domingo, 30 de agosto de 2026

La tiranía del promedio y la dictadura de la cola: aplicación a lo de Ceuta, la violencia de pareja y otras situaciones

Durante siglos, la ciencia, la sociología y la política han vivido obsesionadas con el centro. La campana de Gauss —esa curva suave y simétrica que domina la estadística clásica— nos enseñó a venerar la mediana: la norma, el comportamiento esperable, la fluctuación trivial dentro de los límites de lo cotidiano. En la enseñanza académica, la masa central representa la estabilidad y la certidumbre. Pero asumir que el centro describe la totalidad de la realidad no es solo una simplificación metodológica: es una ceguera estratégica. Salvo en entornos controlados de laboratorio o en mediciones físicas estandarizadas, el mundo real no se transforma ni se destruye en el centro de la distribución. La historia, la economía, el riesgo sociológico y la evolución del conocimiento se escriben en los extremos.

Ésa es la tesis. Y es correcta. El problema es que casi todo el que la invoca la aplica mal, y la aplica mal siempre de la misma manera: confundiendo dos tipos de cola que no tienen nada que ver entre sí. Este ensayo desarrolla esta tesis y, sobre todo, desarrolla esa distinción, porque sin ella el argumento de los extremos se convierte en un comodín retórico capaz de demostrar cualquier cosa —que es exactamente lo que le ha ocurrido en el debate público de la última década.

Empecemos por los números, que son inflexibles y ponen orden.

I. Lo que significa realmente un sigma

Bajo una distribución normal estricta, las proporciones no admiten discusión. Más allá de una desviación típica hacia un lado queda el 15,87 % de la población. Más allá de dos, el 2,28 %. Más allá de tres, el 0,135 %: uno de cada 741. Más allá de cuatro, uno de cada 31.574. Más allá de cinco, uno de cada 3,49 millones. Más allá de seis, uno de cada mil millones largos.

Esa progresión —el colapso hiperexponencial de la probabilidad conforme uno se aleja del centro— es la propiedad que define la gaussiana y la que explica su prestigio. Es una curva que promete que lo extremo es despreciable. Que uno puede planificar ignorando la cola porque la cola, matemáticamente, casi no existe.

De esa promesa se deriva un corolario que conviene tener a mano, porque es el argumento más citado y peor entendido de toda esta materia. Un desplazamiento minúsculo de la media produce un desplazamiento enorme de la cola. Tómese una población normal y córrase su media medio sigma a la derecha. La proporción que supera el umbral original de 3σ pasa de 1 entre 741 a 1 entre 161: se multiplica por 4,6. La que supera el umbral de 4σ pasa de 1 entre 31.574 a 1 entre 4.299: se multiplica por más de siete. Medio sigma de diferencia en el promedio —una diferencia que en el centro de la curva sería socialmente invisible, imperceptible en cualquier interacción cotidiana— genera siete veces más individuos en el extremo.


Este resultado es matemáticamente impecable y su alcance es enorme: explica por qué grupos casi idénticos en promedio pueden diferir espectacularmente en la representación de sus valores extremos, y por qué razonar sobre extremos a partir de promedios es una fuente inagotable de error, en las dos direcciones.

Y ahora la advertencia que casi nadie añade, y que es la clave de todo lo que sigue: ese corolario solo vale si la variable es efectivamente normal. Si no lo es, no solo la conclusión es falsa: la propia palabra «sigma» pierde su significado. Y en los asuntos humanos, la variable rara vez es normal.

II. Mediocristán y Extremistán: las dos colas que se confunden

Nassim Nicholas Taleb popularizó la falacia con el concepto del cisne negro y con una distinción que aquí es central. Hay dominios —él los llama Mediocristán— donde ninguna observación individual mueve significativamente el agregado. La estatura humana es el ejemplo canónico: reúna usted mil personas al azar y añada al ser humano más alto que haya existido; la media apenas se inmuta. En esos dominios la gaussiana funciona, y sus colas son delgadas y predecibles.

Y hay dominios —Extremistán— donde una sola observación puede dominar el total. La riqueza, las ventas de libros, las bajas en conflictos armados, los daños por catástrofe, el tamaño de las ciudades, las descargas de una canción. Reúna mil personas al azar y añada a la más rica del planeta: la media se vuelve una ficción. En estos dominios la distribución no es gaussiana sino paretiana, de ley de potencias, de cola pesada. Y su comportamiento es cualitativamente distinto:

La varianza puede no existir. En ciertas leyes de potencias la varianza teórica es infinita, de modo que la desviación típica calculada sobre una muestra no converge: cuantos más datos se recogen, mayor sale. Hablar de «un evento a cuatro sigma» en ese contexto es un error y no un dato.

La cola no la genera la media. En una gaussiana el extremo es literalmente el mismo fenómeno que el centro, solo que llevado más lejos: la misma máquina causal, pero con los dados favorables. En una ley de potencias el extremo suele obedecer a un mecanismo distinto —ventaja acumulativa, retroalimentación positiva, efectos de red— que no opera en el centro. Por eso desplazar el promedio no desplaza el extremo: son dos poblaciones diferentes.

El 19 de octubre de 1987 el Dow Jones cayó un 22,6 % en una sesión. Bajo los supuestos de normalidad con los que operaba entonces la industria financiera, aquello era un suceso de unas veinte desviaciones típicas: una probabilidad tan pequeña que no debería haber ocurrido ni una vez en varias edades del universo. Sin embargo, sucedió un lunes. La lectura ingenua es que presenciamos un milagro estadístico. La lectura correcta es que el modelo era falso, y que su falsedad se concentraba precisamente allí donde más caro salía equivocarse.

Once años después, Long-Term Capital Management —un fondo con dos premios Nobel de Economía en el consejo, Myron Scholes y Robert Merton, cuyos modelos de valoración de opciones presuponían normalidad— perdió del orden de 4.600 millones de dólares en cuatro meses y hubo de ser rescatado bajo la coordinación de la Reserva Federal para evitar un contagio sistémico. No fracasaron por ignorar las matemáticas. Fracasaron por aplicar las matemáticas del centro a un problema de cola.

Aquí está, formulada con precisión, la tesis de este ensayo: el error no es olvidar los extremos; el error es tratarlos como si fueran el centro estirado. Un evento extremo no es «un promedio más grande»: es una ruptura de fase, un régimen causal distinto. Y esto corta en las dos direcciones, contra el que niega la cola y contra el que la invoca alegremente.

III. La economía escrita en los márgenes

En los mercados, la inmensa mayoría de las sesiones transcurren con variaciones porcentuales irrelevantes asentadas en la cima de la curva. Pero ni las fortunas ni las quiebras se producen ahí. Un puñado de jornadas concentra la práctica totalidad del rendimiento —y del desastre— de décadas enteras. Es la razón por la que la gestión pasiva funciona: estar fuera del mercado los diez mejores días de una década arruina el resultado de los otros dos mil quinientos días anodinos.

La distribución de la riqueza fue, de hecho, el hallazgo fundacional de todo esto. Vilfredo Pareto observó a finales del XIX que la propiedad de la tierra en Italia seguía una ley de potencias, y esa regularidad se ha reproducido en prácticamente todas las economías estudiadas desde entonces. El capital riesgo funciona explícitamente sobre esa premisa: la mayoría de las inversiones de un fondo se pierden o devuelven poco, y el retorno entero depende de una o dos que se disparan varios órdenes de magnitud. Es una industria construida sobre el reconocimiento formal de que la media no informa de nada.

Y algo parecido sucede si indagamos en el mercado laboral. Sherwin Rosen describió en 1981 lo que llamó la economía de las superestrellas: cuando la tecnología permite que un mismo servicio se distribuya sin coste marginal a una audiencia ilimitada, minúsculas diferencias de talento producen diferencias de retribución astronómicas. Véase el caso del fútbol o de los actores de cine. Sin embargo, la grabación (primero) y luego la transmisión digital (después9 convirtieron la música, el deporte y la interpretación de Mediocristán en un Extremistán de libro. No cambió el talento humano: cambió la función que traduce talento en ingreso. Mercadotecnia al poder. La cola se hizo pesada por una decisión que nada tenía que ver con el talento humano.

IV. La cola derecha: ciencia, arte y la aritmética del genio

La innovación es también patrimonio del extremo, y aquí las mediciones son antiguas y consistentes. Alfred Lotka observó en 1926 que el número de autores que publican n trabajos decae aproximadamente con el cuadrado de n: por eso la inmensa mayoría de los científicos publica una sola vez y sólo una minúscula fracción publica decenas. William Shockley, en 1957, argumentó que la productividad científica no es normal sino aproximadamente lognormal, porque publicar exige encadenar con éxito muchos pasos independientes —tener la idea, conseguir financiación, ejecutar, redactar, superar la revisión— y las probabilidades se multiplican en lugar de sumarse. Una cadena multiplicativa de aptitudes moderadamente buenas produce, en el extremo, resultados desproporcionados. Ese es el mecanismo formal del genio productivo, y no consiste en «ser mucho mejor»: consiste en no fallar en ninguno de los eslabones.


La mediocridad estadística no formula la relatividad ni sintetiza la penicilina. La masa central optimiza lo existente; la cola crea lo inaudito. Negar la relevancia de los extremos en nombre de un igualitarismo estadístico amortigua el impacto de la excelencia y priva a la sociedad de los únicos vectores de avance que puede proporcionar el perfil atípico.

Pero conviene incorporar aquí el matiz del capítulo anterior, porque también en la cola derecha se comete el error de la extrapolación. Si el mecanismo es multiplicativo, entonces la excelencia no es el promedio elevado, y las políticas que tratan de producirla subiendo la media fracasan sistemáticamente. Elevar la competencia media de un sistema educativo mejora el sistema educativo; no genera necesariamente más innovadores extremos, porque el cuello de botella del extremo está en otro sitio: en la tolerancia institucional a la divergencia, en la disponibilidad de tiempo no supervisado, en la posibilidad de fallar caro sin ser expulsado. La cola derecha no se produce optimizando el centro. Se produce protegiendo el margen.

V. Criminalidad: donde el marco se pone a prueba de verdad

Éste es el capítulo donde el análisis de colas demuestra su potencia, y donde también demuestra que la mayoría de quienes lo invocan lo están usando al revés. Merece tratamiento detallado.

La criminalidad es un fenómeno de cola, y está medido

La primera afirmación es sólida y de las mejor establecidas de la criminología empírica. En el estudio de cohorte de Marvin Wolfgang, Robert Figlio y Thorsten Sellin sobre unos diez mil varones nacidos en Filadelfia en 1945, los delincuentes crónicos representaban el 6 % de la cohorte y acumulaban el 51,6 % de todos los delitos cometidos por ella. En Suecia, Örjan Falk y sus colegas cruzaron los registros nacionales de todos los nacidos entre 1958 y 1980 —2,4 millones de personas— con las condenas por delito violento entre 1973 y 2004: el 3,9 % tenía al menos una condena, y 24.342 delincuentes violentos persistentes, el 1,0 % de la población total, concentraban el 63,2 % de todas las condenas.

La concentración se repite en el espacio. David Weisburd formuló en 2015 lo que llamó la ley de concentración del delito: en las ciudades estudiadas, entre el 2 % y el 6 % de los tramos de calle generan el 50 % del delito, y entre el 0,4 % y el 1,6 % generan el 25 %. En Seattle, a lo largo de dieciséis años, la proporción de tramos que concentraba la mitad de los incidentes osciló únicamente entre el 4,7 % y el 6,1 %, pese a que el delito total cayó más de un 20 % en ese periodo. La cola es estable aunque la magnitud cambie.

Hasta aquí, el borrador tiene toda la razón: la seguridad no se dirime en la masa inerte de la norma, sino en los márgenes, y una política diseñada sobre el ciudadano promedio es un dique calculado con la altura media del mar.

La consecuencia que se omite

Pero obsérvese qué forma tiene exactamente esa cola. No es una gaussiana con la media desplazada. Es una distribución hiperconcentrada en la que el 1 % genera casi dos tercios del total. Eso es Extremistán, no Mediocristán. Y en Extremistán, como vimos, el extremo no lo produce la media: lo produce un mecanismo distinto.

¿Qué es un Odd Ratio? Ejemplo simple. Un equipo de fútbol juega 4 partidos, gana 3 y pierde 1. Su probabilidad de ganar es de 3/4 (75%). Su odd de ganar es de 3/1 (3 a 1, o simplemente 3).

Falk identificó ese mecanismo con nombres y con odds ratios. La persistencia violenta se asociaba a sexo masculino (OR 2,5), trastorno de personalidad (OR 2,3), primera condena violenta antes de los 19 años (OR 2,0), delitos relacionados con drogas (OR 1,9), criminalidad no violenta previa (OR 1,9), trastorno por consumo de sustancias (OR 1,9) y trastorno mental grave (OR 1,3). Ése es el perfil de la cola. No es «gente un poco más propensa que la media». Es una subpoblación identificable con una trayectoria vital reconocible desde la adolescencia.


De ahí se sigue directamente el resultado que interesa, y es un resultado incómodo para el uso polémico habitual del argumento: el razonamiento «un pequeño desplazamiento de la media multiplica la cola» es matemáticamente correcto para variables normales, pero es inaplicable a la delincuencia porque la delincuencia no está distribuida normalmente. Aplicarlo ahí es cometer exactamente el error de extrapolación que el propio marco de colas denuncia: tratar el extremo como si fuera el centro estirado.

Quien quiera sostener que un grupo aporta desproporcionadamente a la cola no puede hacerlo por la vía del promedio. Tiene que demostrar que aporta desproporcionadamente a la subpoblación persistente, que es un objeto distinto, con causas distintas y con datos distintos.

El caso español, medido con este instrumento

Con esa herramienta en la mano, mírense las cifras españolas, que son las que están sobre la mesa pública.

Los datos de partida no se discuten y proceden del Ministerio del Interior. En el informe de delitos contra la libertad sexual de 2023, el 62,7 % de los responsables eran españoles y el 37,3 % extranjeros, con Marruecos, Colombia y Rumanía a la cabeza entre las nacionalidades extranjeras. La serie es ascendente: en torno al 30 % en 2017, 32,6 % en 2018, 35 % en 2019, 34,5 % en 2021, 35,8 % en 2022, 37,3 % en 2023 y 39,24 % en 2024. La población extranjera residente ronda el 13-14 %.

La objeción metodológica también está publicada y es sustantiva. Un trabajo de la Universidad Carlos III aparecido en la Revista Española de Investigaciones Sociológicas, sobre más de 5,5 millones de delitos con sentencia condenatoria firme entre 2007 y 2023, sostiene que la brecha se debe principalmente a que el perfil migratorio concentra hombres jóvenes, el estrato con mayores tasas delictivas en cualquier sociedad. Añade dos correcciones concretas: la estadística registra nacionalidad pero no residencia, de modo que turistas y miembros de redes internacionales no residentes inflan artificialmente las tasas atribuidas a los inmigrantes residentes; y entre 2017 y 2023 la población extranjera en situación irregular creció un 345 % mientras la tasa de criminalidad estandarizada de extranjeros descendía un 2 %. Documenta además una heterogeneidad enorme entre orígenes: nacionales de los Balcanes con tasa nueve veces la española, argelinos cinco veces, ecuatorianos tres veces, e indios y chinos por debajo de los españoles.

Ahora apliquemos el marco, que es lo que se pedía, sin decidir de antemano el resultado.

  • Primero: el denominador está mal planteado en el debate público. Contrastar el 37,3 % de detenidos con el 13,4 % de la población es comparar con la clase de referencia equivocada. La criminalidad sexual la comete casi exclusivamente una franja de varones jóvenes, y la comparación válida es entre varones jóvenes españoles y varones jóvenes extranjeros. La estandarización por edad y sexo no es un truco exculpatorio: es la operación mínima que exige cualquier comparación de tasas, la misma que se hace obligatoriamente al comparar mortalidad entre países. Quien la omite no está siendo directo; está calculando mal.
  • Segundo: la estandarización tampoco cierra el caso. Sería igualmente ilegítimo pasar del hecho de que la edad y el sexo explican buena parte de la brecha a la conclusión de que la explican entera. El propio estudio que estandariza encuentra diferencias residuales enormes entre nacionalidades, y esas diferencias son un dato, no un artefacto. Que el efecto no sea el que se dice no significa que no haya efecto.
  • Tercero, y es lo importante: los datos disponibles no permiten distinguir las dos hipótesis rivales. La hipótesis A dice que la sobrerrepresentación refleja una distribución desplazada —una población con propensión media mayor—. La hipótesis B dice que refleja una subpoblación persistente sobredimensionada por factores conocidos: varones jóvenes, sin arraigo, sin vivienda estable, sin empleo, con consumo de sustancias, con inicio delictivo temprano, exactamente los predictores que aisló Falk, y que en la población autóctona predicen igual de bien. Ambas hipótesis producen la misma estadística de detenidos. Las estadísticas de detenidos son, por construcción, incapaces de arbitrar entre ellas.
  • Cuarto: sí sabemos qué mediría la diferencia, y España no lo publica. Si la hipótesis B es correcta, la proporción de extranjeros entre los delincuentes persistentes debería ser aproximadamente la que corresponde a su peso entre quienes comparten esos factores de riesgo, y la reincidencia dentro del grupo debería concentrarse con la misma forma paretiana que en la población general. Si la hipótesis A es correcta, la sobrerrepresentación debería aparecer también entre los delincuentes de una sola vez, distribuida uniformemente y resistente al control por factores de riesgo. Eso se mide con un estudio de cohorte con seguimiento longitudinal, cruzando registros penales con padrón, renta y servicios sociales —es decir, exactamente el diseño de Falk—. Suecia lo tiene porque tiene registros vinculados. España no lo hace.

Ésa es la conclusión honesta de aplicar el aparato de colas a este fenómeno: no confirma ni desmiente la tesis popular, identifica cuál es la medición que falta y por qué toda la discusión pública se está librando con el instrumento equivocado. Es un resultado menos satisfactorio que una consigna y considerablemente más útil, porque es accionable: el estudio se puede encargar.

Y añade una consecuencia práctica que apunta en una dirección concreta. Si la delincuencia es paretiana —y lo es, con independencia de la nacionalidad de nadie—, entonces la política eficaz es la que actúa sobre la cola: identificación temprana de trayectorias persistentes, intervención sobre menores con inicio precoz, tratamiento de adicciones, y presencia policial concentrada en el 5 % de tramos urbanos que genera la mitad de los incidentes. Las políticas dirigidas al centro de la distribución —campañas generales, medidas de alcance poblacional, gestos simbólicos en cualquiera de las dos direcciones ideológicas— actúan sobre el 94 % que no iba a delinquir. Ése es el dique calculado con la altura media del mar.

VI. La violencia de pareja: la cola que no está donde se la busca

El capítulo anterior terminó con una recomendación operativa: actuar sobre el delincuente persistente y sobre el 5 % de tramos urbanos que concentra la mitad de los incidentes. Esa recomendación es correcta y es, aplicada a la violencia de pareja, completamente inútil. Merece la pena entender por qué, porque es el caso que mejor demuestra la tesis central de este ensayo y el que obliga a corregir el capítulo V.

Dos distribuciones superpuestas

La sociología de la violencia doméstica arrastra desde los años setenta una polémica aparentemente irresoluble: las encuestas de población general encuentran una violencia de pareja relativamente simétrica entre sexos y de baja severidad, mientras que los datos de hospitales, casas de acogida y juzgados encuentran una violencia radicalmente asimétrica y grave. Durante décadas cada bando acusó al otro de manipular.

Michael Johnson propuso la explicación en los años noventa y es puramente distribucional: no se estaba midiendo el mismo fenómeno. Hay una violencia situacional de pareja, frecuente, episódica, ligada a conflictos concretos que se descontrolan, razonablemente simétrica y que rara vez escala. Y hay una violencia de control coercitivo —él la llamó terrorismo íntimo— construida sobre un patrón sostenido de dominación, aislamiento, vigilancia y amenaza, abrumadoramente ejercida por hombres, y que sí escala. Son dos distribuciones distintas superpuestas en la misma estadística. Las encuestas de población muestrean sobre todo la primera, porque es la abundante. Los servicios de urgencias muestrean sobre todo la segunda, porque es la que manda gente al hospital.

De ahí se sigue lo esencial, y es la tesis de este ensayo en su forma más pura: el feminicidio no es el extremo derecho de la violencia situacional. No es una discusión que fue subiendo de tono hasta el final. Es el desenlace ordinario de la otra distribución, la de control coercitivo, que tiene su propia trayectoria, sus propios marcadores y su propio calendario. Tratar la muerte como «un episodio de maltrato más grande» es exactamente el error de extrapolación que arruinó a LTCM: aplicar la física del centro a un régimen que obedece a otras leyes.

Hay un dato que lo confirma de manera casi cruel: la estadística oficial española registra, como variable específica de cada caso, la tentativa de suicidio del presunto agresor. Un delito cuya taxonomía oficial necesita esa casilla no pertenece al mismo género que el robo con fuerza. No es criminalidad instrumental. Es otra cosa, y la propia administración lo sabe cuando diseña la tabla.

Y hay una segunda ruptura de fase, ésta bien establecida en la literatura: el riesgo no crece monótonamente con la duración del maltrato, sino que se dispara en el momento de la separación. El punto de máximo peligro no es el peor momento de la convivencia; es el instante en que la víctima hace exactamente lo que todo el mundo le recomienda hacer. Una curva de riesgo que tiene su máximo en el acto de escapar no es una curva de intensidad creciente. Es un cambio de régimen.

La corrección al capítulo V

Ahora el hallazgo que obliga a rectificar. El perfil de Falk —varón, primera condena violenta antes de los 19 años, criminalidad no violenta previa, consumo de sustancias, trastorno de personalidad— describe con notable precisión al delincuente violento persistente de la calle. Pero también describe considerablemente peor al homicida de pareja, del que una parte sustancial carece de antecedentes penales de cualquier clase.

Es decir: no existe «la» cola de la violencia. Existen al menos dos, pobladas parcialmente por personas distintas, generadas por mecanismos distintos y detectables por medios distintos. Y las políticas calibradas sobre una son estructuralmente ciegas a la otra:

  • La ley de concentración de Weisburd localiza el delito en tramos de calle. La violencia de pareja ocurre en el domicilio, que es la única unidad microgeográfica que no aparece en ningún mapa de puntos calientes.
  • La teoría de las actividades rutinarias exige la convergencia de un delincuente motivado, un objetivo adecuado y la ausencia de un guardián capaz. En el hogar la ecuación se invierte: el guardián nominal —la pareja, la familia, la intimidad protegida por el derecho— es el agresor. La ausencia de guardián no es una circunstancia: es la estructura.
La identificación por antecedentes funciona sobre la cola de Falk y falla sobre ésta, porque una fracción importante del extremo no ha pasado nunca por el sistema penal.

Quien afirme que la seguridad se dirime en los márgenes tiene razón. Quien crea que basta con vigilar un margen ha entendido la mitad.

El problema de la tasa base

Las cifras españolas permiten cuantificar la dificultad, y el resultado es un teorema, no una opinión.

Desde que se inició el registro en 2003, la cifra de mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas ascendía a 1.368 a mediados de 2026. El orden de magnitud anual ronda las cinco decenas: 55 en 2023, 48 en 2025, 27 a comienzos de julio de 2026 y 35 a comienzos de agosto de ese año. Frente a esto, el sistema VioGén ha superado los seis millones de valoraciones de riesgo desde 2007.

Póngase esa desproporción en la forma que le corresponde. El suceso a predecir tiene, dentro de la población ya identificada por el sistema, una frecuencia del orden de uno entre varios miles al año. En esas condiciones opera una regularidad estadística inflexible: cuando la tasa base es ínfima, el valor predictivo positivo de cualquier instrumento se derrumba aunque su sensibilidad y su especificidad sean excelentes. Un clasificador con un 90 % de aciertos en ambas direcciones, aplicado a cien mil casos activos entre los que ocurren quince homicidios, detectaría trece o catorce de ellos y señalaría además unos diez mil falsos positivos. De cada mil alarmas, algo más de una correspondería a un caso real.

Esto no es un defecto de VioGén. Es lo que le ocurre a cualquier predictor de sucesos raros, incluido el mejor imaginable, y es la razón por la que ningún sistema de este tipo puede evaluarse por sus fallos individuales. Cada caso clasificado como riesgo bajo que termina en homicidio —el de Murcia en agosto de 2026, con orden de alejamiento incluida— es simultáneamente una tragedia y un suceso estadísticamente previsible en el agregado. Interior sostiene que el instrumento tiene sus indicadores validados empíricamente y que funciona como apoyo a la valoración de un agente experto, no como decisión automática. Las fundaciones que lo critican señalan que en 2021 sólo una de cada siete mujeres que acudieron a la policía obtuvo protección efectiva, y que el número de valoraciones de riesgo extremo que el sistema puede sostener depende del presupuesto disponible, de modo que los recortes se traducen directamente en protección. La ex delegada del Gobierno contra la Violencia de Género ha señalado además que el algoritmo nunca se ha hecho público.

Todo eso es discutible y se discute. Lo que no es discutible es el marco: un umbral de alarma es una elección explícita sobre la razón de canje entre falsos negativos y falsos positivos, y esa elección tiene un coste presupuestario que alguien decide y una consecuencia mortal que otra persona sufre. Discutir sobre el algoritmo sin discutir sobre dónde se pone el umbral y quién paga sus consecuencias es discutir sobre la parte irrelevante.

La cola censurada

Y aquí llega el dato que reorganiza todo lo anterior, y que es el más importante de este capítulo.

De las 55 mujeres asesinadas en 2023, 41 no habían denunciado previamente. De las 48 de 2025, sólo en diez casos —el 20,8 %— existía constancia institucional de violencia, y únicamente cuatro, el 8,3 % del total, tenían medidas de protección en vigor. De las 27 contabilizadas hasta julio de 2026, 18 no habían presentado denuncia; de las 35 de comienzos de agosto, sólo doce la habían presentado.

Alrededor de dos de cada tres víctimas mortales nunca entraron en el sistema que existe para protegerlas. No fueron mal clasificadas: fueron invisibles.

Formalmente, esto es un problema de muestreo censurado, y es fatal. VioGén sólo puede valorar a quien denuncia. Se entrena y se valida sobre la población que denuncia. Y la mayor parte del suceso que pretende predecir ocurre fuera de esa población. Ninguna mejora del algoritmo —ni más indicadores, ni aprendizaje automático, ni auditoría externa, todo ello deseable por otras razones— puede alcanzar los dos tercios del fenómeno que están por definición fuera de la muestra. El cuello de botella no está en la predicción. Está en la denuncia.

Obsérvese la simetría con el capítulo siguiente, porque es exacta y es el hallazgo formal de este ensayo. El sistema informativo moderno sobremuestrea la cola: sólo enseña extremos, y por eso destruye la capacidad de estimar el centro. El sistema de protección de víctimas submuestrea la cola: no ve la mayor parte del extremo, y por eso no puede estimarlo en absoluto. Un mismo error de muestreo, invertido, produce las dos patologías: una sociedad que percibe peligro constante donde no lo hay, y un aparato estatal que no percibe el peligro justo donde está.

Una nota sobre la nacionalidad de los agresores

La estadística oficial desglosa el país de nacimiento de víctimas y agresores, y esa desagregación se cita habitualmente en el debate público. Aquí se aplican íntegras las tres cautelas del capítulo V —clase de referencia, estandarización por edad y sexo, distinción entre residentes y no residentes— y además una cuarta que es específica de este caso y decisiva:

con cinco decenas de casos anuales, el error de muestreo devora la señal. Sobre una base de unos cincuenta sucesos, el desplazamiento de tres o cuatro casos mueve un porcentaje varios puntos, y el intervalo de confianza de cualquier proporción es de una amplitud que en la práctica impide comparar un año con el siguiente. Presentar la variación interanual de esos porcentajes como una tendencia es, técnicamente, leer ruido. No es un reproche ideológico: es la consecuencia aritmética de trabajar en la cola, donde los N son pequeños por definición. Quien quiera medir algo ahí necesita agregar décadas y estandarizar; quien titule con la cifra de un año está haciendo otra cosa.

VII. Ceuta: un problema de valores extremos mal planteado como problema de promedios

Y aquí el marco sí encaja del todo, aunque no por donde suele decirse.

Los hechos son públicos. En mayo de 2021, tras el relajamiento de los controles por parte de la policía marroquí en el contexto de la tensión diplomática por la hospitalización en España de Brahim Ghali, líder del Frente Polisario, entraron en Ceuta del orden de nueve mil personas en pocos días, de las cuales al menos mil doscientas eran menores no acompañados. El Parlamento Europeo aprobó una resolución el 10 de junio de aquel año sobre el uso de menores por parte de las autoridades marroquíes. En 2025, la Audiencia Provincial de Cádiz con sede en Ceuta condenó por prevaricación administrativa a la entonces delegada del Gobierno y a la exvicepresidenta del Gobierno ceutí por la devolución de 55 menores sin respetar el procedimiento legalmente establecido. Y en julio y agosto de 2026 se repitió el episodio a mayor escala: decenas de miles de personas en cuestión de horas, con cifras de hasta sesenta mil circulando en la prensa, retorno mayoritario y en buena medida voluntario en cuarenta y ocho horas ante la ausencia de suministros —comercios y bares cerrados, ningún lugar donde dormir—, despliegue del Ejército, y una previsión de mil quinientas plazas de acogida que CEAR consideró insuficiente.

Aplíquese ahora el instrumento.

Ceuta es una ciudad de unos 85.000 habitantes. Una entrada equivalente a una fracción de dos dígitos de su población en menos de dos días no es una fluctuación: es, en términos estrictos de teoría de valores extremos, un suceso de cola sobre todos los sistemas de capacidad de la ciudad simultáneamente —alojamiento, sanidad, abastecimiento, protección de menores, orden público—. Y los sistemas de capacidad tienen una propiedad que los distingue de las variables continuas: no se degradan proporcionalmente, colapsan por umbral. Un servicio de acogida dimensionado para el flujo medio no atiende peor cuando el flujo se multiplica por cien: deja de existir como servicio. Es exactamente la ruptura de fase que describe el borrador. No es un promedio más grande.

Ésa es la aplicación legítima y rigurosa del marco al caso ceutí, y es demoledora sin necesidad de afirmar nada sobre quién entra: una frontera se dimensiona como un dique, por periodo de retorno y no por media. La ingeniería hidráulica lleva un siglo sabiendo que no se construye para la altura media del mar sino para la avenida centenaria o milenaria, y acepta el sobrecoste de una infraestructura que estará infrautilizada el 99,9 % del tiempo porque el coste del fallo es asimétrico. La política de fronteras europea, en cambio, dimensiona por flujo medio anual y descubre el umbral cuando lo cruza. Que en 2026 la respuesta prevista fueran mil quinientas plazas frente a un suceso de decenas de miles es, literalmente, un dique de altura media.

Y hay una segunda propiedad, que el borrador no contempla y que este caso obliga a incorporar: no todas las colas son estocásticas. La avenida centenaria es aleatoria; nadie abre la presa río arriba a propósito. Pero un episodio fronterizo que depende del grado de vigilancia que ejerza un Estado vecino es una cola adversaria: su distribución no la fija la naturaleza sino la voluntad de un actor que puede elegir el momento. Le360, medio próximo a Mohamed VI, atribuyó la crisis al estatus insostenible de Ceuta y Melilla, a las que considera territorios ocupados, y defendió que ambas se reintegrarán en su entorno natural. La reivindicación marroquí se remonta a 1956 y se formalizó ante la ONU en 1975; el organismo reconoce la soberanía española.

La distinción tiene consecuencias operativas exactas. Frente a una cola natural, la respuesta es dimensionar y esperar. Frente a una cola adversaria, dimensionar es necesario pero insuficiente, porque el adversario observa la capacidad y ajusta la magnitud: si el sistema resiste diez mil, el instrumento de presión pasa a ser treinta mil. La teoría de valores extremos deja de ser el marco adecuado y lo sustituye la teoría de juegos. Y ahí la variable relevante no es cuántos entran, sino qué obtiene quien abre la verja, cuánto le cuesta abrirla y qué gana cerrándola. Ése es el análisis que ni el discurso del agravio ni el de la negación están haciendo, porque ambos discuten sobre las personas que cruzan —que son, en este esquema, el proyectil y no el tirador—.

Tercero: la contaminación entre capítulos. Es tentador enlazar el capítulo V con el VI y tratar el episodio como una perturbación de las tasas delictivas locales. Aquí conviene ser tajante, porque es donde el argumento de colas se usa peor. No existe ninguna serie publicada que vincule los episodios de 2021 o 2026 con la evolución de la criminalidad sexual en Ceuta, y el propio perfil del suceso —retorno mayoritario en cuarenta y ocho horas por falta de agua y de comida— hace que el vínculo, si existe, sea empíricamente inobservable con los datos disponibles. Afirmarlo sería sustituir una medición por una intuición, que es precisamente el vicio que este ensayo denuncia en la gobernanza que razona con promedios. La sobrecarga de capacidad está documentada y es grave por sí sola. No necesita apoyarse en una inferencia que nadie ha hecho.

VIII. La cola que se mide a sí misma

Falta un elemento, y es el que explica por qué esta discusión es hoy imposible de mantener con serenidad.

Un sistema informativo ordenado cronológicamente es una muestra aproximadamente insesgada del flujo: aparece lo último, con independencia de su magnitud. Un sistema ordenado por interacción es otra cosa. Es, formalmente, un muestreador de valores extremos: selecciona, de entre millones de sucesos disponibles, aquellos cuya respuesta emocional esperada se sitúa en la cola derecha de la distribución de indignación. No es un sesgo del sistema. Es su función objetivo.

La consecuencia epistemológica es exacta y es devastadora. Un observador expuesto exclusivamente a sucesos de cuatro sigma no puede reconstruir la media. Ni siquiera puede estimarla mal de forma acotada: su percepción del centro de la distribución queda determinada por la frecuencia con que el sistema le sirve extremos, que es una variable comercial y no epidemiológica. De ahí que dos personas expuestas a dos feeds distintos habiten literalmente dos países con tasas de criminalidad distintas, y que ninguna de las dos esté mintiendo sobre su experiencia.

Y ahí se cierra el círculo con una ironía perfecta. Los extremos son, efectivamente, lo que importa —ésa es la tesis correcta del borrador—. Pero hemos construido una infraestructura informativa que muestra únicamente extremos, y el resultado no ha sido una sociedad mejor informada sobre las colas: ha sido una sociedad incapaz de estimar el centro, y por tanto incapaz de saber si un extremo es un extremo. Cuando todo lo que ves está a cuatro sigma, cuatro sigma es tu nueva media, y has perdido la escala. Se necesita conocer el centro para reconocer el margen. El sistema que amplifica los márgenes destruye la referencia que los hacía legibles.

Coda

Comprender la dictadura de las colas exige un cambio de paradigma analítico: abandonar la comodidad predictiva de la curva normal para adentrarse en la matemática del riesgo extremo, la teoría de valores límite y la complejidad no lineal. El centro de la campana sirve para describir el estado estático de las cosas, para la contabilidad administrativa y para mantener el funcionamiento diario de las estructuras existentes. Pero si el objetivo es prever el colapso, mitigar amenazas existenciales, comprender las dinámicas de fricción social o catalizar las revoluciones del conocimiento, la mirada debe dirigirse a los márgenes.

Con tres correcciones que este ensayo ha tratado de establecer, y que son la diferencia entre un instrumento y una consigna.

  • La primera: hay que saber en qué distribución se está. Invocar sigmas donde la varianza no converge es tan erróneo como ignorar la cola, y produce el mismo tipo de desastre —el de 1987, el de LTCM, el de 2008—.
  • La segunda: la cola no se deduce de la media. En Extremistán el extremo obedece a un mecanismo propio, y el atajo de desplazar el promedio para explicar el margen es exactamente el error de extrapolación que el marco denuncia. Vale para el genio y vale para el delincuente persistente: en ambos casos la cola tiene causas que el centro no comparte.
  • La tercera: no hay «una» cola por fenómeno. La violencia de la calle y la violencia del domicilio son dos extremos distintos, con poblaciones parcialmente distintas y mecanismos distintos, y el instrumento afinado para uno es ciego al otro. Un margen atendido no es el margen atendido.
  • La cuarta: hay colas que alguien elige. Distinguir la avenida de la presa abierta a propósito no es un matiz retórico; cambia por completo qué disciplina se aplica y qué respuesta funciona.

En los extremos de la curva no habita el ruido estadístico. Habita el futuro. Pero habita también la mayor concentración de razonamiento defectuoso de todo el pensamiento contemporáneo, precisamente porque es allí donde la intuición humana carece de experiencia y donde, por tanto, cualquier afirmación suena igual de plausible. Mirar al margen es necesario. Mirarlo con las herramientas del centro es la forma más eficaz que existe de equivocarse con autoridad.

Notas sobre las fuentes

  • Distribuciones y colas: Nassim Nicholas Taleb, The Black Swan (Random House, 2007) y Statistical Consequences of Fat Tails (STEM Academic Press, 2020); Benoît Mandelbrot, The (Mis)Behavior of Markets (2004); Roger Lowenstein, When Genius Failed (2000), para el episodio de LTCM. Los percentiles de la normal son cálculo directo sobre la función de distribución acumulada.
  • Economía de los extremos: Vilfredo Pareto, Cours d'économie politique (1896-97); Sherwin Rosen, «The Economics of Superstars», American Economic Review 71(5), 1981.
  • Productividad científica: Alfred J. Lotka, «The frequency distribution of scientific productivity», Journal of the Washington Academy of Sciences 16(12), 1926; William Shockley, «On the Statistics of Individual Variations of Productivity in Research Laboratories», Proceedings of the IRE 45(3), 1957.
  • Concentración delictiva: Marvin E. Wolfgang, Robert M. Figlio y Thorsten Sellin, Delinquency in a Birth Cohort (University of Chicago Press, 1972); Örjan Falk, Märta Wallinius, Sebastian Lundström, Thomas Frisell, Henrik Anckarsäter y Nóra Kerekes, «The 1 % of the population accountable for 63 % of all violent crime convictions», Social Psychiatry and Psychiatric Epidemiology 49(4), 2014, pp. 559-571; David Weisburd, «The Law of Crime Concentration and the Criminology of Place», Criminology 53(2), 2015 (discurso Sutherland de 2014).
  • Violencia de pareja: Michael P. Johnson, «Patriarchal Terrorism and Common Couple Violence», Journal of Marriage and the Family 57(2), 1995, y A Typology of Domestic Violence (Northeastern University Press, 2008); Delegación del Gobierno contra la Violencia de Género, Ministerio de Igualdad, Estadística de Víctimas Mortales por Violencia de Género, series 2003-2026 y fichas mensuales; INE, «Víctimas mortales por violencia de género según existencia de denuncia previa y medidas de protección vigentes», 2025; Ministerio del Interior, documentación pública del Sistema VioGén y del protocolo de Valoración Policial del Riesgo (Instrucción 4/2019 de la Secretaría de Estado de Seguridad); Fundación Éticas, informe externo sobre VioGén (2022), y la respuesta del Ministerio del Interior al mismo.
  • Datos españoles: Ministerio del Interior, Secretaría de Estado de Seguridad, Informe sobre delitos contra la libertad sexual en España, ediciones de 2020 a 2024; estadística de condenados adultos del INE; estudio de la Universidad Carlos III de Madrid publicado en la Revista Española de Investigaciones Sociológicas sobre 5,5 millones de delitos con condena firme, 2007-2023.
  • Ceuta: Resolución del Parlamento Europeo 2021/2747(RSP), de 10 de junio de 2021; sentencia de la Audiencia Provincial de Cádiz con sede en Ceuta, 2025, sobre la devolución de 55 menores; cobertura de los episodios de julio-agosto de 2026 y declaraciones de CEAR y de la Delegación del Gobierno recogidas por la prensa española.

Cuatro advertencias honestas

  • Primera. El argumento de que un pequeño desplazamiento de la media multiplica la cola es matemáticamente correcto y está calculado con exactitud en el capítulo I. Su aplicación a la delincuencia es inválida, y no por razones morales sino distribucionales: la delincuencia está hiperconcentrada —1 % de la población, 63 % de las condenas violentas en el registro sueco— y por tanto no es gaussiana. Este ensayo sostiene la validez general del razonamiento de colas y rechaza esa aplicación concreta por el mismo criterio, no por dos criterios distintos.
  • Segunda. Las cifras del Ministerio del Interior sobre nacionalidad de detenidos e investigados son reales y su tendencia ascendente también. La objeción de estandarización de la UC3M es igualmente real y sustantiva. Ninguna de las dos resuelve la cuestión causal, y el ensayo no simula que la resuelva: identifica el diseño de estudio que la resolvería —cohorte longitudinal con registros vinculados, al modo sueco— y hace constar que en España no se ha realizado. Quien afirme una conclusión firme en cualquiera de las dos direcciones está afirmando más de lo que sus datos permiten.
  • Tercera. El cálculo de valor predictivo positivo del capítulo VI es una ilustración de orden de magnitud, no una medición de VioGén: usa una sensibilidad y una especificidad hipotéticas del 90 % porque las reales no son públicas. Su propósito es mostrar que el derrumbe del valor predictivo ante tasas base ínfimas es un resultado matemático inevitable, independiente de la calidad del instrumento. No debe leerse como una estimación del rendimiento del sistema español, que no se puede calcular con la información disponible.
  • Cuarta. No existe medición pública que relacione los episodios fronterizos de Ceuta de 2021 y 2026 con la evolución de la criminalidad en la ciudad. El capítulo VII sostiene una tesis distinta y verificable: que se trata de una sobrecarga de capacidad de tipo valor extremo, agravada por su carácter adversario. Esa tesis se sostiene con los datos disponibles. La otra no se ha intentado sostener aquí porque no se puede.

sábado, 29 de agosto de 2026

Del sueño de Usenet a la granja de clics: la muerte de la relevancia en internet


Para quienes nos iniciamos en la red en los primeros años noventa —cuando el protocolo http era una extravagancia académica y la comunicación global se sostenía sobre la arquitectura sobria de Usenet, Telnet y Gopher—, internet representaba una promesa de conocimiento distribuido. Era una comunidad regida por la netiquette, donde la barrera de entrada no era monetaria ni estética, sino técnica, y donde el intercambio de información tenía un valor real.

Tres décadas después, esa autopista de la información se ha convertido en un mercado de la atención dominado por el ruido, el postureo vacante y la mediocridad algorítmica. ¿Cómo pasamos de la biblioteca global a la granja de clics?

La tentación invita a responder con nostalgia, y la nostalgia es mala consejera: quien la usa como método acaba escribiendo el elogio de un pasado que no existió. Conviene, por tanto, empezar por lo contrario de la nostalgia, que es la cronología. Porque el deterioro tiene fechas, tiene nombres propios, tiene decisiones documentadas —algunas tomadas en despachos universitarios, otras en hilos de correo interno que hoy son prueba judicial— y tiene, sobre todo, una lógica económica que puede describirse sin recurrir a la metafísica del declive.

I. Genealogía de una pérdida

La red que se gobernaba a sí misma

Usenet nació en 1979 de la impaciencia de dos estudiantes de posgrado de Duke University, Tom Truscott y Jim Ellis, que querían un tablón de anuncios entre dos máquinas. En 1980 el sistema estaba en marcha; el software original, «A News», estaba diseñado bajo la hipótesis —hoy conmovedora— de que ningún grupo recibiría más de unos pocos artículos al día. En 1981 hubo que reescribirlo entero porque la hipótesis había reventado.

Lo notable de aquella red no era su capacidad técnica, sino su forma de gobierno. En 1987, la llamada Gran Renombración reorganizó todos los grupos en siete jerarquías —comp, misc, news, rec, sci, soc, talk—, y el proceso de creación de un grupo nuevo era deliberativo hasta la exasperación: se proponía, se discutía, se votaba. Aquel mismo año, hartos de la lentitud del comité, Brian Reid y John Gilmore se reunieron en una barbacoa de Mountain View y decidieron montar un enlace directo entre sus dos máquinas para distribuir una jerarquía paralela que nadie pudiera vetar. La llamaron alt. Reid lo formuló con una claridad que resume el espíritu entero de aquella red: «lo bueno de la red alt es que creas un grupo y nadie puede matarlo; solo puede morir cuando la gente deja de leerlo».

Esa era la barrera de entrada de la que hablábamos: no monetaria, no estética, sino técnica y cultural a la vez. Había que saber configurar un lector de noticias, y había que saber comportarse. Lo segundo se aprendía por corrección pública y por vergüenza, que son los dos mecanismos de aculturación más eficaces que ha inventado nuestra especie.

La netiqueta como acta de defunción

Existe un documento fundacional de esa cultura, y su fecha lo dice todo. El RFC 1855, «Netiquette Guidelines», redactado por Sally Hambridge, de Intel, se publicó en octubre de 1995. Contiene instrucciones que hoy suenan a otro planeta: no escribas en mayúsculas, porque parece que gritas; espera a mañana antes de enviar una respuesta escrita en caliente; si incluyes firma, que no pase de cuatro líneas; nunca envíes cartas encadenadas, porque están prohibidas en internet.

Ahora bien: si la netiqueta se codificó en un documento formal en octubre de 1995, es porque para entonces ya había dejado de ser tácita. Un grupo humano no escribe sus normas mientras las comparte; las escribe cuando llegan los que no las comparten. El RFC 1855 no es el acta fundacional de una comunidad: es su certificado de defunción, redactado con una prosa técnica que hace más triste el asunto.

Cuando se publicó, ya habían pasado tres cosas.

Septiembre eterno, y la mala memoria de los archivistas

La primera es la más famosa. Durante los años ochenta, la única perturbación previsible del ecosistema de Usenet ocurría cada septiembre, cuando los estudiantes de primero de las universidades norteamericanas recibían su cuenta y se lanzaban a la red sin saber nada. La comunidad los digería en unas semanas. Luego llegó America Online, y con ella una afluencia continua de recién llegados que nunca terminaba de digerirse. El 25 de enero de 1994, un usuario llamado Dave Fischer lo formuló en alt.folklore.computers con una frase que se ha convertido en el mito de origen de todo lo que vino después: «Septiembre de 1993 pasará a la historia de la red como el septiembre que nunca terminó».

Merece la pena detenerse aquí, porque el detalle es delicioso y contiene una lección. El historiador Kevin Driscoll ha demostrado que la pasarela de AOL hacia Usenet no se abrió en septiembre de 1993, sino el 28 de febrero de 1994, tras semanas de pruebas. La comunidad más obsesivamente archivística de la historia de la informática —una comunidad que guardaba cada mensaje, cada cabecera, cada firma— conservó mal la fecha de su propia caída del Edén. Y no solo la fecha: Driscoll señala que la Usenet de 1994 tampoco era ninguna utopía, sino un lugar bastante hostil, con una jerarquía informal de prestigio según el proveedor de acceso desde el que uno escribiera.

Conviene retener ese matiz, porque el resto de este ensayo sostiene una tesis severa sobre el presente, y una tesis severa sobre el presente no necesita apoyarse en una fantasía sobre el pasado.

El primer spam y el primer banner

La segunda cosa que había pasado ocurrió el 12 de abril de 1994. Dos abogados de Arizona, Laurence Canter y Martha Siegel, publicaron un anuncio de sus servicios de tramitación de la lotería de visados —«Green Card Lottery – Final One?»— en al menos 5.500 grupos de Usenet. El detalle técnico es el que importa: no usaron crosspost, que habría hecho aparecer el mensaje una sola vez a cada lector. Usaron un script en Perl para publicar un mensaje independiente en cada grupo, de modo que quien estuviera suscrito a treinta lo viera treinta veces. Ese es el pecado original: no la publicidad, sino la escala automatizada indiferente al coste que impone al otro.

La reacción de la comunidad fue proporcional a su cultura: los servidores de correo de su proveedor se cayeron dos días seguidos por el volumen de quejas y le cancelaron el servicio. Cuando reincidieron en junio, un noruego llamado Arnt Gulbrandsen escribió un cancelbot que borró los mensajes en cuestión de minutos. Pero Canter declaró en diciembre de aquel año haber ganado «entre cien mil y doscientos mil dólares» con una campaña que le costó céntimos, fundó una empresa de marketing en red y publicó un libro titulado, sin ironía, Cómo hacer una fortuna en la autopista de la información. En 1997 el Tribunal Supremo de Tennessee lo inhabilitó como abogado. Nunca manifestó arrepentimiento alguno.

La tercera cosa ocurrió el 27 de octubre de 1994, cuando HotWired —la filial en línea de la revista Wired— publicó el primer banner publicitario de la historia. Lo pagó AT&T, treinta mil dólares por doce semanas, y decía: «¿Has hecho clic con el ratón aquí alguna vez? LO HARÁS». Sus creadores recuerdan tasas de clic del setenta u ochenta por ciento durante las dos o tres primeras semanas, estabilizadas después en torno al cuarenta y cuatro por ciento; ninguna de esas cifras procede de una medición auditada, todas son recuerdos recogidos veinte años después. La cifra que sí está medida es la de hoy: alrededor del 0,1 %.

Ahí está, en una sola serie estadística, la historia entera de la economía de la atención. Empezamos haciendo clic en uno de cada dos anuncios porque el anuncio era una novedad; hoy hacemos clic en uno de cada mil porque el anuncio es el medio. Y como el rendimiento por impresión cayó tres órdenes de magnitud, la única forma de sostener el negocio fue multiplicar las impresiones por tres órdenes de magnitud. Todo lo que sigue en este ensayo es consecuencia aritmética de esa compensación.

Gopher, o cómo se mata un estándar abierto en dos meses

Antes del http estaba Gopher, creado en 1991 en la Universidad de Minnesota por el equipo de Mark McCahill: un sistema de menús jerárquicos, austero, rapidísimo, con un buscador propio —Veronica— que indexaba los títulos de casi todos los menús del mundo. En abril de 1994 había 6.958 servidores Gopher conocidos. En septiembre de 1993, Gopher todavía iba por delante de la Web en el tráfico del backbone de NSFNET: puesto 10 frente al puesto 16.

Entonces ocurrieron dos cosas separadas por escasas semanas.

En febrero de 1993, la Universidad de Minnesota anunció que cobraría licencia por el uso de su implementación del servidor. El texto de la política es lo más revelador del asunto, porque no fijaba ningún importe: las instituciones educativas no pagarían nada; las empresas pagarían una tarifa en escala móvil; y a los servidores comerciales se les decía literalmente: «No sabemos qué cantidad es razonable, así que tenéis que decírnoslo vosotros y negociar caso por caso». Bob Alberti, miembro del equipo original, resumió el efecto en cuatro palabras: «Aquello mató socialmente a Gopher». No hizo falta cobrar nada. Bastó la incertidumbre.

El 30 de abril de 1993 —dos meses después—, el CERN emitió una declaración poniendo la World Wide Web en el dominio público, sin condiciones, para siempre. A finales de aquel año había más de quinientos servidores web.

Gopher no perdió por inferioridad técnica. Perdió por sesenta días de diferencia en dos decisiones de licencia tomadas por dos instituciones públicas con criterios opuestos. En 2000, siete años tarde, Minnesota reliberó el software bajo licencia GPL. En 2017, un escaneo del puerto 70 en toda la internet encontró 370 servidores Gopher vivos.

Y el 30 de abril de 1995, exactamente dos años después de que el CERN regalara la web, se desmanteló el backbone de NSFNET, cuya política de uso aceptable prohibía expresamente la publicidad y el «uso extensivo para negocios privados o personales». La red académica había terminado. Lo que vino después ya era otra cosa, y esa otra cosa tenía dueños.

II. La arquitectura del incentivo

Una economía descrita en 1971

En 1971, mucho antes de que existiera nada de esto, Herbert Simon —premio Nobel de Economía, uno de los padres de la inteligencia artificial— escribió el párrafo que explica el siglo XXI:

En un mundo rico en información, la abundancia de información significa la escasez de alguna otra cosa: la escasez de aquello que la información consume. Y lo que la información consume es bastante obvio: consume la atención de sus receptores. De ahí que una abundancia de información cree una pobreza de atención.

Durante treinta años ese diagnóstico fue una curiosidad de manual. Dejó de serlo cuando alguien encontró la manera de convertir la atención escasa en un activo cotizable. Shoshana Zuboff le puso nombre en 2019: capitalismo de vigilancia, un orden económico que «reclama unilateralmente la experiencia humana como materia prima gratuita para su traducción en datos de comportamiento», datos que se transforman en «productos predictivos que anticipan lo que usted hará ahora, pronto y más tarde», y que se venden en «mercados de futuros conductuales». La patente fundacional de ese modelo existe y tiene fecha: solicitud de Google del 31 de diciembre de 2003, «Generación de información de usuario para su empleo en publicidad dirigida», firmada por Krishna Bharat, Stephen Lawrence y Mehran Sahami.

El día que el orden dejó de ser el tiempo

El cambio decisivo, sin embargo, no fue publicitario sino ordinal. Durante los primeros años, un flujo de mensajes se ordenaba por lo único que no admite discusión: el reloj. Lo último arriba. Ese criterio tiene una propiedad política que solo se aprecia cuando desaparece: es incorruptible, porque nadie puede sobornar a la cronología.

Facebook estrenó su News Feed en septiembre de 2006 y presentó públicamente EdgeRank —afinidad, tipo de interacción, decaimiento temporal— en 2010; hacia 2013 el sistema ya no era una fórmula con tres factores sino un modelo de aprendizaje automático con cerca de cien mil. Twitter anunció su línea temporal algorítmica el 10 de febrero de 2016, cuatro días después de que la filtración del plan hiciera trending mundial la etiqueta #RIPTwitter. Instagram lo anunció el 15 de marzo de 2016 con un comunicado que hay que leer despacio: «El orden de las fotos y vídeos de tu feed se basará en la probabilidad de que te interese el contenido, tu relación con quien publica y la actualidad de la publicación». La justificación oficial era que los usuarios se perdían «de media, el 70 %» de lo que publicaban sus contactos. Una petición en Change.org pidiendo mantener el orden cronológico reunió más de 55.000 firmas en veinticuatro horas. En junio el despliegue era total.

Aquel fue el momento. A partir de ahí, la pregunta «¿qué es lo último?» quedó sustituida por «¿qué te retiene más tiempo?», y esa segunda pregunta no la responde el usuario: la responde el balance trimestral.

La ponderación de la ira

Que esto no es una interpretación malintencionada lo sabemos porque la propia empresa lo documentó por escrito y alguien sacó los documentos.

El 11 de enero de 2018, Mark Zuckerberg anunció un cambio de algoritmo bajo el rótulo de Meaningful Social Interactions: el feed priorizaría a los amigos y la familia sobre las marcas y los medios, y el tiempo en Facebook sería «tiempo bien empleado». Los documentos internos que Frances Haugen entregó al Wall Street Journal en septiembre de 2021, y que el Washington Post analizó en detalle el 26 de octubre de aquel año, revelan cómo se implementó esa promesa. La ponderación era la siguiente: un «me gusta» valía 1; cualquier reacción emoji —incluida la de enfado— valía 5; un comentario podía valer hasta 30; un vídeo en directo, hasta 600.

Es decir: la métrica que iba a devolvernos las interacciones significativas asignó a la indignación cinco veces el peso de la aprobación. El resultado lo escribieron los propios empleados en notas internas —«pensamiento inquietante: las degradaciones cívicas no están funcionando»— y lo resumió Haugen ante el Senado: «La ira y el odio son la manera más fácil de crecer en Facebook». El peso de la reacción «me enfada» no se redujo a cero hasta septiembre de 2020, dos años y medio después.

Enshittification


Cory Doctorow acuñó la palabra que lo nombra todo. La usó por primera vez el 28 de noviembre de 2022 y le dio su formulación canónica el 21 de enero de 2023:

Así es como mueren las plataformas: primero son buenas con sus usuarios; luego abusan de sus usuarios para mejorar las cosas a sus clientes comerciales; finalmente abusan de esos clientes comerciales para recuperar todo el valor para sí mismas. Y entonces mueren.

La American Dialect Society la eligió palabra del año 2023 con 92 votos en segunda vuelta; el Macquarie Dictionary australiano hizo lo propio en 2024, con un comentario que vale la pena citar: «Una palabra anglosajona muy básica envuelta en afijos que la elevan a algo casi formal, casi respetable. Recoge lo que muchos sentimos que está pasando con el mundo y con tantos aspectos de nuestras vidas».

Doctorow añadió después la parte del análisis que suele omitirse, y que es la que impide leer todo esto como una fatalidad. La degradación no es una ley natural de las plataformas: es lo que ocurre cuando se erosionan las cuatro fuerzas que antes la frenaban. La competencia, que permitía irse a otro sitio. La regulación, que ponía límites. La interoperabilidad —lo que él llama autoayuda: bloqueadores, clientes alternativos, modificaciones—, que permitía al usuario reconfigurar el producto por su cuenta. Y el poder de negociación de los propios trabajadores tecnológicos, que en su día podían negarse a construir ciertas cosas. Las cuatro se han debilitado a la vez. Ese es el mecanismo completo, y es un mecanismo político, no técnico.

III. El algoritmo de la vacuidad: la experiencia en las redes modernas

El síntoma más visible de esta degradación se observa en plataformas como Instagram. Lo que en su origen fue una red para compartir fotografía se ha transformado en un embudo de captación comercial dominado por el contenido hipersexualizado.

Y esto tampoco es una impresión: es una declaración oficial. El 30 de junio de 2021, Adam Mosseri, responsable de Instagram, publicó un vídeo en el que decía, con estas palabras: «Ya no somos una aplicación para compartir fotografías». La razón que dio es la que interesa: «La razón número uno por la que la gente dice usar Instagram, en nuestros estudios, es para entretenerse». Anunció cuatro prioridades —creadores, vídeo, compras y mensajería— y un formato de vídeo «a pantalla completa, inmersivo».

La aplicación que Facebook había comprado en abril de 2012 por lo que entonces se anunció como mil millones de dólares —al cierre de la operación, en septiembre, la caída de la acción los dejó en unos 715— se declaraba oficialmente otra cosa.

Un año después, en julio de 2022, la contestación llegó desde el único lugar que la empresa escucha: Kylie Jenner y Kim Kardashian republicaron en sus historias una imagen que decía «Haz que Instagram vuelva a ser Instagram. Deja de intentar ser TikTok, yo solo quiero ver fotos bonitas de mis amigos». La petición asociada superó las 148.000 firmas. Mosseri respondió en 48 horas admitiendo que la versión a pantalla completa «todavía no es buena» y que había que «dar un paso atrás»; a los tres días, Instagram retiró la prueba. Es el único episodio documentado en el que una de estas plataformas rectificó de verdad, y hubo que reunir para ello a seiscientos millones de seguidores.

No se trata únicamente de un cambio en las preferencias de los usuarios, sino de una arquitectura diseñada deliberadamente para premiar la vanidad:

  • Incentivo de la reacción inmediata. Las plataformas priorizan el plano detalle y la provocación visual porque generan milisegundos de retención. El algoritmo confunde la pausa involuntaria del usuario con «interés real», porque no tiene forma de distinguirlas: el sistema mide el tiempo que el dedo no se mueve, no el juicio del que mira. Tristan Harris, que fue product manager en Google antes de fundar el Center for Humane Technology, lo formuló así en 2016: «Si quieres maximizar la adicción, lo único que tienen que hacer los diseñadores es vincular una acción del usuario con una recompensa variable». El gesto de deslizar hacia abajo para actualizar es, dice, la palanca de una tragaperras. Aza Raskin, que diseñó el scroll infinito en 2006, declaró a la BBC en 2018: «Es como si estuvieran tomando cocaína conductual y espolvoreándola por toda la interfaz». Y añadió el detalle que lo explica todo: «Para conseguir la siguiente ronda de financiación, el tiempo que la gente pasa en tu aplicación tiene que subir».
  • El negocio de la conversión. La fotografía técnica o artística ha pasado a ser la vitrina para redirigir tráfico hacia plataformas de suscripción de pago. El arte ha sido desplazado por la estrategia publicitaria encubierta. Conviene aquí ser preciso, porque es el punto donde este tipo de argumentos suele volverse impresionista. Los datos duros son estos: las cuentas auditadas de Fenix International, matriz de OnlyFans, declaran para 2024 unos ingresos brutos de 7.200 millones de dólares, 4,63 millones de cuentas de creador y 377 millones de cuentas de fan, con 520 millones de beneficio neto y 701 millones repartidos en dividendos a un único propietario. Lo que no existe es un estudio representativo que cuantifique qué porcentaje de esas suscripciones se capta en Instagram o TikTok. Lo que sí hay son dos cosas: el reparto interno de ese dinero —el 1 % de los creadores concentra un tercio del total y el 10 % se lleva casi tres cuartas partes, con un ingreso mediano de poco más de cien dólares mensuales, según el único análisis independiente disponible— y la descripción de la cadena, documentada por investigaciones sobre menores en el Reino Unido: perfil en TikTok, enlace en la biografía a Instagram, enlace en Instagram a una página intermedia de enlaces, y de ahí a la plataforma de pago. La estructura del embudo está documentada. Su caudal exacto, no. Y eso hay que decirlo, porque un ensayo sobre la degradación de la verificabilidad no puede permitirse afirmar más de lo que sabe.
  • Facebook y el páramo personal. El fenómeno no se limita a las imágenes. Redes como Facebook han visto morir la interacción entre amigos reales, sustituyéndola por una mezcla infumable de contenido autorreferencial, validación física sin mérito y relleno algorítmico diseñado para retener al usuario a toda costa. Y esa sustitución no es un efecto colateral: es el objetivo declarado desde que el feed dejó de ordenarse por el reloj. Un contenido de un amigo tiene un techo de retención bajísimo —lo miras, sonríes, sigues—; un contenido optimizado por un profesional de la captación no tiene techo. Cuando la métrica es el tiempo, el amigo pierde siempre.

IV. La ilusión de la mayoría y la fatiga del usuario

Frente a este panorama, es fácil caer en la sensación de estar aislado o de poseer un pensamiento minoritario por sentir rechazo ante este despliegue de egocentrismo. Sin embargo, el comportamiento del usuario dice lo contrario.

Existe una corriente silenciosa de agotamiento digital —la literatura académica la llama social media fatigue— que ha llevado a miles de personas a dejar de publicar y refugiarse en espacios cerrados o foros temáticos. El problema es estructural y bastante simple: el usuario reflexivo consume en silencio o desinstala las aplicaciones, mientras que el perfil que busca atención constante publica sin descanso. Un sistema que ordena por interacción no puede ver a quien no interactúa. La abstención es invisible por diseño.

El algoritmo amplifica esa minoría ruidosa y crea una falsa sensación de unanimidad: parece que todo el mundo participa del espectáculo cuando en realidad la mayoría solo observa con apatía. Es la vieja espiral del silencio de Noelle-Neumann, pero automatizada e industrializada: el sistema no solo silencia al discrepante, sino que le muestra continuamente la prueba fabricada de que está solo.

A esta ilusión se ha sumado otra más literal. Desde 2021 circula por los foros la llamada «teoría de la internet muerta», nacida en un tablón oscuro y formulada en clave conspirativa: que la mayor parte de la red sería ya tráfico y contenido artificiales orquestados para manipularnos. Como conspiración es una fantasía paranoide. Como observación empírica, resulta incómodamente atinada. Según los informes anuales de Imperva —cifras de un proveedor comercial, conviene tenerlo presente—, el tráfico automatizado superó al humano por primera vez en 2024: 51 % de bots frente a 49 % de personas, con un 37 % clasificado como tráfico malicioso. Y en cuanto al contenido, un estudio longitudinal sobre decenas de miles de URL extraídas de Common Crawl sitúa el cruce en noviembre de 2024: desde entonces se publican en la red aproximadamente tantos artículos generados por máquina como escritos por personas, con la proporción estabilizada alrededor del 50 % durante cinco trimestres consecutivos.

No hace falta ninguna conspiración gubernamental para llegar ahí. Basta con que publicar sea gratis, que el clic pague y que escribir haya dejado de requerir un ser humano.

V. La degradación de los buscadores

La saturación de las redes sociales es solo la capa exterior del problema. La degradación ha alcanzado a la herramienta fundamental de acceso a la información: los motores de búsqueda.

Buscar hoy información técnica, limpia y libre de intereses comerciales es una tarea titánica debido a tres factores estructurales.

  • La industria del SEO. La web se ha poblado de contenidos clónicos generados automáticamente no para aportar valor, sino para engañar a los algoritmos de posicionamiento. Existe una medición rigurosa de este fenómeno, y conviene citarla con exactitud porque la prensa la caricaturizó. El grupo Webis de la Universidad de Leipzig y la Bauhaus-Universität Weimar monitorizó Google, Bing y DuckDuckGo durante un año —de agosto de 2022 a septiembre de 2023— sobre 7.392 consultas de reseñas de productos, y publicó los resultados en ECIR 2024 bajo el título ¿Está empeorando Google?. Sus hallazgos: el 29 % de los resultados de Google contenían marketing de afiliación, frente al 42 % de Bing y el 41 % de DuckDuckGo, y frente al 2,35 % que representa ese tipo de contenido en el conjunto de la web. La correlación entre buena posición en el ranking y uso de enlaces de afiliación era de −0,99. Entre el 9 % y el 31 % de los primeros resultados, según buscador, eran clasificables manualmente como spam; las reseñas auténticas eran entre el 0 % y el 5 %.

Ahora la parte que casi nadie citó: los propios autores concluyen que «los resultados de Google parecen haber mejorado en cierta medida desde el inicio de nuestro experimento en cuanto a la cantidad de spam de afiliación». Lo que empeoró de forma sostenida en los tres buscadores fue la calidad textual. Y el estudio solo midió reseñas de producto, que es precisamente el nicho donde el incentivo económico es máximo. La respuesta del artículo a su propio título no es «»: es «sí y no». Un ensayo que quiera ser tomado en serio tiene que decirlo.

  • El modelo de afiliados. Las comparativas técnicas y los análisis rigurosos han sido sustituidos por listas de productos diseñadas exclusivamente para obtener comisiones de venta. Es la consecuencia directa del punto anterior: si el 29 % de lo que Google muestra en ese género tiene enlace de afiliado y solo el 2,35 % de la web lo tiene, no es que la web esté llena de afiliados; es que el buscador los selecciona.
  • Respuestas masticadas. Los buscadores prefieren ofrecer resúmenes superficiales dentro de su propia interfaz para evitar que el usuario salga hacia la fuente original. Este último punto ya es materia judicial. El 5 de agosto de 2024, el juez Amit Mehta dictó una sentencia de 277 páginas cuya primera línea de conclusión dice: «Google es un monopolista, y ha actuado como tal para mantener su monopolio». Se declaró probada una cuota del 89,2 % en búsqueda general y del 94,9 % en móvil, y unos pagos por posición predeterminada que superaron los 26.000 millones de dólares en 2021, de los cuales unos 20.000 fueron a Apple en 2022.

Pero lo verdaderamente revelador del expediente no es la cuota de mercado: son los correos internos. En febrero de 2019, con las consultas de búsqueda por debajo de plan, una directiva escribió que el equipo de publicidad se planteaba declarar un «código amarillo» para «cerrar la brecha de búsqueda que estamos viendo, dado lo crítico que es esto para alcanzar el plan de la compañía». Ben Gomes, entonces máximo responsable de Google Search, respondió el 6 de febrero: «Creo que nos estamos acercando demasiado al dinero» y «creo que nos estamos implicando demasiado con la publicidad, para bien del producto y de la compañía». El 23 de marzo escribió el correo que debería figurar en todos los manuales:

Podríamos aumentar las consultas con bastante facilidad a corto plazo de maneras negativas para el usuario (desactivar la corrección ortográfica, desactivar mejoras del ranking, poner refinamientos por toda la página). Esto me incomoda profundamente, profundamente.

Es la descripción, escrita por el responsable del producto, del mecanismo exacto por el que un buscador puede empeorar deliberadamente para vender más. No hay constancia de que se ejecutara. Hay constancia de que estaba sobre la mesa, y de que la persona que se opuso fue sustituida al frente de Búsqueda al año siguiente.

En septiembre de 2025 el mismo juez dictó los remedios: seis años de prohibición de contratos exclusivos, obligación de compartir partes del índice y de los datos de interacción con competidores cualificados a coste marginal, y sindicación de resultados. Rechazó, en cambio, la desinversión de Chrome y de Android y la prohibición de los pagos por posición predeterminada. Google recurrió en enero de 2026, y el Departamento de Justicia ha pedido remedios más duros. A día de hoy nada es firme.

VI. La pérdida de la autoridad técnica: de la enciclopedia al consenso

El golpe definitivo a la calidad de la información ha sido la sustitución de la autoría experta por el consenso burocrático.

Las grandes enciclopedias tradicionales —la Britannica, el Larousse, la Enciclopedia Salvat de Ciencia y Tecnología en España— funcionaban bajo un principio de responsabilidad: un especialista redactaba, un comité revisaba y una firma respaldaba el texto. Ese modelo tenía un coste enorme y una virtud difícil de sustituir: alguien respondía. En diciembre de 2005, Nature publicó el estudio que se ha convertido en la cita canónica del asunto: cuarenta y dos artículos científicos revisados a ciegas por expertos arrojaron 162 errores en Wikipedia frente a 123 en la Britannica, con cuatro errores graves en cada una. La Britannica respondió en marzo de 2006 con un documento titulado Fatally Flawed, en el que acusaba a Nature de haber reseñado artículos de sus anuarios y de su enciclopedia estudiantil en lugar de los del cuerpo principal, de no haber verificado las afirmaciones de los revisores y de no haber publicado los informes completos, y exigía la retractación del estudio. Nature se negó. La disputa nunca se resolvió, y quien cite el estudio de 2005 sin mencionar la impugnación está citando media historia.

El 13 de marzo de 2012, tras 244 años, la Britannica anunció el fin de su edición impresa. Su presidente, Jorge Cauz, lo despachó así: «Algunos se pondrán nostálgicos. Pero ahora tenemos una herramienta mejor». Conviene saber en qué consiste hoy esa herramienta mejor: en 2024 la compañía preparaba una salida a bolsa con una valoración objetivo de mil millones de dólares, con los ingresos desplazados hacia el software educativo y un chatbot llamado Britannica AI. La enciclopedia que abandonó el papel por la web se ha reconvertido en proveedora de la tecnología que hoy vacía la web.

En lugar de aquel modelo se impuso otro, cuyo principio operativo se formulaba en la primera línea de la política de verificabilidad de Wikipedia: «El umbral para la inclusión en Wikipedia es la verificabilidad, no la verdad».

Esa frase fue literalmente la política vigente hasta julio de 2012. Ese mes, tras un proceso de consulta comunitaria con un recuento documentado, la comunidad la retiró del encabezamiento —no porque repudiara el principio, sino, en palabras del cierre oficial, porque existía «un consenso claro» de que la formulación se malinterpretaba sistemáticamente. Hoy la política empieza diciendo que «verificabilidad significa que otras personas pueden comprobar que la información procede de una fuente fiable», y la vieja fórmula sobrevive en una nota al pie. Sostener en 2026 que Wikipedia «prefiere la verificabilidad a la verdad» es citar una redacción derogada hace catorce años.

Dicho lo cual, el problema de fondo que la frase describía no ha desaparecido, y tiene un mecanismo documentado que es más sólido aún que la propia cita. Aaron Halfaker y sus colegas lo publicaron en 2013 en American Behavioral Scientist: el número de editores activos de Wikipedia dejó bruscamente de crecer a principios de 2007 y entró en un declive lineal sostenido, y la causa identificada fue la caída en la retención de nuevos editores. ¿Por qué cayó? Por la generalización de las herramientas semiautomáticas de control de calidad. El dato es demoledor: solo alrededor del 7 % de las reversiones hechas con la herramienta Huggle iban acompañadas de alguna interacción de discusión con el editor revertido, frente al 60 % de las reversiones manuales. Wikipedia no se volvió más estricta; se volvió impersonal. Dejó de ser una comunidad que corrige y pasó a ser un muro semiautomático de rechazo. La Wikipedia en inglés pasó de más de 51.000 editores activos en 2007 a 31.000 en 2013. Sue Gardner, entonces directora ejecutiva de la Fundación Wikimedia, lo dijo con una imagen exacta: «Los wikipedistas me recuerdan al viejo cascarrabias de la mesa de redacción que se sabe el libro de estilo de memoria. Pero ¿dónde están los reporteros novatos con ganas?».

Esas dinámicas —correcciones técnicas legítimas revertidas en horas por editores custodios que priorizan la burocracia interna o la cita mediática por encima del conocimiento de la materia— tienen ahí su origen: no en una política escrita, sino en una herramienta que hizo el rechazo gratuito y la conversación cara.

Y el desenlace tiene ironía. En octubre de 2025, la Fundación Wikimedia informó de una caída aproximada del 8 % en el tráfico humano entre marzo y agosto de ese año, descubierta al reclasificar como robots una parte del tráfico que contabilizaba como personas. La explicación de la propia fundación: los buscadores con resúmenes generativos y las redes sociales retienen al usuario. «Los conjuntos de datos de Wikipedia se usan para entrenar casi todos los grandes modelos de lenguaje, pero estos no siempre enlazan a sus sitios.» La enciclopedia que desplazó a la enciclopedia está siendo desplazada, a su vez, por máquinas que se alimentan de ella sin citarla.

El otro muro

Por otro lado, la literatura científica de alto nivel ha quedado confinada tras muros de pago inalcanzables para el público general, reducida en muchos casos a un circuito autorreferencial para la acreditación académica.

Las cifras son las que son. El margen operativo ajustado de la división científica, técnica y médica de RELX —la matriz de Elsevier— se ha mantenido entre el 37 % y el 38,5 % en 2023, 2024 y 2025: consistentemente por encima del margen del propio grupo y de la mayoría de las industrias del planeta. El precio medio de una suscripción institucional anual a una revista de química era de 8.572 dólares en 2025. Cuando en noviembre de 2020 Nature abrió su modalidad de acceso abierto, fijó la tasa de procesamiento en 9.500 euros por artículo. Y el gasto mundial en tasas de publicación pagadas a solo seis editoriales pasó de 910 millones de dólares en 2019 a 2.538 millones en 2023: casi se triplicó en cinco años. El acceso abierto no abolió el peaje; lo trasladó de la puerta de entrada a la de salida.

En 2019, la Universidad de California —que produce cerca del 10 % de la investigación estadounidense— canceló su contrato con Elsevier, por el que pagaba más de diez millones de dólares anuales, y pasó dos años sin acceso antes de firmar un acuerdo distinto. Alexandra Elbakyan lanzó Sci-Hub en septiembre de 2011 y llegó a albergar en 2017 unos 62 millones de artículos, el equivalente al 85 % de lo publicado en revistas de pago; una sentencia en rebeldía de Elsevier le impuso quince millones de dólares en 2017, y desde su compromiso ante el Tribunal Superior de Delhi en diciembre de 2020 el archivo dejó de incorporar material nuevo. En octubre de 2025, tras un incidente de desacato, la justicia india ordenó bloquearlo en todo el país. El mayor archivo pirata de la ciencia lleva más de cinco años congelado.

Y el circuito autorreferencial no es una metáfora. En 2015, la replicación de cien estudios de psicología publicados en tres revistas de referencia encontró que, mientras el 97 % de los originales presentaba resultados significativos, solo lo hacía el 36 % de las réplicas. En 2023 se retractaron más de 10.000 artículos, un récord —aunque más de 8.000 correspondían al colapso de un solo editorial, Hindawi, filial de Wiley, lo que obliga a matizar la cifra. Un estudio publicado en PNAS en agosto de 2025 midió las velocidades relativas del fraude y de su detección: el corpus de artículos procedentes de fábricas de papers se duplica cada año y medio; la literatura legítima, cada quince años; los artículos retractados o señalados públicamente, cada tres o cuatro. La detección crece diez veces más despacio que el fraude. Su autor principal, Reese Richardson, formuló la proyección sin adornos: «Se puede ver un escenario, en una década o menos, en el que más de la mitad de lo que se publique cada año sea fraudulento».

David Bimler, investigador de integridad científica, describió el mecanismo con una descripción que sirve perfectamente para cerrar este capítulo: los productos de las fábricas de papers «son un problema aunque nadie los lea, porque se agregan con otros en artículos de revisión y se blanquean dentro de la literatura académica dominante».

VII. Refugio en la pequeña web


La tecnología no creó la vanidad humana ni el desinterés por el rigor, pero ha construido la infraestructura perfecta para escalarlos y monetizarlos. La red no ha envejecido mal por sus protocolos, sino por la mercantilización de la atención y la eliminación de los filtros de calidad.

Para quienes aún buscan (buscamos) la esencia con la que nació internet, el camino no pasa por intentar corregir los algoritmos de las grandes corporaciones, sino por abandonarlos. El conocimiento riguroso, el arte sin segundas intenciones y la conversación real han vuelto a sus orígenes: a los foros de nicho, los repositorios abiertos y la pequeña web independiente. Queda saber cómo llegar a ello, y esa parte —la que todos los ensayos de este género prometen y ninguno cumple— se puede escribir con nombres y con cifras.

Empecemos por las cifras, porque son las que impiden el entusiasmo fácil.

Lo pequeño es pequeño

El fediverso completo —Mastodon, Pixelfed, Lemmy, PeerTube, WriteFreely y todo lo demás— reúne unos 14,2 millones de cuentas registradas y algo más de 1,1 millones de usuarios activos al mes repartidos en 42.729 instancias. Trece de cada catorce personas que se dieron de alta no volvieron. Mastodon tocó su máximo en diciembre de 2022, con dos millones de usuarios activos tras la compra de Twitter, y hoy se mueve entre los 720.000 que declara la propia organización y el millón escaso que estima FediDB. Bluesky tiene 46 millones de cuentas registradas y 10,4 millones de activos mensuales, un 52 % por debajo de su pico de finales de 2024. El protocolo Gemini, la reencarnación deliberadamente austera de Gopher creada en 2019 —sin cookies, sin JavaScript, sin publicidad posible por diseño, con la especificación congelada desde agosto de 2024 para impedir que le crezcan funcionalidades—, alcanzó en agosto de 2026 su récord histórico: 5.113 cápsulas conocidas y 3.508 activas.
Cómo se llega
  • Recuperar el orden cronológico. Un lector de RSS es la herramienta política más subestimada que existe: restituye el criterio incorruptible del reloj y le devuelve al lector la decisión sobre qué fuentes le importan. Las opciones que no dependen de nadie son autoalojables y libres: Miniflux (Apache-2.0, un solo binario en Go), FreshRSS (AGPL, la más adoptada), Newsboat (en terminal, para quien viva en ella) y NetNewsWire (GPL, macOS e iOS, veinticuatro años funcionando sin modelo de negocio). Si se prefiere un servicio, Feedbin cuesta cincuenta dólares al año y NewsBlur treinta y seis, mantenido por una sola persona desde 2009. Feedly e Inoreader funcionan bien, pero conviene saber que el primero se ha reorientado hacia la inteligencia de amenazas corporativa y el RSS es hoy allí un producto lateral.
  • Buscar en otro sitio. El dato central, y el menos conocido, es este: casi ningún «buscador alternativo» tiene índice propio. DuckDuckGo, Ecosia, Startpage y Qwant revenden Bing o Google con una capa de privacidad. En todo el planeta hay unos quince índices web generalistas verdaderamente independientes, y fuera de Estados Unidos y China solo dos operan a escala: Mojeek (Brighton, fundado en 2004, más de nueve mil millones de páginas rastreadas con crawler propio escrito en C, primer buscador del mundo con política de no rastreo del usuario, en 2006) y Brave. Junto a ellos, los índices de nicho, que son los que de verdad sirven para este propósito: Marginalia (AGPL, sueco, unos 300 millones de documentos, doscientos dólares mensuales de costes operativos, e indexa deliberadamente lo pequeño, lo viejo y lo no comercial: se define a sí mismo como «un informe minoritario» frente al monopolio) y Wiby, un índice curado a mano de páginas ligeras al estilo de la web clásica, cuyo software se publica bajo GPLv2 para que cualquiera monte el suyo. Kagi es de pago —cinco a diez dólares al mes, cincuenta mil suscriptores— y, aunque es metabuscador, mantiene sus propios índices Teclis y TinyGem específicamente para rastrear la pequeña web.
  • Volver a los foros. Siguen vivos, y algunos llevan un cuarto de siglo. MetaFilter (1999) cobra cinco dólares una sola vez, de por vida, desde 2004, explícitamente para frenar al troll; perdió el 40 % del tráfico de su sección de preguntas con una actualización del algoritmo de Google en 2012, llegó a perder ocho mil dólares al mes, y se salvó transfiriendo la propiedad a su primera voluntaria y convirtiéndose en fundación comunitaria. Something Awful (1999) sigue cobrando los mismos diez dólares que en 2001 y fue vendido en 2020 a un moderador que llevaba quince años en la casa. Lobsters funciona solo por invitación, con el árbol de invitaciones público: quien invita responde de a quién invita. Photrio —antes APUG— reúne a unos sesenta mil fotógrafos de película y cuarto oscuro. DPReview, que Amazon anunció que cerraría en marzo de 2023, fue rescatado once semanas después por Gear Patrol y sigue abierto con veinticinco años de archivo intactos. Y cuando Reddit estranguló su API en junio de 2023 —a Christian Selig, autor de Apollo, le cotizaron veinte millones de dólares anuales por seguir existiendo—, miles de subreddits cerraron y el único superviviente duradero de aquella diáspora fue Lemmy, que pasó de menos de cien instancias a 455.
  • Ir a las fuentes. Esta es la parte donde la red sí cumplió su promesa, y conviene manifestarlo porque el resto de este ensayo es decididamente sombrío. arXiv, fundado por Paul Ginsparg en 1991, superó los tres millones de artículos en abril de 2026, recibe más de treinta mil envíos al mes y el 1 de julio de 2026 se constituyó como entidad independiente sin ánimo de lucro: treinta y cinco años funcionando sin un solo muro de pago. bioRxiv y medRxiv acumulan más de 389.000 preprints; alrededor del 80 % acaba publicado en revista revisada por pares una media de 250 días después, lo que demuestra que el preprint no sustituye a la revisión: la adelanta. PubMed Central ofrece más de once millones de artículos completos. OpenAlex, lanzado en 2022 para sustituir al difunto Microsoft Academic Graph, indexa más de 474 millones de obras y se puede descargar entera: es el sustituto libre de Scopus y Web of Science. Zenodo, operado por el CERN, da un DOI a cualquier objeto de investigación sin cuota ni afiliación. Project Gutenberg lleva desde 1971 —es el proyecto digital continuo más antiguo que existe— y supera los 76.000 libros. Gallica ofrece diez millones de documentos de la Biblioteca Nacional de Francia y de trescientas instituciones asociadas; la Biblioteca Digital Hispánica, 222.000 títulos. Y el Internet Archive celebró en octubre de 2025 el archivado de un billón de páginas web, además de reparar veintiocho millones de enlaces rotos de Wikipedia y preservar más de cuatrocientos millones de páginas del gobierno estadounidense desde el otoño de 2024.
  • Publicar sin intermediario. Ghost es una fundación sin ánimo de lucro con software libre, y desde su versión 6.0 incorpora ActivityPub de serie: un boletín que es también una cuenta del fediverso a la que se puede seguir desde Mastodon. WriteFreely —AGPL, autoalojable— es, con casi cien mil usuarios activos mensuales, la segunda plataforma más activa de todo el fediverso, por delante de Lemmy, PeerTube y Pixelfed juntas: blogs de texto plano, sin métricas a la vista, y nadie habla de ello. Bear Blog cuesta seis dólares al mes, lo mantiene una sola persona y su algoritmo de descubrimiento está publicado. Micro.blog, de Manton Reece, federado desde el principio. Y YunoHost, una distribución basada en Debian con más de mil aplicaciones empaquetadas, es la pieza que convierte todo lo anterior de «el servicio de alguien» en «tu servicio».
  • Y para quien quiera la experiencia completa del refugio, ahí sigue el IndieWeb con su principio POSSE —publica en tu sitio, sindica en otros sitios, nunca al revés—, sus webmentions como sistema de comentarios entre webs independientes, y un anillo web cuyo dominio es, literalmente, 🕸️💍.ws.

Tres mil quinientas. Ese es el tamaño real del refugio. Quien busque ahí una alternativa de masas, no la encontrará. Quien busque una biblioteca donde nadie está midiendo cuántos segundos se detiene su pupila, la encontrará entera.

Hay dos excepciones que conviene conocer porque desmienten el pesimismo. La primera es Neocities, el heredero espiritual de GeoCities fundado por Kyle Drake en 2013: pasó de 55.000 sitios en 2015 a superar el millón en febrero de 2025 y 1.612.500 en mayo de 2026. Páginas personales, hechas a mano, con HTML escrito por personas. La segunda es el RSS, que no murió: se volvió invisible. WordPress mueve el 42,6 % de todos los sitios web del mundo y genera un feed automáticamente sin que su autor haga nada; y el podcasting —la única industria de medios nacida en el siglo XXI que no pertenece a nadie— es RSS con audio adjunto, con casi cuatro millones de feeds registrados.

Pero la historia de Neocities incluye también la advertencia. Bing deslistó el sitio entero de su índice, sin explicación: el tráfico procedente de ese buscador pasó de medio millón de visitantes diarios a cero. Un millón y medio de páginas personales borradas del mapa por una decisión unilateral que nadie tuvo que justificar ante nadie. Esa es la condición de la pequeña web: existe, pero existe a merced de infraestructuras que no controla.

La fragilidad de este ecosistema también tiene nombres: Gigablast cerró en 2023, Neeva cerró en 2023 tras levantar setenta y siete millones de dólares, y el repositorio de Stract fue archivado en abril de 2026. Este último merece una nota, porque su situación es precaria: en septiembre de 2024 el Segundo Circuito confirmó la sentencia contra su programa de préstamo digital controlado, rechazando el uso legítimo en los cuatro factores, lo que se tradujo en la retirada de unas quinientas mil obras; y en octubre de aquel año sufrió un ataque de denegación de servicio y una brecha de 31 millones de cuentas. La mayor biblioteca de la historia de la humanidad la sostiene una organización sin ánimo de lucro con un presupuesto anual menor que el de una empresa mediana.

Coda

Nada de esto es una restauración. Los números lo dejan claro: tres mil quinientas cápsulas Gemini, un millón de personas en el fediverso, quince índices web independientes en el mundo entero. No estamos ante una alternativa a escala, sino ante un archipiélago.

Pero conviene recordar de dónde venimos. En abril de 1994 había 6.958 servidores Gopher. En 1994, sesenta mil BBS servían a diecisiete millones de personas solo en Estados Unidos; en 2022 quedaban menos de mil, y menos de treinta con módem. FidoNet llegó a treinta y nueve mil nodos y hoy tiene dos mil quinientos. Usenet, que transporta hoy centenares de terabytes diarios —miles de veces más que en su apogeo—, dedica menos del 5 % de ese volumen a texto: la infraestructura sobrevivió a la comunidad que la justificaba, y la sobrevivió creciendo. Esa es, quizá, la imagen más exacta de lo que ha ocurrido con internet entera.

La red nunca fue mayoritariamente buena. Lo que tenía, y ha perdido, es que su parte buena era también su parte visible, porque no había ningún mecanismo económico interesado en ordenar lo visible de otra manera. Hoy ese mecanismo existe, es extraordinariamente eficaz y no va a desaparecer por sí solo.

Doctorow tenía razón en la parte del análisis que suele omitirse: la degradación no es un destino, es lo que pasa cuando fallan a la vez la competencia, la regulación, la interoperabilidad y la capacidad de quienes construyen estas cosas de negarse a construirlas. Ninguna de esas cuatro es irrecuperable. Mientras tanto, la salida individual no consiste en esperar que las plataformas mejoren —no van a mejorar, porque empeorar es su modelo de negocio— sino en reducir progresivamente la superficie de contacto con ellas: un lector de feeds en lugar de un muro, un buscador con índice propio en lugar de una subasta publicitaria, un foro con moderadores que dan la cara en lugar de un algoritmo, un repositorio abierto en lugar de un peaje.

No es la biblioteca global que nos prometieron en 1993. Pero sigue siendo una biblioteca, y sigue estando abierta.

Notas sobre las fuentes

Las cifras y citas de este ensayo proceden de fuentes primarias siempre que ha sido posible. Los principales apoyos documentales son los siguientes.
  • Historia temprana: RFC 1855, Netiquette Guidelines (Hambridge, Intel, octubre de 1995); RFC 1436, The Internet Gopher Protocol (marzo de 1993); política de uso aceptable de NSFNET; Kevin Driscoll, «Eternal September» (Flow Journal, abril de 2023), para la corrección de la cronología de AOL; hilo de comp.infosystems.gopher con la política de licencias de la Universidad de Minnesota; declaración del CERN de 30 de abril de 1993; historia oral del primer banner recopilada por el Internet History Podcast (2014).
  • Economía de la atención: Herbert A. Simon, «Designing Organizations for an Information-Rich World», en Computers, Communications, and the Public Interest (Johns Hopkins Press, 1971); Shoshana Zuboff, The Age of Surveillance Capitalism (PublicAffairs, 2019); patente US 2005/0131762 A1 de Google; Cory Doctorow, «Tiktok's enshittification» (Pluralistic, 21 de enero de 2023) y Enshittification (MCD/FSG, octubre de 2025); Jeremy B. Merrill y Will Oremus, «Five points for anger, one for a "like"» (The Washington Post, 26 de octubre de 2021); Tristan Harris, «How Technology is Hijacking Your Mind» (2016); BBC Panorama, Smartphones: The Dark Side (4 de julio de 2018); comunicados oficiales de Instagram (15 de marzo de 2016) y declaraciones de Adam Mosseri (30 de junio de 2021 y 26 de julio de 2022).
  • Buscadores: Bevendorff, Wiegmann, Potthast y Stein, «Is Google Getting Worse? A Longitudinal Investigation of SEO Spam in Search Engines», ECIR 2024, LNCS 14610, pp. 56-71; United States v. Google LLC, n.º 1:20-cv-03010 (D.D.C.), sentencia de responsabilidad de 5 de agosto de 2024 y memorándum de remedios de 2 de septiembre de 2025; exhibits del Departamento de Justicia UPX2044 y PSX00204 (correos internos de Google, febrero y marzo de 2019); informes anuales Bad Bot Report de Imperva; estudios de Graphite sobre contenido generado por IA en Common Crawl (octubre de 2025 y mayo de 2026); Originality.AI sobre presencia de contenido sintético en los resultados de Google.
  • Enciclopedias y ciencia: Jim Giles, «Internet encyclopaedias go head to head» (Nature, 438, 14 de diciembre de 2005) y la refutación de Encyclopædia Britannica, Fatally Flawed (marzo de 2006); declaraciones de cierre del RfC de julio de 2012 sobre Wikipedia:Verifiability; Halfaker, Geiger, Morgan y Riedl, «The Rise and Decline of an Open Collaboration System» (American Behavioral Scientist, 57(5), 2013); comunicado de la Wikimedia Foundation de 17 de octubre de 2025 sobre la caída del tráfico humano; informes de resultados de RELX de 2024 y 2025; Haustein et al., «Estimating global article processing charges paid to six publishers» (arXiv 2407.16551, 2024); Open Science Collaboration, «Estimating the reproducibility of psychological science» (Science, 349, 2015); Van Noorden, «More than 10,000 research papers were retracted in 2023» (Nature, diciembre de 2023); Richardson et al., «The entities enabling scientific fraud at scale are large, resilient, and growing rapidly» (PNAS, 4 de agosto de 2025).
  • Pequeña web: estadísticas de FediDB (agosto de 2026); censo Lupa del gemiespacio (agosto de 2026); listado de buscadores con índice propio mantenido por Seirdy; blog del Internet Archive sobre el billón de páginas archivadas (octubre de 2025); datos de arXiv, openRxiv, OpenAlex y Project Gutenberg publicados por las propias instituciones.

Dos advertencias honestas

  • Primera: la frase «verificabilidad por encima de la verdad» describe una política de Wikipedia que fue modificada por consenso comunitario en julio de 2012 precisamente porque inducía a error. El argumento sobre la sustitución de la autoría experta por el consenso burocrático se sostiene mejor en el mecanismo documentado por Halfaker —la reversión semiautomática e impersonal de los editores nuevos desde 2007— que en una redacción derogada.
  • Segunda: no existe ningún estudio representativo que cuantifique qué proporción de las suscripciones a plataformas de pago se capta desde las redes generalistas. La estructura del embudo está documentada; su caudal, no. En un ensayo cuyo tema es la degradación de la verificabilidad, esa distinción no es un simple detalle.