sábado, 29 de agosto de 2026

Del sueño de Usenet a la granja de clics: la muerte de la relevancia en internet


Para quienes nos iniciamos en la red en los primeros años noventa —cuando el protocolo http era una extravagancia académica y la comunicación global se sostenía sobre la arquitectura sobria de Usenet, Telnet y Gopher—, internet representaba una promesa de conocimiento distribuido. Era una comunidad regida por la netiquette, donde la barrera de entrada no era monetaria ni estética, sino técnica, y donde el intercambio de información tenía un valor real.

Tres décadas después, esa autopista de la información se ha convertido en un mercado de la atención dominado por el ruido, el postureo vacante y la mediocridad algorítmica. ¿Cómo pasamos de la biblioteca global a la granja de clics?

La tentación invita a responder con nostalgia, y la nostalgia es mala consejera: quien la usa como método acaba escribiendo el elogio de un pasado que no existió. Conviene, por tanto, empezar por lo contrario de la nostalgia, que es la cronología. Porque el deterioro tiene fechas, tiene nombres propios, tiene decisiones documentadas —algunas tomadas en despachos universitarios, otras en hilos de correo interno que hoy son prueba judicial— y tiene, sobre todo, una lógica económica que puede describirse sin recurrir a la metafísica del declive.

I. Genealogía de una pérdida

La red que se gobernaba a sí misma

Usenet nació en 1979 de la impaciencia de dos estudiantes de posgrado de Duke University, Tom Truscott y Jim Ellis, que querían un tablón de anuncios entre dos máquinas. En 1980 el sistema estaba en marcha; el software original, «A News», estaba diseñado bajo la hipótesis —hoy conmovedora— de que ningún grupo recibiría más de unos pocos artículos al día. En 1981 hubo que reescribirlo entero porque la hipótesis había reventado.

Lo notable de aquella red no era su capacidad técnica, sino su forma de gobierno. En 1987, la llamada Gran Renombración reorganizó todos los grupos en siete jerarquías —comp, misc, news, rec, sci, soc, talk—, y el proceso de creación de un grupo nuevo era deliberativo hasta la exasperación: se proponía, se discutía, se votaba. Aquel mismo año, hartos de la lentitud del comité, Brian Reid y John Gilmore se reunieron en una barbacoa de Mountain View y decidieron montar un enlace directo entre sus dos máquinas para distribuir una jerarquía paralela que nadie pudiera vetar. La llamaron alt. Reid lo formuló con una claridad que resume el espíritu entero de aquella red: «lo bueno de la red alt es que creas un grupo y nadie puede matarlo; solo puede morir cuando la gente deja de leerlo».

Esa era la barrera de entrada de la que hablábamos: no monetaria, no estética, sino técnica y cultural a la vez. Había que saber configurar un lector de noticias, y había que saber comportarse. Lo segundo se aprendía por corrección pública y por vergüenza, que son los dos mecanismos de aculturación más eficaces que ha inventado nuestra especie.

La netiqueta como acta de defunción

Existe un documento fundacional de esa cultura, y su fecha lo dice todo. El RFC 1855, «Netiquette Guidelines», redactado por Sally Hambridge, de Intel, se publicó en octubre de 1995. Contiene instrucciones que hoy suenan a otro planeta: no escribas en mayúsculas, porque parece que gritas; espera a mañana antes de enviar una respuesta escrita en caliente; si incluyes firma, que no pase de cuatro líneas; nunca envíes cartas encadenadas, porque están prohibidas en internet.

Ahora bien: si la netiqueta se codificó en un documento formal en octubre de 1995, es porque para entonces ya había dejado de ser tácita. Un grupo humano no escribe sus normas mientras las comparte; las escribe cuando llegan los que no las comparten. El RFC 1855 no es el acta fundacional de una comunidad: es su certificado de defunción, redactado con una prosa técnica que hace más triste el asunto.

Cuando se publicó, ya habían pasado tres cosas.

Septiembre eterno, y la mala memoria de los archivistas

La primera es la más famosa. Durante los años ochenta, la única perturbación previsible del ecosistema de Usenet ocurría cada septiembre, cuando los estudiantes de primero de las universidades norteamericanas recibían su cuenta y se lanzaban a la red sin saber nada. La comunidad los digería en unas semanas. Luego llegó America Online, y con ella una afluencia continua de recién llegados que nunca terminaba de digerirse. El 25 de enero de 1994, un usuario llamado Dave Fischer lo formuló en alt.folklore.computers con una frase que se ha convertido en el mito de origen de todo lo que vino después: «Septiembre de 1993 pasará a la historia de la red como el septiembre que nunca terminó».

Merece la pena detenerse aquí, porque el detalle es delicioso y contiene una lección. El historiador Kevin Driscoll ha demostrado que la pasarela de AOL hacia Usenet no se abrió en septiembre de 1993, sino el 28 de febrero de 1994, tras semanas de pruebas. La comunidad más obsesivamente archivística de la historia de la informática —una comunidad que guardaba cada mensaje, cada cabecera, cada firma— conservó mal la fecha de su propia caída del Edén. Y no solo la fecha: Driscoll señala que la Usenet de 1994 tampoco era ninguna utopía, sino un lugar bastante hostil, con una jerarquía informal de prestigio según el proveedor de acceso desde el que uno escribiera.

Conviene retener ese matiz, porque el resto de este ensayo sostiene una tesis severa sobre el presente, y una tesis severa sobre el presente no necesita apoyarse en una fantasía sobre el pasado.

El primer spam y el primer banner

La segunda cosa que había pasado ocurrió el 12 de abril de 1994. Dos abogados de Arizona, Laurence Canter y Martha Siegel, publicaron un anuncio de sus servicios de tramitación de la lotería de visados —«Green Card Lottery – Final One?»— en al menos 5.500 grupos de Usenet. El detalle técnico es el que importa: no usaron crosspost, que habría hecho aparecer el mensaje una sola vez a cada lector. Usaron un script en Perl para publicar un mensaje independiente en cada grupo, de modo que quien estuviera suscrito a treinta lo viera treinta veces. Ese es el pecado original: no la publicidad, sino la escala automatizada indiferente al coste que impone al otro.

La reacción de la comunidad fue proporcional a su cultura: los servidores de correo de su proveedor se cayeron dos días seguidos por el volumen de quejas y le cancelaron el servicio. Cuando reincidieron en junio, un noruego llamado Arnt Gulbrandsen escribió un cancelbot que borró los mensajes en cuestión de minutos. Pero Canter declaró en diciembre de aquel año haber ganado «entre cien mil y doscientos mil dólares» con una campaña que le costó céntimos, fundó una empresa de marketing en red y publicó un libro titulado, sin ironía, Cómo hacer una fortuna en la autopista de la información. En 1997 el Tribunal Supremo de Tennessee lo inhabilitó como abogado. Nunca manifestó arrepentimiento alguno.

La tercera cosa ocurrió el 27 de octubre de 1994, cuando HotWired —la filial en línea de la revista Wired— publicó el primer banner publicitario de la historia. Lo pagó AT&T, treinta mil dólares por doce semanas, y decía: «¿Has hecho clic con el ratón aquí alguna vez? LO HARÁS». Sus creadores recuerdan tasas de clic del setenta u ochenta por ciento durante las dos o tres primeras semanas, estabilizadas después en torno al cuarenta y cuatro por ciento; ninguna de esas cifras procede de una medición auditada, todas son recuerdos recogidos veinte años después. La cifra que sí está medida es la de hoy: alrededor del 0,1 %.

Ahí está, en una sola serie estadística, la historia entera de la economía de la atención. Empezamos haciendo clic en uno de cada dos anuncios porque el anuncio era una novedad; hoy hacemos clic en uno de cada mil porque el anuncio es el medio. Y como el rendimiento por impresión cayó tres órdenes de magnitud, la única forma de sostener el negocio fue multiplicar las impresiones por tres órdenes de magnitud. Todo lo que sigue en este ensayo es consecuencia aritmética de esa compensación.

Gopher, o cómo se mata un estándar abierto en dos meses

Antes del http estaba Gopher, creado en 1991 en la Universidad de Minnesota por el equipo de Mark McCahill: un sistema de menús jerárquicos, austero, rapidísimo, con un buscador propio —Veronica— que indexaba los títulos de casi todos los menús del mundo. En abril de 1994 había 6.958 servidores Gopher conocidos. En septiembre de 1993, Gopher todavía iba por delante de la Web en el tráfico del backbone de NSFNET: puesto 10 frente al puesto 16.

Entonces ocurrieron dos cosas separadas por escasas semanas.

En febrero de 1993, la Universidad de Minnesota anunció que cobraría licencia por el uso de su implementación del servidor. El texto de la política es lo más revelador del asunto, porque no fijaba ningún importe: las instituciones educativas no pagarían nada; las empresas pagarían una tarifa en escala móvil; y a los servidores comerciales se les decía literalmente: «No sabemos qué cantidad es razonable, así que tenéis que decírnoslo vosotros y negociar caso por caso». Bob Alberti, miembro del equipo original, resumió el efecto en cuatro palabras: «Aquello mató socialmente a Gopher». No hizo falta cobrar nada. Bastó la incertidumbre.

El 30 de abril de 1993 —dos meses después—, el CERN emitió una declaración poniendo la World Wide Web en el dominio público, sin condiciones, para siempre. A finales de aquel año había más de quinientos servidores web.

Gopher no perdió por inferioridad técnica. Perdió por sesenta días de diferencia en dos decisiones de licencia tomadas por dos instituciones públicas con criterios opuestos. En 2000, siete años tarde, Minnesota reliberó el software bajo licencia GPL. En 2017, un escaneo del puerto 70 en toda la internet encontró 370 servidores Gopher vivos.

Y el 30 de abril de 1995, exactamente dos años después de que el CERN regalara la web, se desmanteló el backbone de NSFNET, cuya política de uso aceptable prohibía expresamente la publicidad y el «uso extensivo para negocios privados o personales». La red académica había terminado. Lo que vino después ya era otra cosa, y esa otra cosa tenía dueños.

II. La arquitectura del incentivo

Una economía descrita en 1971

En 1971, mucho antes de que existiera nada de esto, Herbert Simon —premio Nobel de Economía, uno de los padres de la inteligencia artificial— escribió el párrafo que explica el siglo XXI:

En un mundo rico en información, la abundancia de información significa la escasez de alguna otra cosa: la escasez de aquello que la información consume. Y lo que la información consume es bastante obvio: consume la atención de sus receptores. De ahí que una abundancia de información cree una pobreza de atención.

Durante treinta años ese diagnóstico fue una curiosidad de manual. Dejó de serlo cuando alguien encontró la manera de convertir la atención escasa en un activo cotizable. Shoshana Zuboff le puso nombre en 2019: capitalismo de vigilancia, un orden económico que «reclama unilateralmente la experiencia humana como materia prima gratuita para su traducción en datos de comportamiento», datos que se transforman en «productos predictivos que anticipan lo que usted hará ahora, pronto y más tarde», y que se venden en «mercados de futuros conductuales». La patente fundacional de ese modelo existe y tiene fecha: solicitud de Google del 31 de diciembre de 2003, «Generación de información de usuario para su empleo en publicidad dirigida», firmada por Krishna Bharat, Stephen Lawrence y Mehran Sahami.

El día que el orden dejó de ser el tiempo

El cambio decisivo, sin embargo, no fue publicitario sino ordinal. Durante los primeros años, un flujo de mensajes se ordenaba por lo único que no admite discusión: el reloj. Lo último arriba. Ese criterio tiene una propiedad política que solo se aprecia cuando desaparece: es incorruptible, porque nadie puede sobornar a la cronología.

Facebook estrenó su News Feed en septiembre de 2006 y presentó públicamente EdgeRank —afinidad, tipo de interacción, decaimiento temporal— en 2010; hacia 2013 el sistema ya no era una fórmula con tres factores sino un modelo de aprendizaje automático con cerca de cien mil. Twitter anunció su línea temporal algorítmica el 10 de febrero de 2016, cuatro días después de que la filtración del plan hiciera trending mundial la etiqueta #RIPTwitter. Instagram lo anunció el 15 de marzo de 2016 con un comunicado que hay que leer despacio: «El orden de las fotos y vídeos de tu feed se basará en la probabilidad de que te interese el contenido, tu relación con quien publica y la actualidad de la publicación». La justificación oficial era que los usuarios se perdían «de media, el 70 %» de lo que publicaban sus contactos. Una petición en Change.org pidiendo mantener el orden cronológico reunió más de 55.000 firmas en veinticuatro horas. En junio el despliegue era total.

Aquel fue el momento. A partir de ahí, la pregunta «¿qué es lo último?» quedó sustituida por «¿qué te retiene más tiempo?», y esa segunda pregunta no la responde el usuario: la responde el balance trimestral.

La ponderación de la ira

Que esto no es una interpretación malintencionada lo sabemos porque la propia empresa lo documentó por escrito y alguien sacó los documentos.

El 11 de enero de 2018, Mark Zuckerberg anunció un cambio de algoritmo bajo el rótulo de Meaningful Social Interactions: el feed priorizaría a los amigos y la familia sobre las marcas y los medios, y el tiempo en Facebook sería «tiempo bien empleado». Los documentos internos que Frances Haugen entregó al Wall Street Journal en septiembre de 2021, y que el Washington Post analizó en detalle el 26 de octubre de aquel año, revelan cómo se implementó esa promesa. La ponderación era la siguiente: un «me gusta» valía 1; cualquier reacción emoji —incluida la de enfado— valía 5; un comentario podía valer hasta 30; un vídeo en directo, hasta 600.

Es decir: la métrica que iba a devolvernos las interacciones significativas asignó a la indignación cinco veces el peso de la aprobación. El resultado lo escribieron los propios empleados en notas internas —«pensamiento inquietante: las degradaciones cívicas no están funcionando»— y lo resumió Haugen ante el Senado: «La ira y el odio son la manera más fácil de crecer en Facebook». El peso de la reacción «me enfada» no se redujo a cero hasta septiembre de 2020, dos años y medio después.

Enshittification


Cory Doctorow acuñó la palabra que lo nombra todo. La usó por primera vez el 28 de noviembre de 2022 y le dio su formulación canónica el 21 de enero de 2023:

Así es como mueren las plataformas: primero son buenas con sus usuarios; luego abusan de sus usuarios para mejorar las cosas a sus clientes comerciales; finalmente abusan de esos clientes comerciales para recuperar todo el valor para sí mismas. Y entonces mueren.

La American Dialect Society la eligió palabra del año 2023 con 92 votos en segunda vuelta; el Macquarie Dictionary australiano hizo lo propio en 2024, con un comentario que vale la pena citar: «Una palabra anglosajona muy básica envuelta en afijos que la elevan a algo casi formal, casi respetable. Recoge lo que muchos sentimos que está pasando con el mundo y con tantos aspectos de nuestras vidas».

Doctorow añadió después la parte del análisis que suele omitirse, y que es la que impide leer todo esto como una fatalidad. La degradación no es una ley natural de las plataformas: es lo que ocurre cuando se erosionan las cuatro fuerzas que antes la frenaban. La competencia, que permitía irse a otro sitio. La regulación, que ponía límites. La interoperabilidad —lo que él llama autoayuda: bloqueadores, clientes alternativos, modificaciones—, que permitía al usuario reconfigurar el producto por su cuenta. Y el poder de negociación de los propios trabajadores tecnológicos, que en su día podían negarse a construir ciertas cosas. Las cuatro se han debilitado a la vez. Ese es el mecanismo completo, y es un mecanismo político, no técnico.

III. El algoritmo de la vacuidad: la experiencia en las redes modernas

El síntoma más visible de esta degradación se observa en plataformas como Instagram. Lo que en su origen fue una red para compartir fotografía se ha transformado en un embudo de captación comercial dominado por el contenido hipersexualizado.

Y esto tampoco es una impresión: es una declaración oficial. El 30 de junio de 2021, Adam Mosseri, responsable de Instagram, publicó un vídeo en el que decía, con estas palabras: «Ya no somos una aplicación para compartir fotografías». La razón que dio es la que interesa: «La razón número uno por la que la gente dice usar Instagram, en nuestros estudios, es para entretenerse». Anunció cuatro prioridades —creadores, vídeo, compras y mensajería— y un formato de vídeo «a pantalla completa, inmersivo».

La aplicación que Facebook había comprado en abril de 2012 por lo que entonces se anunció como mil millones de dólares —al cierre de la operación, en septiembre, la caída de la acción los dejó en unos 715— se declaraba oficialmente otra cosa.

Un año después, en julio de 2022, la contestación llegó desde el único lugar que la empresa escucha: Kylie Jenner y Kim Kardashian republicaron en sus historias una imagen que decía «Haz que Instagram vuelva a ser Instagram. Deja de intentar ser TikTok, yo solo quiero ver fotos bonitas de mis amigos». La petición asociada superó las 148.000 firmas. Mosseri respondió en 48 horas admitiendo que la versión a pantalla completa «todavía no es buena» y que había que «dar un paso atrás»; a los tres días, Instagram retiró la prueba. Es el único episodio documentado en el que una de estas plataformas rectificó de verdad, y hubo que reunir para ello a seiscientos millones de seguidores.

No se trata únicamente de un cambio en las preferencias de los usuarios, sino de una arquitectura diseñada deliberadamente para premiar la vanidad:

  • Incentivo de la reacción inmediata. Las plataformas priorizan el plano detalle y la provocación visual porque generan milisegundos de retención. El algoritmo confunde la pausa involuntaria del usuario con «interés real», porque no tiene forma de distinguirlas: el sistema mide el tiempo que el dedo no se mueve, no el juicio del que mira. Tristan Harris, que fue product manager en Google antes de fundar el Center for Humane Technology, lo formuló así en 2016: «Si quieres maximizar la adicción, lo único que tienen que hacer los diseñadores es vincular una acción del usuario con una recompensa variable». El gesto de deslizar hacia abajo para actualizar es, dice, la palanca de una tragaperras. Aza Raskin, que diseñó el scroll infinito en 2006, declaró a la BBC en 2018: «Es como si estuvieran tomando cocaína conductual y espolvoreándola por toda la interfaz». Y añadió el detalle que lo explica todo: «Para conseguir la siguiente ronda de financiación, el tiempo que la gente pasa en tu aplicación tiene que subir».
  • El negocio de la conversión. La fotografía técnica o artística ha pasado a ser la vitrina para redirigir tráfico hacia plataformas de suscripción de pago. El arte ha sido desplazado por la estrategia publicitaria encubierta. Conviene aquí ser preciso, porque es el punto donde este tipo de argumentos suele volverse impresionista. Los datos duros son estos: las cuentas auditadas de Fenix International, matriz de OnlyFans, declaran para 2024 unos ingresos brutos de 7.200 millones de dólares, 4,63 millones de cuentas de creador y 377 millones de cuentas de fan, con 520 millones de beneficio neto y 701 millones repartidos en dividendos a un único propietario. Lo que no existe es un estudio representativo que cuantifique qué porcentaje de esas suscripciones se capta en Instagram o TikTok. Lo que sí hay son dos cosas: el reparto interno de ese dinero —el 1 % de los creadores concentra un tercio del total y el 10 % se lleva casi tres cuartas partes, con un ingreso mediano de poco más de cien dólares mensuales, según el único análisis independiente disponible— y la descripción de la cadena, documentada por investigaciones sobre menores en el Reino Unido: perfil en TikTok, enlace en la biografía a Instagram, enlace en Instagram a una página intermedia de enlaces, y de ahí a la plataforma de pago. La estructura del embudo está documentada. Su caudal exacto, no. Y eso hay que decirlo, porque un ensayo sobre la degradación de la verificabilidad no puede permitirse afirmar más de lo que sabe.
  • Facebook y el páramo personal. El fenómeno no se limita a las imágenes. Redes como Facebook han visto morir la interacción entre amigos reales, sustituyéndola por una mezcla infumable de contenido autorreferencial, validación física sin mérito y relleno algorítmico diseñado para retener al usuario a toda costa. Y esa sustitución no es un efecto colateral: es el objetivo declarado desde que el feed dejó de ordenarse por el reloj. Un contenido de un amigo tiene un techo de retención bajísimo —lo miras, sonríes, sigues—; un contenido optimizado por un profesional de la captación no tiene techo. Cuando la métrica es el tiempo, el amigo pierde siempre.

IV. La ilusión de la mayoría y la fatiga del usuario

Frente a este panorama, es fácil caer en la sensación de estar aislado o de poseer un pensamiento minoritario por sentir rechazo ante este despliegue de egocentrismo. Sin embargo, el comportamiento del usuario dice lo contrario.

Existe una corriente silenciosa de agotamiento digital —la literatura académica la llama social media fatigue— que ha llevado a miles de personas a dejar de publicar y refugiarse en espacios cerrados o foros temáticos. El problema es estructural y bastante simple: el usuario reflexivo consume en silencio o desinstala las aplicaciones, mientras que el perfil que busca atención constante publica sin descanso. Un sistema que ordena por interacción no puede ver a quien no interactúa. La abstención es invisible por diseño.

El algoritmo amplifica esa minoría ruidosa y crea una falsa sensación de unanimidad: parece que todo el mundo participa del espectáculo cuando en realidad la mayoría solo observa con apatía. Es la vieja espiral del silencio de Noelle-Neumann, pero automatizada e industrializada: el sistema no solo silencia al discrepante, sino que le muestra continuamente la prueba fabricada de que está solo.

A esta ilusión se ha sumado otra más literal. Desde 2021 circula por los foros la llamada «teoría de la internet muerta», nacida en un tablón oscuro y formulada en clave conspirativa: que la mayor parte de la red sería ya tráfico y contenido artificiales orquestados para manipularnos. Como conspiración es una fantasía paranoide. Como observación empírica, resulta incómodamente atinada. Según los informes anuales de Imperva —cifras de un proveedor comercial, conviene tenerlo presente—, el tráfico automatizado superó al humano por primera vez en 2024: 51 % de bots frente a 49 % de personas, con un 37 % clasificado como tráfico malicioso. Y en cuanto al contenido, un estudio longitudinal sobre decenas de miles de URL extraídas de Common Crawl sitúa el cruce en noviembre de 2024: desde entonces se publican en la red aproximadamente tantos artículos generados por máquina como escritos por personas, con la proporción estabilizada alrededor del 50 % durante cinco trimestres consecutivos.

No hace falta ninguna conspiración gubernamental para llegar ahí. Basta con que publicar sea gratis, que el clic pague y que escribir haya dejado de requerir un ser humano.

V. La degradación de los buscadores

La saturación de las redes sociales es solo la capa exterior del problema. La degradación ha alcanzado a la herramienta fundamental de acceso a la información: los motores de búsqueda.

Buscar hoy información técnica, limpia y libre de intereses comerciales es una tarea titánica debido a tres factores estructurales.

  • La industria del SEO. La web se ha poblado de contenidos clónicos generados automáticamente no para aportar valor, sino para engañar a los algoritmos de posicionamiento. Existe una medición rigurosa de este fenómeno, y conviene citarla con exactitud porque la prensa la caricaturizó. El grupo Webis de la Universidad de Leipzig y la Bauhaus-Universität Weimar monitorizó Google, Bing y DuckDuckGo durante un año —de agosto de 2022 a septiembre de 2023— sobre 7.392 consultas de reseñas de productos, y publicó los resultados en ECIR 2024 bajo el título ¿Está empeorando Google?. Sus hallazgos: el 29 % de los resultados de Google contenían marketing de afiliación, frente al 42 % de Bing y el 41 % de DuckDuckGo, y frente al 2,35 % que representa ese tipo de contenido en el conjunto de la web. La correlación entre buena posición en el ranking y uso de enlaces de afiliación era de −0,99. Entre el 9 % y el 31 % de los primeros resultados, según buscador, eran clasificables manualmente como spam; las reseñas auténticas eran entre el 0 % y el 5 %.

Ahora la parte que casi nadie citó: los propios autores concluyen que «los resultados de Google parecen haber mejorado en cierta medida desde el inicio de nuestro experimento en cuanto a la cantidad de spam de afiliación». Lo que empeoró de forma sostenida en los tres buscadores fue la calidad textual. Y el estudio solo midió reseñas de producto, que es precisamente el nicho donde el incentivo económico es máximo. La respuesta del artículo a su propio título no es «sí»: es «sí y no». Un ensayo que quiera ser tomado en serio tiene que decirlo.

  • El modelo de afiliados. Las comparativas técnicas y los análisis rigurosos han sido sustituidos por listas de productos diseñadas exclusivamente para obtener comisiones de venta. Es la consecuencia directa del punto anterior: si el 29 % de lo que Google muestra en ese género tiene enlace de afiliado y solo el 2,35 % de la web lo tiene, no es que la web esté llena de afiliados; es que el buscador los selecciona.
  • Respuestas masticadas. Los buscadores prefieren ofrecer resúmenes superficiales dentro de su propia interfaz para evitar que el usuario salga hacia la fuente original. Este último punto ya es materia judicial. El 5 de agosto de 2024, el juez Amit Mehta dictó una sentencia de 277 páginas cuya primera línea de conclusión dice: «Google es un monopolista, y ha actuado como tal para mantener su monopolio». Se declaró probada una cuota del 89,2 % en búsqueda general y del 94,9 % en móvil, y unos pagos por posición predeterminada que superaron los 26.000 millones de dólares en 2021, de los cuales unos 20.000 fueron a Apple en 2022.

Pero lo verdaderamente revelador del expediente no es la cuota de mercado: son los correos internos. En febrero de 2019, con las consultas de búsqueda por debajo de plan, una directiva escribió que el equipo de publicidad se planteaba declarar un «código amarillo» para «cerrar la brecha de búsqueda que estamos viendo, dado lo crítico que es esto para alcanzar el plan de la compañía». Ben Gomes, entonces máximo responsable de Google Search, respondió el 6 de febrero: «Creo que nos estamos acercando demasiado al dinero» y «creo que nos estamos implicando demasiado con la publicidad, para bien del producto y de la compañía». El 23 de marzo escribió el correo que debería figurar en todos los manuales:

Podríamos aumentar las consultas con bastante facilidad a corto plazo de maneras negativas para el usuario (desactivar la corrección ortográfica, desactivar mejoras del ranking, poner refinamientos por toda la página). Esto me incomoda profundamente, profundamente.

Es la descripción, escrita por el responsable del producto, del mecanismo exacto por el que un buscador puede empeorar deliberadamente para vender más. No hay constancia de que se ejecutara. Hay constancia de que estaba sobre la mesa, y de que la persona que se opuso fue sustituida al frente de Búsqueda al año siguiente.

En septiembre de 2025 el mismo juez dictó los remedios: seis años de prohibición de contratos exclusivos, obligación de compartir partes del índice y de los datos de interacción con competidores cualificados a coste marginal, y sindicación de resultados. Rechazó, en cambio, la desinversión de Chrome y de Android y la prohibición de los pagos por posición predeterminada. Google recurrió en enero de 2026, y el Departamento de Justicia ha pedido remedios más duros. A día de hoy nada es firme.

VI. La pérdida de la autoridad técnica: de la enciclopedia al consenso

El golpe definitivo a la calidad de la información ha sido la sustitución de la autoría experta por el consenso burocrático.

Las grandes enciclopedias tradicionales —la Britannica, el Larousse, la Enciclopedia Salvat de Ciencia y Tecnología en España— funcionaban bajo un principio de responsabilidad: un especialista redactaba, un comité revisaba y una firma respaldaba el texto. Ese modelo tenía un coste enorme y una virtud difícil de sustituir: alguien respondía. En diciembre de 2005, Nature publicó el estudio que se ha convertido en la cita canónica del asunto: cuarenta y dos artículos científicos revisados a ciegas por expertos arrojaron 162 errores en Wikipedia frente a 123 en la Britannica, con cuatro errores graves en cada una. La Britannica respondió en marzo de 2006 con un documento titulado Fatally Flawed, en el que acusaba a Nature de haber reseñado artículos de sus anuarios y de su enciclopedia estudiantil en lugar de los del cuerpo principal, de no haber verificado las afirmaciones de los revisores y de no haber publicado los informes completos, y exigía la retractación del estudio. Nature se negó. La disputa nunca se resolvió, y quien cite el estudio de 2005 sin mencionar la impugnación está citando media historia.

El 13 de marzo de 2012, tras 244 años, la Britannica anunció el fin de su edición impresa. Su presidente, Jorge Cauz, lo despachó así: «Algunos se pondrán nostálgicos. Pero ahora tenemos una herramienta mejor». Conviene saber en qué consiste hoy esa herramienta mejor: en 2024 la compañía preparaba una salida a bolsa con una valoración objetivo de mil millones de dólares, con los ingresos desplazados hacia el software educativo y un chatbot llamado Britannica AI. La enciclopedia que abandonó el papel por la web se ha reconvertido en proveedora de la tecnología que hoy vacía la web.

En lugar de aquel modelo se impuso otro, cuyo principio operativo se formulaba en la primera línea de la política de verificabilidad de Wikipedia: «El umbral para la inclusión en Wikipedia es la verificabilidad, no la verdad».

Esa frase fue literalmente la política vigente hasta julio de 2012. Ese mes, tras un proceso de consulta comunitaria con un recuento documentado, la comunidad la retiró del encabezamiento —no porque repudiara el principio, sino, en palabras del cierre oficial, porque existía «un consenso claro» de que la formulación se malinterpretaba sistemáticamente. Hoy la política empieza diciendo que «verificabilidad significa que otras personas pueden comprobar que la información procede de una fuente fiable», y la vieja fórmula sobrevive en una nota al pie. Sostener en 2026 que Wikipedia «prefiere la verificabilidad a la verdad» es citar una redacción derogada hace catorce años.

Dicho lo cual, el problema de fondo que la frase describía no ha desaparecido, y tiene un mecanismo documentado que es más sólido aún que la propia cita. Aaron Halfaker y sus colegas lo publicaron en 2013 en American Behavioral Scientist: el número de editores activos de Wikipedia dejó bruscamente de crecer a principios de 2007 y entró en un declive lineal sostenido, y la causa identificada fue la caída en la retención de nuevos editores. ¿Por qué cayó? Por la generalización de las herramientas semiautomáticas de control de calidad. El dato es demoledor: solo alrededor del 7 % de las reversiones hechas con la herramienta Huggle iban acompañadas de alguna interacción de discusión con el editor revertido, frente al 60 % de las reversiones manuales. Wikipedia no se volvió más estricta; se volvió impersonal. Dejó de ser una comunidad que corrige y pasó a ser un muro semiautomático de rechazo. La Wikipedia en inglés pasó de más de 51.000 editores activos en 2007 a 31.000 en 2013. Sue Gardner, entonces directora ejecutiva de la Fundación Wikimedia, lo dijo con una imagen exacta: «Los wikipedistas me recuerdan al viejo cascarrabias de la mesa de redacción que se sabe el libro de estilo de memoria. Pero ¿dónde están los reporteros novatos con ganas?».

Esas dinámicas —correcciones técnicas legítimas revertidas en horas por editores custodios que priorizan la burocracia interna o la cita mediática por encima del conocimiento de la materia— tienen ahí su origen: no en una política escrita, sino en una herramienta que hizo el rechazo gratuito y la conversación cara.

Y el desenlace tiene ironía. En octubre de 2025, la Fundación Wikimedia informó de una caída aproximada del 8 % en el tráfico humano entre marzo y agosto de ese año, descubierta al reclasificar como robots una parte del tráfico que contabilizaba como personas. La explicación de la propia fundación: los buscadores con resúmenes generativos y las redes sociales retienen al usuario. «Los conjuntos de datos de Wikipedia se usan para entrenar casi todos los grandes modelos de lenguaje, pero estos no siempre enlazan a sus sitios.» La enciclopedia que desplazó a la enciclopedia está siendo desplazada, a su vez, por máquinas que se alimentan de ella sin citarla.

El otro muro

Por otro lado, la literatura científica de alto nivel ha quedado confinada tras muros de pago inalcanzables para el público general, reducida en muchos casos a un circuito autorreferencial para la acreditación académica.

Las cifras son las que son. El margen operativo ajustado de la división científica, técnica y médica de RELX —la matriz de Elsevier— se ha mantenido entre el 37 % y el 38,5 % en 2023, 2024 y 2025: consistentemente por encima del margen del propio grupo y de la mayoría de las industrias del planeta. El precio medio de una suscripción institucional anual a una revista de química era de 8.572 dólares en 2025. Cuando en noviembre de 2020 Nature abrió su modalidad de acceso abierto, fijó la tasa de procesamiento en 9.500 euros por artículo. Y el gasto mundial en tasas de publicación pagadas a solo seis editoriales pasó de 910 millones de dólares en 2019 a 2.538 millones en 2023: casi se triplicó en cinco años. El acceso abierto no abolió el peaje; lo trasladó de la puerta de entrada a la de salida.

En 2019, la Universidad de California —que produce cerca del 10 % de la investigación estadounidense— canceló su contrato con Elsevier, por el que pagaba más de diez millones de dólares anuales, y pasó dos años sin acceso antes de firmar un acuerdo distinto. Alexandra Elbakyan lanzó Sci-Hub en septiembre de 2011 y llegó a albergar en 2017 unos 62 millones de artículos, el equivalente al 85 % de lo publicado en revistas de pago; una sentencia en rebeldía de Elsevier le impuso quince millones de dólares en 2017, y desde su compromiso ante el Tribunal Superior de Delhi en diciembre de 2020 el archivo dejó de incorporar material nuevo. En octubre de 2025, tras un incidente de desacato, la justicia india ordenó bloquearlo en todo el país. El mayor archivo pirata de la ciencia lleva más de cinco años congelado.

Y el circuito autorreferencial no es una metáfora. En 2015, la replicación de cien estudios de psicología publicados en tres revistas de referencia encontró que, mientras el 97 % de los originales presentaba resultados significativos, solo lo hacía el 36 % de las réplicas. En 2023 se retractaron más de 10.000 artículos, un récord —aunque más de 8.000 correspondían al colapso de un solo editorial, Hindawi, filial de Wiley, lo que obliga a matizar la cifra. Un estudio publicado en PNAS en agosto de 2025 midió las velocidades relativas del fraude y de su detección: el corpus de artículos procedentes de fábricas de papers se duplica cada año y medio; la literatura legítima, cada quince años; los artículos retractados o señalados públicamente, cada tres o cuatro. La detección crece diez veces más despacio que el fraude. Su autor principal, Reese Richardson, formuló la proyección sin adornos: «Se puede ver un escenario, en una década o menos, en el que más de la mitad de lo que se publique cada año sea fraudulento».

David Bimler, investigador de integridad científica, describió el mecanismo con una descripción que sirve perfectamente para cerrar este capítulo: los productos de las fábricas de papers «son un problema aunque nadie los lea, porque se agregan con otros en artículos de revisión y se blanquean dentro de la literatura académica dominante».

VII. Refugio en la pequeña web


La tecnología no creó la vanidad humana ni el desinterés por el rigor, pero ha construido la infraestructura perfecta para escalarlos y monetizarlos. La red no ha envejecido mal por sus protocolos, sino por la mercantilización de la atención y la eliminación de los filtros de calidad.

Para quienes aún buscan (buscamos) la esencia con la que nació internet, el camino no pasa por intentar corregir los algoritmos de las grandes corporaciones, sino por abandonarlos. El conocimiento riguroso, el arte sin segundas intenciones y la conversación real han vuelto a sus orígenes: a los foros de nicho, los repositorios abiertos y la pequeña web independiente. Queda saber cómo llegar a ello, y esa parte —la que todos los ensayos de este género prometen y ninguno cumple— se puede escribir con nombres y con cifras.

Empecemos por las cifras, porque son las que impiden el entusiasmo fácil.

Lo pequeño es pequeño

El fediverso completo —Mastodon, Pixelfed, Lemmy, PeerTube, WriteFreely y todo lo demás— reúne unos 14,2 millones de cuentas registradas y algo más de 1,1 millones de usuarios activos al mes repartidos en 42.729 instancias. Trece de cada catorce personas que se dieron de alta no volvieron. Mastodon tocó su máximo en diciembre de 2022, con dos millones de usuarios activos tras la compra de Twitter, y hoy se mueve entre los 720.000 que declara la propia organización y el millón escaso que estima FediDB. Bluesky tiene 46 millones de cuentas registradas y 10,4 millones de activos mensuales, un 52 % por debajo de su pico de finales de 2024. El protocolo Gemini, la reencarnación deliberadamente austera de Gopher creada en 2019 —sin cookies, sin JavaScript, sin publicidad posible por diseño, con la especificación congelada desde agosto de 2024 para impedir que le crezcan funcionalidades—, alcanzó en agosto de 2026 su récord histórico: 5.113 cápsulas conocidas y 3.508 activas.
Cómo se llega
  • Recuperar el orden cronológico. Un lector de RSS es la herramienta política más subestimada que existe: restituye el criterio incorruptible del reloj y le devuelve al lector la decisión sobre qué fuentes le importan. Las opciones que no dependen de nadie son autoalojables y libres: Miniflux (Apache-2.0, un solo binario en Go), FreshRSS (AGPL, la más adoptada), Newsboat (en terminal, para quien viva en ella) y NetNewsWire (GPL, macOS e iOS, veinticuatro años funcionando sin modelo de negocio). Si se prefiere un servicio, Feedbin cuesta cincuenta dólares al año y NewsBlur treinta y seis, mantenido por una sola persona desde 2009. Feedly e Inoreader funcionan bien, pero conviene saber que el primero se ha reorientado hacia la inteligencia de amenazas corporativa y el RSS es hoy allí un producto lateral.
  • Buscar en otro sitio. El dato central, y el menos conocido, es este: casi ningún «buscador alternativo» tiene índice propio. DuckDuckGo, Ecosia, Startpage y Qwant revenden Bing o Google con una capa de privacidad. En todo el planeta hay unos quince índices web generalistas verdaderamente independientes, y fuera de Estados Unidos y China solo dos operan a escala: Mojeek (Brighton, fundado en 2004, más de nueve mil millones de páginas rastreadas con crawler propio escrito en C, primer buscador del mundo con política de no rastreo del usuario, en 2006) y Brave. Junto a ellos, los índices de nicho, que son los que de verdad sirven para este propósito: Marginalia (AGPL, sueco, unos 300 millones de documentos, doscientos dólares mensuales de costes operativos, e indexa deliberadamente lo pequeño, lo viejo y lo no comercial: se define a sí mismo como «un informe minoritario» frente al monopolio) y Wiby, un índice curado a mano de páginas ligeras al estilo de la web clásica, cuyo software se publica bajo GPLv2 para que cualquiera monte el suyo. Kagi es de pago —cinco a diez dólares al mes, cincuenta mil suscriptores— y, aunque es metabuscador, mantiene sus propios índices Teclis y TinyGem específicamente para rastrear la pequeña web.
  • Volver a los foros. Siguen vivos, y algunos llevan un cuarto de siglo. MetaFilter (1999) cobra cinco dólares una sola vez, de por vida, desde 2004, explícitamente para frenar al troll; perdió el 40 % del tráfico de su sección de preguntas con una actualización del algoritmo de Google en 2012, llegó a perder ocho mil dólares al mes, y se salvó transfiriendo la propiedad a su primera voluntaria y convirtiéndose en fundación comunitaria. Something Awful (1999) sigue cobrando los mismos diez dólares que en 2001 y fue vendido en 2020 a un moderador que llevaba quince años en la casa. Lobsters funciona solo por invitación, con el árbol de invitaciones público: quien invita responde de a quién invita. Photrio —antes APUG— reúne a unos sesenta mil fotógrafos de película y cuarto oscuro. DPReview, que Amazon anunció que cerraría en marzo de 2023, fue rescatado once semanas después por Gear Patrol y sigue abierto con veinticinco años de archivo intactos. Y cuando Reddit estranguló su API en junio de 2023 —a Christian Selig, autor de Apollo, le cotizaron veinte millones de dólares anuales por seguir existiendo—, miles de subreddits cerraron y el único superviviente duradero de aquella diáspora fue Lemmy, que pasó de menos de cien instancias a 455.
  • Ir a las fuentes. Esta es la parte donde la red sí cumplió su promesa, y conviene manifestarlo porque el resto de este ensayo es decididamente sombrío. arXiv, fundado por Paul Ginsparg en 1991, superó los tres millones de artículos en abril de 2026, recibe más de treinta mil envíos al mes y el 1 de julio de 2026 se constituyó como entidad independiente sin ánimo de lucro: treinta y cinco años funcionando sin un solo muro de pago. bioRxiv y medRxiv acumulan más de 389.000 preprints; alrededor del 80 % acaba publicado en revista revisada por pares una media de 250 días después, lo que demuestra que el preprint no sustituye a la revisión: la adelanta. PubMed Central ofrece más de once millones de artículos completos. OpenAlex, lanzado en 2022 para sustituir al difunto Microsoft Academic Graph, indexa más de 474 millones de obras y se puede descargar entera: es el sustituto libre de Scopus y Web of Science. Zenodo, operado por el CERN, da un DOI a cualquier objeto de investigación sin cuota ni afiliación. Project Gutenberg lleva desde 1971 —es el proyecto digital continuo más antiguo que existe— y supera los 76.000 libros. Gallica ofrece diez millones de documentos de la Biblioteca Nacional de Francia y de trescientas instituciones asociadas; la Biblioteca Digital Hispánica, 222.000 títulos. Y el Internet Archive celebró en octubre de 2025 el archivado de un billón de páginas web, además de reparar veintiocho millones de enlaces rotos de Wikipedia y preservar más de cuatrocientos millones de páginas del gobierno estadounidense desde el otoño de 2024.
  • Publicar sin intermediario. Ghost es una fundación sin ánimo de lucro con software libre, y desde su versión 6.0 incorpora ActivityPub de serie: un boletín que es también una cuenta del fediverso a la que se puede seguir desde Mastodon. WriteFreely —AGPL, autoalojable— es, con casi cien mil usuarios activos mensuales, la segunda plataforma más activa de todo el fediverso, por delante de Lemmy, PeerTube y Pixelfed juntas: blogs de texto plano, sin métricas a la vista, y nadie habla de ello. Bear Blog cuesta seis dólares al mes, lo mantiene una sola persona y su algoritmo de descubrimiento está publicado. Micro.blog, de Manton Reece, federado desde el principio. Y YunoHost, una distribución basada en Debian con más de mil aplicaciones empaquetadas, es la pieza que convierte todo lo anterior de «el servicio de alguien» en «tu servicio».
  • Y para quien quiera la experiencia completa del refugio, ahí sigue el IndieWeb con su principio POSSE —publica en tu sitio, sindica en otros sitios, nunca al revés—, sus webmentions como sistema de comentarios entre webs independientes, y un anillo web cuyo dominio es, literalmente, 🕸️💍.ws.

Tres mil quinientas. Ese es el tamaño real del refugio. Quien busque ahí una alternativa de masas, no la encontrará. Quien busque una biblioteca donde nadie está midiendo cuántos segundos se detiene su pupila, la encontrará entera.

Hay dos excepciones que conviene conocer porque desmienten el pesimismo. La primera es Neocities, el heredero espiritual de GeoCities fundado por Kyle Drake en 2013: pasó de 55.000 sitios en 2015 a superar el millón en febrero de 2025 y 1.612.500 en mayo de 2026. Páginas personales, hechas a mano, con HTML escrito por personas. La segunda es el RSS, que no murió: se volvió invisible. WordPress mueve el 42,6 % de todos los sitios web del mundo y genera un feed automáticamente sin que su autor haga nada; y el podcasting —la única industria de medios nacida en el siglo XXI que no pertenece a nadie— es RSS con audio adjunto, con casi cuatro millones de feeds registrados.

Pero la historia de Neocities incluye también la advertencia. Bing deslistó el sitio entero de su índice, sin explicación: el tráfico procedente de ese buscador pasó de medio millón de visitantes diarios a cero. Un millón y medio de páginas personales borradas del mapa por una decisión unilateral que nadie tuvo que justificar ante nadie. Esa es la condición de la pequeña web: existe, pero existe a merced de infraestructuras que no controla.

La fragilidad de este ecosistema también tiene nombres: Gigablast cerró en 2023, Neeva cerró en 2023 tras levantar setenta y siete millones de dólares, y el repositorio de Stract fue archivado en abril de 2026. Este último merece una nota, porque su situación es precaria: en septiembre de 2024 el Segundo Circuito confirmó la sentencia contra su programa de préstamo digital controlado, rechazando el uso legítimo en los cuatro factores, lo que se tradujo en la retirada de unas quinientas mil obras; y en octubre de aquel año sufrió un ataque de denegación de servicio y una brecha de 31 millones de cuentas. La mayor biblioteca de la historia de la humanidad la sostiene una organización sin ánimo de lucro con un presupuesto anual menor que el de una empresa mediana.

Coda

Nada de esto es una restauración. Los números lo dejan claro: tres mil quinientas cápsulas Gemini, un millón de personas en el fediverso, quince índices web independientes en el mundo entero. No estamos ante una alternativa a escala, sino ante un archipiélago.

Pero conviene recordar de dónde venimos. En abril de 1994 había 6.958 servidores Gopher. En 1994, sesenta mil BBS servían a diecisiete millones de personas solo en Estados Unidos; en 2022 quedaban menos de mil, y menos de treinta con módem. FidoNet llegó a treinta y nueve mil nodos y hoy tiene dos mil quinientos. Usenet, que transporta hoy centenares de terabytes diarios —miles de veces más que en su apogeo—, dedica menos del 5 % de ese volumen a texto: la infraestructura sobrevivió a la comunidad que la justificaba, y la sobrevivió creciendo. Esa es, quizá, la imagen más exacta de lo que ha ocurrido con internet entera.

La red nunca fue mayoritariamente buena. Lo que tenía, y ha perdido, es que su parte buena era también su parte visible, porque no había ningún mecanismo económico interesado en ordenar lo visible de otra manera. Hoy ese mecanismo existe, es extraordinariamente eficaz y no va a desaparecer por sí solo.

Doctorow tenía razón en la parte del análisis que suele omitirse: la degradación no es un destino, es lo que pasa cuando fallan a la vez la competencia, la regulación, la interoperabilidad y la capacidad de quienes construyen estas cosas de negarse a construirlas. Ninguna de esas cuatro es irrecuperable. Mientras tanto, la salida individual no consiste en esperar que las plataformas mejoren —no van a mejorar, porque empeorar es su modelo de negocio— sino en reducir progresivamente la superficie de contacto con ellas: un lector de feeds en lugar de un muro, un buscador con índice propio en lugar de una subasta publicitaria, un foro con moderadores que dan la cara en lugar de un algoritmo, un repositorio abierto en lugar de un peaje.

No es la biblioteca global que nos prometieron en 1993. Pero sigue siendo una biblioteca, y sigue estando abierta.

Notas sobre las fuentes

Las cifras y citas de este ensayo proceden de fuentes primarias siempre que ha sido posible. Los principales apoyos documentales son los siguientes.
  • Historia temprana: RFC 1855, Netiquette Guidelines (Hambridge, Intel, octubre de 1995); RFC 1436, The Internet Gopher Protocol (marzo de 1993); política de uso aceptable de NSFNET; Kevin Driscoll, «Eternal September» (Flow Journal, abril de 2023), para la corrección de la cronología de AOL; hilo de comp.infosystems.gopher con la política de licencias de la Universidad de Minnesota; declaración del CERN de 30 de abril de 1993; historia oral del primer banner recopilada por el Internet History Podcast (2014).
  • Economía de la atención: Herbert A. Simon, «Designing Organizations for an Information-Rich World», en Computers, Communications, and the Public Interest (Johns Hopkins Press, 1971); Shoshana Zuboff, The Age of Surveillance Capitalism (PublicAffairs, 2019); patente US 2005/0131762 A1 de Google; Cory Doctorow, «Tiktok's enshittification» (Pluralistic, 21 de enero de 2023) y Enshittification (MCD/FSG, octubre de 2025); Jeremy B. Merrill y Will Oremus, «Five points for anger, one for a "like"» (The Washington Post, 26 de octubre de 2021); Tristan Harris, «How Technology is Hijacking Your Mind» (2016); BBC Panorama, Smartphones: The Dark Side (4 de julio de 2018); comunicados oficiales de Instagram (15 de marzo de 2016) y declaraciones de Adam Mosseri (30 de junio de 2021 y 26 de julio de 2022).
  • Buscadores: Bevendorff, Wiegmann, Potthast y Stein, «Is Google Getting Worse? A Longitudinal Investigation of SEO Spam in Search Engines», ECIR 2024, LNCS 14610, pp. 56-71; United States v. Google LLC, n.º 1:20-cv-03010 (D.D.C.), sentencia de responsabilidad de 5 de agosto de 2024 y memorándum de remedios de 2 de septiembre de 2025; exhibits del Departamento de Justicia UPX2044 y PSX00204 (correos internos de Google, febrero y marzo de 2019); informes anuales Bad Bot Report de Imperva; estudios de Graphite sobre contenido generado por IA en Common Crawl (octubre de 2025 y mayo de 2026); Originality.AI sobre presencia de contenido sintético en los resultados de Google.
  • Enciclopedias y ciencia: Jim Giles, «Internet encyclopaedias go head to head» (Nature, 438, 14 de diciembre de 2005) y la refutación de Encyclopædia Britannica, Fatally Flawed (marzo de 2006); declaraciones de cierre del RfC de julio de 2012 sobre Wikipedia:Verifiability; Halfaker, Geiger, Morgan y Riedl, «The Rise and Decline of an Open Collaboration System» (American Behavioral Scientist, 57(5), 2013); comunicado de la Wikimedia Foundation de 17 de octubre de 2025 sobre la caída del tráfico humano; informes de resultados de RELX de 2024 y 2025; Haustein et al., «Estimating global article processing charges paid to six publishers» (arXiv 2407.16551, 2024); Open Science Collaboration, «Estimating the reproducibility of psychological science» (Science, 349, 2015); Van Noorden, «More than 10,000 research papers were retracted in 2023» (Nature, diciembre de 2023); Richardson et al., «The entities enabling scientific fraud at scale are large, resilient, and growing rapidly» (PNAS, 4 de agosto de 2025).
  • Pequeña web: estadísticas de FediDB (agosto de 2026); censo Lupa del gemiespacio (agosto de 2026); listado de buscadores con índice propio mantenido por Seirdy; blog del Internet Archive sobre el billón de páginas archivadas (octubre de 2025); datos de arXiv, openRxiv, OpenAlex y Project Gutenberg publicados por las propias instituciones.

Dos advertencias honestas

  • Primera: la frase «verificabilidad por encima de la verdad» describe una política de Wikipedia que fue modificada por consenso comunitario en julio de 2012 precisamente porque inducía a error. El argumento sobre la sustitución de la autoría experta por el consenso burocrático se sostiene mejor en el mecanismo documentado por Halfaker —la reversión semiautomática e impersonal de los editores nuevos desde 2007— que en una redacción derogada.
  • Segunda: no existe ningún estudio representativo que cuantifique qué proporción de las suscripciones a plataformas de pago se capta desde las redes generalistas. La estructura del embudo está documentada; su caudal, no. En un ensayo cuyo tema es la degradación de la verificabilidad, esa distinción no es un simple detalle.

miércoles, 9 de julio de 2025

Razones para el ateísmo II. Consciencia y modernismo

Razones para el ateísmo I. La historia de los dioses

Es muy probable que las claves sobre la definitiva irrupción del ateísmo (la secularización) en una sociedad cada vez más moderna, se fundamentase en el mayor conocimiento de la prehistoria y de la evolución animal. No conviene olvidar que el monoteísmo, la religión imperante en el planeta, en cualesquiera de sus tres vertientes, cristiana, islámica o judía, se apoya en la existencia de una única deidad capaz de abarcar cualesquier aspectos de la vida humana, tanto como creador, como benefactor. 

LA ÉPOCA DORADA DEL INTELECTUALISMO ALEMÁN

En mayo de 1798 partió de Francia, una de las expediciones más extraordinarias de la historia. Dos centenares de químicos, ingenieros, biólogos, geólogos, arquitectos, pintores, poetas, músicos y médicos, acudieron al puerto de Toulon para acompañar a treinta y ocho mil soldados reunidos allí por Napoleón Bonaparte, quien había mantenido en secreto el destino de la expedición. El destino real era Egipto, y el lugar en el que desembarcó fue Alejandría, adonde Napoleón, aclamado por Victor Hugo como «el Mahoma de Occidente», arribó en una nao denominada L’Orient. Se trataba de una mezcla de colonialismo y aventura cultural e intelectual. El propósito de Bonaparte no era solo la conquista, sino sintetizar la sabiduría de los faraones con la piedad del islam. Los resultados de este trabajo fueron asombrosos. Se reunió material suficiente para publicar "La descripción de Egipto", una gigantesca obra en veintitrés volúmenes que se publicaría a lo largo de los siguientes veinticinco años. Napoleón consideraba a Egipto como un lugar de encuentro entre Asia, África y Europa, al igual que lo había sido Alejandría en épocas anteriores. En esta magna obra se esbozaba la fauna, la flora y las características geológicas del país, así como de las sustancias químicas que existían de forma natural. Con todo, lo que más llamó la atención fueron los tesoros arqueológicos del país, que eran de tales dimensiones y de tal abundancia que cautivaban por su esplendor, algo que ocurriría también en Francia cuando sus descubrimientos fueron revelados al gran público. Esta maravillosidad  se acrecentó con el descubrimiento de un gran bloque de granito en Rosetta. La piedra contenía tres textos, uno en jeroglíficos, otro en caracteres demóticos (una forma de escritura cursiva egipcia) y otro más en griego, lo que permitía el desciframiento de los jeroglíficos.


Seguramente la arqueología occidental comienza con esta expedición, algo de lo que hay que agradecer a Napoleón. A su regreso de Egipto, Bonaparte organizó una campaña contra Alemania, una región que contaba con cerca de dos mil unidades territoriales autónomas de habla alemana sobrevivientes a la guerra de los Treinta Años, y que en tiempos de Napoleón se habían reducido a unas trescientas, que todavía podían considerarse muchísimas. En 1813, los alemanes, liderados por Prusia, derrotaron a Napoleón, en cuyo proceso aprendieron las virtudes del orden y el respeto que tan buenos resultados les daría desde entonces (a diferencia de España, donde siempre ha imperado la desorganización y el afán independentista local). La definitiva unificación alemana llegaría en 1871. El complicado caleidoscopio de estados alemanes del siglo XVIII había relegado el avance intelectual respecto de países como Holanda, Bélgica, Gran Bretaña o Francia. Con los rápidos progresos realizados por Napoleón antes de su derrota, el siglo XIX sería testigo del ascenso de Alemania en términos políticos y, sobre todo, intelectuales. Una lección que aprender en este país donde aún nos enorgullecemos de haber derrotado a Napoleón en la guerra de la independencia contra los franceses, prevaleciendo de ese modo un estilo de vida y de pensamiento totalmente nemésico a la ilustración y el emprendimiento que tan buenas consecuencias acarrearía en el resto de Europa. 

Incitado a actuar según el ejemplo de Napoleón, el ministro prusiano Wilhelm von Humboldt (1767-1835), un francófilo que había pasado algún tiempo en París antes del ascenso de Napoleón, puso en marcha una serie de reformas administrativas que tendrían un profundo impacto en la vida intelectual alemana. Humboldt concibió la idea de la universidad moderna, dejando de ser una mera colección de colegios para la formación de clérigos, médicos y abogados (el formato tradicional) para convertirse en instituciones donde la investigación era la principal actividad (igual que en España, ¿verdad?). Además, Humboldt impulsó la idea de que todos los profesores de instituto del país debían contar con un grado para poder enseñar, lo que vinculó las universidades con la escuela de forma mucho más directa, algo que contribuyó a difundir el ideal del estudio fundado en la investigación original en toda la sociedad de habla alemana. Se introdujeron los doctorados, el grado más alto basado en una investigación original. Y fue así como la vida intelectual alemana se transformó y sus efectos no tardaron en dejarse sentir en toda Europa y en Norteamérica. Éste fue el comienzo de una era dorada de la influencia intelectual alemana, que sólo acabaría con los estragos provocados por Adolf Hitler a partir de 1933. 

Los desarrollos impulsados por Humboldt se advirtieron por primera vez en la Universidad de Berlín, institución que adoptaría el nombre de Universidad Humboldt. Entre los notables pensadores que se dieron cita allí destaca Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770-1831). El surgimiento de la historia como disciplina se debe en parte a Hegel. En Lecciones sobre la filosofía de la historia universal  propuso  la  idea  de  que la voluntad divina se revelaba en el tiempo, a medida que el universo mismo lo hacía, lo que le llevaba a concluir que la historia era una descripción de la voluntad divina. Para Hegel, esto implicaba que la historia debía sustituir a la teología como modo de conocer las verdades últimas. Desde esta perspectiva, el hombre no era una criatura pasiva, observadora de la historia, sino un sujeto partícipe que co-creaba la historia junto a la divinidad. La célebre teoría de Hegel de que la historia avanza mediante tesis, antítesis y síntesis, y su creencia en que, en determinados momentos críticos, aparecen figuras históricas mundiales (como Napoleón), fueron consideradas por muchos la explicación más satisfactoria del pasado y de cómo éste conducía al presente. 

En el sistema universitario alemán de Humboldt, la investigación histórico-filológica más polémica e influyente fue la crítica textual de la Biblia. A medida que el mundo se abría gracias a las incursiones de Napoleón en Egipto, se iban descubriendo cada vez más manuscritos que no sólo permitieron conocer el desarrollo de ideas antiguas, sino que resultaron de gran utilidad para perfeccionar técnicas de datación. Filólogos convertidos en historiadores, como Leopold von Ranke (1795-1886), fueron pioneros en la datación e inspección crítica de fuentes primarias. En particular, el Nuevo Testamento se convirtió en el centro de atención de los eruditos. La exégesis, la interpretación del significado de un texto, no era una actividad nueva, pero los nuevos filólogos alemanes tenían un proyecto mucho más ambicioso: aprovechando las nuevas técnicas que tenían a su disposición, su primer logro fue conseguir datar con bastante exactitud los evangelios, algo que arrojó nueva luz sobre las inconsistencias detectadas en las diferentes versiones sobre la vida de Jesús, cuya fiabilidad en términos generales empezó a ser cuestionada. Obviamente, esto no ocurrió de un día para otro, y tampoco fue una consecuencia deliberada de la investigación. La más polémica de las bombas textuales alemanas fue La vida de Jesús, examen crítico, publicado en 1835 por David Strauss (1808-1874). Debe su ce­lebridad a la audacia con que el autor intro­duce el concepto de "mito" en la interpre­tación del Evangelio. Situándose en con­traste con la exégesis ortodoxa, que admitía una intervención sobrenatural en la histo­ria, o con la interpretación racionalista de su tiempo, que negaba lo sobrenatural pero se esforzaba por mantener un núcleo histó­rico en cada episodio evangélico, Strauss afirmaba que el problema planteado por los relatos evangélicos no estriba en su valor histórico, sino en la idea que quieren expre­sar. La tradición evangélica trataba manifies­tamente de presentar a Jesús como el Me­sías anunciado por las profecías. Pero del Mesías se tenía, en los tiempos de Jesús, una idea bastante precisa: se sabía, por ejemplo, que su vida debería desenvolverse de acuer­do con el ejemplo de los grandes personajes del Viejo Testamento, porque éstos, inver­samente, eran considerados como su prefigu­ración. Por consiguiente, cuando los episo­dios de la vida de Jesús coinciden con los del Viejo Testamento, se debía deducir, se­gún Strauss, que el episodio evangélico ha sido plasmado sobre el modelo antiguo. El mito judaico del Mesías no sólo se super­pone a los recuerdos de la vida de Jesús haciéndolos irreconocibles, sino que en la mayor parte de los episodios debe conside­rarse como la sustancia misma de la narra­ción. El contenido histórico de la vida de Jesús se desvanece por completo. Strauss pretendía que su crítica dejase intacto el contenido ideal del cristianismo, al que ha­cía consistir, hegelianamente, en la perenne encarnación de lo divino en la humanidad; pero la fuerza de sus premisas le arrastró, más tarde, a una abierta negación del cris­tianismo en la obra La antigua y la nueva Fe, publi­cada en 1872. 

Strauss fue un teólogo muy influido por el romanticismo alemán: escribió y representó una tragedia romántica y tenía un gran interés por la curación mediante el magnetismo y la hipnosis. Fue así como se familiarizó con la idea de que Dios era algo inmanente en la naturaleza, pero no alguien que pudiera intervenir en el curso de la historia. Empleó la historia en contra de la religión al argumentar que los detalles que proporcionaba eran muy insuficientes para sustentar la idea de cristianismo vigente en el siglo XIX. Sus conclusiones afirmaban, por ejemplo, que Jesús no era una figura divina, que los milagros nunca habían tenido lugar y que la Iglesia, tal y como la conocemos, tenía muy poca relación con Jesús, lo que resultó tan escandaloso que su nombramiento como profesor en Zúrich en 1839 provocó un disturbio tan alarmante a nivel local que las autoridades optaron por jubilarlo incluso antes de que tuviera la oportunidad de ocupar su cátedra. Sin embargo, en Inglaterra, Marian Evans, mejor conocida con el nombre de George Eliot, estuvo cerca de la desesperación por el esfuerzo que representaba la traducción al inglés de la obra de Strauss.La obra de Strauss fue sólo uno de los elementos del conflicto con la religión del siglo XIX, y de lo que algunos empezaban a llamar la muerte de Dios.

El término arqueología se empleó por primera vez en la década de 1860. Amplió y profundizó el trabajo de la filología, al ir más allá de los textos y confirmar que los hombres tenían un pasado distante anterior a la escritura, es decir, una prehistoria. Ya en la década de 1820, Champollion había descifrado los jeroglíficos egipcios mediante el estudio de la piedra Rosetta, y en 1847 sir Austen Layard excavó Nínive y Nimrud, en lo que hoy es Irak, descubriendo los maravillosos palacios de Assurnasirpal II, rey de Asiria (885-859 a. C.), y Sennacherib (704-681 a. C.). Los enormes guardianes de las puertas encontrados allí, semitoros y leones de dimensiones mucho más grandes que las reales, causaron sensación en Europa y contribuyeron en buena medida a popularizar la arqueología. Estas excavaciones conducirían finalmente al descubrimiento de una tablilla en cuneiforme en la que estaba escrita la epopeya de Gilgamesh, notable por dos razones: en primer lugar, era mucho más antigua que los poemas homéricos y que la Biblia; en segundo lugar, diversos episodios del relato, como el de la gran inundación, eran similares a los que recogía el Antiguo Testamento.

Cada uno de estos descubrimientos aumentaba la edad de la humanidad y arrojaba nueva luz sobre las Sagradas Escrituras. Sin embargo, con excepción de la epopeya de Gilgamesh, ninguno de ellos aportaba nada radicalmente nuevo en términos de datación, en el sentido de que no contradecían de forma significativa la cronología bíblica. Todo empezó a cambiar en 1856 cuando se empezó a limpiar a fondo una pequeña cueva en un costado del valle Neander (Neander Thal, en alemán), a través del cual el río Düssel desemboca en el Rin. En ella se encontró un cráneo, enterrado bajo más de un metro de barro, así como otros huesos. Los trabajadores que hallaron los huesos se los entregaron a un amigo local que, pensaron, era lo bastante culto como para saber qué hacer con ellos, y éste a su vez se los entregó a Hermann Schaaffhausen, profesor de anatomía de la Universidad de Bonn. Schaaffhausen identificó la parte superior de un cráneo, dos fémures, partes de un brazo izquierdo, parte de una pelvis, y algunos otros vestigios de menor tamaño. En un artículo sobre este descubrimiento, Schaaffhausen llamó la atención sobre el grosor de los huesos y el gran tamaño de las marcas de los músculos unidos a ellos, así como el pronunciamiento de los arcos supraorbitales y la frente pequeña y estrecha. Schaaffhausen concluyó que el aspecto de los huesos no era consecuencia de una deformación debida al lugar en el que se habían conservado todos estos años y que había indicios de «que el hombre coexistió con los animales descubiertos en el diluvio; y muchas razas bárbaras quizá hayan desaparecido antes de todo el tiempo histórico, junto a los animales del mundo antiguo, mientras que las razas cuya organización mejoró continuaron  el  género».  

Cuando los filólogos de finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX empezaron a cuestionar los fundamentos básicos del cristianismo, la mayoría de los hombres de ciencia no se apresuró a apoyarlos. Por lo general, biólogos, químicos y fisiólogos eran todavía hombres religiosos y devotos. El caso de Linneo es en este sentido ejemplar, pese a ser una de las principales figuras de la Ilustración y uno de los padres de la biología moderna, cuyos aportes forman parte de los antecedentes de la teoría de la evolución. El naturalista John Ray (1627-1705) ya había advertido que no todas las especies (miles de las cuales se habían encontrado en el Nuevo Mundo y África) podían ordenarse en una jerarquía significativa, y que las formas de la vida variaban de muchas maneras diferentes. Linneo aprovechó el descubrimiento de la sexualidad de las plantas realizado por R. J. Camerarius en 1694 para considerar los órganos reproductivos como la característica clave en la que podía basar su sistema. Por otro lado, la nomenclatura doble propuesta por Linneo en Species plantarum (1753), Genera plantarum (1754) y Systema naturae (1758) llamó a atención sobre las similitudes sistemáticas entre las especies, géneros, familias, etc. Resultaba obvio, a partir de todo esto, que el plan del Creador no era lineal y ello llevó a Buffon a proponer, en su crítica de Linneo, su teoría de la degeneración, según la cual, por ejemplo, las doscientas especies de mamíferos por él conocidas derivaban de treinta y ocho formas originales (una primitiva versión de la idea de evolución). 

No obstante, otra disciplina en proceso de formación proporcionaría a la historia y a la prehistoria una base diferente, contribuyendo a preparar el camino para las ideas de Darwin: la geología. La geología se diferenciaba radicalmente de todas las demás ciencias y de la filosofía. Se trataba de la primera ciencia que se ocupaba con la historia de la naturaleza más que con su orden.

LOS ANTECEDENTES DE DARWIN

En el siglo XVII Descartes había sido el primer pensador en combinar la nueva astronomía y la nueva física en una visión coherente del universo, en la que incluso el sol (por no hablar de la tierra) no era más que una estrella entre muchas. Descartes había especulado que era posible que el planeta se hubiera formado a partir del enfriamiento de una bola de cenizas atrapada en el "vórtice" del sol. La idea de que la física funcionaba de acuerdo con los mismos principios en todo el universo fue un cambio intelectual de gran trascendencia que no habría podido darse en el pensamiento medieval, ya que entonces las ideas básicas acerca de los cielos y de la tierra, al menos como se los entendía en Occidente, eran de origen aristotélico y afirmaban que se trataba de dos ámbitos fundamentalmente diferentes: el uno no podía dar origen al otro. En su momento, la física de Descartes sería reemplazada por la de Newton, y el "vórtice" por la gravedad, pero ello no alteró las teorías geológicas vigentes. En 1691, Thomas Burnet publicó su Teoría sagrada de la tierra, en la que argumentaba que materiales diversos se habían unido para formar el planeta, cuyo centro estaría formado por roca densa, a la que se sumaba una capa menos densa de agua y, por último, una corteza ligera que era sobre la que vivíamos. Esta concepción tenía la virtud de explicar el Diluvio universal: justo bajo la delgada corteza en que los hombres vivían había enormes cantidades de agua. Un lustro después, en 1696, William Whiston, sucesor de Newton en la Universidad de Cambridge, propuso que la tierra podría haberse formado a partir de una nube de polvo dejada por un cometa, que se habría fusionado para dar origen a un cuerpo sólido que luego se habría inundado con el agua procedente de un segundo cometa. Esta idea de que la tierra estuvo alguna vez cubierta por un vasto océano se mostró resistente al paso del tiempo. Leibniz acabaría añadiendo su idea de que la tierra había sido en otra época mucho más caliente que en la actualidad, y que, por tanto, en el pasado los terremotos eran mucho más violentos. 

En el siglo XVIII, Kant propuso su "hipótesis nebular", según la cual todo el sistema solar se habría formado a partir de la condensación de una nube de gas, una concepción que respaldaron las observaciones de William Herschel, cuyos telescopios mostraban (o parecían mostrar) que algunas de las nebulosas o manchas difusas que se veían en el cielo nocturno eran gases o nubes de polvo que aparentemente se condensaban en una estrella central. Buffon desarrolló estas ideas, no obstante, al igual que había ocurrido con Descartes antes que él, buscó conciliarlas con las de la Iglesia y, así, propuso que la tierra había empezado siendo muy caliente, pero que progresivamente se había enfriado en siete etapas (equivalentes a los siete días de la creación del relato bíblico), la última de las cuales había sido testigo de la aparición del hombre.

Lentamente, la idea de que la Tierra misma cambiaba con el paso del tiempo fue afianzándose. El principal problema era explicar cómo podía haber en tierra firme rocas sedimentarias, que son el resultado de la deposición de materiales transportados por el agua. Había sólo dos repuestas posibles: o bien el nivel de los mares había descendido, o bien la tierra era la que había subido. La hipótesis de que todas las rocas sedimentarias se habían formado en el suelo de un vasto océano que luego había desaparecido recibió el nombre de neptunismo, en alusión al dios romanos del mar. La teoría alternativa se conocería como vulcanismo, en alusión al dios del fuego. El geólogo más influyente del siglo XVIII, Abraham Gottlob Werner, el padre del neptunismo. Werner propuso que la formación de las rocas podía explicarse partiendo del supuesto de que la tierra, al enfriarse, tenía una superficie desigual y que las aguas se retiraron a diferentes ritmos en diferentes áreas. Las rocas primarias serían las que primero quedaron expuestas. Luego, dando por sentado que el descenso de las aguas había sido lo suficientemente lento, estas rocas primarias se habrían erosionado, sus sedimentos habrían llegado al gran océano y más tarde habrían quedado expuestos en forma de rocas secundarias al darse un nuevo retroceso de las aguas, en un proceso que se habría repetido varias veces. De esta manera, se habrían formado los distintos tipos de rocas en una sucesión que abarcaba cinco etapas. La primera habría producido rocas primitivas (granito, gneis, pórfido), que se habrían cristalizado durante el Diluvio; las últimas rocas, las cuales no se formaron hasta que las aguas del Diluvio retrocedieron por completo, se habían producido debido a la actividad volcánica como, por ejemplo, las lavas y la toba volcánica. El hecho de que esta teoría de Werner encajara tan bien con el relato del Diluvio del Antiguo Testamento contribuyó a popularizarla en toda Europa, dando origen a la "geología bíblica". La coherencia de esta teoría era innegable, pero contenía varios inconvenientes: no conseguía explicar por qué algunos tipos de roca se encontraban con frecuencia situados bajo otras rocas más antiguas, y tampoco explicaba qué había pasado con la ingente magnitud del agua necesaria para diluir toda la corteza terrestre: ¿a dónde había ido tras el Diluvio, cuando retrocedió?


El principal rival de Werner fue un escocés llamado James Hutton (1726-1797), padre del vulcanismo. Hemos de indicar que esta teoría nunca llegó a ser tan influyente como la del geólogo alemán. Ya desde mediados del XVIII, algunos naturalistas habían empezado a sospechar que la actividad volcánica producía efectos efecto en la tierra. Se había advertido, por ejemplo, que algunas montañas de la Francia central tenían forma de volcanes, aunque no se tenía noticias de que hubieran actuado como tales en algún momento del pasado. Otros pensaban en, por ejemplo, la Calzada del Gigante, en Irlanda, cuyas columnas de basalto parecían ser consecuencia de la solidificación de material de origen volcánico. Hutton no empezó por interrogarse por los orígenes de la tierra, y en lugar de especular se dedicó a la observación. Estudió los cambios geológicos que podía ver a su alrededor y asumió que estos procesos habían estado ocurriendo siempre. De esta forma, advirtió que la corteza terrestre, la capa más exterior del planeta, está formada por dos tipos de rocas, unas de origen ígneo, formadas por efecto del calor, y otras de origen acuoso. A continuación, observó que las principales rocas de origen ígneo (granito, pórfido, basalto) por lo general se encontraban bajo las rocas de origen acuoso, excepto en aquellos lugares en los que movimientos subterráneos habían empujado las rocas ígneas hacia arriba. Además, señaló algo que cualquier otro podía apreciar por sí mismo, a saber, que la acción de los elementos y la erosión continuaban todavía creando un fino cieno de arenisca, piedra caliza, arcilla y guijarro en el lecho oceánico cerca de los estuarios. A continuación, Hutton se preguntó qué podía haber transformado estos cienos en la roca sólida que vemos en todos lados, y pensó que esto también podía deberse a la acción del calor. El agua estaba descartada (un importante avance) porque era claro que muchas de estas rocas eran insolubles. Lo que quedaba por resolver era de dónde había salido el calor. La conclusión de Hutton fue que éste provenía del interior del planeta y que se manifestaba mediante la acción de los volcanes. Esto, comprendió, explicaría los intrincados patrones e inclinaciones de los estratos en muchos lugares del mundo, y señaló que los volcanes continuaban actuando, que diferentes masas de tierra estaban aún surgiendo y desapareciendo (en la época había pruebas de que partes de Escocia y Suecia estaban levantándose) y que los ríos seguían transportando cienos al océano.

Hutton publicó por primera vez sus teorías en las Transactions de la Royal Society de Edimburgo en 1788, y después en 1795, en una obra en dos volúmenes titulada Teoría de la tierra, primer tratado que puede considerarse una síntesis geológica verdadera y no un simple ejercicio de imaginación. Una de las premisas importantes de Hutton era que el origen de los fósiles había quedado plenamente establecido. Ya en el siglo XVII Nicholas Steno y John Woodward habían determinado que los fósiles eran vestigios de antiguas criaturas vivientes, muchas de las cuales se habían extinguido. Sin embargo, también se pensaba que la presencia de fósiles en las montañas se explicaba por el Diluvio de Noé. En la época en la que el libro de Hutton apareció, la historicidad del Diluvio estaba fuera de discusión y la veracidad del relato bíblico de la creación del mundo, tal y como aparece en el Génesis, se consideraba indudable. Desde este punto de vista, seguía considerándose que el lapso de tiempo transcurrido desde la creación era de aproximadamente seis mil años, y aunque ya había quienes empezaban a preguntarse si esto era suficiente, nadie pensaba que la tierra fuera mucho más vieja. Una cuestión aparte era si los animales habían sido creados antes que la humanidad, pero incluso ésta no decía por sí misma gran cosa sobre la antigüedad del hombre.

Muchos críticos se opusieron al vulcanismo de Hutton porque una teoría semejante implicaba unos lapsos de tiempo geológico enormes, de eras inconcebibles en duración que superaban con creces cualquier extensión de tiempo que hubiera sido imaginada hasta entonces. Pero, además, el problema de la teoría de Hutton era que el planeta debía tener una gran antigüedad o de otro modo no hubiera sido posible, por ejemplo, la formación de las enormes montañas que conocemos. La teoría de Hutton era de algún modo poco romántica, ya que afirmaba que el planeta que conocemos era el resultado de una sucesión de acontecimientos infinitesimalmente pequeños y no de catástrofes espectaculares, como el Diluvio. Además, se requería una enorme cantidad de argucias intelectuales para reconciliar el vulcanismo de Hutton con la Biblia. Con todo, Hutton (que era deísta) no era el único que creía que la observación de los procesos geológicos aún vigentes terminaría triunfando. En 1815, William Smith, un constructor de canales a quien con frecuencia se ha llamado el «padre» de la geología británica, señaló que, dispersas por todo el planeta, había formaciones rocosas similares que contenían fósiles similares. Muchas de esas especies ya no existían. Esto, por sí solo, implicaba que las especies surgían, florecían y se extinguían en los enormes períodos de tiempo necesarios para que las rocas se depositaran y endurecieran. Esto era significativo en dos sentidos. En primer lugar, respaldaba la idea de que las capas de roca sucesivas se formaban no de manera repentina y completa sino con el paso del tiempo. Y, en segundo lugar, reforzaba la noción de que a lo largo de la historia habían ocurrido numerosas creaciones y extinciones separadas, algo bastante distinto a lo que se afirmaba en la Biblia.

El neptunismo experimentaría un giro significativo en 1811 con la publicación de Recherches sur les ossements fossiles (Investigaciones sobre los huesos fósiles) del naturalista francés Georges Cuvier. La obra proponía un neptunismo renovado y actualizado que fue del gusto del público. Cuvier sostenía que a lo largo de la historia del planeta no había ocurrido uno sino varios cataclismos, incluidos los diluvios. Observando a su alrededor, a la manera de Hutton, Cuvier había llegado a la conclusión de que, para que los mamuts y otros vertebrados de tamaño considerable hubieran quedado por completo encerrados en hielo en las regiones montañosas, los cataclismos a los que había estado sometido el planeta tenían que haber sido en realidad bastante repentinos. Respaldaba esta idea el que, en su opinión, para que las montañas se hubieran alzado del lecho oceánico se requería, por definición, de cataclismos de una violencia inimaginable, una violencia que, precisamente, era capaz de exterminar especies enteras y, quizá, formas primitivas de la humanidad. Sin embargo, las indagaciones de Cuvier no eran del todo coherentes con el relato bíblico. Él también observó (y esto también fue importante) que, en las rocas, los fósiles encontrados a mayor profundidad eran más diferentes de las formas de vida actuales que aquellos situados en capas menos profundas y, además, que los fósiles aparecían en un orden coherente en todo el mundo. Este orden era: peces, anfibios, reptiles y mamíferos. Esto llevó a Cuvier a sostener que cuanto más antiguo era un estrato de roca mayor sería la proporción de especies extintas que contenía. Dado que en esa época no se habían hallado aún fósiles humanos, el estudioso francés concluyó que la humanidad debe haber sido creada en algún momento entre la última y la penúltima catástrofe. El hombre había sido creado antes del Diluvio, pero los animales eran aún más viejos.

La teoría del Diluvio tardó mucho tiempo en ser problemática. Uno de los inconvenientes más significativos era que las diversas pruebas del Diluvio encontradas alrededor del mundo situaban el acontecimiento en una gran variedad de épocas diferentes. Hacia la década de 1830 la teoría del enfriamiento del planeta resultaba cada día una explicación más coherente de por qué la actividad geológica había sido mayor en el pasado que en la actualidad, lo que contribuía a respaldar la idea de que el desarrollo de la tierra y las formas de vida en ella habían sido muy diferentes en el pasado. En 1824, el neptunista William Buckland describió el primer dinosaurio conocido, el gigantesco megalosaurio,  si  bien  fue el  anatomista  Richard Owen quien acuñó la palabra dinosaurio en 1841. Ese mismo año, John Phillips identificó la secuencia temporal de las grandes formaciones geológicas: el paleozoico, la era de los peces y los invertebrados, el mesozoico, la era de los reptiles, y el cenozoico, la era de los mamíferos. Al final, se probó que el período paleozoico se extendía aproximadamente desde hace quinientos cincuenta millones de años hasta hace doscientos cincuenta millones de años, y que había sido la época en la que la vida vegetal había salido de los océanos, los peces habían aparecido, y luego los anfibios y después los reptiles habían alcanzado la tierra. Todas estas formas de vida se extinguieron hace unos doscientos cincuenta millones de años, por razones que todavía no se conocen plenamente. Ahora bien, de los análisis de Sedgwick y Murchison resultaba claro que las formas de vida primitivas eran muy antiguas y que la vida en el planeta había comenzado en el agua antes de salir a tierra. Hubiera existido o no un diluvio universal, todo ello contradecía de forma espectacular el relato bíblico.

Los hallazgos del estudio de los fósiles y de las secuencias de rocas se unieron a la entonces naciente ciencia de la embriología. La figura clave fue Karl Ernst von Baer, quien, en contra del saber convencional de la época, sostenía que el embrión humano recapitulaba en su desarrollo la progresión de invertebrado-pez- reptil-mamífero. Baer afirmaba que todos los embriones eran en un principio simples y que luego desarrollaban características especiales que les permitían ocupar su lugar en el mundo: los animales inferiores no eran, como se pensaba, formas inmaduras del hombre. Fue también Baer quien mostró que la organización de las formas de vida no daba lugar a una «jerarquía centrada en el hombre» y que los seres humanos no eran más que una entre muchas formas de vida posibles. En Archetypes and Homologies of the Vertebrate Skeleton (1848) y en On the Nature of Limbs (1849), Robert Owen demostró que los vertebrados compartían una estructura básica similar, que adoptaba diferentes formas, pero que en ningún sentido tenía como "meta" al hombre.

LA EVOLUCIÓN NO LA INVENTÓ DARWIN

Pero estamos adelantándonos a los hechos. Los descubrimientos de Cuvier o Buckland provocaron un cambio de mentalidad decisivo en Charles Lyell, quien en 1830 publicó el primero de los tres volúmenes de sus Principles of Geology. El argumento de Lyell quedaba expuesto en el subtítulo de la obra: «Un intento de explicar los cambios experimentados por la superficie terrestre en el pasado de acuerdo con causas todavía operantes». 

Las ideas de Lyell se inspiraban en los estudios de Georges Scrope, un geólogo francés que había demostrado, a partir de su trabajo en el macizo Central en Francia, que los ríos creaban sus propios valles en un lapso de incontables siglos. Los Principles fueron una obra de síntesis, antes que una investigación original. Lyell aclaraba e interpretaba materiales ya publicados que respaldaban dos conclusiones. La primera, que las principales características geológicas de la tierra podían explicarse como resultado de procesos exactamente iguales a los que podían observarse en el presente (en una reseña del libro alguien empleó el término uniformismo, que terminaría imponiéndose). El segundo, refutar la idea de que un gran diluvio era el causante de las características de la tierra que observamos a nuestro alrededor. Lyell daba mucho valor a los trabajos de Scrope, y respaldó su idea de que los ríos creaban sus propios valles y que la delicada sinuosidad de los lechos fluviales no podía ser el resultado de acontecimientos violentos y, todavía menos, de catástrofes. En el terreno religioso, Lyell adoptó una postura de sentido común al sostener que era improbable que Dios actuara en contra de las leyes de la naturaleza para provocar una serie de grandes cataclismos. En lugar de ello, Lyell proponía que si se asumía que el tiempo se extendía lo suficientemente lejos hacia el pasado. No faltaban pruebas de que los volcanes habían estado erupcionando de forma regular a lo largo de la historia y esto no tenía ninguna relación con diluvios o grandes cataclismos. Y mediante el estudio comparado de los hallazgos de la estratigrafía, la paleontología y la geografía física, identificó tres épocas diferentes, cada una con sus formas de vida características. Éstas recibirían luego el nombre de plioceno, mioceno y eoceno, la última de las cuales se remontaba a hace aproximadamente cincuenta y cinco millones de años, muy lejos del marco temporal que ofrecía el Antiguo Testamento.

No obstante todo lo anterior, hubo varios intentos desesperados por conciliar el relato bíblico con la avalancha de descubrimientos científicos. Todos ellos culminaron en una serie de trabajos conocidos como los tratados de Bridgewater. Esta extraña serie de obras (para el lector moderno, aburridísima) fue encargada por el testamento del reverendo Francis Henry Egerton, octavo conde Bridgewater, un clérigo noble que siempre descuidó su parroquia y que murió en 1829. Lord Bridgewater dejó a sus albaceas, el arzobispo de Canterbury, el obispo de Londres y el presidente de la Royal Society, la tarea de seleccionar a ocho autores científicos, cada uno perteneciente a una de las principales ramas de las ciencias naturales, que estuvieran en condiciones de demostrar "el Poder, la Sabiduría y la Bondad de Dios, tal y como se manifestaban en la Creación; e ilustrar su obra con toda clase de argumentos razonables, como, por ejemplo, la variedad y formación de las criaturas de Dios en los reinos animal, vegetal y mineral". Entre los ocho autores elegidos se encontraban clérigos, físicos y geólogos. Ninguno de ellos aportó nada al debate, pero la existencia misma de sus obras demuestra lo lejos que estaban dispuestos a llegar algunos para mantener a la ciencia en su lugar.

La definitiva respuesta a los tratados de Bridgewater provino del descubrimiento de la gran Edad de Hielo por Louis Agassiz, un geólogo suizo que, más tarde, en 1847, sería invitado a Harvard por su trabajo sobre la glaciación. La idea original de una gran Edad de Hielo no era suya: en 1795 James Hutton, en uno de sus inusuales momentos de especulación, había propuesto la posibilidad de que algunas extrañas rocas «erráticas» cerca de Ginebra hubieran sido transportadas y dejadas allí por glaciares que luego habían retrocedido. Fue Agassiz quien reunió y recopiló la inmensa masa de datos que permitió resolver la cuestión más allá de toda duda. Agassiz hizo por la Edad de Hielo lo que Lyell había hecho por la antigüedad de la tierra. A través del estudio de los glaciares actuales (que no escaseaban en los Alpes suizos), Agassiz llegó a la conclusión de que buena parte de Europa septentrional había estado sepultada bajo una gran capa de hielo, en ciertos lugares de hasta tres kilómetros de grosor. Esta conclusión se fundaba principalmente en tres tipos de pruebas que pueden apreciarse en los bordes de los glaciares incluso hoy: los «erráticos», la morrena y el till. Los «erráticos» son enormes rocas, como las que Hutton había observado cerca de Ginebra, cuya constitución es muy diferente de todas las demás rocas del paisaje que las rodea. A medida que el hielo avanzaba, empujaba estas piedras y, cuando la tierra volvía a calentarse y el hielo retrocedía, los «erráticos» quedaban en un entorno «extranjero». Por ello los geólogos podían encontrarse de repente con una gigantesca roca de, por ejemplo, granito, en un área compuesta fundamentalmente de piedra caliza. Ahora bien, mientras los primeros geólogos pensaban que lo que explicaba este tipo de fenómenos era el Diluvio, Agassiz mostró que éstos eran un efecto del hielo. El till es una forma de acarreo formada por el hielo a medida que éste se expande por la superficie de la tierra actuando como una gigantesca hoja de papel de lija. El till, de hecho, proporciona gran cantidad de grava para la industria de la construcción moderna. La morrena son montículos de till que se desarrollan en los límites de los glaciares y pueden llegar a ser bastante grandes: la mayor parte de Long Island, en el estado de Nueva York, es una morrena que tiene más de ciento setenta kilómetros de un extremo a otro. Agassiz y otros investigadores concluyeron que la Edad de Hielo más reciente había empezado hace ciento treinta mil años, había alcanzado su punto álgido hace veinte mil y había terminado con rapidez hace doce mil o diez mil años. Con el tiempo estos cálculos resultarían ser extremadamente significativos, ya que coincidieron con las primeras pruebas sobre los comienzos de la agricultura. Esto resultaba coherente tanto en términos cronológicos como de evolución cultural.

Originalmente, el término «evolución» se empleaba en biología para designar el crecimiento del embrión. La palabra latina original significaba desenrollar, desplegar. Más allá de este uso, se empleaban términos como desarrollo para referirse a la idea de que organismos más simples daban origen a organismos más complejos (cómo ocurría esto, era algo que estaba aún por aclararse). La cuestión de si esta progresión incluía o no al hombre dividía a los expertos. También se usaba la palabra evolución en un sentido cultural, de desarrollo de sociedades humanas desde un estado primitivo a formas de civilización más avanzadas. Jean- Baptiste de Monet, chevalier de Lamarck (1744-1829) fue uno de los más destacados defensores del progresionismo. Muchas veces se la ha calificado como cretino y bellaco. Pero fue él quien advirtió que algunas especies fósiles eran similares a criaturas todavía existentes, y así fue cómo concibió la idea de que algunos linajes fósiles podían no haberse extinguido sino cambiado, en respuesta a modificaciones en las condiciones de vida en la tierra, y por tanto seguían viviendo en una forma corregida que no se podía reconocer. Ésta es una noción predarwiniana de adaptación al medio. Lamarck estaba convencido de la gran antigüedad del planeta y de que las formas de vida habían cambiado continuamente a lo largo de amplios períodos de tiempo. Además, consideraba al hombre como el producto final de esta progresión. La idea de evolución de Lamarck era doble: creía que la naturaleza obedecía a un principio de complejidad creciente y pensaba que los órganos de una criatura se desarrollan mejor cuanto más se los utilizaba y que estas características fortalecidas (o adquiridas) pasaban a posteriores generaciones.

Por todos estos factores, y algunos más, suele sostenerse que a mediados del siglo XIX había algo en el aire que contribuyó al surgimiento de lo que Darwin denominaría selección natural. La idea de una lucha por la existencia ya había sido planteada en 1797 por Malthus, quien había afirmado que cada tribu de la historia habría competido por los recursos y que las menos exitosas se habían extinguido. Hoy sabemos que, además de Malthus, Darwin supo aprovechar la lectura de las obras de Adam Smith y de otros economistas políticos. En el siglo XIX, por tanto, la idea del conflicto y la competencia desempeñaban un papel importante. Para entonces ya era difícil contradecir las pruebas proporcionadas por los registros fósiles y geológicos. Las rocas más antiguas [de hace seiscientos millones de años] sólo ofrecían restos de invertebrados, mientras que los primeros peces no aparecían hasta el período silúrico [hace 440-410 millones de años]. El mesozoico [hace 250-265 millones de años] estuvo dominado por los reptiles, incluidos los dinosaurios. Aunque presentes ya en el mesozoico en pequeñas cantidades, los mamíferos no se volverían dominantes hasta el cenozoico [desde hace sesenta y cinco millones de años hasta nuestros días], cuando gradualmente fueron progresando hasta convertirse en las criaturas más avanzadas de la actualidad, incluida la especie humana (las fechas anotadas entre corchetes no corresponden a las aceptadas en el siglo XIX). A los hombres de esa época les resultaba difícil no ver en esta progresión una especie de finalidad, e identificaban en ella un desarrollo que conducía, a través de distintas etapas, a los humanos, lo que revelaba un plan divino.

Un último elemento de ese "algo en el aire" lo constituye la obra de Alfred Russel Wallace. Durante muchos años se aceptó que el artículo que envió a Darwin en 1858, "Sobre la tendencia de las variedades a alejarse indefinidamente del tipo original", contenía una clara exposición de la selección natural, por lo que éste se vio forzado a apresurar la publicación de su propio libro, El origen de las especies. Por ese motivo algunos académicos han sostenido que a Wallace nunca se le dio el reconocimiento que merecía e incluso han insinuado que Darwin y sus seguidores de forma deliberada procuraron mantenerlo apartado del primer plano. Sin embargo, estudios más recientes han mostrado que una lectura atenta del trabajo de Wallace revela que su idea de selección natural no era exactamente igual que la de Darwin, y que como recurso explicativo tenía mucha menos fuerza. En particular, Wallace no subrayaba la competencia entre individuos sino entre los individuos y el entorno. Para Wallace, los individuos menos aptos, esto es, aquéllos menos adaptados a su entorno, eran eliminados, en especial cuando ese entorno experimentaba grandes cambios. Desde este punto de vista, cada individuo compite contra el entorno y el destino de cada individuo es independiente del de los demás. Esta diferencia es fundamental y explica por qué Wallace no pareció haberse resentido por el hecho de que Darwin hubiera publicado su libro al año siguiente de haberle enviado su ensayo.

El origen de las especies apareció en 1859 y explicaba, como ninguna otra lo había hecho hasta entonces, un nuevo mecanismo de cambio en el mundo biológico. Explicaba cómo una especie daba lugar a otra. Suponía no solo el reemplazo de una teoría científica (la de las especies inmutables) por una nueva, sino por una que obligaba a repensar por completo el concepto que el hombre tenía del mundo y de sí mismo, rechazando algunas de las creencias más difundidas y más queridas del hombre occidental. La idea más destacada y brillante de Darwin fue su teoría de la selección natural (no la de la evolución, que ya existía), que constituía la columna vertebral de su libro (el título completo de la obra era Sobre el origen de las especies por medio de la selección natural, o la preservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida). Todos los individuos de cualquier especie son diferentes entre sí y aquéllos más aptos tienen mayores probabilidades de reproducirse y convertirse en los padres de la nueva generación. De este modo, resultan favorecidas aquellas variaciones accidentales que contribuyen a hacer a los individuos más aptos. Esta teoría no tenía necesidad de ningún plan divino: describía un proceso muy parsimonioso y que podía observarse en todos lados.


Las ideas de Darwin fueron madurando desde finales de la década de 1830, tras su famoso viaje a bordo del Beagle. El tiempo pasado en Suramérica, en particular en las islas Galápagos, le había enseñado a pensar en términos de poblaciones más que de individuos, a medida que estudiaba las variaciones de una isla a otra. Se había familiarizado con el ñandú, un ave corredora, en su viaje por las amplias pampas de la Patagonia, y había comido la carne de distintas variedades de este animal durante su recorrido. Darwin advirtió que, en los límites del territorio ocupado por dos poblaciones había una lucha por la supremacía. Y empezó a preguntarse por qué había especies emparentadas en continentes e islas diferentes: ¿era posible que el Creador hubiera visitado cada lugar para realizar estos finos ajustes? El estudio de los percebes le permitió conocer la enorme variedad que podía haber dentro de una especie, y todas estas observaciones e inferencias poco a poco fueron encajando unas con otras. 

Las teorías de Darwin conllevaban implicaciones filosóficas de gran relieve: reemplazaban la idea de un mundo estático por la de un mundo en evolución; demostraban lo inverosímil que era el creacionismo; refutaban la teología cósmica, esto es, la idea de que el universo tenía un propósito; acababan con cualquier justificación de antropocentrismo absoluto; explicaban el "diseño" del mundo en términos de procesos materiales; y reemplazaban el esencialismo (individuos) por el pensamiento poblacional.

El mismo Darwin era consciente de que su teoría de la selección natural era el aspecto más polémico de su exposición. A finales del siglo XIX la teoría de la evolución ya gozaba de una amplia aceptación, pero en cambio la idea de la selección natural tendía a ignorarse, y esto era significativo, pues permitía a la gente dar por sentado que la evolución tenía algún propósito. Desde esta perspectiva, la evolución no era la amenaza a la religión que muchas veces se nos ha hecho creer. Mucha gente pensaba simplemente que las implicaciones de El origen de las especies eran inmorales, sin más, y continuaron creyendo que era evidente que el mundo estaba bien ordenado (una prueba de la existencia de Dios) y que la evolución accidental ("sin orden ni concierto") defendida por Darwin no podía producir semejante armonía. Además. ¿Cuál era el propósito darwiniano de la habilidad musical o de la facultad de realizar cálculos matemáticos abstractos? conviene decir que Darwin nunca se sintió del todo contento con la palabra "selección", que debía interpretarse en el sentido de "más apto". La teoría de Darwin ciertamente tenía un punto débil muy importante: no daba cuenta de los mecanismos mediante los cuales las características hereditarias pasaban de una generación a otra. Esos mecanismos fueron descubiertos por el monje Gregor Mendel en Moravia en 1865, pero nadie en tiempos de Darwin advirtió su importancia y, por ese motivo, las ideas de Mendel no serían redescubiertas y puestas nuevamente en circulación hasta 1900. El profundo significado de la genética mendeliana para la idea darwinista de la selección natural no se reconocería hasta la década de 1920.

LA PÉRDIDA DE LA FE EN EL SIGLO XIX

En 1842, Mary Ann Evans —más conocida por su seudónimo masculino, George Eliot— dejó de asistir a la iglesia. No fue un gesto aislado ni repentino, sino una etapa más en un largo proceso de escepticismo que se venía gestando desde su juventud. La lectura de La vida de Jesús, de David Friedrich Strauss, obra que ella misma traduciría al inglés, fue clave. Strauss planteaba con contundencia que los milagros de la fe cristiana probablemente nunca ocurrieron. Poco antes, el poeta Tennyson había experimentado una crisis similar tras leer Principios de geología, de Charles Lyell, al enfrentarse a una visión naturalista de un mundo en constante transformación, donde incluso las especies enteras desaparecían sin intervención divina.

A lo largo del siglo XIX, la pérdida de la fe, o la muerte de Dios, no supuso sólo un cambio emocional sino igualmente una conversión emocional. Ciertos libros y discusiones marcaron la diferencia, pero hubo asimismo un cambio en el clima de opinión general debida a una sucesión de hechos con frecuencia bastante diferentes entre sí. En 1874, Francis Galton, primo de Darwin, hizo circular entre los casi doscientos miembros de la Royal Society un cuestionario en el que se indagaba sobre su filiación religiosa. Las respuestas le parecieron sorprendentes. El 70 por 100 se describían a sí mismos como miembros de iglesias establecidas, y aunque algunos habían anotado que no tenían filiación religiosa, muchos otros eran no conformistas de uno y otro tipo: wesleyanos, católicos o pertenecientes a alguna otra forma de iglesia organizada. En el mismo cuestionario se preguntaba si creían que su educación religiosa había tenido algún efecto disuasorio sobre sus carreras científicas, una cuestión a la que casi el 90 por 100 de los encuestados respondió que "no, en absoluto"». Entre quienes para una fecha tan avanzada como 1874 todavía creían en Dios, se encontraban Michael Faraday, James Joule, James Clerk Maxwell o William Thomson (lord Kelvin). Luego había tantas razones para perder la fe como personas que perdían la fe. Y aunque algunos estaban más convencidos que otros de la muerte de Dios, hubo quienes consiguieron estar al mismo tiempo contra Dios y contra la ciencia.

En el siglo XIX los creyentes tenían que lidiar con cuestiones más arduas que, por ejemplo, las dudas sobre la verdad literal de la Biblia o la inverosimilitud de los milagros. El ateísmo de los filósofos ilustrados franceses fue un factor importante, pero en Gran Bretaña, dos libros minaron más que cualquier otro los cimientos de la fe cristiana. Uno fue la Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano de Edward Gibbon, publicada entre 1776 y 1788. El otro, los Diálogos sobre la religión natural de David Hume, publicados en 1779, tres años después de su muerte. La obra de Gibbon no ofrecía ningún argumento metafísico o teológico destacado, pero resultó fue demoledor con la fe al desvelar, página tras página, lo despreciables que eran no sólo los héroes cristianos, sino también sus ideales más elevados. Gibbon no identifica de forma repetida casos individuales de maldad cristiana, solo su actitud general. Lo que impactó profundamente a sus lectores fue el constante contraste que Gibbon proponía entre la sabiduría evidente de las culturas precristianas y las supersticiones, anacronismos irracionales y barbarie del cristianismo primitivo.

Si para Kant, conceptos como el de Dios o el de Inmortalidad eran imposibles de probar, algo que puede considerarse como el transfondo profundo de la pérdida de la fe que se manifestaría de forma generalizada en el siglo XIX, el  historiador  Owen  Chadwick  (1916-2015) señala factores específicos de tipo social e intelectual como el liberalismo, el marxismo, el anticlericalismo y la mentalidad de la clase trabajadora, como baluartes sobre los que se sustenta la pérdida de la fe en dicho periodo. El liberalismo dominó el siglo XIX. Se trataba de un término proteico que, en principio, sólo significaba libre en el sentido de libre de impedimentos. Durante la última etapa de la Reforma, la misma palabra vendría a denotar demasiada libertad y a designar comportamientos licenciosos o anárquicos. Sin embargo, el liberalismo debía mucho al cristianismo. Al dividir a Europa por razones religiosas, la Reforma, llegado el momento, constituyó una invitación a la tolerancia, pero desde cierta perspectiva el cristianismo siempre había defendido la idea de una religión interior por encima de la mera celebración de ritos, y fue esta reverencia por la conciencia individual la que al final resultaría fatal, al debilitar el deseo de la pura conformidad. Lo que había empezado siendo libertad de tolerancia se convirtió en amor de la libertad por sí misma, y en la idea de la libertad como derecho (ésta fue una contribución de John Locke, y una de las razones manifiestas que animaron la Revolución Francesa). Todo ello no se consolidó en Europa occidental hasta el período comprendido entre 1860 y 1890. Chadwick aduce que su desarrollo se debió, principalmente, a John Stuart Mill, que publicó su ensayo Sobre la libertad en 1859, el mismo año en que apareció El origen de las especies de Darwin. La reflexión de Mill sobre la libertad, sin embargo, planteaba un nuevo problema: la tiranía de la mayoría sobre el individuo o la minoría, y la coerción intelectual que implicaba. Mill advertía a su alrededor que el pueblo (la chusma) estaba llegando al poder y que podría negar a otros el derecho a mantener una opinión diferente a la suya. Según Mill, la única razón por la que es posible ejercer legítimamente el poder sobre cualquier miembro de una comunidad civilizada en contra de su voluntad es impedir que éste dañe a otros. Su propio bien no es motivo suficiente para ello. Este matiz era muy importante porque implicaba que un hombre libre tiene el derecho de ser persuadido y convencido.

Chadwick anota que la sociedad inglesa se volvió secular entre 1860 y 1880.  Esto se refleja en las novelas escritas en la época, que reflejan hábitos de lecturas y conversaciones del individuo medio, y en las que se aprecia una creciente disposición de las personas devotas a relacionarse y forjar amistades con personas que no lo eran, pero a las que se valora por su sinceridad en lugar de condenarlas por su falta de fe. La prensa contribuyó a avivar y polarizar las batallas intelectuales dotándolas de mayor pasión, consiguiendo que muchos ciudadanos se convirtieran en sujetos políticos al estar mejor informados. Fue, por tanto, una fuerza secularizadora, y reemplazó a la religión por la política como principal preocupación intelectual de la gente común. El periodismo como profesión quedó establecido más o menos por la misma época en la que los maestros empezaron a formar un cuerpo independiente del clero.

A medida que el nivel de alfabetización aumentaba y el periodismo respondía en consecuencia, las ideas acerca de la libertad experimentaron un nuevo giro. Se descubrió que la libertad individual, en el sentido que se le daba en economía o en cuestiones relativas a la conciencia o la opinión, no era lo mismo que libertad política o psicológica. A través de los periódicos, la gente empezó a comprender mejor que nunca que el desarrollo industrial, por sí solo, únicamente había ayudado a ampliar la brecha que separaba a ricos y pobres. Esto provocó un profundo cambio en las mentes liberales y, de hecho, empezó a modificar el significado mismo del liberalismo, lo que, según Chadwick, marcó el comienzo de lo que podríamos denominar pensamiento colectivista, cuando la gente empezó a sostener cada vez con más fuerza que el gobierno debía intervenir para mejorar el bienestar general. Fue esta nueva forma de pensar lo que hizo que el marxismo resultase más atractivo, y también su idea fundamental de que la religión era básicamente falsa, que se convirtió en otro factor más del proceso de secularización.

EL SIGLO DE LA SECULARIZACIÓN DEFINITIVA

Para Marx, la popularidad de la religión se justificaba en que resultaba un síntoma más de la enfermedad de la vida social. Ayuda a los pacientes a soportar lo que de otro modo resultaría insoportable, dejó escrito. La sociedad capitalista necesitaba la religión para mantener a las masas en su lugar, ya que al ofrecerles algo en la otra vida, conseguía que aceptaran con mayor facilidad la suerte que les había correspondido en ésta. El cristianismo (como la mayoría de las religiones) aceptaba las divisiones existentes en la sociedad, consolaba a los desposeídos con la idea de que sus desgracias eran o bien el justo castigo por sus pecados o una especie de prueba que ennoblecería y elevaría sus espíritus en el más allá. Al ofrecer una vida secular alternativa, el marxismo dio origen a la vinculación definitiva entre socialismo y ateísmo, politizando la religión.

Pero Marx, por supuesto, no estaba solo. En La condición de las clases trabajadoras en Inglaterra en 1844, Engels informaba de una indiferencia total hacia la religión casi universal, a lo sumo algún rastro de deísmo poco desarrollado para ser algo más que meras palabras. Los ateos absolutos nunca habían sido muy comunes pero, hacia mediados de la década de 1850, se fundaron a lo largo de Gran Bretaña las primeras sociedades seculares. Paradójicamente, estos grupos tenían una vena puritana y muchos de ellos estaban ligados al movimiento en contra del consumo de alcohol. Este proceso tuvo su punto culminante hacia 1883-1885, cuando se permitió que los ateos ocuparan escaños en el Parlamento. Otro factor de carácter general que contribuyó a crear un mundo más secular fue la urbanización de Europa. Las estadísticas de Alemania y Francia muestran un descenso constante de la asistencia a las iglesias, más pronunciado en las grandes ciudades, y en paralelo al descenso en el número de sacerdotes ordenados. Por ejemplo, la población de París aumentaría en un un 100% entre los años 1861 y 1905, mientras el número de parroquias sólo lo hizo en un 33% y, el de sacerdotes, en un 30%. 

Las creencias de George Eliot, como hemos visto, se vieron afectadas por el libro de David Strauss sobre La vida de Jesús, pero su caso no fue típico. Una reacción común fue la de los suizos, cuyas amenazas de disturbios provocaron que Strauss fuera liberado de su cátedra antes incluso de haberla ocupado. La mayoría de los libros del siglo XIX que hoy consideramos importantes por haber contribuido al declive de las creencias religiosas, no ejercieron una influencia directa sobre las masas de personas. El público no leía a Lyell, Strauss o Darwin. Pero sí leían a los divulgadores de sus teorías, como Karl Vogt (Darwin), Jakob Moleschott (Strauss) o Ludwig Büchner (Lyell). Tenían lectores porque eran autores dispuestos a ir más allá de Darwin o Lyell. El origen de las especies o los Principios de geología no atacaban la religión por sí mismos. Las ideas problemáticas estaban en ellos, pero fueron los divulgadores quienes interpretaron estas obras y explicaron con detalle sus implicaciones a una audiencia más amplia. Fueron, por tanto, los popularizadores quienes alertaron a las clases medias victorianas de que había formas alternativas de explicar por qué el mundo era como era. No afirmaban que toda la religión estuviera equivocada, pero planteaban serias dudas sobre la exactitud, veracidad y verosimilitud de los hechos narrados en la Biblia, por ejemplo.

El más destacado de todos ellos fue, sin duda, el alemán Ernst Haeckel, quien en 1862, sólo tres años después de la aparición de El origen de las especies, publicó una Historia natural de la creación. Él fue quien acuñó el término ecología para referirse al estudio de la interacción entre los organismos vivos -animales y plantas- y su ambiente -los seres inorgánicos-. La obra mencionada, una interesante polémica en favor de Darwin que explicaba con gran claridad sus implicaciones, tuvo nueve ediciones y fue traducida a doce lenguas. En su época, Haeckel llegó a ser igual de famoso que Darwin, pero mucho más leído: la gente acudía en tropel a escuchar sus conferencias. Otro popularizador notable fue Ernest Renan, que hizo por Strauss lo que Haeckel por Darwin. Destinado al sacerdocio, Renan perdió la fe y dedicó varios libros a manifestar sus nuevas convicciones, siendo el más influyente su Vida de Jesús (1863). Aunque sostuvo diferentes cosas en diferentes momentos, al parecer lo que acabó con la fe de Renan fueron sus estudios de historia. Su libro sobre Jesús causó un efecto similar en muchos otros autores y su influencia se debió, muy probablemente, tanto al exquisito francés de su autor como al hecho de que se ocupaba de Jesús en tanto figura histórica. La obra negaba que realizase actos sobrenaturales y presentaba de forma clara las investigaciones académicas que planteaban dudas sobre su divinidad, mostrando a Jesús desde una perspectiva amable como una cumbre de la humanidad, cuyo espíritu y enseñanzas morales habían cambiado el mundo. Es muy probable que la evidente simpatía que Renan sentía por la figura de Jesús hiciera más aceptables los defectos que la obra identificaba en el relato bíblico. Pero además, el libro acababa con la necesidad de las iglesias, los credos, los sacramentos y los dogmas. Al igual que Comte, Renan pensaba que el positivismo podía servir de base a una nueva fe. Uno de sus argumentos centrales era que Jesús fue un líder moral, un gran hombre, pero en ningún sentido un ser divino: la religión tal y como existía en el siglo XIX no tenía ninguna relación con él. La forma de religión propuesta por Renan era una especie de humanismo ético que resultaba aceptable para muchas personas educadas. 

Otro elemento de la secularización del siglo XIX se relaciona con la revisión del dogma como afirmación de creencias o doctrinas, es decir, con un sentido positivo. Si bien la jerarquía católica tenía mucha experiencia enfrentándose a dogmas heréticos, se vio sobrepasada por los ataques directos a la noción misma de dogma. Los métodos de las ciencias positivas se convertían en una alternativa válida a las verdades reveladas de la religión. No resultó difícil que la jerarquía católica reaccionase con mala gana y formas poco generosas. En Gran Bretaña, en mayo de 1864, un editorial del Saturday Review criticó la terquedad e incapacidad de la Curia romana para aceptar los avances de la ciencia moderna, en particular los descubrimientos de Galileo, que para entonces tenían ya centenares de años. De esta forma, clericalismo se convirtió en sinónimo de oscurantismo y obstruccionismo, y la acusación fue más allá de la Iglesia católica romana y se amplió a todas las iglesias que se oponían al pensamiento moderno, incluido el político.

En 1848, el año de la revolución en toda Europa, los italianos emprendieron su guerra de liberación contra Austria, lo que puso al papa Pío IX en una posición poco envidiable: ¿de parte de quién se pondría el Vaticano dado que tanto Italia como Austria eran hijos de la Iglesia? A finales de abril de ese mismo año, Pío IX declaró que, como pastor supremo de la Iglesia, no podía declarar la guerra a ningún correligionario. Para muchos nacionalistas italianos esto fue demasiado y se volvieron contra el Vaticano: era la primera vez que el anticlericalismo se manifestaba en Italia. En Francia el anticlericalismo puso patas arriba la religión establecida. Además de los ataques intelectuales a la autoridad de la Iglesia —Strauss, Darwin, Renan, Haeckel—, en Francia los clérigos católicos fueron expulsados sistemáticamente de todas las instituciones de educación superior, lo que implicó que, con el paso del tiempo, el acceso de la Iglesia a las mentes de los jóvenes fuese cada vez menor. La Iglesia francesa estaba pagando el hecho de que, en el siglo XVIII, una enorme mayoría de los obispos del país proviniesen de la aristocracia. Diezmada por la Revolución, el Papa se vio forzado a anatematizar a toda la jerarquía galicana y se negó a consagrar a nuevos obispos. La Iglesia francesa cortó sus lazos con Roma durante un tiempo, pero esto sirvió muy poco para reducir el sentimiento anticlerical en el país, dado que para gran parte de la gente común Roma estaba más lejos de lo que había estado nunca.

Pío IX era liberal (fue elegido a los cincuenta y cinco años, una edad relativamente joven para un Papa), pero los acontecimientos de 1848 lo cambiaron, al igual que al resto de italianos. Pío dio carta blanca a un triunvirato de cardenales para que restaurara el gobierno absoluto en Roma. Sin embargo, como esta decisión se tomaba en un contexto político en el que los poderes tradicionales estaban perdiendo autoridad (ejemplos de ello eran la guerra de independencia italiana contra Austria y la unificación de Alemania), solo consiguió suscitar nuevas oleadas de anticlericalismo. En 1857, Gustave Flaubert retrató en Madame Bovary a un pueblo que la mayor parte del tiempo era anticlerical, aunque se bautizara a los niños y los sacerdotes continuaran aplicando la extremaunción a los moribundos. Estaba claro que, en Francia, la indiferencia hacia la religión había estado creciendo entre la gente común: el mismo fenómeno que Engels había advertido en Inglaterra una década antes. El anticlericalismo llegó a su apogeo en Francia en las últimas décadas del siglo con la secularización de las escuelas. Perder las escuelas fue, para el Vaticano, el golpe definitivo a su influencia en el país y la razón por la que, hacia mediados de la década de 1870, se crearon por toda Europa universidades católicas, en un desesperado intento de recuperar el terreno perdido. Pero esto sólo creó un nuevo campo de batalla en el que sacerdotes y maestros de escuela se enfrentaban entre sí. Los maestros, liderados por el ministro de Educación de la Tercera República, Jules Ferry, resultaron vencedores. Al igual que Comte, Ferry estaba convencido de que las eras teológica y metafísica eran cosa del pasado y que las ciencias positivas debían ser la base del nuevo orden. Despidió a más de cien mil docentes religiosos de sus puestos y el Vaticano respondió fundando institutos católicos en París, Lyón, Lille, Angers y Toulouse. Cada uno de ellos disponía de una facultad de teología, independiente de las universidades estatales, cuya tarea era desarrollar sus propias investigaciones para contrarrestar lo que estaba ocurriendo en los ámbitos de la ciencia y de la historiografía bíblica. Con ello, el Vaticano definió la ortodoxia católica dentro de los límites de la teología escolástica, con lo que proporcionaba una respuesta lógica y sistemática a las cuestiones planteadas por los estudios modernos. Asimismo, elaboró las doctrinas de la autoridad papal y del magisterium (la autoridad de la Iglesia en materia de dogma y moral) y afirmó que únicamente la Iglesia y sus líderes eran los herederos de la autoridad de los apóstoles de Jesús en cuestiones religiosas. De forma gradual, la Iglesia empezó a referirse a una nueva era de herejía, cuya identificación corrió a cargo principalmente de la prensa católica conservadora. Con este enfoque, el Vaticano cometió un error fatal, el de caracterizar a sus críticos como un grupo de conspiradores que pretendían minar a la jerarquía eclesiástica. Sin embargo, el verdadero enemigo del Vaticano era la naturaleza misma de su autoridad en aquel nuevo clima intelectual. El papado insistió una y otra vez en que detentaba una autoridad tradicional e histórica debido a la sucesión apostólica, idea que se llevó al extremo con la doctrina de la infalibilidad papal, expuesta por primera vez en el concilio Vaticano Primero en 1870. En una época en la que estaban surgiendo democracias y repúblicas por todo el mundo, el Vaticano pretendió resucitar las medievales teorías de gobierno monárquicas, tanto dentro como fuera de la Iglesia. De hecho, en su encíclica Quanto conficiamur, Pío IX se remontó a Unam sanctam, la bula papal emitida por Bonifacio VIII en 1302, con la que buscaba resucitar la noción medieval de la supremacía absoluta del papado. En Testem benevolentiae, por su parte, León XIII descartó cualquier posibilidad de democratizar la Iglesia con el argumento de que la autoridad absoluta era la única salvaguardia eficaz contra la herejía.

Fue en estas circunstancias como el anticlericalismo ganó fuerza en Italia y define el contexto en el qe Pío IX convocó el primer concilio general celebrado en el Vaticano, que dio lugar a dos declaraciones famosas: la primera, que la Iglesia de Cristo no es una comunidad de iguales en la que todos los fieles tienen los mismos derechos porque, a algunos, se les había otorgado el poder de Dios para santificar, enseñar y gobernar; la segunda, la más conocida, decía que "es dogma revelado por Dios que el Romano Pontífice, cuando habla ex cathedra (...) posee (...) infalibilidad". Estas son las circunstancias en que la infalibilidad del Papa se convirtió en artículo de fe para todos los católicos. Explica también por qué, en 1879, León XIII sumó a la infalibilidad papal la idea de que santo Tomás de Aquino había de ser el guía dominante del pensamiento católico moderno (encíclica Aeterni Patris), lo que suponía retroceder al pensamiento propio de la Edad Media, anterior a la Ilustración, la Reforma y el Renacimiento. La teología escolástica había sido un ejercicio especulativo precientífico, puramente intelectual, y aunque destacaba como intento de conciliar el cristianismo con otras formas de pensamiento, sus conclusiones eran notables más por su ingenio que por su veracidad. El resultado de este retorno al pasado fue que el pensamiento católico volvió a ser un sistema circular, cerrado y autorreferencial, a cargo principalmente de los teólogos jesuitas. Los más influyentes fueron los tomistas (entre los que destacaba Perugia Gioachino Pecci, quien se convertiría en León XIII) que se oponían de manera implacable a los desarrollos del pensamiento moderno. Las ideas modernas, insistían, debían rechazarse sin excepción.

La principal característica del neotomismo era su oposición a cualquier idea de evolución y cambio. Dirigió su mirada al pasado, más allá del siglo XII, a Aristóteles, para afirmar la idea de verdades intemporales defendida por el escolasticismo. Después de Aeterni Patris se ordenó a los obispos nombrar como maestros y sacerdotes sólo a quienes se hubieran formado en "la sabiduría de santo Tomás". De ese modo se mostraba que, cuando las nuevas ciencias entraban en conflicto con la fe, eran ellas las que se equivocaban. Más aún. En 1893, León XIII dio a conocer la encíclica Providentissimus Deus con el propósito de contener las nuevas investigaciones relativas a la Biblia. Más de treinta años después de la publicación de El origen de las especies y casi sesenta desde la aparición de las obras de Strauss y Lyell, el papa declaraba en ella que era imposible alcanzar una comprensión provechosa de las Sagradas Escrituras por medio de la ciencia terrenal. La sabiduría, decía el texto, venía de lo alto y -por supuesto- el papa era infalible. Una forma de acallar el debate sobre la veracidad de la Biblia fue la Comisión Bíblica, nombrada por León XIII en 1902. En una carta apostólica titulada Vigilantiae, el papa anunció que la tarea de la comisión de estudiosos sería la de interpretar el texto divino de acuerdo con "las exigencias de nuestra época". El dilema al que se enfrentaba el Vaticano a finales del siglo XIX — el siglo de Lyell, Darwin, Strauss, Comte, Marx, Spencer, Quetelet, Maxwell y tantos otros pensadores y científicos— era que la estrategia destinada a mantener en la Iglesia a quienes todavía conservaban la fe nunca resultaría aceptable para aquellos que ya habían dejado el rebaño y que la única alternativa posible era la contención. En 1903 Pío X se convirtió en papa convencido de que el número de los enemigos de la cruz de Cristo se había multiplicado excesivamente en tiempos recientes, y se impuso la tarea de continuar la lucha de su predecesor contra el modernismo. 

Para 1907, las ciencias estaban realizando descubrimientos a gran velocidad: el electrón, el cuanto, el inconsciente y, quizá el más destacado de todos en ese momento, el gen, que permitía explicar por fin cómo operaba la selección natural propuesta por Darwin. Sin embargo, más allá de la Iglesia católica, eran pocos los que prestaban atención a las palabras del papa. Mientras el Vaticano peleaba con su propia crisis moderna, los movimientos artísticos vanguardistas, conocidos como modernismo, marcaban la llegada de una sensibilidad nueva. Como Nietzsche había predicho, la muerte de Dios desencadenó fuerzas nuevas: "El cristianismo resolvió que el mundo era malo y feo, y lo hizo malo y feo". Algunas de estas fuerzas serían el socialismo de corte marxista y una psicología supuestamente científica que tenía su propia versión del alma: el freudismo.

EL HUMANISMO MUSULMÁN EN EL SIGLO XIX

La guerra de Crimea en la década de 1850 fue un conflicto crucial porque, por primera vez en la historia, se produjo una alianza entre fuerzas cristianas e islámicas, cuando Turquía se unió con Francia e Inglaterra en contra de Rusia. Como resultado, los musulmanes descubrieron que eran muchísimas las cosas que podían aprender de los europeos, no sólo en lo relativo al armamento, tácticas de combate y medicina, sino también en otras esferas de la vida.

En Turquía, por ejemplo, surgió el movimiento Tanzimat, reforma. El país creó un Consejo Supremo de Reforma, se reorganizó de acuerdo con el modelo francés y se limitó el ámbito de aplicación de la sharia al derecho familiar. La figura clave fue Namik Kemal (1840-1888), quien editaba un diario, Libertad, cuyas metas eran la búsqueda del desarrollo tecnológico, la libertad de prensa, la separación de poderes, la igualdad ante la ley y una reinterpretación del Corán coherente con una democracia parlamentaria. El mensaje más importante de Kemal era que no todo estaba predeterminado por Dios. Por su parte, Ishak Efendi, un bashoca (instructor) de la Escuela Imperial de Ingeniería Militar que en 1834 publicó su obra Mecmua-i Ulum-i Riyaziye, que introdujo las ciencias modernas en el mundo musulmán. Doce años después, Kudsi Efendi escribió Asrar al-Malakut, en el que intentó reconciliar el sistema copernicano con el islam. 

En 1839, Turquía seleccionó a treinta y seis estudiantes de las escuelas militares y de ingeniería para que estudiaran en París, Londres y Viena, y en 1845 se creó un Consejo Temporal de Educación para examinar la idea de educación pública. El primer libro de química moderna publicado en turco apareció en 1848 y el primer título de biología moderna lo hizo en 1865. La construcción de fábricas siguió el modelo occidental en la década de 1860. En 1867 se fundó en Estambul una escuela de medicina civil, y dos años después se abrieron las inscripciones para la Darülfünân, la universidad. Los cursos se iniciaron en 1874-1875, con escuelas de letras, derecho e ingeniería civil (basada en el modelo francés). En 1866 se creó un consejo de traducción; en 1869 se adoptó el sistema métrico; y en 1885, cuando Pasteur descubrió la vacuna para la rabia, los turcos enviaron una delegación de médicos a París para conocer la nueva información y entregarle al gran científico una condecoración.
Contemporáneo de Namik Kemal fue el iraní Malkom Khan (1844-1908), muy influido por Aguste Comte. Educado en París, escribió un Libro de reforma en el que defendía la separación de poderes y el derecho secular, y abogaba por una Declaración de Derechos. Al igual que Kemal, publicó un periódico, Qanun (Ley), en el que propuso la creación de dos asambleas, una asamblea popular y otra de ulemas.

Una figura similar a ambos fue la del tunecino Khayr al-din al- Tunisi (1822-1890), que también estudió en París y quien, como ya hiciera Aristóteles en la Grecia clásica, realizó un estudio comparativo de veintiún estados europeos y sus respectivos sistemas políticos. En su opinión, los musulmanes se equivocaban al rechazar los logros de otras culturas simplemente por el hecho de no ser musulmanas y recomendaba que el mundo islámico se apropiara de lo mejor que Europa tenía que ofrecer.

En total, en este período surgieron más de cincuenta pensadores de primer orden en el mundo islámico partidarios de la modernización del islam, con figuras eminentes -aparte de los ya mencionados- como Qasim Amin en Egipto, Mahmud Tarzi en Afganistán, Sayyid Khan en la India, Achmad Dachlan en Java y Wang Jingshai en China. No obstante, los tres modernistas islámicos de más influencia fueron: el iraní Sayyid Jamal al-Din al-Afghani (1838-1897), el egipcio Muhammad Abduh (1849-1905), y Muhammad Rashid Rida (1865-1935), quien nació en el Líbano, pero pasó la mayor parte de su vida adulta en Egipto; todos ellos merecerían ser mejor conocidos en Occidente.

El principal mensaje de Al-Afghani era que el éxito de Europa se debía básicamente a dos cosas, su ciencia y sus leyes, y sostenía que ambas tenían su origen en la Grecia y la India antiguas. "La ciencia no conoce fin o límite", decía en 1882, "la ciencia gobierna el mundo. No hubo, hay ni habrá gobernante en el mundo sin ayuda de la ciencia". También dijo: "Los ingleses han llegado a Afganistán, los franceses se han apoderado de Túnez. Pero en realidad esta usurpación, agresión y conquista no han sido logradas por los franceses o los ingleses, sino que es la ciencia la que en todas partes manifiesta su grandeza y poderío". AlAfghani quería que todo el islam reconsiderara su posición. Creía que la mente es el motor del cambio histórico, y afirmaba que el islam necesitaba reformarse. Se burlaba de los ulemas de su época que estudiaban los textos antiguos pero desconocían las causas de la electricidad o los principios de la máquina de vapor. ¿Cómo, se preguntaba, pueden esta clase de personas autodenominarse sabios? Los comparaba a una vela con una mecha muy pequeña incapaz de alumbrar a su alrededor ni de dar luz a otros. Al-Afghani estudió en Francia y Rusia y durante su estancia en París trabó amistad con Ernest Renan. Al-Afghani sostuvo específicamente que la persona religiosa era como el buey sujeto al arado, "sujeto al dogma del que es esclavo", cuyo destino era caminar siempre en el surco que se le había trazado por adelantado. Culpaba al islam de haber puesto fin a la era dorada de Bagdad, consideraba que las escuelas de teología reprimían el avance de la ciencia, y abogaba por una filosofía no dogmática que promoviera la indagación científica.

Muhammad Abduh también estudió en París, donde publicó un famoso diario llamado El vínculo más fuerte, en el que hacía campaña contra el imperialismo pero también a favor de la reforma religiosa. Al regresar a Egipto, se convirtió en un destacado juez y participó en el cuerpo directivo del colegio-mezquita de al-Azhar, uno de los centros de estudio más influyentes del mundo árabe. Era partidario de que las niñas recibieran educación y también de las leyes seculares, más allá de la sharia. El derecho y la política le interesaron especialmente. Defendió la necesidad de una reforma jurídica en Egipto y de disponer leyes más claras y simples, que evitaran lo que consideraba las ambigüedades del Corán. Pensaba que Egipto debía imitar a Francia, que tras la Revolución había conseguido pasar de una monarquía absoluta, luego a una monarquía restringida y finalmente a una república libre. Su deseo era que el derecho civil, acordado por todos de forma lógica, dirigiera la mayor parte de la vida del país. En su sistema jurídico no se menciona al profeta, el islam, las mezquitas o la religión. 

Muhammad Rashid Rida asistió en el Líbano a una escuela que combinaba la educación moderna con la religiosa. Hablaba varias lenguas europeas y tenía amplios estudios de ciencias. Tuvo una estrecha relación con Abduh, de quien escribió una biografía. También él tuvo su propio diario, al-Manar (La almenara), en el que difundió sus ideas acerca de la reforma hasta su muerte. 

Rida opinaba que estaba en marcha una renovación social, política, cívica y religiosa muy necesaria, que permitiría a la sociedad "ascender por los caminos de la ciencia y el conocimiento". Advirtió que, aunque los británicos, franceses y alemanes preferían la mayor parte de las veces sus propias formas de pensar y de hacer las cosas, todos ellos también estaban abiertos a influencias extranjeras. Reconocía que había hombres a los que consideraba heréticos pero de quienes le gustaba su forma de pensar y que le habían sido de gran ayuda. Rida -en cierto modo- se parecía un poco a Erasmo. Importante fue el hecho de que Rida sostuviera que la sharia tenía muy poco o nada que decir a propósito de la agricultura, la industria y el comercio, que debían dejarse a la experiencia del pueblo. El estado, sostuvo, consistía precisamente en ello: las ciencias, las artes y las industrias, los sistemas financieros, administrativos y militares. En el islam esto era un deber colectivo y pecado era desatenderlo. La única regla que había siempre que tener en mente era "la necesidad permite lo no permitido".

El logro colectivo del modernismo en el mundo islámico puede resumirse en cinco aspectos. 

  1. El renacimiento cultural. Ésta fue una tentativa de revivir la cultura y las artes islámicas, principalmente teniendo como referencia lo ocurrido en la Ilustración europea. Por ejemplo: la práctica de la hagiografía cambió para convertirse en algo muy parecido a la biografía moderna; se desarrolló una tradición de relatos de viajes en el mundo árabe, que abiertamente manifestaban su maravilla ante la prosperidad de Europa y Norteamérica: las lámparas de gas, los ferrocarriles, los barcos de vapor. En el Líbano empezaron a presentarse las primeras obras de teatro en 1847, con una adaptación de un drama francés; en India se representó una primera pieza en urdu en 1853; y en 1859 se presentó la primera obra en turco. Con el desarrollo de la prensa rotativa, surgió una nueva prensa periódica en el mundo árabe (como ocurrió también en Europa). Los títulos de estas publicaciones son significativos: Libertad, Advertencia, El intérprete. Argelia incluso tuvo un periódico reformista, El crítico. 
  2. El constitucionalismo. En este contexto constitucionalismo significa un gobierno limitado por la ley, lo que hoy denominaríamos separación de poderes, y compuesto por parlamentarios elegidos en lugar de reyes, jeques o líderes tribales. Los constitucionalistas decidieron específicamente despreocuparse de la idea de paraíso, y sostuvieron que lo que importaba en realidad era la equidad aquí en la tierra, en esta vida. Las propuestas constitucionalistas se produjeron, o aprobaron, en Egipto en 1866, en Túnez en 1861, en el Imperio otomano en 1876 y en 1908, en Irán en 1906 y de nuevo en 1909. En Afganistán se suprimió un movimiento de carácter modernista en 1909. 
  3. La ciencia y la educación. En los países musulmanes las ideas de Darwin despertaban gran preocupación debido a que muchos estudios islámicos, convencidos por el darwinismo social de Herbert Spencer, pensaban que, dado que sus sociedades eran anticuadas, éstas estaban condenadas a desaparecer. Por tanto, consideraban que era urgente apropiarse de los conocimientos de las ciencias occidentales, en particular, que se los enseñara en las nuevas escuelas. Entre los modernistas islámicos la sociología se convirtió en una disciplina muy popular; en especial se seguía a Comte, cuya idea de que las sociedades podían dividirse en tres etapas progresivas era muy apreciada. Afghani opinó que el hombre no era diferente a los demás animales y que, por tanto, podía estudiarse de la misma forma que ellos, y sostuvo que los más aptos serían los que sobrevivirían. Al igual que Marx y Nietzsche, pensaba que, al final, la vida era una cuestión de poder. Abduh visitó a Herbert Spencer, cuya obra tradujo. Más importante aún fue que los modernistas sostuvieron que las leyes eran consecuencia de la naturaleza humana, del estudio de las regularidades de la naturaleza, y que era de esta forma y no a través del Corán como Dios se revelaba al mundo. 
  4. El Corán. Al igual que estaba ocurriendo en Occidente con la Biblia, en el siglo XIX los textos del Corán y los hadith se convirtieron en objeto de importantes estudios críticos. Rida fue un crítico implacable de los hadith, un conjunto de textos introducidos por figuras posteriores al profeta, a los que consideraba uno de los principales culpables del atraso del islam. En lo que respecta al Corán mismo, la opinión de Rida era que el texto era sólo una guía, no un mandato. Al-Saykh Tartawi Jawhari (1870-1940) realizó una exégesis del Corán en veintiséis volúmenes, basada en la ciencia moderna. 
  5. Las mujeres. El siglo XIX fue testigo del surgimiento de la escolaridad femenina en varios países islámicos, aunque no en todos. También vio la aparición de organizaciones de mujeres en Bengala y Rusia, y el fin de la poligamia en la India. El sufragio femenino apareció en Azerbaiyán en 1918 (antes incluso que en Francia, donde las mujeres tendrían que esperar hasta 1947 para poder votar, y en Suiza, donde su aprobación fue todavía más tardía). En 1896, en el Líbano, y en 1920, en Túnez, se realizaron campañas a favor de que las mujeres tuvieran libre acceso a las profesiones.

Quizá mis caros lectores se pregunten qué pasó con este movimiento modernista en los países islámicos. Una respuesta breve es que floreció hasta la primera guerra mundial y luego se fragmentó. La cuestión es que, a finales del XIX, tanto el cristianismo como el islam fueron objeto de una avalancha de ataques constantes. ¿Quién puede decir, en la actualidad, qué fe consiguió resistir con más éxito esas críticas?