mensaje de todo lo sucedido mediante pinturas rupestres.

A mediados del siglo XXI, unos cuantos científicos eruditos descubren una serie de mensajes cifrados en las pinturas rupestres, información que les lleva al Planeta LV-223 a bordo de la Prometheus. Cuando esta expedición científica alcanza dicho planeta, se ve envuelta en una orgía de sangre y terror que no comprenden. Además, se entrecruzan varios intereses, como el caso del magnate de Weyland que busca el elixir de la eterna juventud y cree que se halla en el líquido negro, por lo que ordena a su robot que se lo dé a probar a otro para comprobar qué efectos secundarios tiene, junto con la imperiosa necesidad de hallar respuestas. Es ahí cuando deciden despertar al único Space Jokey superviviente. La reacción de éste, después de miles de años hibernado, y que tiene como última imagen el horror de ver a sus compañeros muertos por la sustancia Alien, es igualmente violenta. No entiende nada y cree que los humanos están infectados. Los ve como una amenaza, y trata de eliminarlos.

Finalmente, todos mueren, salvo el robot y la doctora arqueóloga, pero jamás salen del planeta, pereciendo poco después y quedando sepultados para siempre. La Prometheus desaparece, y tan solo una transmisión, antes de ser destruida, es enviada a la Tierra con información confusa. A su vez, una baliza de posición del módulo de escape, continúa emitiendo una señal de socorro.

Treinta años más tarde, el carguero Nostromo capta esa señal y se dirige al planeta, cuyas cartas de navegación había identificado como LV-426, que, por un error administrativo, se trata en realidad del planeta LV-223. Los tripulantes de la Nostromo encuentran en la nave los huevos de una nueva especie, fruto del híbrido entre el bastardo de la arqueóloga y el Space Jokey»



lunes, 27 de agosto de 2012

El final de una historia que trata sobre varios años de acoso sistemático

Mensaje por email remitido por R. R. a un confidente, P., y con el que pretende dar por finalizada su repugnante campaña de acoso y difamación hacia mi persona, emprendida años atrás bajo los nombres falsos de María López Cabrerizo / Soledad Cabrerizo / Tremenda Verdad y quizá algunos más de los que no tengo conocimiento o recuerdo. 

"Desde que me avisaste el viernes de lo que Javier iba a hacer (se refiere a una denuncia que yo tenía escrita y preparada para ser cursada de inmediato ante la policía y de la que P. era conocedor), he pensado en mi familia y en todo el daño que les iba a causar mi locura. Borré todos mis perfiles de Facebook, no quiero saber nada de nada. Solo quiero pensar en ellos y en el daño que me estoy haciendo a mí misma y a los demás. Solo quería que Javier supiera lo mucho que le quiero y con qué gente se rodea. Con él son todas muy cariñosas y buenas, pero por la espalda le están engañando y él no se da cuenta. Puedes pedirle que me perdone y que jamás sabrá nada de mí nunca más, pero que tenga mucho cuidado con las mujeres que le rodean: no son de fiar. Se lo puedes hacer llegar, a mí me da vergüenza. Gracias y lamento todo el daño que he causado."

Contrasta este mensaje con el tono de los mensajes anónimos y comentarios que, por el contrario, acostumbraba a verter, algunos de cuyos ejemplos (tengo almacenados más de cien) reproduzco aquí para conocimiento del lector:

  • "Las 4:05 buena hora para mandar mensajes. Con la de mujeres que estas mintiendo y que solo debes encontrarte por las noches para calentártelas asi. Espero que en tu viaje a Chile este año no te pase lo mismo que el ultimo que hiciste. Por cierto ya tengo otra en mi lista de amistades. Que pena no saber en quien confiar señor sabelotodo"
  • "Son comentarios de mujeres a las que Javier ha engañado, así que es él mismo quien los borra por que no le conviene que eso se sepa"
  • "El gran Javier que no permite que nadie ponga en duda su palabra. Permite que sus amistades hablen de el a sus espaldas por llevarlas a la cama"
  • "El hombre que va de duro y resulta que es un calzonazos. S***** te pone a parir y agachas las orejas y eso que solo has visto los mas delicados de los mensajes que si vieras los otros"
  • "Ahora quien miente? No dices que soy mentirosa porque no los dejas y que vea la gente lo mentirosa que soy? O prefieres ocultarlos y así acostarte con ellas?"
  • ""Me encanta ver lo que tu no ves. Aqui nadie quiere relacionarse publicamente contigo, les da vergüenza  Prefieren actuar como tu, a tus espaldas y jugar contigo. Es lo que haces con ellas verdad? Jajajajaja"

Por increíble que parezca, empleando su nombre real, R. R. siempre remitió mensajes o comentarios  en foros y blogs defendiéndome frente al aluvión de críticas acerbas que ella misma (en unión a alguna otra persona), desde su personalidad oculta, profería sin descanso para difamarme.

Esto dio comienzo en el año 2009, tras un viaje a Chile, cuando una mujer de ese país, con quien mantuve correspondencia previa desde 2006 y a quien designaré como C., sintiéndose despechada y engañada tras quedar conmigo, decide publicar los emails, relatos ficticios y fotografías privadas que habíamos intercambiado de manera intermitente. De este asunto ya hablé en su momento. La razón de todo ello está en que C. se siente traicionada por dos circunstancias: una, que le oculto que permaneceré unos días en Santiago de Chile una vez que me despido de ella: no sentía deseo alguno de volverla a ver, huelga decirlo, y si acepté la cita fue por la sola razón de que creía estar en deuda con ella por los muchos buenos momentos de aquel pasado epistolar. Se trataba de una mujer por quien yo no podía sentirme atraído físicamente, guste o no saberlo; y dos, la noticia que C. tuvo del flechazo brutal que había surgido entre una mujer, que designaré como M., y yo, durante mi participación en un certamen literario al que acudí en Santiago y que fue la razón última de que permaneciese en esa ciudad un fin de semana completo (huelga decir que aunque M. no hubiese surgido nunca, C. no me habría vuelto a ver ni en ese instante ni en ningún otro posterior, como siempre pretendió). No sé por qué todo esto extraña a nadie, a mí me parecen circustancias de lo más habituales. Además, cuando en la vida de un hombre surge una mujer como M., no se dispone de parapeto alguno tras el cual poder refugiarse de su poder. De hecho, solo cabe una actitud, o eso interpreto yo: rendirse maravillosamente a la magia que, a través de ella, concede en ese momento la vida misma. En todo caso, este circunloquio viene a cuento por la vergonzante actitud de quienes, como R. R., hicieron uso del blog de C. para emprender desde allí una horrenda campaña, barriobajera y despreciable, de acoso y difamación, en la que se llegaron a verter contra mí repugnantes insultos y actitudes poco menos que demoníacas sobre mis relaciones con las mujeres, cosa que, en todo caso, forma parte exclusivamente de mi vida privada y a nadie más interesa. Si mi actitud alguna ofensa o malestar produce en alguien en concreto, entiendo que siempre es algo que podemos llegar a hablar con inteligencia y prudente ejemplaridad. Pero está visto que en el mundo actual es mucho más atractivo el chismorreo indecente y mendaz. 

Una vez que C. cerró a cal y canto su blog, alarmada con la sinvergonzonería de los comentarios allí reflejados, cada vez más horrendos y desmedidos, R. R. hubo de proseguir su campaña de odio contra mí en páginas alternativas. Últimamente había restringido sus andanzas a Facebook y a los comentarios anónimos que me remitía a través de esta misma página.

En el mes de julio descubrí finalmente que era R. R. quien estaba tras los anónimos del blog, debido a un desliz suyo (remitió uno de los anónimos desde su lugar de trabajo, como consta en todos los registros de este blog). De esta circunstancia ya comenzaba a tener semanas antes alguna sospecha (que me resistía a creer) porque la anónima acosadora parecía conocer algunas circunstancias de mi vida actual en Madrid (por ejemplo, ciertos viajes futuros, mi número de móvil con whatsapp, etc.), circunstancias que yo había revelado en confianza a muy pocas personas, siendo R. R. una de ellas, por la amistad que nos unía. 

Señalar que, deseoso como estaba de disponer de más pruebas sobre su identidad, urdí una sutil y astuta trampa al interponer en Facebook un falso perfil, jugoso para ella como fruta fresca del árbol. Por descontado que mordió la fruta alborozada sin sospechar en absoluto sobre quién estaba detrás de ella: esta intencionada trampa fue la que terminó por proporcionarme todas las pruebas demoledoras que necesitaba para actuar diligentemente en su contra a través de la Justicia. 

Finalmente, para concluir ya con esta horrible historia, diré que yo consideraba a R. R. mi amiga y le tenía un profundo afecto, y que la ayudé mucho a superar determinados problemas personales en los que siempre encontró en mí una mano tendida y alguien con quien hablar o buscar consuelo anímico. Por eso son inconcebibles para mí las razones por las que ha actuado ocultamente buscando mi descrédito y el de  terceras personas. Ella sola, y nadie más, se ha bastado para convertir mi afecto en repudio. 

No obstante todo lo anterior, aunque no haya mediado ningún intento por su parte de reparación pública hacia mi persona o contrición sincera, he decidido mantener en suspenso la denuncia que ya tenía formulada y en vísperas de cursar. La suspensión de esta defensa lógica de mi honor podría verse revocada si vuelvo a detectar una sola de las actitudes que he expuesto aquí someramente y que tanto cansancio psicológico me han producido a mí y a otras personas en los últimos años.