Para quienes nos iniciamos en la red en los primeros años noventa —cuando el protocolo http era una extravagancia académica y la comunicación global se sostenía sobre la arquitectura sobria de Usenet, Telnet y Gopher—, internet representaba una promesa de conocimiento distribuido. Era una comunidad regida por la netiquette, donde la barrera de entrada no era monetaria ni estética, sino técnica, y donde el intercambio de información tenía un valor real.
Tres décadas después, esa autopista de la información se ha convertido en un mercado de la atención dominado por el ruido, el postureo vacante y la mediocridad algorítmica. ¿Cómo pasamos de la biblioteca global a la granja de clics?
La tentación invita a responder con nostalgia, y la nostalgia es mala consejera: quien la usa como método acaba escribiendo el elogio de un pasado que no existió. Conviene, por tanto, empezar por lo contrario de la nostalgia, que es la cronología. Porque el deterioro tiene fechas, tiene nombres propios, tiene decisiones documentadas —algunas tomadas en despachos universitarios, otras en hilos de correo interno que hoy son prueba judicial— y tiene, sobre todo, una lógica económica que puede describirse sin recurrir a la metafísica del declive.
I. Genealogía de una pérdida
La red que se gobernaba a sí misma
Usenet nació en 1979 de la impaciencia de dos estudiantes de posgrado de Duke University, Tom Truscott y Jim Ellis, que querían un tablón de anuncios entre dos máquinas. En 1980 el sistema estaba en marcha; el software original, «A News», estaba diseñado bajo la hipótesis —hoy conmovedora— de que ningún grupo recibiría más de unos pocos artículos al día. En 1981 hubo que reescribirlo entero porque la hipótesis había reventado.
Lo notable de aquella red no era su capacidad técnica, sino su forma de gobierno. En 1987, la llamada Gran Renombración reorganizó todos los grupos en siete jerarquías —comp, misc, news, rec, sci, soc, talk—, y el proceso de creación de un grupo nuevo era deliberativo hasta la exasperación: se proponía, se discutía, se votaba. Aquel mismo año, hartos de la lentitud del comité, Brian Reid y John Gilmore se reunieron en una barbacoa de Mountain View y decidieron montar un enlace directo entre sus dos máquinas para distribuir una jerarquía paralela que nadie pudiera vetar. La llamaron alt. Reid lo formuló con una claridad que resume el espíritu entero de aquella red: «lo bueno de la red alt es que creas un grupo y nadie puede matarlo; solo puede morir cuando la gente deja de leerlo».
Esa era la barrera de entrada de la que hablábamos: no monetaria, no estética, sino técnica y cultural a la vez. Había que saber configurar un lector de noticias, y había que saber comportarse. Lo segundo se aprendía por corrección pública y por vergüenza, que son los dos mecanismos de aculturación más eficaces que ha inventado nuestra especie.
La netiqueta como acta de defunción
Existe un documento fundacional de esa cultura, y su fecha lo dice todo. El RFC 1855, «Netiquette Guidelines», redactado por Sally Hambridge, de Intel, se publicó en octubre de 1995. Contiene instrucciones que hoy suenan a otro planeta: no escribas en mayúsculas, porque parece que gritas; espera a mañana antes de enviar una respuesta escrita en caliente; si incluyes firma, que no pase de cuatro líneas; nunca envíes cartas encadenadas, porque están prohibidas en internet.
Ahora bien: si la netiqueta se codificó en un documento formal en octubre de 1995, es porque para entonces ya había dejado de ser tácita. Un grupo humano no escribe sus normas mientras las comparte; las escribe cuando llegan los que no las comparten. El RFC 1855 no es el acta fundacional de una comunidad: es su certificado de defunción, redactado con una prosa técnica que hace más triste el asunto.
Cuando se publicó, ya habían pasado tres cosas.
Septiembre eterno, y la mala memoria de los archivistas
La primera es la más famosa. Durante los años ochenta, la única perturbación previsible del ecosistema de Usenet ocurría cada septiembre, cuando los estudiantes de primero de las universidades norteamericanas recibían su cuenta y se lanzaban a la red sin saber nada. La comunidad los digería en unas semanas. Luego llegó America Online, y con ella una afluencia continua de recién llegados que nunca terminaba de digerirse. El 25 de enero de 1994, un usuario llamado Dave Fischer lo formuló en alt.folklore.computers con una frase que se ha convertido en el mito de origen de todo lo que vino después: «Septiembre de 1993 pasará a la historia de la red como el septiembre que nunca terminó».
Merece la pena detenerse aquí, porque el detalle es delicioso y contiene una lección. El historiador Kevin Driscoll ha demostrado que la pasarela de AOL hacia Usenet no se abrió en septiembre de 1993, sino el 28 de febrero de 1994, tras semanas de pruebas. La comunidad más obsesivamente archivística de la historia de la informática —una comunidad que guardaba cada mensaje, cada cabecera, cada firma— conservó mal la fecha de su propia caída del Edén. Y no solo la fecha: Driscoll señala que la Usenet de 1994 tampoco era ninguna utopía, sino un lugar bastante hostil, con una jerarquía informal de prestigio según el proveedor de acceso desde el que uno escribiera.
Conviene retener ese matiz, porque el resto de este ensayo sostiene una tesis severa sobre el presente, y una tesis severa sobre el presente no necesita apoyarse en una fantasía sobre el pasado.
El primer spam y el primer banner
La segunda cosa que había pasado ocurrió el 12 de abril de 1994. Dos abogados de Arizona, Laurence Canter y Martha Siegel, publicaron un anuncio de sus servicios de tramitación de la lotería de visados —«Green Card Lottery – Final One?»— en al menos 5.500 grupos de Usenet. El detalle técnico es el que importa: no usaron crosspost, que habría hecho aparecer el mensaje una sola vez a cada lector. Usaron un script en Perl para publicar un mensaje independiente en cada grupo, de modo que quien estuviera suscrito a treinta lo viera treinta veces. Ese es el pecado original: no la publicidad, sino la escala automatizada indiferente al coste que impone al otro.
La reacción de la comunidad fue proporcional a su cultura: los servidores de correo de su proveedor se cayeron dos días seguidos por el volumen de quejas y le cancelaron el servicio. Cuando reincidieron en junio, un noruego llamado Arnt Gulbrandsen escribió un cancelbot que borró los mensajes en cuestión de minutos. Pero Canter declaró en diciembre de aquel año haber ganado «entre cien mil y doscientos mil dólares» con una campaña que le costó céntimos, fundó una empresa de marketing en red y publicó un libro titulado, sin ironía, Cómo hacer una fortuna en la autopista de la información. En 1997 el Tribunal Supremo de Tennessee lo inhabilitó como abogado. Nunca manifestó arrepentimiento alguno.
La tercera cosa ocurrió el 27 de octubre de 1994, cuando HotWired —la filial en línea de la revista Wired— publicó el primer banner publicitario de la historia. Lo pagó AT&T, treinta mil dólares por doce semanas, y decía: «¿Has hecho clic con el ratón aquí alguna vez? LO HARÁS». Sus creadores recuerdan tasas de clic del setenta u ochenta por ciento durante las dos o tres primeras semanas, estabilizadas después en torno al cuarenta y cuatro por ciento; ninguna de esas cifras procede de una medición auditada, todas son recuerdos recogidos veinte años después. La cifra que sí está medida es la de hoy: alrededor del 0,1 %.
Ahí está, en una sola serie estadística, la historia entera de la economía de la atención. Empezamos haciendo clic en uno de cada dos anuncios porque el anuncio era una novedad; hoy hacemos clic en uno de cada mil porque el anuncio es el medio. Y como el rendimiento por impresión cayó tres órdenes de magnitud, la única forma de sostener el negocio fue multiplicar las impresiones por tres órdenes de magnitud. Todo lo que sigue en este ensayo es consecuencia aritmética de esa compensación.
Gopher, o cómo se mata un estándar abierto en dos meses
Antes del http estaba Gopher, creado en 1991 en la Universidad de Minnesota por el equipo de Mark McCahill: un sistema de menús jerárquicos, austero, rapidísimo, con un buscador propio —Veronica— que indexaba los títulos de casi todos los menús del mundo. En abril de 1994 había 6.958 servidores Gopher conocidos. En septiembre de 1993, Gopher todavía iba por delante de la Web en el tráfico del backbone de NSFNET: puesto 10 frente al puesto 16.
Entonces ocurrieron dos cosas separadas por escasas semanas.
En febrero de 1993, la Universidad de Minnesota anunció que cobraría licencia por el uso de su implementación del servidor. El texto de la política es lo más revelador del asunto, porque no fijaba ningún importe: las instituciones educativas no pagarían nada; las empresas pagarían una tarifa en escala móvil; y a los servidores comerciales se les decía literalmente: «No sabemos qué cantidad es razonable, así que tenéis que decírnoslo vosotros y negociar caso por caso». Bob Alberti, miembro del equipo original, resumió el efecto en cuatro palabras: «Aquello mató socialmente a Gopher». No hizo falta cobrar nada. Bastó la incertidumbre.
El 30 de abril de 1993 —dos meses después—, el CERN emitió una declaración poniendo la World Wide Web en el dominio público, sin condiciones, para siempre. A finales de aquel año había más de quinientos servidores web.
Gopher no perdió por inferioridad técnica. Perdió por sesenta días de diferencia en dos decisiones de licencia tomadas por dos instituciones públicas con criterios opuestos. En 2000, siete años tarde, Minnesota reliberó el software bajo licencia GPL. En 2017, un escaneo del puerto 70 en toda la internet encontró 370 servidores Gopher vivos.
Y el 30 de abril de 1995, exactamente dos años después de que el CERN regalara la web, se desmanteló el backbone de NSFNET, cuya política de uso aceptable prohibía expresamente la publicidad y el «uso extensivo para negocios privados o personales». La red académica había terminado. Lo que vino después ya era otra cosa, y esa otra cosa tenía dueños.
II. La arquitectura del incentivo
Una economía descrita en 1971
En 1971, mucho antes de que existiera nada de esto, Herbert Simon —premio Nobel de Economía, uno de los padres de la inteligencia artificial— escribió el párrafo que explica el siglo XXI:En un mundo rico en información, la abundancia de información significa la escasez de alguna otra cosa: la escasez de aquello que la información consume. Y lo que la información consume es bastante obvio: consume la atención de sus receptores. De ahí que una abundancia de información cree una pobreza de atención.
Durante treinta años ese diagnóstico fue una curiosidad de manual. Dejó de serlo cuando alguien encontró la manera de convertir la atención escasa en un activo cotizable. Shoshana Zuboff le puso nombre en 2019: capitalismo de vigilancia, un orden económico que «reclama unilateralmente la experiencia humana como materia prima gratuita para su traducción en datos de comportamiento», datos que se transforman en «productos predictivos que anticipan lo que usted hará ahora, pronto y más tarde», y que se venden en «mercados de futuros conductuales». La patente fundacional de ese modelo existe y tiene fecha: solicitud de Google del 31 de diciembre de 2003, «Generación de información de usuario para su empleo en publicidad dirigida», firmada por Krishna Bharat, Stephen Lawrence y Mehran Sahami.
El día que el orden dejó de ser el tiempo
El cambio decisivo, sin embargo, no fue publicitario sino ordinal. Durante los primeros años, un flujo de mensajes se ordenaba por lo único que no admite discusión: el reloj. Lo último arriba. Ese criterio tiene una propiedad política que solo se aprecia cuando desaparece: es incorruptible, porque nadie puede sobornar a la cronología.Facebook estrenó su News Feed en septiembre de 2006 y presentó públicamente EdgeRank —afinidad, tipo de interacción, decaimiento temporal— en 2010; hacia 2013 el sistema ya no era una fórmula con tres factores sino un modelo de aprendizaje automático con cerca de cien mil. Twitter anunció su línea temporal algorítmica el 10 de febrero de 2016, cuatro días después de que la filtración del plan hiciera trending mundial la etiqueta #RIPTwitter. Instagram lo anunció el 15 de marzo de 2016 con un comunicado que hay que leer despacio: «El orden de las fotos y vídeos de tu feed se basará en la probabilidad de que te interese el contenido, tu relación con quien publica y la actualidad de la publicación». La justificación oficial era que los usuarios se perdían «de media, el 70 %» de lo que publicaban sus contactos. Una petición en Change.org pidiendo mantener el orden cronológico reunió más de 55.000 firmas en veinticuatro horas. En junio el despliegue era total.
Aquel fue el momento. A partir de ahí, la pregunta «¿qué es lo último?» quedó sustituida por «¿qué te retiene más tiempo?», y esa segunda pregunta no la responde el usuario: la responde el balance trimestral.
La ponderación de la ira
Que esto no es una interpretación malintencionada lo sabemos porque la propia empresa lo documentó por escrito y alguien sacó los documentos.El 11 de enero de 2018, Mark Zuckerberg anunció un cambio de algoritmo bajo el rótulo de Meaningful Social Interactions: el feed priorizaría a los amigos y la familia sobre las marcas y los medios, y el tiempo en Facebook sería «tiempo bien empleado». Los documentos internos que Frances Haugen entregó al Wall Street Journal en septiembre de 2021, y que el Washington Post analizó en detalle el 26 de octubre de aquel año, revelan cómo se implementó esa promesa. La ponderación era la siguiente: un «me gusta» valía 1; cualquier reacción emoji —incluida la de enfado— valía 5; un comentario podía valer hasta 30; un vídeo en directo, hasta 600.
Es decir: la métrica que iba a devolvernos las interacciones significativas asignó a la indignación cinco veces el peso de la aprobación. El resultado lo escribieron los propios empleados en notas internas —«pensamiento inquietante: las degradaciones cívicas no están funcionando»— y lo resumió Haugen ante el Senado: «La ira y el odio son la manera más fácil de crecer en Facebook». El peso de la reacción «me enfada» no se redujo a cero hasta septiembre de 2020, dos años y medio después.
Enshittification
Cory Doctorow acuñó la palabra que lo nombra todo. La usó por primera vez el 28 de noviembre de 2022 y le dio su formulación canónica el 21 de enero de 2023:
Así es como mueren las plataformas: primero son buenas con sus usuarios; luego abusan de sus usuarios para mejorar las cosas a sus clientes comerciales; finalmente abusan de esos clientes comerciales para recuperar todo el valor para sí mismas. Y entonces mueren.
La American Dialect Society la eligió palabra del año 2023 con 92 votos en segunda vuelta; el Macquarie Dictionary australiano hizo lo propio en 2024, con un comentario que vale la pena citar: «Una palabra anglosajona muy básica envuelta en afijos que la elevan a algo casi formal, casi respetable. Recoge lo que muchos sentimos que está pasando con el mundo y con tantos aspectos de nuestras vidas».
Doctorow añadió después la parte del análisis que suele omitirse, y que es la que impide leer todo esto como una fatalidad. La degradación no es una ley natural de las plataformas: es lo que ocurre cuando se erosionan las cuatro fuerzas que antes la frenaban. La competencia, que permitía irse a otro sitio. La regulación, que ponía límites. La interoperabilidad —lo que él llama autoayuda: bloqueadores, clientes alternativos, modificaciones—, que permitía al usuario reconfigurar el producto por su cuenta. Y el poder de negociación de los propios trabajadores tecnológicos, que en su día podían negarse a construir ciertas cosas. Las cuatro se han debilitado a la vez. Ese es el mecanismo completo, y es un mecanismo político, no técnico.
III. El algoritmo de la vacuidad: la experiencia en las redes modernas
El síntoma más visible de esta degradación se observa en plataformas como Instagram. Lo que en su origen fue una red para compartir fotografía se ha transformado en un embudo de captación comercial dominado por el contenido hipersexualizado.
Y esto tampoco es una impresión: es una declaración oficial. El 30 de junio de 2021, Adam Mosseri, responsable de Instagram, publicó un vídeo en el que decía, con estas palabras: «Ya no somos una aplicación para compartir fotografías». La razón que dio es la que interesa: «La razón número uno por la que la gente dice usar Instagram, en nuestros estudios, es para entretenerse». Anunció cuatro prioridades —creadores, vídeo, compras y mensajería— y un formato de vídeo «a pantalla completa, inmersivo».
La aplicación que Facebook había comprado en abril de 2012 por lo que entonces se anunció como mil millones de dólares —al cierre de la operación, en septiembre, la caída de la acción los dejó en unos 715— se declaraba oficialmente otra cosa.
Un año después, en julio de 2022, la contestación llegó desde el único lugar que la empresa escucha: Kylie Jenner y Kim Kardashian republicaron en sus historias una imagen que decía «Haz que Instagram vuelva a ser Instagram. Deja de intentar ser TikTok, yo solo quiero ver fotos bonitas de mis amigos». La petición asociada superó las 148.000 firmas. Mosseri respondió en 48 horas admitiendo que la versión a pantalla completa «todavía no es buena» y que había que «dar un paso atrás»; a los tres días, Instagram retiró la prueba. Es el único episodio documentado en el que una de estas plataformas rectificó de verdad, y hubo que reunir para ello a seiscientos millones de seguidores.
No se trata únicamente de un cambio en las preferencias de los usuarios, sino de una arquitectura diseñada deliberadamente para premiar la vanidad:
- Incentivo de la reacción inmediata. Las plataformas priorizan el plano detalle y la provocación visual porque generan milisegundos de retención. El algoritmo confunde la pausa involuntaria del usuario con «interés real», porque no tiene forma de distinguirlas: el sistema mide el tiempo que el dedo no se mueve, no el juicio del que mira. Tristan Harris, que fue product manager en Google antes de fundar el Center for Humane Technology, lo formuló así en 2016: «Si quieres maximizar la adicción, lo único que tienen que hacer los diseñadores es vincular una acción del usuario con una recompensa variable». El gesto de deslizar hacia abajo para actualizar es, dice, la palanca de una tragaperras. Aza Raskin, que diseñó el scroll infinito en 2006, declaró a la BBC en 2018: «Es como si estuvieran tomando cocaína conductual y espolvoreándola por toda la interfaz». Y añadió el detalle que lo explica todo: «Para conseguir la siguiente ronda de financiación, el tiempo que la gente pasa en tu aplicación tiene que subir».
- El negocio de la conversión. La fotografía técnica o artística ha pasado a ser la vitrina para redirigir tráfico hacia plataformas de suscripción de pago. El arte ha sido desplazado por la estrategia publicitaria encubierta. Conviene aquí ser preciso, porque es el punto donde este tipo de argumentos suele volverse impresionista. Los datos duros son estos: las cuentas auditadas de Fenix International, matriz de OnlyFans, declaran para 2024 unos ingresos brutos de 7.200 millones de dólares, 4,63 millones de cuentas de creador y 377 millones de cuentas de fan, con 520 millones de beneficio neto y 701 millones repartidos en dividendos a un único propietario. Lo que no existe es un estudio representativo que cuantifique qué porcentaje de esas suscripciones se capta en Instagram o TikTok. Lo que sí hay son dos cosas: el reparto interno de ese dinero —el 1 % de los creadores concentra un tercio del total y el 10 % se lleva casi tres cuartas partes, con un ingreso mediano de poco más de cien dólares mensuales, según el único análisis independiente disponible— y la descripción de la cadena, documentada por investigaciones sobre menores en el Reino Unido: perfil en TikTok, enlace en la biografía a Instagram, enlace en Instagram a una página intermedia de enlaces, y de ahí a la plataforma de pago. La estructura del embudo está documentada. Su caudal exacto, no. Y eso hay que decirlo, porque un ensayo sobre la degradación de la verificabilidad no puede permitirse afirmar más de lo que sabe.
- Facebook y el páramo personal. El fenómeno no se limita a las imágenes. Redes como Facebook han visto morir la interacción entre amigos reales, sustituyéndola por una mezcla infumable de contenido autorreferencial, validación física sin mérito y relleno algorítmico diseñado para retener al usuario a toda costa. Y esa sustitución no es un efecto colateral: es el objetivo declarado desde que el feed dejó de ordenarse por el reloj. Un contenido de un amigo tiene un techo de retención bajísimo —lo miras, sonríes, sigues—; un contenido optimizado por un profesional de la captación no tiene techo. Cuando la métrica es el tiempo, el amigo pierde siempre.
IV. La ilusión de la mayoría y la fatiga del usuario
Existe una corriente silenciosa de agotamiento digital —la literatura académica la llama social media fatigue— que ha llevado a miles de personas a dejar de publicar y refugiarse en espacios cerrados o foros temáticos. El problema es estructural y bastante simple: el usuario reflexivo consume en silencio o desinstala las aplicaciones, mientras que el perfil que busca atención constante publica sin descanso. Un sistema que ordena por interacción no puede ver a quien no interactúa. La abstención es invisible por diseño.
El algoritmo amplifica esa minoría ruidosa y crea una falsa sensación de unanimidad: parece que todo el mundo participa del espectáculo cuando en realidad la mayoría solo observa con apatía. Es la vieja espiral del silencio de Noelle-Neumann, pero automatizada e industrializada: el sistema no solo silencia al discrepante, sino que le muestra continuamente la prueba fabricada de que está solo.
A esta ilusión se ha sumado otra más literal. Desde 2021 circula por los foros la llamada «teoría de la internet muerta», nacida en un tablón oscuro y formulada en clave conspirativa: que la mayor parte de la red sería ya tráfico y contenido artificiales orquestados para manipularnos. Como conspiración es una fantasía paranoide. Como observación empírica, resulta incómodamente atinada. Según los informes anuales de Imperva —cifras de un proveedor comercial, conviene tenerlo presente—, el tráfico automatizado superó al humano por primera vez en 2024: 51 % de bots frente a 49 % de personas, con un 37 % clasificado como tráfico malicioso. Y en cuanto al contenido, un estudio longitudinal sobre decenas de miles de URL extraídas de Common Crawl sitúa el cruce en noviembre de 2024: desde entonces se publican en la red aproximadamente tantos artículos generados por máquina como escritos por personas, con la proporción estabilizada alrededor del 50 % durante cinco trimestres consecutivos.
No hace falta ninguna conspiración gubernamental para llegar ahí. Basta con que publicar sea gratis, que el clic pague y que escribir haya dejado de requerir un ser humano.
V. La degradación de los buscadores
La saturación de las redes sociales es solo la capa exterior del problema. La degradación ha alcanzado a la herramienta fundamental de acceso a la información: los motores de búsqueda.
Buscar hoy información técnica, limpia y libre de intereses comerciales es una tarea titánica debido a tres factores estructurales.
- La industria del SEO. La web se ha poblado de contenidos clónicos generados automáticamente no para aportar valor, sino para engañar a los algoritmos de posicionamiento. Existe una medición rigurosa de este fenómeno, y conviene citarla con exactitud porque la prensa la caricaturizó. El grupo Webis de la Universidad de Leipzig y la Bauhaus-Universität Weimar monitorizó Google, Bing y DuckDuckGo durante un año —de agosto de 2022 a septiembre de 2023— sobre 7.392 consultas de reseñas de productos, y publicó los resultados en ECIR 2024 bajo el título ¿Está empeorando Google?. Sus hallazgos: el 29 % de los resultados de Google contenían marketing de afiliación, frente al 42 % de Bing y el 41 % de DuckDuckGo, y frente al 2,35 % que representa ese tipo de contenido en el conjunto de la web. La correlación entre buena posición en el ranking y uso de enlaces de afiliación era de −0,99. Entre el 9 % y el 31 % de los primeros resultados, según buscador, eran clasificables manualmente como spam; las reseñas auténticas eran entre el 0 % y el 5 %.
Ahora la parte que casi nadie citó: los propios autores concluyen que «los resultados de Google parecen haber mejorado en cierta medida desde el inicio de nuestro experimento en cuanto a la cantidad de spam de afiliación». Lo que empeoró de forma sostenida en los tres buscadores fue la calidad textual. Y el estudio solo midió reseñas de producto, que es precisamente el nicho donde el incentivo económico es máximo. La respuesta del artículo a su propio título no es «sí»: es «sí y no». Un ensayo que quiera ser tomado en serio tiene que decirlo.
- El modelo de afiliados. Las comparativas técnicas y los análisis rigurosos han sido sustituidos por listas de productos diseñadas exclusivamente para obtener comisiones de venta. Es la consecuencia directa del punto anterior: si el 29 % de lo que Google muestra en ese género tiene enlace de afiliado y solo el 2,35 % de la web lo tiene, no es que la web esté llena de afiliados; es que el buscador los selecciona.
- Respuestas masticadas. Los buscadores prefieren ofrecer resúmenes superficiales dentro de su propia interfaz para evitar que el usuario salga hacia la fuente original. Este último punto ya es materia judicial. El 5 de agosto de 2024, el juez Amit Mehta dictó una sentencia de 277 páginas cuya primera línea de conclusión dice: «Google es un monopolista, y ha actuado como tal para mantener su monopolio». Se declaró probada una cuota del 89,2 % en búsqueda general y del 94,9 % en móvil, y unos pagos por posición predeterminada que superaron los 26.000 millones de dólares en 2021, de los cuales unos 20.000 fueron a Apple en 2022.
Pero lo verdaderamente revelador del expediente no es la cuota de mercado: son los correos internos. En febrero de 2019, con las consultas de búsqueda por debajo de plan, una directiva escribió que el equipo de publicidad se planteaba declarar un «código amarillo» para «cerrar la brecha de búsqueda que estamos viendo, dado lo crítico que es esto para alcanzar el plan de la compañía». Ben Gomes, entonces máximo responsable de Google Search, respondió el 6 de febrero: «Creo que nos estamos acercando demasiado al dinero» y «creo que nos estamos implicando demasiado con la publicidad, para bien del producto y de la compañía». El 23 de marzo escribió el correo que debería figurar en todos los manuales:
Podríamos aumentar las consultas con bastante facilidad a corto plazo de maneras negativas para el usuario (desactivar la corrección ortográfica, desactivar mejoras del ranking, poner refinamientos por toda la página). Esto me incomoda profundamente, profundamente.
Es la descripción, escrita por el responsable del producto, del mecanismo exacto por el que un buscador puede empeorar deliberadamente para vender más. No hay constancia de que se ejecutara. Hay constancia de que estaba sobre la mesa, y de que la persona que se opuso fue sustituida al frente de Búsqueda al año siguiente.
En septiembre de 2025 el mismo juez dictó los remedios: seis años de prohibición de contratos exclusivos, obligación de compartir partes del índice y de los datos de interacción con competidores cualificados a coste marginal, y sindicación de resultados. Rechazó, en cambio, la desinversión de Chrome y de Android y la prohibición de los pagos por posición predeterminada. Google recurrió en enero de 2026, y el Departamento de Justicia ha pedido remedios más duros. A día de hoy nada es firme.
VI. La pérdida de la autoridad técnica: de la enciclopedia al consenso
El golpe definitivo a la calidad de la información ha sido la sustitución de la autoría experta por el consenso burocrático.Las grandes enciclopedias tradicionales —la Britannica, el Larousse, la Enciclopedia Salvat de Ciencia y Tecnología en España— funcionaban bajo un principio de responsabilidad: un especialista redactaba, un comité revisaba y una firma respaldaba el texto. Ese modelo tenía un coste enorme y una virtud difícil de sustituir: alguien respondía. En diciembre de 2005, Nature publicó el estudio que se ha convertido en la cita canónica del asunto: cuarenta y dos artículos científicos revisados a ciegas por expertos arrojaron 162 errores en Wikipedia frente a 123 en la Britannica, con cuatro errores graves en cada una. La Britannica respondió en marzo de 2006 con un documento titulado Fatally Flawed, en el que acusaba a Nature de haber reseñado artículos de sus anuarios y de su enciclopedia estudiantil en lugar de los del cuerpo principal, de no haber verificado las afirmaciones de los revisores y de no haber publicado los informes completos, y exigía la retractación del estudio. Nature se negó. La disputa nunca se resolvió, y quien cite el estudio de 2005 sin mencionar la impugnación está citando media historia.
El 13 de marzo de 2012, tras 244 años, la Britannica anunció el fin de su edición impresa. Su presidente, Jorge Cauz, lo despachó así: «Algunos se pondrán nostálgicos. Pero ahora tenemos una herramienta mejor». Conviene saber en qué consiste hoy esa herramienta mejor: en 2024 la compañía preparaba una salida a bolsa con una valoración objetivo de mil millones de dólares, con los ingresos desplazados hacia el software educativo y un chatbot llamado Britannica AI. La enciclopedia que abandonó el papel por la web se ha reconvertido en proveedora de la tecnología que hoy vacía la web.
En lugar de aquel modelo se impuso otro, cuyo principio operativo se formulaba en la primera línea de la política de verificabilidad de Wikipedia: «El umbral para la inclusión en Wikipedia es la verificabilidad, no la verdad».
Esa frase fue literalmente la política vigente hasta julio de 2012. Ese mes, tras un proceso de consulta comunitaria con un recuento documentado, la comunidad la retiró del encabezamiento —no porque repudiara el principio, sino, en palabras del cierre oficial, porque existía «un consenso claro» de que la formulación se malinterpretaba sistemáticamente. Hoy la política empieza diciendo que «verificabilidad significa que otras personas pueden comprobar que la información procede de una fuente fiable», y la vieja fórmula sobrevive en una nota al pie. Sostener en 2026 que Wikipedia «prefiere la verificabilidad a la verdad» es citar una redacción derogada hace catorce años.
Dicho lo cual, el problema de fondo que la frase describía no ha desaparecido, y tiene un mecanismo documentado que es más sólido aún que la propia cita. Aaron Halfaker y sus colegas lo publicaron en 2013 en American Behavioral Scientist: el número de editores activos de Wikipedia dejó bruscamente de crecer a principios de 2007 y entró en un declive lineal sostenido, y la causa identificada fue la caída en la retención de nuevos editores. ¿Por qué cayó? Por la generalización de las herramientas semiautomáticas de control de calidad. El dato es demoledor: solo alrededor del 7 % de las reversiones hechas con la herramienta Huggle iban acompañadas de alguna interacción de discusión con el editor revertido, frente al 60 % de las reversiones manuales. Wikipedia no se volvió más estricta; se volvió impersonal. Dejó de ser una comunidad que corrige y pasó a ser un muro semiautomático de rechazo. La Wikipedia en inglés pasó de más de 51.000 editores activos en 2007 a 31.000 en 2013. Sue Gardner, entonces directora ejecutiva de la Fundación Wikimedia, lo dijo con una imagen exacta: «Los wikipedistas me recuerdan al viejo cascarrabias de la mesa de redacción que se sabe el libro de estilo de memoria. Pero ¿dónde están los reporteros novatos con ganas?».
Esas dinámicas —correcciones técnicas legítimas revertidas en horas por editores custodios que priorizan la burocracia interna o la cita mediática por encima del conocimiento de la materia— tienen ahí su origen: no en una política escrita, sino en una herramienta que hizo el rechazo gratuito y la conversación cara.
Y el desenlace tiene ironía. En octubre de 2025, la Fundación Wikimedia informó de una caída aproximada del 8 % en el tráfico humano entre marzo y agosto de ese año, descubierta al reclasificar como robots una parte del tráfico que contabilizaba como personas. La explicación de la propia fundación: los buscadores con resúmenes generativos y las redes sociales retienen al usuario. «Los conjuntos de datos de Wikipedia se usan para entrenar casi todos los grandes modelos de lenguaje, pero estos no siempre enlazan a sus sitios.» La enciclopedia que desplazó a la enciclopedia está siendo desplazada, a su vez, por máquinas que se alimentan de ella sin citarla.
El otro muro
Las cifras son las que son. El margen operativo ajustado de la división científica, técnica y médica de RELX —la matriz de Elsevier— se ha mantenido entre el 37 % y el 38,5 % en 2023, 2024 y 2025: consistentemente por encima del margen del propio grupo y de la mayoría de las industrias del planeta. El precio medio de una suscripción institucional anual a una revista de química era de 8.572 dólares en 2025. Cuando en noviembre de 2020 Nature abrió su modalidad de acceso abierto, fijó la tasa de procesamiento en 9.500 euros por artículo. Y el gasto mundial en tasas de publicación pagadas a solo seis editoriales pasó de 910 millones de dólares en 2019 a 2.538 millones en 2023: casi se triplicó en cinco años. El acceso abierto no abolió el peaje; lo trasladó de la puerta de entrada a la de salida.
En 2019, la Universidad de California —que produce cerca del 10 % de la investigación estadounidense— canceló su contrato con Elsevier, por el que pagaba más de diez millones de dólares anuales, y pasó dos años sin acceso antes de firmar un acuerdo distinto. Alexandra Elbakyan lanzó Sci-Hub en septiembre de 2011 y llegó a albergar en 2017 unos 62 millones de artículos, el equivalente al 85 % de lo publicado en revistas de pago; una sentencia en rebeldía de Elsevier le impuso quince millones de dólares en 2017, y desde su compromiso ante el Tribunal Superior de Delhi en diciembre de 2020 el archivo dejó de incorporar material nuevo. En octubre de 2025, tras un incidente de desacato, la justicia india ordenó bloquearlo en todo el país. El mayor archivo pirata de la ciencia lleva más de cinco años congelado.
Y el circuito autorreferencial no es una metáfora. En 2015, la replicación de cien estudios de psicología publicados en tres revistas de referencia encontró que, mientras el 97 % de los originales presentaba resultados significativos, solo lo hacía el 36 % de las réplicas. En 2023 se retractaron más de 10.000 artículos, un récord —aunque más de 8.000 correspondían al colapso de un solo editorial, Hindawi, filial de Wiley, lo que obliga a matizar la cifra. Un estudio publicado en PNAS en agosto de 2025 midió las velocidades relativas del fraude y de su detección: el corpus de artículos procedentes de fábricas de papers se duplica cada año y medio; la literatura legítima, cada quince años; los artículos retractados o señalados públicamente, cada tres o cuatro. La detección crece diez veces más despacio que el fraude. Su autor principal, Reese Richardson, formuló la proyección sin adornos: «Se puede ver un escenario, en una década o menos, en el que más de la mitad de lo que se publique cada año sea fraudulento».
David Bimler, investigador de integridad científica, describió el mecanismo con una descripción que sirve perfectamente para cerrar este capítulo: los productos de las fábricas de papers «son un problema aunque nadie los lea, porque se agregan con otros en artículos de revisión y se blanquean dentro de la literatura académica dominante».
VII. Refugio en la pequeña web
La tecnología no creó la vanidad humana ni el desinterés por el rigor, pero ha construido la infraestructura perfecta para escalarlos y monetizarlos. La red no ha envejecido mal por sus protocolos, sino por la mercantilización de la atención y la eliminación de los filtros de calidad.
Para quienes aún buscan (buscamos) la esencia con la que nació internet, el camino no pasa por intentar corregir los algoritmos de las grandes corporaciones, sino por abandonarlos. El conocimiento riguroso, el arte sin segundas intenciones y la conversación real han vuelto a sus orígenes: a los foros de nicho, los repositorios abiertos y la pequeña web independiente. Queda saber cómo llegar a ello, y esa parte —la que todos los ensayos de este género prometen y ninguno cumple— se puede escribir con nombres y con cifras.
Empecemos por las cifras, porque son las que impiden el entusiasmo fácil.
Lo pequeño es pequeño
- Recuperar el orden cronológico. Un lector de RSS es la herramienta política más subestimada que existe: restituye el criterio incorruptible del reloj y le devuelve al lector la decisión sobre qué fuentes le importan. Las opciones que no dependen de nadie son autoalojables y libres: Miniflux (Apache-2.0, un solo binario en Go), FreshRSS (AGPL, la más adoptada), Newsboat (en terminal, para quien viva en ella) y NetNewsWire (GPL, macOS e iOS, veinticuatro años funcionando sin modelo de negocio). Si se prefiere un servicio, Feedbin cuesta cincuenta dólares al año y NewsBlur treinta y seis, mantenido por una sola persona desde 2009. Feedly e Inoreader funcionan bien, pero conviene saber que el primero se ha reorientado hacia la inteligencia de amenazas corporativa y el RSS es hoy allí un producto lateral.
- Buscar en otro sitio. El dato central, y el menos conocido, es este: casi ningún «buscador alternativo» tiene índice propio. DuckDuckGo, Ecosia, Startpage y Qwant revenden Bing o Google con una capa de privacidad. En todo el planeta hay unos quince índices web generalistas verdaderamente independientes, y fuera de Estados Unidos y China solo dos operan a escala: Mojeek (Brighton, fundado en 2004, más de nueve mil millones de páginas rastreadas con crawler propio escrito en C, primer buscador del mundo con política de no rastreo del usuario, en 2006) y Brave. Junto a ellos, los índices de nicho, que son los que de verdad sirven para este propósito: Marginalia (AGPL, sueco, unos 300 millones de documentos, doscientos dólares mensuales de costes operativos, e indexa deliberadamente lo pequeño, lo viejo y lo no comercial: se define a sí mismo como «un informe minoritario» frente al monopolio) y Wiby, un índice curado a mano de páginas ligeras al estilo de la web clásica, cuyo software se publica bajo GPLv2 para que cualquiera monte el suyo. Kagi es de pago —cinco a diez dólares al mes, cincuenta mil suscriptores— y, aunque es metabuscador, mantiene sus propios índices Teclis y TinyGem específicamente para rastrear la pequeña web.
- Volver a los foros. Siguen vivos, y algunos llevan un cuarto de siglo. MetaFilter (1999) cobra cinco dólares una sola vez, de por vida, desde 2004, explícitamente para frenar al troll; perdió el 40 % del tráfico de su sección de preguntas con una actualización del algoritmo de Google en 2012, llegó a perder ocho mil dólares al mes, y se salvó transfiriendo la propiedad a su primera voluntaria y convirtiéndose en fundación comunitaria. Something Awful (1999) sigue cobrando los mismos diez dólares que en 2001 y fue vendido en 2020 a un moderador que llevaba quince años en la casa. Lobsters funciona solo por invitación, con el árbol de invitaciones público: quien invita responde de a quién invita. Photrio —antes APUG— reúne a unos sesenta mil fotógrafos de película y cuarto oscuro. DPReview, que Amazon anunció que cerraría en marzo de 2023, fue rescatado once semanas después por Gear Patrol y sigue abierto con veinticinco años de archivo intactos. Y cuando Reddit estranguló su API en junio de 2023 —a Christian Selig, autor de Apollo, le cotizaron veinte millones de dólares anuales por seguir existiendo—, miles de subreddits cerraron y el único superviviente duradero de aquella diáspora fue Lemmy, que pasó de menos de cien instancias a 455.
- Ir a las fuentes. Esta es la parte donde la red sí cumplió su promesa, y conviene manifestarlo porque el resto de este ensayo es decididamente sombrío. arXiv, fundado por Paul Ginsparg en 1991, superó los tres millones de artículos en abril de 2026, recibe más de treinta mil envíos al mes y el 1 de julio de 2026 se constituyó como entidad independiente sin ánimo de lucro: treinta y cinco años funcionando sin un solo muro de pago. bioRxiv y medRxiv acumulan más de 389.000 preprints; alrededor del 80 % acaba publicado en revista revisada por pares una media de 250 días después, lo que demuestra que el preprint no sustituye a la revisión: la adelanta. PubMed Central ofrece más de once millones de artículos completos. OpenAlex, lanzado en 2022 para sustituir al difunto Microsoft Academic Graph, indexa más de 474 millones de obras y se puede descargar entera: es el sustituto libre de Scopus y Web of Science. Zenodo, operado por el CERN, da un DOI a cualquier objeto de investigación sin cuota ni afiliación. Project Gutenberg lleva desde 1971 —es el proyecto digital continuo más antiguo que existe— y supera los 76.000 libros. Gallica ofrece diez millones de documentos de la Biblioteca Nacional de Francia y de trescientas instituciones asociadas; la Biblioteca Digital Hispánica, 222.000 títulos. Y el Internet Archive celebró en octubre de 2025 el archivado de un billón de páginas web, además de reparar veintiocho millones de enlaces rotos de Wikipedia y preservar más de cuatrocientos millones de páginas del gobierno estadounidense desde el otoño de 2024.
- Publicar sin intermediario. Ghost es una fundación sin ánimo de lucro con software libre, y desde su versión 6.0 incorpora ActivityPub de serie: un boletín que es también una cuenta del fediverso a la que se puede seguir desde Mastodon. WriteFreely —AGPL, autoalojable— es, con casi cien mil usuarios activos mensuales, la segunda plataforma más activa de todo el fediverso, por delante de Lemmy, PeerTube y Pixelfed juntas: blogs de texto plano, sin métricas a la vista, y nadie habla de ello. Bear Blog cuesta seis dólares al mes, lo mantiene una sola persona y su algoritmo de descubrimiento está publicado. Micro.blog, de Manton Reece, federado desde el principio. Y YunoHost, una distribución basada en Debian con más de mil aplicaciones empaquetadas, es la pieza que convierte todo lo anterior de «el servicio de alguien» en «tu servicio».
- Y para quien quiera la experiencia completa del refugio, ahí sigue el IndieWeb con su principio POSSE —publica en tu sitio, sindica en otros sitios, nunca al revés—, sus webmentions como sistema de comentarios entre webs independientes, y un anillo web cuyo dominio es, literalmente, 🕸️💍.ws.
Tres mil quinientas. Ese es el tamaño real del refugio. Quien busque ahí una alternativa de masas, no la encontrará. Quien busque una biblioteca donde nadie está midiendo cuántos segundos se detiene su pupila, la encontrará entera.
Hay dos excepciones que conviene conocer porque desmienten el pesimismo. La primera es Neocities, el heredero espiritual de GeoCities fundado por Kyle Drake en 2013: pasó de 55.000 sitios en 2015 a superar el millón en febrero de 2025 y 1.612.500 en mayo de 2026. Páginas personales, hechas a mano, con HTML escrito por personas. La segunda es el RSS, que no murió: se volvió invisible. WordPress mueve el 42,6 % de todos los sitios web del mundo y genera un feed automáticamente sin que su autor haga nada; y el podcasting —la única industria de medios nacida en el siglo XXI que no pertenece a nadie— es RSS con audio adjunto, con casi cuatro millones de feeds registrados.
Pero la historia de Neocities incluye también la advertencia. Bing deslistó el sitio entero de su índice, sin explicación: el tráfico procedente de ese buscador pasó de medio millón de visitantes diarios a cero. Un millón y medio de páginas personales borradas del mapa por una decisión unilateral que nadie tuvo que justificar ante nadie. Esa es la condición de la pequeña web: existe, pero existe a merced de infraestructuras que no controla.
La fragilidad de este ecosistema también tiene nombres: Gigablast cerró en 2023, Neeva cerró en 2023 tras levantar setenta y siete millones de dólares, y el repositorio de Stract fue archivado en abril de 2026. Este último merece una nota, porque su situación es precaria: en septiembre de 2024 el Segundo Circuito confirmó la sentencia contra su programa de préstamo digital controlado, rechazando el uso legítimo en los cuatro factores, lo que se tradujo en la retirada de unas quinientas mil obras; y en octubre de aquel año sufrió un ataque de denegación de servicio y una brecha de 31 millones de cuentas. La mayor biblioteca de la historia de la humanidad la sostiene una organización sin ánimo de lucro con un presupuesto anual menor que el de una empresa mediana.
Coda
Nada de esto es una restauración. Los números lo dejan claro: tres mil quinientas cápsulas Gemini, un millón de personas en el fediverso, quince índices web independientes en el mundo entero. No estamos ante una alternativa a escala, sino ante un archipiélago.
Pero conviene recordar de dónde venimos. En abril de 1994 había 6.958 servidores Gopher. En 1994, sesenta mil BBS servían a diecisiete millones de personas solo en Estados Unidos; en 2022 quedaban menos de mil, y menos de treinta con módem. FidoNet llegó a treinta y nueve mil nodos y hoy tiene dos mil quinientos. Usenet, que transporta hoy centenares de terabytes diarios —miles de veces más que en su apogeo—, dedica menos del 5 % de ese volumen a texto: la infraestructura sobrevivió a la comunidad que la justificaba, y la sobrevivió creciendo. Esa es, quizá, la imagen más exacta de lo que ha ocurrido con internet entera.
La red nunca fue mayoritariamente buena. Lo que tenía, y ha perdido, es que su parte buena era también su parte visible, porque no había ningún mecanismo económico interesado en ordenar lo visible de otra manera. Hoy ese mecanismo existe, es extraordinariamente eficaz y no va a desaparecer por sí solo.
Doctorow tenía razón en la parte del análisis que suele omitirse: la degradación no es un destino, es lo que pasa cuando fallan a la vez la competencia, la regulación, la interoperabilidad y la capacidad de quienes construyen estas cosas de negarse a construirlas. Ninguna de esas cuatro es irrecuperable. Mientras tanto, la salida individual no consiste en esperar que las plataformas mejoren —no van a mejorar, porque empeorar es su modelo de negocio— sino en reducir progresivamente la superficie de contacto con ellas: un lector de feeds en lugar de un muro, un buscador con índice propio en lugar de una subasta publicitaria, un foro con moderadores que dan la cara en lugar de un algoritmo, un repositorio abierto en lugar de un peaje.
No es la biblioteca global que nos prometieron en 1993. Pero sigue siendo una biblioteca, y sigue estando abierta.
Notas sobre las fuentes
- Historia temprana: RFC 1855, Netiquette Guidelines (Hambridge, Intel, octubre de 1995); RFC 1436, The Internet Gopher Protocol (marzo de 1993); política de uso aceptable de NSFNET; Kevin Driscoll, «Eternal September» (Flow Journal, abril de 2023), para la corrección de la cronología de AOL; hilo de comp.infosystems.gopher con la política de licencias de la Universidad de Minnesota; declaración del CERN de 30 de abril de 1993; historia oral del primer banner recopilada por el Internet History Podcast (2014).
- Economía de la atención: Herbert A. Simon, «Designing Organizations for an Information-Rich World», en Computers, Communications, and the Public Interest (Johns Hopkins Press, 1971); Shoshana Zuboff, The Age of Surveillance Capitalism (PublicAffairs, 2019); patente US 2005/0131762 A1 de Google; Cory Doctorow, «Tiktok's enshittification» (Pluralistic, 21 de enero de 2023) y Enshittification (MCD/FSG, octubre de 2025); Jeremy B. Merrill y Will Oremus, «Five points for anger, one for a "like"» (The Washington Post, 26 de octubre de 2021); Tristan Harris, «How Technology is Hijacking Your Mind» (2016); BBC Panorama, Smartphones: The Dark Side (4 de julio de 2018); comunicados oficiales de Instagram (15 de marzo de 2016) y declaraciones de Adam Mosseri (30 de junio de 2021 y 26 de julio de 2022).
- Buscadores: Bevendorff, Wiegmann, Potthast y Stein, «Is Google Getting Worse? A Longitudinal Investigation of SEO Spam in Search Engines», ECIR 2024, LNCS 14610, pp. 56-71; United States v. Google LLC, n.º 1:20-cv-03010 (D.D.C.), sentencia de responsabilidad de 5 de agosto de 2024 y memorándum de remedios de 2 de septiembre de 2025; exhibits del Departamento de Justicia UPX2044 y PSX00204 (correos internos de Google, febrero y marzo de 2019); informes anuales Bad Bot Report de Imperva; estudios de Graphite sobre contenido generado por IA en Common Crawl (octubre de 2025 y mayo de 2026); Originality.AI sobre presencia de contenido sintético en los resultados de Google.
- Enciclopedias y ciencia: Jim Giles, «Internet encyclopaedias go head to head» (Nature, 438, 14 de diciembre de 2005) y la refutación de Encyclopædia Britannica, Fatally Flawed (marzo de 2006); declaraciones de cierre del RfC de julio de 2012 sobre Wikipedia:Verifiability; Halfaker, Geiger, Morgan y Riedl, «The Rise and Decline of an Open Collaboration System» (American Behavioral Scientist, 57(5), 2013); comunicado de la Wikimedia Foundation de 17 de octubre de 2025 sobre la caída del tráfico humano; informes de resultados de RELX de 2024 y 2025; Haustein et al., «Estimating global article processing charges paid to six publishers» (arXiv 2407.16551, 2024); Open Science Collaboration, «Estimating the reproducibility of psychological science» (Science, 349, 2015); Van Noorden, «More than 10,000 research papers were retracted in 2023» (Nature, diciembre de 2023); Richardson et al., «The entities enabling scientific fraud at scale are large, resilient, and growing rapidly» (PNAS, 4 de agosto de 2025).
- Pequeña web: estadísticas de FediDB (agosto de 2026); censo Lupa del gemiespacio (agosto de 2026); listado de buscadores con índice propio mantenido por Seirdy; blog del Internet Archive sobre el billón de páginas archivadas (octubre de 2025); datos de arXiv, openRxiv, OpenAlex y Project Gutenberg publicados por las propias instituciones.
Dos advertencias honestas
- Primera: la frase «verificabilidad por encima de la verdad» describe una política de Wikipedia que fue modificada por consenso comunitario en julio de 2012 precisamente porque inducía a error. El argumento sobre la sustitución de la autoría experta por el consenso burocrático se sostiene mejor en el mecanismo documentado por Halfaker —la reversión semiautomática e impersonal de los editores nuevos desde 2007— que en una redacción derogada.
- Segunda: no existe ningún estudio representativo que cuantifique qué proporción de las suscripciones a plataformas de pago se capta desde las redes generalistas. La estructura del embudo está documentada; su caudal, no. En un ensayo cuyo tema es la degradación de la verificabilidad, esa distinción no es un simple detalle.











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