martes, 24 de septiembre de 2019

Las trincheras del remordimiento

Hay que ser muy ruso para tolerar que, en pleno siglo XXI, alguien como Putin asuma el liderazgo de un gran país como Rusia.

El principio del conflicto

En otoño de 2011, Vadimir Putin observó cómo su popularidad descendía rápidamente. Si deseaba mantener el poder en 2012, debía echar mano de la ingente cantidad de recursos que su autoritarismo conoce sobradamente: controlar los medios de comunicación, manipular los comicios,  etc. Y lo hizo. Pero su valoración como jefe del Estado seguía cuesta abajo y sin frenos. En el verano de 2013, las formas tradicionales de garantizar su popularidad dejaron de surtir efecto. Fue entonces cuando se escribió el guion que serviría para devolver la península de Crimea a Rusia. Involucraba a los servicios especiales rusos, a parte del ejército ucraniano (convenientemente sobornado), a determinados políticos separatistas,  e incluso a hombres de negocio que habían recibido préstamos de bancos rusos con condiciones ventajosas. Y mientras eso ocurría, se perseguía debilitar la economía ucraniana y su sistema político: gas, embargos de alimentos... Presión sin tapujos, que se suele decir. La revolución en Kiev y la huida del país del presidente Yanúkovich crearon las condiciones ideales para que el Kremlin decidiera anexionarse Crimea, no sin antes organizar un referéndum fraudulento que fue esgrimido como justificación formal de la inclusión de Crimea en la Federación Rusa.

La anexión de Crimea, junto con la propaganda estatal, permitió a Putin mejorar drásticamente su índice de popularidad hasta máximos históricos. Sin embargo, el artilugio no se detuvo ahí. Poco después estalló la guerra a gran escala en las regiones de Dónetsk y Luhánsk, donde el ejército ucraniano tuvo que enfrentarse a separatistas que exigían liberar los territorios del control ucraniano y volver a la Federación Rusa. 

Por qué Putin accedió desencadenar un conflicto armado en Ucrania es pregunta que admite varias respuestas. Una, que el éxito de Crimea le hizo dar por hecho que las regiones ucranianas de habla rusa se convertirían de inmediato en parte del Estado ruso, y la idea de reunificación resultaba muy seductora para un individuo como él, que aspira a pasar a la Historia por la puerta grande. Sin embargo, salvo en los dubitativos inicios, las regiones de habla rusa confirmaron querer seguir perteneciendo a Ucrania, lo que llevó a Putin a buscar una solución política con Ucrania bajo la interpretación de el alto el fuego garantizaría  el levantamiento de las sanciones económicas establecidas contra Rusia tras la anexión de Crimea.

La influencia de la televisión

Putin no es un político al uso. Es, más bien, una estrella televisiva. Su carrera política es afín a su trayectoria en las 625 líneas (de los viejos televisores). Desde aquel “perseguiremos a los terroristas (chechenos) hasta el inodoro para acabar con ellos”, sus decisiones geopolíticas parecen extraídas de una serie de televisión. Como estrella mediática, su agenda presidencial está a rebosar continuamente. En Rusia, la televisión es el principal cauce de comunicación entre sociedad y gobierno, algo que se fue gestando durante el mandato de Borís Yéltsin y que Putin quien ha impulsado con sagacidad hasta construir una sociedad absolutamente telecéntrica: de la Iglesia al Ejército, todas las instituciones públicas han sido sustituidas por su equivalente imagen televisiva. Y esta imagen es fácilmente manipulable, como lo demostró el grupo mediático RBC en la primavera de 2015, al filtrar que el vídeo de una de las habituales reuniones de trabajo de Putin, emitido en televisión por los canales oficiales de la Federación, había sido grabado mucho antes del día de su difusión. Nadie sabe dónde se encontraba Putin en el momento de su emisión, que se suponía se efectuaba en directo. Y si esto se supo en 2015, cabe suponer que se ha venido llevando a cabo desde mucho antes de esa fecha sin que nadie hasta entonces hubiese reparado en ello. Tampoco sabe nadie cuántos vídeos pregrabados de Putin más se almacenan en la videoteca del Kremlin esperando a ser emitidos.

La etapa de negación

La guerra ucraniana para el Kremlin dio inicio a finales de 2013. La propaganda rusa tildaba de poco menos que colaboracionistas nazis y futuros genocidas a los miembros de la oposición ucraniana. Tras la huida de Yanúkovich, la televisión rusa denominó "Junta de Kiev" al nuevo gobierno ucraniano. El conflicto con Ucrania comenzaba a formar parte de la Gran Guerra Patria. La cinta de San Jorge, símbolo con el que se recuerda a los rusos caídos durante la Segunda Guerra Mundial, un llamamiento a la unidad de lo que fue dolorosamente separado. Bajo esta premisa, la misión secular de Rusia es combatir el fascismo, que ha regresado. Lucir la cinta de San Jorge equivale a apoyar la secesión de Crimea y del Dombás en Ucrania. Esta retórica antifascista de los medios oficiales de comunicación es terrible, porque transforma una crisis política en una guerra donde el único fin consiste en aniquilar al enemigo. Y todo vale. De hecho, en el Primer Canal ruso se informó de la espantosa historia de un niño que había sido crucificado por la Guardia Nacional ucraniana sin que jamás se llegase a a aportarse evidencia alguna sobre su veracidad. El Primer Canal tuvo que excusarse, pero el daño ya estaba hecho.

En abril de 2014, Putin admitió, tras meses de negación continuada y ridícula, que la libre determinación de los crimeos estaba siendo apoyada por el ejército ruso. La confirmación oficial de una intervención directa, la que realmente hubo, en la anexión de Crimea, se mantuvo durante alrededor de un año. El telón se levantó definitivamente a partir de enero de 2015, conforme se acercaba el aniversario del regreso voluntario de Crimea a Rusia. El presidente confesó que él mismo dirigió en persona las acciones de las tropas rusas en Crimea y relató cuándo y en qué circunstancias emitió la orden de comenzar y posteriormente ejecutar la anexión. Al confirmar su participación y responsabilidad en la anexión de Crimea, Putin admitía haber violado tres acuerdos internacionales: el Memorándum de Budapest de 1994, el Acuerdo de Amistad y Cooperación entre la Federación de Rusia y Ucrania de 1997, y el Acuerdo entre la Federación Rusa y Ucrania relativo a las fronteras entre ambos Estados de 2003.

La muerte de Borís Nemtsóv

Poco después de la anexión de Crimea a Rusia, al este de Ucrania se produjeron enfrentamientos armados entre las fuerzas de seguridad ucranianas y los separatistas que exigían la incorporación de Dónetsk y Luhánsk a la Federación Rusa. Las autoridades rusas negaron sistemáticamente que el Ejército ruso participase en tales operaciones de combate. Sin embargo, la primera evidencia de la presencia de soldados y oficiales del ejército ruso en Ucrania data del verano de 2014. A partir de junio de ese mismo año, las fuerzas armadas ucranianas liberaron la mayoría de las ciudades del Dombás, y prácticamente rodearon Dónetsk, separándolo de Luhánsk. El territorio de los separatistas quedó reducido en tres cuartas partes respecto al inicio de los combates. Sin embargo, en agosto la ofensiva ucraniana se detuvo por la llegada de refuerzos en masa desde Rusia, incluidos equipos militares y tropas regulares. Este hecho fue admitido por Zajárchenko, primer ministro de la autoproclamada República Popular de Dónetsk. La versión oficial es que los soldados y oficiales rusos que lucharon en el Dombás estaban de vacaciones reglamentarias, lo cual es destacable porque las fuerzas armadas rusas tienen prohibido por contrato participar en conflictos armados durante las mismas. En diciembre de 2014, el Ministerio de Defensa ruso quiso negar la presencia de tropas rusas, incluidos los turistas, en la guerra en Ucrania. Todos los testimonios obtenidos demuestran lo contrario, incluida la captura en agosto de 2014 de soldados paracidistas rusos por parte del ejército ucraniano. La explicación aportada por el Ministerio de Defensa de la Federación Rusa fue que se habían extraviado y que habían cruzado la frontera por error, algo que los propios soldados desmintieron, señalando que habían sido enviados a Ucrania para participar "en unas maniobras", aunque en las redes sociales habían anunciado previamente que iban ala guerra y a “cargarse el Maidán” (los disturbios europeístas y nacionalistas que derrocaron a Yanukóvich).

Tras estas ofensivas conjuntas de separatistas y unidades regulares del ejército ruso en agosto de 2014, se celebraron en Minsk, la capital de Bielorrusia, conversaciones de paz entre el presidente ucraniano Poroshénko y el presidente ruso, Vladímir Putin. El resultado: ambas partes acordaron un alto el fuego, lo que conllevó a la congelación del conflicto en Ucrania durante un tiempo. En enero de 2015, tropas regulares rusas volvieron a participar activamente en los combates contra las fuerzas ucranianas con objeto de asegurarse el eje ferroviario de Debáltseve, punto estratégico de gran importancia. En vísperas del despliegue, los soldados rusos tuvieron que redactar una carta de renuncia para que, en caso de resultar capturados o heridos o muertos en combate, no se los pudiera identificar como militares profesionales sino como voluntarios. En marzo de 2015, declaraciones de uno de los supuestos voluntarios confirmaron públicamente la participación del ejército ruso en el conflicto. Un mes antes, en febrero, los representantes legales de las familias de los soldados rusos fallecidos en combate acudieron a Borís Nemtsóv, viceprimer ministro ruso, para conseguir que el Ministerio de Defensa de la Federación Rusa desembolsara los pagos correspondientes a las familias. De este modo, Nemtsóv pudo establecer una cronología de la entrada del ejército ruso en territorio ucraniano: contabilizando las bajas masivas de soldados rusos en el este de Ucrania durante el verano de 2014, y en enero y comienzos de febrero de 2015. Esta muerte masiva de soldados rusos estaba relacionada con la intensificación de los combates en Debáltseve. Mediante la firma del documento de renuncia, haciendo pasar a soldados regulares como voluntarios, las compensaciones familiares quedaban como simples promesas realizadas por los comandantes de los batallones. En la práctica, los familiares no recibieron compensación alguna y tampoco podían reclamarla porque los soldados rusos caídos habían dejado de ser militares rusos para convertirse en voluntarios. A consecuencia de ello, Nemtsóv fue asesinado cerca del Kremlin el 27 de febrero de 2015.





Los voluntarios

Los éxitos de los separatistas en el este de Ucrania han sido posibles por la intervención de tropas regulares rusas y por los refuerzos de la República de Chechenia, integrada en la Federación Rusa. 

La confrontación armada en el Dombás ha producido un elevado número de bajas en ambos lados. En abril de 2015, la Oficina de la ONU para la Coordinación de Asuntos Humanitarios documentó la muerte de 6.108 personas en la zona de conflicto, dato matizado como “muy conservador”. Desde el inicio del conflicto, las autoridades rusas han ocultado con celo los datos sobre los ciudadanos rusos muertos en el territorio de Ucrania. Pero esta información no ha podido permanecer oculta de forma permanente. Los cuerpos de los rusos muertos en el Dombás regresaron a su tierra natal en camiones con el rótulo “Cargo-200”

A día de hoy, las llamadas “milicias” del Dombás disponen de un enorme surtido de armas, incluidos tanques, artillería autopropulsada y misiles. Pese a los desmentidos oficiales del Kremlin, todos los testimonios recabados demuestran que se aprovisiona a los separatistas con armamento ruso, el cual se emplea de forma activa contra el ejército ucraniano. 

El Boeing 777 de Malaysia Airlines

El 17 de julio de 2014, un Boeing 777 de Malaysia Airlines fue derribado en la zona del conflicto armado en el este de Ucrania. El lugar de la catástrofe está situado en la parte más oriental de Dónetsk. El hecho de la destrucción instantánea (mediante una explosión) del avión y que se produjera sobre una zona de conflicto bélico, dejó claro desde el primer momento que el Boeing había sido derribado, descartándose otras opciones como causas técnicas o un error humano. Desde el comienzo de las hostilidades en el este de Ucrania, los medios de comunicación rusos habían informado regularmente sobre cada derribo de aviones y helicópteros de las fuerzas ucranianas. En la fecha de la catástrofe aérea del Boeing-777, las agencias estatales de noticias rusas informaron del derribo de un AN-26 (un avión Antonov de transporte táctico bimotor turbohélice) en la zona. Ese mismo día, por la tarde, el Ministro de Defensa de la autoproclamada RPD publicó en las redes sociales que los milicianos habían logrado abatir un avión enemigo. Tanto los separatistas como los medios rusos indicaron con bastante precisión la localización y la hora del derribo, que coinciden con el accidente del Boeing-777, identificándolo como un AN-26 ucraniano. Sin embargo, esa misma noche, cuando se hizo evidente lo que en realidad había sucedido, cesaron tales declaraciones. Unos días antes, los medios de comunicación del Kremlin habían informado a la audiencia rusa de que los separatistas del Dombás disponían de sistemas de misiles antiaéreos. 


Vitáliy Chúrkin, representante de la Federación Rusia ante las Naciones Unidas, reconoció indirectamente la responsabilidad de las milicias prorrusas en la tragedia: “Los del este (de Ucrania) dijeron que habían derribado un avión militar. Si creyeron que lo habían derribado, es que fue un error. Y, si fue un error, pues entonces, no ha sido un acto terrorista”.  Tras el derribo del Boeing, los medios rusos comenzaron a ofrecer distintas versiones de lo sucedido. El Primer Canal emitió la versión del Estado Mayor ruso que apuntaba a que el Boeing lo había derribado un avión de combate ucraniano. Otra versión propagandista del Kremlin fue la del comentarista ruso Mijaíl Leontiév, quien declaró disponer de una “foto sensacional” tomada por un “satélite espía extranjero” que confirmaba que el Boeing había sido derribado por un MiG-29 ucraniano. La fotografía resultó estar completamente falsificada. 


Todos los esfuerzos propagandísticos del Kremlin no lograron evitar establecer las verdaderas causas de la tragedia. Los países que perdieron sus ciudadanos en la tragedia han sido los más interesados en hallar la verdad e identificar a los culpables. De acuerdo con datos de periodistas de investigación publicados en enero de 2015, la catástrofe aérea del Boeing 777, vuelo MH17 de Malaysian Airlines, se produjo al ser derribado como resultado del lanzamiento de un misil antiaéreo ruso. Mediante el análisis de vídeos, fotografías, testimonios e inspecciones sobre el terreno, se comprobó cómo un sistema antiaéreo SAM Buk М1 fue trasladado desde la localidad rusa de Kursk hasta el emplazamiento desde donde se disparó el proyectil. El propósito era emplearlo en apoyo de la defensa antiaérea de las divisiones de tanques de la Federación Rusa que, en aquel momento, llevaban a cabo misiones de combate en Ucrania ocultando sus distintivos. 


Todos los expertos han confirmado que los separatistas no tenían capacidad para utilizar el sistema.  El misil antiaéreo se disparó desde una zona de campo llana, cerca de la carretera, por oficiales y soldados rusos. El 30 de marzo del 2015, el Comité Internacional de Investigación compuesto por expertos de Australia, Bélgica, Malaisia, los Países Bajos y Ucrania, y que llevó a cabo la investigación penal y jurídica sobre las causas y circunstancias del derribo, emitió una declaración en la que se afirmaba que la versión más probable es que el Boeing fue abatido por el impacto de un misil lanzado desde un sistema Buk trasladado desde Rusia y puesto a disposición de los separatistas.

La vida en Dombás

En abril de 2014, Dónetsk y Luhánsk promulgaron su independencia y se declararon insumisas frente a las autoridades ucranianas. De ese modo se constituyeron las dos autoproclamadas repúblicas populares, RPD y RPL. Sin embargo, no fue más que una declaración formal. Ambas se encuentran bajo la dirección externa de Moscú. Todas las decisiones clave dependen de funcionarios y técnicos rusos. Kremlin no ha reconocido jurídicamente la soberanía de ninguna de ellas y, oficialmente, las sigue considerando parte de Ucrania. Con frecuencia, los reemplazos para la RPD y la RPL sirven a proyectos socio-políticos ligados al Kremlin. 

Por descontado, la política exterior de Moscú no impulsa el mantenimiento del orden en las autoproclamadas repúblicas, donde florece la corrupción. Tanto en la RPD como en la RPL la ayuda humanitaria de Rusia es saqueada en dimensiones colosales: nueve de cada diez convoyes. En Dónetsk y Luhánsk solo los ancianos mayores de 70 años y las madres de familia numerosa reciben un único paquete de alimentos al mes. En las pequeñas ciudades no llega nada. La situación es horrible y prolifera la reventa de la ayuda humanitaria en los mercados.

La política del Kremlin en relación a la RPD y la RPL es extremadamente cerrada y opaca. No obstante, no puede esconder el hecho de que regula directamente las supuestas repúblicas independientes, tratando de crear pseudoestados en Ucrania Oriental  dirigidos desde Moscú, que, en el fondo, no son otra cosa que un mecanismo de presión sobre el gobierno oficial en Kiev.


En el Dombás, desde 2014-2015, el panorama es terrible: asesinatos impunes, cientos de miles de refugiados, infraestructuras destruidas y colapso del sistema social. Tanto las autoridades ucranianas como las rusas, y al igual que la comunidad internacional, definen la situación en el Dombás como una catástrofe humana. Durante el curso de las operaciones militares en el este de Ucrania, un gran número de habitantes no tuvo otra opción que abandonar el territorio controlado por los separatistas y las localidades cercanas al frente de guerra. Según estadísticas oficiales de la Federación Rusa, solo entre abril de 2014 y enero de 2015 emigraron a Rusia más de 800.000 ucranianos. Del Dombás han huido a su vez más de 900.000 ciudadanos a territorios seguros de Ucrania para escapar de los bombardeos y la hambruna. Muchos refugiados no tienen dónde volver a causa de la destrucción de ciudades y pueblos enteros en la zona de conflicto. Cerca de 104.000 habitantes de Dónetsk han quedado sin vivienda, agua, gas ni electricidad. Las líneas de transmisión eléctrica, los gaseoductos y la conducción de agua son objeto de destrucción sistemática. Las noticias de operarios muertos en tareas de reparación de las infraestructuras en el territorio separatista son frecuentes.

En la actualidad, se han establecido puestos de control prácticamente en todo el territorio del Dombás. En los emplazamientos de los militares ucranianos se cometen abusos, pero rige la ley del país. Los controlados por separatistas están al margen de la ley y carecen de organización, lo que crea situaciones de arbitrariedad y abuso: restricciones del paso a quienes intentan huir de la zona de combates, extorsiones a empresarios, violencia incontrolada por  parte de los combatientes hacia los civiles, coacciones para ejecutar trabajos forzados…

Los residentes de las poblaciones controladas por los separatistas sufren de manera sistemática la violencia de las bandas armadas, con abundantes casos de secuestros y malos tratos perpetrados por separatistas contra civiles ajenos al conflicto armado. Los separatistas abren fuego desde distritos densamente poblados y áreas residenciales para provocar que, la respuesta armada, alcance a los civiles que allí residen. No son infrecuentes los reportajes del Primer Canal ruso con combatientes de la RPD que disparan lanzagranadas hacia las posiciones del ejército ucraniano desde edificios de viviendass. Los transportes públicos también son objeto de los disparos de los separatistas. 

La hambruna y el drástico empobrecimiento de la población del Dombás es un hecho crudo y real. Pese a ello, las autoridades no organizan el reparto de víveres con cartillas de racionamiento. Las autoproclamadas RPD y RPL no han sido capaces de organizar un reparto justo de la ayuda humanitaria, que, además, es del todo insuficiente. Los precios de los alimentos en las tiendas del territorio controlado por los separatistas son más altos que en el resto de Ucrania. La mayor parte de los negocios han tenido que abandonar el territorio de la RPD y de la RPL huyendo de los saqueos y asaltos a comercios, y de la imposibilidad de atraer inversiones a esa zona de guerra. Tampoco hay abastecimiento continuado de medicamentos a la población con arreglo a un sistema de seguridad social. 

El coste de la guerra

El coste de la campaña militar de Putin en Ucrania debe abordarse desde dos perspectivas. En primer lugar, el coste directo de las actuaciones militares y todos los costes indirectos. 

Los costes directos de la guerra (sueldos, manutención, mantenimiento y reparación de armamento, munición, etc.) ascienden a más de 80 millones de euros mensuales. No parece mucho, a primera vista, pero supera en tres veces el coste mensual de financiación de las dos universidades más importantes de Rusia (Moscú y San Petersburgo).

Una consecuencia directa de la guerra en el Dombás es la destrucción de cientos de miles de viviendas, de unidades de infraestructuras sociales y de transporte, de plantas industriales… Y ello teniendo en cuenta que, hasta que no cesen las hostilidades, es imposible, siquiera aproximadamente, poder valorar las dimensiones de la devastación. También se ignora si Rusia se responsabilizará de los gastos de algunas de las restauraciones. Hay que contabilizar también a los refugiados. Antes de la guerra, en Luhánsk y Dónetsk vivían cerca de siete millones de habitantes. Según la ONU, hasta la primavera de 2015 cerca de un millón de personas había abandonado la zona del conflicto. El Kremlin había establecido un coste de manutención de refugiados en 800 rublos diarios (250 rublos para alimentación, 550 rublos para alojamiento). Esto significa que la manutención de los refugiados ucranianos cuesta 150 millones de euros al mes. 

Pensiones en Crimea

El coste de la reconstrucción del Dombás se desconoce, ni se sabe quién lo va a financiar. Pero el gobierno ruso ya ha decidido que la anexión de la península de Crimea correrá a cuenta del presupuesto federal mediante reducción de otras partidas, como las del desarrollo regional. En marzo de 2014, Putin firmó un decreto por el cual se equiparaban las pensiones de Crimea al nivel ruso. Esto significó en 2015, tras la indexación de la pensión del mes de febrero, un gasto del Fondo de Pensiones ruso de más de 1.200 millones de euros. Como resultado de las reformas de las pensiones, se ha cambiado a un sistema de puntos en el que la pensión no solamente depende de las contribuciones realizadas durante su vida laboral, sino también del número total de pensionistas que las van a recibir las ayudas. Dado que los pensionistas de Crimea ya habían pagado sus cuotas al sistema ucraniano, el pago se ha de llevar a cabo por cuenta de la reducción de las pensiones abonadas a los rusos.

Inflación

Europa ha impuesto sanciones a funcionarios y empresarios rusos que hayan apoyado la anexión de Crimea. No es fácil valorar las pérdidas provocadas, como por ejemplo el coste de la prohibición del suministro de equipos y complementos de producción militar. Pero supondrá un freno a las empresas y pérdidas salariales para los rusos. 

Las sanciones personales a los amigos de Putin condujeron a la congelación de sus activos. Sin embargo, han hallado la forma de compensar sus pérdidas mediante la adjudicación de nuevos contratos o la intervención estatal del mercado. Por decisión del gobierno, los bancos sancionados de los amigos de Putin recibirán miles de millones de euros de los fondos de la Seguridad Social pese a incumplir los criterios del Ministerio de Hacienda y del Banco Central.

La prohibición de Estados Unidos y la Unión Europea de conceder créditos, adquirir acciones y bonos a bancos y entidades rusas controladas por el Estado supuso que, para poder pagar las deudas externas, Rusia se vio obligada a aumentar la demanda de divisas en otoño de 2014, provocando una brusca caída del rublo e inflación en los precios. Sin embargo, la aceleración de la inflación había comenzado antes, cuando Putin, en agosto de 2014, vetó la importación de productos agroalimentarios, materias primas y productos alimenticios de la UE, Estados Unidos, Australia, Canadá y Noruega. Rusia posee una de las reservas más grandes de tierra fértil, pero su agricultura no alcanza a abastecer a toda la población. 

A consecuencia de la decisión de Putin, en el tercer trimestre de 2014 las importaciones de productos lácteos y de carne habían descendido un 26 % y las de pescado un 48 % en comparación con 2013. El veto les ha costado a los rusos cerca de 1.800 millones de euros en un año. En 2013, la inflación en Rusia era del 6,5 %. Pasados 12 meses desde la anexión de Crimea, se aceleró en un 17 %. Según el Banco de Rusia, cerca del 80 % de esta aceleración tiene que ver con la devaluación del rublo, y el 20% con la prohibición de importar productos alimenticios. En la devaluación influyeron no solo las sanciones, sino, además, la caída de los precios del petróleo.

Las trincheras del remordimiento

Putin denomina a la guerra al este de Ucrania como "híbrida". No es una agresión bélica directa, sino un conflicto armado que se crea en un territorio del país vecino de manera que, formalmente, a los iniciadores no se les puede reprochar haberlo hecho. Mientras el Dombás arde, Putin pregunta qué pruebas tiene la comunidad internacional para acusarle.

Esta "guerra híbrida" se basa en una serie de pilares. Primero, el doble pensamiento: todos entienden que Rusia lucha contra Ucrania, pero en cierta manera es como si no se combatiera. Segundo, está el paripé: ¿apresaron los ucranianos a paracaidistas rusos en su territorio?, claro, porque se perdieron; ¿emplean armas rusas los separatistas?, claro, porque seguramente las compran en el mercado. Tercero, la cobardía: nadie en el Kremlin ha querido reconocer la agresión bélica a Ucrania y tal hecho se presenta como gran sabiduría política.

A estas alturas, el Estado Mayor ucraniano lleva cinco años enfrentándose a los separatistas en el Dombás. No hace falta ver falta las imágenes por satélite para comprobar que hay buques rusos desafiando el derecho internacional y bloqueando el paso entre el Mar de Azov y el Mar Negro. Los mercados están vacíos, las tiendas desabastecidas... Antes de la guerra, la cuenca del Donéts proporcionaba casi el 10 % del PIB de Ucrania. Los separatistas, al no poder someterla, la han bloqueado y, con su asedio, ahogado.

Los montones de escombros en el Dombás son iguales en todo a los escombros que hay en Irak o en Siria a causa de las bombas del Dáesh, solo que en esta ocasión hablamos de un país europeo. Hablamos de 2020, de Ucrania. Un ejército de vándalos, apoyados por el Kremlin, incapaces de tomar un punto estratégico, se ensaña con todo aquello que pueden. Los separatistas destruyen la región por placer. 

Las líneas de defensa de los centinelas ucranianos ya no se dejan abatir, como sucedió durante las ofensivas relámpago de 2014 y 2015. Son hombres que viven en perpetuo estado de alerta, con los ojos hinchados por el insomnio, a los que se releva cada seis meses. Como en un Verdún arcaico y eterno.

Para el ejército ucraniano, el enemigo es el adversario, no son separatistas ni prorrusos. Los que más disparan son rusos, no prorrusos. Solo el Kremlin dispone de misiles Grad... Los suburbios de Donetsk, la inmensa ciudad que durante mucho tiempo se llamó Stalino, repleta de edificios de hormigón y fábricas, acumula escombros y artefactos de metal inservibles. El aeropuerto, completamente destruido, parece un parque temático del soviet.


Pisky, al norte del país, cerca de Donetsk, está también completamente destruido, bombardeado. No queda un solo edificio en pie. Las patrullas llevan semanas sin ver a nadie en la ciudad derruida: no queda nadie vivo en el fin del mundo, salvo los francotiradores rusos que, apenas cae la noche, disparan con infrarrojos, y unas cuantas decenas de hombres enterrados, con sus ametralladoras, en la tierra. Pisky es una ciudad fantasma donde los hombres y los animales parecen espectros vagabundeando en un paisaje destripado y sin vida.

La guerra se ha cobrado 13.000 vidas hasta la fecha, más una media de diez víctimas cada semana a pesar del alto al fuego oficial. Los coches de la OSCE, la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa, aparecen cuando cae el día y nunca al amanecer. En los lugares de paso establecidos para los ucranianos de ambos bandos casi nadie quiere cruzar hacia la zona separatista, pero en la dirección contraria se suceden las interminables filas de babushkas con bolsas de la compra, ancianos en sillas de ruedas o jóvenes que llevan desde el amanecer haciendo cola. Ucrania considera a los habitantes de Lugansk y Donetsk rehenes de los separatistas y de Putin, por lo que sigue reconociendo sus derechos y, por tanto, pagando sus pensiones. Las repúblicas separatistas son simples administraciones de humo y los únicos cajeros automáticos que funcionan son los de Ucrania.

El gobierno de Kiev muestra su preocupación por el debilitamiento de una Unión Europea socavada por su indulgencia hacia Putin, pero se regocija por la fuerza de su vínculo con la Francia de Macron. El imperialismo euroasiático de Putin nos mantiene despreocupados a los occidentales. La guerra del Dombás es una guerra olvidada cuya tragedia crece gota a gota y cuya imagen debería servir a cualquier europeo de remordimiento.


Nota: Marzo de 2022. Hace cuatro semanas que Rusia acometió la invasión de Ucrania. Los argumentos esgrimidos por Putin siguen siendo los mismos de la olvidada guerra que aconteció en el Donbás y que se narra en este artículo. 

viernes, 29 de junio de 2018

Star Wars: Los últimos Jedi (o de la imposibilidad de la crítica)

Corren tiempos adversos para la galaxia muy lejana. George Lucas, tras fracasar en la coronación de la ansiada "Cota Disney" con su starwarsiana saga (por dos veces lo intentó: el primero, recordémoslo, fueron los Ewoks; el segundo, los gungans y JarJares y androides de la Federación; ambos fallidos), y posiblemente cansado de su propia creación (mal interpretada por los fanboys, ese espécimen de origen humano que ha desplazado al espectador de las salas de cine), decidió entregar el objeto de su nada frustrante riqueza a Disney a cambio de mayor riqueza. Disney: el monstruo de siete cabezas, el regente abrumador cuyo poder se sustenta en hacer del mundo y de los sueños una soplapollez inmensa. Disney, la todopoderosa empresa que llevaba décadas contemplando, absorta, cómo la genial ocurrencia de los Jedi, las espadas láser y los malos de negro ocupaban más espacio neuronal en niños y jóvenes y adultos que sus princesitas moñas y sus animalitos cantarines. Adquirir el invento al mayor genio ocurrente de los 70 conseguía por fin desequilibrar la batalla por incomparecencia (y absorción) del enemigo, excepción hecha del troll llamado Kathleen Kennedy, mano derecha de Lucas y erigida por el monstruo en todopoderosa señora de la guerra (de las galaxias).

Para la primera de las exhibiciones encargan a un solvente artesano (y pésimo elucubrador de ideas) una película con la estética original perdida a lo largo de las secuelas, sin naves lustrosas, con diálogos entre los pilotos buenos de los cazas (los pilotos malos nunca se dicen nada), con almirantes que se pasean por el puente de mando de los destructores espaciales como si fuesen barcos de la Segunda Guerra Mundial, con cantinas atiborradas de aliens musicales y humanoides deformes, con espías que informan a los malos mediante obsoletos intercomunicadores, con seres enanos y feos de amplia sabiduría, con un malo malísimo y un líder que lo manipula... Disney encarga a Abrams que rehaga la película original, en pocas palabras. Y Abrams, que se cree el chico más listo de Hollywood, engendra un espectáculo deplorable pintarrajeado de grandiosidad con el que satisfacer al fanboy (y horrorizar al espectador, quien ya no importa nada), al tiempo que preserva las nuevas tablas de la ley políticamente correcta: un personaje negro (sobreactuado), un protagonista femenino (superheroína estilo Marvel), un robot simpático (y esférico, para que Iniesta lo patee al travesaño), uno de ascendencia hispanojudía (que no muere ni aunque lo maten, que es lo que realmente pasaba en el guion original), etc. ¿El argumento? ¿Qué es eso? A lo mejor se parece a esto: al robotijo redondo lo persigue el Imperio/Primera Orden porque esconde un plano/mapa y, en la huida, llega a un planeta desértico llamado Tattoine/Jakku donde encuentra a Luke/Rey que tiene un don para la Fuerza que desconoce y sueña con aventuras galácticas. ¿Les suena? Pues eso.

Como no basta con esa línea argumental la rellenamos con los malos, liderados por un pelirrojo con cara de afectado porque su personaje es una versión rejuvenecida y estúpida del gobernador Tarkin, y un crío malcriado que usa máscara porque mola mazo parecerse al de negro de la película original y creerse el más chulo del barrio. Por encima de ellos, dirigiendo el cotarro, hay un ectoplasma con aspecto de Gollum que parece muy poderoso, si bien muy inteligente no es al haber delegado en estos dos mastuerzos los designios de la corporación Umbrella, experta en rediseñar estrellas de la muerte, pero a lo bestia, con nieve incluida (y terremotos tectónicos). Como las historias son para que conozcamos lo que les pasa a los buenos, pronto nos enteramos de que, a diferencia del Luke original, a quien llevó varios años llegar a manejar con alguna soltura los poderes de la Fuerza, la protagonista guay y guapa (más de uno habrá sacado brillo a su sable de pocas luces con las fotos que publica en Instagram) de nombre Rey creerá durante la mitad de la película que los Jedi son un mito (¡de hace solo 30 años!: vaya tela, las leyendas artúricas necesitaron siglos de maduración) y, pese a ello, con un abrir y cerrar de ojos, recurrirá a trucos mentales Jedi y duelos de espadas con el más que experimentado jovenzano refunfuñón y malcriado. Todo eso porque se lo cuenta Han Solo antes de morir a manos de su hijo, el mozalbete berrinchón que usa máscara para parecerse a su abuelo en maldad y capacidad de susto (olvidando, porque lo olvidan los guionistas, que Darth Vader antes de morir vuelve al bien). Y hablando de Han Solo, lo mismo el compañero de Chewie era Deckard o Indiana Jones, porque el actor que los interpreta hace mucho que no sabe sino destruir sus propios mitos en respuesta a su incapacidad por encontrar el anillo único con el que dominar a todos sus personajes... Y si mencionamos al resto del elenco original, Luke se ha reconvertido en un Yoda exiliado en un planeta remoto e ignoto y Leia en un esperpento que aún no sabemos muy bien qué hace ahí: está claro que ni acabando con el Imperio esta princesa sabe apoderarse del trono. Pero bueno, todo esto (referido a la anterior película, no a la de esta reseña) para decir que en el starwarsiano mundo de Disney no hay nada remotamente original. 

Y entonces llega Rian Johnson, el nuevo mercachifle contratado por Disney para imponer rigor y coherencia (qué chiste, ¡ja!) en la segunda entrega de este tremendo plagio.

No olvidemos que Rey llevaba desde 2015 con el brazo extendido tendiendo un sable de luz a Luke y a la actriz se le empezaba a cansar el tríceps. Rian Johnson solo tenía que finalizar la entrega del sable y, cuando lo hace, sucede que Luke lo manda a tomar vientos, que es justo lo que los espectadores deberíamos haber hecho con la saga desde hace mucho, mucho tiempo, en esta galaxia nada lejana de la Vía Láctea. En la era Disney, dominada por vengadores y superhéroes de toda clase y condición, los Jedi y su sabiduría lenta y paciente, están obsoletos. Tan obsoletos que incluso guardan sus libros de la tradición dentro de un árbol, en plan hobbit, llenos de polvo y moho, con las páginas amarillentas por el paso del tiempo, pues Luke, el último de ellos, no ha sabido nunca hackear la biblioteca de alta tecnología de Coruscan aunque sí robar, delante de las narices del funcionario de turno que se encargase del olvidado templo piramidal, los volúmenes vetustos de ridículo parecido a la Summa Theologica preconciliar... Todo muy coherente. Muy sagaz el Johnson este. Tan sagaz es el andoba que tiene el valor de convertir a Luke, de lejos el personaje más utópico y valeroso de la saga original, en el clásico viejo amargado, refunfuñón y cobarde que toda mala película como esta merece tener. Salvo al final, donde se demuestra aún más cobarde en forma de dualidad cuántica: ora es capaz de afectar al mundo físico entregando unos dados metálicos a su hermana Leia, ora no porque en realidad no es sino un holograma viniente de muy lejos, tan lejos que le da un infarto del esfuerzo... Con estas capacidades, y las que aún no han ideado para el personaje de Rey en la próxima entrega, ya les digo yo que los Jedi acabarán siendo los próximos combatientes de los Chitauri. Al tiempo.

En realidad, a lo largo de todo el metraje el director se cisca en la madre de todos los guionistas que por el universo starwarsiano han pasado y, en particular, con los de la película previa (donde repitió, con escasa gloria y grande infortunio nuestro, el señor Kasdan), a quienes lee la cartilla desconectando o negando con su narración casi todo lo anterior. Por el artículo 33. Es lo que sucede con el líder de los malos, Gollum Snoke, convertido en rebanada de mortadela siciliana no sin antes abroncar a su pupilo, el niñato enfadicas, por haber sido derrotado ante alguien que jamás había empuñado un sable láser (nótese la audacia: escribir un guion trasladando a la pantalla las críticas recibidas en la película anterior, convenientemente verbalizadas por un personaje con cierto impacto). Y es lo que sucede también con la Fuerza, a la que Disney ha reconvertido en los rayos gamma de Hulk o el Capitán América, capaz de transformar en cuestión de segundos a un mindundi en todo un portento. ¿Entrenamiento? ¿Sacrificio? Qué aburrimiento. Todo eso ya se ha abandonado hasta en las escuelas. La Fuerza ahora es poderosa: es incluso el Whatsapp de la galaxia como se demuestra en las conversaciones telepáticas entre Rey y el niñato, tan próximas a los susurros de Obi-Wan en el casco de Luke como el charlear de un sapo a un New Orleans Blues; es capaz de transformar a la ancianosa Leia en SuperGirl; de tantas cosas es capaz ahora la Fuerza que en la galaxia lejana ya nadie tiene problemas de estreñimiento... Y si estas trampas del guion les dejan boquiabiertos, esperen porque el resto es aburrimiento y desvergüenza. Y todo paritorio, digo paritario. Hay multitud de personajes femeninos tan inútiles como prescindibles salvo que uno padezca de insomnio, en cuyo caso es muy conveniente seguir de cerca las aventuras del negro con la chinita que le ama, bálsamo curativo de la agripnia patentado por Disney en no sé cuántos idiomas. Ya en la anterior había una capitana en el bando de los malos, medio inútil, que ahora, en este filme, por aquello de tratar de aparentar que sirve para alguna cosa aparte de darle lustre a la coraza, la devienen raccord al hacerla aparecer  liderando a sus huestes por la puerta izquierda del hangar donde segundos antes una explosión tremebunda se la había llevado a criar malvas. Y qué decir del personaje de Laura Dern, un vicealmirante que no aporta absolutamente nada y que tras verse humillada en un escandaloso motín, a punta de pistola láser, resuelve la situación dialogando con Leia en plan noche guay de mujeres. ¿Feminismo? ¿Qué feminismo es este? El feminismo busca la igualdad real entre hombres y mujeres. A Lucas se lo tildó en numerosas ocasiones de machista porque solo incluyó un personaje femenino en su trilogía (Leia), pero lo desarrolló de manera tan principal e igualitaria (como se evidenciaba en su relación con Han Solo) que el filme completo resultaba de un equilibrio ejemplar. En este episodio, como en el anterior, el feminismo se convierte en una búsqueda insensata de la supremacía del personaje de Rey sobre todos sus compañeros y enemigos masculinos al tiempo que se puebla la historia innecesariamente con personajes femeninos, llegando incluso a incluir subtramas igualmente innecesarias para proporcionarles un mayor empaque (caso de la chinita que acompaña a Finn, quien por cierto le impide al personaje negro un final heroico a su innecesario personaje).

Le echamos la culpa a Disney, pero en realidad el irresponsable de todo esto responde al nombre de Kathleen Kennedy: no les quepa duda. No le importa nada en absoluto ni los personajes clásicos ni su coherencia con la historia. Vive obsesionada en crear un legado mucho mayor y más extenso que el de George Lucas, y en su afán destroza todo lo que encuentra. Destruye el pasado. Mata a su progenitor. Olvida a los espectadores que crecieron con ella y se centra en la nueva generación de fanboys, adolescentes adictos a (en realidad, simbióticos con) la tecnología, para quienes todo ha de ser inmediato y dramático, nada puede durar más de cinco minutos o doscientos caracteres y el conocimiento se reduce a un acervo de creencias de origen desconocido que todos repiten como un mantra. Bajo estas premisas, psicológicas y educativas, los artificios revestidos de presunta profundidad se erigen en hitos imponentes del intelecto (véase las críticas superlativas de los fanboys  a la última entrega infinita de Los Vengadores, con expresiones ridículamente idiotas del tipo "no estábamos preparados para esto", o incluso las que genera el mastuerzo de película de la que hablo aquí). George Lucas desarrolló en dos películas la historia eterna del conflicto entre el bien y el mal cuando este afecta a tus propias raíces y genes (digo que lo hizo en dos películas porque en la primera aún no había pensado en nada de todo ello), y usó la filosofía taoísta en las secuelas para ahondar (con poco éxito) en el eterno equilibrio de los opuestos. Kathleen Kennedy desarrolla en unos minutos y dos secuencias la misma rácana tesis taoísta (y eso que deseaba resucitar el espíritu de la saga original) porque con ello le basta para mostrar que la historia contiene raíces profundas: en el Hollywood actual nadie está interesado en iluminar el entendimiento humano, solo en mostrar que más allá de nuestra comprensión subyacen conceptos arcanos de difícil acceso; somos así de superficiales, me temo. La escena del Yoda en esta película de Rian Johnson es clave para entender que los derroteros de la nueva saga viven y crecen sobre las cenizas de la saga original. Es quien provoca la ecpirosis de la sabiduría ancestral de los maestros Jedi, de los que él mismo es su principal manifestación. Johnson usa un personaje clásico para eliminar sin tapujos todo el legado y proporcionarle un orgasmo metagaláctico a le inefable jefa, Kathleen Kennedy. El mensaje es nítido: nada de lo visto hasta ahora es verdad, la verdad será lo que te mostremos a partir de este instante. Las múltiples declaraciones del estulto Johnson a posteriori, atacando con crudeza las críticas de millones de seguidores que le acusan de irreverente (cuando no de trivial) son consecuencia de la impostura del adoctrinamiento al que han querido someter a los espectadores (la mayoría de los fanboys han acogido con gozo los nuevos derroteros).

Para qué seguir. La película flota como el Halcón Milenario en "El Imperio Contraataca" para escabullirse de sus perseguidores: entre desperdicios, porque ella misma es el mayor de todos pese a su génesis copiona. El episodio de Abrams era un plagio y el de Johnson otro plagio idéntico, ambos orientados a destruir el legado de George Lucas. Para muchos este episodio aporta la originalidad que le faltó al de Abrams, pero en realidad lo que Rian Johnson ofrece es una mezcla aberrante de los Episodios V y VI, pese a su convencimiento de que ha parido un ratón... digo, un peliculón. Lo curioso es que uno puede borrar la película entera y encontrarse en la misma situación final del episodio anterior (con Luke convertido en fantasma, lo que es análogo a estar desaparecido, y un Líder Supremo que jamás ha trascendido su condición de proyección holográfica). Como Carrie Fisher ya no estará, la única bondad es que nadie podrá seguir destrozando su personaje. Ni Chewie ni los viejos R2D2 o C3PO importan un carajo.

Y con todo esto, díganme ahora cómo demonios se puede criticar un esperpento semejante...


sábado, 3 de junio de 2017

Alien: Covenant, una revisión

Hace unos años escribí que "Prometheus" era una película fallida que encerraba dentro otra mucho mejor a la que los guionistas no dejaron nacer. En parte porque deseaban apuntalar el universo de "Alien" cuando realmente estaban elaborando un argumento distinto. En aquel filme, las tramas secundarias y las incorporaciones de elementos terroríficos sofocaron el guion y dejaron que una historia interesante (el contacto de la humanidad con una civilización superior de la que desciende) se diluyese en una mala historia resuelta a golpe de serie B o incluso serie Z. Algo similar sucede en esta "Alien: Covenant", de donde se deduce que, en efecto, hemos asistido a una secuela o continuación de "Prometheus", no solo en lo argumental, también en lo conceptual. 

En "Prometheus" la historia hacía aguas a causa de un horrible e inmaduro guion que mostraba, sobre todo, personas haciendo no se sabe bien qué cosas en una nave aterrizada en un planeta del que parecen ignorar incongruentemente que es hostil y que, por tanto, entraña peligros. Dicho de otro modo, dejaban de ser personajes para convertirse en atrezzo de un terror asechante bastante gótico. O como tantos han escrito, los personajes no se desarrollaban. Sin embargo, el filme apuntaba algunas ideas que, en otras manos, hubieran producido una película muy interesante (aunque seguramente alejada de las ideas de los miles de fanáticos que solo esperan bichos extraterrestres y costillas explotantes). Otras ideas no lo eran tanto, por ejemplo, la súbita reconvención de los ingenieros en seres malvados que quieren acabar con la raza humana haciendo uso de armas biológicas de destrucción masiva. Para resumir, "Prometheus" se difuminaba en sí misma. 

El error de querernos contar el origen del monstruo de "Alien" sigue patente en "Covenant". Lo de que ser un error es una percepción fundamentada en la innecesariedad de semejante decisión. Una película ha de motivarnos por sus elementos cinematográficos, encomiables en la producción fílmica de Ridley Scott, y por la coherencia de sus desarrollos argumentales, pero no por su detallismo, especialmente si no son relevantes. En el "Alien" original, lo que se nos planteaba era que el espacio no es un paraíso, sino que está repleto de seres violentos desconocidos y riesgos superiores a la voluntad humana. Por eso nos desconcertaba. Alumbraba el ingenioso argumento algunos detalles sin esclarecer, que contribuían a ensanchar nuestra admiración y curiosidad: esos seres demoníacos ya habían logrado acabar con la nave de otros seres extraterrestres, más ancestrales que nosotros mismos, y nada ni nadie parecía poder con ellos. Para colmo, la empresa propietaria de la expedición espacial conocía de la existencia de tales seres... ¿No suena intrigante? Todo esto contribuyó a hacer de "Alien" una película atemporalmente inquietante. Han pasado 40 años y nos sigue causando el mismo estupor y el mismo terror. La secuela filmada por James Cameron, "Aliens", retomaba sin muchas explicaciones estos detalles para confeccionar un filme de aventuras espaciales en el que fuerzas militares humanas se miden, con poco éxito, con una horda descontrolada de tales monstruosidades. A partir de ese momento, las ideas quedaron suficientemente exhaustadas y las posteriores aportaciones se perdían en divagaciones sin ningún interés. La vuelta atrás de Scott para querer contarnos la cosmogonía de la génesis de dichos monstruos se ha topado, tanto en "Prometheus" como en "Covenant", con una inteligencia deficiente de los guionistas y una demencial exposición narrativa. Un error, sí, pero un error embrutecido por la descripción de circunstancias totalmente desposeídas de interés o misterio. 

No obstante, "Covenant" parece querer rescatar elementos atractivos de su antecesora y reconvertirlos en material propio, aunque con escaso acierto. Por ejemplo, el androide enloquecido de "Prometheus"(debido al conflicto existente entre las órdenes de su creador y su desempeño favorecedor a los humanos), material original de la película de 1978, es en esta entrega reconvertido en una suerte de doctor Moreau, dotándole de una capacidad de pensamiento que, si bien pasmosa, parece insuficiente para poder soportar el grueso de la trama. una trama, por lo demás, exigua y reiterada de las fuentes en las que bebe. Hay cuestiones (muchas) criticables. Por ejemplo, la contraposición y duelo con el androide-hermano, más evolucionado y perfecto, es innecesaria y una de las que menos aportan al filme, cosa que no sucede con el destino de los ingenieros de "Prometheus" a los que aquí se erradica en una solución bastante artificiosa e infantil, seguramente para librarse de problemas y tomar un atajo argumental que pretende hacer prevalecer la maldad del androide sobre la congruencia intelectual (por ejemplo: los ingenieros pudieron haber sido barridos por los aliens miles de años antes de aterrizar el androide y la superviviente de la "Prometheus"). Otras son simplemente cansinas por repetir las ideas o elecciones con que se confeccionaron las películas anteriores (si la señal de socorro, aquí convertida en una melodía de John Denver, parece aceptable, no lo es la falta de respeto a la coherencia interna de la saga en cuanto a las bases biológicas de los aliens, sus periodos de gestación, el sistema de jerarquización de las criaturas alrededor de una reina que pone los huevos, la batalla final para expulsar al alien, etc.). Pero desde un punto de vista fílmico, todos estos defectos son menores. 

En realidad, hemos visto una propuesta que trata de superar las dificultades de continuidad con el resto de la saga hasta imbricarla en ella misma como epígono, pero no acaba de corregir ninguno de los despropósitos de "Prometheus" ni termina de orientar la trama hacia su destino: la memorable "Alien". En resumen, "Alien: Covenant" no consigue enderezar el rumbo y por ese motivo nos parece aún más zozobrante y huero, sin importar que la solución a encontrar apuntaba facilidad argumental.

Todo el cúmulo de despropósitos como ir sin casco por planetas inexplorados, de no desconfiar de extraños, de torcer las órdenes colonizadoras, de creer que una civilización está contenida en el zoco de una ciudad, de... son disculpables (el cine ahora es así). Lo que no es disculpable es que hayan convertido una criatura fascinante como un alien en un invitado forzoso del festín que quiere darse.



lunes, 16 de enero de 2017

Rogue One: otra "maldita" historia de Star Wars

Otra historia de "La guerra de las galaxias". Otra más... elevada a los altares por los seguidores.

Lo peor que uno puede ser en estos controvertidos tiempos modernos, tiempos oscuros y teñidos de un desinterés hercúleo por todo lo intelectual, lo peor (repito) que uno puede ser es fan (fanático) de algo. Por ejemplo de "La guerra de las galaxias" (o "Star Wars", que dicen ahora), pero sirve cualquier otra propuesta cinematográfica en forma de saga. Estas legiones ensoberbecidas por el asombro que les produce el ingenio de un tercero, creen estar no en el privilegio, sino en el derecho de apropiarse (adueñarse, tal vez) de la esencia y conceptos de aquello por lo que profesan una animosidad morbosa y excesiva, e inundan todo con su ruido y griterío.

El meollo Star Wars tiene su aquél. Cuando niño, a todos nos hechizó aquella película que llevábamos soñando desde siempre, con aventuras entre las estrellas, con malos malísimos y buenos heroicos y arrojados, aliados socarrones, heroínas principescas (¿para qué si no la dulcísima Leia necesitaba ser una princesa?)... Aquella película estaba repleta de imaginación, de láseres, de naves espaciales, de humor y de un guion que era una genialidad constante. Todo lo que no es Rogue One, y todo lo que no fue la ultrajante versión del Sr. Abrams. Porque, nunca me cansaré de repetirlo, el genio es George Lucas, no los fans, ni los seguidores, ni tampoco ninguno de los que colocan en Wikipedia algo tan aberrante como "Luke Skywalker procede de la colonia de asteroides de Polis Massa". George Lucas concibió aquella película de batallas en las estrellas y lo hizo entregando al séptimo arte una joya, una obra maestra, y una continuación tan adulta y firme que desde entonces el cine ya no es lo mismo (tampoco las precuelas fueron lo mismo, pero no estaban tan mal como los fans, esa masa amorfa dictadora, han querido y quieren proclamar).

Fui a ver Rogue One porque en mi fuero interno parece sacrílego no acudir al cine a ver cualquier cosa que provenga de "La guerra de las galaxias". Pero eso no significa que deba comulgar con las ruedas del molino embustero en que Disney ha querido convertir aquella genialidad de Lucas. Porque ni la propuesta de Adams, ni esta otra de los espías rebeldes que roban los planos de la Estrella de la Muerte, son otra cosa que enormes y muy decepcionantes errores. Errores de guion, claro, de intenciones, de concepto, aunque luego, cinematográficamente, haya que rendirse a la evidencia de lo bien rodadas que están.

Podían haber hecho algo distinto, algo más profundo, más sólido, más coherente, más original... y de momento ambas películas no son sino copias y remedos (cuando no mastuerzos) de las ideas que Lucas generó hace ya más de treinta años. La de Adams, una inverosímil historia copiada de la original y trufada de tantos engaños y puerilidades que uno se sorprende de que este señor haya alcanzado tanta prosapia en la Meca del cine. La que nos ocupa, una copia prácticamente literal de "El retorno del jedi".

Mal el planteamiento.

Y pésimo el guion. Una película aburrida, plomiza, incoherente, de personajes sin oportunidad para mostrarse, de innecesarios saltos continuos entre planetas (luego se quejaban de Lucas en las precuelas), de inconexiones con La guerra de las galaxias (luego se quejaban de que Lucas no unió bien las precuelas con el origen de su saga), de... ¡Tantas cosas!

Hay más cine fuera del cine, con estas películas de la Disney, que dentro. Las noticias filtradas a cuentagotas, los spoilers que juegan a serlo o no serlo, los trending topics en las redes... todo es tan excesivo, mareante, absurdo, que a ratos parece que uno no vaya a ver una película de aventuras en el espacio sino el lanzamiento de algún nuevo producto de los de Cupertino. Porque aquí el cine deja de ser un producto artístico con opciones de ser devorado por las masas para convertirse en un negocio planificado que igualmente será devorado por la masa. Y por ello recurren al mismo guion una y otra vez (¿no se han dado cuenta de que Disney no está haciendo otra cosa que contar estas supuestamente nuevas historias tal y como las contó Lucas cuando creó las originales?).

En fin. Para qué seguir. Los fans ya tienen su alimento. Supongo que con eso basta.

Por cierto, una manera divertida de ver los agujeros de guion de esta película se encuentra en este vídeo:



jueves, 31 de marzo de 2016

Bone Tomahawk: culto sacrílego


Vivimos tiempos impetuosos en los que pueriles propuestas, como la presente, son capaces de ascender rápidamente de liturgia. 

La película que nos ocupa ha sido masiva y precipitadamente proclamada "de culto". Realmente uno a veces se absorta por lo fácilmente que drenan unos arrumbamientos y otros en esto de la crítica cinematográfica. Para quien esto suscribe, el filme no es sino una demasiado simple historia de búsqueda y rescate, sin mayor profundidad ni tampoco hondura cinematográfica. ¿O sí? Posiblemente sí, dada la pretenciosidad de su desarrollo. Pero muy fallida. 

¿Por qué?

El conjunto entero parece haber sido engendrado desde la siguiente premisa:

  • Vamos a mostrar en pantalla la truculencia que supone cortarle la cabellera a un rostro pálido.
  • Y aprovechando la premisa, ¿por qué no hacemos un western en el que los indios, además, sean antropófagos y filmamos cómo se abre en canal un cuerpo humano, haciendo que caigan al suelo las chichas sanguinolientas?
  • Qué estupenda idea. Planteemos esta violencia explícita en una película del oeste, pero lenta y morosa, crepuscular que diría el otro, sin apenas disparos, con violencia contenida, con diálogos beckettianos, sin desarrollo argumental, con personajes apenas construidos. Es decir, que el conjunto parezca antes una propuesta filosófica que una película de entretenimiento.
  • Genial. Así, de paso, como no tenemos medios, nada parecerá una chapuza, del guion a la edición, y nos concederán premios y se nos clasificará junto a Blade Runner.

No conviene olvidar que muchos han aplaudido esta lamentable obra fílmica, a veces con argumentaciones contundentes. La mistificación del enemigo, la introducción de elementos de terror, el minimalismo visual (debido a su exiguo presupuesto), la casi total ausencia de música, la sobriedad estética, los personajes arquetípicos (algunos a esto lo llaman bien construidos), el ritmo parsimonioso...

Pero, ¡ay!, el guion... ¿Volvemos a la puerilidad del cine actual?

  • En el pueblo donde viven los héroes hay muchos personajes, pero, salvo un nativo civilizado, ninguno ha oído hablar jamás de unos indios trogloditas imbatibles capaces de internarse en sus calles y casas sin que nadie lo advierta. Y por supuesto, es la primera vez en décadas que lo hacen (pueril)
  • Parece una road movie. Casi todo el tiempo los personajes se dedican a cabalgar o caminar. Incluso los atacan los forajidos (unos mejicanos que corretean por el desierto sin tampoco prestar atención a los trogloditas), pero ellos siguen caminando (porque les han robado los caballos) como si fuera su karma hacerlo (pueril)
  • Además, los cuatro héroes hablan mucho y, pese a ello, no dicen nada sustancioso. A veces incluso hablan frívolamente (¿circos de pulgas?) cuando la tensión por la muerte en ciernes debería procurar otro tipo de perfil psicológico (los personajes no siguen la trama, están por encima de ella aunque la sufran: pueril).
  • A uno le operan de una pierna, allá en medio de la nada, y le abandonan (prima el salvamento incierto). En realidad, mera excusa para dejar a un héroe atrás, el que luego resolverá todo con su inesperada y tullida aparición, merendándose a toda una tribu de fornidos caníbales (pueril).
  • Los caníbales atacan exitosamente a tres hombres sanos, pero son incapaces de acabar con el tullido (pueril).
  • Los caníbales ni siquiera han intentado violar a la mujer (esposa del cojo). En realidad, este personaje se presentó como el más interesante (el único poblador capaz de curar a un enfermo), aunque finalmente sirve solo de vehículo para la única pizca de erotismo del filme (innecesario) y como macguffin narrativo (pueril)
En fin. Que si usted quiere ver cómo abren en canal a un individuo colgado boca abajo, vea esta película. Sáltese hora y media y vaya derechito al final. Porque no hay nada más. Y no solo por la falta de presupuesto...




martes, 22 de marzo de 2016

El genio olvidado


Según Kant, en su "Crítica del juicio", un genio posee talento para producir algo que, no viniendo descrito en regla o norma alguna, de inmediato se convierte en ejemplar y hermoso. El genio posee la facultad de expresar lo inefable en una representación universalmente valorada. Y este es el sentido de nuestra siguiente afirmación:


Gene Clark fue un genio

Algunos le consideraron un genio maldito. Un músico de enorme y universal talento que malogró, una tras otra, con decisiones equivocadas, todas las oportunidades que tuvo para consagrarse en el Olimpo de la fama, ese sedicente empíreo donde campan por sus respetos estrellas sin talento y famosos de relumbrón que apenas han aportado nada a la Música (acaso a las cuentas bancarias de discográficas, televisiones y a las suyas propias). Para nosotros es muy conveniente que este genio olvidado no se mezcle con la morralla, pero hay que entender que Gene Clark siempre quiso brillar en el firmamento musical al que todos miran. Y no brilló, nunca lo hizo.

Para quien no le conozca, hablamos del chico de Missouri que estuvo al frente de The Byrds entre 1964 y 1966, famoso grupo folk-rock que comenzó versionando canciones de Bob Dylan como "Mr. Tambourine Man", o de Pete Seeger como "Turn! Turn! Turn!".



Pero The Byrds fue mucho más que un grupo musical al uso. En la década de los sesenta, cuando las estrellas británicas parecían adueñarse de las clasificaciones de éxitos estadounidenses, The Byrds contuvo la invasión y llegó a dominar la escena musical de la nación norteamericana. Musicalmente talentoso, el grupo experimentó con fórmulas musicales entonces novedosas (por ejemplo, el country-rock) y técnicas de producción musical inéditas en la época. El artífice de esta explosión de innovación y talento no era otro que un jovencísimo Gene Clark, quien compuso los más significativos temas propios de este conjunto. Baste citar, por ejemplo, "Eight Miles High" entre muchos otros: Feel a Whole Lot Better; Here Without You; You Won’t Have to Cry; Set You Free This Time...



Nada que ver con Bob Dylan, por supuesto. Sin embargo, tan genial músico acabaría apartándose voluntariamente del grupo debido, según cuentan las biografías, a su aversión a volar, pero también a importantes diferencias conceptuales y económicas, debido a su prolífica faceta de compositor, con el resto de integrantes. Así, en 1966, con 21 años recién cumplidos, Gene Clark da inicio a una muy controvertida carrera mientras The Byrds apuesta sin remilgos por buscar su propia historia.

Gene Clark fue en todo momento un compositor sentimental, lírico, acústico, de una clarividencia inopinable. Publica su primer disco en solitario un año después de su marcha de The Byrds, en 1967: "Gene Clark and The Gosdin Brothers" (The Gosdin Brothers era el nombre del grupo que le acompañaba). Pasó sin pena ni gloria. El público no conocía a Gene Clark, conocía a The Byrds, quien además compitió en las listas con la exitosa "Younger than Yesterday". Sin embargo, era el de Clark un álbum excepcional, donde mezclaba rock con pop orquestal, country o bluegrass, que mereció mejor fortuna. Como todos sus trabajos posteriores.


Como consecuencia de este fracaso se sumió en una desazón inquietante que le perseguiría toda su vida. En 1968 forma el estupendo dúo Dillard & Clark. Estupendo es decir poco. Su primer álbum, "The Fantastic Expedition of Dillard & Clark" contiene algunas de las mejores canciones compuestas por Gene. Por ejemplo, este "Train Leaves Here This Mornin'":


No satisfecho con el escaso éxito cosechado con el dúo (la obsesión por el éxito marca toda la trayectoria vital de este atormentado músico), Gene Clark parte hacia un nuevo camino en solitario en cuyo transcurso dará forma a su mejor trabajo y uno de los mejores discos de todos los tiempos: "White Light".

"White Light" es un disco de cantautor, un rumbo nuevo respecto a obras anteriores: austero, acústico, sentido, emocional, melodioso, nostálgico, introspectivo, el álbum que Gene Clark publica en 1971 (dos años más tarde de su producción, por problemas legales) es una maravilla de principio a fin. ¿Alguien puede opinar lo contrario después de escuchar "With tomorrow"? Para los impacientes que no hayan deseado sumergirse en el álbum completo arriba incluido, dejo esta magnífica joya por sí sola en el vídeo siguiente:



Por supuesto, fue un completo fiasco comercial. Unánimemente aclamado por la crítica, pasó prácticamente desapercibido para el gran público.

Tras un breve paréntesis, durante el cual Clark aceptó reunirse con la formación original de The Byrds, que, como no podía ser de otro modo, atravesaban cotas muy bajas, en 1973 recibe la interesada ayuda del magnate David Geffen, quien, avispado como pocos, cree poder aprovechar el enorme talento de Gene para hacer caja en plena explosión de rock californianoCon un espectacular presupuesto (más de 100.000 dólares), Clark y el productor Thomas Jefferson Kaye se embarcan en un ambicioso proyecto musical para el que contratan a un plantel de excelentes músicos y cantantes de apoyo. El título: "No Other", posiblemente la obra maestra de Gene Clark y uno de los discos más importantes de la música contemporánea, cuando no de todos los tiempos.

Donde en "White Light” había austeridad y sobriedad, en “No Other” hay una transparencia y una belleza inigualables rebosante de barroquismo, de presencia instrumental realmente incomparable. "No Other" suena a fusión de country-rock con rock-sinfónico, soul, funk y jazz. Una obra maestra extraña y atípica, una gozosa locura de sentimiento íntimo y reflexivo dominada por la voz nítida de Clark. Subyugante en su belleza, insospechada en sus melodías, agradecida en su instrumentación y sus coros, es un disco, en definitiva, kantiano, que traspasa, eleva, congracia a quien lo escucha con el universo y la naturaleza.

Pero no quiero dejarlo aquí, en un enlace al álbum completo, y por este motivo paso a destripar uno a uno los temas de esta maravilla olvidada por la crítica y el público (bah, a quién le importa lo que deba decir ninguno de ellos).

  • El disco inicia su magistral recorrido con “Life’s Greatest Fool”, un precioso tema de country-rock con irrupción de coros góspel.
  •  Le sigue "Silver raven", una joya preciosista de country ecológico, y uno de los temas más conocidos de Clark.

  • A partir de este momento, el disco traza rumbo hacia algo diferente, atípico, inusual, magnífico: "No Other", pieza que da título al álbum, y un despegue de jazz eléctrico que anticipa lo que está por venir.

  • Porque lo que está por venir no es sino la pieza de música más arrolladora, magistral y hermosa que jamás se haya escuchado: la enorme "Strength Of Strings", una brutalidad musical de enorme complejidad técnica y acabados perfectos.


  • Desciende entonces el disco hacia una de las melodías más hermosas jamás compuestas por Gene: "From A Siver Phial",  una conmovedora pieza de luminosidad lírica y emocional.

  • Tras tan deslumbrante joya acaece un momento adimensional y sublime titulado: "Some Misunderstandig", donde late el mismo desencanto generacional y amarga epifanía que autores más renombrados como Neil Young o Bob Dylan publicaron en el mismo periodo de tiempo.

  • Exhaustos de gozo, respiramos satisfechos mientras suena un tema melódico de country-rock, elegante y refinado: "True One".

  • Pero no nos descuidemos, porque se trata de una pieza interconectada con la etapa de Gene Clark con The Byrds.  Lo mismo que la inmortal pieza que cierra el disco: "Lady Of The North", la historia de un amor perfecto malogrado. El indiscutible broche que echa el cierre a un disco absolutamente maravilloso.


Cómo no, fue un fiasco más en la carrera de Gene Clark, un completo fracaso de crítica y de ventas que fue descatalogado dos años después de publicarse.

Gene jamás se repondría de este golpe. Mantuvo alguna colaboración con Roger McGuinn y publicó un gran disco a dúo con la cantante country Carla Olson, pero nunca volvió a ser el mismo. A finales de los 80, y principios de los 90, grupos como The Long Ryders, R.E.M, o Teenage Fanclub comienzan a reivindicar su enormidad musical. Pero ya es tarde. Gene Clark muere de un ataque al corazón fulminante en 1991, meses después de que The Byrds accediese al Rock and Roll Hall of Fame. Tenía sólo 46 años y una larga trayectoria de alcohol y drogas a sus espaldas.

"No Other" fue durante mucho tiempo considerado un disco maldito, un extraño ejercicio de producción musical contaminado con excesos financieros. Inopinadamente, año y medio después de su lanzamiento, cuando el disco se encuentra prácticamente hundido en las listas, Fleetwood Mac lanza su álbum homónimo que, como el siguiente ("Rumours"), emplea técnicas de interpretación y de producción similares a las exploradas en "No Other". Los Fleetwood Mac fueron de inmediato alabados por crítica y público, récord de ventas y acabaron por convertirse en pilares culturales de la música de los 70. Gene Clark siguió, simplemente, olvidado.


sábado, 19 de marzo de 2016

STAR WARS y la Teoría de los Anillos


The interesting thing about Star Wars —and I didn’t ever really push this very far, because it’s not really that important—but there’s a lot going on there that most people haven’t come to grips with yet. But when they do, they will find it’s a much more intricately made clock than most people would imagine.
Lo interesante de Star Wars y nunca quise llevarlo muy lejos, porque en realidad no es tan importante, es que suceden muchas cosas allí que la mayoría de la gente aún no ha comprendido. Pero cuando lo hagan, descubrirán que se trata de un reloj mucho más elaborado de lo que la mayoría imagina.
—George Lucas, Vanity Fair, February  2005



lunes, 11 de enero de 2016

Un reinicio fallido para Star Wars

Resulta complicado escribir una reseña de una peliculita como "Star Wars 7, El despertar de la Fuerza", que tal me ha parecido la ruidosísima apuesta de Disney, adueñada (con ayuda de la fuerza... del dinero) de la más rentable idea en toda la historia del cine. Y digo que resulta complicado porque, por una parte, hay millones de voces, las de los llamados fans (fanáticos, sí), que rugen y escriben sobre esta continuación de la saga galáctica, unos declarándola muy superior a la ya realizada por su original creador (y posiblemente único genio, bastante incomprendido, de toda esta historia: George Lucas), otros tratando de dirimir en qué puesto ha de ubicarse de entre el repertorio completo de aventuras galácticas.

Por otra parte, está la crítica especializada, que parece confluir mayoritariamente en alabanzas hacia el producto fílmico elaborado por ese solvente mago de lo impostado (y muy correcto artesano) que es J.J. Abrams. En general, podría decirse que la decisión de los productores de volver a la estética original del filme de 1977 ha cosechado alabanzas, y muy pocos se aventuran a enjuiciar esta película desde puntos de vista estrictamente cinemáticos e historiados. Aunque, haberlos, los hay, y son en las críticas negativas donde posiblemente uno pueda encontrar las reflexiones más interesantes sobre esta esperadísima continuación de los mitos de la Fuerza.

Resulta asimismo curioso lo que se discute en ese gallinero ingente que son las redes sociales. Tanto los fans  como la prensa dedicada a esto del cine resuelven su favorable veredicto respecto al filme de Abrams argumentando brutalmente contra la segunda trilogía de Lucas (la primera en sentido argumental): una segunda trilogía que, conviene decirlo, por historia, ambición y complejidad narrativas, no es ni mucho menos réproba, sino poseedora de cualidades apreciables, pese a los muchos errores contenidos en ella. Pero la casi universal zafiedad de los millones de fans autoerigidos en jueces implacables de lo que no les pertenece ya ha emitido su veredicto favorable a Disney, a Abrams e incluso a la chica protagonista, porque todo alimenta (claro que tampoco le pertenece la idea ya a George Lucas, suculento fajo de millones de dólares mediante). . 

La crítica de Star Wars 7 es muy sencilla de emitir: J.J. Abrams ha hecho con este "Despertar de la Fuerza" lo que acostumbra a hacer: una película entretenida y de buena factura, sustentada en un guion (muy suyo, muy propio) un tanto pueril que, además, no maneja con solvencia la interesada nostalgia introducida en la historia. ¿Pueril? Sí, me refiero a trivial, ese mal que últimamente llena el desarrollo de las historias de las grandes producciones, como por ejemplo sucedía en otro filme aquí criticado, Prometheus, esa inmensa evacuación mental de Lindelof avalada por Ridley Scott. La puerilidad se vislumbra en las situaciones mal resueltas de las películas, en el mal desarrollo de los personajes, en las concesiones gratuitas Deus ex machina, en las argumentaciones sin elaborar que parecen un trágala para el espectador... En fin, lo que sucede en la práctica totalidad del cine de entretenimiento actual.

Y, sin embargo, pese a ello, las incoherencias y la gratuidad de la historia han hecho arder las redes durante unas semanas: discusiones de todo tipo acerca de la genealogía de tal o cual personaje, razones de por qué hay un brazo colorado en un robot, le indignación de que un cerrar de ojos de la protagonista la coadyuven a adquirir el más grande poder existente... Todo eso es puerilidad, es simpleza, es recurrir a lo irresoluto, pero enardece y mucho a los seguidores, a los fans, quienes en lugar de ver incompletitud o error, se absortan de las expectativas inmensas que quedan abiertas en un tinglado mucho más absurdo que los honrados (pero fallidos) intentos de Lucas para convencer a propios y extraños de cómo la República se convirtió en el Imperio Galáctico. Esta película parece abrir paso a una trilogía que parece beber de la antañona serie "Enredo" en lugar de querer convertirse en un filme cinematográfico con secuelas. 

El asunto de la nostalgia es asunto que merece tratarse con harina de un costal muy diferente. Donde "El despertar de la fuerza" triunfa, esto es, en su concepción de película de aventuras (copiada, pero cierta), falla estrepitosamente en su ilación con los personajes de la primera trilogía (genealógicamente hablando), a quienes se les confiere aquí la continuidad del universo allí creado. Fíjese el lector que, en "La Guerra de las Galaxias", todo estaba estructurado para que nos identificásemos con los héroes, porque cada uno a su manera era simpático y cubría el rol asignado por Lucas (se conseguía incluso con aquel señor alto y oscuro y malo como el demonio). Fue a estos personajes a quienes les cogimos cariño y quienes ahora son manejados sin ningún relumbre, pero transidos de una importancia fallida debido a una mala, pésima gestión de esa nostalgia que Abrams pretendía aportar al filme. Podría afirmarse que esta fallida nostalgia es lo que impide al espectador  a identificarse con los nuevos personajes que aparecen (en su mayoría mozalbetes, tal es la pesadez con que el cine actual alumbra sus producciones buscando en el público adolescente los cauces del éxito). La irreverencia con los veteranos es, además, una enorme falta de respeto. Así, Han Solo deja de ser Han Solo al encararse con su hijo y se convierte en un endeble elemento emotivo para que se le remuevan las tripas al espectador nostálgico, lo cual no es sino una prueba más del trampantojo de este guion urdido por J.J. Abrams y Lawrence Kasdan.

No voy a entrar a discutir si los personajes nuevos son carismáticos, originales, fuertes, rotundos... Para mí, no lo son en absoluto, en parte porque son roles sometidos al capricho de las casualidades y azares que preñan todo el filme. ¡Qué distancia con el trío de personajes de la saga original (héroes que se encuentran de repente en una aventura divertida) o con los muchísimos personajes contenidos en la segunda trilogía cronológica de Lucas y que dotaban a los filmes de una solidez y una complejidad difícilmente vislumbrable en el filme de ficción que nos ocupa! Por ejemplo: la tan celebrada protagonista repite cada cinco minutos las dudas y anhelos que tiene sobre su origen: ¡qué forma tan madura e inteligente de introducir en la mente del espectador las dudas y anhelos del personaje, señor Abrams! Y para colmo, es un papel tópico hasta el colmo del idealismo porque, siendo chatarrera, resulta ser una suerte de semidiosa perfecta a la que nada sale mal, experta en todo: en pilotar el Halcón Milenario con solo sentarse a los mandos, en repararlo mediante unos leves ajustes que sorprenden al propio Han Solo, en luchar contra un villano supuestamente muy superior y bien entrenado... Para qué seguir.

Todos estos errores podrían haberse resuelto si se hubiera comenzado verdaderamente de cero, con un filme sobre situaciones que acaeciesen 30 años más tarde y sin traer a colación a ninguno de los viejos rockeros, dedicando tiempo y espacio al diseño de personajes. Pero la solución articulada finalmente es fallida, el guion no está bien trazado ni dispuesto con inteligencia, todo es una sucesión de casualidades tramposas y atajos sistemáticos y contiene apuntes irritantes y zafios de verdad (ese pequeño capítulo interpuesto con las peripecias del contrabandista Han Solo y su colega el wookie en un carguero repleto de bicharracos horrorosos parece un subproducto de serie Z).

Dicen algunos que esta película se sitúa por encima de las precuelas, aunque no acierto a entender en qué sentido dada su falta de originalidad y la copia calcada que hace de una estética que no innova nada respecto a las originales, cosa que sí hizo Lucas con la historia de Anakin Skywalker (equivocándose de planteamientos y de actor y de excesos técnicos). De hecho, que se la compare a la original de todas no abunda sino en la grandeza de esta última, ante la que este filme palidece hasta aburrir. Baste quizá una sola evidencia de todo ello, acaso la más sensible: ni siquiera John Williams ha debido sentir emoción con esta película, pues las anteriores (seis) las trufó de temas que resonarán en nuestros oídos durante mucho tiempo, y en ésta es casi imposible recordar un par de notas inspiradas del gran maestro.